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BRUJAS Y HECHIZOS, Benjamin Lacombe & Sébastien Perez

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BENJAMIN LACOMBE & SÉBASTIEN PEREZ, Brujas y hechizos, Edelvives, Zaragoza, 2009, 78 páginas.
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Publicado como apéndice de Genealogía de una bruja contiene, además de Recetas y sortilegios (p. 70), las semblanzas de Lilith, Isis, Medusa Yama Uba, Gretchen, Juana, Lisa, Malvina, Leonora, Mary y Anny, Mambo, Olga y Lisbeth.
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YAMA UBA [656-953]



Yama Uba recordará siempre la noche en que unos hombres entraron en la cabaña en la que vivía con su madre; nunca olvidará los gritos, las súplicas, las lágrimas y aquella sangre. Por la mañana, la niña, junto al cadáver de su madre, descubrió que estaba sola en el mundo. Yama Uba lloró durante días y con sus gemidos atrajo a las fieras salvajes. Se acercaron lobos hambrientos, que mostraban sus afilados colmillos, dispuestos a devorar a aquella presa fácil. Pero cuando los predadores entraron en la cabaña sólo encontraron una lobezna. Yama Uba los había engañado; sus poderes se habían revelado con la llegada de aquel peligro. Podía transformarse en lo que quisiera. Así que Yama Uba creció explotando su don para defenderse o para acercarse a las presas de las que se alimentaba.
Cuando creció, la bruja se puso el kimono rojo de su madre e hizo del bosque su propio reino. Una tarde de estío, cuando Yama Uba rezaba en el altar que había construido para su madre, vio un hombre que se parecía a aquellos que la habían separado para siempre de su madre. Un escalofrío de rabia le recorrió el cuerpo. La joven se transformó en una ninfa de embaucadora belleza y, sin decir palabra, atrajo al hombre hasta la cabaña y allí lo devoró. Desde entonces, fueron muchos los hombres que cayeron en las trampas que les tendía Yama Uba para apagar su sed de venganza. Y, cuando se adentraban en el bosque hombres más avispados, Yama Uba se transformaba en anciana para enternecerlos. Los devoraba uno tras otro pero, por muchas víctimas que hiciera, no lograba calmar su apetito.
Una mañana, mientras saboreaba a un incauto viajero, oyó unos gemidos procedentes de la carreta del hombre. Se acercó y vio un niño que tendría la misma edad que ella cuando mataron a su madre. El chiquillo la miró desde detrás de sus lágrimas. Ella se enterneció y decidió criar a aquel niño como si fuera su hijo. A partir de aquel día, Yama Uba no volvió a devorar a nadie. Se sentía en paz y sabía que a su hijo Kintaro le esperaba una vida fabulosa.
La bruja tuvo una vida plena y elevó a Kintaro al rango de héroe. Una tarde invernal, Yama Uba cerró los ojos para siempre cerca del altar de su madre, feliz de reunirse con ella.
 

CUENTOS TAOÍSTAS, Solala Towler

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SOLALA TOWLER, Cuentos taoístas, Blume, Barcelona, 2009, 192 páginas.


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Son autores de la mayoría de estos treinta y un cuentos Chuang Tse y Lieh Tse. Acompaña a La sabiduría de los maestros taoístas las fotografías de John Clare.
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EL VALOR DE LO INÚTIL

   Un carpintero viajaba con su ayudante. Un día llegaron a una ciudad cuya plaza estaba ocupada por un roble inmenso. Era enorme, con tantas ramas que podría dar sombra a cien bueyes y a toda la plaza. El ayudante se quedó maravillado pensando en toda la madera que contenía aquel árbol, pero el carpintero pasó junto a él sin apenas prestarle atención. Cuando el ayudante le preguntó por qué había pasado por alto un ejemplar tan magnífico, el carpintero le respondió que le había resultado obvio que las ramas del gran roble no podían servirle para nada.
   —Son tan duras -explicó-, que si intentase talarlas con mi hacha, se partiría. La madera es tan pesada que una barca construida con ella se hundiría. Las propias ramas están tan retorcidas que resulta imposible transformarlas en tablones. Si intentase construir vigas con su madera, se vendrían abajo. Si tallase un ataúd con ella, resultaría inservible. En resumen, es un árbol inútil. Y ése es precisamente el secreto de su larga vida.

CHUANG TSE

LECTURAS DE JUVENTUD, Michel Tournier

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MICHEL TOURNIER, Lecturas de juventud, Nortesur, Barcelona, 2009, 192 páginas.

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LEWIS CARROLL EN EL PAÍS DE ALICIA

   El 4 de julio de 1862 debiera figurar entre las grandes fechas de la literatura universal. Fue ese día cuando Lewis Carroll, navegando en barca por el río Isis con las pequeñas Liddell, les contó las aventuras de Alicia bajo tierra. Esta historia daría lugar a Alicia en el país de las maravillas, que se publicaría en 1865 entre un tratado de geometría euclidiana y una selección de fórmulas de trigonometría plana.
   ¡Qué extraño personaje este clergyman, profesor de matemáticas en la universidad de Oxford! Nació el 27 de enero de 1832 en Daresbury en el condado de Lancashire. Su padre era pastor de la parroquia y un apasionado de las matemáticas. Dio a Lewis dos hermanos y ocho hermanas. Todos tenían en común dos particularidades: eran tartamudos y zurdos. La tartamudez impedía a Lewis predicar en el templo. Es posible —si se quiere— ver en este rasgo el origen de un tema recurrente en su obra, la inversión, la transposición izquierda-derecha, antes-después, causa-efecto, así como la del espejo que reproduce el mundo al revés.
   Conviene señalar que J.-K. Huysmans —que no cita nunca a Carroll— dedicó su obra principal, A contrapelo (1884), a un héroe, Des Esseintes, que adopta la postura del «todo al revés».
   Gilles Deleuze analizó con brillantez, en su obra Lógica del sentido, esta actitud de Carroll: «En Alicia, como en Al otro lado del espejo, se presenta una categoría “de cosas muy especiales”: los acontecimientos, los acontecimientos puros. Cuando digo ‘Alicia crece”, quiero decir que se vuelve mayor de lo que era. Pero, por ese mismo motivo, se vuelve más pequeña de lo que es ahora. Por supuesto, ambos estados no ocurren al mismo tiempo: ahora es mayor, era más pequeña antes. Pero sí es al mismo tiempo, en virtud de la misma acción, como uno se vuelve mayor de lo que era y más pequeño de lo que llega a ser. Tal es la simultaneidad de un devenir cuya característica esencial es eludir el presente. En la medida en que elude el presente, el devenir no soporta la separación ni la distinción del antes y el después, del pasado y el futuro. Pertenece a la esencia del devenir el avanzar en los dos sentidos a la vez: Alicia no crece sin menguar, y a la inversa. El sentido adecuado es la afirmación de que en todas las cosas hay un sentido determinable; pero la paradoja es la afirmación de los dos sentidos a la vez».
   Es cierto que Alicia es sometida a una serie de pruebas que se asemejan mucho a una dolorosa iniciación. Es arrastrada a un agujero por un conejo, se ahoga en sus propias lágrimas, ve cómo se le alargan desmesuradamente las piernas, etc. Es una cruel ironía denominar todo eso «el país de las maravillas». ¿De qué se trata en realidad?
   Debemos recordar aquí la extraña pasión de Lewis Carroll por las niñas. Según una fórmula muy propia de su estilo, declaraba: «Adoro la infancia, a excepción de los muchachitos». Sus mejores horas las pasaba con todo un coro de niñas menores de diez años. A un amigo que le preguntó si no le exasperaba de vez en cuando la multitud de muchachas de que se rodeaba, le respondió: «Son tres cuartas partes de mi vida», mintiendo púdicamente sobre la cuarta parte, que también les correspondía. Siempre preocupado por hacer nuevas conquistas, solía desplazarse con un maletín de juguetes y muñecas destinados a engatusar a la niña de sus sueños, en el supuesto de que se la encontrase en un ómnibus o en un jardín público. Se reunía con sus amiguitas en veladas donde los padres estaban absolutamente excluidos. Con té, cháchara, juegos, historias fantásticas, cajas de música, el tiempo se pasaba muy rápido.
   Pero ahí también la barrera de la edad era infranqueable. Carroll lo afirma con todas las letras: «La niña se convierte en un ser tan diferente cuando se transforma en mujer que nuestra amistad también se ve obligada a evolucionar. En general, esta evolución se plasma en el tránsito de una intimidad afectuosa a relaciones de mera cortesía, que consisten en intercambiar una sonrisa y un saludo cuando nos encontramos». Sí, la pubertad constituía una catástrofe que expulsaba a la niña adorada al infierno de la sexualidad y rompía toda relación con ella.
   Por ello uno se ve tentado a interpretar las desventuras de Alicia como una caída en las tinieblas del sexo. Denominar este infierno «el país de las maravillas» es una inversión irónica totalmente acorde con el estilo habitual de Carroll.
   Afortunadamente, tenemos la fotografía que detiene la evolución fatal y congela a la niña en su verde paraíso. Entre los «juegos» rituales de su corte, Carroll incluía una sesión fotográfica —ardua y pesada por el material de la época—, que constituía en cierto modo el tributo obligatorio de su harén en miniatura. Él mismo, con la mano trémula de alegría, desnudaba a sus aduladas para disfrazarlas de chinas, turcas, griegas o romanas. Las más queridas eran enviadas a una amiga, Miss Thomson, que se encargaba de fotografiarlas desnudas según las instrucciones del reverendo. No es necesario añadir que estos negativos fueron destruidos después de su muerte.
   ¿Erotismo? Sin duda, pero de la más alta especie, erotismo-amor, erotismo-ternura que compromete toda la vida de un hombre de genio y cristaliza en una obra sublime.

LA MUERTE NUESTRA DE CADA VIDA,Yanitzia Canetti

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YANITZIA CANETTI, La muerte nuestra de cada vida, CBH Books, Lawrence, 2009, 96 páginas.

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CARONTE

   Caronte era un hombre alto y delgado, con un rostro alargado y unos brazos menudos como bambú. Era un hombre que mantenía una seriedad digna de su oficio, casi estoica. Era chofer de carros fúnebres. 
   Respetaba las leyes del tránsito como si en ello le fuera la vida. Y jamás sobrepasó los treinta kilómetros por hora, así estuviese retrasado por las indeseadas roturas de una calle. 
   Llevaba más de cuatro décadas guiando ataúdes hasta su última morada. Y lo hacía con solemnidad, actitud indeleble, casi con gracia. A tal punto, que sus compañeros de trabajo sentían hacia él una bien justificada envidia: era siempre el elegido por los familiares de los difuntos más célebres. Adalberto Radamés Fornaris, Eloísa Zacarías Jota, Augusto Mendoza Gárgara, Rinaldo Valle del Monte y Facunda Palomino Vergara, por mencionar solo algunos de los más conocidos.
   A pesar de que su fama se extendió por los barrios colindantes, y que fue seleccionado en más de nueve ocasiones como el chofer del año, un día ocurrió algo paradójico e injusto, por llamarlo de alguna manera. Caronte fue víctima de su abnegada profesión. En su habitual trayecto hacia el cementerio, fue impactado por un camión que no se percató de la enorme caravana de dolientes compungidos que con ojos lluviosos, agitaban sus pañuelos almidonados por la excesiva secreción nasal. Caronte no sobrevivió al accidente. 
   Uno de los familiares del ser que trasladaban, y que por suerte iba junto al chofer, tomó sin demora el volante del abollado automóvil y —tras observar lo irremediable de los hechos se dirigió al cementerio con los dos cadáveres. 
   Caronte fue llevado a una funeraria donde recibió pocos llantos e hilarantes comentarios, y conducido luego por uno de sus compañeros de trabajo —que más que solemne, parecía somnoliento— hasta su última morada. 


LA TIGRA, Laura Nicastro

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LAURA NICASTRO, La tigra, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2009, 122 páginas.

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SAXO EN LA FRONTERA

   Huyeron en el tren de las cuatro, cuando a la hora de la siesta la locomotora hundió su miriñaque negro de humo en la estación. Ella era menor de edad y él tenía su saxo y su talento.
   Con el tiempo, aprendieron que la mujer de un músico es una sombra quieta a un costado del escenario hasta que llega la hora del descanso compartido. Siempre volvían anhelantes de las funciones. Las manos sabias de él la recorrían minuciosamente: alcanzaban la nota más alta, la más intensa. Era la ternura, la furia, el éxtasis. Por esa época él también compuso una obra, "Desértico".
   Han transcurrido unos años. El presente es otro: cuando él termina de ensayar, después de la siesta, ella guarda el saxo en su estuche. La funda es de seda, ella lo acaricia (le gusta sentir la suavidad de la tela rozando sus yemas), entorna los párpados. Se toman de la mano y parten caminando, en la oscuridad de la noche, hacia el local donde él actuará. Después de la función les dan algunos pesos y un plato de comida. No siempre la salsa está fría, pero se han acostumbrado a no reclamar; es inútil. Regresan despacio. Se acuestan. Ella se queda quieta, esperando. La respiración de él se torna regular como un metrónomo.
   Cierta vez ella quiso revivir la tarde lejana. Se descalzó, cerró los ojos para no ver los hombros caídos y el torso fatigado de su hombre. Empezó a moverse con la cadencia del saxo. Él preguntó qué estaba haciendo. "Nada, querido, nada". Así ella comenzó a pensar en concretar lo que vino después.

   Cambian las geografías. Los rostros del público, a fuerza de ser diferentes, terminan por ser iguales. Noches de humo, de ocasionales aplausos. Días de luz solar excluida del cuarto de pensión. Afuera se oyen pájaros. Ella mira el saxo, lo odia un poco. Con el tiempo, el instrumento le ha robado las caricias que eran suyas.
   Una tarde (cualquiera, ya tan distinta de la primera, la del tren, iniciática) la mujer aprovecha la siesta profunda y sale. Si él pudiera verla cuando regresa, le sorprendería su expresión casi radiante. Es una idea audaz la de ella. Pero sirva para pagar los gastos.
   Y la mujer repite la salida, tiempo después, en un pueblo ahogado por la selva donde la pasión por las riñas de gallos y la ginebra son el único pasatiempo. Esa misma madrugada, al regresar a la habitación de los suburbios a la que ellos llaman "casa" alquilada a la viuda de un guardabarreras, él comenta:
   - Me contaron algo sobre un hotel de lujo, a unos kilómetros. Dan espectáculos, dicen. El mejor es el de una mujer que baila lento. Lo hace con "Desértico" ... ¿te das cuenta?. Con "Desértico". No lo puedo creer.
   Y a la escasa luz del candil (porque en el pueblo el generador se apaga a medianoche), ella comprueba cómo él se ha exaltado. Esa vez el descanso compartido es como al principio: él la dibuja con sus caricias, se enardece, sigue la pequeña muerte final.
   Cambia ligeramente la rutina cotidiana. Él ensaya (o compone de oído) hasta bien entrada la hora de la siesta, comen algo liviano. Se acuestan para descansar. Unas pocas gotas que ha ingerido sin saberlo aseguran el sueño profundo del hombre. Al oscurecer la mujer se desprende de su abrazo y se incorpora sigilosamente. Sale. A su regreso, ella lo despierta, le ayuda a vestirse, acomoda el saxo en su estuche y, juntos, van caminando hasta donde el músico debe cumplir con su contrato de la noche.
   Y en todos los lugares que recorren oyen rumores acerca de esa mujer que baila con la música que él ha compuesto. Pero nadie vio su rostro. El rumor crece y pasa de boca en boca.
   Una noche tardía, cuando regresan y ya en la habitación, él pregunta (curiosidad nomás) cómo será la mujer, la de los hoteles de lujo, la de los cabarets del otro lado de la frontera. Y su rostro vuelve a exaltarse, como iluminado por dentro. Ella empieza a acecharlo. Le oye las ejecuciones más gloriosas cuando esa luz le transforma el semblante. Entonces el saxofonista se pone de pie e inclinando el torso y la cabeza hacia atrás, ofrenda el pequeño concierto a la desconocida que ha mostrado lo oculto al son de su melodía. Respira con la música, su corazón late en cada nota. El hombre se mueve como aquella tarde en que ella, ahora compañera de ruta, lo vio a través de una ventana, el día que le cambió la vida. Ella lo había buscado caminando por una calle de tierra barrida por el tedio y el viento, recuerda, y ni ella ni el rostro por él desconocido ocupaban un espacio en el alma de su hombre. Esa tarde de polvo y agobio en un pueblo cuyo nombre ni siquiera merece un espacio en el mapa, la entonces adolescente se detuvo al oír las notas de bronce que la habían atraído desde lejos, como un cebo. Apoyó la mano en el alambrado, recuerda, cubierto de grandes campanillas azules exangües de calor (hasta eso vuelve: el color intenso, sus finas nervaduras, las corolas tiernas, el centro blanco, los estambres sutiles).
   Ahora ya lo odia un poquito.
   Una vez, al volver de su misteriosa salida, mientras se lava las manos, estudia su propia imagen en el espejo. ¿Cómo será la que él imagina? Con rabia, arroja el dinero dentro de la lata. El metal hace mucho ruido, pero él no despierta con el estrépito. La mujer recuerda (y esto es un hábito reciente) que ha ido aumentando la dosis del somnífero para que él no registre ni su partida ni su regreso. El hombre apenas deja de roncar. Sin embargo, cuando al final de la noche salen del humo de los cigarrillos hacia el fresco de la madrugada que no se apiada ni de sus ojeras ni de su palidez, todo vuelve a ser como antes, pero más pleno. Durante el descanso ella lo abraza con fuerza, le besa la frente, los labios endurecidos por la boquilla del saxo, el cuello, murmura palabras que nunca ha pronunciado antes. No quiere perderlo y ya lo ha perdido. Él se deja adorar.
   Con el tiempo, la mujer ha aprendido a abrir y cerrar sin estrépito las puertas de todas las pensiones. También ha aprendido a grabar sigilosamente cada melodía que él compone. En cada lugar de trabajo (cambia, según cambian los pueblos que visitan), ella coloca en el pasacintas la composición que ha elegido. Los ruidos de la sala se aplacan, calla el tintineo de los cubiertos, las conversaciones, los cubos de hielo detienen la danza circular dentro de los vasos. La mujer se tapa el rostro con el antifaz de lentejuelas (le cubre las ojeras, las arrugas que comienzan a insinuarse) y sale a escena. Evoca el momento primero y el impulso irrefrenable de aquella tarde, y la juventud, y las ilusiones. Todo por venir. Igual que en aquel entonces, se mueve para él aunque no la vea. Se imagina a su ídolo observándola por esa ventana y que ella vuelve a bailar sobre la calle de tierra como lo hace ahora, aun cuando él no haya podido verle el rostro. No oye los gritos soeces, ignora las miradas lascivas. Cuando termina la música, huye del escenario sin saludar, se arranca el antifaz, cobra el dinero ganado. Regresa rápidamente a la pensión.
   Hoy ha descubierto que su ídolo demuestra su exaltación hasta en sueños. Lo mataría. En cambio, lo despierta con una caricia. (No quiere perderlo y ya lo ha perdido.) Le ayuda a vestirse. Salen.
   Como siempre, ella toma el saxo para que él pueda manejar el bastón blanco con la mano libre.

511 CÁPSULAS CONTRA EL OLVIDO, Antonio Calderón Reina

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ANTONIO CALDERÓN REINA, 511 cápsulas contra el olvido, La Carbonería, Sevilla, 2009, 120 páginas.
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En una nota el autor confiesa que, a partir de la lectura de Perec, su pretensión es "cultivar la abstracción sintética." En el Prólogo (pp. 13-15) Joan Casas no exagera al decir de este libro que es "imprescindible como el pan".
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Me acuerdo de que los habitantes del pueblo que inundó el pantano, como buzos sonámbulos, cada noche paseaban por sus calles sumergidas.

Me acuerdo de que la mala fama de la mujer que dispensaba cariño sin receta, creció como la espuma de un detergente neurótico.

Me acuerdo del sueño que dejé aparcado y que se llevó la grúa.

Me acuerdo de que aquella señora analfabeta leía a la perfección las ropas tendidas del vecindario.

Me acuerdo de que cuando la alegría estuvo en paradero desconocido, echábamos mano de sucedáneos.

Me acuerdo de que al Tarzan de la taberna lo abandonó la mona chita y se casó con el Anís del Mono.





LA NOTA ROTA, Francisco Javier Irazoki

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FRANCISCO JAVIER IRAZOKI, La nota rota, Hiperión, Madrid, 2009, 224 páginas.

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El poeta (y crítico musical) recoge en este volumen subtitulado París, 2003-2007 semblanzas de "músicos innovadores": de Chet Baker a Pertin pasando por Charlie Parker o Gesualdo.
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NICO

   En realidad se llamaba Christa Päffgen (Colonia, 1938 — Ibiza, 1988). Su padre, soldado del Reich, padecía alucina­ciones y terminó en un campo de concen­tración. Su madre era costurera. Cuentan que la chica, de belleza deslumbrante, fue violada por un sargento del ejército norte­americano.
   A los diecisiete años es la maniquí mejor pagada de su ciudad, se pasea por París de la mano de Coco Chanel, desfila en Nueva York y gana sumas turbadoras de dinero. Ya se ha convertido en Nico cuando merodea por los círculos de la vanguardia artística parisiense, hace amistad con Salvador Dalí y llama la atención de Federico Fellini, que le ofrece un papel en su película La dolce vita. Siempre dispues­ta a emprender nuevas aventuras, va a ins­talarse en Londres, donde inicia con Brian Jones (el guitarrista de Rolling Stones que aparece ahogado en la piscina) una larga serie de amores difíciles. A poco de publicar su primer disco, I’m not saying, conoce a Andy Warhol.
   Ahora se hospeda en el célebre Chelsea Hotel de Nueva York. Nico sale de las clases del Actor’s Studio, que le parecen soporíferas, pasa por un cabaré y entra en el enjambre de la Factory de Warhol. En esa bohemia se disuelven los últimos res­tos del catolicismo estricto de su infancia. Los tiempos están cambiando, le dice un novio llamado Bob Dylan, y ella se sube a la ola más moderna del cine; actúa en el filme Chelsea girl de Paul Morrissey. Pero la ocasión musical le llega en 1966, pues Andy Warhol la convierte en vocalista de Velvet Underground, un grupo creado por Lou Reed y John Cale (éste alumno de Iannis Xenakis y John Cage). Entre sus compañeros ataviados de negro y algo atur­didos por las imágenes y luces psicodélicas que Warhol proyecta sobre el escenario.
   Nico interpreta unas canciones emparenta­das con los mundos de Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire. Su voz poderosa y grave impresiona tanto como la poesía inquietante de Lou Reed. En 1967 se edita un álbum en cuya portada vemos el famo­so plátano pintado por el gurú Warhol.
   Tras abandonar Velvet Underground, Nico publica dos discos irregulares, Chelsea girl (título recurrente) y The marble index. En el segundo intuimos la presencia inspiradora del nuevo amante, Jim Morrison, a quien define como "el hombre más enigmático y solitario que he conoci­do". Con una base de armonio y el apoyo técnico de John Cale, la alemana logra varios fragmentos sugerentes. Regresa a París después de recibir una amenaza de las Panteras Negras. Aquí ha tenido un hijo con Alain Delon y, según testimonios reco­gidos en el documental de Susanne Ofteringer, el actor se desentiende de las responsabilidades paternas. A la cantante le queda el consuelo de una obra fechada en 1971, Desertshore, que es la preferida de sus seguidores, y el amor del cineasta y poeta Philippe Garrel, con quien rueda La cicatrice intérieure. Se revela como autora estimable, pero el consumo de heroína le arruina la salud. Los álbumes se resienten de esta deriva, aunque haya piezas de inte­rés. En Camera obscura, por ejemplo, encontramos una joya aislada: My funny Valentine. Y mi disco favorito es The end, donde Brian Eno y John Cale rivalizan en aciertos. Nico borda su versión del himno de The Doors. Añade tal fuerza que en las comparaciones el original de su querido Jim Morrison se encoge como una inocente nana. Si queréis algunos instantes de música estremecedora, elegid la exhibición de una mujer a la que injustamente han tildado de glacial.
   El 18 de julio de 1988 Nico circula en bicicleta por las cercanías de su granja de Ibiza. Va vestida con los abalorios del nihi­lismo cuando cae fulminada por un ataque cerebral.

GOTAS DE TINTA Y PALABREOS, Virginia Vidal

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VIRGINIA VIDAL, Gotas de tinta y palabreos. Parvos relatos, RIL Editores, Santiago de Chile, 2009, 134 páginas.

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DOBLE VÍNCULO
A Eduardo Llanos 
   
Borges en Sumatra hizo la pregunta a los aprendices de brujos y luego los lanzó por inextricables senderos bifurcados en laberintos cubiertos de espejos para ser arrastrados hacia un vertiginoso remolino de gatos. 

A LA SOMBRA DEL CUENTO, Charo Pita

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CHARO PITA, A la sombra del cuento, Palabras del candil, Guadalajara, 2009 (2007), 132 páginas.
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LA HERMANITA
a Gloria

   Cuando Miguel tenía cuatro años sus padrea le dijeron:
   —Vas a tener una hermanita. Viene de la China.
   Aquella noche, Miguel no pegó ojo. A la mañana siguiente decidió resolver dudas.
   —Y yo ¿de dónde vine?
   El padre y la madre se miraron entre sí sin comprender.
   —De ninguna parte.
   —¿Siempre he estado con vosotros?
   —No.
   —Bueno, pues entonces, ¿dónde vivía antes de estar con vosotros?
   —En ninguna parte, Miguel.
   A Miguel le costó mucho querer a aquella hermanita que venía de la China.
   No eran celos. Nunca le dolieron los regalos o las caricias que le hacían o que por la calle todo el mundo la señalara con el dedo:
   —Mira, una niña china, ¡qué mona!
   Eso no importaba. Lo que realmente le resultaba insufrible era el hecho de que ella había llegado a aquella casa con la geografía bien clara, mientras que a él no le quedaba más remedio que vivir atormentado, hurgando en los mapas del universo para intentar precisar el lugar exacto donde se encontraba ese misterioso país llamado Ninguna Parte.

70 EPIFANÍAS, Klaus Rifbjerg

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KLAUS RIFBJERG, 70 epifanías, Bassarai, Vitoria, 2009, 94 páginas.

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En el camino de estos poemas en prosa de Rifbjerg encontará el lectos las ilustraciones de Arne Haugen Sørensen.
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LA HABITACIÓN VACÍA

   Cuando ella sale de la habitación, ésta no se queda vacía. Queda algo. Puede ser p. ej. su olor, ahí hay algo concreto a lo que atenerse. ¡Todo el mundo sabe que tanto las habitaciones como las casas adquieren el olor de quienes las habitan! Es algo que puede comprobarse: cuando ella sale de la habitación ¡queda algo de su olor! Pero hay algo más que es mucho más difícil de definir. Tal vez se deba a que no la conoces tan bien ni sabes lo que hace cuando está en la habitación. Porque no hay la menor posibilidad de comprobarlo, sería algo absurdo y una intromisión. De vez en cuando sí que llegan sonidos de la estancia, algunos de ellos son reconocibles, p. ej, pasos. El resto es mucho más difícil de descifrar y naturalmente también debería ser algo accesorio cuando se trata de comprobar qué es lo que queda cuando ella no está ya en la habitación, si es que es tan importante. Tal vez sea un sonido, un eco. Tal vez los movimientos que ella ha hecho generen una especie de vibraciones que emiten sonidos, además parece científicamente probable. Pero, ¿tienen la suficiente intensidad para sobrevivir al hecho de que ella ya no está en la habitación, que sencillameme se ha marchado, ha cogido su bici y se ha alejado pedaleando para llegar al trabajo con el resto de los que pedalean en sus bicis para ir al trabajo? Eso que se dice tan poéticamente de que «el silencio suena» ¿podría aguantar el ruido y el zumbido y el gruñido y el refunfuño y el tintineo y el silbido demencial que producen los autos y las bicis y los tranvías y las voces de todos los de ahí fuera que se abren camino pedaleando con ella? No parece verosímil. Pero entonces qué coño es ese ruido que sale de su habitación cuando ella se ha ido, debe de haber algo, algo que haya dejado, algo debe de ocurrir. Pero ella tiene la llave, y pensándolo bien, no hay más que su olor. Un olor indescriptible, pero inconfundiblemente suyo. Es un hecho, un hecho ruidoso, si se me permite decirlo así, un sonido.


ESTARES, Manuel Díez Orzas

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MANUEL DÍEZ ORZAS, Estares (colección de haikus), Lulu, 2009, 126 páginas.

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Caídas entre el barro,
hay castañas grandes
y otras pequeñas.

MI PRIMER GRAN LIBRO DE LA SABIDURÍA, Michel Piquemal

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MICHEL PIQUEMAL, Mi primer gran libro de la sabiduría, Oniro, Barcelona, 2009, 128 páginas.

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En el Prólogo (pp. 3-4) Piquemal justifica su antología: "Todo coleccionista reúne pacientemente lo que él considera riquezas". Las ilustraciones, que aproximan este libro a un lector infantil, las aporta Liora Grossman.
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Basta la ausencia de una sola persona para que el mundo te parezca deshabitado. 
Alphonse de Lamartine
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Dios es el único ser que para reinar no necesita siquiera existir.
Charles Baudelaire
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Me gusta el hombre que sueña lo imposible.
Goethe
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Ser feliz al incrementar la felicidad de los otros. Necesito la felicidad de todos para ser feliz.
André Gide. 
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El futuro del hombre es la mujer.
Louis Aragon

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ANNA GASOL & TERESA BLANCH, Cuentos japoneses, Edebé, Barcelona, 2009, 152 páginas.

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Anna Gasol y Teresa Blanch ofrecen sus versiones de estos cuentos japoneses ilustrados por Juan M. Moreno.
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EL REYEZUELO ES EL REY DE LOS PÁJAROS

   Hace mucho, muchísimo tiempo, una noche los pájaros de la montaña se reunieron para charlar.
   —¿Quién pensáis que podría ser el rey de todos los pájaros? —pregunto el pájaro carpintero.
   —¿El rey de los pájaros? —repuso el cuervo—. Pues supongo que debería ser el halcón.
   —Seguramente —afirmo el gorrión—. El halcón es el más fuerte.
   —Y el que puede volar más rápido —aseguró el milano real—. Además, cuando caz, no se le escapa ni una presa.
   —Sin duda, el halcón debería ser el rey de los pájaros —afirmaron todos.
   —No me hagáis reír —gritó de golpe el reyezuelo, el más pequeño de los pájaros? —y añadió para meter cizaña—: El rey de los pájaros soy yo.
   Los demás se miraron unos a otros y después miraron al halcón.
   —Ten cuidado, reyezuelo —advirtió el búho—, ¡y deja de decir tonterías!
   —Sólo estoy diciendo la verdad —se empeñó el pajarillo—. Soy el número uno.
   Como no había manera de hacerle entrar en razón, el halcón propuso por fin:
   —¡Ya basta! ¿Por qué no lo comprobamos? El rey de los pájaros debe ser capaz de vencer a cualquier animal de esta montaña. ¿Estás de acuerdo?
   —Sí —se envalentonó el reyezuelo—. Yo puedo hacerlo.
   —Quien venza al jabalí será el rey.
   —Yo lo venceré —dijo el pequeño pájaro.
   —Muy bien —asintió el halcón—. Nos encontraremos mañana a la salida del sol.
   El reyezuelo se fue a dormir convencido de que era el mejor de los pájaros. Sin embargo, por la mañana, cuando despertó, le entró miedo y voló hasta el nido del halcón para pedirle disculpas y evitar enfrentarse al jabalí. Pero el halcón no quiso oír hablar del asunto.
   —Lo siento, reyezuelo, pero cuando alguien adquiere un compromiso, tiene que ser responsable. Ahora ya no puedes echarte atrás. Han venido todos los pájaros de la montaña para comprobar quién merece ser el rey. ¡Mira, ahí viene un jabalí! ¡Ve a por él!
   El reyezuelo pensó que aquello sería lo último que haría en su vida, cerró los ojos y voló directo hacia el jabalí. Volaba tan veloz que, sin darse cuenta, se introdujo en el interior de la oreja del animal.
   El jabalí, al sentir que algo revoloteaba dentro de su oreja, lanzó un gruñido y empezó a correr en círculos, moviendo la cabeza a un lado y a otro y dando fuertes patadas a todo lo que encontraba a su paso. Finalmente, enloquecido, se tiró contra un árbol y cayó inconsciente al suelo.
   Cuando el halcón y el resto de los pájaros volaron hacia allí para ver si el reyezuelo había sobrevivido, se sorprendieron al verlo vivito y coleando sobre el desmayado jabalí.
   —Te toca a ti, halcón —dijo hinchando las plumas lleno de orgullo.
   —Si tú puedes vencer a un jabalí —gritó enojado el halcón—, yo venceré a un par.
   El halcón voló en círculos y divisó a dos jabalís que corrían uno junto al otro por la maleza.
   —¡Sólo yo puedo ser el rey de los pájaros! —exclamó mientras aterrizaba en sus lomos clavando una garra en el cogote de cada uno de ellos.
   Por desgracia, los jabalís escogieron ese momento para separarse. Uno corrió hacía la derecha, y el otro, hacía la izquierda, por lo que el pobre halcón quedó partido en dos mitades.
   Los pájaros no daban crédito a sus ojos y se quedaron mudos durante mucho rato, hasta que uno tras otro empezaron a vitorear:
   —¡El reyezuelo es el rey de los pájaros! ¡Viva el reyezuelo, el rey de los pájaros!
    Y así sigue siendo desde entonces.



EL PEQUEÑO GRAN LIBRO DE LA IGNORACIA (ANIMAL), John Lloyd & John Mitchinson

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JOHN LLOYD & JOHN MITCHINSON, El pequeño gran libro de la ignorancia (animal), Paidós, Barcelona, 2009, 224 páginas. 

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Los autores en la Introducción (pp. 15-16) anuncian divertidos "un moderno bestiario basado en datos zoológicos". 
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ORNITORRINCO [Nutria eléctrica]

   Cuando George Shaw realizó la primera descripción escrita del ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus), en 1799, revisó cuidadosamente el espécimen que le habían enviado desde Australia porque pensaba que debía de tener costuras. Muchos de sus colegas naturalistas continuaron creyendo que era un engaño: un pico de pato cosido al cuerpo de un pequeño castor. Tuvieron que pasar 30 años para que se aceptase que se trataba de un mamífero (la falta de pezones dificultó la localización de las glándulas mamarias bajo el pelo del estómago). No obstante, el verdadero bombazo no llegó hasta 1884. Un embriólogo escocés llamado W. H. Caldwell descubrió un nido de ornitorrinco y reveló la sorprendente noticia de que se trataba de un mamífero que ponía huevos (los aborígenes llevaban años diciendo lo mismo, pero nadie les había escuchado). Desde entonces, el ornitorrinco se ridiculiza como una pequeña broma de la evolución.
   Una visión popular del siglo XIX (y que todavía se mantiene en determinados círculos) describe al ornitorrinco como un prototipo «sin acabar» del mamífero. Es cierto que junto con las cuatro especies de equidnas que ponen huevos forma parte del orden de los monotremos («con un solo agujero»), el grupo más antiguo de mamíferos que se conserva. Sin embargo, menospreciarlo como un «paso intermedio» primitivo entre los reptiles y los mamíferos tiene tan poco sentido como llamar «más primitivo» a un carpintero que hace muebles de madera con sus propias manos que a alguien que instala unas estanterías de Ikea. El ornitorrinco es un ejemplo perfecto de criatura que, en situación de aislamiento, se ha adaptado a explotar un hábitat rico. Piense en la nutria de Australia, una carnívora oportunista que devora cangrejos de río, gambas, peces y renacuajos sin apenas competencia. El ornitorrinco conserva algunas características «de reptil», como el desove y la forma de caminar parecida a la de un lagarto, porque no se vio sometido a presión para cambiarlas. No obstante, también ha evolucionado a otras adaptaciones de una sofisticación espectacular. La más ingeniosa es la del «pico de pato». El ornitorrinco es una criatura nocturna que come de noche y dormita en su madriguera o «se acopla» bajo una roca o la raíz de un árbol durante el día. Cazar por la noche bajo el agua supone todo un reto, ya que el olfato y la vista resultan inútiles. La solución del ornitorrinco (única entre los mamíferos) consiste en tomar prestado un truco de los peces y convertir su «nariz» en un sensor eléctrico. La nariz está cubierta de 40.000 sensores que pueden captar los campos eléctricos más diminutos generados por los impulsos musculares de la presa. Además, también cuenta con 60.000 sensores de movimiento que le permiten actuar como ojos y como manos, combinando información mecánica y eléctrica para crear una imagen precisa de su oscuro mundo subacuático. También cuenta con su propio sistema de propulsión de doble uso. Como en el caso de los castores, la cola se emplea para almacenar grasa, pero cuando el ornitorrinco nada le sirve como timón, no para impulsarse. Toda la fuerza procede de las grandes extremidades delanteras palmeadas. Por tierra, esas aletas de piel se recogen con el fin de poder utilizar las zarpas para excavar. Aunque en el agua es tan rápido como una nutria, el ornitorrinco rivaliza con el topo por sus dotes de excavador de túneles, razón por la que los primeros colonos le dieron el nombre de «topo de agua». ¿Pato, topo, nutria? Tal vez la marca de una criatura realmente original sea que sólo se puede describir con términos prestados de otros animales.

CUENTOS MÍNIMOS, María José Barrios

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MARÍA JOSÉ BARRIOS, Cuentos mínimos, Área de Cultura del Ayuntamiento de Málaga, Málaga, 2009, 96 páginas.

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LA TRAMPA

   Es un libro de esos con figuritas que al abrirlo se levantan y se mueven. Dentro apareces tú regalando por fin un ramo de flores a la chica que tanto te gusta, grapando a la mesa la corbata a rayas que lleva puesta tu jefe, y preparando un cocktail en la terraza de alguna playa tropical. Es fácil, te susurra una misteriosa voz al oído. Basta con que empujes esas solapitas de aquí y de allí y todo esto se convertirá en realidad. Y tú te dejas llevar sin pensarlo dos veces, y cuando te cansas de ser feliz en ese mundo de cartón, cierras el libro, pero a tu alrededor todo ha cambiado, y sólo hay flores que suben y bajan, animales que asoman la cabeza desde detrás, y una fuente de la que sale un chorro de agua de papel que nunca, nunca, te quita la sed.

SIGNOS BAJO LA PIEL, Pía Barros

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PÍA BARROS, Signos bajo la piel, Asterión, Santiago de Chile, 2009, 142 páginas.

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ESTADO DE PERVERSIÓN

   Tienen algo de perverso los walkman, puedes ir por la calle conociendo a Bach y sonreír; o puedes ir por la calle escuchando un instructivo para las bazookas domésticas y sonreír; o puedes ir por la calle escuchando un audio/porno y sonreír, en resumen, sonreír porque los otros no escuchan lo que tú oyes y eres poderoso y privado. Lo que no sabes es que ellos tienen uno más moderno que el tuyo y te sintonizan porque sonríes demasiado en una ciudad en la que no hay nada por qué sonreír.
   Por eso no entiendes cuando los dos hombres te toman por los brazos y te llevan al callejón y te disparan, no es que fuesen moralistas o no entendieran a Bach. No es por eso, precisamente, sino porque tienen algo de perverso los walkman. 

DICCIONARIO AL DESNUDO, NO ILUSTRADO, Agustín Monsreal

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AGUSTÍN MONSREAL,  Diccionario al desnudo, no ilustrado, Laberinto Ediciones, México D.F., 2009, 308 páginas.

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Arcoíris. Cinta que el cielo se pone en la cabeza los días que le toca lavarse el pelo. 
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Ayer. Medida de tiempo que se alarga con los años, a diferencia del mañana, que es cada día más corto. En la memoria, todo lo bueno de la vida se queda en el ayer; en la imaginación, todo lo mejor de la eternidad nos espera en el mañana. El presente, por su parte, es el puente entre el pasado y el porvenir, la siempre edad de la añoranza.
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Desengaño (AMOROSO). Puñetazo en un ojo del corazón. 
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Harem. Error multiplicado a lo bestia. 
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Internet. Método de entretenimiento que nos permite navegar en el Vacío para ir al encuentro de la Nada.
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Olvido. Lo que ocurre con algo o alguien que ya no está en ningún lado. Dios, por ejemplo.
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Reloj. Calabozo en el que encerramos al tiempo para quitarle de la cabeza esa su locura de eternidad.

MITOS, LEYENDAS Y CUENTOS PERUANOS, José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos

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JOSÉ MARÍA ARGUEDAS & FRANCISCO IZQUIERDO, Mitos, leyendas y cuentos peruanos, Siruela, Madrid, 2009, 166 páginas.

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En Algunas consideraciones acerca del contenido y la finalidad de este libro (pp. 17-24) explica uno de los editores, José María Arguedas, cómo este proyecto de recuperación de la literatura oral, publicado en 1947, utilizó la red de escuelas peruanas; por ello, el agradecimiento a todos los maestros. Sybila Arredondo de Arguedas recuerda, en su nota a la presente edición, que los cuentos y las leyendas transmiten la imagen total de un pueblo.
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EL PUMA Y EL ZORRO

(San Martín)

   Una mañana encontrábase un venado en la espesura del bosque be­biendo agua fresca de un manantial. Un puma, que en ese momento cami­naba por aquel sitio, vio al inocente animal, midió con la vista la distancia que le separaba y dio un salto sobre su víctima, devorándolo en seguida.
   La parte que sobró del banquete la escondió entre ramas y hojas se­cas, continuando, luego, satisfecho su paseo.
   Un zorro contemplaba desde lo alto de un árbol esa escena. Sin más demora bajó del árbol, descubrió el «tapado» y comió la carne. Con el estómago repleto el zorro prosiguió su camino.
   Al caer la tarde, cuando el sol daba ya sus últimos reflejos, regresó el puma por el resto y no encontró nada; entonces, lleno de ira, corrió por el bosque lanzando terribles bramidos. Caminando y caminando encontró al zorro que estaba durmiendo bajo un árbol; el puma tomó un manojo de pajas y, burlonamente, le pasó por la boca; sintiendo el cos­quilleo el zorro, semidormido, decía: «Quítense, quítense moscas, que recién acabo de arrebatar su presa al puma».
   El puma, sin esperar más, se lanzó sobre el zorro semidormido y lo devoró.

HOJAS, Raúl Vacas

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RAÚL VACAS, Hojas, Ediciones De Vacas y Castaño, Salamanca, 2009, 44 páginas.

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Raúl Vacas consigue, con su ingenio y elegancia habituales, hacer gravitar estos 34 haikus alrededor de las acepciones de la palabra hoja.
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marcas de típex
en la hoja de servicios 
del catedrático

ARGUMENTOS EN BUSCA DE AUTOR, Bruno Mesa

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BRUNO MESA, Argumentos en busca de autor, La Caja Literaria, Santa Cruz de Tenerife, 2009, 220 páginas.

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El poema ideal es aquel cuyo lector no es el mismo antes y después de su lectura. Esa página ideal debe ofrecernos una forma de ver el mundo, pero debe ser también un lugar bello en sí, un recinto donde la verdad y la belleza se entiendan.
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Por regla general el pacifista quiere la paz, pero antes que a la paz se quiere a sí mismo, y en esto no se diferencia mucho del resto de los mortales. Ama la paz, pero ama más tener razón.
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Un artista es alguien que no te escucha a menos que hables de él.
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El periodismo está hecho en buena parte de rumores, mientras que la historia está levantada sobre rumores y opiniones muy documentados sobre rumores. La única diferencia es que pasadas las décadas y los siglos a esos rumores que predica la historia se les llama hechos demostrados.
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Me encanta cuando me hablas de amor, porque enseguida me entra sueño.
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La crítica de arte en nuestros días parece consistir en ofrecer respuestas sesudas a preguntas delirantes.
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Un amigo intenta convencerme de que veo la vida como algo cómico. Le respondo que está equivocado, que es lo contrario, que soy un hombre trágico, y por tanto, desesperadamente irónico.
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En las letras, en el doble fondo de su maleta, envuelto en el rectángulo de terciopelo negro, hay escondido un río de magia que pasa inadvertido por nuestros oídos, indiferentes a ese milagro.
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La palabra convalecencia es un ejemplo de precisión, porque ese largo batallón de letras con cara de enfermera induce a pensar que será larga, triste y dura.
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Ayer creía en Dios, estoy seguro, lo que no recuerdo es dónde estuve bebiendo.