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EL LIBRO DE ORO LAS FÁBULAS, Verónica Uribe

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VERÓNICA URIBE, El libro de oro de las fábulas, Ekaré, Caracas, 2004, 126 páginas.

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En Acerca de Esopo y las fábulas (pp. 121-126) Verónica Uribe traza el origen y evolución de estas narraciones de las ofrece su versión. Constanza Bravo ilustra con sutileza y elegancia.
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EL HOMBRE, SU HIJO Y EL BURRO

   Iba un hombre de viaje con su hijo y su burro. El niño iba montado en el burro y el padre caminaba a su lado.
   Pasaron por un pueblo. La gente miraba y decía:
   —Pero ¿han visto? El hijo, que es joven y fuerte va montado en el burro y su padre, ya viejo, debe caminar.
   Al escuchar esto el hombre, bajó a su hijo, se montó él en el burro y siguieron camino. Pasaron por otro pueblo. La gente los miraba y decía:
   —¡No puede ser! El hombre va montado en el burro como si fuera un rey y deja que su hijo pequeño corra y se canse a su lado.
   Al escuchar esto, el hombre se bajó del burro y siguieron caminando ambos a pie y llevando al burro de las riendas.
   Pasaron por otro pueblo. La gente los miraba y decía:
   —¡Qué necios! Tienen un burro y van a pie.
   Al escuchar esto, el hombre se montó en el burro junto con su hijo.
   Pasaron por otro pueblo. La gente los miraba y decía con indignación:
   —¡Qué abuso! ¡Pobre animal que debe cargar con el peso de dos personas!
   Al escuchar esto, el hombre desmontó del burro y bajó también a su hijo. Buscaron unas cuerdas y una gruesa van. Amarraron las patas del burro, lo colgaron de la vara y siguieron caminando cargando con el burro.
   Pasaron por otro pueblo y la gente se reía:
   —¿Han visto? ¡Qué locura! Un hombre y un niño cargando a un burro.
   Entonces, el hombre, muy fastidiado, bajó el burro al suelo, le desató las patas y montó a su hijo.
   —Así salí de mi casa y así sigo viaje.

CUANTO CUENTO. RELATOS CORTOS, Santiago Díaz-Pache Montenegro

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SANTIAGO DÍAZ-PACHE MONTENEGRO, Cuanto cuento. Relatos cortos, Arenas, La Coruña, 2004, 264 páginas.

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EL AMOR, ESA INCÓGNITA

   Cuando se casaron, Rafa y Elena, eran ya lo que podía­mos denominar unos jovencitos maduros. No sé si por esto o por la educación un tanto monjil de ella, el caso es que la cama los separó desde el primer momento, no se entendían en algo tan básico como es el amor. Sexualmente hablando, su luna de miel en Cuba fue un fracaso estrepitoso, y Rafa pensó que el acoplamiento sería cuestión de tiempo. Así que se dedicó a tomar el sol a tomar copas y a tomar por... y a tomar el fresco por las noches.
   Él era un hombre temperamental, ardiente, y gracias a su experiencia manejó la situación con ilusión, luego con paciencia, luego con ternura, luego con imaginación, y luego con Teresa, la peluquera, también conocida como Tessy, ase­sora de imagen.
   Pasaron tres años y la situación se estabilizó, Elena no pedía nada pues nada quería y Rafa se consolaba con la buena, buenísima de Tessy. Él fue prosperando en su traba­jo y gracias a ello pudieron cambiarse del pequeño piso alquilado en el extrarradio a otro mayor y en propiedad. Eso hizo que la pareja empezase una etapa de ilusión común que les traería grandes cambios en su relación personal.
   El nuevo piso estaba situado en una calle no muy ancha, pero limpia y soleada, otro edificio enfrente, árboles en las aceras, muchas tiendas en las calles adyacentes y algún que otro bar y cafetería para los aperitivos de los sábados. Barrio nuevo y en expansión. El único problema serio era el aparcamiento, menester en el que Rafa se ocupaba casi a hora diaria.
   Fue allí, en esa casa nueva cuando él la vio hacer por primera vez el striptease. Cuando él llegó al dormitorio ella no se había quitado ni el abrigo. Y allí, en el medio del cuarto empezó a contonearse y a bailar de forma lasciva mientras se iba quitando prendas de ropa. Él no daba crédito a lo que estaba viendo y su pulso se disparaba. Ella continuaba su actuación delante del espejo y ahora solo llevaba encina unas minúsculas braguitas, medias negras y un escaso sujetador, y de los cuales, poco a poco y entre baile y baile tam­bién se despojó, quedándose ella como una Venus y él como un búfalo en celo.
   Aquella noche hicieron el amor como nunca. Él acosó a Elena con pasión y hasta con fiereza. Ella se defendió al prin­cipio, pasiva después, y activa como una pantera al final. En esa noche demencial ella descubrió por primera vez el sexo y el amor, y casi se volvió loca. De hecho, a partir de esa noche algunas veces bizquea un poco, consecuencia del esfuerzo para no perder detalle. Qué noche, madre, qué noche.
   Y así, día tras día, pasaron seis apasionados años: strip­tease va, noche loca viene.
   Profesionalmente él seguía mejorando su posición, lo que les hizo plantearse un nuevo cambio de residencia, a lo que él era bastante reacio. Al final se decidieron por un cha­let adosado a las afueras.
   Su vida dio otro cambio fundamental: la casa era mucho más espaciosa, tenían un pequeño jardín, jugaban al tenis, se bañaban en la piscina, conocieron a mucha gente, pero... pero de nuevo la cama volvió a separarles.
   Elena no entendía nada y esperaba.
   Rafa lo entendía todo pero callaba. Callaba y echaba de menos a aquella vecina rubia escultural que todos los días durante los últimos seis años había hecho un excitante strip­tase en el piso de enfrente con la luz encendida y la ventana abierta.


ESPERANZAS, Daniela & Olivier Föllmi

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DANIELA & OLIVIER FÖLLMI, Sabidurías. 365 claves del pensamiento occidental, Lunwerg, Barcelona, 2004, 644 páginas.
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Estas 365 claves del pensamiento occidental son ilustradas por las sugerentes fotografías de Olivier Föllmi. En el Prólogo de Enzo Bianchi señala: "El peregrino, el nómada y el extranjero son especialmente expertos en practicar la esperanza, ya que quien está en camino y en proceso de búsqueda siente en sí mismo la llamada hacia una profunda interioridad."
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El lirismo es una embriaguez y el hombre se embriaga para confundirse más fácilmente con el mundo.
 Milan Kundera



LA MIRADA EFÍMERA, Herme G. Donis

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HERME G. DONIS, La mirada efímera, Levante Editori, Bari, 2004, 102 páginas.

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Lo sguardo effimero es el título de esta colección de haikus traducidos al italiano por Emilio Coco.  
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Vivo dolor
da ver pasar los días
tan enemigos.

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Vivo dolore
danno i giorni che passano
cosí nemici.

SORITES, Vicente Núñez

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VICENTE NÚÑEZ, Sorites, Asociación Cultural Andrómina, Córdoba, 2004 (1999), 30 páginas.

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El solitario ya no come, rumia.
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Alguna vez no he escrito nunca.
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Muere menos el reptil que el ave.
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Caemos porque acertamos.
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Morimos porque somos seres de memoria.
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Un rostro no es más que el resultado de otra sombra añadida.
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La ceguera es la madre de la mirada lúcida.
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Sólo se huye de lo que no se puede abandonar.
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Qué horrendas son las ciudades bellas cuando hay que ir a ellas necesariamente.
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Viajar es inventar ciudades.
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La lentitud tarda en desenredarse de la prisa.

EXTRAVÍOS O MIS IDEAS AL VUELO, Príncipe de Ligne

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PRÍNCIPE DE LIGNE, Extravíos o mis ideas al vuelo, Sexto Piso, Madrid, 2004, 128 páginas.


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Ignacio Díaz de la Serna en Príncipe color de rosa (pp. 7-18) repasa la biografía del contemporáneo de Rousseau o Voltaire.
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Todos los que escriben pensamientos o máximas son charlatanes que pretenden deslumbrar: nada más sencillo que escribir un libro de tal manera. Quiero intentarlo. A nada se está obligado; se abandona la obra y se regresa a ella cuando uno quiere. Eso me conviene mucho. Casi todos dicen cosas comunes, falsas o enigmáticas. No hay que ofrecer sobre qué disertar o interpretar, sino en qué pensar.

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Los locos tienen a ratos momentos de lucidez que los hacen desdichados. No me refiero a los que se encuentran en los manicomios, sino a los que corren sueltos por el mundo, a los galanteadores, a los enamorados, a los mili­tares: piensan a veces que la campiña, una pastora que ahí encuentran, y la vida apacible, valen más que la corte, que una mujer de gran mundo y que el ejército. Los tontos no son así; nunca examinan su conducta. Siempre están contentos consigo mismos y descontentos con los otros.

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Me disgustan los sabios, a menos que lo sean sin querer serlo y sin saberlo. Nada hay tan sencillo como convertirse en uno. Basta encerrarse en casa durante seis meses para adquirir conocimiento, y se logrará. Vale más tener ima­ginación que memoria. ¿Qué son todos esos diccionarios ambulantes? Los sabios solamente conocen palabras. Jamás me topo con sabios de cosas, pues éstos no tienen la reputación de serlo. Los otros son siempre engreídos, pedantes, y viven a costa de la sociedad. El mundo es el mejor de los libros.
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Hay síntomas del amor tan inequívocos como los sínto­mas de una enfermedad. Sentimos al mismo tiempo calor; tenemos frío. Compartimos sentimientos iguales. Coincidimos en la manera de juzgar. Damos nuestro consentimiento a las mismas cosas, tenemos los mismos gustos, nos agrada lo mismo, queremos a las mismas personas. Nos gustan los sitios donde comenzamos a amarnos, y todo ello sin que lo sospechemos.

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Hay personas tan enemistadas consigo mismas, que prefieren padecer una desdicha que previeron, a fuerza de predecirla, que disfrutar de una ventura inesperada.


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Toda nuestra vida discurre, como mi libro, de error en error. Si hay una cosa que siempre parece la misma, significa que es certera. Si hay un hombre que, luego de recapitular desde cuándo lo conocéis, os parece el mismo, quiere decir que sigue siendo tal como lo habéis juzgado.
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Un guerrero que ha ganado una batalla, ¿por cuánto tiempo disfruta de esa dicha que es tan rara y la más esplendorosa de a cuantas aspiramos? Al día siguiente, ya lo desgarran la calumnia y la ingratitud. El amante que obtiene una victoria sobre el pudor de una mujer, goza al menos hasta que otro lo reemplaza entre sus brazos. He ahí el tiempo ganado.

LEYENDAS DEL PIRINEO PARA NIÑOS Y ADULTOS, Rafael Andolz

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RAFAEL ANDOLZ, Leyendas del Pirineo para niños y adultos, Ediorial Pirineo, Huesca, 2004, 204 páginas.
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LA LIEBRE BRUJA

   Que las brujas pueden convertirse en gatos (espe­cialmente en gatos negros) nadie lo ignora. Nuestros pue­blos están llenos de historias y cuentos de gatos y brujas entremezclados. Pero también pueden hacerse lobos. En Centroeuropa fue el caso más frecuente de épocas pasa­das y de ahí viene el nombre de “licantropía” y “licántro­po” que significa hombre lobo pero que se aplica a todos los casos de conversión de hombres en cualquier animal o de un animal en hombre.
   Sin embargo tenemos en el Pirineo una historia bastante reciente que hace referencia a otra transforma­ción más extraña, ya que no se trata de ningún animal diabólico.
   Empezamos por el principio.
   Tres mozos amigos del pueblecillo de Aísa en el Campo de Jaca salieron a cazar un domingo por la mañana. Daban vueltas y vueltas pero no veían ninguna presa sobre la que disparar. Andando, andando, se me­tieron en el monte de Borau que linda con su pueblo. Se pararon a descansar un rato cuando en éstas que ven entre unas matas unas ropas como escondidas. Se trata­ba de vestidos de mujer. ¿Qué pintarían allí esos vesti­dos?
   Uno de los jóvenes creyó adivinarlo:
   —Seguro que se trata de alguna bruja que se ha convertido en lobo o en gato y ha dejado aquí su ropa...
   —Pronto lo sabremos —dijo otro—. Mi madre, esta mañana al salir de misa me ha dado su rosario para que se lo guardara y lo tengo aquí. Si lo ponemos en la ropa, la bruja no se atreverá a tocarla.
   Y diciendo esto, sacó, efectivamente del bolsillo un rosario y lo depositó encima de las prendas, sin cambiarlas para nada. Luego se escondieron por allí cerca los tres para esperar acontecimientos. Pasó más de una hora sin que sucediera nada. Ellos esperaban en silencio. Y de pronto, se presenta en el lugar una liebre.
   Uno de los mozos agarró inmediatamente su esco­peta y ya se disponía a apuntar el arma, cuando otro compañero le sujetó del brazo, impidiéndoselo y se llevó el dedo índice a los labios pidiéndole silencio. La liebre no se había percatado de su presencia y se acerca­ba paso a paso hacia ellos.
   Al llegar a la ropa debió quedar desconcertada. La miró atentamente y empezó a dar vueltas alrededor de ella, sin tocarla. Luego empezó a mirar hacia todos los lados hasta que descubrió a los muchachos.
   Ellos quedaron pasmados cuando vieron que, lejos de huir, se les aproximaba más y luego, con una voz extrañísima, pero claramente humana, les pidió:
   —Quitad “eso” de encima de la ropa, que no me puedo vestir.
   El muchacho que parecía más enterado de las cosas de brujería le contestó:
   —Sí, lo quitaremos. Pero antes tienes que decirnos de dónde vienes y qué mal has hecho.
   —Vengo de Borau de casa Tal, porque le tenía que dar el mal de ojo a un niñer que tienen.
   —Pues vuelve a Borau, a esa casa, y quítale el mal al niñer y nosotros quitaremos el rosario.
   La bruja no se lo hizo repetir dos veces y desapa­reció a todo correr.
   Como el pueblo no estaba demasiado lejos y uno de ellos era buen andador, marchó corriendo tras la liebre a comprobar los hechos. Conocía a la familia que había dicho la bruja y se dirigió directamente a su casa.
   —Buenos días, señora Felisa. ¿Qué tal están to­dos? Nada, que pasaba por aquí y se me ha ocurrido parar a saludarles.
   —Gracias, hijo mío. Todos estamos bien, ¿y voso­tros?... Bueno, al nene esta mañana de repente se le ha puesto una fiebre muy alta, sin saber por qué. Y no se la podíamos quitar ni con pañuelos mojados con colonia en la frente. Pero, de pronto, hace un ratico, igual que le ha venido la calentura se le ha marchado. Ya está jugando otra vez tan campante. Pero, pasa y tomarás un traguico de vino.
   —No, señora, no: que me están esperando unos amigos en Sandianar. Con que, nada. ¡A plantar fuerte!
   —¡Gracias, hijo, que vaya bueno!
   El mozo volvió corriendo a donde sus compañeros. La liebre estaba ya esperando agazapada. Él contó todo y se decidieron a quitar el rosario. La liebre se convirtió en una vieja que ellos no conocían. Se vistió y desapareció por el bosque.
   La verdad es que tuvo más suerte que otra bruja de otro pueblo de la montaña que se convirtió en cabra pero todo el mundo se dio cuenta porque se le olvidó quitarse los pendientes y a la pobre la persiguieron y hasta un zagal, bastante bruto, le cortó una oreja.
   Desde aquel día, otra abuelica que llevaba fama de bruja en el pueblo se puso un pañuelo en la cabeza tapándose las orejas y nunca la vieron sin él.

EFECTO MARIPOSA, Nana Rodríguez Romero

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NANA RODRÍGUEZ ROMERO, Efecto mariposa, Colibrí, Lima, 2004.

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BORGES Y LOS GATOS

   Jorge Luis Borges amaba a los tigres y sentenció que Dios creó al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre. Es así que bajo la caricia de la lengua áspera de los pequeños felinos en sus manos, conoció la secreta escritura, el enigma que guardan en el fondo de sus ojos, la adoración que provocaron entre los faraones del antiguo Egipto.
   Mi gato sube cadencioso las escaleras del altillo, se acerca, lame las manos del retrato de Borges, me mira, se acuesta a sus pies y para mi asombro, forma un círculo frente al sendero de miradas que se bifurcan.

MORDIENDO EL FRÍO, Edwin Madrid

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EDWIN MADRID, Mordiendo el frío, Visor, Madrid, 2004, 68 páginas.


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FOTO DE MI PRIMA

   Mi prima Cirinea a quien ya le estaban apareciendo un par de montañitas en el pecho, una noche se metió en mi cama. No recuerdo si dijo por miedo o mucho frío. Poco a poco se colocó sobre mí, me tomó del sexo y susurró: Tienes un pito pequeñito; luego también dijo. No importa con tal que pite, y se zambulló en las cobijas. Entonces yo, en vez de pitar, casi-casi me orino.
   Después intenté hacerlo con cada una de las primas pero ninguna sabía nada de nada. Así que cada vez esperaba con ansias a Cirinea. De esta manera crecimos hasta que se marchó al extranjero. Ahora, de vez en cuando, envía fotografías en las que aparece junto al gringo de su marido, y al fondo se divisa la estatua de la libertad.

EL APESTOSO HOMBRE QUESO Y OTROS CUENTOS MARAVILLOSAMENTE ESTÚPIDOS, Jon Scieszka

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JON SCIESZKA, El apestoso hombre queso y otros cuentos maravillosamente estúpidos, Thule, Barcelona, 2004, 52 páginas. Ilustraciones de Lane Smith.


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LA PRINCESA Y LA BOLA DE JUGAR A BOLOS

   Érase una vez que había un príncipe. Y por alguna razón al padre y la madre del príncipe (el rey y la reina) se les metió en sus reales cabezas que ninguna princesa habría de ser lo bastante buena para su hijo a no ser que fuera capaz de notar la presencia de un guisante bajo cien colchones.
   No es de extrañar, pues, que al príncipe le costara dar con una princesa. Cada vez que conocía a una chica guapa, su madre y su padre apilaban cien colchones uno encima del otro sobre un guisante y luego la invitaban a dormir en lo alto.
   Cuando la princesa bajaba a tomar el desayuno, la reina le preguntaba:
   —¿Qué tal has dormido, preciosa?
   La princesa, muy educada, decía siempre:
   —Bien, gracias.
   Y entonces el rey le indicaba la puerta.
   Así fue durante tres largos años. Como es lógico, nadie era capaz de notar la presencia de un guisante bajo cien colchones. Hasta que un día el príncipe conoció a la chica de sus sueños. Y decidió tomar cartas en el asunto. La noche en cuestión, antes de que la princesa se acostase, el príncipe colocó una bola de jugar a bolos bajo los cien colchones.
   Cuando, a la mañana siguiente, la princesa bajó a desayunar, la reina le preguntó:
   —¿Qué tal has dormido, preciosa?
   —Siento decirlo —respondió la princesa—, pero creo que tendríais que cambiar el colchón. He tenido la sensación de dormir sobre un bulto tan grande como una bola de jugar a bolos.
   El rey y la reina se miraron satisfechos.
   Al poco, el príncipe y la princesa se casaron.
   Y todos fueron felices, aunque no del todo honrados, y comieron perdices.


LAS ALAS SON PARA VOLAR, Milia Gayoso

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MILIA GAYOSO, Las alas son para volar, Servilibro, Asunción, 2004, 74 páginas.

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TODO IRÁ MEJORANDO

   Cuando vi a las palomas picotear las migajas frente a la catedral, me vino a la memoria aquella mañana fría de Buenos Aires, en esa plaza atestada de palomas y los jubilados dándoles de comer migajas de facturas.
   Seguramente tendría algo así como cinco años, o seis a lo sumo y me embelesé observando a esos pájaros hermosos e inofensivos que poblaban los paseos de ese espacio cuyo nombre no recuerdo, como muchas cosas que se han perdido en mi memoria luego del accidente.
   Todo irá mejorando, Jorgito, solía decir mamá cuando me quejaba de lo poco que me daba para el recreo o de tener que ir a los cumpleaños de mis amigos con ese vaquerito remendado con un género a cuadros, en las rodillas. Todo irá mejorando, repitió cuando juntamos nuestras cosas, desocupamos la casita de la villa miseria donde estábamos viviendo y nos preparamos para volver a Paraguay.
   Hay que reconocer que era una mujer muy positiva y con una voluntad de hierro. Su determinación la alejó de Santa Elena y la llevó a la gran ciudad. Trabajó mucho para enviarles dinero a sus padres y trabajó aún más para ayudar a mi papá cuando éste apareció en su vida, enfermo y sin conchabo alguno. Me llegó a contar que sólo dejó de trabajar una semana en la casa de la familia Pelayo, cuando nací yo.
   Estuvo allí hasta dos horas antes de que naciera y apenas días después, me lió en una manta y nos fuimos de nuevo a cumplir con sus obligaciones. Sus patrones la apreciaban mucho y la dejaron tenerme a su lado hasta que cumplí cuatro años y mamá consiguió que una vecina me cuide a cambio de algo de dinero. Solía contar con orgullo lo bien que me portaba en la casa ajena, mientras ella terminaba su trabajo diario.
   Casi no recuerdo a papá. Era paraguayo como ella, pero de otra ciudad. Llegó a Buenos Aires también buscando empleo, trabajó como albañil durante mucho tiempo, pero el cigarrillo, la cerveza y el polvillo del cemento terminaron fulminando sus pulmones. Murió a los tres años de conocerse. Creo que la quiso mucho a pesar de no haberle traído más que problemas.
   Ella vendió lo poco que teníamos, regaló las chapas de la casita y volvimos en un colectivo cuyo pasaje era mucho más barato que otras empresas, lo cual representaría llegar como seis horas después de lo que normalmente se tarda hasta Asunción. No traíamos demasiados bultos. Mamá prefirió deshacerse de las ropas más feas y traer las más presentables. Me permitió cargar mis discos, mis libros y mis camisetas y mis dos pelotas de Boca Junior.
   La vi lagrimear cuando dejamos Buenos Aires. Yo sabía que esa despedida representaba dejar allá no sólo la tumba de papá, en el cementerio de Lomas de Zamora, sino sus sueños juveniles y sus ilusiones. A mí me daba también cierta tristeza dejar a mis amigos, mi barrio y a Florencia, a quien estaba empezando a querer. Pero no podía dejar que ella viniera sola, ¿qué iba a hacer yo solo allá?
   Todo irá mejorando, me volvió a decir cuando partimos de la terminal rumbo hacia su tierra. Me gustaba la idea de conocer a mi abuela, a mis primos, a su pueblo del que tanto me habló.
   Estábamos durmiendo cuando sentimos la sacudida. Recién cuando escuché los gritos desesperados de la gente me di cuenta de que habiamos chocado. Me desperté al día siguiente, en el hospital de Resistencia; tenía los brazos enyesados y no sentía una de mis piernas, que se entumeció por los golpes. Pregunté por mamá, pero nadie supo decirme nada. Estuve allí una semana hasta que apareció una persona quien dijo ser Gabriel Pineda, un primo de Santa Elena. El supo del accidente y de la lista de heridos, entonces vino a buscarnos.
   Pero ella no sobrevivió. Lloré días enteros y ni siquiera pude enjugarme las lágrimas porque tenía los brazos y las manos endurecidos por la escayola y el yeso. Gabriel me llevó a casa de mi abuela, una anciana que no paraba de abrazarme y llorar. Me quedé allí como tres meses, hasta que me puse mejor y me vine para acá. Yo creo que en Asunción, un muchacho como yo tiene más posibilidades de encontrar trabajo. Mientras tanto, cuido y lavo los autos aquí frente a la Catedral. Al principio los otros adolescentes me miraban mal, especialmente por mi acento, pero ahora ya nos hicimos amigos y compartimos los clientes.
   Cada vez que suenan las campanas, y las palomas salen volando hacia el cielo, me repito su frase de que todo irá mejorando, alguna vez. 

CARTOGRAFÍAS DEL CUENTO Y LA MINIFICCIÓN, Lauro Zavala

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LAURO ZAVALA, Cartografías del cuento y la minificción, Renacimiento, Sevilla, 2004, 372 páginas.

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PRÓLOGO   [7]

ESTUDIOS SOBRE FICCIÓN

Los paradigmas de la ficción contemporánea   [15]
Un modelo semiótico para el estudio del cuento   [27]
Elementos para el análisis y la enseñanza del cuento   [39]
Características del cuento clásico, el moderno y el posmoderno   [50]
ESTUDIOS SOBRE MINIFICCIÓN

Seis propuestas para un género del tercer milenio   [69]
La minificción bajo el microscopio   [86]
Relatos vertiginosos: cuentos mínimos   [107]
De bestiarios y otros géneros breves   [111]
Crónicas de viaje y escritura mínima   [131]
Diez razones para olvidar «El dinosaurio»   [143]

ESTUDIOS SOBRE METAFICCIÓN
La literatura contemporánea y la metaficción posmoderna   [155]
Una aproximación conjetural a la metaficción   [165]
Una tipología para el estudio de la metaficción   [184]
Los puentes de la palabra en «Las babas del diablo» de J. Cortázar   [203]
Las elipsis narrativas en «Del rigor en la ciencia» de J. L. Borges   [215]
Continuaciones para «Continuidad de los parques» de J. Cortázar   [223]

FRONTERAS DE LA FICCIÓN

Para nombrar las formas de la ironía narrativa   [237]
Género y lectura en la narrativa serial   [264]
Las fronteras genéricas de la minificción   [289]
El arte y la técnica de elaborar antologías   [297]
Impartir una clase es puro cuento   [306]

GLOSARIO

Cuento clásico y moderno   [317]
Cuento posmoderno   [330]
Minificción   [350]
Ironía literaria

BIBLIOGRAFÍA

Teoría del cuento [359]
Antologías y estudios sobre minificción   [367]

ANDANADA, Luis Britto García

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LUIS BRITTO GARCÍA, Andanada, Thule, Barcelona, 2004, 176 páginas.

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TREGUA

   Las sirenas anunciaron la tregua y bajamos al río desde lados opuestos. Bebimos y llenamos las cantimploras. Un momento nos quedamos sentados en el cauce que nos mojaba, pensando aunque ninguno sabía qué pensaba el otro. Había tiempo y me lavé la cara y hundí la cabeza y sentí un gran alivio. Luego sonó la primera sirena y sin hablarnos nos retiramos, mirándonos. Cuando la segunda sirena sonó disparé primero, y allí quedó tendido para siempre a la orilla del río que sigue pasando para siempre.

DUNAS, Fernando Menéndez

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FERNANDO MENÉNDEZ, Dunas, Difácil, Valladolid, 2004, 88 páginas. Ilustraciones de Kiker.

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El corazón: nido precario.
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Todo es fragmento hasta la muerte.
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La vida es la línea de un horizonte inaccesible.
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La mentira del siempre, la verdad del no sé.
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Dos direcciones sin término: hacia dentro y hacia fuera.
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Cada uno busca la creación de sí mismo.
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Viajamos para volver a perdernos.
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En el corazón, florecen laberintos.

AFOREMAS, Miguel Ángel Arcas

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MIGUEL ÁNGEL ARCAS, Aforemas, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2004, 64 páginas.

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Se equivocan quienes piensan que lo real
no hay que inventarlo.
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La velocidad no la marca el movimiento
sino la magnitud del deseo de mudanza.
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La verdad es como la huella de la mano sobre el barro:
es fruto de la mano, pero no es la mano.
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El hombre que se detiene está más lejos de sí mismo.
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Nunca podrás deshacerte de lo que has perdido.
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Enigma: cuando la respuesta pregunta.
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Lo luminoso no brilla.
Alumbra.
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Cuando desperté, mi soledad todavía estaba allí.

FLORES, Mario Bellatín

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MARIO BELLATÍN, Flores, Anagrama, Barcelona, 2004, 128 páginas.

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Anagrama edita en España esta novela que ya había sido publicada en Santiago de Chile por Matadero-LOM. A pesar de que los treinta y cinco capítulos componen un todo desasosegante, también permiten una lectura autónoma igual de perturbadora.
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CRISANTEMOS

   Una mujer en Italia, después de postular du­rante muchos años junto con su esposo para la adopción de un niño sudamericano, terminó arro­jando a la criatura a las líneas del ferrocarril. Al preguntársele las razones de su conducta afirmó que aquella adopción había modificado demasia­do su vida. El esposo no soportó la nueva situa­ción y había abandonado la casa definitivamente. La mujer se volvió alcohólica. Con graves proble­mas económicos y una endeble estabilidad men­tal, decidió que ese hijo estaba llamado a ser des­graciado pasara lo que pasase.  Antes de arrojarlo al tren en marcha dudó si lo mejor no sería devolver­lo a su país de origen. Sólo pensar en los trámites que esto supondría hizo que no considerara dos veces esa posibilidad y esperase a cuatro pasos de su hijo el paso del tren expreso. Quizá en ese momento fue posible apreciar al fondo del paisaje, a lo lejos y envuelto en la bruma, un campo sem­brado de crisantemos. De cualquier forma la presencia intempestiva del tren obstaculizó toda vi­sión.

LAS SUTILEZAS DEL INIMITABLE MULÁ NASRUDÍN, Idries Shah

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IDRIES SHAH, Las sutilezas del inimitable Mulá Nasrudín, Kairós, Barcelona, 2004, 120 páginas.
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LOS PROBLEMAS DE RETRASO

   El avión cuatrimotor estaba en un apuro y la voz del capitán se oyó por los altavoces:
   —Uno de los cuatro motores está defectuoso, pero no hay peligro. Significará que nos retrasaremos cinco minutos, volando con sólo tres motores.
   Algunos pasajeros estaban un poco alarmados, pero el Mulá, que se hallaba entre ellos, habló tranquilizadoramente:
   —Cinco minutos no son para tanto, amigos. Así que todos se calmaron.
   No obstante, poco después volvieron a oír la voz del capitán:
   —Otro motor está funcionando mal. Podemos arreglámoslas con dos motores, pero significará que llegaremos con media hora de retraso.
   Algunos pasajeros parecían incómodos, pero el Mulá volvió a dirigirse a ellos:
   —¿Qué es media hora, después de todo? ¡Es mejor que ir a lomos de burro!
   Los pasajeros aceptaron esta filosofía y volvieron a acomodarse en sus asientos.
   Apenas había transcurrido otra media hora, cuando oyeron de nuevo la voz del piloto:
   —Siento tener que informarles que se ha estropeado un tercer motor. Llegaremos a nuestro destino con una hora de retraso.
   Mulá Nasrudín dijo:
   —Esperemos, por lo menos, que el último motor no se estropee, ¡o nos pasaremos el día aquí arriba!

LA CASA DE MANGO STREET, Sandra Cisneros

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SANDRA CISNEROS, La casa de Mango Street, Seix Barral, Barcelona, 2004, 143 páginas.

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Seix Barral edita en España la traducción de Elena Poniatowska en Random House Mondadori (1994).
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MINERVA ESCRIBE POEMAS

   Minerva es apenas un poco mayor que yo y ya tiene dos hijos y un marido que se fue. Su madre sacó adelante a sus hijos solita y, por lo que se ve, sus hijas también van por ese camino. Minerva llora porque su suerte es mala suerte. Cada noche y cada día. Y reza. Pero cuando sus niños duermen después de que les ha dado de cenar hot cakes escribe poemas en papelitos que dobla y dobla y retiene en sus manos un largo tiempo, pedacitos de papel que huelen a dime.
   Me permite leer sus poemas. Yo la dejo que lea los míos. Siempre está triste como una casa que arde —siempre hay algo que está mal. Tiene muchos problemas, pero el más grande es su marido que se fue y sigue yéndose.
   Un día se harta y le dice que ya basta y basta. Allá va él patas pa’rriba. Ropa, discos, zapatos. Afuera por la ventana, y cierra la puerta con candado. Pero esa noche regresa y avienta una piedrota por la ventana. Luego lo lamenta y ella le abre la puerta de nuevo. La misma historia.
   A la siguiente semana llega azul y negra y pregunta qué puede hacer. Minerva. Yo no sé qué camino tomará. No hay nada que yo pueda hacer.

PEQUEÑOS ACCIDENTES CASEROS, Berna Wang

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BERNA WANG, Pequeños accidentes caseros, AdamaRamada, Madrid, 2004, 96 páginas.

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EL GATO MUERTO


   Hoy en el parque, en medio del rectángulo de hierba que rodea la estatua del general, he visto un gato muerto. Un bulto de pelo blanco y negro. Junto a él, una hoja de papel amarillento doblada en cuatro. Estaba muerto el gato: a su alrededor volaban las moscas en círculos. Y no se movía. Sobre el césped sólo se agitaba, con la brisa, la hoja de papel.
   He pasado delante dos veces sin atreverme a acercarme. Pero después de la segunda, no he podido resistirlo: he vuelto sobre mis pasos, he mirado a uno y otro lado por si me veía alguien, y me he metido en la hierba, decidida. Luego me he agachado, he cogido el papel y lo he desdoblado con manos temblorosas.
   Y he visto que sólo era una factura.

EL NIÑO QUE DIBUJABA GATOS Y OTROS CUENTOS JAPONESES, Lafcadio Hearn

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LAFCADIO HEARN, El niño que dibujaba gatos y otros cuentos japoneses, Ediciones del Viento, A Coruña, 2004, 260 páginas.

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Los veintitrés relatos, procedentes de Japanes fairy tales (1918) y The boy who drew cats (1963), cuentan con las bellas ilustraciones de Mariana Riestra.
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EL VIEJO Y LOS DEMONIOS

   Hace mucho tiempo había un viejo que tenía un bulto en la mejilla derecha. Un día subió a la montaña para cortar leña, cuando de repente empezó a llover y a soplar el viento de tal forma que, al ver que era imposible regresar a casa, y muy asustado. se refugió en el hueco de un viejo árbol.
   Allí acurrucado e incapaz de conciliar el sueño, oyó un confuso sonido de varias voces que se iban acercando hacia donde él estaba. Se dijo a sí mismo: «¡Qué raro! Creía que era el único que estaba en la montaña, sin embargo oigo voces de más gente». Se atrevió a asomarse y vio una muchedumbre de extraños seres. Algunos eran rojos vestidos de verde; otros eran negros vestidos de rojo; algunos tenían un solo ojo; otros no tenían boca; la verdad es que era difícil describir su rara apariencia.
   Encendieron un fuego que dio tanta luz como si fuera de día. Se sentaron en dos filas cruzadas y comenzaron a beber vino y divertirse como si fueran humanos. Se pasaron las copas de vino tantas veces que algunos se emborracharon mucho. Uno de los jóvenes demonios se levantó y comenzó a cantar una alegre tonada y a bailar, e igual hicieron muchos otros; algunos bailaban muy bien, otros fatal. Uno dijo:
   —Lo estamos pasando inusualmente bien esta noche, pero me gustaría ver algo nuevo.
   El viejo, perdiendo el miedo, pensó que le gustaría bailar y diciendo:
   «Que sea lo que sea, si muero por ello, por lo menos habré bailado», se arrastró fuera del hueco del árbol, y con su gorra cayéndole sobre la nariz y el hacha en el cinturón, comenzó a bailar.
   Los demonios saltaron sorprendidos exclamando: «¿Quién es éste?» Y como el viejo bailaba adelante y atrás, balanceándose y haciendo contorsiones a un lado y otro, hacía reír y disfrutar a todos, que dijeron:
   —Qué bien baila este viejo. Tienes que venir siempre y unirte a nuestras fiestas; pero tememos que no vuelvas, así que debes prometernos que lo harás.
   Los demonios se reunieron a deliberar, y pensando que el bulto de su cara era señal de riqueza, demandaron que se lo entregara. El viejo replicó:
   —He tenido este bulto durante muchos años y no me separaré de él si no es por una buena razón; pero podéis quedároslo, o un ojo, o la nariz, si es vuestro deseo.
   Así que los demonios lo agarraron, retorciéndolo y tirando de él, y se lo sacaron sin hacerle el menor daño, y lo guardaron como señal de que cumpliría su promesa de regresar. Cuando comenzó a amanecer y los pájaros empezaron a cantar, los demonios desaparecieron apresuradamente.
   El hombre se acarició la cara y la notó suave y sin rastro del bulto. Se olvidó de cortar la leña y corrió hacia su casa. Su mujer, al verlo, exclamó sorprendida:
   —¿Qué te ha sucedido?
   Y él le narró lo acontecido.
   Entre los vecinos había otro viejo que tenía un bulto en la mejilla izquierda. Al oír cómo el viejo se había librado de su bulto, tomó la determinación de hacer lo mismo para ver si él se libraba también del suyo. Así que fue y se metió dentro del hueco del árbol a esperar la llegada de los demonios. Y tal como le dijeron, los demonios llegaron. Se sentaron, bebieron vino y se divirtieron como la otra vez. El viejo asustado y tembloroso salió del hueco del árbol. Los demonios le dieron la bienvenida diciendo:
   —El viejo ha vuelto, veamos cómo baila.
   Pero este viejo era torpe y no bailaba tan bien como el otro. Y los demonios le gritaron:
   —Bailas mal, y cada vez peor, te devolveremos el bulto que tomamos como prenda de tu promesa.
   Y diciendo esto, uno de los demonios trajo el bulto y se lo colocó en la otra mejilla; por lo que el viejo volvió a casa con un bulto en cada mejilla.