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En 1956 Ana María Matute publica los veintiún relatos que componen Los niños tontos, en dos ediciones: la de la editorial Arión, en Madrid y la de Destino en Barcelona. La edición de Media Vaca añade a modo de apéndices dos textos: "Cómo comencé a escribir" (pp. 103-106) de la autora; y "Cosas que recuerdo" (pp. 107-109), texto del ilustrador, Javier Olivares, quien elige el añil y el negro como colores dominantes de sus ilustraciones.
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EL HIJO DE LA LAVANDERA
Al hijo de la lavandera le tiraban piedras los niños del administrador porque iba siempre cargado con un balde lleno de ropa, detrás de la gorda que era su madre, camino de los lavaderos. Los niños del administrador silbaban cuando pasaba, y se reían mucho viendo sus piernas, que parecían dos estaquitas secas, de esas que se parten con el calor, dando un chasquido. Al niño de la lavandera daban ganas de abrirle la cabeza pelada, como un melón-cepillo, a pedradas; la cabeza alargada y gris, con costurones, la cabeza idiota, que daba tanta rabia. Al niño de la lavandera un día lo bañó su madre en el barreño, y le puso jabón en la cabeza rapada, cabeza-sandía, cabeza-pedrusco, cabeza-cabezón-cabezota, que había que partírsela de una vez. Y la gorda le dio un beso en la monda lironda cabezorra, y allí donde el beso, a pedrada limpia le sacaron sangre los hijos del administrador, esperándole escondidos, detrás de las zarzamoras florecidas.
AURORA LUQUE,
La siesta de Epicuro,
Visor, Madrid, 2008, 92 páginas.
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Dentro de la sección "El jardín de Filomeno" se encuadran los 32 haikus incluidos en el libro, bajo los títulos "Haikus del año seco", "Seis haikus de amor y muerte" y "Letras para Carmen Linares".
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El río Eros
¿cómo podré cruzarlo?
¿clases de natación?
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Entre estas 50 piezas breves, algunas dan el salto que las lleva a adentrarse en los límites del microrrelato.
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FÁBULA
Al terminar el festín, uno de los buitres levantó el vuelo y allí, en las alturas, acostumbrado al improperio y a las lecciones de moralidad, soportó el enésimo discurso recriminatorio del águila real con estoica resignación. Que si no le daba vergüenza alimentarse de los muertos, que si ya era hora de que se buscara la vida de otra manera, que si todo el mundo pensaba que aquella dieta no era sino la consecuencia lógica de la pereza congénita de los carroñeros... Estas y otras fueron las palabras con las que el jefe de las aves increpó al gigante necrófago. En esas estaban cuando el buitre se colocó parejo al águila real. Luego, la miró de reojo y le dijo, algo cansado, que ya estaba bien de tanta cantinela y tanto sermón barato, que si de comer carne podrida se trataba, lo mismo le daba empezar por la realeza.
JULIA OTXOA,
Kískili-Káskala, Vosa, Madrid, 1994, 72 páginas.
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39 microrrelatos suceden a un prólogo de Javier Tomeo (pp. 7-9) y una justificación del título de su autora (p. 11): Kískili-Káskala es el nombre de un camino que lleva a este "paisaje de perplejidades".
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INTRANSIGENCIA
Realmente aquel hombre se obstinaba en no querer entender. Mientras enfurecido me daba puntapiés en las costillas y riñones, me insultaba y me perseguía por toda la casa, incapaz de soportar la idea de esposo abandonado.
Yo no me defendía, sabía perfectamente que hubiera podido cortarle la yugular con la velocidad de un rayo. Pero en el fondo me daba lástima, ya que en cuanto se cansara y dejara de golpearme, yo también me iría dejándole totalmente solo.
Porque ningún perro de mi categoría, soportaría vivir con un dueño que no le permite contemplar escondido tras las cortinas del dormitorio, como su mujer se desnuda todos los días.
MARIO BENEDETTI,
Rincón de haikus,
Visor, Madrid, 1999, 239 páginas.
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En la "Nota previa" (páginas 5-13) Benedetti, además de explicitar sus primeros contactos con el género (Cortázar, Octavio Paz), traza, con unas pinceladas, una breve historia del haiku clásico que incluye la incorporación de esta práctica poética a la literatura en español.
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después de todo
la muerte es sólo un síntoma
de que hubo vida