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AREQUIPA, EL ENIGMA DE LA LECTURA, Pablo Nicoli Segura

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PABLO NICOLI SEGURAArequipa, el enigma de la lectura, Editorial San José, Arequipa, 2010.
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AYER

   Ayer, por la tarde, resbalé aparatosamente por las gradientes derruidas del antiguo cementerio; terminé por golpearme con fuerza el cráneo contra una lápida cuya inscripción dice: “No estamos muertos, sólo un poco transparentes…”. A la medianoche, mientras leía, sereno, un viejo libro en la biblioteca junto al salón, me ha parecido ver una silueta que se asomaba, pero ha sido tan rápida la visión que no sé si he visto algo real. Hoy por la mañana he leído un libro titulado “El misterioso mundo de los vivos”. Por supuesto ya no existe fantasma que pueda creer en la existencia de ellos.

DEL REINO DEL DEMONIO, Pedro Rangel Mora

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PEDRO RANGEL MORA, Del reino del demonio, Ediciones Actual-ULA, Caracas, 2010, 122 páginas.

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NOCHES DE PERRO

   Soñé con unas agujas de reloj persiguiéndome. Corría desesperado evadiendo el segundero, saltando el minutero, pisando la aguja chica. Al día siguiente cambié el reloj por uno digital, y esa noche me soñé caminando, trotando, corriendo sobre los números al rotar, sin poder parar, jadeante, desesperado. 

BREVE CIELO, Nélida Cañas

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NÉLIDA CAÑAS, Breve cielo, Universidad Nacional de Tucumán, San Miguel de Tucumán, 2010.

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EL LECTOR

   La carta había llegado en medio de la noche. Llovía. Cuando comenzó a leer las letras aguadas desaparecieron delante de sus ojos como riachos tristes: Leer era una tarea imposible. No obstante persistía. Levantaba la lámpara a la altura de los ojos y seguía el trayecto de las letras por aquel riacho tratando de alcanzar sentido. La tarea era ardua. Una sílaba y luego otra hasta lograr una palabra. Una sola palabra en el espacio infinito de la frase. A veces sentía que no podía seguir: sus ojos estaban demasiado cansados o algo en él se apagaba. Sin embargo no podía rendirse. Levantó la lámpara otra vez y siguió el trayecto de una aguada, que lo dejó en una orilla improbable. Llena de insólitas bifurcaciones. Tampoco pudo esta vez dar con la frase completa. Cerró los ojos y se dejó estar en silencio. Después mejoró la luz de la lámpara, acomodó la manta sobre sus hombros y retomó la lectura por la primera letra. Una letra pequeña, casi inasible, arrastrada por una aguada gris que se volvía casi blanca. Metódica Julia amaba dibujar su casa cuarto por cuarto. Cada cuarto con su ventana al jardín y su puerta al otro cuarto. Terminada la tarea cerraba todos y descansaba. Aquel día olvidó para siempre dónde había guardado la llave.

DIARIOS 1999-2003, Iñaki Uriarte

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IÑAKI URIARTE, Diarios 1999-2003, Pepitas de Calabaza, Logroño, 2010, 192 páginas.

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Huyo de desarrollar las ideas. Como si tuviera miedo, impaciencia, pereza, incapacidad para la lentitud. Sólo es falta de talento. No sé quién ha dicho que escribir es hablar sin ser interrumpido. Pero yo me interrumpo de continuo a mí mismo. Tampoco soy lo suficientemente charlatán, ni me gusta mucho escucharme. Hablo a trompicones. Escribo de la misma manera. Y como dijo Machado: «Nunca estoy más cerca de pensar una cosa que cuando he escrito lo contrario.»
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Hay gente que lleva sus rencores, envidias y resentimientos a flor de piel. Hay otros que los esconden y se esfuerzan por parecer que no los tienen, y de pronto les traicionan y surgen como serpientes o conejos entre la hierba.
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Los hombres creyeron primero en Dios, luego dejaron de hacerlo y comenzaron a creer en cosas como la Razón, la Historia, el Progreso. Ahora empiezan a no creer ni en ellas. Algo me suena mal en este resumen. Es un poco raro que la historia de siglos de la Humanidad coincida con mi historia personal.
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Que la literatura es un arte en decadencia lo demuestra el significado habitual al que ha llegado el término «literario». Hace tiempo que «poético» quiere decir cursi, y «teatral» equivale a «afectado», pero ahora empieza a estar claro que el epíteto «literario» significa estrictamente «pelmazo».
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No sólo tiene los pies en la tierra, sino todo el cuerpo, como las serpientes.
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Uno de los secretos del placer estético que produce la naturaleza es que no hay gente.
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Con qué poco reconocimiento me conformo. Eso es un suerte inmensa. Sin embargo, qué mal soporto las críticas. Por eso, no la búsqueda de alabanzas, sino la huida de las censuras, ha sido uno de los impulsos básicos de mi vida.

CUENTOS MALVADOS, Espido Freire

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ESPIDO FREIRE, Cuentos malvados, Páginas de Espuma, Madrid, 2010, 144 páginas.

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Cada una de las siete secciones del libro cuenta con la tarjeta de presentación de un gran microrrelatista: Eduardo Berti presenta El agua; Clara Obligado, Ángeles; Fernando Iwasaki, Las voces; Ana María Shua, Arañas y mariposas; José María Merino, El espejo; Andrés Neuman, Los cuentos; e Hipólito G. Navarro, Dentro del laberinto.
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Sonaron las trompetas y despertaron de la muerte a innumerables almas, que regresaron a sus cuerpos rotos y heridos y a la vida, mientras rezongaban y protestaban, porque aquellos simulacros nunca conducían a nada.

LA MEMORIA DE LOS CUENTOS, Antonio Rodríguez Almodóvar

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ANTONIO RODRÍGUEZ ALMODÓVAR, La memoria de los cuentos, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Madrid, 2010, 260 páginas. 

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Subtitulado Los últimos narradores orales, contiene el DVD dirigido por José Luis López-Liñares que recoge los relatos de esta última generación de narradores orales. Además de los relatos, el libro contiene En busca del cuento perdido (pp. 13-21), ensayo de Rodríguez-Almodóvar, (guionista también del documental), en el que anota que estos relatos surgen de «la necesidad de dar expresión a las fuertes contradicciones que genera en todas partes el tránsito de la sociedad tribal cooperativa y endogámica, nómada o seminómada, a la sociedad agrícola estamentaria, nucleada en torno a la propiedad privada hereditaria y al matrimonio exógamo».  
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EL GALLO ZARAPICO

(La boda en el cielo)

   Era un gallo Quirico, que le invitó su tío a la boda al cielo. Y se puso muy preparado y muy preparado, pero se le olvidó comer. [Al comer se le manchó el pico.]
   Y marchó, y fue por allí alante y encontró una hierba.
   —¡Yerba, limpíame el pico para la boda de mi tío Zarapico!
   —No quiero.
   Fue más alante, encontró una oveja:
   —Oveja, come a yerba, porque yerba no quiso limpiarme el pico para la boda da mi tío Zarapico.
   —No quiero.
   Más atante encontró un lobo:
   —Lobo, come a oveja, porque oveja no quiso comer a yerba, porque yerba no quiso limpiarme el pico para la boda de mi tío Zarapico.
   —No quiero.
   Fue más alante, encontró un... perro. Encontró un perro.
   —Perro, come a lobo, porque lobo no quiso comer a oveja, porque oveja no quiso corner a yerba, parque yerba no quiso limpiarme el pico para la boda de mi tío Zarapico.
   —No quiero.
   Fue más alante, encontró un palo:
   —Palo, pega a perro, porque perro no quiso comer a lobo, porque lobo no quiso comer a oveja, porque oveja no quiso comer a yerba, porque yerba no quiso limpiarme el pico para la boda de mi tío Zarapico.
   —No quiero.
   Fue más alante, encontró una lumbre.
   —Lumbre, quema a palo, porque palo no quiso pegar a perro, porque perro no quiso comer a lobo, porque lobo no quiso comer a oveja, porque oveja no quiso comer a yerba, porque yerba no quiso limpiarme el pico para la boda de mi tío Zarapico.
   —No quiero.
   Fue más alante, encontró un río.
   —Río, apaga a lumbre, porque lumbre no quiso quemar a palo, porque palo no quiso pegar a perro, porque perro no quiso comer a lobo, porque lobo no quiso comer a oveja, porque oveja no quiso comer a yerba, porque yerba no quiso limpiarme el pico para ta boda de mi tío Zarapico.
   —No quiero.
   Y fue más alante, encontró un papel, se limpió el pico y dijo:
   Si de ésta salgo y no muero,
   no quiero más bodas en el cielo.
Juana Rodríguez López [Prioro, León]

CUENTOS AFRICANOS PARA DORMIR EL MIEDO, Ernesto Rodríguez Abad

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ERNESTO RODRÍGUEZ ABAD, Cuentos africanos para dormir el miedo, Factoría de cuentos, Tenerife, 2010, 88 páginas.

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EL VIEJO QUE ASUSTABA AL MIEDO

   El niño se acercó, curioso, al anciano. Le habían dicho que era el viejo más sabio del continente africano. Se pasaba los días sentado bajo el gran baobab que daba sombra a la sabana. El árbol era su trono y, él, el rey de las tierras calientes y secas.
   El niño tenía los ojos grandes y brillantes como pelotas de cristal negro, el pelo rizado y la piel oscura como una hermosa noche. Siempre en su mirada asomaba una pregunta. Quería conocer el mundo, quería saber cómo era África.
   El anciano tenía palabras incrustadas en las arrugas, las manos se habían acostumbrado a tejer historias, la voz sabía volar como los pájaros, brillar como las estrellas, escurrirse entre las sombras como los peces de colores.
   Le contó, al muchacho que quería saberlo todo, que la única forma de conocer África y el mundo era oír todos los cuentos y todas las leyendas. Las palabras que viajan desde los tiempos remotos dentro de las historias dicen más de lo que significan.
   Ellas están escritas con hilos de la noche.
   —¿Y cómo descubriré los cuentos?
   ¿Quién me contará las leyendas? —se apresuró a decir el muchacho de la mirada ansiosa.
   El viejo sonrió. En aquella sonrisa había misterios, sabidurías que venían del pasado, magia de otros mundos.
   Llenó la vasija de barro negruzco que siempre lo acompañaba con un puñado de tierra y piedrecillas. Luego, levantó el recipiente por encima de su cabeza y volcó la tierra. Se mezcló en el aire y cayó entre las yerbas y las hojas secas. El niño lo escuchaba en silencio. Estudiaba todos los movimientos y acciones del viejo. Sabía que el gesto, la acción y la palabra tenían un significado mágico. Más tarde la llenó de agua y pidió al muchacho que lo acompañase hasta el río. Volcó el líquido sobre el torbellino de aguas corrientes.
   —Escucha como la tierra se mezcla con el viento. Escucha las palabras que dicen las aguas al arrastrar otras aguas. Estaba muy serio. Sabía que tenía que hacer comprender al muchacho lo importante que es aprender lo que la tierra nos quiere contar.
   —Todo el mundo en África sabe que sólo hay que escuchar a la tierra. Los cuentos están en ella—las palabras del viejo parecían quedarse prendidas a las ramas del gran baobab.
   En los cuentos se encierran secretos. Cada palabra sirve para algo más que para decirla y dejarla volar al viento. Las palabras pueden matar a las personas o pueden acariciar los oídos en las frías noches.
   Si maltratamos la naturaleza, se pierden los relatos.
   Es la tierra la que cuenta, pues las historias nacieron en ella, por eso decimos que en África se cuentan cuentos para dormir el miedo.

SOL DE HOGUERAS, Ricardo Virtanen

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RICARDO VIRTANEN, Sol de hogueras, Renacimiento, Sevilla, 2010, 60 páginas.

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Una luz cruje
detrás de la persiana.
Quizá amanece.

ANTOLOGÍA DE POETAS PROSTITUTAS CHINAS, Guojian Chen

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GUOJIAN CHEN, Antología de poetas prostitutas chinas (Siglo V-Siglo XXI), Visor, Madrid, 2010, 156 páginas.


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En la Introducción (pp. 7-13) Chen señala que una sociedad tan machista como la china, "las poetas prostitutas sufren menos que sus compañeras de trabajo" porque "la poesía es respetada y venerada como la máxima expresión de la cultura.
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¿SE ABREN YA LAS FLORES DEL CIRUELO?

Al despedirnos, él me ha citado
para cuando se abran las flores del ciruelo.
Anoche le eché de menos.
Me levanté y salí al patio a ver el árbol.

Wang Wei

LLENAD LA TIERRA, Juan Carlos Márquez

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JUAN CARLOS MÁRQUEZ, Llenad la Tierra, Menoscuarto, Palencia, 2012, 166 páginas.


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A Márquez le bastan dos o tres páginas para componer en estos veintitrés relatos historias que capturan, sin artificios, al lector.
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AMIGOS

   Un hombre con la ropa hecha jirones que hedía a vino barato me paró ayer en el vestíbulo del supermercado: «Eh, Adolfo, ¿no me reconoces? Soy yo, Leo, tu amigo imaginario de la infancia».

50 COSAS QUE HAY QUE SABER SOBRE FÍSICA, Joanne Baker

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JOANNE BAKER, 50 cosas que hay que saber sobre física, Ariel, Barcelona, 2010, 216 páginas.

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En la Introducción (p. 7) la autora expresa una convicción: "La física no sólo es fundamental: es divertida". 
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TEORÍA DEL CAOS

   El aleteo de una mariposa en Brasil puede ocasionar un tornado en Texas. Eso dice la teoría del caos. La teoría del caos reconoce que algunos sistemas pueden producir comportamientos muy diferentes aunque tengan puntos de partida muy similares. El tiempo atmosférico es uno de estos sistemas. Un leve cambio de temperatura o presión en un lugar puede desencadenar una cadena de acontecimientos posteriores que a su vez disparan un aguacero en otro sitio.
   El caos es un término un tanto equívoco. No es caótico en el sentido de que sea completamente desenfrenado, impredecible o desestructurado. Los sistemas caóticos son deterministas, es decir, que si conocemos el punto de partida exacto son predecibles y también reproducibles. La física simple describe la serie de sucesos que se desarrollan, que es igual cada vez que se hace. Pero si nos fijamos en un resultado final, es imposible remontarse hacia atrás y determinar de dónde procedía, ya que hay diversos caminos que pueden haber conducido a ese resultado. Esto se debe a que las diferencias entre las condiciones que provocaron uno y otro resultado eran diminutas, incluso imposibles de medir. Así pues, los resultados diferentes proceden de ligerísimos cambios en los valores de entrada. A causa de esta divergencia, si no se está seguro sobre los valores de entrada, la variedad de los comportamientos subsiguientes es enorme. En términos de tiempo atmosférico, si la temperatura del remolino de viento difiere en tan sólo una fracción de grado de lo que usted cree, entonces sus predicciones pueden resultar totalmente erróneas y el resultado podría ser quizá no una violenta tormenta, pero sí una ligera llovizna o un feroz tornado en la ciudad vecina. Los meteorólogos están, por tanto, limitados en lo anticipadamente que pueden pronosticar el tiempo. Incluso con las ingentes cantidades de datos sobre el estado de la atmósfera, suministrados por los enjambres de satélites que giran alrededor de la Tierra y las estaciones meteorológicas diseminadas en su superficie, los meteorólogos sólo pueden predecir patrones de tiempo atmosférico con unos pocos días de antelación. Más allá de esto, las incertidumbres pasan a ser enormes debido al caos.
   La teoría del caos fue desarrollada seriamente en la década de 1960 por Edward Lorenz. Mientras utilizaba un ordenador para desarrollar modelos de tiempo atmosférico, Lorenz se percató de que su código generaba patrones meteorológicos de salida enormemente diferentes únicamente porque los números de entrada se redondeaban de una forma distinta. Para facilitar sus cálculos había dividido las simulaciones en diversos fragmentos y trató de reanudarlos por la mitad en lugar de hacerlo desde el principio, imprimiendo números y volviéndolos a copiar después a mano. En el listado que él había copiado, los números se redondeaban con tres decimales, pero la memoria del ordenador manejaba cifras con seis decimales. De modo que cuando 0,123456 fue sustituido por la forma más corta 0,123 en mitad de la simulación, Lorenz observó que el tiempo atmosférico resultante era totalmente diferente. Sus modelos eran reproducibles y, por tanto, no aleatorios, pero las diferencias eran difíciles de interpretar. ¿Por qué un cambio minúsculo en su código producía un maravilloso tiempo despejado en una simulación y una tormenta catastrófica en otra?
   Al analizarlo con mayor detalle se vio que los patrones meteorológicos resultantes se limitaban a un conjunto determinado, que él denominó atractor. No era posible producir un tipo cualquiera de tiempo atmosférico variando los datos de entrada, sino que más bien se propiciaban un conjunto de patrones meteorológicos aunque fuera difícil predecir con antelación exactamente cuál se derivaría de los datos numéricos de entrada. Éste es un rasgo clave de los sistemas caóticos: siguen patrones generales, pero no se puede retroproyectar un punto final específico hasta un dato de entrada inicial particular porque los caminos potenciales que conducen a esos resultados se superponen.
   Las conexiones entre los datos de entrada y de salida pueden registrarse en un gráfico para mostrar el rango de comportamientos que presenta un sistema caótico particular. Este tipo de gráfico refleja las soluciones del atractor, que a veces se denominan «atractores extraños». Un famoso ejemplo es el atractor de Lorenz, que tiene el aspecto de varias figuras de ochos solapadas, ligeramente movidas y distorsionadas, que recuerdan la forma de las alas de una mariposa.
   La teoría del caos surgió en la misma época en que se descubrieron los fractales con los que guarda una estrecha relación. Los mapas de atractores de soluciones caóticas para muchos sistemas pueden aparecer como fractales, en los que la fina estructura del atractor contiene otra estructura a muchas escalas.
   Primeros ejemplos Aunque la disponibilidad de los ordenadores hizo arrancar realmente la teoría del caos, al permitir a los matemáticos calcular repetidamente comportamientos para diferentes datos numéricos de entrada, mucho antes ya se habían detectado sistemas más simples que mostraban un comportamiento caótico. Por ejemplo, a finales del siglo XIX, ya se aplicaba el caos a la trayectoria de las bolas de billar y a la estabilidad de las órbitas.
   Jacques Hadamard estudió las matemáticas del movimiento de una partícula en una superficie curva, como una bola en un partido de golf, lo que se conoce como billar de Hadamard. En algunas superficies, la trayectoria de las partículas se convertía en inestable y se caían por el borde. Otras permanecían en el tapete, pero seguían una trayectoria variable. Al cabo de poco, Henri Poincaré también descubrió soluciones no repetitivas para las órbitas de tres cuerpos bajo la acción de la gravedad, como por ejemplo, la Tierra y dos lunas, comprobando nuevamente que las órbitas eran inestables. Los tres cuerpos giraban unos alrededor de otros en bucles en continuo cambio, pero no se separaban. A continuación los matemáticos trataron de desarrollar esta teoría del movimiento de un sistema de muchos cuerpos, conocida como teoría ergódica, y la aplicaron a los fluidos turbulentos y a las oscilaciones eléctricas en los circuitos de radio. A partir de los años cincuenta, la teoría del caos se desarrolló muy rápidamente al tiempo que se descubrían nuevos sistemas caóticos y se introducían las máquinas computadoras digitales para facilitar los cálculos. El ENIAC (Electronic Numerical Integrator And Computer, Computador e Integrador Numérico Electrónico), una de las primeras computadoras, se utilizaba para realizar pronósticos meteorológicos e investigar el caos.
   El comportamiento es muy común en la naturaleza. Además de afectar al clima y al movimiento de otros fluidos, el caos se produce en numerosos sistemas de muchos cuerpos, incluyendo las órbitas planetarias. Neptuno tiene más de una docena de lunas. En lugar de seguir las mismas trayectorias cada año, el caos hace que las lunas de Neptuno reboten de aquí para allá siguiendo órbitas inestables que cambian año tras año. Algunos científicos piensan que la disposición ordenada de nuestro propio sistema solar puede acabar finalmente en el caos.

 

UN MALÉVOLO VÁTER EXPLOSIVO Y OTRAS LEYENDAS URBANAS, Peter Bridges

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PETER BRIDGES, Un malévolo váter explosivo y otras leyendas urbanas, Cúpula, Barcelona, 2010, 190 páginas.
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En la Introducción el autor advierte que recopila aquí increíbles historias que salieron a su paso cuando "trataba de descubrir la esencia de la rumurología".
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DESODORANTE PARA LAMER

   La historia del desodorante y el termómetro me recuer­da a esas otras que han surgido en torno al mundo de los desodorantes. Cuando comenzaron a fabricarse en spray, se decía que eran muy nocivos para la salud, tan­to que creaban una película invisible que impedía que la piel sudase, de manera que las bacterias quedaban encerradas y al final acababan convertidas en gusanitos que luego salían del sobaco como si uno fuera la more­ra de los gusanos de seda. Pero lo más divertido en lo tocante a desodorantes es la leyenda que corrió sobre Axe (y no pretendo hacer publicidad).
   La empresa cosmética realizó una agresiva campaña en todo el mundo según la cual una mujer olía Axe y se ponía a cien, por muy feo que fueras. Una lógica exa­geración del marketing, porque no hace falta llegar a tanto. Recuerdo que un día resbalé, caí en una ciénaga purulenta. Bueno, vale, era una cloaca, pero quería dar­le un toque de aventuras. Al llegar a casa, con otra ropa pero sin haberme podido duchar, la portera se me que­dó mirando con deseo y, después de guiñarme el ojo (aunque no me cantó la frase mágica de «huachi huachi gua gua»), me dijo: «Qué bien huele usted hoy», de manera que entiendo que lo de las fragancias erotizan­tes debe de ir a gustos.
   Volvamos a Axe. La leyenda que surgió al poco de la campaña es que, efectivamente, el desodorante tenía poderes afrodisíacos. Sí, los tenía, pero no hacían efecto al olerlo sino cuando tu pareja, después de que te lo pusieras y por mucho sudor que estuvieras despren­diendo, te lamía de arriba abajo Era entonces, cuando sus papilas gustativas captaban el sabor del desodoran­te mezcladas con las del sudor, cuando se ponía como una moto. Y digo yo que o eso, o terminaba vomitan­do, y es que en las cuestiones de la pasión no suele haber término medio.

TEMPUS FUGIT, Rubén Darío Otálvaro Sepúlveda

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RUBÉN DARÍO OTÁLVARO SEPÚLVEDA, Tempus fugit. Minificciones, Montería, Río Ediciones, 2010, 132 páginas.

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LECTOR

   No se haga, amigo lector, sé que es usted, no crea que va a engañarme con esa falsa máscara. No simule ser un desprevenido y desocupado lector. No voy a dejar que se salga con la suya. Tiene suerte de que el anterior lector se haya dormido; esta vez estoy seguro de que usted es el elegido, el esperado, el afortunado que encuentre la perdida página en la que se narra su muerte. 

PEQUEÑOS INSOLENTES, Felipe Parejas

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FELIPE PAREJAS, Pequeños insolentes, La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2010, 126 páginas.

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LIBERTAD DE PRENSA

   Cuando recibió su memo, decidió que era el momento para poner en marcha el plan. Se encerró en su habitación y llamó a cuanto periodista, camarógrafo y reportero había conocido a lo largo de su trayectoria en el rubro. En menos de quince minutos, corresponsales de todos los canales locales luchaban por ingresar al lugar anunciado. Sólo a uno se le permitió el ingreso. Entonces, con una sonrisa en los labios y en vivo para todo el país, se cortó la yugular en exclusiva para las cámaras de la competencia.

AGUA QUIETA, Cristina Grande

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CRISTINA GRANDE, Agua quieta, Traspiés, Granada, 2010, 64 páginas.

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Las ilustraciones de Esperanza Campos acompañan a esta treintena de textos previamente publicados en El Heraldo de Aragón en los que la autora tiende con acierto sucesivos puentes entre el presente y el pasado.

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   Mi hermana había empeorado y tuve que viajar a Valencia antes de lo previsto. A mi lado un hombre de cierta edad dormía desde el primer minuto. Me dio mucha envidia la facilidad con que algunas personas, como Rip Van Winkle, son capaces de desconectar de sus quebraderos de cabeza y al despertar encontrar los problemas resueltos.
   La luz del amanecer y la falta de sueño aumentaban mi melancolía. Al pasar por Burbáguena estiré el cuello para ver el viejo molino que perteneció a los abuelos de mi amiga Ana. Todo seguía en orden. Ese paisaje, a la derecha de la carretera, entre Báguena y Luco de Jiloca, es uno de los más hermosos del planeta Tierra. No es la vegetación, compuesta de aliagas, frutales, grupitos de lirios azulones, malvas, amapolas, choperas de un verde muy tierno, humildes rabanizas blancas que rellenan los huecos como en un dibujo infantil, ni el agua del río, ni los puentes, lo que hace tan especial ese paraje, sino una evidente armonía que logra emocionarme siempre que paso por ahí, sea cual sea la época del año.
   Le envié un sms a mi amiga Ana. El zumbido de su respuesta hizo que Rip Van Winkle se removiera un poco en su asiento. Estuvimos más de media hora parados en Teruel, como si el tiempo que se gana en los nuevos tramos de autovía tuviera que perderse luego para no tener que imprimir nuevos horarios. El conductor nos había obligado a bajar del autobús. Mi compañero de viaje me dio un poco de pena, sin motivo porque volvió a dormirse al iniciar la marcha. Cerré los ojos yo también.
   La belleza del Jiloca seguía impresa en mi retina. Tanta belleza tenía que significar algo.

MÁXIMAS Y ANÉCDOTAS, Giacomo Casanova

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GIACOMO CASANOVA, Máximas y anécdotas, Comanegra, Barcelona, 2010, 224 páginas.

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Jaime Rosal declara en la Presentación (pp. 11-20) haber recogido de Histoire de ma vie (1825) unas cuantas máximas y anécdotas. La valía del texto ya la había calibrado el príncipe de Ligne: "un tercio de vuestro encantador segundo tomo, mi caro amigo, me ha hecho reír, un tercio me ha hecho que me empalmase y un tercio me ha hecho pensar en Montaigne".
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La muerte es un monstruo que expulsa del teatro a un espectador atento antes de que haya acabado una obra que le interesa infinitamente.
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El amor no es más que una curiosidad más o menos viva junto con la inclinación que la Naturaleza ha puesto en nosotros para cuidar de la conservación de la especie.
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El primer efecto de la cólera es privar al hombre de su facultad de juzgar.
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Tened principios siempre que sean producto de un razonamiento verdadero, sin dejar de poner la vista en la felicidad.
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Cuando podemos compadecer a quienes nos injuriaron es que ya no les odiamos.
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En la vida no existe más realidad que el presente.
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El hombre que se sabe amado da más importancia al placer que procura que al que recibe.
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La felicidad nunca es completa si sólo se saborea en solitario.
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El hombre verdaderamente feliz es aquel que no sabe odiar.

BONSÁIS, Marcelo Báez Meza

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MARCELO BÁEZ MEZA, Bonsáis, Pilpinta, Lima, 2010.

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Este conjunto de microficciones resultó merecedor del "I Concurso de Cuento Breve Jorge Salazar", convocado en 2010 por la propia editorial peruana.

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LA DOLCE VITA

    Anita Ekberg no escuchó el «corten». Y si lo escuchó hizo caso omiso de él. Era su última escena. La actriz se negaba a abandonar el carro donde le había tocado su escena ulterior. Mientras más le insistían que salga, su desconsuelo por dejar el set iba en aumento. Federico Fellini, el director del filme, tuvo que sacarla con una tierna violencia.
    De ser por Anita que sigan filmando, que reescriban el filme para que ella aparezca más veces, que nunca tenga que salir del carro, que el goce del cine sea eterno, que a nadie se le ocurra ni por un momento que la filmación se va a terminar. 

GEOGRAFÍA MÁGICA, Ana Cristina Herreros

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ANA CRISTINA HERREROS, Geografía mágica, Siruela, Madrid, 2010, 180 páginas.

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Abre el prólogo a esta obra con una sentencia inequívoca: "Hubo un tiempo en que hombres y mujeres sentían la Tierra como si fuese un ser más, con vida propia". Carlos Arrojo aporta las bellas ilustraciones.
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LA LAGUNA DEL CARREGAL

   Se dice que en un lugar llamado Reirís, cerca de Santa Eugenia de Ri­beira, en La Coruña, había en tiempos muy remotos un palacio real, y en el palacio, un rey y su hija, la princesa. La princesa era amada por todos los súbditos del rey, su padre, porque, además de hermosa, era sabia y buena. Ayudaba en cuanto podía a la buena gente, repartiendo entre ellos los manjares que se cocinaban en la cocina de palacio, curando a los enfermos y enseñando a los niños cuentos y cuentas.
   Un año el invierno fue tan frío que la princesa no daba abasto a soco­rrer a los necesitados. Un día de hielo en el suelo y niebla en el cielo, llegó al palacio un hombre con extrañas vestiduras. Bien se veía que no era de allí. Venía aterido, así que en cuanto la princesa lo vio a la puer­ta del palacio, lo invitó a entrar para que se calentase en el fuego de la gran chimenea del salón. Luego le dio de comer un caldo bien caliente y una copa de rojo vino, y le regaló un ropón de su padre para que se abrigase cuando prosiguiese el camino.
   El extranjero se enamoró de la bondad y de la belleza de la princesa y le pidió que se casase con él.
   Pero la princesa no amaba al extranjero como para casarse con él, así que, amablemente, le dijo que no.
   —¡Os arrepentiréis! —exclamó él, enfadadísimo por la negativa, y levan­tando una mano lanzó un encanto.
   En ese momento empezó a temblar la tierra y el palacio a moverse como un frágil árbol que agita el viento. Las casas de los súbditos que se apiñaban alrededor del palacio comenzaron a desmoronarse, y de las fuentes arrancadas de cuajo manaron chorros de agua que corrían por las calles empedradas como si éstas se hubiesen vuelto cauces de ríos.
   En medio del cataclismo, el rey ensilló su caballo y, montando en él con su hija detrás, emprendió la huida. No se habían alejado mucho del cas­tillo cuando vieron en la cima de un monte próximo al pueblo al encan­tador contemplando su obra de destrucción. El rey picó espuelas y, con la espada desenvainada, se lanzó al galope para asestar un golpe mortal a aquel pérfido mago que así acababa con su pueblo. Pero en cuanto lo vio venir, el encantador se transformó en toro para poder huir mejor. El rey lo fue acorralando hasta que lo condujo a la ciudad ya medio sumergida. Cuando al toro le cubría el agua casi todas las patas, la princesa se quitó todas sus joyas y lanzándolas al agua gritó:
   —Ayuda os pido, mis hadas, que encantéis vosotras a este encantador para que no pueda salir de las profundas aguas que ha causado y pene para siempre en el fondo de la laguna.
   El toro, paralizado por el encanto, fue sumergiéndose más y más en las aguas hasta que, bramando de miedo, se hundió para siempre en ellas.
   El rey, la princesa y la gente del lugar que se había salvado abando­naron la ciudad sumergida y se establecieron a orillas de la laguna fun­dando un nuevo pueblo. Y dicen sus descendientes que algunos días se puede oír el bramido de un toro e incluso, si hay niebla, se puede ver, si se mira bien, la habitualmente tranquila superficie de la laguna bor­boteando como si hubiese un animal poderoso respirando bajo el agua.


POEMAS PARA UN INSTANTE, Fernando Sánchez Mayo

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FERNANDO SÁNCHEZ MAYOPoemas para un instante (100 haikus para entretenerse), Depapel, Córdoba, 2010, 118 páginas.

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Por entre el mármol
una mano se posa
y se detiene.

CUENTOS Y LEYENDAS DE LOS ARMENIOS, Reine Cioulachtjian

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REINE CIOULACHTJIAN, Cuentos y leyendas de los armenios, un pueblo del Cáucaso, Kókinos, Madrid, 2010, 72 páginas. Ilustraciones de Catherine Chardonnay.

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Reine Cioulachtjian, tras haber recogido centenares de historias de los ancianos que escaparon del genocidio de 1915, pretende "embellecer más aún esa materia intemporal, en la frontera de lo real y lo imaginario, perpetuando así la tradición de nuestros viejos narradores".
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EL LADRÓN DE ALBARICOQUES

   En las afueras de Van vivía una pobre viuda que tenía un solo hijo. Ella le había educado en el respeto a los ancianos y a las costumbres de su pueblo. Madre e hijo vivían de lo que producía un pequeño huerto, que cultivaban con sus propias manos con mucho cariño.
   En medio de aquel huerto había un hermosísimo albaricoquero muy viejo. Sus frutos tenían un sabor exquisito, con aromas de sol, de miel y de almizcle, y su tierna carne se deshacía al contacto con los dientes, liberando un delicado y fragante jugo que llenaba la boca de dulzor. Madre e hijo vendían dichos albaricoques, llamados «los senos de Semíramis», a clientes ricos que pagaba por ellos sus buenos dineros. Un vecino, envidioso, había propuesto en varias ocasiones a la viuda comprarle el huerto, pero ella siempre había rehusado.
   Despechado, el hombre se propuso obligarla al venderlo. Cada noche saltaba la tapia que les separaba, se subía al árbol y cogía gran cantidad de albaricoques, de tal manera que, al día siguiente, madre hijo eran incapaces de cumplir con los pedidos de sus ricos clientes. Así, poco a poco, éstos fueron desinteresándose y terminaron por comprarle a otro vendedor.
   En tan precaria situación económica quedaron que la madre fue a suplicar a su malvado vecino que no les arrebatase aquello que les daba de comer. La única respuesta que recibió fue:
   —Bueno, si lo que necesitáis es dinero, aceptad mi oferta y vendedme el huerto. Por momentos el hijo tuvo la terrible tentación de acabar con él, pero afortunadamente su buen juicio le ayudó a entrar en razón y se contuvo: «Bah, no quiero matar a nadie por un puñado de albaricoques», se dijo. «Es verdad que mi madre y yo vivimos gracias a ellos, pero, en fin, trabajaré en otra cosa. Mañana mismo iré a la ciudad a ofrecer mis servicios como porteador».
   Aquella misma noche, después de que madre e hijo hubiesen cenado muy frugalmente, cuando ya se disponían de acostarse, llamaron a la puerta. Fue a abrir el hijo y se encontró ante un joven de porte majestuoso, nimbado de luz.
   —Soy un viajero que se ha perdido —dijo el desconocido—. Tengo hambre y frío. ¿Podéis darme hospitalidad por esta noche? Partiré mañana por la mañana a primera hora.
   El hijo hizo entrar al misterioso desconocido con todos los honores. La madre, obedeciendo a las sagradas leyes de hospitalidad, le ofreció lo mejor que tenía y abrió para él su última botella de vino, único vestigio de un pasado más próspero.
   El hombre comió con apetito y después hizo saber a sus anfitriones que le agradaría comer alguna fruta, en especial albaricoques.
   —¡Ay! —respondió el hijo—, no podemos satisfacer vuestro deseo. Un malvado vecino nos ha privado del placer de complaceros. Y le contó el robo diario de los albaricoques, añadiendo:
   —Sólo conozco una forma de deshacerme de ese malvado: sorprenderle robándonos y acabar con él. Pero cuando reflexiono y tomo conciencia de que la vida es un bien sagrado, rehusó poner fin a la vida de un semejante por un simple cesto de albaricoques.
   —Tales sentimientos os honran —dijo el desconocido—. Pero, sin que tenga que pagar con su vida, yo castigaré a ese ladrón.
   Y el ángel —pues era un ángel— hizo que le llevaran junto al albaricoquero centenario, lo tocó con la mano y aseguró al muchacho que aquél que se subiera a aquel árbol sin autorización permanecería allí hasta el día del juicio final, a menos que el legítimo propietario accediese a dejarle bajar. Una vez dicho esto, el ángel desapareció.
   A la noche siguiente, como siempre, el ladrón se subió al albaricoquero y comenzó a coger los frutos más hermosos... Pero cuando quiso bajar, todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Quedó atrapado en el árbol sin poder cambiar de posición. A la mañana siguiente, madre e hijo oyeron grandes ruidos en el huerto, corrieron hacia él y ¿qué es lo que vieron? Las gentes de las casas vecinas rodeaban el albaricoquero y, allá arriba, el vecino ladrón, inmovilizado en el lugar del delito, permanecía en una postura totalmente ridícula. Cuanto más se agitaba más atrapado quedaba en el árbol, que lo retenía como una amante. Mientras todos reían y se mofaban de él mandaron a buscar al juez. El ladrón reconoció públicamente el delito y se ofreció a pagar el monto de los albaricoques robados. Madre e hijo escucharon sus ruegos y le permitieron, por fin, bajar del árbol.
   Tres flores blancas se han abierto: una para el que lee, la segunda para el que escribe, y la tercera para el que respeta las sagradas leyes de la hospitalidad.