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FULGORES BREVES DE LARGO INSOMNIO, Edilberto Aldán

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EDILBERTO ALDÁN, Fulgores breves de largo insomnio, Ficticia, México D.F., 2013, 82 páginas.

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ARTISTA

   Entonces dijo: Hagámoslo a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.
   No encontrando espejo alguno, modeló a ciegas.

CUANDO LA VIDA SE PONE PERRA, Miguel Torija

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MIGUEL TORIJA, Cuando la vida se pone perra, Urania Ediciones, Castellón, 2013, 100 páginas.

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VIERNES EN EL CAFÉ NACIÓN

   “No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.” Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café Nación. Habla sola, ajena al auditorio de sombras que, al otro lado de los ventanales, desafían al frío armadas con la cálida esperanza de que tampoco hoy Doña Rosa recuerde que no es viernes. Mientras habla, arrastra torpemente las sillas y las mesas vacías componiendo una coreografía enternecedora, que da como resultado una maraña tan indescifrable como su monólogo. “Volverán aquellos tiempos, si nos unimos, si no tenemos miedo, volverán” continúa diciendo.
   En la calle, la luz del amanecer comienza a dibujar en las sombras rostros famélicos uniformados con vivaces ojos que, insistentemente, buscan entre la bruma el reloj del campanario. “Falta poco” se escucha justo antes de que, desde el campanario, lleguen ocho tañidos melancólicos. Doña Rosa, al oír las campanas, se acerca a la puerta y la abre. Lanza una mirada desconcertada hacia la docena de indigentes que se han agolpado ante la puerta. Todos le sonríen tensos mientras saca del bolsillo del delantal dos carteles magnéticos. Intenta leerlos pero a las letras les cuesta descubrir el camino correcto entre la lengua y el paladar. Solo algunas palabras suenan diáfanas: “horario, almuerzo, té, bollería, gratis, hoy viernes”. Las dos últimas parecen inquietarle y las repite “hoy viernes”, “hoy viernes”. Finalmente, da un último vistazo a los dos carteles, se decide por uno de ellos y lo acerca al marco de la puerta para que quede allí adherido. La expectación termina con un sonoro alivio. Hoy vuelve a ser viernes en el Café Nación.

EL FINAL ESTÁ CERCA, Eduardo Cruz Acillona

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EDUARDO CRUZ ACILLONA, El final está cerca, Círculo Rojo, El Ejido, 2013, 112 páginas.

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Aun a sabiendas del destino que le esperaba, el cántaro no podía dejar de ir a la fuente en los brazos de aquella mujer.

#ELSUEÑODELAMARIPOSA, Juan Romagnoli

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JUAN ROMAGNOLI, #ElSueñodelaMariposa, Macedonia, Morón, 2013, 190 páginas.

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Con ilustraciones de Juan Luis López Anaya.

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Ya escribí el mensaje y lo encerré en una botella. Sólo me falta un mar.

GUÍA DE LA TIERRA Y DEL ESPACIO, Isaac Asimov

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ISAAC ASIMOV, Guía de la Tierra y el espacio, Ariel, Barcelona, 2013, 270 páginas.

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En la Introducción (pp. 8-11) Asimov señala el propósito de su libro: «hacer accesibles esos interrogantes de carácter general, contestando a ellos en unos términos que todos puedan seguir, y presentando con absoluta claridad las complejidades del universo.» El lector encontrará respuesta para 111 preguntas fundamentales de la astronomía.
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¿QUÉ ES EL EFECTO DOPPLER?

   Con objeto de ampliar nuestros conocimientos acerca de la Galaxia, debemos estudiar otra forma de determinar los movimientos de las estrellas. Cuando Halley descubrió que las estrellas se movían, sólo pudo medir la trayectoria que seguían a través de la línea de visión (el movimiento propio), como si se deslizaran por la esfera celeste. Una vez quedó de manifiesto que la esfera celeste no existía, y que las estrellas se distribuían más cerca o más lejos de nosotros a través de grandes distancias del espacio, se suscitó la cuestión de si una estrella en concreto se mueve hacia nosotros o se aleja. Este movimiento de proximidad o lejanía se llama movimiento radial, porque la estrella se la ve acercarse o alejarse a lo largo del radio de una rueda en cuyo centro se sitúa la Tierra.
   ¿Cómo podríamos determinar ese movimiento? Si una estrella se mueve alejándose directamente de nosotros o aproximándose, su posición en el firmamento no cambiaría. Desde luego que si se alejara, aparecería cada vez más apagada, y si se nos fuera aproximando ganaría brillo. Pero las estrellas están tan lejos y se mueven tan despacio en comparación con sus enormes distancias, que una estrella fácilmente necesitaría miles de años para cambiar de brillo lo suficiente como para ser detectada, incluso con los instrumentos más exactos. Además, si una estrella se trasladara por el firmamento con un movimiento propio, podría también acercarse o alejarse de nosotros, pues tiene un movimiento oblicuo en tres dimensiones. ¿Cómo es posible ver ese movimiento?
   La respuesta se halló en un fenómeno observado en la Tierra, que parecía no tener nada que ver, con las estrellas. Se sabía que si un jinete se lanzaba a la carga durante un ataque militar, haciendo sonar la trompeta para animar a sus tropas y asustar al enemigo, la trompeta parecía cambiar de tono cuando el jinete pasaba ante un oyente que parecía parado. En el momento que cruzaba ante él, el sonido bajaba súbitamente de tono.
   Este fenómeno hubiera podido pasar inadvertido en el fragor de la batalla, pero en 1815 el ingeniero británico George Stephenson (1781-1848) inventó la locomotora de vapor, y pocos años después esas máquinas viajaban tan aprisa como un caballo al galope o incluso más rápidamente. Además, solían ir equipadas con silbatos de algún tipo para advertir a las personas cuando atravesaban regiones pobladas, con lo que se hizo muy común oír el súbito aumento de tono cuando la locomotora pasaba, y empezó a plantearse la pregunta de por qué sucedía.
El físico austríaco Christian Johann Doppler (1803-1853) resolvió el problema y decidió, muy correctamente, que cuando la locomotora se aproxima, el intervalo entre cada una de las sucesivas ondas sonoras es más breve, de modo que inciden en el oído más frecuentemente que si la locomotora permaneciese detenida. O sea, que el tono del silbato era más alto que con la locomotora parada.
   Cuando la locomotora pasaba ante un oyente y empezaba a alejarse, cada sucesiva onda sonora era desplazada por la anterior, e incidían en el oído con menos frecuencia que si la locomotora hubiese permanecido parada, con lo que sonaban con un tono más bajo. Cuando la locomotora pasaba, se producía un cambio natural de tono desde más alto de lo normal a más bajo de lo normal.
   En 1842, Doppler determinó la relación matemática entre velocidad y tono, y la probó con éxito, disponiendo una locomotora que arrastrara un vagón plataforma a diversas velocidades. En la plataforma se colocaron unos trompetistas que hacían sonar varias notas. En tierra, unos músicos, con un sentido desarrolladísimo para captar el tono, reproducían el cambio que percibían al pasar el tren. Estos cambios de tono se llamaron desde entonces efecto Doppler.
  Por entonces se había descubierto que la luz consistía también en ondas, aunque eran muchísimo más pequeñas que las sonoras. El físico francés Armand-Hippolyte Fizeau (1819-1896) señaló en 1848 que el efecto Doppler sería aplicable a cualquier movimiento ondulatorio, incluida la luz. Como resultado de ello, la forma de actuar de la luz se llama en ocasiones efecto Doppler-Fizeau.
   Si una estrella ni se aproxima ni se aleja de nosotros, las líneas oscuras del espectro permanecen en su lugar. Si la estrella se aparta de nosotros, la luz que emite tiene una mayor longitud de onda (el equivalente de un tono grave), y todas las líneas oscuras se desplazan hacia el límite rojo del espectro. Cuanto mayor es el desplazamiento, con más rapidez se aparta de nosotros la estrella.
   Si la estrella se nos acerca, la luz que emite tiene una longitud de onda inferior (equivale a un tono agudo), y las líneas espectrales se desplazan hacia el límite violeta. Una vez más, a mayor desplazamiento, mayor rapidez en la aproximación de la estrella.
   Si conocemos tanto el movimiento radial (dentro o fuera) y el movimiento propio (lateral), podemos calcular el verdadero movimiento de una estrella en tres dimensiones. Pero en realidad la velocidad radial es con mucho la más importante de las dos. El movimiento propio sólo puede medirse si una estrella está lo bastante cerca como para que su rapidez sea perceptible. Y sólo una pequeñísima proporción de estrellas se encuentra cerca de nosotros. Por otra parte, el movimiento radial puede determinarse sin que importe lo lejos que se encuentre una estrella, con tal de que pueda obtenerse su espectro.
   En 1868, William Huggins fue el primero en determinar la velocidad radial de una estrella. Encontró que Sirio se alejaba de nosotros alrededor de 46 km por segundo. Ahora disponemos de cifras más exactas, pero la que propuso ya era bastante ajustada para tratarse de un primer intento.


EL TÍO ELÍAS Y OTROS CUENTOS, Antonio Cruz

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ANTONIO CRUZ, El tío Elías y otros cuentos, Albigasta, Santiago del Estero, 2013, 64 páginas.

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COMO ME CONSIDERO UN BUEN PSICÓLOGO, DECIDÍ SOCORRERLO

   En cuanto lo vi en el puente con la mirada perdida y el rostro confuso supe que necesitaba ayuda. Como me considero un buen psicólogo, decidí socorrerlo.
   Me acerqué, le ofrecí un cigarrillo y nos quedamos conversando largas horas apoyados en la baranda.
   Ya casi amanecía cuando apreté el gatillo. Aguanté el cuerpo con el hombro y disparé por segunda vez a su cabeza. Luego, con un empujón, lo tiré al río.
   Me alejé con paso sereno y la satisfacción del deber cumplido. No hay nada que me ponga más contento que ayudar a los suicidas indecisos.

CUENTOS DIFRENTES PARA NIÑOS DIFERENTES, María Bautista & Raquel Blázquez

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MARÍA BAUTISTA & RAQUEL BLÁZQUEZ, Cuentos diferentes para niños diferentes, Cuento a la vista, Madrid, 2013, 104 páginas.

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 María Bautista escribe y Raquel Blázquez  ilustra estos cuentos para aquelllos niños diferentes «que son únicos».
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 LA FAROLA DORMILONA
   Las farolas, como buenas farolas, trabajaban por la noche y dormían por el día. Por eso, cuando llegaba el sol, cerraban sus ojos y no volvían a abrirlos hasta que oscurecía. Entonces sus ojos, llenos de luz, se encendían para iluminar las calles.
   Así era su vida y siempre había sido así: a las farolas les gustaba la noche, las calles vacías, la ciudad durmiendo y la luna en lo más alto presidiendo el cielo. Y así había sido siempre hasta que llegó al parque de la ciudad una farola nueva. No era como las demás: tenía curiosidad y quería descubrir qué pasaba en la ciudad durante el día.
   —¿Nunca os habéis quedado despiertas hasta el mediodía? —preguntaba sorprendida la nueva farola.
   — ¿Para qué? Nuestra función es iluminar la noche.
   — Claro, si nos encendiéramos de día, la gente pensaría que estamos estropeadas.
   —Y acabarían por dejarnos sin trabajo, ya que no seríamos para ellos más que un gasto de electricidad innecesario.
   Pero aquellos argumentos no convencieron a la nueva farola, que un amanecer, en vez de apagarse como el resto, decidió seguir encendida. Lo que vio la dejó maravillada. Durante el día, las vacías calles se llenaban de gente y de actividad. Los pájaros cantaban alegres, los niños correteaban por el parque. ¡Todo era mucho más entretenido que durante la noche! La farola lo tuvo claro: nunca más trabajaría de noche, ¡vaya aburrimiento!
   Así que sus compañeras del parque comenzaron a llamarla la farola dormilona porque se pasaba la noche durmiendo y por el día, cuando nadie necesitaba de su luz, se mantenía encendida y brillante. Y cada vez que una de sus compañeras trataba de convencerla para que volviera a trabajar de noche, la farola dormilona contestaba lo mismo:
   — Pero es que la noche es tan aburrida. ¡Nunca pasa nada!
   Hasta que un día llegó al parque un viejo búho. Se había escapado del bosque porque sus ojos cansados ya no podían ver en la oscuridad como antes.
   — Vete a la ciudad —le habían dicho sus amigos—. Allí siempre hay luz, incluso de noche.
   Así que el viejo búho había cogido todas sus pertenencias, pocas, la verdad, pues no era animal de acumular cosas, y había llegado hasta el parque donde vivía la farola dormilona. Tal y como era su costumbre, durmió todo el día y por la noche, al abrir los ojos, se encontró con aquella cálida luz de las farolas. Tan feliz estaba con aquel resplandor que permitía ver a sus ojos gastados que se puso a ulular.
   Cuando comenzó a amanecer y la farola dormilona se despertó, se sorprendió mucho al ver al resto de farolas tan excitadas. No paraban de hablar acerca de la belleza y singularidad de aquel canto del búho, tan diferente a lo que habían escuchado hasta entonces. La farola dormilona, siempre tan curiosa, no pudo evitar interesarse por aquello:
   — ¿De verdad es tan extraño ese canto?
   — Es increíble, estoy deseando que llegue la noche solo para oírlo.
   — Pero ¿ese tal búho no puede cantar por las mañanas?
   — No, si quieres escucharlo tendrás que quedarte despierta por la noche como todas las demás.
  Tanto le picó la curiosidad a la farola dormilona que la siguiente noche, en contra de su costumbre, permaneció con sus dos ojos luminosos abiertos. Hacía tanto que no trabajaba de noche que casi había olvidado la belleza de la luna y el sonido de los grillos entre los arbustos. Pero lo que más le sorprendió fue aquel canto profundo del viejo búho. ¡Era precioso!
   A la mañana siguiente estaba tan cansada, después de haberse mantenido despierta tantas horas, que no le quedó más remedio que dormir y dormir. Hasta que llegó la oscuridad y sus ojos se abrieron para iluminar la noche y escuchar el sonido del búho. Poco a poco la farola fue acostumbrándose a vivir así, disfrutando de los pequeños detalles, aprendiendo a observar las estrellas en el cielo, a diferenciar los sonidos misteriosos de la noche o a cantar con el búho. Con el tiempo abandonó para siempre el día y nunca más fue una farola dormilona.
   Sin embargo, es posible que algún día, si sois observadores, descubráis una farola iluminada durante el día. Si es así, no penséis que es una farola defectuosa, ¡qué va! Se trata de la farola dormilona que siente nostalgia del día y de vez en cuando abre los ojos para volver a disfrutar del ruido de la ciudad y de los niños en el parque.






PEQUEÑO PLANETA, Antonio Mingote

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ANTONIO MINGOTE, Pequeño planeta, Pepitas de calabaza, Logroño, 2013, 128 páginas.

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Traza Antonio Astorga en Los cafés no se pagan, nene (pp. 5-16) una semblanza de la importante figura de Antonio Mingote. En el Prólogo (pp. 17-18), Rafael Azcona dice de estos dibujos que tal vez «sean nada más y nada menos que espejos, divertidos espejos capaces de asomarnos a nuestros defectos, de descubrirnos nuestra propia trampa, de revelarnos en su más descuidada intimidad la verdad de nosotros lo hombre.»
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LAS (¡VERDADERAS!) HISTORIAS DEL ARTE, Sylvain Coissard & Alexis Lemoine

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SYLVAIN COISSARD & ALEXIS LEMOINE, Las (¡verdaderas!) historias del arte, Océano, México, 2013, 46 páginas.

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Sylvain Coissard & Alexis Lemoine demuestran un notable atrevimiento al desenmascarar las situaciones reales en las que admirados artistas, como Da Vinci, Goya, Munch o Van Goth, realizaron ciertas obras de arte que han sido, tal vez, injustamente sacralizadas.
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Domenico Ghirlandaio, Viejo con su nieto

CUENTOS DE GRIMM, Jacob & Wilhelm Grimm

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HERMANOS GRIMM, Cuentos, Editorial Juventud, Barcelona, 2013 (1935), 182 páginas. Ilustraciones de Arthur Rackham.
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LA REINA DE LAS ABEJAS


   Sucedió una vez que dos Príncipes se fueron por el mundo en busca de aventuras y, habiéndoles gustado la vida libre y salvaje, no volvieron a su reino.
   El tercer hermano, a quien todos llamaban Bobalicón, salió a buscar a los otros dos. Cuando, al fin, los encontró se burlaron de él y le invitaron a seguirles en el camino que habían emprendido.
   Iban los tres anda que andarás, cuando encontraron un hormiguero.
   Los dos hermanos mayores quisieron pisarlo y deshacerlo, para ver cómo escapaban las hormiguitas acarreando sus huevos. Pero el Bobalicón no les dejó que lo hicieran, diciendo:
   —No las matéis. Dejad tranquilas a las criaturas de Dios.
   Un poco más allá encontraron un lago, en el que unos patos nadaban. Los hermanos mayores quisieron coger un par de ellos, para asarlos y comérselos.
   Pero el Bobalicón no se lo permitió, diciendo:
   —No los matéis. Dejad en paz a las criaturas de Dios.
   Andando, andando, llegaron a una colmena, en la que había tanta y tanta miel, que rebosaba por el tronco del árbol.
   Los dos Príncipes querían prender fuego al árbol y ahogar a las abejas para llevarse la miel. Pero el Bobalicón se opuso, diciendo:
   —No las queméis. Dejad en paz a los animalitos de Dios.
   Por último, andando, andando, los tres hermanos llegaron a un castillo, cuyos establos estaban llenos de caballos, pero donde no se veía alma viviente. Recorrieron todos los salones y estancias, que final, encontraron una puerta cerrada con tres cerrojos. En el centro de la puerta había una rejilla, por la que se veía lo que pasaba dentro de la habitación.
   Los hermanos miraron por la rejilla y vieron a un hombrecillo gris sentado a una mesa. Le llamaron una vez.... y otra..., pero él no pareció oírles. Por fin, cuando le llamaron por tercera vez,, se levantó, abrió la puerta y salió. No dijo una sola palabra, pero los condujo a una mesa espléndidamente servida y cuando hubieron comido y bebido a su placer, los llevó a cada uno a un dormitorio con un cómodo lecho, donde pudieron dormir.
   A la mañana siguiente, el hombrecillo gris fue en busca del hermano mayor, le hizo una seña de que le siguiera y le condujo hasta una lápida de piedra donde estaban escritas las tres pruebas que era preciso realizar para desencantar el castillo.
   He aquí la primera prueba: en el bosque, entre el musgo, se habían esparcido las mil perlas de las Princesas. Era preciso recogerlas todas, sin que faltase una sola, y si al ponerse el sol no estaban todas recogidas, el visitante se tornaría en piedra.
   El hermano mayor fue al bosque, y buscó —busca que buscará— todo el día, mas al llegar la noche solo había encontrado un centenar. Y sucedió lo que en la inscripción de la lápida decía: que se tornó de piedra.
   Al día siguiente fue el hermano mediano quien probó fortuna, pero no tuvo más suerte que el mayor; solo pudo reunir doscientas perlas y también se convirtió en piedra.
   Por último, le llegó la vez al Bobalicón; buscó y rebuscó entre el musgo, pero era difícil encontrar las perlas, y no las recogía sino muy despacio.
   Pensando en su desgracia, se sentó en una piedra y se echó a llorar.
   Entonces la Reina de las hormigas, a quien él había salvado la vida, acudió con cinco mil hormiguitas, y en un santiamén encontraron todas las perlas y las pusieron en un montón.
   La segunda prueba era encontrar la llave del cuarto de las Princesas, que se había caído al lago. Y cuando el Bobalicón llegó al lago, los patos a quienes él había salvado la vida nadaron, se sumergieron, salieron otra vez a la superficie, y de las profundidades del lago surgieron trayendo la llave en el pico.
   Pero la tercera prueba era más difícil. El Príncipe debía adivinar cuál era la más joven y la más bella de las tres Princesas que estaban dormidas.
   Las tres eran exactamente iguales, y no se las podía distinguir en nada, excepto en que cada una, antes de dormirse, había probado una golosina distinta. La mayor un terrón de azúcar, la segunda un caramelo, la tercera una cucharadita de miel.
   Entonces, la Reina de las abejas, a quien el Bobalicón había salvado la vida, acudió y probó los labios de las tres. Por fin, se detuvo en la boca de la que había comido la miel, y así el Príncipe reconoció a la más joven.
   Inmediatamente, el castillo se desencantó, y los príncipes y caballeros que estaban convertidos en piedras, volvieron a tomar forma humana. Y entre ellos estaban los dos hermanos del Bobalicón.
   El Bobalicón se casó con la más joven y la más dulce de las tres Princesas y, a la muerte de su padre, fue elegido Rey. Sus dos hermanos tomaron a las otras dos Princesas por esposas, y fueron felices también.
 

EL LIBRO DE LAS FRASES CÉLEBRES, Arturo Ortega Blake

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ARTURO ORTEGA BLAKE, El libro de las frases célebres, Grijalbo, Barcelona, 2013.

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En el Prólogo (pp. 4-10) a estas «más de 13000 frases organizadas en más de 600 temas» podrá documentarse el lector sobre las diferencias existentes entre adagio, aforismo, apotegma, dicho, frase celebre, frase proverbial, máxima, proverbio, refrán y sentencia.
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Los amigos nos abandonarán con demasiada facilidad, pero nuestros enemigos son implacables.
Voltaire
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Enamorarse no es amar. Puede uno enamorarse y odiar.
Fedor Mijailovich Dostoievski
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No lo que tenemos, sino lo que disfrutamos, constituye nuestra abundancia.
Jean Petit-Senn
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Admiración: forma amable de reconocer que el otro se nos parece.
Ambrose Bierce
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Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula, y debemos gota a gota la verdad que nos amaga.
Denis Diderot
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Los golpes de la adversidad son muy amargos, pero nunca estériles.
Joseph-Ernest Renan
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A menudo, la nube que oscurece el presente sirve para iluminar todo nuestro futuro.
Thomas Browne
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Las alegrías de este mundo me recuerdan siempre el estado de esos asmáticos que no pueden reír con fuerza sin toser súbitamente.
Charles Lemesle
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Vivir es sentir todas las edades sin amargura hasta que llega la muerte.
María Casares
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El amor es la pasión por la dicha del otro.
Hector-Savinien Cyrano de Bergerac

FRASES ENVENENADAS DE LA HISTORIA, Gregorio Doval

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GREGORIO DOVAL, Frases envenenadas de la historia, Albor, Madrid, 2013, 364 páginas.

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En el Prólogo (pp. 7-13) Doval reconoce que el ingenio, el resentimiento y la envidia activan «el resorte de la maledicencia y la injuria».
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Beethoven siempre suena como un trasiego de maletas llenas de clavos, con un martillo golpeando acá y allá.
John Ruskin
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Mi cara parece una tarta nupcial abandonada bajo la lluvia.
W.H. Auden
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Soy una mentira que dice la verdad.
Jean Cocteau
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Cuando era joven decía: «Ya verás cuando tenga cincuenta años». Tengo cincuenta años y no he visto nada.
Erik Satie
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Hay quienes no saben cuando hablo en broma y cuando hablo en serio. Yo tampoco.
Oscar Wilde
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El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres.
Karl Kraus
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Tres condiciones se requieren para llegar a ser feliz: ser imbécil, ser egoísta y gozar de buena salud. Pero bien entendido, si os falta la primera condición todo está perdido.
Gustave Flaubert
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Se puede confiar en las malas personas; no cambian jamás.
William Faulkner

UN POCO TRISTE PERO MÁS FELIZ QUE LOS DEMÁS, Rafael Chaparro Madiedo

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RAFAEL CHAPARRO MADIEDO, Un poco triste pero más feliz que los demás, Tropo, Zaragoza, 2013,

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En El sol ya no es el sol (pp. 4-9) Alejandro González Ochoa confiesa su devoción por Chaparro Madiedo, compartida por Mario de los Santos. Tropo edita estos veinte relatos periodísticos aparecidos en Consigna y La Prensa que se acompañan de las bellísimas ilustraciones del también colombiano Tobías.
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OCHO
   Nueve de diciembre. Martes nublado. Pitos de carros y bu­ses. Como siempre alisté mis libros y me fui para el colegio. Todo seguía su curso normal: iba ajado en matemáticas y el profesor al que le pinchamos el carro en el parqueadero del colegio sospechaba de mí. Un agudo tambor de lata me marti­llaba la cabeza. La razón: cuando uno quería entrar al mundo de la cultura, en el colegio donde estudié, se hacía un elegante coctel con aguardiente y vallenatos. Mientras iba muriéndome del guayabo, pero también de tedio, pensaba qué le iba a decir a esa china que no me dejaba ni dormir ni estudiar. Ocho de la mañana. La gente recién bañada. Los libros abiertos sobre los pupitres. Cartera. Llegó el profesor de Comportamiento y Sa­lud, la abreviatura era “C y S” y tenía una extraña pero cierta semejanza con el deporte. A esta clase le decíamos la clase del “ciclismo”. Las dos primeras horas pasaron como una inyección dolorosa. Llegó el recreo. Hára de salir a echarse un pucho en el baño. Hora de hacer la tarea de francés. Hora de un brownie y de una coca-cola. Hora de mirar al cielo porque la china ésta se había enfermado y las palabras cursis que le pensaba decir quedaron atravesadas en la mitad de la garganta.
   De pronto sentí como si tuviera un bombillo por allá dentro. Pequeñas gotas de lluvia empezaron a caer. No me dieron ga­nas de ir a jugar una veintiuna con los del C y tampoco terminé mi tarea sobre Rabelais. Nos tocaba la clase de gimnasia. En el calentamiento el profesor colocó en el equipo de sonido una música para desanquilosar el espíritu: de los parlantes salía la melodía de Let it Be, Help, Get Back, Dear Prudence y Julia. Ahí sí sentí que todo el sistema se me caía.
   No lograba explicarme qué me pasaba, pues siempre que es­cuchaba a los Beatles su música me elevaba, era un puente a la alegría. Pero ese día sus canciones sonaban como un tren triste en medio de una tormenta de nieve. El profesor de gimna­sia viendo que además de la cultura necesitábamos un poco de ejercicio, nos sacó al campo de fútbol a trotar: 20 vueltas.
   Mientras trotaba iba tarareando a los muchachos del puerto de Liverpool. La lluvia empezó a arreciar y el profesor nos dio la orden de seguir trotando.
   El día terminó. Cuando llegué a mi casa, a eso de las cuatro, cogí el periódico para leerlo. Casi se me caen los ojos: en la pri­mera página había un titular que decía:
   “Asesinado el ex beatle John Lennon”. Todo era lógico. Unas noches antes había soñado con unas gafas redondas que se rom­pían sobre la nieve.


Y USTED, ¿DE QUÉ SE RÍE?, Clara Obligado

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CLARA OBLIGADO, Y Usted, ¿de qué se ríe?, Delirios del Taller, Madrid, 2013, 122 páginas.

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Señala Ana María Shua en el prólogo a esta Antología de microrrelatos de humor editada por Clara Obligado (pp. 13-14): "el humor sirve para abrir una puerta donde había solamente un muro".
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DEVOCIÓN

  
    —Qué vergüenza, padre, pero yo no tenía este carcome antes de que usted llegara, cuando el cura del pueblo era el padre Florencio. Era tan viejito...Vino usted y todo cambió.
    El cura se revuelve en la silla del confesionario.
    —¿Por qué cambió, hija mía?
    —Por su voz, padre, por su voz tan espesa, tan grave, por sus manos, por sus brazos, que parecen abarcar todo ese orden divino del que habla usted.
    —No te entiendo, Rosita.
    —Cuando le veo en el púlpito, y a Cristo nuestro Señor detrás de usted clavado en la cruz, tan fibroso, con los ojos extasiados... entonces todo se confunde en mi cabeza.
    —Me confundes a mí, Rosita, me confundes. Continúa.
    —Después de misa mis padres se van a visitar parientes, y yo me encierro en la soledad de mi cuarto.
    Con las manos entre los muslos, ella guarda silencio.
    —¿Y?
    —Rezo al crucifijo sobre mi cama, pero ya no veo a Cristo, le veo a usted crucificado, y quiero quitarle la corona de espinas, desclavarlo de su cruz, arrancarle el taparrabos... Algo irrefrenable me obliga lamer el Cristo, como una posesa, cada gotita de sangre de su frente, la llaga en el costado, las heridas...y entonces es cuando mis manos se vuelven malas, padre.
    —Si tu mano derecha te ofende, córtatela —sentencia el cura.
    —No sea cruel.
    —Solo era una metáfora; si la mano derecha se rebela, sujétala con la izquierda y reza, hasta que el impulso se apacigüe.
    —Es que la izquierda es peor, padre.
    —¿Peor?
    —Mucho peor. La derecha se mete en mis enaguas sin que yo lo quiera, sobre ese capullito rosado que me tiene esclavizada. Pero la izquierda mete su dedo corazón, el corazón, padre, el corazón, en mi boca, y me obliga a ensalivarlo.
    Acercando la oreja a la cortina, el cura oye una especie de sorbido.
    —Sigue, alma mía, desahógate.
    —¡-Ay! —exclama Rosita—, el dedo es tan vil...
    —¡Por los clavos de...! —jadea el cura, incapaz ya de contener ese Gólgota bajo la sotana.
    —¡Cristo, Cristo doloroso! —gime Rosita.
    Con un estertor, el cura afloja la presa y su mano está a un tris de correr la cortina. Al otro lado se oye un escandaloso traqueteo del taburete, y luego un suspiro.
    —Rosita...
    —Padre, soy su esclava.
    —Rosita, por favor.
    —¿Sí, padre?
    —Vete a casa, descuelga el crucifijo... y reza tus oraciones a la Virgen.


Jesús Manuel Gómez Izquierdo

LA SIRENA DE ALAMARES, José Luis Garrosa Gude

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JOSÉ LUIS GARROSA GUDE, La sirena de Alamares, Calambur, Madrid, 2013, 260 páginas.

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En La sirena de Alamares y otros cuentos portugueses (pp. 235-254) José Luis Garrosa Gude, editor y traductor de estos sesenta y nueve relatos, segunda edición de cuentos populares portugueses, tras la recopilación de Carmen Bravo-Villasante, La gaita maravillosa y otros cuentos portugueses (Olañeta, 1994), recorre la historia de la recuperación de este acervo cultural gracias a folkloristas y filólogos como Adolfo Coelho, Teófilo Braga o Alda da Silva Soromenho.
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LA ESTATUA QUE COME

   Había en una iglesia una estatua de mármol que estaba con la boca abierta. Unos hombres comenzaron a hablar al lado de ella, y dijo uno:
   —Está desde hace un montón de años con la boca abierta, sin que nadie le dé de comer...
   —Pues si quiere comer, que se venga a mi casa.
   Pues resulta que el que dijo aquello era muy pobre. Por la noche, cuando llegó a casa, llamaron a su puerta, y era la estatua, que decía que estaba allí para cenar con él. El hombre se quedó un poco confuso y le respondió la verdad, que no tenía nada para cenar, porque era muy pobre:
   —Pues ve a pedir por el mundo adelante, hasta que tengas algo para darme de comer.
   Tras decir aquello, la estatua se marchó y el pobre hombre no pudo quedarse ya tranquilo y se marchó pedir por el mundo. Pasado mucho tiempo era rico, y vino de nuevo a su tierra, buscó su casa, y vio que había otras en su lugar, y todos le decían que ya no se acordaban de que se hubiesen hecho obras en aquel lugar. Fue a la iglesia y vio todavía allí la estatua a la que había invitado, y cuando se fue acercando a ella, le vio aún la boca abierta, y pensó para sí:
   —La invité hace tanto tiempo que ya no me conoce.
   Y cuando se aproximó más, oyó que decía la estatua:
   —Bien que te conozco, y ahora que eres rico es cuando te vas a venir a cenar conmigo.
   Y se le cayó encima, y lo mató.

CUENTOS GNÓMICOS, Tomás Borrás

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TOMÁS BORRÁS, Cuentos gnómicos, Anthropos, Barcelona, 2013, 104 páginas.

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Borras denominaba "gnómicos" a sus eclécticas piezas breves —microrrelato, microensayo, fábula, boutade...— que fue incluyendo en sus obras narrativas. Esta edición, preparada por Javier Barreiro y con el análisis literario de Miguel Pardeza, presenta sesenta y cuatro de esos textos, casi un tercio de los que el autor vanguardista llegó a publicar.

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EL HABITANTE DE MARTE

   Vino a la tierra en un platillo volante, la recorrió, escuchó entremetido entre los hombres, invisible; enteróse de sus costumbres, de sus ideas, de sus maneras de ser.
   Al regreso de su excursión —vacaciones de fin de siglo, las que se toman los marcianos, turistas por los restantes planetas— sus amigos le preguntaron por los habitantes del diminuto grano de polvo que en el espacio sin límites flota alrededor de uno de los soles más pequeños.
   —¿Cuál es la clave del carácter de ésos de abajo?
   —Muy extraña su mente —contestaba el marciano, observador—. Inventan los nombres y después se asustan de los nombres.

IMAGINA CUÁNTAS PALABRAS, Carolina Martínez & Clemente Bernad

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CAROLINA MARTÍNEZ & CLEMENTE BERNAD, Imagina cuántas palabras, Alkibla, Pamplona, 2013, 254 páginas.
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50 poetas y escritores aceptaron el reto: escribir alrededor de las fotografías que Cemente Bernad había tomado en La Corrala de Vecinas La Utopía de Sevilla, empleando las 50 palabras propuestas por los alumnos de Educación primaria del Colegio Público Cardenal Ilundain de Pamplona. En el Prólogo (pp, 9-13) Víctor Moreno recuerda: "Cuantas menos palabras tengamops, nuestra representación del mundo será más insustancial e inexacta. Y daremos pésima cuenta de lo que en él sucede". Entre la larga nómina de los literatos que exhiben su atrevimiento están Ángel Petisme, Guadalupe Grande, Isaac Rosa, Raúl Vacas o Manuel Rivas. 
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   Se puso las gafas para dormir. La diversión comenzaba y había que estar alerta.
   Cuando el mar se detuvo los peces se quedaron sordos y la playa dejó de ser el estuche entusiasta de la felicidad. Las piscinas se convirtieron en iglúes, en el bachillerato del hielo, en el apogeo de un día de deberes con ordenadores sin paisaje, sin apenas un cuento para poder hacer del esternocleidomastoideo ese corazón que bombeara la remota posibilidad de que una mariposa y un hámster se entendiesen, se cogieran cariño, recorrieran juntos los juegos de la amistad.
   Confundieron una televisión por su casa y los coches de los anuncios por un perro fiel. Olvidaron que el arcoiris era la diadema con flores de la naturaleza y que papá y mamá también habían bailado azules en los días de colegio. Pero el mar detenido no iluminaba el sol ni invitaba a irse de vacaciones. Ya no cantarían ninguna música pasada de moda. Un equipo de fútbol se convirtió en uno de baloncesto y todo parecía el mundo al revés. Ni el amor, ni la paz, ni jugar con amigos proporcionarían ningún tipo de felicidad... Ni algo parecido a la alegría de comer una pizza jugosa, calentita.
   De repente un balón volcó el vaso de agua de la mesilla de noche y se despertó. Miró el reloj, se quitó aliviado las gafas y pensó en lo que acababa de soñar. Pese a lo extraño de lo vivido, sí, lo mejor que había hecho esa semana era empezar a leer. Los libros eran el pasto de la imaginación.

Marta Agudo

LAS PASIONES, Giacomo Leopardi

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GIACOMO LEOPARDI, Las pasiones, Siruela, Madrid, 2013, 200 páginas.

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Fabiana Cacciapuoti en la Introducción (pp. 9-18) anota: "Son necesarias las pasiones para vivir y para saber aceptar la muerte como parte integrante de la vida, sin miedo, simplemente". En el Épilogo (pp. 175-177) el poeta Antonio Colinas, responsable también de la traducción, advierte que el lector hallará en "una prosa escrita a vuelapluma, provisional", ideas expresadas "sintéticamente", pendientes de ser expresadas "en plenitud".   
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El sentimiento de la venganza es tan grato que, con frecuencia, uno desea ser injuriado para poderse vengar; y ya no me refiero solamente de un enemigo habitual, sino de uno indiferente, o incluso (especialmente en ciertos momentos de humor negro) de un amigo.
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La gloria no es una pasión propia, en absoluto, del hombre primitivo y solitario. Sin embargo, la primera vez que un grupo de hombres se unió para matar a alguna fiera o por cualquier otro motivo en el que hubiese sido necesario un intercambio  de ayuda, aquel que mostró más valor se sintió llamado valiente de manera sincera, y sin adulación por parte de aquella gente que aún no conocía este defecto. Dicha palabra le complació, y así él, como cualquier otro espíritu magnánimo que hubiese estado presente, sintió por vez primera el deseo de alabanza. Y así nació el amor por la gloria.
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Sé de una mujer, deseosa de concebir, que apaleaba furiosamente a una yegua preñada, al tiempo que le decía: «Tú has logrado estar embarazada y yo no». La envidia y el odio por la felicidad que los otros poseen se proyecta comúnmente sobre aquellos bienes que nosotros deseamos poseer y que no poseemos, y de los cuales quisiéramos ser los únicos o principales dueños a modo de ejemplo. En lo que se refiere a otros bienes, la envidia no es algo común, aunque sean bienes grandísimos. Por lo demás, por más que la envidia se refiera mayormente a nuestros semejantes, con los cuales únicamente solemos competir, en no menor medida se observa que el furor de esta pasión también puede conducir a la envidia y al odio de las demás cosas.

LA MUERTE CHIQUITA, Miguel Lupián

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MIGUEL LUPIÁN, La muerte chiquita, Ediciones del Cruciforme, 2013, 148 páginas.

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Tuve que torturar niños y cachorros para que me mandaran al psiquiátrico: quería matar al doctor que encerró a papá.

SI AMAESTRAS UNA CABRA, LLEVAS MUCHO ADELANTADO, José Luis Cuerda

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JOSÉ LUIS CUERDA, Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado, Martínez Roca, Madrid, 2013, 216 páginas.

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En La necesidad y la virtud (pp. 9-13) declara el autor que es muy conveniente "dialogar con la cabra que llevamos dentro y convencerla de que entre en vereda". Le acompañan en este propósito al autor sus ingeniosos dibujos.
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Somos más en lo que sucumbimos que en lo que alcanzamos.
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El tiempo empieza a estar harto de durar y durar...
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No creo en nada que no pueda hacerme daño.
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¿Hubieran elegido las ingles el lugar que ocupan?
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Balbucear es el conocido bailoteo de los buzos que les obliga a hablar con dificultad extrema.
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Puesto a decir amén, prefiero hacerlo sin la tilde.
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La inteligencia tiene su límite donde termina el alcance del conocimiento de cada época. La estupidez no tiene fondo. Y la osadía es su guía.
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La sonrisa es un instrumento de cuerda. La carcajada, percusión.

Titular obras de arte es como bautizar gotas de agua.