MAÑANA PIENSA EN MÍ, Ana María Mopty de Kiorcheff

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ANA MARÍA MOPTY DE KIORCHEFF, Mañana piensa en mí, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, 2012, 120 páginas.

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GENERACIONES

   Todo se da en serie, dice el encargado, tras acomodar distintos talles de ropa recién llegada. Por la puerta pasa una mujer, conduciendo pesadamente a su madre de ablandado cuerpo. Al lado, la hija pequeña, lleva con liviandad en brazos a su muñeca de trapo.

HISTORIAS DE MARRAKECH, Mahi Binebine

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MAHI BINEBINE, Historias de Marrakech, Abada, Madrid, 2005, 105 páginas.

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Los quince relatos de Binebine están acompañados por las evocadoras fotografías en blanco y negro de Luis Asín.
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EL CÁNTARO AGUJEREADO

   ¿Cómo escribir un libro sobre Marrakech sin evocar la historia del cántaro agujereado?
   Por si no lo sabe, Cántaro agujereado soy yo. Un mote del género sioux que me había puesto mi abuela y que me siguió como una sombra durante muchísimo tiempo. La historia de la que nació este apodo era, según se mire, halagadora para mí, o bien degradante. Pues el utensilio en cuestión no podía servir para transportar agua más que en distancias cortas, ya que era viejo, ennegrecido de hollín, agrietado por varios sitios, y se salía a la menor sacudida. Una mala nota en la escuela, y mi nombre cobraba pleno sentido. Es muy normal que el cántaro no retenga nada: su memoria se escapa por todas partes. Una cita fallida, una moneda perdida, un olvido cualquiera, y resurgía como la miseria el desdichado sobrenombre. Sin embargo, bien mirado, podían encontrarse similitudes sorprendentes entre el cántaro y yo sin forzar la comparación. Comenzando por mi talla de retaco, el color mate de mi piel, mi panza inflada y sobre todo la rara floración de mis orejas separadas. Por mucho que mi abuela fuera medio ciega, su hallazgo tuvo una resonancia inmediata. Produjo el efecto de un chiste, una de esas golosinas que se pueden saborear sin moderación. Evidentemente, habría podido rebelarmey no responder al molesto apodo. Pero me había acostumbrado a él. Era parte de mí, como las garrapatas de los perros. Más aun, ni siquiera oía las risas burlonas que provocaba cuando alguien lo pronunciaba en público. Además ya no me preocupaba mi verdadero nombre, por el cual habían desangrado una oveja en público delante de nuestra buhardilla. Yo era Cántaro agujereado y nada más. Y, para los íntimos, Cántaro a secas.
   Pero volvamos al origen: la historia de la abuela tiene lugar en el cementerio de Bab Doukala, a la salida de las murallas en dirección a la ciudad nueva. En un refugio al fondo del recinto vivía un enterrador cuyos bienes se limitaban a un pequeño huerto robado a las tumbas, un asno tan viejo como él, y dos cántaros, uno de los cuales tenía por decirlo así un parentesco cordial con vuestro humilde servidor. Cada mañana, el enterrador cargaba sobre la albarda de su asno los dos cántaros e iba a llenarlos a la fuente pública. Así podía lavarse, beber y regar su huerto. Como ya he dicho, una de las tinajas no valía más que para desguace. ¡Y con razón! En el camino de vuelta perdía la mitad de su contenido. Sintiéndose inútil, gastada y rindiendo ya muy poco como aguadora, le dijo un día a su propietario: «Hace años que transportas agua en mi vientre, pero ahora estoy vieja y cansada, chorreo por todas partes, ya no sirvo para nada, ¡quizás sea el momento de que te desprendas de mí! Te hace falta un hermoso cántaro nuevo, y en el zoco los hay baratos».
   El enterrador no respondió. Pero al día siguiente, al volver de la fuente, detuvo su asno en medio del cementerio y dijo a su apenado cántaro: «Mira, viejo amigo, mira bien este sendero. Está verde por tu lado y no por el otro. Es el agua que tú crees perder lo que ha reverdecido todas sus tumbas! ¡Estoy seguro de que los muertos que reposan ahí te desean larga vida!».
   El cántaro enrojeció y no volvió a hablar más de jubilación. Sin duda es mi debilidad por esta historia lo que me ha hecho conformarme con el apodo de mi abuela. Desde que soy escritor, pienso a menudo en este sobrenombre que sólo mis viejos amigos conocen. Y, después de todo, creo que me va bien.


TRATADO DE CULINARIA PARA MUJERES TRISTES, Héctor Abad Faciolince

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HÉCTOR ABAD FACIOLINCE, Tratado de culinaria para mujeres tristes, Alfaguara, Madrid, 1998, 144 páginas.
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   Convéncete, te ruego, no hay afrodisíacos. No busques el deseo por medios de la gula o de la magia. Algunos ignorantes han soltado el embuste de frutos de pasión. Patraña es esta que tiene origen claro y mueve a risa. Fruto de la pasión o pasiflora llamaron los botánicos a algunas plantas rastreras que se enredan y trepan. Su flor se suponía que mostraba los estigmas de la pasión de Cristo: la lanza, el cáliz, la corona, los  clavos... De la de Cristo, piensa, que poco o nada tiene que ver con la pasión que buscan los consumidores de afrodisíacos, no ansiosos de martirio sino de desenfreno. Créeme, la pasión viene sola o no viene. Si no llega espontánea no la fuerces con pócimas. O surge sin esfuerzo o no valía la pena.
   No es cierto, sin embargo, que no se pueda hacer con la comida algo que favorezca los placeres del tálamo. Excitar los sentidos, todos los sentidos, es útil para hacerlos participar —una vez avivados— en el rito del abrazo. Se sabe que después del deseo sexual otra apetencia domina de segunda nuestra urgencia y es el deseo de saciar el hambre. Para desatar el apetito sexual nada mejor que apagar antes las ganas de comer. Come con apetito y observa el apetito de tu amigo, sin olvidar las palabras de una sabia matrona florentina: «Desganados en la mesa, desganados en la cama».
   Aviva todos los sentidos: la vista, con partes estratégicas tapadas y descubiertas de tu cuerpo; con una combinación armoniosa de colores en el plato. El tacto: deja que la piel roce la piel y que los dedos partan la corteza del pan. El olfato: no ocultes del todo tus olores naturales y prepara la nariz del otro con olores deleitosos de comida. El oído con música rítmica y palabras escogidas. Para el gusto prepara esta receta:
   Pelas trece langostinos grandes y pones a hervir las cáscaras en un buen caldo con cebollas y apios y un trozo de pescado. Fríes cebolla y ajo en aceite y mantequilla; luego le echas el caldo reducido a esta mezcla; lo adensas con una cucharada de harina de trigo; le das mejor sabor con una copa de brandy. Añades allí los langostinos enteros y dejas sólo que su color pase a un naranja intenso. Aparte cueces en agua con sal doscientos gramos de pasta corta. Al momento de mezclar la pasta con la salsa, añades pimienta y crema de leche. Este plato avivará sus sentidos hasta el colmo. Si lo acompañas con una botella de champaña muy seca, el resultado casi, casi es infalible.

SOLUCIONES PARA CASI TODO, Begoña Uhagón & Esther Burgueño

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BEGOÑA UHAGÓN & ESTHER BURGUEÑO, Soluciones para casi todo, Beascoa, Barcelona, 2009, 28 páginas.
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Siguiendo los consejos de Begoña Uhagón (bellamente ilustrados por Esther Burgueño), sabríamos superar una rabieta, conjurar la mala suerte, no aburrirnos o entender el mundo.
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PARA ENTENDER EL MUNDO

Tener una prima en Senegal,
un amigo en Colombia,
un tío en China.
Cantar una canción en inglés,
comer pasta italiana
y pan francés.

Colgar en la pared un mapa del mundo
con países y mares,
sus montañas y ríos.
Mirar otros planetas en el cielo,
saber que allí no hay nadie
pero podría haberlo.

Leer poemas por las noches,
escuchar música,
escribir versos.
Para entender bien el mundo,
cerrar fuerte los ojos
y mirar dentro.


CUENTOS DE LOS TRES HEMISFERIOS, Lord Dunsany

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LORD DUNSANY, Cuentos de los tres hemisferios, Espuela de Plata, Sevilla, 2011, 140 páginas.
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Componen la edición de este libro dos secciones: los tres relatos largos incluidos en Más allá del mundo conocido y los once relatos cortos recogidos en Cuentos de los tres hemisferios. Como señala en el Prólogo (pp. 9-12) Luis Alberto de Cuenca, a pesar de que algunos de estos relatos ya habían sido publicados anteriormente, ésta puede ser considerada la primera traducción íntegra de la obra. De trasladar al español este libro que vio la luz en Londres en 1919 se encarga Victoria León Varela.     

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LOS DONES DE LOS DIOSES

   Hubo una vez un hombre que quiso pedir un deseo a los dioses. Pues la paz imperaba en el mundo y todas las cosas resultaban igualmente monótonas, había llegado a sentirse en el fondo cansado de la paz, y por ello echaba de menos las tiendas de campaña y los campos de batalla. Así, pues, pidió un deseo a los dioses antiguos, y presentándose ante ellos, hablo así:
   “Dioses antiguos, reina la paz hasta en los rincones más remotos de esta tierra en la que habito, y estamos ya demasiado cansados de la paz. Por eso, oh dioses antiguos, concedednos la guerra!”
   Y los dioses, atendiendo a su ruego, le concedieron la guerra. El hombre partió blandiendo su espada, y desde ese momento bastaba mirarla para que la guerra estallara por doquier. Pero entonces el hombre empezó a recordar las pequeñas cosas que había conocido antes, los días serenos del pasado, y cada noche sobre la dura tierra, soñaba con la paz. Las cosas habituales empezaron a volverse a sus ojos cada vez más queridas, aquellas cosas monótonas pero serenas de los tiempos de la paz, y recordando estas cosas, comenzó a lamentar la guerra y, una vez más, pidió un deseo a los dioses antiguos. Y presentándose ante ellos, habló así:
   “Oh dioses antiguos, lo cierto es que el  hombre prefiere los tiempos de paz. Así, pues llevaos vuestra guerra y concedédnosla, pues de todos vuestros dones no hay ninguno más deseable”.
   El hombre regresó entonces a la morada de la paz. Sin embargo nuevamente no tardó en cansarse de ella, de todas las cosas que ya le eran conocidas y su monotonía. Y añorando de nuevo las tiendas de campaña, se presentó ante los dioses y dijo así:
   “Dioses antiguos no deseamos vuestra paz, pues la paz no hace sino llenar de tedio nuestros días, y el hombre está mejor en la guerra”.
   Y los dioses volvieron a concederle la guerra. De nuevo se oyeron tambores, se vio el humo de las hogueras, el viento azotó la tierra asolada, volvió a escucharse el sonido de los caballos que se dirigen al combate, y ardieron las ciudades y todas las cosas que los trotamundos conocen. Entonces los pensamientos del hombre regresaron a las costumbres de la paz. Y de nuevo añoró la hierba sobre los prados la luz en los viejos torreones, el sol encendiendo los jardines, las flores en los bosques, el sueño y los senderos en calma de la paz.
   Y el hombre una vez más se presentó ante los dioses antiguos y volvió a implorarles:
   “Dioses antiguos, el mundo y yo estamos cansados de la guerra y añoramos las viejas costumbres y los senderos en calma de la paz”’.
   Y los dioses se llevaron la guerra y le concedieron la paz. Pero, cierto día, el hombre celebró consejo y conversó largamente consigo mismo hasta concluir: “Mis deseos, que los dioses conceden, no son precisamente deseables, y si un día los dioses me concedieran uno de ellos y jamás accedieran a revocarlo, que es algo que los dioses suelen hacer, yo sería juzgado con severidad por mi deseo. Mis deseos son peligrosos, y por lo tanto no debo formularlos más”.
   De modo que resolvió enviar a los dioses una carta anónima que decía lo siguiente:
   “Oh dioses antiguos, este hombre que hasta en cuatro ocasiones os ha perturbado con sus deseos, pidiendo a veces la paz y a veces la guerra, es un hombre que no muestra respeto por los dioses, que los denuesta cuando no atienden a sus ruegos y únicamente los alaba en los días santos y en las horas señaladas en que los dioses escuchan sus plegarias. Así, pues, no concedáis más deseos a este impío”.
   Los días de paz fueron sucediéndose y de la tierra volvió a surgir, como la niebla en otoño de los campos arados durante generaciones, el sabor de la monotonía. Entonces el hombre se presentó una buena mañana de nuevo ante los dioses y rogó:
   “Oh dioses antiguos, concedednos una sola guerra más para que pueda volver a los campos de batalla y a las fronteras disputables por última vez”.
   Y los dioses le respondieron: «No hemos oído buenas cosas de ti. Tu mal proceder ha llegado hasta nosotros. Por ello nunca volveremos a cumplir tus deseos».
 

ENCICLOPEDIA MÍNIMA, Ricardo Sumalavia

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RICARDO SUMALAVIA, Enciclopedia mínima, PUCP, Lima, 2004, 91 páginas.

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LECTORA

   Una prostituta, tratando de apaciguar la ansiedad de su cliente, fijó la mirada en el libro que este había dejado sobre la cómoda y le preguntó:
   —¿Qué estás leyendo?
   —Una novela.
   —A mí también me gusta leer novelas. ¿Puedo ver el título?
   El cliente la observó con desconfianza, pero inmediatamente le alcanzó el libro, agradeciéndole en silencio sus buenas artes para la relajación, ya que probablemente ella jamás había superado un par de páginas de su plana escolar.
   —¡Madame Bovary! Yo he leído esta novela —dijo ella con una voz tan enternecedora y modosa, que prácticamente invitaba a cambiar las palabras por los cuerpos.
   Y así continuaron en la cama, enlazados en su juventud, hasta el supremo instante del cliente, en el que, mientras descargaba su simiente, se animó a preguntarle:
   —¿Sabes quién fue Emma Bovary?
   —Una puta a la que le gustaba leer novelas.

CUENTOS Y LEYENDAS INMIGRANTES, J.M. Pedrosa

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JOSÉ MANUEL PEDROSA, Cuentos y leyendas inmigrantes, Palabras del Candil, Guadalajara, 2008, 295 páginas.
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En Culturas inmigrantes, literatura oral, antropología (pp. 21-28), José Manuel Pedrosa detalla la naturaleza de este trabajo de recogida de narraciones durante el 2003: 385 textos relatados por alumnos de la Universidad de Alcalá (mayoritariamente procedentes de México, Perú, Nicaragua y Guatemala): cuentos, supersticiones, leyendas...
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EL FANTASMA QUE SE APARECIÓ A SUS FAMILIARES AL MORIR


   Bueno, yo he vivido en Perú. Mi primo murió, mi primo con diecinueve años. Y él vivía en Estados Unidos, y él murió allá. Pero antes de morir, fue una muerte muy violenta, la verdad, no fue una muerte natural, y en mi casa, a las cuatro de la mañana, todos nos despertamos. Todos. Estaba mi papá, mi hermana, mi mamá y yo.
   Y, bueno, mi hermana tiene la propiedad de que sueña a los muertos. Y mi padre, que los ve antes de morir. Y entonces, esa vez, todos, todos, sentimos frío. Y era verano. Todos sentimos frío, y nos despertamos, y mi papá agarró, mi papá duerme con un arma debajo de su cama, de su almohada, porque él es militar, y él agarró su arma y comenzó a trastibillar, porque pensaba que era un ladrón. Y mi papá dijo:
   —He visto a un chico blanco, alto.
   Como mi primo, así, con un gorro. Y yo le dije:
   —Dios, entonces eso ha pasado, nos ha venido a despedir porque tocaba nuestros pies. Y, cuando hay una persona que está muerta, o antes de morir cuando está agonizando, esa persona pasa adonde los seres queridos y se despide. Y, comúnmente, sientes frío en los pies. Y entonces, dije:
   —Alguien se va a morir.
   Y después ya vi que fue mi primo. Y, al día siguiente, las diez de la mañana, mi tío llamó, mi tía llamó, contándole a mi mamá que había muerto mi primo, y que ella no sabía, porque mi primo murió en NuevaYork, y mi tía vivía en Nueva Jersey, y no sabía lo que había pasado. 
   Mi primo siempre usaba gorro. Entonces, mi padre lo soñó, pero él me dice:
   —Yo lo vi, me senté en mi cama y lo vi. Era un chico blanco. Y pensó: «Puede ser un ladrón». Y sacó su arma. Y se paró tanto así que abrió la puerta y todo. Y todos nos despertamos al mismo tiempo. Fue algo... Y yo estaba mal. Todo ese día estaba con algo dentro de mí, y todos, mi hermana, mi mamá...

Silvia Espinal, 29 años,
Perú.