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DESCENDENCIA IMAGINARIA, Alexandr Zchymczyk

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ALEXANDR ZCHYMCZYK, Descendencia imaginaria, BUAP, Puebla, 2014.

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DESPEDIDA DEVASTADORA

   En el andén de una estación de ferrocarril una dama se despide. Agita con fuerza su pañuelo mientras el tren se aleja sobre los rieles. Cuando el último vagón desaparece sus lágrimas comienzan a caer; luego cae su sonrisa, después los brazos, sus senos, las piernas… hasta que sólo queda un montón de tristeza sobre las vías y en el aire un tembloroso pañuelo blanco.

EL SONIDO DE LAS HOJAS, Cristina Rascón

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CRISTINA RASCÓN, El sonido de las hojas, Cuadrivio, México D.F., 2014, 98 páginas.
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AVISO

   El fantasma cruzó las piernas y encendió un cigarrillo. Vos estás muerta, dije yo, con el miedo temblando en los dientes. Vos también, rió con sadismo. 

LA CAJA PÚBLICA, Anna Genovés

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ANNA GENOVÉS, La caja pública, Createspace Independent Pub, 2014, 264 páginas.

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HUEVOS DE MADERA
 Zurze como antaño
zurce sin saber coser
su corazón está afligido
su alma del revés

  Mi madre tenía un huevo de madera para zurcir calcetines. Estaba abollado y cada uno de sus badenes era una historia. Lo había heredado de mi abuela, y ésta, de la suya. Así, hasta llegar a un tiempo perdido en la memoria. Quizás los albores del XIX o en tiempos de Jack, ése que destripaba a los espíritus pútridos que marchaban ondulantes por los callejones de roñas y máculas seminales. Ellas también zurcían: los calcetines agujereados, las bragas que no tenían, los corsés que no usaban y sus cuerpos llenos de cicatrices. Después ese horror pasó. Llegaron otros… Todas las madres tenían huevos zurcidores.
   El de mi madre, estaba oculto en un costurero de mimbre redondo con interior de cuadros azules, anudado por un cordón marrón. Cada mañana, tras recoger la ropa tendida en la terraza, plegaba la colada y revisaba todas y cada una de las prendas. Luego, guardaba cada pieza en su sitio. Por último, abría el nudo que ella misma había hecho horas antes, y recosía los calcetines con boquetes. Los de papá sólo los remendó hasta que cumplí cuatro años. Después permanecieron en el cajón esperando que volviera, pero nunca regresó. Era verano y hacía mucho calor. No me dejaban verlo; jugaba en el balcón con mis amigos imaginarios. Siempre fui solitaria. Un hermoso capullo de cabellos taheños y ojos chispita. Papá, pasó como un fantasma. Sábana al uso de la toga romana y rostro cerúleo. Lo llamé; no contestó. Sus ojos esmeraldinos, goteaban lágrimas alabastrinas bajo las gafas de pasta negra. Pasaron horas, quizás algún día o incluso semanas. Me asomé a la barandilla de forja, vi una furgoneta verde ―¡qué risa! El color de la esperanza―. Era demasiado pequeña para leer. No obstante, escribía cuentos en mi clarividencia. Ese día escribí uno de terror: el primero. El vehículo tenía unas letras melancólicas: “funeraria”. No sabía su significado y, a la vez, lo comprendí todo.
   La enorme casa de pasillos interminables y habitaciones espaciosas, se quedó vacía. Demasiado grande para dos almas desoladas por un calvario perpetuo. En invierno hacía un frío aterrador y no había estufa. Seguimos utilizando calcetines: unos encima de otros. En verano, los lagrimeos de sudor resbalaban por nuestros cuerpos; nunca tuvimos ventilador. El bochorno atenazaba nuestras mentes envueltas en tiempos caducos. Mamá y yo, fuimos una pareja de hecho ―triste y apática― durante muchos años. Ella siguió remendando mis calcetines hasta que utilicé medias. Luego, también las zurció. Empero, no me agradaban. Prefería pantalones. Ambas seguíamos con calcetines de lana y algodón. Nunca había uno desparejado. Los tenía tan controlados como la manduca de la nevera. Guardaba su óvulo como si fuera un tesoro. Antes no lo comprendía. Ahora lo echo de menos. Me enseñó a reforzar las prendas desquebrajadas. Es tiempo de olvidar el pasado y recomponer el presente. Necesitamos salvavidas para seguir en este mundo hundido en un pozo. Mañana, me acercaré a los chinos y compraré un huevo de madera. Es época de zurcir los calcetines que tenemos.

AHÍ ES NADA, Jorge Riechmann

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JORGE RIECHMANN, Ahí es nada. Nuevos ensayos sobre el mundo y la poesía y el mundo, El Gallo de Oro, Bilbao, 2014, 178 páginas.
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Dejamos de ver lo que nos resulta demasiado familiar. Y los rasgos de lo nuevo los percibimos sobre todo in statu nascendi, en los momentos más tempranos de su desarrollo, cuando los observadores más perspicaces son capaces de distinguir lo diferente en un conjunto de rasgos que más adelante se transformará en paisaje cotidiano (y por ello, ne buena medida, invisible).
Contextualizar para familiarizarnos, descontextualizar para extrañarnos. Sístole y diástole de la vida.
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Viajar alrededor del año. Bailar sobre una sola baldosa.
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No la melancolía de lo que se perdió, sino la fidelidad a lo que es -y a lo que podría ser.
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Tú puedes olvidarte de la totalidad, nos advierte Terry Eagleton, pero la totalidad no va a olvidarse de ti. Podemos reformular: puedes olvidar al capitalismo, pero el capitalismo no se olvidará de ti. E incluso: puedes olvidar a la policía, pero la policía no se olvidará de ti.
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Mi bolígrafo tullido, mis poemas lisiados.
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El que busca equilibrio no estudiará tratados de armonía: aprenderá de los monstruos.
Comenzando por sí mismo.
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Impersonal plenitud, masculla René Char apoyado en su duro batón de rosier.
No expresarse en la poesía, sino desaparecer en el poema.
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El lenguaje tiene distintas dimensiones: puede ser una herramienta de control y dominación -y también puede ser otra cosa. En el poema, palabra en libertad, intuimos la forma de lo que podría ser una vida humana libre.

LA RUBIA DESPAMPANANTE Y OTRAS MICROHISTORIAS, Juan Carlos Gallegos

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JUAN CARLOS GALLEGOS, La rubia despampanante y otras microhistorias, Effictio, Guadalajara, 2014.
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[LA RUBIA DESPAMPANANTE] 13

   Se abre la puerta del elevador y sale una rubia despampanante. Decido ir tras ella luego de observarla unos segundos, descaradamente. La alcanzo y la tomo del brazo. Ella voltea y me mira. Voy a besar sus labios, sensuales como los de Angelina Jolie, cuando Heráclito, quien también sale del elevador, dice “ya no es la misma rubia”. Me doy cuenta de ello. La suelto y la dejo ir, frustrado.

LAS PALABRAS DE MI VIDA, Bernard Pivot

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BERNARD PIVOT, Las palabras de mi vida, Confluencias, Almería, 2014, 272 páginas.

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Dice Pivot en Palabras de bienvenida (pp. 9-11): «Todas estas palabras no pretenden relatar una vida de la A a la Z, sino que hacer que surjan olores, sonidos y colores».
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CHOCOLATE (CHOCOLAT)

   ¿El chocolate es una droga? Seguro. Muchos tragones impenitentes están enganchados al chocolate como quien esnifa cocaína de forma empedernida. Con la diferencia de que las semillas de cacao son de comercio libre y que el chocolate desata en nosotros, ya sea en polvo, sólido o líquido, una glotonería autorizada por la República y por la Facultad.
   El que tiene mono de chocolate no abre una tableta de forma delicada. La agarra con impaciencia, desliza un dedo por debajo de la solapa del envoltorio, la arranca, rompe el papel de plata, deja al descubierto la tableta que ahora está prisionera de sus manos y sus ojos y pronto se someterá a su concupiscencia. Con la caja de bombones no tiene miramientos. Se tarda demasiado en deshacer el nudo. Si tiene unas tijeras, lo corta. Si no, tira de la cinta hasta que cede. O bien, si no está muy apretada, la desliza a lo largo del embalaje, cuyas solapas abre rápidamente a continuación. Arranca el papel fantasía de arriba y, mientras analiza los diferentes tipos de bombones que se le ofrecen, escoge el primera en lo que será una larga ascensión al paraíso de los aztecas.
   El hígado, por supuesto. ¡Ay, el hígado! ¿Cómo se presenta el hígado de un loco del chocolate? La imagen aparece alterada. Rojo oscuro. Color burdeos, cacao. Con el que se fabrica la bilis. Frédéric Dard se jactaba de haber llevado a cabo la «unión sagrada» de su hígado con el chocolate.
   Había conseguido educarlo e incluso adiestrarlo, pues «el hígado es, mucho antes que el caballo, la conquista más hermosa del hombre». (Prefacio del libro de Martine Jolly El chocolate, una pasión devoradora).
   Una vez domado el hígado, quedan los riñones, indomesticables e incluso nada influenciables. Dos cabezas de chorlito. Fabrican piedras. Y cuando esas piedras quieren abrirse paso por nuestros bajos fondas, ¡ay, ay, ay! Durante mi segunda crisis de cólico nefrítico, el cirujano me pidió que observara la cosita dura que había extraído de mis conductos íntimos y que sostenía entre el pulgar y el índice. «Se distinguen bien —me dijo— los estratos de chocolate. Desde arriba hacia abajo: La Maison du Chocolat, Bernachon, Valrhona, Côte d’Or, Lindt, aunque algunas marcas seguramente se me escapen. Yo no poseo la maestría que tiene usted...».
   Cuando los periodistas le preguntaban a Frédéric Dard, con aires de inspectores de hacienda, por qué vivía en Suiza, él respondía: «Porque me gusta el chocolate». Era más el chocolate con leche que el chocolace negro lo que, cuando las fronteras no eran convencionalismos, merecía una excursión por Ginebra. Vladimir Nabokov: «Es imposible recuperar el sabor del chocolate con leche suizo de 1910, ya no existe». (Aposthrophes, 30 de mayo de 1975).
   Creo que todos hemos degustado alguna vez un chocolate, crujiente entre los dientes o fundente en la lengua, que nos ha dejado un recuerdo tan exquisito que a lo largo de la vida nos ha hecho devorar montañas de chocolate para recuperar lo que sabemos que hemos perdido para siempre. Pues lo que ya no existe no es aquel chocolate, sino nosotros, tal como éramos cuando tanto nos gustó.

Por cierto... 

   Ser chocolate: en francés significa estar engañado, como mínimo frustrado. No haber obtenido lo que se esperaba. Que te han timado. Antiguamente había dos payasos en el Circo de París que se llamaban Footit y Chocolate. Este último era la víctima del otro. Al final de cada escena, Footit se burlaba de su compañero diciendo: «Él es Chocolate», a lo que el otro contestaba mientras fingía consternación: «Yo soy Chocolate». El éxito que tuvo el número propició la expansión de la expresión francesa ser chocolate.

EL LADO DE LOS TARCOS, Estela Porta

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ESTELA PORTA, El lado de los tarcos, Universidad Nacional de Tucumán, San Miguel de Tucumán, 2014.
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 INMIGRANTES I

   Llegó con su cargamento de ilusiones y de miedos. Con sus manos fuertes. Una voluntad que nadó un océano. Y se enamoró de esta tierra negra. Andar y desandar los surcos. Las semillas cayendo de los dedos. El sol dibujaba pentagramas en su piel y él cantó el himno a los primeros brotes. Tantas lunas velaron su desvelo. Don Manolo, el gallego, murió de pena cuando la primera carrada de limones partió para el mercado.

EL FIN DE LOS DINOSAURIOS, Javier Tomeo

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JAVIER TOMEO, El fin de los dinosaurios, Páginas de Espuma, Madrid, 2014, 200 páginas.
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LA MUÑECA HINCHABLE

   Cuando Desideria, mi muñeca hinchable, me abandonó por otro hombre, comprendí que mi soledad ya no tenía remedio.
   -Fue hermoso mientras duró -le confieso esta mañana a Jenaro, que es mi mejor amigo-. Nunca más volveré a encontrar a nadie como ella. En los diez años que duró nuestro amor, ni una sola recriminación, ni una sola palabra más alta que otra. Lo nuestro fue, sobre todo, un dulce monólogo.
   -Dime -me pregunta Jenaro-, ¿quién fue, en ese monólogo, el único que hablaba?
   -Ella -reconozco.
   -Pues no me extraña que al final se fuese con otro -dice mi amigo-. El silencio de nuestra pareja nos acaba aburriendo mortalmente. Aburre incluso a las muñecas de silicona.

EL ARCO DEL DESCENSO, Andrea Marinelli

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ANDREA MARINELLI, El arco del descenso, Micrópolis, Lima, 2014.
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PATA DE PALO

   En medio de los desperdicios, la mujer lloraba desconsolada.
   —Tendrá una vida mejor –repetía-, ¡será un pirata!
   Se detuvo un momento para limpiarse el rostro manchado de sangre, y siguió serruchando.

LUZ SOBRE LUZ, Luce López Baralt

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LUCE LÓPEZ-BARALT, Luz sobre Luz, Trotta, Madrid, 2014, 140 páginas.

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Seyyed Hossein Nasr señala en el Prefacio (pp. 9-12) las huellas del sufismo en la poesía mística española. Cuando leemos los poemas de Luce López-Baralt, dice, «parecería que escuchamos la música de la guitarra y el cante flamenco clásico», pero a la vez es evidente «la presencia soterrada de un universo espiritual islámico». En las Palabras preliminares (pp. 13-14) la autora recoge la opinión de José Ángel Valente sobre el umbral del místico, situado entre «la imposibilidad de decir y la imposibilidad de no decir», para acabar confesando que este libro es el resultado de «la imposibilidad de no callar».
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Aspiré a ser Tu espejo
pero me convertiste
         en Tu propio rostro.

REFLEXIONES Y EPIFONEMAS, Rafael Barrett

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RAFAEL BARRETT, Reflexiones y epifonemas, Renacimiento, Sevilla, 2014, 192 páginas.

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Le bastan muy pocas páginas a Christian David López, responsable de la edición, para relatar la agitada vida de Barrett, «pariente directo del Duque de Alba, y de George Barrett», pero «amigo de los revolucionarios». En Rafael Barrett, un escritor entre dos mundos (pp. 9-26) leemos: «Barrett utilizaba el artículo periodístico con mucha versatilidad, era un innovador en el género. Tenía la capacidad de amoldarlo a sus intenciones. Por ello sus artículos aparecían en forma de cuento, de microrrelatos, de teatro breve, etc. Eso hace de él algo más que un simple periodista».   
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No hay remordimiento más triste que el de no haber pecado. 
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El corazón que no ama es una cisterna tenebrosa, un depósito inmóvil que no recibe ni da. El corazón que ama es el remanso a cielo abierto, donde las mil corrientes del mundo descansan un instante para partir otra vez.
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La muerte suprime a las personas, pero no las arruina. Los difuntos siguen administrando su fortuna: siguen aumentándola y explotando a los vivos. El alma de oro no muere.
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Egoísmo es debilidad. Los cuerpos fríos se calientan a expensas de los otros. Elevad la temperatura de un pedazo de hierro, y a medida que aumentéis la energía del metal lo haréis más y más generoso. llegará un momento en que de puro ardiente resplandecerá y os iluminará el camino.
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No me habléis de patriotismo. Un amor que se detiene en la frontera no es más que odio.
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La curiosidad es el buen apetito del espíritu. Ni los anémicos tienen hambre, ni curiosidad los idiotas.
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Todos los juegos son simulacros de combates, representaciones atenuadas de a esencia misma de la vida: la guerra.
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La ciencia nos arma para la vida y nos desarma para la muerte.

UN COLIBRÍ ES EL CORAZÓN DE UN DIOS QUE LEVITA, Marcial Fernández

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MARCIAL FERNÁNDEZ, Un colibrí es el corazón de un dios que levita, Ficticia, México D.F., 2014, 212 páginas.
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ENIGMA

   El  hombre  de  la  isla  desierta  se  convirtió  en  caníbal.
   De entonces data su misteriosa desaparición.
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Los castillos son las murallas silenciosas del pasado.
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El origen de las percusiones son los latidos del corazón.
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Fumar es un acto de ilusionismo en el que el cigarrillo desaparece.
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El sueño del fabricante de matrioskas es perpetuar el infinito.

DESDE EL OTRO LADO, Fernando Aínsa

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FERNANDO AÍNSADesde el otro lado. Prosas concisas, Pregunta, Zaragoza, 2014, 138 páginas.
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CRUZÁNDOME

   Anochece y regreso con la amarga sensación del equívoco y la derrota. 
   Salí esta mañana con la esperanza de reconciliarme con ella, tras esta separación de la que no puedo aceptar sus efectos: esa desidia que me ha invadido, el desorden del que vivo rodeado, el abandono que vengo dando a mi propio aspecto, las obsesionadas visiones de mi rodar insomne en la cama matrimonial, a lo largo de noches interminables y amaneceres tristes. Quería verla para decirle que regresara, que todo volvería a ser como antes, durante esos años en que emprendimos con alegría la reforma de la vieja casa solariega y plantábamos árboles cada invierno con la mirada puesta en la primavera.
   Oscurece y enciendo las luces largas del automóvil que ilumina la curva y luego la recta interminable que hemos recorrido juntos en tantos viajes de ida y vuelta. Acelero, tal vez por la rabia de haber cedido, a poco de haber llegado, al enredo fatal de una discusión donde sus reproches tropezaron con mis buenas intenciones. Viejas rencillas emergiendo de la ciénaga del pasado donde las creía definitivamente hundidas, palabras hirientes que no supe evitar y que debía haber aceptado con calma, para irlas superando y llevarla a mi más íntimo deseo: su regreso, aún a costa de cambiar en todo aquello que tanto la molestaba: cigarrillos encendidos en ayunas, apestando el dormitorio; un dejarse llevar por las botellas de buen vino de la bodega, bebido sentados en la terraza o en el porche, donde ella iba cayendo en una progresiva melancolía, mientras yo eufórico construía castillos en el aire. Ni qué hablar del abandono de las faenas de nuestra tierra, la hierba que crecía por doquier y los árboles que se secaban por falta de riego.
   Debí evitar una palabra que desencadenó su reacción —“resentida”— y luego el modo como nos enzarzamos en reproches mutuos. Si pudiera volver hacia atrás y regresar a ese momento en que todo discurría todavía con un control razonado; si pudiera entrar de nuevo en su casa, con una sonrisa más amplia y decirle con entusiasmo “me alegro tanto que hayas aceptado verme”; si pudiera recorrer nuevamente esta carretera con la esperanza de rehacer nuestras vidas, como lo hacía al amanecer esta mañana, si pudiera remontar el tiempo, si pudiera…
   Por la recta por la que voy cada vez más rápidamente —entre 150 y 160 kilómetros por hora— clamando contra ese instante en que lo eché todo a perder, repitiendo con golpes en el volante la palabra maldita —“resentida”— veo venir un automóvil. Lleva también las luces largas y me encandila. Ninguno de los dos las baja y nos acercamos cada vez más el uno al otro. En el momento de cruzarnos veo un auto idéntico al mío, tal vez con la misma matrícula, y creo reconocerme en el perfil satisfecho de su conductor. Un fogonazo estalla en mi cerebro, cierro los ojos desconcertado y al abrirlos me veo conduciendo en dirección contraria.
Respiro y sonrío. Está amaneciendo.

LIBRO DE HUELLAS, Ángel Guinda

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ÁNGEL GUINDA, Libro de huellas, Tigres de Papel, Madrid, 2014, 90 páginas.
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No me preocupa demasiado no saber cuánto durará nuestro amor. Tampoco sé cuánto durará mi vida, y sin embargo vivo.
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Cada día nos deja algo, aunque sólo sea su noche.
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Uno se mata de querer vivir, de neutralizar todo lo que le va muriendo contra su deseo.
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Mi corazón es ya una taberna cerrada.
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No mires lo que ves sino lo que te ciega.
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Ser ángel para un vuelo subterráneo.
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No hay tantos poetas en el mundo, pero cuántos mundos hay en un poeta.
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Quien no persigue alguna quimera no alcanza ninguna realidad.
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Inventamos el amor para inventarnos.

ARTISTAS SIN OBRA. «I WOULD PREFER NOT TO», Jean-Yves Jounnais

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JEAN-YVES JOUANNAIS, Artistas sin obra. «I would prefer not to», Acantilado, Barcelona, 2014, 160 páginas.

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Relata Enrique Vila-Matas en Doble Shandy (pp. 9-20) el impacto que le produjo la lectura en una noche de 1998 de Artistes sans oeuvres. «I would prefer not to». Este libro le devolvió «los deseos de explorar el misterioso asunto de los escritores que se retiran de la escritura», por lo tanto fue no sólo el estímulo para proseguir Bartleby y compañía y el comienzo de una fértil conversación con Jouannais.
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FÉLIX FÉNÉON, ESCRITOR POSTUMO 

   Invisible fue también la obra de Félix Fénéon (1861-1944) en vida. O al menos sólo la reivindicó discretamente. Escribió artículos, muchísimos, pero o no los firmaba o lo hacía sólo con sus iniciales. «Félix Fénéon se preocupaba más de ejercer su inteligencia mediante la escritura que de firmar lo que había escrito», escribe Georges Bernier.1 Su firma apareció en 1886, en la cubierta de un modesto librito de cuarenta y tres páginas titulado Les impressionistes, del que tan sólo se editaron doscientos veintisiete ejemplares. Y después nada más hasta 1944, la fecha de su muerte, a la edad de ochenta y dos años. Si bien no fue escritor en vida, Fénéon lo fue una vez muerto. Jean Paulhan publicó en 1948 las Œuvres2: aquella obra, que jamás se había publicado individualmente, se hizo plural. Después hubo que esperar hasta 1970 para que Joan Halperin reuniera lo que ella llamó las Œuvres plus que completes [Obras más que completas] en dos volúmenes3, el segundo de los cuales cuenta con un centenar de páginas de las «famosas» Nouvelles en tris lignes [Novelas en tres líneas] que escribió para Le Matin a partir de 1906. Éstas eran sucesos en tres líneas, como el haikú es un poema en tres versos, y se presentan como novelas elípticas, como vastas sagas depuradas, reducidas tan sólo a sus costuras, La comedia humana condensada en un punto de antimateria donde se precipitan sin esperanza de reflexión las substancias dramáticas del bovarismo, de lo burlesco de los tópicos, de lo sórdido de los actos irreversibles: «Abandonada por Delorce, Cécile Ward rechaza acogerlo de nuevo, salvo en matrimonio. El la apuñala, puesto que esta condición le había parecido escandalosa».4 
   Pascal Pia afirma que: «Lo que distingue a Fénéon es la diversidad de sus aptitudes y conocimientos, la constante pertinencia de sus palabras y, por último, su negligencia en el empleo de tantas capacidades. Cuántos autores que no tienen nada que decir producen cada año uno o varios libros nuevos. Fénéon, que hubiera podido tratar cualquier tema sin decir estupideces, no escribió casi nada que no fuera por obligación profesional o con el propósito de servir a personas que apreciaba»5. Y añade: «Convengámoslo: Fénéon, estilista incomparable, no era un hombre de letras. Casi me atrevería a decir que se empeñó en no llegar a ser un literato». Por este mismo retrato en negativo, imagen del amor a los condicionales, optará Florence Delay: «La verdadera bomba de Fénéon fue su silencio. En la encrucijada del siglo XIX con el XX, un perfecto escritor evitó escribir»6
   Y de hecho hubo otra bomba, no menos cierta que la evocada por Florence Delay, una máquina infernal que explotó el 4 de abril de 1894 en el restaurante Foyot, a dos pasos del Senado, y que, según la hipótesis de Joan Halperin, habría lanzado Fénéon. Era efectivamente anarquista, se lo consideró sospechoso y compareció en el Proceso de los Treinta. Jean Halperin, confrontando los testimonios, menciona una bomba escondida en una maceta de jacintos. En efecto, tal cosa hubiera armonizado con el irónico estilo que le hacía desear ver florecer las tumbas que se proponía excavar. No hubo muertos, tan sólo un herido: el escritor Laurent Tailhade, también anarquista y amigo muy querido de Fénéon. 
   Afirmar que Félix Fénéon no tuvo obra en vida significa que delante del escritor, del dandy, del crítico, se alzaba, como una pantalla, la figura enmascarada, oculta, del anarquista. La costumbre precavida de no firmar, de no darse a conocer, de prohibir cualquier publicidad de su nombre, se aplicaba a todos los aspectos de su vida. 
   Y por añadidura, la feliz carrera de Fénéon es en sí misma la refutación más eficaz a quienes proclaman que no firmar los libros es no creer en la literatura, a los irascibles que vociferan contra el nihilismo de hombres según ellos sin convicciones. Puesto que Félix Fénéon renunció pronto a una carrera personal para poner al servicio de los demás su inteligencia y su sensibilidad de hombre de gusto. Fénéon amó mucho más la literatura que muchos urdidores de páginas y demás perpetradores de novelas. A través de las revistas que animó o dirigió, La Libre Revue, La Revue indépendante. La Vogue, Les Entretiens politiques et littéraires y, más tarde, La Revue blanche, le debemos el descubrimiento de Dostoievski, Tolstói, Ibsen, Gorki y Strindberg. Asimismo, en 1923, fue él quien hizo publicar en Francia el Dedalus de James Joyce. Y a él se debe la publicación de algunos de los textos más célebres de Verlaine, Laforgue, Mallarmé, Gide, Jarry, Apollinaire, y sobre todo las Iluminaciones de Rimbaud7
   Producir, para Félix Fénéon, lejos de las connotaciones capitalistas y vanidosas, no se podía afrontar más que en su sentido etimológico estricto, el más generoso: “poner delante”. En este caso, poner una obra ante el público, compartir un impulso, un arrebato; el sacerdocio completamente alegre de un hombre que no estaba enamorado de su nombre8


1 En La Revue blanche, ses amis, ses artistes, Paris, Hazan, 1991. Thadée Natanson, en 1895, le propone el puesto de secretario de redacción de la revista. Trabajará en ella hasta 1903, y publicará numerosos textos, pero «no se decidió más que dos veces a dejar su nombre completo y en los dos casos fue como traductor».
2 Félix Fénéon, Œuvres, París, Gallimard, 1948. 

3 Félix Fénéon, Œuvres plus que complètes, Ginebra, Droz, 1970.  
4 Honore Balzac, La peal de chagrin [La piel de zapa]: «¿Donde encontraréis, en el océano de la literatura, un libro que sobresalga y que pueda competir en fuerza seminal con esta noticia breve de un periódico? “Ayer a las cuatro de la mañana, una joven se tiró al Sena desde lo alto del Pont-des-Arts”». 
5 Pascal Pia, en Discordante  n.º I, París, La Différence, 1978. 
6 Florence Delay, Petites formes en prose après Edison, París, Hachette, 1987. 
7 En este último caso, el manuscrito se lo habría dado Verlaine a Gustave Kahn para su publicación en La Vogue, creada en 1886. donde trabajaba entonces Fénéon. 
8 Como algunos escritores sin obra—que deben fascinar a los otros escritores, a los que escriben, firman y publican—, Félix Fénéon, igual que Jacques Rigau o Roberto Bazlen, integraron por otras vías la literatura que habían esquivado, al convertirse ellos mismos en personajes novelescos. Félix Fénéon fue el modelo explícito de algunos personajes, por ejemplo en Une passade de Pierre Veber y Willy, en Le roman d'un singe de Armand Charpentier, o en Les cœurs utiles: l'époque de Paul Adam.

¿HAY VIDA EN LA TIERRA?, Juan Villoro

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JUAN VILLORO, ¿Hay vida en la Tierra?, Anagrama, Barcelona, 2014, 376 páginas.

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UNA LLAMADA PARA MARIBEL

   Desde que los teléfonos dejaron de ser negros, la vida de Maribel se volvió un desastre. Qué confiables eran los antiguos aparatos, de honesta estridencia y peso granítico. Entonces sólo las divas de Hollywood usaban teléfonos blancos, con un cable de veinte metros, no para platicar mientras recorrían su mansión (aquellas diosas no salían de su cama redonda) sino para enrollarlo morosamente entre los dedos.
   Maribel tiene amigos que oyen su voz en la grabadora. No contestan, pero están ahí, entregados al vicio de filtrar llamadas. Su aparato es una baratija extraliviana, color jamón de Virginia, muy a tono con su perpetua crisis de telecomunicaciones. Hace unos días despertó con la noticia de que México tenía un satélite averiado. El Solidaridad 1 orbitaba la Tierra, en el silencio del espacio exterior, incapaz de transmitir señales a las computadoras y las terminales telefónicas. «Sólo faltaba eso, que me perjudicara un satélite.» Pensó en los recados urgentes que aguardaba. No dio con ninguno y esto confirmó sus preocupaciones: las sorpresas no se anuncian. ¿Funcionaría su bíper? Hizo diez llamadas al respecto y diez voces perfectamente adiestradas en la indiferencia le dijeron que no se preocupara. «¿Le falta algún mensaje?», preguntó la última secretaria con cierta sorna, como si la considerara una vil solitaria. «No», dijo Maribel, y se sintió una tonta y volvió a fumar. ¿Cómo quejarse de las frases que se ignoran y sin embargo deberían estar ahí?
   Su bíper le comunicó una cita de limpieza facial, un escueto reproche de su madre y una narcótica junta de trabajo. Tal vez lo mejor se había perdido por culpa del Solidaridad 1.
   ¡Cuántas palabras sueltas en el cielo! Seguramente los satélites mexicanos funcionaban como el resto del país; imaginó celdas fotoeléctricas atadas por esos alambritos forrados de plástico que cierran las bolsas de pan. Sólo faltaba que aquella cápsula de las llamadas pendientes explotara en la estratósfera y cayera sobre la Colonia Villa de Cortés en una lluvia de metales fundidos.
   Al día siguiente supo que los teléfonos celulares iniciaban el programa «el que llama paga». ¿Serían capaces sus amigos, de por sí faltos de iniciativa, de valorarla en más de dos pesos el minuto?
   Obviamente, hubiera llevado una vida más tranquila sin las plurales expectativas del correo electrónico, el teléfono inalámbrico, el celular y el bíper. Pero si así se sentía aislada, ¿qué sería de ella en un mundo donde muy de tanto en tanto escuchara el silbato del cartero y acaso una vez en la vida las batientes alas de una paloma mensajera?
   Hay que aceptar los hechos: hasta las monjas de clausura usan celular. Maribel tuvo el mal tino de divorciarse durante la guerra santa de Telmex, AT&T y Avantel. En una etapa en la que nadie se acordaba de ella tan seguido como merecía, las únicas personas verdaderamente ansiosas de llegar a sus oídos eran los propagandistas de las compañías en discordia:
   —¿Está usted satisfecha con su servicio telefónico?
   —No: detesto la calidad de las personas que me hablan. ¿No pueden reparar a la gente al otro lado de la línea?
   En una de esas revistas que cada abril reinventan la vinagreta o la ubicación del punto G, Maribel leyó que una persona que recibe de veinte a treinta llamadas al día califica como «sociable». Para mantener una buena balanza entre el interés y el afecto, la revista recomendaba que sesenta y cinco por ciento de las llamadas fueran de trabajo y treinta y cinco por ciento personales. Ella hizo su estadística y no quedó tan mal: veintiocho llamadas en un día, que redujo a veintiséis cuando una amiga le habló horrores del fraude electoral en Guerrero (se sintió culpable de su lista y eliminó al hombre que preguntó si ahí era Don Queso y a la mujer que produjo un jadeo inclasificable). Maribel era «sociable» pero sus protocolos telefónicos dejaban mucho que desear: David la decepcionó por sus llamadas de aeropuerto (le encantaría estar con ella, ¡lástima que ya tenía pase de abordar!); Pedro la estafó con una llamada desde la cárcel (le pareció un detallazo que él la escogiera para su único mensaje legal hasta que ella tuvo que pagarle el abogado); tronó con Manfred cuando compró un aparato que le permitía tener llamadas en lista de espera («te voy a poner on hold», dijo él en forma imperdonable: ¿existe humillación superior a la de aguardar ante una voz prioritaria?).
   En la noche, una mujer se asoma al cielo sin estrellas de la ciudad y observa un repentino resplandor: el satélite vuelve a funcionar o avisa que caerá a la Tierra. Maribel cierra los ojos, respira hondo y cruza los dedos.

CUENTACUENTOS, Judith Morris Campos

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JUDITH MORRIS CAMPOS, Cuentacuentos. Antología del relato hispanoamericano, Teide, Barcelona, 2014, 286 páginas.

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David de las Heras ilustra esta edición escolar que contiene una Guía de lectura y propuestas de trabajo (249-286). En la documentada Introducción (pp 7-38) quedan muy bien explicadas las características de la narrativa del «boom». Entre los microrrelatistas: Monterroso, Britto García, Denevi, Galeano, Valenzuela o Shua.
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 LA ÚLTIMA OVEJA

   Para poder dormirme, cuento ovejitas. Las ocho primeras saltan ordenadamente por encima del cerco. Las dos siguientes se atropellan, dándose topetazos. La número once salta más alto de lo debido y baja planeando. A continuación saltan cinco vacas, dos de ellas voladoras. Las sigue un ciervo y después otro. Detrás de los ciervos viene corriendo un lobo. Por un momento la cuenta vuelve a regularizarse: un ciervo, un lobo, un ciervo, un lobo. Una desgracia: el lobo número treinta y dos me descubre por el olfato. Inicio rápidamente la cuenta regresiva. Cuando llegue a uno, ¿logrará despertarme la última oveja?

Ana María Shua



A LA CARTA, María Teresa Morales

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MARÍA TERESA MORALES, A la carta, Sherezade, Santiago de Chile, 2014, 90 páginas.

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LABERINTO

   La joven pareja entró al laberinto. Se amaban hasta la muerte y debian enfrentar esta prueba: entrar y salir juntos del laberinto. Al ingreso se separaron, tomó cada uno su propio rumbo con la esperanza de encontrarse al final. Se adivinaban con las manos en los muros, se sentían cerca y lejos a la vez, se escuchaban respirar uno muy cerca del otro, pero sus cuerpos estaban separados. 
   Así pasó un mes, dos meses, años, hasta que finalmente salieron del laberinto con el cabello canoso y la piel arrugada, pero con el mismo intacto amor de los comienzos. 

ESTÉTICA UNISEX, Marco Aurelio Chavezmaya

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MARCO AURELIO CHAVEZMAYA, Estética unisex. Antología personalFondo Editorial Estado de México, México D.F., 2014, 260 páginas.

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ALTÍSIMA SEÑORA

   Te conocí temprano, cuando fuimos al panteón a enterrar a mi hermanita en una caja de zapatos. Te llevaste a mi abuelo Diego, el taumaturgo, y yo no pude beber, salvo en retrato, la dulzura verde de sus ojos claros. Se fue contigo mi abuela Lucina, la noble, una noche, entre el aullido desamparado de sus hijos. Y yo me refugié en un juego de niños para no mirarte a la cara. Advertí tu sombra al pie del lecho en el que mi otra abuela, Cointa, la firme, la pétrea, imploraba por un pedazo de aire, un brevísimo trozo de oxígeno que tú no quisiste darle ni a cambio de todas las lágrimas presentes y futuras. Y más tarde, mi abuelo Tomás te mentó la madre corajudo y musical porque sentía cercana su derrota. Pero de él sí conocí las últimas notas de su bohemia, el último pizzicato de un vals largamente añejado. Años antes o después, soldado a mi cama de hospital, te reencontré. Acudías puntual con tu vestido blanco y tu cofia a hurgar mi vientre con el ácido nuclear de tu mano descarnada. 
   Desde entonces te he mirado siete veces al rostro. Y he cantado “Todavía no me muero”, con el vaso y el verso en alto, murmurando tu oscuro nombre: perra, flaquita, incansable, puta, hedionda, blanca, inextinguible, altísima señora. 
   Y aquí estoy, al pie de mi palabra, esperándote, como siempre.

LA SUSTANCIA DE LA SOMBRA, Carlos Frias de Carvalho

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CARLOS FRIAS DE CARVALHO, La sustancia de la sombra, Visor, Madrid, 2014, 154 páginas.

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la sombra del poema

a veces solo trazo
la sombra del poema

en la hoja que me vino
a iluminar la mano