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MÁS ÁRBOLES QUE RAMAS, Jorge Wagensberg

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JORGE WAGENSBERG, Más árboles que ramas. 1116 aforismos para navegar por la realidad, Tusquets, Barcelona, 2012, 256 páginas.
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Ser se es siendo.
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El gozo intelectual es lo más parecido a una experiencia mística que puede disfrutar alguien negado para las experiencias místicas.
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Sólo se puede tener fe en la duda.
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Un aforismo es una conserva de comprensión.
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Si no fuera por la crisis, aún seríamos todos bacterias.
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La simbiosis es un buen negocio; el parasitismo mata.
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Cambiar de respuesta es evolución, cambiar de pregunta es revolución.
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Pregunta con garantía de respuesta negativa: ¿duermes?
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Todo el tiempo que el buen mediocre no emplea para intentar sustituir a alguien, lo emplea para evitar que le sustituyan a él.

JAIKU COMPOSTELANO, Joy Landeira

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JOY LANDEIRA, Jaiku compostelano, Follas Novas, Santiago de Compostela, 2012, 134 páginas.

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Joy Landeira, profesora de la University of Nothern Colorado, no sólo firma los poemas de este volumen sino también un estudio introductorio alrededor de la forma del haiku y su difusión y consolidación en el ámbito hispánico. Las ilustraciones son obra de Gloria Lorenzo.

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tocar el santo
reluciente de oro
la frialdad quema

AFORISMOS, Manuel Arce

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MANUEL ARCE, Aforismos, Carena, Barcelona, 2012, 90 páginas.
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En la vida se puede triunfar sin talento. En el arte, no.
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¡Cuidado!: Todo éxito rebosa siempre de vacíos alarmantes.
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La adición a escribir no la mata ni el mayor fracaso literario.
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Lo malo del futuro es que ya nunca será lo que fue.
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El pensamiento jamás es un fortuito hallazgo de la palabra.
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Los políticos han hablado. Ya solo queda saber qué piensan.
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Uno se hace mayor cuando se ha vivido lo necesario.
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Mucho me temo que solo la eternidad tiene futuro.
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No dejes para mañana la felicidad que hoy mereces.
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El tiempo no se inmuta, aunque sepa que lo estás matando.

EL VALIENTE Y LA BELLA, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, El valiente y la bella, Planeta, Buenos Aires, 2012, 152 páginas.
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SOBRE EL PRÍNCIPE FIRÚS Y LA PRINCESA DE BENGALA

   Este es un antiguo cuento persa, de la época en que volar sólo era posible por arte de magia. Y sin embargo, en el cuento aparece un caballo volador que no tiene nada de mágico, es una invención humana, un aparato comparable a un avión. Los viajeros, los mercaderes y los soldados, llevaban y traían cuentos por el mundo conocido. En todos los países de Europa, en la China, en la India, en Arabia se contaba de distintas maneras el cuento del caballo volador. En todas las versiones que yo leí, el caballo es de madera o de metal. La princesa es siempre bellísima y está encerrada. Su lujosa prisión suele ser un aposento que flota en aire por arte de magia y otras veces una torre muy alta o un palacio más lejano de lo que es posible imaginar. Un príncipe es el Héroe: monta en el caballo volador y se gana el amor de la princesa. En algunas versiones el caballo despliega sus alas. En otras, vuela llenando la tripa de aire. O como en este caso, simplemente vuela, sin que se explique cómo lo hace. Curiosamente, el inventor de semejante prodigio es un sabio feo, insignificante, en ocasiones malvado, que entregaría con gusto la facultad de inventar caballos voladores a cambio de ser hermoso y valiente, a cambio de ser el príncipe, a cambio de lograr el imposible amor de la princesa.
   Siempre pensé que eso mismo debía pasarle al autor del cuento.

LA ESCRITORA Y EL ENTERRADOR Y OTROS RELATOS, Jone Miren Asteinza

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JONE MIREN ASTEINZA, La escritora y el enterrador y otros relatos, Bubok, 2012, 92 páginas.
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LA ESCRITORA Y EL ENTERRADOR


   Era una mujer callada, de aspecto más bien triste. Casi nunca sonreía, no tenía amigas ni nadie con quien compartir sus sueños; sus alegrías habitando en el fondo de un pozo sin fondo, sus letras sobre el papel y solo durante el día. Escribía y escribía sin parar, casi sin levantar la cabeza del pliego de papel. De vez en cuando miraba sus manos y la escritura cesaba, y con aspecto resignado, cerraba los ojos y vagaba por esos mundos que solo existían en su imaginación, mundos perdidos repletos de letras gritando por salir a la luz, una duda en el aire buscando solución cada día, planes a dejando paso al plan b respectivo. Sueños y anhelos que se negaban a morir, ideas que golpeaban sin piedad para no caer en el olvido, palabras buscando un verbo, adjetivos buscando sujetos, angustias luchando por ganar terreno, ilusiones perdidas buscando una escribiente que les permitiera volver a vivir, volver a existir, volver a vibrar y volver a sentir. Casi a medianoche, el enterrador abre la puerta y entra en su casa. Ha sido un día agotador pero como todas las noches, va directamente al escritorio de su mujer, allí están los pliegos de papel repletos de letras, letras que han nacido del silencio, letras que no verán la luz, letras que mañana volverán a ser escritas tal vez con tinta roja o tal vez con tinta azul. Mira los pliegos con ternura, acaricia lo escrito con emoción, llora y se quita de un manotazo las lágrimas derramadas, abre el armario de la entrada, saca su pala y va al jardín, allí, como todas las noches, no sólo entierra sus letras, también entierra las emociones, las ilusiones, los sueños y el porvenir. Su mujer observa desde la ventana del dormitorio. Su rostro no está triste, ahora sonríe con dulzura, ahora comprende, ahora ve la luz, ahora sabe que mañana tiene que seguir escribiendo, tiene que seguir viviendo con sus letras el día a día, letras que de noche su marido entierra. 

GREGUERÍAS ONDULADAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Greguerías onduladas, Renacimiento, Sevilla, 2012, 140 páginas.

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Nigel Dennis prologa y reúne una colección de greguerías de temática radiofónica que Ramón Gómez de la Serna escribió para Unión Radio Madrid y que, aparte de su lectura en la radio y  la publicación en la revista Ondas, habían permanecido inéditas hasta esta edición.

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Los cipreses son las antenas del reino vegetal.
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Hay conferenciantes que parecen haber comido polvorones antes de comenzar la emisión.
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Si la metempsicosis fuese verdadera, los radioyentes se convertirían en pájaros y se pondrían a oír con las antenas.
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Cuando tocan el xilofón es como si tocasen la dentadura a las ondas.
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En el futuro se emitirán ondas de buen sueño. Es decir, que estando dormidos recibimos pautas de ilusión, verdaderas guías eléctricas para la videncia nerviosa.
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El piano de las ondas es como un piano submarino, el piano que teclea en una habitación llena de agua.
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Me he asomado muchas veces a la mirilla de las emisoras y confieso que no se ve nada; noche absoluta; camino sin faroles; sombra llena de oídos.
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Los esquemas de los aparatos de construir son como planos para las casas de las ondas y esos muelles lineales que a veces los interrumpen, parecen indicar el sitio de los divanes.
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Hay mucha música de Radio que viene de la gruta desconocida.

DE BUEN HUMOR, José Santugini

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JOSÉ SANTUGINI, De buen humor, Pepitas de calabaza, Logroño, 2012, 260 páginas.

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Reivindica Santiago Aguilar en Santuginízate (pp. 7-11) la figura literaria de José Santugini, más conocido por su faceta de guionista al servicio de Rafael Gil, Egdar Neville o Ladislao Vajda. Esta antología de relatos publicados en revistas como Buen Humor, Blanco y Negro o Cinegramas, servirá para recuperar a uno de los humoristas de la «otra generación del 27».
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UN EPISODIO ROMÁNTICO

   Ella era rubia, muy bella y y silbaba deliciosamente. Yo era un entusiasta del pelo claro, un rendido admirador de la belleza femenina y sabía imitar a la perfección el ladrido de toda clase de perros. Habíamos nacido el uno para el otro, como dicen en las novelas de amor.
   La conocí en el gabinete de espera de un célebre especialista en enfermedades mentales y nos amamos desde el primer momento. Se cruzaron nuestras miradas, a las miradas siguieron los gestos y a los gestos las palabras. Cuando agotamos estas, que fue pronto, tomamos a la mímica. Ella me guiñó el ojo izquierdo, después el derecho, luego cerró los dos y, por último, hizo sonar sus manos en alegres castañetas, como si se dispusiera a bailar una danza regional... Al mismo tiempo, sus labios plegados dejaban salir un tenue dulce silbido. Confieso que en aquel instante mi indecisión, mi duda, fue horrible. ¿Qué actitud adoptar?... Había que corresponder de algún modo a aquellas pruebas de confianza y de afecto que ella me daba, y no sabía cómo. Tras de dar vueltas a mi cerebro buscando una solución, me decidí a ladrar. El ladrido fue tan perfecto que ella rió mucho y los demás concurrentes me aplaudieron con entusiasmo. Y ya, embriagado por el éxito, abandoné mi asiento, me puse a cuatro patas sobre el suelo y, a saltitos y sin dejar de ladrar, me aproximé a ella.
   —La amo a usted —dije cuando estuve muy cerca.
   Y oí su voz que me respondía temblando:
  —Yo también le amo... Voy a seguir silbando y usted me contestará como si fuera un perro, ¿quiere?... ¡Resulta muy divertido!
   ¡Habíamos nacido el uno para el otro!

   Algún tiempo más tarde, cuando ella se cansó de emitir silbidos y yo de ladrar, decidimos casarnos... Nos casamos.
   Era tan grande el cariño que sentíamos el uno para el otro, que la palabra resultaba efímera para expresarlo. Ella, comprendiéndolo así, tuvo una feliz ocurrencia: la de escribir sus sentimientos en vez de pronunciarlos.
   Se pasaba el día escribiendo, con una bella letra picuda, dulces palabras de amor: «Me siento completamente feliz». «Cada día que pasa te amo más». «Soy tuya, toda tuya»...
   De este modo, el pensamiento era más duradero y más real que si hubiera sido encomendado a la voz.
   Cuando agotó todo el papel que poseíamos, decidió, después de una pequeña duda, transcribir su pasión en las blancas paredes de nuestra casa, que, dado su gran cariño, viéronse pronto ennegrecidas por los admirables trazos caligráficos de la amada.
   El comedor fue la primera estancia que se llenó con los primores de su letra. «Te quiero más que ayer», podía leerse infinidad de veces en las cuatro paredes.
   La sala tuvo igual suerte que el comedor, que el dormitorio, que la cocina y que mi despacho: «Te idolatro». «No puedo vivir sin ti». «Eres mi único y verdadero amor».
   Cuando solo quedaba inmune, nítido, el pasillo, surgió aquella desavenencia que deshizo nuestra felicidad... Fue aquel día en que, sin duda iluminado por un espíritu maléfico, le advertí.
   —Creo que vamos a tener necesidad de blanquear la casa. Las visitas se ríen de nosotros.
   Jamás lo hubiera dicho. Ella me miró unos instantes, con fiereza, y repuso mascando las palabras: —¡Está bien! Ya no me quieres, lo comprendo. No me quieres y por eso tratas de borrar las huellas de mi amor. ¡Qué miserable es tu conducta!... ¿No sabes que los egipcios grababan en las fachadas, en los muros, su historia, la narración de los hechos más gloriosos y que los árabes bendecían y elogiaban a Aláh del mismo modo?... ¿Acaso ignoras que yo, al imitarlos, no hago sino escribir también la más grande historia de amor y ensalzarte a ti como si fueras una divinidad?... ¡Ah, soy muy desgraciada!...
   No quiso escucharme. Sorda a mis súplicas, cogió un lápiz y, en las nítidas paredes del pasillo, fue escribiendo sus últimas y terribles impresiones: «¡Te odio! ¡Te aborrezco! ¡Soy muy desgraciada!».
   Dos horas más tarde, el pasillo había corrido igual suerte que el resto de la casa. Abrió la puerta del piso y prosiguió su trabajo por la escalera: «¡Te odio! ¡Te aborrezco! ¡Soy muy desgraciada!». Los letreros se sucedían rápidos y muy pronto se encontró en el portal.
   Cuando hubo llenado este, salió a la calle y principió a escribir en la fachada de nuestra casa; después, en la de la casa próxima.
   La perdí de vista cuando, escribiendo, escribiendo, traspuso la esquina... No la he vuelto a ver. Para vengarme de ella he mandado blanquear la casa y ahora soy yo el que la está llenando con una sola palabra: Es esta: «¡Estúpida! ¡Estúpida!».
   Pero mi vida está deshecha...

Buen Humor, número 224, 14 de marzo de 1926

PURO CUENTO, Alberto Gálvez Olaechea

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ALBERTO GÁLVEZ OLAECHEA, Puro cuento, Fauno, Lima, 2012, 96 páginas.

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VISITA

   Tic-tac, tic-tac, minuto 1, entrada veloz al locutorio, en la oscuridad cada quien busca a su familia, los gritos se suceden hasta que encontramos el cubículo correcto. Las mamás o las esposas entran arrastrando inmensos costalillos.
   Tic-tac, tic-tac, minuto 5, en la semipenumbra del locutorio tratamos de descifrar los rostros y desenredar las palabras anudadas en la garganta.
   Tic-tac, tic-tac, minuto 10, intercambiamos los informes, los litigios, el abogado, la salud de los hijos y la abuela, los problemas y los pequeños dramas familiares.
   Tic-tac, tic-tac, minuto 20, mutuas recomendaciones, intercambio de bendiciones y encargos para el próximo mes. Salen los trabajos, entran los materiales.
   Minuto 30, ruido de silbatos y gritos: "¡Señores, la visita ha terminado!". Apenas hay lugar para una lágrima. El siguiente grupo espera, amontonado y ansioso, por su media hora.

DE ANTIFÁBULAS Y FICCIONES, Alberto Sánchez Argüello

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VIOLENCIA

   El perro se desquitaba con el gato, el gato con el ratón, el ratón con la pulga. Todos entraron en shock cuando la pulga entró con dinamita.

HISTORIAS DE NUEVA YORK, O. Henry

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O. HENRY, Historias de Nueva York, Nórdica, Madrid, 2012, 184 páginas.

DESPUÉS DE VEINTE AÑOS

   El policía de ronda subió por la avenida majestuosamente. La majestuosidad era habitual y no de exhibición, porque espectadores había pocos. Aún no eran las diez de la noche, pero frías ráfagas de viento con sabor a lluvia casi habían despoblado ya las calles.
   Comprobando puertas mientras hacía su recorrido, haciendo girar la porra con muchos movimientos diestros e intrincados, girándose de vez en cuando para lanzar su mirada vigilante por la pacífica avenida, el policía, con su figura fornida y su ligero balanceo, componía una excelente imagen de un guardián de la ley. El vecindario era de los que se acuestan temprano. De cuando en cuando podrías ver las luces de una cigarrería o de una cafetería de las que están abiertas toda la noche; pero la mayoría de las puertas pertenecía a locales de negocios que hacía mucho que habían cerrado.
   Cuando iba por la mitad de una cierta manzana, el policía aminoró de pronto el paso. En la entrada de una ferretería a oscuras había un hombre apoyado, con un cigarro apagado en la boca. Cuando el policía llegó hasta él, el hombre habló rápidamente.
   —No pasa nada, agente —dijo, en un tono tranquilizador—. Solo estoy esperando a un amigo. Nos citamos aquí hoy hace veinte años. Le suena un poco raro, ¿verdad? Bueno, le explicaré por si quiere usted cerciorarse de que no hay problema. Hace todo ese tiempo había un restaurante aquí, donde está ahora esta tienda... el restaurante de «Big Joe» Brady.
   —Hasta hace cinco años —dijo el policía—. Lo echaron abajo entonces.
   El hombre de la entrada de la ferretería rascó una cerilla y encendió el cigarro. La luz mostró un rostro pálido de mandíbula cuadrada y ojos penetrantes, con una pequeña cicatriz blanca cerca de la ceja derecha. Su alfiler de corbata era un diamante grande, en una posición extraña.
   —Hace esta noche veinte años —dijo el hombre—yo cené aquí en «Big Joe» Brady con Jimmy Wells, mi mejor amigo y el mejor tipo del mundo. Él y yo nos criamos juntos aquí en Nueva York, como dos hermanos, siempre unidos. Yo tenía dieciocho y Jimmy veinte, y a la mañana siguiente yo debía salir hacia el Oeste para hacer fortuna. A Jimmy no había manera de sacarle de Nueva York; él pensaba que era el único lugar del mundo. Pues bien, esa noche quedamos en que nos encontraríamos aquí de nuevo exactamente veinte años después de aquella fecha y aquella hora, fuesen cuales fuesen las condiciones en que estuviésemos o de lo lejos que pudiésemos tener que venir. Consideramos que en veinte años cada uno de nosotros debería tener su vida resuelta y su suerte decidida, fuesen cuales fuesen.
   —Eso parece muy interesante —dijo el policía—. Pero es mucho tiempo entre encuentros, me parece a mí. ¿No ha sabido de su amigo desde que se fue?
   —Bueno, sí, durante un tiempo nos escribimos —dijo el otro—. Pero al cabo de un año o dos nos perdimos la pista uno a otro. En fin, el Oeste es un sitio muy grande, y yo andaba corriendo mucho de aquí para allá. Pero sé que Jimmy vendrá a encontrarse conmigo si está vivo, pues fue siempre el amigo más fiel e inquebrantable del mundo. Es imposible que se le haya olvidado. Yo he recorrido más de mil seiscientos kilómetros para estar aquí, en esta puerta, esta noche, y merece la pena si mi viejo amigo aparece.
   El hombre que esperaba sacó un reloj excelente, con las tapas tachonadas de pequeños diamantes.
   —Faltan tres minutos para las diez —proclamó—. Fue exactamente a las diez cuando nos separamos aquí, en la puerta del restaurante.
   —Le fue muy bien en el Oeste, ¿no? —preguntó el policía.
   —¡Puede apostar que sí! Ojalá a Jimmy le haya ido la mitad de bien. Aunque, bueno como era, solo pensaba en el trabajo. Yo he tenido que vérmelas con tipos muy listos para hacerme rico. En Nueva York uno cae en la rutina. Hace falta el Oeste para que uno espabile.
   El policía hizo girar la porra y dio unos pasos.
   —Seguiré mi camino. Espero que su amigo aparezca sin novedad. ¿Se irá enseguida si no aparece a la hora?
   —¡Por supuesto que no! —dijo el otro—. Le daré media hora por lo menos. Si Jimmy aún sigue en este mundo, estará aquí a esa hora. Adiós, agente.
   —Buenas noches, señor —dijo el policía, y continuó su ronda, tanteando puertas.
   Estaba cayendo por entonces una llovizna fina y fría, y el viento había pasado de las ráfagas inseguras a un soplo constante y firme. Los pocos transeúntes que pasaban por aquella manzana aceleraban el paso, lúgubre y silenciosamente, el cuello del abrigo subido, las manos en los bolsillos. Y en la puerta de la ferretería el hombre que había recorrido más de mil seiscientos kilómetros para acudir a una cita, incierta casi hasta el absurdo, con el amigo de su juventud, fumaba su cigarro y esperaba.
   Esperó unos veinte minutos, y luego un hombre alto de abrigo largo, con el cuello subido hasta las orejas, cruzó presuroso desde el otro lado de la calle. Fue derecho hasta el hombre que esperaba.
   —¿Eres tú, Bob? —preguntó, dubitativamente.
   —¿Eres tú, Jimmy Wells? —exclamó el hombre de la puerta.
   —¡Bendito sea Dios! —exclamó el recién llegado, cogiendo ambas manos del otro con las suyas—. Eres Bob, no hay duda. Estaba seguro de que te encontraría aquí si todavía seguías en este mundo. ¡Bien, bien, bien!... veinte años es mucho tiempo. El viejo restaurante ha desaparecido, Bob; ojalá siguiese aún aquí, para que pudiésemos cenar en él otra vez. ¿Cómo te ha tratado el Oeste, viejo amigo?
   —Estupendamente; me ha dado todo lo que le pedí. Has cambiado mucho, Jimmy. Nunca creí que pudieses llegar a crecer varios centímetros más.
   —Bueno, sí, crecí un poco después de los veinte.
   —¿Y te va bien en Nueva York, Jimmy?
   —Moderadamente. Tengo un puesto en uno de los departamentos de la ciudad. Ven, Bob; iremos a un sitio que conozco y hablaremos largo y tendido sobre los viejos tiempos.
   Los dos hombres se pusieron en marcha calle arriba cogidos del brazo. El del Oeste, su egolatría ampliada por el éxito, empezó a delinear la historia de su carrera. El otro, sumergido en su abrigo, escuchaba con interés.
   En la esquina había una botica, brillaba con luces eléctricas. Cuando llegaron a aquella claridad se volvieron los dos simultáneamente para mirar al otro a la cara.
   El hombre del Oeste se detuvo de pronto y retiró el brazo.
   —Tú no eres Jimmy Wells —le soltó—. Veinte años es mucho tiempo, pero no suficiente para cambiar la nariz de un hombre de aguileña a chata.
   —A veces cambia a un hombre bueno en uno malo —dijo el otro—. Llevas diez minutos detenido, «Silky» Bob. Chicago pensó que podrías haberte dejado caer por nuestro territorio y dice que quiere tener una charla contigo. Tómalo con calma, ¿quieres? Eso es más razonable. Ahora, antes de que vayamos a la comisaría, hay una nota que me pidieron que te entregara. Puedes leerla aquí, en el escaparate. Es del patrullero Wells.
   El hombre del Oeste desplegó el trocito de papel que le entregó el otro. Su mano era firme cuando empezó a leer, pero temblaba un poco cuando terminó. Era una nota bastante breve.
Bob: Estuve a tiempo en el lugar que acordamos. Cuando encendiste una cerilla para prender el cigarro vi que era la cara del hombre que buscaban en Chicago. Yo mismo no podía, ya sabes, así que fui a buscar a un detective de paisano para que hiciera él el trabajo.
JIMMY

TODO LO QUE TENÍA QUE CRECER, Celina Aste

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CELINA ASTE, Todo lo que tenía que crecer, Buenos Aires, 2012, 40 páginas.

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ENCIERRO

   Alicia cayó al pozo. Pregunté qué le sucedió y mamá contestó con una voz que yo no conocía. ¿Cuándo vas a dejar de preguntar? Y con energía cerró el libro. En el trayecto me crecieron orejas largas y una cola de algodón redonda. El truco de las porciones de galletitas no funciona más. ¿Ya habré crecido todo lo que tenía que crecer? No entiendo qué espera mama para abrir el libro y dejarme salir. 


TRAVELLING DESDE VENTANILLA DE CASA RODANTE, María Belén Aguirre

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MARÍA BELÉN AGUIRRE, Travelling desde ventanilla de casa rodante, La Eterna, San Miguel de Tucumán, 2012.

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SATORI

   —Me temo que ésta será la noche más larga de mi vida, pensó Mishima. La luna, como una espada filosa, brilló sobre su pálido rostro; iluminándolo.

EL DECAMERÓN NEGRO, Leo Frobenius

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LEO FROBENIUS, El Decamerón negro, Ediciones del Viento, A Coruña, 2012, 392 páginas.

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En El otro Decamerón (pp. 9-11) Luis Alberto de Cuenca agradece al editor Eduardo Riestra la edición íntegra de esta colección de relatos recogidos de labios de los bardos de los pueblos del Sahel.
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EL HIJO MIMADO
Muntshi



Un hombre se casó. La mujer quedó embarazada. La mujer dio a luz a una criatura: era varón. La mujer se llevó el niño a la granja. El niño creció en la granja. Trabajaba siempre con la madre. El niño se convirtió en un joven fuerte. La madre le hacía siempre la comida y el joven trabajaba siempre en la granja. El joven se convirtió en un hombre grande y fuerte y la madre le daba siempre la comida y él trabajaba siempre en la granja de la madre.
Llegó gente a la granja. La gente vio al joven. La gente dijo: «¡Qué joven más grande y vigoroso!» La gente le preguntó al joven: «¿No quieres casarte?» El joven dijo: «No, sólo quiero tener comida y con mi madre tengo comida buena y suficiente.»
Un día el padre fue a la granja en donde el joven vivía con su madre. El padre le dijo al joven: «¿No quieres casarte para que puedas engendrar un hijo? ¡Ven, iremos juntos al pueblo!» El padre llevó al joven a su pueblo. El padre le cortó el cabello al hijo. Después que terminó de hacer esto, le dio hermosas perlas. Le colgó collares de perlas al cuello. Le colgó pulseras de perlas alrededor de los dedos de los pies y de los tobillos. Le puso hermosas pulseras en los brazos. Le untó el cuerpo con cintura roja. Le regaló un taparrabo nuevo. Después, el padre le dijo:«Ahora ve y elígete una mujer con la que puedas engendrar un hijo.»
El joven fue. Anduvo por aquí y por allá y miró a las muchachas. Encontró una que le gustó. La llevó a la casa de su padre. Le dijo a su padre: «¡Quiero casarme con esta muchacha!» El padre dijo: «Está bien.» El padre llevó al joven a una choza con la muchacha. El padre dijo: «Esta es tu casa. Entra con la muchacha y duerme con ella para que quede embarazada.» El joven entró con la muchacha. Pero cuando hubo acostado a la muchacha en la cama, salió y corrió a la granja de su madre. Le dijo a su madre: «Madre mía, tengo hambre, hazme una buena comida.» La madre le preparó comida al hijo. Entonces, él se quedó con ella.
La muchacha casada salió de su choza. La muchacha corrió adonde estaba el padre del joven y le dijo: «Tu hijo no ha dormido conmigo. Me llevó a la choza y después se escapó!» El padre se puso en camino. Fue a la granja de su mujer. Le preguntó a su mujer: «¿Está aquí mi hijo?» La madre dijo: «Sí, tu hijo está aquí. Vino anoche y dijo:“¡Madre mía! ¡Tengo hambre! ¡Hazme una buena comida!” Entonces. yo le preparé una buena comida. La comió y se quedó aquí.»
El padre dijo: «Mi hijo se casó ayer. Pero anoche no durmió con su mujer. Corrió junto a ti y te pidió comida. Eso es algo que hay que cambiar. Opino que, si vuelve por comida, le des sólo comida mala o no le des nada. Entonces, regresará con su mujer.» La madre dijo: «Así lo haré.» El padre se fue a la ciudad.
Al cabo de un tiempo, el joven fue adonde estaba su madre y le dijo:«¡Madre mía! ¡Tengo hambre! ¡Hazme una buena comida!» La madre dijo: «¿No te has casado ayer con una mujer?» El joven dijo: «Sí, ayer me casé con una mujer.» La madre dijo: «Si te has casado, entonces ve con tu mujer y haz que ella te prepare comida.» El joven fue. El joven fue adonde estaba su padre y le dijo: «¡Mi madre no me quiere dar más comida!» El padre dijo: «¿No te has casado ayer? ¿Dormiste ayer con tu mujer?» El joven dijo: «No, no dormí con mi mujer.» El padre dijo: «Entonces ve con tu mujer y duerme con ella. Después, dile que te prepare una buena comida. Entonces tu mujer también re dejará satisfecho.»
El joven se fue a su casa. Durmió con su mujer. Después la mujer se lavó y preparó una buena comida. El joven la contemplaba. La joven mujer le llevó la comida. El joven la comió. Cuando terminó de comer,le dijo a su mujer: «¡Entra en la casa! Quiero dormir de nuevo contigo.» Al poco tiempo la mujer estaba embarazada. Dio a luz a un niño. El padre debe educar a su hijo para que sea hombre y marido: pues con la madre sólo aprende a comer.

LA NAVIDAD SIGUE CONTANDO, Varios Autores

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VARIOS AUTORES, La Navidad sigue contando, Punto y Seguido, León, 2012, 132 páginas.

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En érase una vez...más (pp. 7-9) Fernando Conde presenta este ramillete de relatos navideños felizmente acompañados de las ilustraciones de Alberto Sobrino, Penélope Pez, Carlos Sáez y tantos otros. Entre los muchos narradores el lector encontrará a Óscar Esquivias, Rubén Abella, Pablo Andrés Escapa, Esperanza Ortega o Carlos Murciano. 
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MEMORIA DEL MUSGO
    
   Salíamos en grupo, alegres y revoltosos, a explorar la humedad de las rocas en las cercanías del río, escogíamos las superficies lisas, los fulgores verdes, y después, usando con sutileza navajas, espátulas de albañilería o sucedáneos de dudosa invención, procurábamos las mayores porciones intactas de musgo. Yo iba con ellos, formaba parte del grupo y del bullicio, participaba de la excitación y la alegría, del equívoco color de la inocencia, y celebraba cada año la primicia común del musgo, su vastedad y sus matices escarchados. Los demás ingredientes -el buey y la mula, el chozo y el pastor, el perro y las ovejas- permanecían inmutables en el tiempo, protegidos con paja o con serrín en cajas de madera o de cartón. Sólo el tapiz del musgo, ajeno al artificio, se renovaba siempre. Después, también, sólo el musgo se desvanecía, poco a poco se apagaba el verdor y volvíamos a la monotonía escolar. No importaba. Los alrededores pedregosos, la invitación del río y la humedad sombría eran parte y preludio de la celebración. Así era el ciclo, así el vigor del solsticio, así la claridad crucial del frío. En ocasiones también se estropeaba el papel de plata, la simulación de arroyos, gargantas o riachuelos, y entonces había que emplazarlo porque al deteriorarse se anulaban los reflejos del agua. Al contrario que el musgo, sin embargo, entonces no abundaba el papel de plata, de modo que, tal vez por el prestigio del metal precioso, pero más aún, según creo, por el misterio de su artesanía, por la incógnita de su fabricación y quizás también por tos productos de los que procedía, fue usurpando el sentido primordial del musgo, relegando el musgo a su mediocridad rústica y bucólica, y alcanzando con engaños y espejismos los privilegios de la primogenitura. Era, pues, más difícil aportar papel de plata que musgo, porque musgo había en proporciones naturales, pero papel de plata sólo en mercancías de fábrica y en caprichos de la industria, y el musgo pasó a ser secundario y el papel de plata primordial, y el musgo servidumbre y el papel de plata aristocracia, y, así como las golosas tentaciones de miel y almendras sobrepasaban en aprecio a naranjas, los higos secos, los calbotes o las pasas de también el papel de plata desplazó la hegemonía del musgo y también terminamos todos despreciando el musgo y celebrando el papel de plata. Y como sólo lo que se pierde permanece, recordamos después con añoranza aquellos días de musgo y excursión, ajenos a las heladas de diciembre en que se celebraban las matanzas y se recogían las aceitunas, los mismos días en que la atmósfera con toda transparencia los días felices del alción. Tal vez, por eso terminé ideando en la doble distancia la hipótesis del musgo. Ahora que sólo queda del musgo la memoria (pues también con el tiempo se volvió artificial, de bazar o invernadero) y que esa memoria es, por tanto, una condena, se abren paso al unísono intuición y certidumbre: que se secó el musgo y se apagó para siempre su cándido esplendor. Bajo él fermentan variantes de una melancolía que no sucumbe a las burbujas ni a los cantos ni a los dulces de almendra y miel, clara constatación de que no hemos alcanzado la bondad y de que hemos perdido el paraíso, de que el río y las rocas han enmudecido, de que todo es ya papel de plata: papel de plata y plata de papel.

Gonzalo Hidalgo Bayal


Ilustración: Verónica Navarro

PUNTO VACÍO, Gonzalo R. Roncedo

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GONZALO R. RONCEDO, Punto vacío, La aguja de Buffon, San Miguel de Tucumán, 2012, 96 páginas.

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DE UN SÓLO TIRÓN 

   En algún esbozo te encontraré, en el medio de nada. En el medio de todo. Sabrás mecerme entre los laterales de la mirada. Como a todo, y pese a todo, sabré correrme a la deriva. De un sólo tirón. Pareciera que decidimos hacer espontáneo el momento curvo de la escisión entre la percepción y las palabras (o los gestos, o las manos entre cepas y llamaradas). He aquí la anodina pared de las curtiembres, de las ríspidas miradas, esqueléticas de alma, insufribles de desenlace. Queísmos componen mi alma. Queísmos y fallas gramaticales. En algún esbozo te encontraré, en el medio de nada. 

TODO ES VIDA, Salomón Touson

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SALOMÓN TOUSON, Todo es vida, Ventana Editorial, Buenos Aires, 2012, 200 páginas.

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UN SILLÓN

   Hace tiempo que no pinta. Las vueltas de la vida lo fueron empujando hacia las necesidades más urgentes, su atención estaba acaparada por lo cotidiano, por aquellas pequeñas cosas que sumadas pueden llenar las horas, los días, la vida. Muchas veces se preguntó si no debería desentenderse de lo cotidiano, o por el contrario, si no debía olvidar la pintura. Pero hasta esa respuesta quedaba postergada.
   Pasó mucho tiempo sin que el olor de los lápices perfumara su vida. Quizá un año o más. Pero era el tiempo suficiente para que aquella necesidad de dibujar, de pintar, se fuera haciendo cada vez más acuciante. Como si las energías se fueran transvasando, ahora era el deseo de pintar lo que no le dejaba dedicar su fuerza a lo cotidiano. Llegó el momento en que la nostalgia de los colores no le permitía ocuparse con entera disposición a ninguna de las contingencias que antes consideraba prioritarias.
   Sin embargo, la distancia, medida en tiempo, parecía haber hecho estragos en su capacidad para pintar; como cuando se alejan los objetos, se achican y se achican a medida que se separan de nosotros; hasta que son un mero punto; y luego nos parece que ya no existen, que han dejado de existir.
   Volver se le hace difícil. Imagina mil y un tropiezos. Adivina que sus manos ya no querrán responder con aquella solicitud para empuñar el lápiz, para guiar un pincel.
   Más teme a sus ojos y a su corazón, tan alejados ahora de todo lo que significa el color, la línea. Tan tórpidos para distinguir o imaginar un matiz. El alma también parece seca. Seca como una tabla abandonada. Como una tabla que espera. Como una tabla a la que el tiempo, paradójicamente, también hace más noble y más dócil.
   La madera, sí, la madera será más tolerante con su torpeza. Tiempo atrás había hecho un sillón con las tablas que rescató de la demolición de la casa paterna. Decide entonces hacer lo que puede hacer: recupera los planos que había dibujado en aquella oportunidad y se sumerge en un mundo que se va creando entre sus manos.
   El placer fue otro; pero igual colmó su alma.

TENÍA MIL VIDAS Y ELEGÍ UNA SOLA, Cees Nooteboom & Rüdiger Safranski

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CEES NOOTEBOOM & RÜDIGER SAFRANSKI, Tenía mil vidas y elegí una sola, Siruela, Madrid, 2012, 144 páginas.
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El filósofo Safranski bucea en la obra de Nooteboom, de quien dice: «Quien utiliza las ficciones como lo hace Nooteboom habita en lugares reales e imaginarios, es contemporáneo del presente y del pasado y percibe el futuro que comienza en cada instante».
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SANTIAGO

   Ritos de reflexión. Noto que digo para mis adentros estas ridículas palabras anticuadas. A veces las palabras existen antes que la idea, o en todo caso eso es lo que parece. Y, naturalmente, todo se confabula para convocar esa idea, el lugar en donde estoy, el paisaje en la profundidad debajo de mí, el monasterio cisterciense abandonado que ahora contemplo, el frío glacial del viento de febrero que rasga mi ropa, el herraje secular en la puerta por donde entraré. Cataluña, monasterio de Santes Creus, por enésima vez me he dejado desviar del camino planeado por un nombre, una palabra. ¿No había pensado ir al monasterio de Veruela, donde una vez, hace unos diez años, empecé todo este vagabundeo? Yo quería ir a Santiago, pero los caminos se escindían como cuerda, los años se amontonaban, cada vez me apartaba más de mi meta, cada vez me enredaba más en una España que cambiaba y en un paisaje que no cambiaba.
   Reflexión ¿podría ser también que cada vez te estás adentrando más, que —aunque los caminos vayan hacia el sur o el oeste— tienes la sensación de que vas penetrando más en el alma de un país, y que en este país hay algo que no pudiste encontrar jamás en ningún otro, con todo lo que has viajado? Cuarenta años dura esta historia, es la línea más constante de mi vida junto con la escritura. Y es físico, un año sin el vacío de este país, sin los colores de la tierra y las rocas, es un año perdido.
   Hace diez años quise ir a Santiago y estuve allí, naturalmente, no una vez sólo, sino muchas, y al mismo tiempo nunca he estado allí porque no escribí sobre ello. Siempre había algo diferente que debía pensar o escribir, un escritor o un pintor, un paisaje, un camino, un monasterio y, sin embargo, parecía como si todos esos paisajes, todas esas historias de moros y de reyes y de peregrinos, o todos los recuerdos propios y los recuerdos escritos de otros, siguieran señalando hacia un mismo lugar, hacia la región en donde se unen España y el occidente oceánico, y donde yace la ciudad que, en todo su aislamiento gallego, es la auténtica capital de España.
   Quiero hacer otra vez ese viaje, y también sé que ahora tampoco mantendré la línea recta, que la palabra camino en mi caso nunca podrá significar otra cosa más que desvío, el laberinto eterno hecho por el propio viajero que siempre se deja tentar por un camino lateral, y por el camino lateral de ese camino lateral, por el misterio del nombre desconocido en el cartel indicador de la carretera, por la silueta del castillo en la lejanía hacia el que apenas se dirige un camino, por lo que tal vez podrá ver detrás de la próxima colina o cumbre de montaña.
   Quizá sea lo que más se parezca a una historia de amor, con todo lo inexplicable e indescifrable que forma parte de ellas. Y esta amada nunca te abandona, tal es la diferencia. ¿Qué hago cuando estoy aquí? Busco las mismas sensaciones de hace treinta, de hace diez años, y sé que las encontraré. Lo que ha cambiado lo ves la mayoría de las veces en las ciudades: éstas se hallan más pobladas, son más modernas, el campo se ha quedado más vacío. Naturalmente, allí también ves los signos de la nueva época, pero fuera de los pueblos están las llanuras, las mesetas, los valles sin cambios. Ahora estoy todavía en Cataluña, esta noche en Aragón, y conforme vaya separándome de la costa el paisaje irá extendiéndose más amplio y abierto, será más seco, cada vez más intolerable consigo mismo, hasta que el viajero se convierta en un solitario nadador en un océano de tierra que se extiende hasta el horizonte, y esa tierra tendrá los colores de huesos, de arena, de conchas pulverizadas, de hierro oxidado, de madera carcomida, pero incluso sobre los colores más oscuros colgará un brillo luminoso que se vela en la lejanía, como si debiera protegerse contra tanta amplitud y luz. Y en lontananza hay iglesias y monasterios que se corresponden con la invisible infinitud, que quieren contar algo de un pasado impensable que los aires fríos y cálidos de un clima extremo han conservado para aquel que lo busque. Una vez, cuando yo aún no era consciente de esas cosas, debieron de penetrar estos paisajes en mí, una respuesta a una exigencia de eternidad que fuera del océano o del auténtico desierto ya no se encuentra en ningún lugar. Sé que la terminología ya no es de este tiempo, pero no me importa, en este punto me gustaría que se me entendiera al revés. Porque ¿a quién tendrías que hablar de consumación o iluminación?

LAS RUINAS DEL CIELO, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, Las ruinas del cielo, Sibiriana, Zaragoza, 2012, 134 páginas.

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Los libros son la segunda residencia del alma.
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A Dios le gusta hablar a través de bocas desdentadas, es su encanto. 
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No hay infinito sin clausura. 
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La vida a cada segundo se aleja de nosotros como la lechuza despliega sus alas nevadas en el instante en que la descubrimos.  
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Cada día tiene su veneno y, para el que sabe ver, su antídoto. 
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No es complicado escribir: basta con entregarle cada segundo de vida.  
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Cada una de nuestras alegrías es una figura en una vidriera. Nuestra muerte es el plomo que sujeta el conjunto.  
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"No saben lo que hacen" es la frase más inteligente jamás dicha.  
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La verdad es un ambiente: se abre un libro, se entra en un lugar y se sabe.  
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Se trata de escribir una pizca más rápido que la muerte. 

HERMANITO Y HERMANITA, Jacob & Wilhelm Grimm

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JACOB & WILHELM GRIMM, Hermanito y hermanita, y otros dieciséis cuentos que no están en los libros, Nórdica, Madrid, 2012, 174 páginas.

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Con motivo del bicentenario de la publicación de los cuentos de los hermanos Grimm, Nórdica editó diecisiete cuentos desconocidos, por haber sido publicados en revistas o periódicos, de forma aislada. Las bellas ilustraciones las aporta Noemí Villamuza. 
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EL SASTRE QUE LLEGÓ AL CIELO

   Un sastre llegó un día al cielo y le gustó mucho la gran sala, pues todo alrededor había sillas de hermoso terciopelo rojo, en las que estaban sentados los santos, y al fondo de la sala había un gran trono de oro, en el que estaba sentado Dios Padre, y los ejércitos celestiales estaban en torno a él. Poco después Nuestro Señor hizo un gran desfile por el cielo y todos lo siguieron. Pero el sastre se escondió, porque tenía curiosidad y quería verlo todo con detalle. Al andar así mirando el trono, que era todo de oro y de terciopelo rojo, descubre debajo una trampilla, y al abrirla ve la tierra a través de una ventana. Estando así mirando toda la tierra, se percata de un sastre que está cortando un gran pedazo de paño que arroja al infierno. Se enfada tanto al verlo desde su ventana del cielo, que arranca una pata del trono de Dios y se la tira al sastre ladrón. Entretanto la procesión regresa y, al percatarse Dios Padre de que falta una pata, puesto que el trono no estaba firme, se da cuenta al instante de lo que ha sucedido:
   —Sastrecillo, sastrecillo —grita—, si te hubiera tirado una pata cada vez que arrojabas un pedazo de paño al infierno, ahora ya no quedaría una sola pata en el cielo.


Publicado el 19 de febrero de 1818 en el número 15 de Wünschelruthe. Ein Zeitblatt (Varita mágica. Diario de actualidad), p. 50.

DE LA SABIDURÍA EGOÍSTA, Francis Bacon

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FRANCIS BACON, De la sabiduría egoísta, Taurus, Madrid, 2012, 112 páginas.

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DE LA DEFORMIDAD

   Las personas deformes generalmente están niveladas con la naturaleza; porque si la naturaleza ha obrado mal debido a ellas, eso hacen ellas debido a la naturaleza, siendo en la mayoría (como dicen las Escrituras): carentes de todo afecto natural; y así se vengan de la naturaleza. Verdad es que hay cierta armonía entre el cuerpo y el espíritu; y cuando la naturaleza se equivoca en uno se arriesga en el otro: Ubi peccat in uno, periclitatur in altero. Pero debido a que el hombre tiene elección tocante al armazón de su espíritu, y necesidad en el armazón de su cuerpo, las estrellas de la inclinación natural están algunas veces oscurecidas por el sol de la disciplina y la virtud; por tanto es conveniente considerar la deformidad no como un signo que es más engañoso, sino como una causa que con frecuencia fracasa en el efecto. Quienquiera que tenga en su persona algo permanente que induzca a desprecio, tiene también en sí un acicate constante para hurtarse y librarse del menosprecio; por tanto, todas las personas deformes son extremadamente osadas; primero como en propia defensa al estar expuestas al desprecio pero, con el trascurso del tiempo, por sienten envidia hacia todos son más humildes y serviles; no obstante, la confianza en ellos depositada es más bien como espías y soplones que como buenos magistrados y funcionarios; y muy semejante a eso es la explicación de algunas personas deformes. No obstante, la base es que desean, si poseen cierta espiritualidad, verse libres del menosprecio, ya sea por medio de la virtud o de la malicia; y, por tanto, no hay que asombrarse si algunas veces demuestran ser personas excelentes; como fueron Agesilao, Zanger, el hijo de Solimán, Esopo, La Gasca, presidente de la Audiencia del Perú, y Sócrates, los cuales pueden contarse entre ellos juntamente con otros.