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OBABAKOAK, Bernardo Atxaga

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BERNARDO ATXAGA, Obabakoak, Alfaguara, Madrid, 2007, 384 páginas.

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PARA ESCRIBIR UN CUENTO EN CINCO MINUTOS

   Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga —además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente— un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted: una canción, por ejemplo, rusa. Una vez hecho esto, gire hacia dentro, muérdase la cola, mire con su telescopio particular hacia donde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de angustia. En caso de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo, siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemple el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto. No se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, a pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua —si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello— y antes de volver a sentarse ante la mesa eche una meada suave (en el retrete, se entiende, porque mearse en el pasillo no es, en principio, un atributo de lo literario).
   Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones, y ahí sigue también —en la estantería que está a su izquierda— el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces —y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel— esta frase: Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga.
   Ya tiene el comienzo, que no es poco, y apenas si han transcurrido dos minutos desde que se puso a trabajar. Y no sólo tiene la primera frase; tiene también, en ese grueso diccionario que sostiene con su mano izquierda, todo lo que le hace falta. Dentro de ese libro está todo, absolutamente todo; el poder de esas palabras, créame, es infinito.
   Déjese llevar por el instinto, e imagine que usted, precisamente usted, es el Golem, un hombre o mujer hecho de letras, o mejor dicho, construido por signos. Que esas letras que le componen salgan al encuentro -como los cartuchos de dinamita que explotan por simpatía- de sus hermanas, esas hermanas dormilonas que descansan en el diccionario.
   Ha pasado ya algún tiempo, pero una ojeada al reloj le demuestra que ni siquiera ha transcurrido aún la mitad del que tiene a su disposición.
   Y de pronto, como si fuera una estrella errante, la primera hermana se despierta y viene donde usted, entra dentro de su cabeza y se tumba, humildemente, en su cerebro. Debe transcribir inmediatamente esa palabra, y transcribirla en mayúsculas, pues ha crecido durante el viaje. Es una palabra corta, ágil y veloz; es la palabra RED.
   Y es esa palabra la que pone en guardia a todas las demás, y un rumor, como el que se escucharía al abrir las puertas de una clase de dibujo, se apodera de toda la habitación. Al poco rato, otra palabra surge en su mano derecha; ay, amigo, se ha convertido usted en un prestidigitador involuntario. La segunda palabra desciende de la pluma deslizándose a dos manos para luego saltar a la plumilla y hacerse con la tinta un garabato. Este garabato dice: MANOS.
   Como si abriera un sobre sorpresa; tira de la punta de ese hilo (perdóneme el tuteo, al fin y al cabo somos compañeros de viaje), tira de la punta de ese hilo, decía, como si abrieras un sobre sorpresa. Saluda a ese nuevo paisaje, a esa nueva frase que viene empaquetada en un paréntesis: (Sí, me cubrí el rostro con esta tupida red el día en que se me quemaron las manos).
   Ahora mismo se han cumplido los tres minutos. Pero he aquí que no has hecho sino escribir lo anterior cuando ya te vienen muchas oraciones más, muchísimas más, como mariposas nocturnas atraídas por una lámpara de gas. Tienes que elegir, es doloroso, pero tienes que elegir. Así pues, piénsalo bien y abre el nuevo paréntesis: (La gente sentía piedad por mí. Sentía piedad, sobre todo, porque pensaba que también mi cara había resultado quemada; y yo estaba segura de que el secreto me hacía superior a todos ellos, de que así burlaba su morbosidad).
   Todavía te quedan dos minutos. Ya no necesitas el diccionario, no te entretengas con él. Atiende sólo a tu fisión, a tu contagiosa enfermedad verbal que crece y crece sin parar. Por favor, no te demores en transcribir la tercera oración: (Saben que yo era una mujer hermosa y que doce hombres me enviaban flores cada día).
   Transcribe también la cuarta, que viene pisando los talones a la anterior, y que dice: (Uno de esos hombres se quemó la cara pensando que así ambos estaríamos en las mismas condiciones, en idéntica y dolorosa situación. Me escribió una carta diciéndome, ahora somos iguales, toma mi actitud como una prueba de amor).
   Y el último minuto comienza a vaciarse cuando tú vas ya por la penúltima frase: (Lloré amargamente durante muchas noches. Lloré por mi orgullo y por la humildad de mi amante; pensé que, en justa correspondencia yo debía hacer lo mismo que él: quemarme la cara).
   Tienes que escribir la última nota en menos de cuarenta segundos, el tiempo se acaba: (Si dejé de hacerlo no fue por el sufrimiento físico ni por ningún otro temor, sino porque comprendí que una relación amorosa que empezara con esa fuerza habría de tener, necesariamente, una continuación mucho más prosaica. Por otro lado, no podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel. Por eso he ido esta noche a su casa. También él se cubría con un velo. Le he ofrecido mis pechos y nos hemos amado en silencio; era feliz cuando le clavé este cuchillo en el corazón. Y ahora solo me queda llorar por mi mala suerte).
   Y cierra el paréntesis —dando así por terminado el cuento— en el mismo instante en que el último grano de arena cae en el reloj.

MIS VENENOS, Charles-Augustin Sainte-Beuve

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CHARLES-AUGUSTIN SAINTE-BEUVE, Mis venenos, Artemisa, Tenerife, 2007, 334 páginas.

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En el Prólogo (pp. 9-16) Juan Malpartida recuerda al lector que estos apuntes «no deberían ser leídos como su verdadero pensamiento sino como la confesión de sus reacciones inmediatas, como desahogos» que conformarían la bitácora personal de Sainte-Beuve.
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Desde hace ya tiempo se acabaron para mí el amor y las mujeres: no hay que prolongar por vanidad las pasiones y los gustos de una edad en otra.
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Todo es árido, todo está desnudo. He llegado al otro lado de la montaña, al extremo y más allá de todos mis deseos.
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El amor empieza con la admiración y sobrevive difícilmente  a la estima, o al menos no sobrevive más que prolongándose mediante convulsiones.
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Hace tiempo que lo pienso. En las críticas que hacemos, más que juzgar a los demás nos juzgamos a nosotros mismos.
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En la juventud, todo nos resulta muy nuevo, y creemos ser algo novedoso para los demás.
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El orgullo de la vida embriaga fácilmente a la juventud. Cada generación a su vez está en lo alto del árbol, ve todo el país abajo y sólo tiene el cielo arriba. Se cree la primera, y lo es a su hora, durante un momento.
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Los que tienen para cuaquier tema, y gracias a la elocuencia, una gran carretera siempre despejada, se creen exentos de investigar la región.
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¿Qué es la verdad? —Somos pequeñas barcas que reman sobre un mar sin fin. Señalamos algún reflejo de luz en la ola que rompe, y decimos: Es la verdad.

CON ABRAZOS, Ana María Monty de Kiorcheff

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ANA MARÍA MOPTY DE KIORCHEFF, Con abrazos (microrrelatos), Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, 2007, 80 páginas.

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DESCUBRIMIENTO

   Cuando a Colón se le ocurrió la demostración a través del huevo, no solo pensó en su tesis. Concluyó también que contenía yema, clara, nubes, alas, sol.

PLACERES COTIDIANOS, Ildiko Nassr

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ILDIKO NASSR, Placeres cotidianos, Editorial Perro Pila, San Salvador de Jujuy, 2007.

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EL LLANTO

   Mi mamá lloraba a la orilla de la cama mientras yo tenía que conjurar el sueño y dormir. No sabía, entonces, las palabras de consuelo y ella dejaba que las lágrimas le cayeran por la cara y le mojaran las piernas.
   Ella permanecía mansa ante lo salvaje del llanto. Y yo oscilaba entre la vigilia y la pena.
   Así crecimos.

SIN CONTAR, W.G. Sebald & Jan Peter Tripp

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W.G. SEBALD, Sin contar, Nórdica, Madrid, 2007, 90 páginas.

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Subtitulado 33 textos y 33 grabados contiene además de las obras de Jan Peter Tripp un poema de Hans Magnus Ensensberger. En El paso a través de la oscuridad (pp. 74-83) Andrea Köhler dice de estos textos: «No son aforismos ni poemas sino más bien imágenes del pensamiento y relámpagos de recuerdos, momentos que iluminan las lindes de la percepción.»
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Hierba

azul
vista
a través de una fina
capa 
de agua
helada

animaLhito, Luis Eduardo Aute

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LUIS EDUARDO AUTE, aninaLhito, Siruela, Madrid, 2007, 190 páginas.

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En Para ver y leer a Luis Eduardo (pp. 11-17) Alfonso López Gradolí señala que "aninaLhito es un auténtico logro en el dominio de la expresividad poética y necesaria, sin grandilocuencia". Subtitulado aninaLcuatro (poemigas, dibujos y canciones, 2005-2006) contiene un CD con treinta canciones y dibujos del autor.  
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RE-QUIÉREME

Detrás de un "te quiero"
casi siempre se oculta
un desolado y desesperado
"quiero que me quieras".

JAURÍA, Fernando Sánchez Clelo

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FERNANDO SÁNCHEZ CLELO, Jauría, Universidad Veracruzana, Veracruz, 2007.

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ESTAMPA MEXICANA

   El telón sube. En el escenario, los revolucionarios y los federales se despedazan bravos. Tras bambalinas, sus sendos caudillos los dirigen a ofrendar la vida por la justicia social legada a su descendencia que, fervorosa, aplaude desde las butacas. Los recordarán con himnos y ceremonias: sangre heroica que nutrió a la nación.
   En la taquilla del teatro, alguien cuenta y apila sus ganancias. Silencioso.

CON PULSERAS EN LOS TOBILLOS, Gabriela Aguilera

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GABRIELA AGUILERA, Con pulseras en los tobillos, Asterión, Chile, 2007, 56 páginas.

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DETRÁS DEL POSTER DE LOS CABALLOS

  Un hombre entra solo al motel. Trabaja en una notaría del centro. Va dos veces a la semana, a la misma hora. Por orden de la dueña, siempre se le asigna la pieza once, la del poster de los caballos. Las camareras le llaman Chespirito porque piensan que es igual al personaje de la televisión.
  Una pareja hace el amor en la pieza diez. Son clientes habituales y amantes de fin de jornada laboral. Ella murmura las palabras que sabe que a él le gusta oír. Se deja caer en su pecho, sintiéndose incómoda, sin saber por qué.
  En la pieza vecina, el póster de los caballos se endereza cubriendo el agujero de la pared y un ojo parpadea mientras Chespirito se sienta en la cama y eyacula en chorros pausados sobre sus manos abiertas.                   

APRENDIENDO A VIVIR Y OTRAS CRÓNICAS, Clarice Lispector

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CLARICE LISPECTOR, Aprendiendo a vivir y otras crónicas, Siruela, Madrid, 2007, 240 páginas.

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Elena Losada, traductora, señala en la Nota Previa que estas crónicas fueron publicadas en el Jornal de Brasil entre septiembre de 1967 y diciembre de 1973. 
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EL NACIMIENTO DEL PLACER

(Fragmento)

   El placer, cuando nace, duele tanto en el pecho que pre­ferimos sentir el habitual dolor al insólito placer. La alegría verdadera no tiene explicación posible, no tiene la posibilidad de ser comprendida y se parece al inicio de una pérdi­da irrecuperable. Esa fusión total es insoportablemente buena, como si la muerte fuese nuestro bien mayor y final, pero no es la muerte, es la vida inconmensurable que llega a parecerse a la grandeza de la muerte. Hay que dejarse inundar poco a poco por la alegría, porque es la vida que nace. Y quien no tenga fuerza, que cubra antes cada nervio con una película protectora, como una película de muerte para poder tolerar la vida. Esa película puede consistir en cualquier acto formal protector, en cualquier silencio o en varias palabras sin sentido. Porque con el placer no se jue­ga. Él es nosotros.

A LA SOMBRA DEL CUENTO, Charo Pita

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CHARO PITA, A la sombra del cuento, Palabras del candil, Guadalajara, 2009 (2007), 132 páginas.
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LA HERMANITA
a Gloria

   Cuando Miguel tenía cuatro años sus padrea le dijeron:
   —Vas a tener una hermanita. Viene de la China.
   Aquella noche, Miguel no pegó ojo. A la mañana siguiente decidió resolver dudas.
   —Y yo ¿de dónde vine?
   El padre y la madre se miraron entre sí sin comprender.
   —De ninguna parte.
   —¿Siempre he estado con vosotros?
   —No.
   —Bueno, pues entonces, ¿dónde vivía antes de estar con vosotros?
   —En ninguna parte, Miguel.
   A Miguel le costó mucho querer a aquella hermanita que venía de la China.
   No eran celos. Nunca le dolieron los regalos o las caricias que le hacían o que por la calle todo el mundo la señalara con el dedo:
   —Mira, una niña china, ¡qué mona!
   Eso no importaba. Lo que realmente le resultaba insufrible era el hecho de que ella había llegado a aquella casa con la geografía bien clara, mientras que a él no le quedaba más remedio que vivir atormentado, hurgando en los mapas del universo para intentar precisar el lugar exacto donde se encontraba ese misterioso país llamado Ninguna Parte.

EL MUSEO DE LOS NÚMEROS, Dimitris Calokiris

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DIMITRIS CALOKIRIS, El museo de los números, Berenice, Córdoba, 2007, 156 páginas.

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Calokiris ilustra también este libro de cuentos que contiene en último lugar Vita brevis, un microrrelato de tan sólo cuatro palabras: (VITA BREVIS: ONtología, OFF).
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ARCOLEON

   Es el nombre de una iglesia —hoy insignificante— en Tesalia.
   No se sabe si dedicada a algún santo de ese nombre, pero así es como la llama todo el mundo, Arcoleon. Retirada, cerca de una fuente que se secó hace siglos, de la que no quedan más que las huellas del agua que esculpió la piedra. Es blanca por dentro igual que por fuera. Pero completamente blanca. No hay ninguna imagen, ninguna representación. Hubo un tiempo en que los frescos lo cubrían todo, lo dice la guía, desde la cúpula hasta los cimientos, pero una mañana los frescos desaparecieron. A causa del calor, dijeron algunos, bajaron los santos, los ángeles y los mártires, se desnudaron, recogieron sus casullas y sus ornamentos y se dieron a la fuga. O tal vez por el flagrante cambio de rumbo del olivar que se llenó de heterogéneos bloques de pisos de color rosa. Otros abundaban en el argumento calorífico, pero con la explicación de que habían sido los colores, y no las formas, los que habían sufrido las consecuencias de las altas temperaturas, y otros, más realistas, argüían que los pintores no habían usado materiales de primera calidad -los constructores, ni siquiera de segunda-, y con la temperatura todo se había evaporado.
   Una versión de los hechos que también fue seriamente considerada es la siguiente: habían venido unos americanos para la boda de su hija con un antiguo compañero de estudios natural de la comarca. Estudiantes de electrónica, habían sentido el flechazo en medio de un circuito completo. Pero se casó el pobre y se desvaneció la noche. Ante el cabrito nupcial la madre de la novia se sintió mal y partió por senderos desconocidos para siempre. Tras el pánico inicial y el veredicto inapelable del médico (que dio la casualidad de ser uno de los concelebrantes del banquete nupcial), el esposo de la finada, con tal de evitar los frigoríficos, los trámites, las penalidades y los considerables gastos de transporte del cadáver a la tumba familiar de la pequeña ciudad de Six (sic) en Virginia Occidental, prefirió darle sepultura aquí, cerca de sus nuevos parientes y de las benditas aguas del Esperquio.
   De manera que, aunque la difunta profesaba el judaísmo, lo ocultaron, y la enterraron según el rito de la Iglesia Oriental. La diferencia de religión no la percibió nadie, claro está, durante la ceremonia, pero al día siguiente la iglesia quedó vacía. Vinieron policías, bomberos, arqueólogos, pero en vano. Ciertos conocidos traficantes de antigüedades que fueron detenidos para salvar el expediente fueron puestos rápidamente en libertad, pues tenían una coartada incontestable: habían participado en el banquete.
   Al principio ni las velas permanecían encendidas; decían que salía de dentro un fuego que se tragaba la llama. Poco a poco remitió el fenómeno. Las llamas sólo se apagaban cuando se derretían las velas, y la gente las encendía a cientos, para crear atmósfera seguramente, hasta que un día se incendió el nártex, y se quemaron los candeleros, los bancos, hasta la pila bautismal fue pasto de las llamas; la iglesia fue finalmente encalada y las desavenencias se equilibraron.
   Hay paredes con inscripciones, con balas, paredes que oyen y llevan pendientes. Pero si las paredes oyen, los campos ven, dice un refrán popular. El campo en cuestión guardó bien su secreto. Se dijo que el novio había estado prometido en el pasado a la hija de un miembro de la junta parroquial (unos dicen que era sacristán, otros que del coro) y la había dejado, en todo caso, al irse a América, y aquella inocente muchacha quedó profundamente afectada y fue recluida en una institución porque empezó a reír peligrosamente, a hacer conjuros, a tragar fuego y a hablar con voz masculina lenguas extrañas y disputar con Mastema, el jefe de los espíritus, a silbar canciones country, y a hacer todas esas cosas indecorosas que leemos de vez en cuando en los periódicos.
   Le suministraron pócimas y enemas, la exorcizaron dos veces, y encontró la paz. Parece que, verdaderamente, el alma, como con frecuencia oímos, es un abismo.

LA PUERTA DEL AÑO, Jordi Doce

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JORDI DOCE, La puerta del año, Publicaciones de la Antigua Imprenta del Sur, Málaga, 2007, 36 páginas.

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En la Nota aclaratoria (p. 31) de este libro subtitulado Diario (Enero-febrero 2004) el autor señala que "estas notas [...] tienen cierta autonomía y pueden leerse por sí solas".
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Esta mañana, al fondo de la calle, el parque se me aparecía como un umbral fantasmagórico de ramas enflaquecidas y troncos anudados como viejas escobas. Bajo la luz turbia y agrisada del amanecer, ostentaba un aura irreal, dislocada de la modesta rutina de las tiendas y las camionetas de reparto. Tenía algo de decorado teatral o de fondo de dibujos animados, con la levedad casi doméstica del cartón piedra. Lo vi, de pronto, como una metáfora del otro mundo, un plano superior cuya belleza violenta hacía más intensa la realidad inmediata. Me parecieron más encantadoramente groseros, entonces, los coches, la calle, los escaparates, los tenderos, la difícil armonía de un rincón de la ciudad a las once de la mañana.

LENGUA DE SOPA, María Eugenia Rapp

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MARÍA EUGENIA RAPP, Lengua de sopa, El Mono Armado, Buenos Aires, 2007, 68 páginas.

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EL PROBADOR

   Comparada con el empleado que le acerca un camisón de seda, ella se siente varón con sus gestos comunes en el espejo, no encuentra dónde colgar la cartera, se choca los codos en el pequeño cubo para despegarse el jean, ahora derrumbado en el piso y tragando la pelusa del rincón. Demasiado flaca, recuerda la burla del gemelo cuando tenían catorce, parece un pibe, una tabla, se quejaba por ella el hermano, dónde estaban sus curvas, quién se las había comido.  
   Te queda divino, la mano mimosa le toma una pinza en la espalda, la cabeza barbuda se asoma por su hombro y repite divino, el color es soñado, la otra mano se desliza por la seda en la cintura, sube hasta la axila y vuelve a bajar por las uvas del pecho imperceptible. Ella se pone de agujas en la nuca, la piel del erizo desde el pelo a los talones ¿Te parece que me queda bien? al fin le sale por la boca, no quiere que la deje sola, que no se vaya la mujer allí encerrada en ese cuerpo. Te queda divino él repite y la acaricia de nuevo le prueba las formas que el espejo no le da. 

QUINCEMUNDOS, Teresa Durán

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TERESA DURÁN, Quincemundos, Grao, Barcelona, 2007 (2002), 100 páginas.

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Subtitulado Cuentos interculaturales para la escuela recoge quince relatos de diversas culturas (masai, hindú, china...) acompañados de certeros comentarios de Teresa Durán, también adaptadora de los relatos de los que se señala cumplidamente su origen.
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EL GUSANO Y LOS ANIMALES SALVAJES

   Érase una vez una liebre que salió de casa para ir de paseo.
   Aprovechando su ausencia, un gusano se coló en casa de la liebre.
   Cuando la liebre regresó y vio unas huellas en el suelo, desconfió y gritó:
   —¡Eh! ¿Quién se ha metido en mi casa?
   El gusano proclamó a gritos con la voz más potente que pudo:
   —¡Soy el gran guerre­ro, hijo del gigante que perdió los grilletes de los tobillos en la batalla de Kurtiale! ¡Yo tiro por los suelos al rinoceronte y hago del ele­fante caca de vaca! ¡Soy invencible!
   La liebre huyó a toda prisa, pensando:
   —¿Cómo voy a enfrentarme yo, que soy tan pequeñita, a un ani­malote que usa al rinoceronte de alfombra para limpiarse los pies de la caca de vaca en que ha convertido al elefante?
   Por el camino encontró al chacal y le pidió que fuera con ella a parla­mentar con aquel tipejo que se había instalado en su casa. El chacal acce­dió y cuando llegaron a casa de la liebre, ladró con fuerza y preguntó:
   —¿Quién se ha metido en casa de mi amiga la liebre?
   El gusano respondió con un gran vozarrón:
   —¡Soy el gran guerrero, hijo del gigante que perdió los grilletes de los tobillos en la batalla de Kurtiale! ¡Yo tiro por los suelos al rinoceron­te y convierto al elefante en caca de vaca! ¡Soy invencible!
   Al oír estas palabras, el chacal dijo con las orejas gachas:
   —No tengo nada que hacer con un tipo así... —y se largó con el rabo entre las piernas.
   Entonces la liebre fue a buscar al leopardo, y le pidió que fuera a parlamentar con el gigante que tenía metido en casa.
   Al llegar a casa de la liebre, el leopardo rugió:
   —¿Quién se ha metido en casa de mi amiga la liebre? El gusano volvió a responder a gritos:
   —¡Soy el gran guerrero, hijo del gigante que perdió los grilletes de los tobillos en la batalla de Kurtiale! ¡Yo tiro por los suelos al rinoceron­te y convierto al elefante en caca de yaca! ¡Soy invencible!
   El leopardo se asustó:
   —¡Si hace picadillo al rinoceronte y al elefante, imagínate qué hará conmigo! —y huyó muerto de miedo.
   Había que empezar de nuevo. Esta vez la liebre fue a pedir ayuda al rinoceronte.
   Cuando el rinoceronte llegó ante la casa de la liebre y preguntó quién estaba ahí adentro, oyó un vozarrón que decía:
   —¡Soy el gran guerrero, hijo del gigante que perdió los grilletes de los tobillos en la batalla de Kurtiale! ¡Yo tiro por los suelos al rinoceron­te y convierto al elefante en caca de vaca! ¡Soy invencible!
   Uy, lo que pensó el rinoceronte de verdad cuando oyó estas palabras!
   —¿Quéééé? ¿Dices que me puedes tirar por los suelos de un soplido? Ay, no, yo prefiero seguir vivito y coleando.
   Y puso pies en polvorosa.
   Y así fue como a la liebre no le quedó más remedio que ir a buscar al elefante y pedirle ayuda.
   El elefante la acompañó, preguntó quién estaba dentro de la casa, escuchó la respuesta y finalmente dijo que no tenía ni pizca de ganas de que le convirtieran en caca de vaca.
   ¡Pobre liebre! ¿Qué podía hacer? Ni siquiera los animales más fuer­tes y grandes de la selva se atrevían a echar a aquel huésped indeseable que se le había metido en casa... Lloraba y suspiraba por su desgracia, cuando pasó por allí una rana.
   La rana le preguntó por qué lloraba, y la liebre se lo contó todo. Entonces la rana se acercó al portal de la casa de la liebre y preguntó quién estaba dentro. Obtuvo la misma respuesta que los demás animales:
   —¡Soy el gran guerrero, hijo del gigante que perdió los grilletes de los tobillos en la batalla de Kurtiale! ¡Yo tiro por los suelos al rinoceron­te y hago del elefante caca de vaca! ¡Soy invencible!
   Pero la rana, en vez de huir, se acercó más a la puerta y gritó:
   —¡Pues prepárate porque ahora vengo yo! ¡Puedo saltar como una catapulta y además tengo un aspecto monstruoso!
   —Cuando el gusano lo oyó, se puso a temblar como una hoja. ¡A saber quién estaba en la entrada! Y a saber si de un brinco saltaría sobre el tejado y lo dejaría hecho polvo! Prefirió asomar la nariz y confesar:
   No soy más que un gusano...
   Todos los animales del lugar, que se habían acercado a la cabaña de la liebre para ver qué tipo de gigante gigantón gigantazo se había colado allí, y para saber cómo acababa todo, no pudieron evitarlo y soltaron la gran carcajada. Y mientras la liebre y la rana saltaban y bailaban de alegría, el chacal, el leopardo, el rinoceronte y el elefante querían morirse de vergüenza. Mira que tener miedo de un gusanillo ridículo!

EL MUNDO SECRETO DE LAS CANCIONES, Sergio Guillén Barrantes & Andrés Puente Gómez

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SERGIO GUILLÉN BARRANTES & ANDRÉS PUENTE GÓMEZ, El mundo secreto de las canciones, T&B Editores, Madrid, 2007, 192 páginas.

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En el Prólogo (pp. 9-10) los autores desvelan su pretensión: "reivindicar la labor de personas que han intentado e intentan a lo largo de sus carreras discográficas poner un granito de arena en la inmensa playa de esta rama artística". Las canciones ("desde los fervientes años cincuenta hasta la actualidad") están organizadas alfabéticamente en bloques temáticos: desde la A de Adolescencia, Amistad, Amor, Animales, Arte, Asesinos y Astronautas hasta la V de Vampiros, Vejez y Verano.
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PICASSO VISITA EL PLANETA DE LOS SIMIOS

ADAM AND THE ANTS
Prince Charming (1981)

Mira a los españolitos comiendo bombones
Mira a los españolitos de baile
Mira a los españolitos sin confiar en nadie
Está en una calle de calidad
Mientras los maestros
Se pudren en las paredes
Y los ángeles comen sus uvas
Observé a Picasso
Visitando el planeta de los simios


   No son pocos los que buscando el lado poé­tico y crítico de Adam And vieron en esta canción una queja contra el franquismo y contra el trato que el régimen dictatorial dio a mu­chos de nuestros artistas más preciados. Aun así, y aunque puede que algo de aquello se o­culte en una segunda lectura, la historia tiene relación directa con la primera venida a Espa­ña de la banda. Su discográfica quiso agasa­jarlos con un festín por todo lo alto en la casa de Miguel Bosé. Allí se reunieron muchos de los famosos amantes de la ola new romantics, Alaska no podía faltar. Ella, mitómana perdi­da, llegó a atosigar tanto al vocal del conjunto que Adam terminó escondiéndose en los a­seos de la casa para escapar del acoso. Allí se topó con que el lugar estaba decorado con di­bujos de Picasso. «Increíble-ble>, que diría el detective del celuloide Ford Fairlane con la voz de Pablo Carbonell.

IMÁGENES MOMENTÁNEAS, Georg Simmel

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GEORG SIMMEL, Imágenes momentáneas, Gedisa, Barcelona, 2007, 136 páginas.

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En Aguafuertes simmelianas (pp. 9-22) Esteban Vernik cimenta un perfecto pórtico para acceder a esta selección de artículos publicados entre 1897 y 1907 por el filósofo alemán en Jugend. Estas Imágenes momentáneas sub specie aeternitatis contienen "pequeñas narraciones, cuentos, sátiras, fábulas, aforismos y hasta un poema". Otthein Rammstedt en Las imágenes momentáneas de Georg Simmel (pp. 121-135) considera que estas "Imágenes momentáneas sub specie aeternitatis ya no pueden serguir considerándose marginales".
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EL MURO DE LA FELICIDAD

   Estaba de visita en casa de unos viejos amigos a los que había visto por última vez hacía una década. En aquel entonces no llevaban todavía muchos años de casados —habían tenido que esperar bastante tiempo para hacerlo y ya no eran jóvenes—y la felicidad emanaba de ellos en cada movimiento, cada pala­bra y mirada, y formaba un aura resplandeciente a su alrede­dor. Aunque ponían toda la voluntad en ser discretos, no podían reprimir por completo el fuego de su pasión, de manera tal que no siempre se saliera de cauce. Esto no tenía nada de desagra­dable o indecoroso: aquella bienaventuranza justamente no los encerraba en sí mismos y que ella irradiara en su entor­no era para ellos tan natural como que las estrellas dieran luz. Ahora era evidente que esto había terminado hacía tiempo. La felicidad, que antaño los embriagaba y desbordaba, cristalizó en una figura rígida, inmóvil. La comunión de las almas ya no se nutría de la sabia de los sentidos: se volvieron prácticamen­te personas ancianas, cuya felicidad reposaba dentro de sí co­mo un ser inconsciente y no los envolvía ya en la llamas de la pasión.
   Pero en medio de esa impresión, en la calma de los días que pasé en su casa, se reveló para mí de golpe algo de lo más sor­prendente. Entraron casualmente en la crepuscular sala de es­tar en la que me hallaba sentado en un rincón oscuro y, antes de que pudiese hacerme notar, cayeron el uno en brazos del otro con una pasión, una impetuosidad~ una entrega mutua, como si hoy mismo fueran jóvenes. Salieron enseguida del cuarto, de modo que nos ahorramos la incómoda situación y ellos nunca se dieron cuenta de que eran espiados. Pero en ese instante se abrió todo un mundo: ¡la felicidad que ningún otro puede comprender! En contraste con ella, la felicidad de la ju­ventud que todo el mundo conoce y comprende tenía algo de compartido, cada cual tenía una parte. De ahora en adelante  fue su total posesión, la más profunda, la más secreta, lo único que ellos entonces comprendieron, porque la tenían y ningún otro podía escrutarla. Me pareció como si toda la pasión de la juventud fuese totalmente impersonal, pues el sentimiento y la felicidad que el joven tiene que dar pueden en definitiva ser recibidos y gozados por muchos otros. Ahora, sin embargo, en la vejez, sólo había un ser humano a quien dar y de quien reci­bir la felicidad. Desde ese momento ella se volvió completa­mente personal, las miles de oportunidades que permanecían detrás de la entrega incondicional de la juventud se hundieron y la entera extensión de los sentimientos se reunió sobre ese uno inseparable. Esa felicidad de vivir se volvió realmente “increíble”; la naturaleza había hecho levantar un muro alrede­dor que la hacía invisible a plena luz del sol, que la protegía mejor de lo que podían hacerlo los más apasionados celos. Pa­ra mí fue como si hubiera escuchado sólo ahora la última pala­bra del amor.

CUENTOS BREVES, Abelardo Hernández Millán

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ABELARDO HERNÁNDEZ MILLÁN, Cuentos breves, SEP, México D.F., 2007, 78 páginas.

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PRECAVIDO

   Luego que vio a su hermanito ya muerto y metido en el ataúd, se apresuró a matar al perro de la casa porque, si no, quién iba a jugar en el cielo con el angelito.

PEQUEÑAS CRIATURAS, Rubem Fonseca

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RUBEM FONSECA, Pequeñas criaturas, Norma, Bogotá, 2007, 346 páginas.

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PAZ

   El nombre era Lutetia, pero la gente escribía Lutecia, hasta el tipo del registro civil lo había hecho. Pero antes de que grabaran el nombre sobre el mármol bruñido, ella revisaría todas las letras de metal, una por una para que no hubiera error. Hay cosas que debes hacer por ti mismo, para evitar equivocaciones. Por eso, ella había tenido el cuidado de tomar todas las medidas necesarias.
   Era un buen lugar para pasear, lleno de alamedas arborizadas, vacías y calladas. Aquel día, en una de ellas, surgió un cortejo de personas que marchaban en silencio. Lutetia se alejó, no quería asistir a la inminente ceremonia. Las pompas que rodeaban aquella solemnidad, por más modestas y discretas que fueran, no le interesaban. Prefería contemplar las esculturas, dos ángeles, uno contrito, otro de alas abiertas como si se dispusiera a alzar vuelo, el busto de un hombre encorbatado, un avión, de aquellos antiguos con hélices, una lira, una partitura con notas musicales.
   De regreso a casa, Lutetia tuvo de nuevo la sensación de que aquel ya no era su lugar. Como si estuviera en un cuarto de hotel, un espacio ocupado temporalmente, que no era suyo. Las cortinas, los muebles, los cuadros, los objetos, la cama con la colcha, el armario de ropas, eran cosas extrañas, desconocidas, que acuciaban su deseo de partir. Pero pensó en la balletista de bronce, danzando con los brazos abiertos, que había mandado a esculpir para soldar sobre la bruñidez del mármol, y esto le dio paciencia y ánimo para esperar lo que iba a suceder.
   Un jueves, ya todo dispuesto, volvió al cementerio. Ya la bailarina estaba puesta sobre la lápida. Y también las letras de su nombre, Lutetia, apenas el nombre, no quería ninguna fecha.
   Miró a su alrededor. Las sepulturas, todas del mismo tamaño, diferenciadas sólo por el color del mármol, estaban dispuestas en bella simetría a lo largo de la alameda. Cerca había un árbol que proyectaba una sombra, y bajo ella Lutetia se abrigó.

GRANDES MENTIRAS DE LA HISTORIA, Pedro Voltes

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PEDRO VOLTES, Grandes mentiras de la historia, Espasa, Madrid, 2007, 286 páginas.

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Pedro Voltes es capaz de añadir ingenio y entretenimiento a tu tarea de desmitificación de lugares comunes.
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ERNEST HEMINGWAY COMO PERSONAJE INVENTADO

   Y, ciertamente, él mismo fue el peor de los personajes fic­ticios que creó, según resume el crítico norteamericano Ed­mund Wilson y recoge Jeffrey Meyers en el libro que dedicó en 1985 al premio Nobel, según luego veremos. No fue, sin duda, el primero de los escritores norteamericanos que se lu­cran de exhibir un perfil romancesco y accidentado, como si fuera un desdoro que un hombre de letras hubiera pasado la mayor parte de sus años entre libros. Semejante tendencia tie­ne parangón no menos curioso con la afición a escribir por lo menos un libro que tienen los hombres de acción norteameri­canos, sean generales, banqueros, deportistas o fabricantes.
   Sobre ese telón de fondo, el señor Hemingway (1899-1961) determinó que a él no le ganaría nadie en revestirse de connotaciones novelescas, y que la mejor publicidad que po­día proporcionar a sus escritos estribaba en sugerir que no contenían ni la décima parte de las trapisondas que podría re­flejar con solo repasar someramente sus recuerdos. Presumió sobre todo de dos excelencias: la de su historial épico y la de su conocimiento profundo y reposado de las cosas auténticas: el vino, el amor, los toros, el boxeo, la pesca, la caza, y así. En realidad, ni pegó un tiro en ninguna guerra ni sus vivencias fueron más notables que las de otros muchos hijos de vecino que no las han voceado por dinero.
   Tuvo Hemingway la enorme suerte de que le hirieran, en el curso de la Primera Guerra Mundial. A los diecinueve años de edad, se había apuntado como voluntario en la Cruz Roja para ver mundo y le habían enviado a las cercanías del frente de Italia. En la campaña del Piave, le hirió de cierta gravedad una granada de mortero mientras estaba repartiendo golosi­nas entre los soldados. Convaleció en Milán y el Gobierno ita­liano le dio una condecoración. El resto de los actos de guerra en Italia que él se atribuía son mentira. El profesor Kenneth Lynn tuvo la paciente severidad de irlos revisando en un libro que escribió sobre él en 1987 y llegó a la conclusión de que ni fue el primer norteamericano herido en Italia, ni llevó a cues­tas a un soldado italiano herido para ponerlo a salvo, ni reci­bió otras heridas de bala, ni se alistó en ningún regimiento, ni tomó parte en batalla alguna, ni vivió ninguna otra de las ex­periencias que él se adjudicaba.
   Acaso sea su novela más famosa Por quién doblan las cam­panas, que dio a conocer en 1940, pretendiendo describir una guerrilla de republicanos españoles que durante la guerra de 1936-1939 actúa detrás de las líneas enemigas. Un idealista norteamericano se suma a tales esfuerzos, introduciendo una nota de eficacia técnica y ayudando a sugerir la tesis básica de la novela: que el pueblo español fue utilizado y defraudado tanto por las naciones capitalistas y las fascistas como por el comunismo. Y por los literatos que medraron dando a su tra­gedia un falso colorido y un retumbo de aliño, podrían haber añadido.
   Hemingway había estado en España ya, en su época de jo­ven periodista, gestando su exitosa novela de 1926 Fiesta (The Sun also Rises,); y regresó durante la guerra para dedicar más horas a las barras de bar que a unas visitas esporádicas a los frentes. Está viva mucha gente que se acuerda de la frescura de los escritores y periodistas extranjeros que se pasearon por ambos bandos de la España ensangrentada, con mucho cuida­do de no salpicarse. Sin preocuparse mucho por quién había ganado la guerra, como dice Andrés Trapiello, Hemingway si­guió luego viniendo a fotografiarse con Baroja y decirle, con sobrado fundamento, que era el anciano moribundo quien se merecía el Nobel de Literatura; visita melancólica de la que se distrajo yéndose a los Sanfermines, a los toros, y demás.
   Si los españoles podemos formar este frío concepto de su conexión con nosotros, en París son dueños de pensar tres cuartos de lo mismo al reparar las páginas que dedicó a sus submundos. En The Sun also Rises, además Hemingway dejó pistas de su llamativa afinidad con «un hombre que está apa­sionadamente enamorado de una mujer sexualmente agresiva, de nombre andrógino y peinado varonil; un hombre que tiene el problema, como una lesbiana, de que no puede penetrar el cuerpo de su amada con el suyo». Son palabras del citado profesor Lynn, el cual señala, para remachar la indicación, que en 1986 se publicó un manuscrito inacabado de Heming­way, The Garden of Eden, donde cultiva fantasías transexuales y da a entender un amplio margen de ambivalencia en la ma­teria, más lato de lo que cabe tolerar en un macho de su re­nombre.
   Un personaje de Hemingway, en Soldier’s Home, se dedi­caba a «decir mentiras sin importancia que consistían en atri­buirse cosas que otros hombres habían visto, hecho u oído», y el propio escritor defendía, ya poniéndose él mismo ante las candilejas, que «no es anormal que los mejores escritores sean unos embusteros...; una gran parte de su oficio consiste en mentir o inventar y mentirán cuando estén borrachos, o se mentirán a sí mismos o a los demás». Así, Hemingway no va­ciló en decir o hacer decir que, en España, escribía crónicas solo para disimular que en realidad ejercía altas funciones militares en el campo republicano. Dentro de la misma mito­manía, anota Jeffrey Meyers que Hemingway había pretendi­do haberse dedicado a tocar el violonchelo durante un año que estuvo expulsado de la escuela, que se escapó de casa en su niñez, que boxeó y se dañó un ojo en un combate, que se implicó en los quehaceres de una banda de gángsters; que tuvo un romance con Mata Han, entre otros muchos de la misma especie fantasiosa; que reseñó batallas vividas por él en Anatolia entre griegos y turcos, que tenía una amante en Sicilia y una rótula de aluminio, qué sé yo.
   El 2 de julio de 1961 se suicidó en su casa de Ketchum, en Idaho.


LOS HAIKÚS DEL TREN, Eduardo Moga

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EDUARDO MOGA, Los haikús del tren, El Gaviero Ediciones, Almeria, 2007, 132 páginas.

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En el Prefacio (pp. 9-14) declara: "El haikú, como todo poema, nace en la piel, pero crece tras ella: en la razón y en la sinrazón, en la sintaxis y en la subversión de la sintaxis". Escritos entre 1999-2000, estos 101 haikús se encapsulan en el precioso diseño gráfico de Ana Santos Payán y Pedro J. Miguel. 
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En la ceniza
de la escarcha, el ascua
del gorrión.