ÁNGELES Y VERDUGOS, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, Ángeles y verdugos, Macedonia, Morón, 2016.

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AMOR CIBERNAUTA

   Se conocieron por la red. Él era tartamudo y tenía un rostro brutal de neanderthal: cabeza enorme, frente abultada, ojos separados, redondos y rojos, dientes de conejo que sobresalían de una boca enorme y abierta, cuerpo endeble y barriga prominente. Ella estaba inválida del cuello hasta los pies y dictaba los mensajes al computador con una voz hermosa, pausada y clara que no parecía tener nada que ver con ella; tenía el cuerpo de una muñeca maltratada. Fue un amor a primer intercambio de mensajes: hablaron de la armonía del universo y de los sufrimientos terrestres, de la necesidad del imperio de la belleza y de los abyectos afanes de los mercaderes de la guerra, de la abrumadora generosidad del espíritu humano que contradice la miseria de unos pocos. Leían incrédulos las réplicas donde encontraban una mirada equivalente del mundo, no igual, similar, aunque enriquecida por historias y percepcio¬nes diferentes. Durante meses evitaron hablar de sí mismos, menos aún de la posibilidad de encontrarse en un sitio real y no virtual. Un día él le envió la foto digitalizada de un galán. Ella le retribuyó con la imagen de una bailarina. Él le escribió encendidos versos de amor que ella leyó embelesada. Ella le envió canciones con su propia voz, él lloró de emoción al escuchar esa música maravillosa. Él le narraba con gracia los pormenores de su agitada vida social, burlándose agudamente de los mediocres. Ella le enviaba descripciones de sus giras por el mundo con compañías famosas. Ninguno de los dos jamás propuso encontrarse en el mundo real. Y fue un amor de sueños, de mensajes, de versos, de canciones. Fue un amor verdadero, no virtual, como los que suelen acontecernos en ese lugar que llamamos realidad.

ORQUESTA DE DESAPARECIDOS, Francisco Javier Irazoki

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FRANCISCO JAVIER IRAZOKI, Orquesta de desaparecidos, Hiperión, Madrid, 2015, 136 páginas.

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Con la arquitectura de una casa que, por ritmo y referencias, se encuentra cimentada sobre música, estas breves piezas en prosa abren sus puertas a la luminosidad y el pequeño asombro frente al olvido; habitaciones poéticas que erigen un hogar para la memoria.

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SIN CELDAS

   Después de baldear el suelo de nuestra historia, dispersaré las cenizas de la casa de mi padre. A puñados las arrojaré a los lindes de otras tierras.
   Las cenizas llevarán adheridas nuestras palabras para el encuentro con los sonidos de identidades lejanas.
   Desconociéndose, también los dolores se retirarán a unos hilos de polvo.
   Ya no juzgaremos desde la superioridad irrisoria y nadie se lastimará con la alambrada de las leyendas.
   Calcularemos, sí, cuánta grandeza extraviada cabía en los himnos.
   Un fuerte viento mental va arrancando los jardines, postigos, vigas y escaleras de todas las patrias. 

ÉRASE UNA VEZ, Ana Vidal

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ANA VIDAL PÉREZ DE LA OSSA, Érase una vez, Encuadres, Valencia, 2016, 100 páginas.

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MONTAÑA RUSA

   Entro en el vagón, me siento y bajo la barra de seguridad. Suena un pitido y empezamos a avanzar por los carriles. Primero una subida lenta, muy lenta, que hace presagiar una bajada vertiginosa; pero no, hay un llano y después cae con suavidad, luego otra subida y ahora sí, triple vuelta de campana, estómago en la garganta, ojos fuera, gritos de pánico. Llano rápido y una bajada, ya caemos en picado, los pelos se quedan arriba, las manos aferradas a la barra, hasta te levantas un poco del asiento. Subida otra vez y luego vuelta, giro, vuelta, giro, un llano largo lleno de temores y por fin una bajada por un túnel que parece no terminar nunca. Al salir, media vuelta y se terminó. Respiro. Ahora por fin sé que ya te has ido para siempre. 

SESENTA Y CINCO MOMENTOS EN LA VIDA DE UN ESCRITOR DE POSDATAS, Álex Chico

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ÁLEX CHICO, Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016, 88 páginas.

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De este volumen, ya sería de gran interés, simplemente, el juego de cajas chinas que en él se encierra: el autor, Álex Chico, como editor que selecciona las posdatas de un escritor-personaje, E.P., que son a su vez fragmentos extraídos anteriormente de entre sus propias obras. Sin embargo, lo realmente destacable, en realidad, son la calidad de estas reflexiones: aforismos, apuntes, registros más o menos breves sobre la creación literaria, la relación con el espacio y la memoria, que dialogan entre sí y con la misma forma del libro con notable e incansable acierto, para componer, en suma, esta brillante propuesta metaliteraria.

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Alguien le preguntó al escritor de posdatas a qué se refería cuando hablaba de crear un personaje que fuera un pirata literario. ¿Un ladrón de historias?, preguntaron. En absoluto, respondió el escritor. Y siguió diciendo: No se trata de un personaje que robe historias ajenas. Como sabéis, un pirata es alguien que ve por un solo ojo, porque uno de ellos lo tiene tapado. Pues bien, ese ojo con parche es el que le permite observar lo que sucede. Su escritura se limita a describir su propia oscuridad.

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La creación literaria supone una particular caída al vacío. La función de la literatura sería trasmitir lo que encuentra en ese descenso.

(Si es que son ajenas las palabras, 1987)
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La poesía sucede en un estado anterior a su escritura. Adquirimos, escribe Seamus Heaney, un conocimiento previo de ciertas cosas y, por ese motivo, tenemos la sensación de recordarlas de antemano. Encontrar el lenguaje adecuado y adaptarlo a esa vieja realidad exige un esfuerzo hercúleo, casi inhumano.

(En préstamo, 1997)
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En una ocasión encontré a E.P. recortando imágenes de una revista. Me dijo que, en realidad, estaba escribiendo. Dos días más tarde volví y pude verlo en su escritorio, con una máquina de escribir Olivetti. Me dijo que estaba mirando viejas fotografías.

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Para eso sirve, si es que sirve para algo, la literatura: para recomponer o para dar sentido a las piezas que previamente hemos roto.

(Libro de las anotaciones, 1984)
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Siempre he sentido una especial predilección por un chiste, el del tipo que cada día se sitúa al lado de su bañera mientras sujeta entre sus manos una caña de pescar. El siquiatra le pregunta si alguna vez ha pescado algo, a lo que el tipo responde: ¿Cómo voy a pescar, si es una bañera?

Como sabemos, todo exceso de lógica puede conducirnos al absurdo.

(Si es que son ajenas las palabras, 1987)
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La literatura es un diálogo con lo que ya no somos, con lo que fuimos.

(Cuaderno de apuntes, 1980)
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Habitamos dos tipos de libros: aquellos que nos gustaría haber escrito y aquellos que desearíamos haber pensado.

(Si es que son ajenas las palabras, 1987)
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Quizás sólo sigamos escribiendo libros por este motivo: para encontrar un verso o una línea a la que parecíamos destinados desde el comienzo. Lo único por lo que verdaderamente mereceríamos ser recordados.

(Confesión en Santa Marta, 1992)

EL SEXtO ANIMAL, Luis Eduardo Aute

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LUIS EDUARDO AUTE, El SEXtO animal, Espasa, Barcelona, 2016, 270 páginas.

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En el prólogo de este volumen subtitulado Poemigas y otras icognografíasAutenasia (pp. 7-9) celebra Fernando Beltrán la poética del artista multidisciplinar: Aute elige "el berbiquí y la garlopa, la música, la pintura, la poesía, el taller a destajo de su oficio: tallar una canción, una pintura, tallar incluso un poema, aunque sabe que de este último quehacer no sale ileso nadie".   
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CONTRATIEMPO DEL AMOR

Sólo el amor detiene
la violencia del paso del tiempo
en su eterna
fugacidad.

EL ANILLO MÁGICO Y OTROS CUENTOS POPULARES RUSOS, Alexandr Nikoláievich Afanásiev

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ALEXANDR NIKOLÁIEVICH AFANÁSIEV, El anillo mágico y otros cuentos populares rusos, Páginas de Espuma, Madrid, 2004, 274 páginas.

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José Manuel Pedrosa firma un extenso Prólogo (pp. 9-47) con el que permite al lector desmitificar las figuras de Afanásiev y Vladimir Propp, ambos folkoristas de salón. Afanásiev se limitó a utilizar los textos "depositados en la Sociedad Geográfica Rusa; Propp a estudiar la gramática del cuento en estas colecciones que le permitieron desatender los estudios de campo.
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LA ESPOSA TRANSFORMADA EN ANIMAL Y LA BRUJA IMPOSTORA

   Un anciano tenía una hermosa hija, con la que vivía en paz y armonía, has­ta que él se casó con otra mujer. Y ésta era una malvada bruja. No quería a su hijastra, y no paraba de insistir al anciano:
   —¡Échala de casa, no puedo ni verla!
   Al anciano no se le ocurrió otra cosa que casar a su hija con un buen hom­bre. Ella y su esposo vivieron felices y, al poco tiempo, tuvieron un hijo.
   Pero la bruja se enfureció aún más: la envidiaba por su feliz y tranquila vida. En un momento dado, convirtió a su hijastra en un animal llamado Arys, y la envió a un espeso bosque, vistió a su propia hija con las ropas de la hijastra, y la dejó en su lugar.
   Tan astutamente lo hizo todo que ni el marido, ni los vecinos..., nadie reparó en el engaño. Sólo la vieja nodriza se dio cuenta, pero tenía miedo de decirlo.
   Desde aquel mismo día, en cuanto el bebé tenía hambre, la nodriza lo lleva­ba al bosque y cantaba:
      
¡Arys del campo! El pequeño llora,
el pequeño llora: comer y beber desea.

   Arys del campo llegaba corriendo, dejaba su piel bajo un tronco, cogía al niño, le alimentaba, se ponía después la piel nuevamente, e iba al bosque.
   «¿Adónde irá la nodriza con el bebé?», pensó el padre. Se puso a vigilarla. Vio me Arys del campo llegaba corriendo, se quitaba la piel y le daba de comer al pequeñuelo.
   El se acercó cautelosamente, cogió la piel y le prendió fuego.
   —¡Ah, huele a quemado! ¡Mi piel está ardiendo! —dijo Arys.
   —No creo. Debe ser que los leñadores están quemando rastrojo —dijo la nodriza.
   La piel se quemó, Arys recuperó su forma anterior y le contó todo a su espo­so. Enseguida se reunió la gente, cogieron a la bruja y las quemaron a ella y a su hija.

EL BESUGO ME DA HIPO Y OTRAS HISTORIAS, Jesse Einsberg

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JESSE EINSBERG, El besugo me da hipo y otras historias, Reservoir Books, Barcelona, 2016, 264 páginas.

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Publica Reservoir Books el primer libro del actor norteamericano Jesse Einsberg. agradecerá el lector el sentido del humor que despliega en estos refrescantes relatos cortos.
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MASGOUF

   Anoche fui con mamá a un nuevo restaurante llamado Masgouf. Dijo que era un restaurante iraquí y que como somos gente de mentalidad abierta, teníamos que ir y apoyarlo. Me pareció raro porque el hermano de Matt está en el ejército en el Irak de verdad yen su coche pone APOYA A LAS TROPAS. Así que me dio la sensación de que estábamos apoyando al restaurante, en lugar de al her­mano de Matt.
   Mamá me dijo que todas las mujeres de su club de lectura habían ido a ese restaurante, pero yo no entendía por qué nosotros también teníamos que ir. Tampoco en­tiendo por qué mamá va al club de lectura, porque no lee ningún libro y la víspera de las reuniones del club no para de decir <(joder» y me pide que me mcta en la Wiki­pedia. Luego me pide que le lea el resumen de la trama y le describa los personajes principales mientras ella pasa el aspirador, cosa nada fácil porque el aspirador hace mu­cho ruido y tengo que seguirla por toda la casa leyendo en voz alta con el ordenador en las manos.
   El primer detalle extraño en el que me fijé cuando entré en Masgouf es que mucha de la gente que comía allí llevaba grandes máscaras negras que les tapaba toda la cara menos los ojos. Mamá me dijo algo decepcionada que esperaba que hubiera más gente «parecida a noso­tros)>. Pero yo le dije que no sabíamos cómo eran porque ocultaban la cara con las máscaras. Entonces mamá me dio una colleja, que es lo que hace cuando hablo dema­siado alto o demasiado bajo o cuando me  río.
   Después de mirar la carta mamá dijo entre dientes:
   «Joder, todo es seco». No estoy seguro de qué quería de­cir, pero creo que tenía algo que ver con el vino, porque cada vez que mamá abre una carta, lo primero que hace es mirar los vinos y soltar un suspiro de alivio.
   Mamá dijo que pediría por los dos y que compartiría­mos la cena, que es lo que hace cuando cree que la comi­da no estará buena. Cuando la camarera se acercó para tomar nota, mamá la miró como si fiera alguien sin ho­gar y preguntó:
   —¿De dónde eres? —Cuando la mujer contestó: «De Irak», mamá dijo—: Oh, qué bonito. ¿Y de qué ciudad?
   —De Bagdad —respondió entonces la mujer.
   —Ay —exclamó mamá, como si la camarera estuviera llorando, pero no estaba llorando, sino sonriendo.
   Así que miré a la camarera y le sonreí de oreja a oreja para demostrarle que no siempre estaba de parte de mi madre, pero al yerme sonriendo, la mujer puso una cara rara, como si pensara que me estaba burlando de ella, y no era verdad. Entonces mamá me dio una patada por debajo de la mesa, la pierna me dolió toda la noche y un poco a la mañana siguiente, que es hoy.
   Lo primero que la camarera nos trajo fue un extraño montón de arroz en un plato y un gran cuenco de puré de berenjena espeso en una salsa roja. Al verla a mamá le entraron náuseas, pero sonrió a la mujer y dijo:
   —Vaya. ¡Qué tradicional! ¡Estoy deseando hincarle el diente!
   Yo sabía que mentía porque, cuando la camarera se alejó, mamá le dio un bocadito con los dientes de delan­te y se le ensancharon los agujeros de la nariz, como si tuviera ganas de vomitar allí mismo.
   —Creo que te gustará, tesoro. ¿Por qué no lo pruebas?—dijo, y entonces supe que no le había gustado. Luego echó la berenjena en el arroz y lo esparció todo por el plato para que pareciera que nos lo habíamos comido.
   La camarera volvió a la mesa con el otro plato, que era un kebab de pollo con patatas fritas. Las patatas fritas sabían a patatas fritas, aunque no tenían ketchup, y el kebab de pollo sabía a pollo normal y corriente. Cuando mamá y yo comprobamos que tenía un sabor normal y corriente, nos miramos aliviados, como si fuéramos el hermano de Matt y acabáramos de regresar de Irak.
   En el camino de vuelta a casa, mamá llamó a todas las mujeres de su club de lectura para contarles que había­mos ido a Masgouf. Mintió al decirles lo agradable que era pasar un rato a solas conmigo y lo interesante que era ver a las iraquíes con sus máscaras negras, y que no había pensado en la nueva novia de papá ni una sola vez du­rante nuestra divertida y deliciosa cena. Cuando mamá miente no se limita a decir lo que no quiere decir, sino que dice lo contrario de lo que quiere decir. Probable­mente la mayoría de los niños se enfadarían con su ma­dre si mintiera tanto, pero, no sé por qué, yo solo sentía tristeza por ella.
   Cuando llegamos a casa le leí a mamá el resumen de la trama de Cumbres borrascosas, mientras ella pasaba el aspirador en ropa interior. Luego ella dijo que le dolía un poco la barriga y yo pensé que a mí también me dolía. Así que los dos fuimos directos cada uno a nuestro cuar­to de baño, y yo tardé mucho en salir. Por eso le doy a Masgouf 129 estrellas de 2.000.