BESTIARIO INFAME DE LA ADORMECIDA, Alfredo Álamo

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ALFREDO ÁLAMO, Bestiario infame de la ciudad adormecida, Amargord, Madrid, 2015, 112 páginas.

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SIN TÍTULO

   Los basureros de la ciudad recogen de madrugada corazones rotos y vidas frustradas. Sin embargo dejan que los sueños perdidos revoloteen un poco más. Les gusta ver cómo se inflaman en llamas con las primeras luces del alba.

MOTIVOS DE FUERZA MAYOR, Christian Solano

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CHRISTIAN SOLANO, Motivos de fuerza mayor, Sherezade, Santiago de Chile, 2015.

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 BACKSTAGE

   —Pero tienes que abrir la puerta para poder jugar —le dijo el lobo a la abuelita que lo esperaba desnuda entre las sábanas.

FLORA Y FAUNA, Gilda Manso

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GILDA MANSO, Flora y Fauna. Antología personal, Micrópolis, Lima, 2015.

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PUNTOS DE VISTA

   El hombre diminuto que vive desde siempre adentro del reloj de arena y el hombre no tan diminuto que vive desde siempre adentro del vientre de la ballena tienen algo en común: ambos creen que eso que ven es todo el mundo.


LA SIRENA DE ALAMARES, José Luis Garrosa Gude

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JOSÉ LUIS GARROSA GUDE, La sirena de Alamares, Calambur, Madrid, 2013, 260 páginas.

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En La sirena de Alamares y otros cuentos portugueses (pp. 235-254) José Luis Garrosa Gude, editor y traductor de estos sesenta y nueve relatos, segunda edición de cuentos populares portugueses, tras la recopilación de Carmen Bravo-Villasante, La gaita maravillosa y otros cuentos portugueses (Olañeta, 1994), recorre la historia de la recuperación de este acervo cultural gracias a folkloristas y filólogos como Adolfo Coelho, Teófilo Braga o Alda da Silva Soromenho.
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LA ESTATUA QUE COME

   Había en una iglesia una estatua de mármol que estaba con la boca abierta. Unos hombres comenzaron a hablar al lado de ella, y dijo uno:
   —Está desde hace un montón de años con la boca abierta, sin que nadie le dé de comer...
   —Pues si quiere comer, que se venga a mi casa.
   Pues resulta que el que dijo aquello era muy pobre. Por la noche, cuando llegó a casa, llamaron a su puerta, y era la estatua, que decía que estaba allí para cenar con él. El hombre se quedó un poco confuso y le respondió la verdad, que no tenía nada para cenar, porque era muy pobre:
   —Pues ve a pedir por el mundo adelante, hasta que tengas algo para darme de comer.
   Tras decir aquello, la estatua se marchó y el pobre hombre no pudo quedarse ya tranquilo y se marchó pedir por el mundo. Pasado mucho tiempo era rico, y vino de nuevo a su tierra, buscó su casa, y vio que había otras en su lugar, y todos le decían que ya no se acordaban de que se hubiesen hecho obras en aquel lugar. Fue a la iglesia y vio todavía allí la estatua a la que había invitado, y cuando se fue acercando a ella, le vio aún la boca abierta, y pensó para sí:
   —La invité hace tanto tiempo que ya no me conoce.
   Y cuando se aproximó más, oyó que decía la estatua:
   —Bien que te conozco, y ahora que eres rico es cuando te vas a venir a cenar conmigo.
   Y se le cayó encima, y lo mató.

MUERTE EN EL BOSQUE, Amparo Dávila

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AMPARO DÁVILA, Muerte en el bosque, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1985, 132 páginas.

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ALTA COCINA

   Cuando oigo la lluvia golpear en las ventanas vuelvo a escuchar sus gritos. Aquellos gritos que se me pegaban a la piel como si fueran ventosas. Subían de tono a medida que la olla se calentaba y el agua empezaba a hervir. También veo sus ojos, unas pequeñas cuentas negras que se les salían de las órbitas cuando se estaban cociendo.
   Nacían en tiempo de lluvia, en las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros. A tres por cinco centavos regularmente y, cuando había muchos, a quince centavos la docena.
   En mi casa se compraban dos pesos cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos y, con más frecuencia, si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas distinguidas o a las muy apreciadas. "No se pueden comer mejor preparados en ningún otro sitio", solía decir mi madre, llena de orgullo, cuando elogiaban el platillo.
   Recuerdo la sombría cocina y la olla donde los cocinaban, preparada y curtida por un viejo cocinero francés; la cuchara de madera muy oscurecida por el uso y a la cocinera, gorda, despiadada, implacable ante el dolor. Aquellos gritos desgarradores no la conmovían, seguía atizando el fogón, soplando las brasas como si nada pasara. Desde mi cuarto del desván los oía chillar. Siempre llovía. Sus gritos llegaban mezclados con el ruido de la lluvia. No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aun así los oía. Cuando despertaba, a medianoche, volvía a escucharlos. Nunca supe si aún estaban vivos, o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser.
   A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían y, me siguen aún, a todas partes.
   Algunas veces me mandaron a comprarlos; yo siempre regresaba sin ellos asegurando que no había encontrado nada. Un día sospecharon de mí y nunca más fui enviado. Iba entonces la cocinera. Ella volvía con la cubeta llena, yo la miraba con el desprecio con que se puede mirar al más cruel verdugo, ella fruncía la chata nariz y soplaba desdeñosa.
   Su preparación resultaba ser una cosa muy complicada y tomaba tiempo. Primero los colocaba en un cajón con pasto y les daban una hierba rara qua ellos comían, al parecer con mucho agrado, y que les servía de purgante. Allí pasaban un día. Al siguiente los bañaban cuidadosamente para no lastimarlos, los secaban y los metían en la olla llena de agua fría, hierbas de olor y especias, vinagre y sal.
   Cuando el agua se iba calentando empezaban a chillar, a chillar, a chillar... Chillaban a veces como niños recién nacidos, como ratones aplastados, como murciélagos, como gatos estrangulados, como mujeres histéricas...
   Aquella vez, la última que estuve en mi casa, el banquete fue largo y paladeado.

LEYENDAS POPULARES RUSAS, Alexandr Nikoláievich Afanásiev

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ALEXANDR NIKOLÁIEVICH AFANÁSIEV, El anillo mágico y otros cuentos populares rusos, Páginas de Espuma, Madrid, 2004, 274 páginas.

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Hasta 1990 los lectores rusos no pudieron comenzar a disfrutar de este libro publicado por primera vez en 1859. Entonces fue despreciado porque las autoridades zaristas atribuían a sus contenidos un sesgo anticlerical. La segunda edición, aparecida en 1914, no satisfizo a los soviéticos por el exceso de protagonismo de demasiados cristos, milagros y popes. En el erudito prólogo de José Manuel Pedrosa, Las leyendas populares rusas de Afanásiev: el renacimiento de un libro maldito (pp. 11-32) el lector hallará toda la información precisa para saber valorar estos relatos relacionados con "viejas parábolas tomadas de los Evangelios o de la literatura cristiana apócrifa, hagiográfica, ejemplar, moralizadora, ejemplarizante".
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EL SABIO SALOMÓN [CÓMO SE LAS ARREGLÓ SALOMÓN PARA SALIR DEL INFIERNO CON UNA CUERDA DE MEDIR]

   Después de la crucifixión, bajó Nuestro Señor Jesucristo al infierno, y sacó de allí a todos, excepto al sabio Salomón.
   —Tú sal de aquí por tus propios medios, usando tu sabiduría —le dijo Cristo. Y Salomón se quedó solo en el infierno.
   ¿Cómo se las arreglaría para salir? Caviló mucho, y se puso a hacer una cuerda. Se le acercó un diablillo y le preguntó para qué estaba haciendo aquella cuerda tan infinitamente larga.
   —Como intentes aprender demasiadas cosas —le contestó Salomón—, te vas a hacer más viejo que tu abuelo Satanás. Ya lo verás!
   Una vez preparada la cuerda, empezó Salomón a medir con ella el infierno. El diablillo apareció de nuevo, y le preguntó que para qué media el infierno.
   —Es que en este lugar voy a construir un monasterio —le dijo el sabio Salo­món—. Y en aquel, una catedral.
   El diablillo se asustó, echó a correr y le contó todo a su abuelo, Satanás. Y este expulsó al sabio Salomón del infierno.

RELÁMPAGOS DE LUCIDEZ, Javier Recas

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JAVIER RECAS, Relámpagos de lucidez, Biblioteca Nueva, Madrid, 2014, 344 páginas.

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En Menos es más (pp.13-24), Recas, tras ofrecer al lector un paseo histórico alrededor de este género lamentablemente minusvalorado, concreta: "El auténtico aforismo es, ante todo, efectista, se asemeja a un número de circo: gusta de la sorpresa y siembra la confusón. Es "fuego sin llama", como dijera Cioran." La erudición de Recas, y, sobre todo, la finura en el análisis, son evidentes en las monografías que dedica a estos catorce autores imprescindibles.   
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ÍNDICE

Prólogo. Menos es más   [13]


Lao Tse, La sabia inacción   [25]


Marco Aurelio, Los soliloquios de un emperador   [53]

Michel de Montaigne, La seducción de la duda   [75]

Baltasar Gracián, El arte de la prudencia   [99]

François de La Rochefoucauld, El ingenio galante de los salones parisinos   [117]

Nicolas de Chamfort, Carácter, pasión y revolución   [137]

Georg Christoph Lichtenberg, «Verdades de a centavo»   [155]

Arthur Schopenhauer, Aforismos para el arte de vivir   [177]

Friedrich Nietzsche, Las formas de la eternidad   [209]

Mark Twain, El sutil dardo del humor   [235]

Ambrose Bierce, La lexicografía de un cínico   [255]

Antonio Machado, Una metafísica de poeta   [273]

Antonio Porchia, El esplendor de lo insignificante   [303]

Emile Cioran, El deleite de la extinción   [323]