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LA AMISTAD SILENCIOSA DE LA LUNA, José Cereijo

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JOSÉ CEREIJO, La amistad silenciosa de la luna, Pre-Textos, Valencia, 2003, 72 páginas.

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Miraba el ciego
en un canto de alondra
amanecer.

ANIMALARIO UNIVERSAL DEL PROFESOR REVILLOD, Javier Sáez Castán & Miguel Murugarren

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MIGUEL MURUGARREN & JAVIER SÁEZ CASTÁN, Animalario universal del Profesor Revillod, Fondo de Cultura Económica, México, 2003, 40 páginas.

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Subtitulado Fabuloso almanaque de la Fauna Mundial, ofrece 21 láminas seccionadas de tal modo que el lector puede llegar, en el juego de las transformaciones, a descubrir 4096 especies de animales fantásticos. El autor de las láminas (a partir de los apuntes del Profesor Revillod) es Javier Sáez Castán; los comentarios surgen de la pluma de Miguel Murugarren.
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Feroz animal de bellísima estampa de los bosques malayos.




Feroz animal de vida subterránea de remotas florestas.

LAS NUBES PUEDEN SER GEMELAS, José Manuel Otero Lastres

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JOSÉ MANUEL OTERO LASTRES, Las nubes pueden ser gemelas, La Voz de Galicia, A Coruña, 2006, 64 páginas.
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En el Prólogo (pp 7-12) Carlos Reigosa dice de esos Diez cuentos imaginados al pasear "nos conciernen en lo esencial, porque la vida de todos nosotros se mueve también por esos impulsos que manan del recuerdo". Eduardo Arroyo aporta las magníficas ilustraciones.

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EL HOMBRE SUSPENDIDO

   —Doctor, lo lla­man por teléfono. Es del Hospital.
   Se levantó da vie­jo sofá de cuero, descolorido y arañado, apoyando con fuerza sus manos en los mullidos cojines tapizados de pana desgastada. Cada vez le costaba más ponerse en pie, debido a la pérdida de flexibilidad que había ido creciendo con el tiempo casi al mismo ritmo que su sabiduría. Había llegado a ser el más afamado Catedrático de Medicina Legal de su país y gozaba de un reconocido prestigio internacional como médico forense.
   A sus cincuenta y nueve años, seguía viviendo en aquel Colegio Mayor Universitario, en el que había entrado con diecisiete años recién cumplidos para iniciar la ca­rrera de medicina. Tras haber pasado por todos los cargos directivos, con la consiguiente mejora de habitación, ocupaba la mejor de todas: una bu­hardilla sin tabiques de casi sesenta metros cuadrados con vistas al esplén­dido jardín botánico con el que contaba aquella Universidad varias veces centenaria.
   No le extrañó la llamada, ni aunque fueran las once de la noche, ya que todavía no había po­dido librarse de las guardias. La cabina telefónica estaba enfrente de la porte­ría. Era estrecha prevista para un solo ocupante, con un pequeño mostrador para tomar notas, y sin asiento alguno. Como tenía algo de claustrofobia, dejó la puerta entreabierta sujetándola con el talón de su pie derecho.
   ~Si, ¿quién es?...
   A medida que escuchaba atentamente comenzó a escribir en una de las hojas que estaban sobre el mostrador, sujetas con una pinza de carey.
   —Tengo que salir a levantar un cadáver —dijo al grupo de contertulios con los que estaba en un rincón del cuarto de estar de los postgraduados.
   Aquel día de enero de mil novecientos setenta había amanecido con lluvias intensas, que aún no ha­bían cesado a esas horas de la noche. El viento, con fuertes ráfagas, se había inten­sificado a partir del atardecer. Desde el ventanal del cuarto de estar, se veían pasar, bajo la luz de las farolas, goterones alineados horizontalmente que serpenteaban al compás de los aullidos intemitentes del viento. Era una de esas noches desapa­cibles de invierno, que se dan con cierta frecuencia en el interior de Galicia.
   —Te acompaño —dijo con una mirada de misericordia el más joven del grupo, que era profe­sor ayudante de Literatura.
   Tras prepararse convenientemente, se subieron al viejo Morris azul del Profesor y salieron rumbo a la costa. Durante el camino, Lorenzo, que así se llamaba el ilustre fo­rense, le contó que había pedido a todos los Juzgados de la provincia que lo llamaran cada vez que hubiera algún ahorcado, porque estaba haciendo un trabajo para publicarlo en una revista científica portuguesa.
   Pasados tres cuar­tos de hora de viaje, llegaron al puesto de la guardia civil que se encargaba de las primeras diligencias. Era una casa de una planta, con una puerta de alu­minio con rejas, en cuyo dintel había una placa de madera pintada con los colores de la bandera de España, en la que estaba escrito en negro con letras grandes: COMANDANCIA DE LA GUARDIA CIVIL.
   Les abrió la puerta un guardia joven, de unos veinte años. Detrás del mostrador, estaba el coman­dante del puesto, un sargento que rozaba la cuarentena, que estaba bebiendo un café en una taza esmaltada en blanco con el borde superior de color azul marino. Después de las pertinentes presentaciones y saludos, los dos guardias se pusieron sus tabardos verdes y le pidieron al doctor que los siguiera en su Morris hasta un punto de la carretera, en el que tenían que subirse al coche oficial, porque el acceso a la casa era muy complicado.
   El tiempo había mejorado ligeramente, las gotas de la lluvia ya no eran tan grandes, y habrían llegado a sentir una sensación de bienestar de no ser porque, al aumentar la fuerza del viento, el agua les llegaba de todas partes, sorteando con suma facilidad los parapetos de los paraguas. Después de caminar un buen rato por el monte, alumbrados por las linternas de los guardias, divisaron una casa de piedra y cemento, desvastada por la intemperie, con un portón de doble ho­ja, de cuyo interior salía una luz débil y oscilante, que dejaba vislumbrar en la penumbra la imagen de una mujer con el pelo cubierto por un pañuelo.
   —Está ahí arriba, en el granero —dijo, con dureza.
   Entraron, tras ella, en una habitación bastante amplia, cuyo suelo era de tierra apelmazada y hú­meda, y en la que había una gran chimenea de piedra con unos leños ardiendo, apiñados en un rincón. La luz eléctrica toda~a no había llegado hasta aque­lla parroquia, por lo que se sentaron, a la luz de unas velas, alrededor de una mesa de madera de pino sin barnizar, que estaba en el centro de la estancia. Del cajón de la mesa, la mujer sacó un plato de latón con unos arenques secos, ofreciéndolos cortésmente a los visitantes. Todos rechazaron la invitación, los guardias con una simple negativa, y el forense y su acompañante, con el pre­texto de que ya habían cenado, no olvidándose ninguno de ellos de expresar su agradecimiento.
   —Estaba en la bebida desde que dejó la mar hace quince años. Lo jubilaron a los cuarenta y cinco por una bronquitis crónica de tanto fumar. Cuando volvía de vender la leche, me esperaba en el camino y si no le daba lo que traía, me daba una pa­liza. Después se iba al bar y no volvía hasta el amanecer.... No era mal hom­bre, pero el alcohol, ya se sabe... —dijo con gran entereza y sin el menor aso­mo de tristeza.
   Tras la llegada del Juez, fueron todos al granero, que estaba un poco alejado de la casa. El sargen­to abrió la puerta muy despacio y en mismo centro, colgado de una viga del techo, estaba él, con la boina movida, dejando al descubierto una parte de su calva, que estaba más blanca que el resto de la cara. La cabeza estaba ladea­da hacia la izquierda, en la misma dirección que la lengua que asomaba lige­ramente por la boca. Siguiendo las órdenes del Juez, el sargento lo cogió por los pies. El joven guardia, subido a una banqueta desató la soga de la viga, lo agarró por debajo de los brazos y, ayudados por el Juez y Lorenzo, lo fueron poniendo en posición horizontal, hasta posarlo suavemente sobre el suelo. El doctor lo reconoció con minuciosidad, golpeándolo con una espiga de maíz en los brazos y las piernas con el fin de determinar aproximadamente la hora del óbito por el grado de rigidez del cuerpo.
   Después de relle­nar y firmar el papeleo correspondiente, salieron en silencio de la casa y ca­minaron a la luz de las linternas hasta la carretera. La despedida fue un sim­ple apretón de manos. No había otro deseo que abandonar cuanto antes aquel paraje lúgubre, en el que hasta se contenía el aliento para no resultar conta­giado por tanta pobreza.

CUENTOS PARA DESPUÉS DE HACER EL AMOR, José Carlos Carmona

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JOSÉ CARLOS CARMONA, Cuentos para después de hacer el amor, Signatura, Sevilla, 2003, 120 páginas.

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LA BÚSQUEDA

   Más que un amante del amor, Jacinto Bermúdez era un amante de la literatura, o un tímido que se ocultaba tras un muro de papel y tinta. Jacinto Bermúdez creía que el sexo era un pasatiempo entre lectura y lectura y, aunque sabía que todas las chicas que habían pasado por su cama pensarían que lo de la pasión por la literatura debía de ser un cuento, él sabía que lo que era un cuento era su apasionamiento por el sexo.
   Jacinto Bermúdez las llevaba siempre a su casa con la excusa de ense­ñarles su nutrida biblioteca y ellas sabían que no iban para eso, pero iban porque Jacinto era tierno y bueno, dulce y apocado~ cariñoso y tímido. Jacinto las llevaba a su dormitorio porque allí estaba la litera­tura y mientras él miraba los estantes ellas miraban la cama. Luego Jacinto tomaba entre sus manos un volumen con exquisito cuidado y les leía poemas, cuentos, historias. Él se sentaba en la cama y ellas se tumbaban para ser leídas y él se lanzaba a la lectura y ellas siempre, siempre, apartaban de sus manos el libro, le quitaban con cuidado las gafas y se lo comían a besos, a abrazos, a gemidos. Jacinto Bermúdez miraba de reojo el libro y pensaba, una vez más, que nunca encontra­ría a la mujer que compartiera con él su sueño de tomar el sexo como un pasatiempo entre lectura y lectura.


LOS SIETE LIBROS DEL KAMA SUTRA, Vatsyayana, Mallinaga

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Los siete libros del Kama Sutra. Aforismos de amor, Grijalbo, Barcelona, 2003, 258 páginas.

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 Libro de gran formato con más de 200 ilustraciones acompañadas de textos descriptivos precedidos de aforismos encontrados.
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La decencia, la propiedad y el amor; obediencia a todos ellos.
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La base de la experiencia erótica es el placer experimentado cuando: la oreja, la piel, el ojo, la lengua, separadamente, o junto con la nariz, están unidos en la propia persona, y gobernados por los sentidos.
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Vale todo. Porque la pasión no espera a nadie. Así dice Vatsyayana.
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Haz lo que haga. A un golpe, responde con otro. Y de la misma manera, devuelve besos con besos.
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Por haberse mantenido en secreto, y haberlo probado solo algunas veces...quién sabe...¿quién debe hacer qué, cómo y cuándo?





LOS CUADERNOS DE LETRA PEQUEÑA, José Jiménez Lozano

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JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Los cuadernos de letra pequeña, Pre-Textos, Valencia, 2003, 252 páginas.
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Esta entrega, que compone el cuarto tomo de "lo que podrían denominarse mis Diarios", incluye lo escrito entre 1993 y 1998.
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   Un niño de trece años, en Madrid, confiesa tranquilamente que ha matado a otro niño de diez. También es un niño de la calle, y la noticia sobre este horror no deja de bucear sus profundidades, y explica que al muchacho asesino —no le gustaba el colegio y prefería ir a buscar pájaros—. Es puro cretinismo esta explicación pero el caso es no hablar del mal, porque no debe existir. Ni hay tampoco criminales, naturalmente. El horror sería ahora el mero hecho de hacer novillos o faltar a la escuela, que siempre fue la mayor de las delicias, por cierto, y que nadie que no la haya gozado podrá ni imaginar; pero queda negada a los niños de hoy, porque, como se ve, hasta es un signo de perversidad que lleva al asesinato, y, desde luego, encierra algún desequilibrio mental y trastorno de la personalidad.
   El caso es no mentar la bicha; vivir de estereotipos y con explicaciones perfectamente idiotas, pero tranquilizadoras.

RUBAYAT, Abusaíd Abuljair

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ABUSAÍD ABULJAIR, Rubayat, Trotta, Madrid, 2003, 96 páginas.

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En Sobre el Sheij Abusaíd Abuljair Que la pad divini esté con él (pp. 17-33), Farid ud-Din Attar escribe: "En la pobreza, anodadamiento y sufrimiento alcanzó un altísismo grado". En el Preliminar (pp. 11-16) Clara Janés y Ahmad Taherí, traductores de los poemas seleccionados por Mohsén Emadí, trazan la biografía de Abusaíd Abuljair (967-1043), fascinado ya desde niño por la espiritualidad sufí. 
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La mitad de tu rostros: "¿Lejos he partido?"
La otra mitad: "Existe un castigo."
Escrito alrededor: "la vida doy, la vida quito."
"Quien muere de amor, muere en el martirio."

PURO PUEBLO, Jairo Aníbal Niño

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JAIRO ANÍBAL NIÑO, Puro Pueblo,  Editorial Panamericana, Bogotá, 2003, 108 páginas.

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LA IMAGEN

   El tirano aulló cuando vio los cuadros pintados por el artista Ramón Colorado. Se dio cuenta de que esas figuras eran peligrosas, que esas imágenes contribuirían a fomentar el desorden público y a soliviantar a obreros y campesinos. Ordenó a su policía secreta que lo eliminara. Ramón Colorado, avisado a tiempo por un trabajador infiltrado en el palacio, pintó con diligencia y sabiduría en las paredes exteriores de su casa, decenas de puertas y ventanas.
   Cuando llegaron los asesinos no supieron cuál era la puerta verdadera y jamás pudieron entrar. 

KWAIDAN, Lafkadio Hearn

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LAFCADIO HEARN, Kwaidan, Siruela, Madrid, 2003, 182 páginas.

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Siruela publica esta traducción de Carlos Gardini de estos veintitrés relatos de Hearn.
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OSHIDORI

   Había un cazador y halconero llamado Sonjõ, que vivía en el distrito de Tamura-no-Gõ, provincia de Mutsu. Un día salió de caza y no descubrió presa alguna. Pero en el camino de regreso, en un sitio llamado Akanuma, Sonjõ vio un par de oshidori (patos de los mandarines) que nadaban juntos en un río que él estaba a punto de cruzar. No está bien matar oshidori, pero Sonjõ, acosado por el hambre, decidió dispararles. Su dardo atravesó al macho; la hembra se deslizó entre los juncos de la orilla opuesta y desapareció. Sonjõ se apoderó del ave muerta, la llevó a casa y la cocinó.
   Esa noche tuvo un sueño perturbador. Creyó ver una hermosa mujer que entraba en su cuarto, se erguía junto a su almohada y se echaba a llorar. El llanto era tan amargo que, al escucharlo, el corazón de Sonjõ parecía desgarrarse. Y díjole la mujer: “¿Por qué? ¿Por qué lo mataste? ¿Qué mal te había hecho… ? ¡Éramos tan felices en Akanuma… y tú lo mataste! ¿Qué daño te causó? ¿Te das cuenta siquiera de lo que has hecho? ¡Oh! ¿Te das cuenta del acto perverso y cruel que has perpetrado… ? También me diste muerte a mí, pues no podré vivir sin mi esposo… Sólo vine para decirte esto”.
   Y una vez más se echó a llorar en voz alta, con tal amargura que el sonido de su llanto penetró en los mismos tuétanos del cazador; y luego sollozó las palabras de este poema:

Hi kukuréba
Sasoëshi mono wo…
Akanuma no
Makomo no kuré no
Hitori-né zo uki!

[¡Al llegar el crepúsculo
lo invité a regresar junto a mí!
Ahora, dormir sola a la sombra
de los juncos de Akanuma…
¡ah!, ¡qué inefable desdicha!

   Y luego de proferir estos versos exclamó: “Ah, no te das cuenta… ¡no puedes darte cuenta de lo que has hecho! Pero mañana, cuando vayas a Akanuma, ya verás… ya verás… ” Y con estas palabras, estremecida por el llanto, se alejó.
   Al despertar por la mañana, Sonjõ recordaba el sueño con tal vividez que sintió una profunda consternación. Evocó estas palabras: “Pero mañana, cuando vayas a Akanuma, ya verás… ya verás… ” Y resolvió ir allí en el acto, para averiguar si su sueño esa algo más que un sueño.
   Dirigiose, pues, a Akanuma; al llegar junto a la margen del río, vio a la oshidori hembra, que nadaba a solas. En el mismo instante, el ave advirtió la presencia de Sonjõ: pero, en lugar de darse a la fuga, nadó derecho hacia él, clavándole una mirada extraña y tenaz. Entonces, con el pico, súbitamente se desgarró el cuerpo y murió ante los ojos del cazador.
   Sonjõ se rasuró la cabeza y se hizo sacerdote.

SIETE MINUTOS, Francisco Rodríguez Criado

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FRANCISCO RODRÍGUEZ CRIADO, Siete minutos, La Bolsa de Pipas, Palma de Mallorca, 2003, 166 páginas.

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AMANTES

   Imposible ignorar la identidad de aquella mujer recostada sobre su pecho. Era su esposa, la madre de sus hijos, quién si no. Pero había regresado del sueño con tantos deseos de dar y recibir, que sucumbió a la fantasía más infame: pensó que era una desconocida y la estrechó cariñosamente entre sus brazos. Ella, envuelta aún en la resaca del sueño, no pudo sospechar que aquellos brazos dulces pertenecían a su marido. Nunca antes, reflexionaron cuando todo hubo acabado, habían sido tan infieles el uno al otro. El llanto de un niño, procedente de una de las habitaciones contiguas, no hizo sino agravar ese sentimiento. Y no por amor sino para repartirse la losa de la culpa, volvieron a abrazarse. 

LAPIDARIUM IV, Ryszard Kapuściński

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RYSZARD KAPUŚCIŃSKI, Lapidarium IV, Anagrama, Barcelona, 2003, 160 páginas.

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El globalismo: la fragilidad de las configuraciones de fuerzas, de los estados de las cosas y de las alianzas es un rasgo característico del mundo contemporáneo. El «hoy» puede ofrecer un aspecto del todo diferente al del «ayer» y ya no sorprende a nadie que de repente todo haya cambiado; nadie pregunta por causas ni busca los orígenes.

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En la tradición de Occidente, democracia era sinónimo de liberalismo. Hoy, sin embargo, de unas elecciones generales, democráticas y sin fraude, puede salir un gobierno autoritario o un líder dictador.
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La mayor debilidad de la cultura: que es incapaz de detener el asesinato.
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A principios del siglo XX, guerras y revoluciones estaban interconectadas. La guerra desencadenaba, daba comienzo o aceleraba la revolución. A finales de este siglo, por el contrario, las guerras no tienen consecuencias revolucionarias de ningún tipo.
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La forma de sonata es la estructura de una obra musical cuya esencia consiste en una transformación libre de temas. Una de sus variantes: la sonata barroca, que se compone de movimientos breves que contrastan uno con otro. En literatura, su equivalente sería el fragmento, la forma fragmentaria.
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—¿Qué constituye una dificultad para una persona que hoy en día desee saber del mundo, conocerlo y comprenderlo a través de la lectura?
—El exceso. Un océano de libros, revistas, cintas, páginas web, y todo, lleno de teorías, nombres, datos… El exceso.
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¿El hecho es lo mismo que la verdad? Sí, sólo que el hecho sin su contexto no es toda la verdad e, incluso, puede llegar a transmitir algo diametralmente opuesto a su verdadero sentido.
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La gente cree en todo aquello que le resulta cómodo.
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Lo único, lo exclusivo, lo irrepetible de cada persona, de su sino y de su historia, constituye tal vez el fenómeno más importante del mundo.
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Tu cuerpo te habla. Escucha lo que dice. Préstale atención.
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El problema de la estupidez: que no es consciente de sí misma. Y que sólo por eso puede existir, pues la autoconcienciación es algo que está más allá del umbral de su capacidad.

BESTIARIO ACADÉMICO, Luis Íñigo-Madrigal

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LUIS ÍÑIGO-MADRIGAL, Bestiario Académico, Biblioteca Nueva, Madrid, 2003, 224 páginas.
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 Recoge este Bestiario Académico dispuesto por el orden del Abecé —advierte su autor—, "ochenta y tantas entradas zoológicas [...] de veinte diccionarios que van del siglo XVII  a nuestros días". Se mantiene la ortografía original. Las ilustraciones provienen de Les sognes drolatiques de Pantagruel... pour la récreation des Bons espirits, atribuidas a Rabelais, aunque de autor desconocido.
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JIRAFA, Fr. Girafe, Lat. Giráfa: otros camelopardális, animal feróz, de que hacen mencion muchos autores, sin que le haya visto alguno de ellos. Belle-forest dice que le hai en Madagascar: otros, que se halla mas allá del Ganjes. La figura de su cabeza, segun los que le describen, se parece á la del venado, el cuello es de casi dos varas de largos y mui delgado: las orejas, y pies hendidos; la cola redonda, y que no pasa de los jarretes; las piernas mas altas que las de cualquier otro animal; tiene dos cuernos de cosa de un pie de largos; la piel mui hermosa; el paso lento, y huye adonde nadie, por los comun, le pueda ver; pero si le cojen, es mui manso; no puede beber por razon de la altura que tienen sus piernas, si no dobla las manos delanteras; pero los mas cautelosos, y reservados, creen que este es un animal quimerico.


LIBRO DE JUEGOS PARA LOS NIÑOS DE LOS OTROS, Ana María Matute

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ANA MARÍA MATUTE, Libro de juegos para los niños de los otros, Espasa, Barcelona, 2003, 48 páginas. Fotografías de Manuel Durán y Juan MIguel Sánchez Vigil.

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Espasa reedita con fotografías actuales los textos publicados por primera vez en 1961.
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EL JUEGO DE LOS TRENES QUE NO TIENE FIN
  
   El inacabado juego de los trenes va bien para las tardes malas tardes: tardes de cicatrices. Uno ya sabe. Los trenes van pasando. Las vías queman. Duelen las cicatrices, o las heridas recientes, aún abiertas: no somos perros que se lamen debajo de los puentes. No nos gusta pensar en cicatrices, pero duelen. Y pasan los trenes por la vía negra, como si fueran ardientes barras de carbón al sol. En el inacabado juego de los trenes toma parte la rabia, el rencor, o acaso el odio. Si es odio este deseo de irse, de marcharse, de no volver a ver jamás aquella blanca cicatriz que le parte la barbilla al padre. Si acaso es odio el irse y olvidar el agua, el humo, los ladrillos, el pan, los agujeros en la tierra, aquel pájaro que grita rodeado de alambres, entre rojos geranios, aquel banco de piedra por donde las hormigas trepan quién sabe con qué fin (como la firma a la entrada de la fábrica, las riñas, o las cañas, o los golpes). Allá va el tren, ahí va cercano: por la noche robamos un vagón cargado, buscamos mercancías debajo de las lonas, pasamos como sabias lagartijas. Ahí están el tren y las vías dañinas, donde una tarde aquel chico, se quedó roto: las piernas bonitamente rojas, las rodillas peladas, devoradas, hasta que lo taparon con un saco, como otra mercancia. Sería un bonito y descansado juego, este triste e interminable juego de los trenes, si uno pudiera escaparse en ese grito que de repente viene a cortar la tarde, el pensar, la vida, o quién sabe, algo como esa delgada cicatriz que parte la barba negra de aquel hombre. Ese grito del tren le hace a uno daño, y al mismo tiempo, parece que uno espera. (Dicen que al chico que se mató en la vía, lo llamaba aquel grito aquella tarde, y lo quiso jugar. Mala suerte.)

BESTIARIO DEL CIRCO, Pepe Viyuela

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PEPE VIYUELA, Bestiario del circo, Medusa, Madrid, 2003, 229 páginas.

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En el Prólogo (pp. 9-11) Andrés Aberasturi elogia al polifacético autor: "Bendita sea tu humildad de torpe equilibrista en esta cuerda floja de la vida, porque nos enseñas que tropezarse y caer puede ser maravilloso". Hermosamente Ilustrado por Miguel Cubero.
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EL TRAPECIO
        
   El trapecio ha resultado ser hijo de Ariadna. Fue tejido con el hilo que otorga al hombre la posibilidad de escapar del laberinto de lo terreno y aproximarse a lo divino, una colosal tela repleta de ilusiones esbeltas, que dibuja en el espacio la constelación de la fantasía.
   A quien osa trepar hasta, él le brotan alas, aquellas que le permiten escapar, con precisión felina, del ansia aparentemente inexorable de la araña letal, inmensa e invisible, que pugna por tragarlos y los persigue hasta en los sueños.
   Combinación geométrica viva, sin libro ni manual que recoja el vasto cúmulo de trayectorias impensadas, pero descritas por la poesía de la magia, el riesgo y lo temerario.
   Sistema nervioso que transmite a nuestra espalda el vértigo del otro, del que se juega la vida a una pirueta, a un triple giro o a un volteo con ojos vendados.
   Fue columpio en el Olimpo, donde las divinidades acunaron su deseo de humanidad, y donde se amaron con los mortales y se engendraron los ángeles.
   Es la duda trigonométrica y latiente que se debate entre escaleno e isósceles, espejo de paralelos e hipotenusas enamoradas del ángulo recto y del agudo, de sirgas trastocadas, ahogadas en la cintura frágil de la bella trapecista, sirena que se burla del infierno en manos del portor.
   Es la cábala del aire dictando melodías a los ojos, es el éter en cuerdas enojadas y siempre en lucha con lo grave, es un ovillo ordenado de canciones contra el polvo de la muerte.

ÚLTIMAS NOTAS DE THOMAS F. PARA LA HUMANIDAD, Kjell Askildsen

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 KJELL ASKILDSEN, Últimas notas de Thomas F. para la humanidad, Lengua de Trapo, Madrid, 2003, 128 páginas.

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THOMAS

   Soy terriblemente viejo. Ya me resulta casi tan difícil escribir como andar. Voy despacio. No logro más que unas cuantas frases al día. Y hace poco me desmayé. Se estará acercando el final. Fue mientras estaba resolviendo un problema de ajedrez. De repente, me sentí extenuado. Tuve la sensación de que la vida misma se estaba extinguiendo. No dolía. Sólo era un poco incómodo. Y luego debí de perder el conocimiento, porque cuando lo recobré, tenía la cabeza sobre el tablero de ajedrez. Reyes y peones tirados. Es exactamente como desearía morirme. Será pedir demasiado, supongo, poder morirse sin dolores. Si cayera enfermo con muchos dolores y supiera que la enfermedad y los dolores iban a ser para siempre, me gustaría tener un amigo que pudiera facilitarme la entrada en la nada. Es cierto que las leyes lo prohíben. Desgraciadamente, las leyes son conservadoras, de modo que los médicos alargan los dolores de un ser humano, incluso cuando saben que no hay esperanza. Eso se llama ética médica. Pero nadie se ríe. Las personas que tienen dolores no suelen reírse. El mundo no es misericordioso. Se dice que, durante las grandes depuraciones en la Unión Soviética, a los condenados a muerte se los mataba de un tiro en la nuca, camino del tiempo de espera en sus celdas. De repente, sin previo aviso. A mí eso me parece un atisbo de humanidad en medio de tanta miseria. Pero el mundo protestó: a menos habrían de tener derecho a morir de cara al pelotón de ejecución. El humanismo religioso no es poco cínico, ay, o el humanismo en general.
   Pero como dije, me desperté con la cara entre las fichas de ajedrez. Por lo demás, era casi como despertarse después de un sueño normal y corriente. Me sentía un poco aturdido. Sólo se me ocurrió volver a colocar las fichas, pero era incapaz de concentrarme. Estaba a punto de sentarme junto a la ventana cuando llamaron a la puerta. No abro, pensé. Será un evangelista para hacerme creer en la vida eterna. Últimamente han proliferado mucho. Parece que la superstición esta viviendo un auge. Pero volvieron a llamar y empecé a dudar. Los evangelistas suelen llamar sólo una vez. De manera que grité «Un momento» y fui a abrir. Tardé. Era un chico. Vendía lotería de la banda de música del colegio local. Los premios constituían una burla no intencionada hacia los viejos: bicicleta, mochila, botas de fútbol y cosas así. Pero no quise mostrarme negativo y le compré un boleto. Y eso que no me gusta la música de banda. Pero el monedero estaba encima de la cómoda, y tuve que decirle al chico que entrara conmigo. De otro modo, hubiera tenido que esperar muchísimo. Iba justo detrás de mí. Seguro que jamás había andado tan despacio. De camino hacia la habitación, acorté el tiempo preguntándole qué instrumento tocaba. «Bueno, no sé», contestó. Me pareció una respuesta extraña, pero supuse que era tímido. Yo podría ser su bisabuelo. Tal vez incluso lo fuera. Sé que tengo muchos bisnietos, pero no conozco a ninguno de ellos. «¿Te duelen mucho las piernas?», preguntó el chico. «No, lo que pasa es que son muy viejas», contesté. «Ah, bueno», dijo, probablemente más tranquilo. Ya habíamos llegado a la cómoda, y le di el dinero. Entonces me invadió un ataque de sentimentalismo. Me pareció que el chico había empleado mucho tiempo para vender un solo boleto. De modo que le compré otro más. «No hace falta», dijo él. En ese instante sentí un mareo. La habitación empezó a dar vueltas. Tuve que agarrarme a la cómoda, y el monedero abierto se me cayó al suelo. «Una silla», dije. Cuando me la hubo dado, el chico se puso a recoger el dinero, que estaba disperso por el suelo. «Gracias, chico», dije. «De nada», contestó. Dejó el monedero encima de la cómoda, me miró muy serio y dijo: «¿Nunca sales?». En ese momento me di cuenta de que seguramente había salido por última vez. No quiero correr el riesgo de desmayarme en la acera. Eso significaría hospital o residencia de ancianos. «Ya no», contesté. «Ah», dijo él, de un modo que me hizo ponerme sentimental de nuevo. No soy ya más que un viejo bufón. «¿Cómo te llamas?», pregunté, y la respuesta no hizo más que empeorar el asunto. «Thomas». Por supuesto, no quise decirle que yo me llamaba igual, pero me dejó con una sensación muy rara, casi solemne. Bueno, no era de extrañar, pues las campanas acababan de doblar por mí, por así decirlo. De manera que de repente se me ocurrió darle al chico algo para que se acordara de mí. Ya lo sé, ya lo sé, pero yo no era yo. Le dije que cogiera de la biblioteca el búho tallado. «Es para ti —dije—, es aún más viejo que yo». «Ah, no —dijo él—, ¿por qué?». «Por nada, chico, por nada. Gracias por tu ayuda. Cierra la puerta cuando salgas, por favor». «Muchas gracias». Luego se marchó. Parecía muy contento. Pero tal vez estaba disimulando.
   Desde entonces he tenido más mareos. Pero he colocado las sillas en lugares estratégicos. La habitación parece muy desordenada así. Da la impresión de que no vive nadie. Pero yo aún vivo aquí. Vivo y espero.

EL LIBRO DEL HAMBRE, Franz Kafka

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FRANZ KAFKA, El libro del hambre, Sirpus, Madrid, 2003, 120 páginas.

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Gustavo Martín Garzo transparenta en su Presentación los hilos que relacionan a los protagonistas de estos relatos: "Todos ellos sobreviven en las condiciones más precarias, y todos, en ese proceso de debilitamiento, encuentran misteriosamente una fuerza, una energía secreta que les lleva a actuar sin descanso, de una forma obstinada y obsesiva, aunque no conozcan el problema que tienen que resolver."


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LA PARTIDA

   Ordené que trajeran mi caballo del establo. El criado no me entendió. Fui al establo yo mismo, ensillé el caballo y lo monté. A lo lejos oí tocar una trompeta, y le pregunté qué significaba. No sabía nada ni había oído nada. En la puerta me detuvo y me preguntó:
   —¿Adónde vas señor?
   —No lo sé —dije—, solo quiero irme lejos de aquí, lejos de aquí. Irme cada vez más lejos de aquí; solo así puedo legar a mi destino.
   —Entonces ¿conoces tu meta? —me preguntó.
   —Sí —le respondí— ya te lo he dicho «lejos de aquí», ésa es mi meta.
   —No llevas provisiones —dijo.
   —No las necesito —dije—; el viaje es tan largo que si no encuentro nada que comer durante el camino, me moriré de hambre de todos modos. De nada me servirían las provisiones. Por suerte, es un viaje realmente enorme.

UN MUNDO EN MINIATURA, Ángel Guache

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ÁNGEL GUACHE, Un mundo en miniatura, Huerga & Fierro, Madrid, 2003, 91 páginas.

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En Ángel Guache vestido de hombre rana (pp. 7-8) Javier Rodríguez Marcos glosa esta obra: poemas que esconden greguerías, aforismos, humoradas...
  
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El constructor
de miniaturas
ama la exactitud
de los seres
microscópicos.
***
Miro tus ojos
y veo dentro
a nadie.
***
El silencio
nos recuerda
de dónde venimos
y a dónde vamos.
Por eso hay tantos
que no lo soportan.
***
Anacoluto
no es que Ana
tenga el culo
con luto.
***
A partir 
de cierta edad
contemplar
la belleza
produce
melancolía.
***
La horizontal
es una vertical
que descansa.

EL TESORO DE LA SOMBRA, Alejandro Jodorowsky

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ALEJANDRO JODOROWSKY, El tesoro de la sombra, Siruela, Madrid, 2003, 272 páginas.

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VELORIO

   La caja de un muerto se quejaba amargamente: "¡No es fácil ser ataúd: quien nos hace no nos quiere, quien nos compra no nos usa, y quien nos usa nunca nos ve!"

AL VUELO, Rogelio Guedea

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ROGELIO GUEDEA, Al vuelo, Mantis, Colima, 2003, 108 páginas.

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UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR

   Sobre el viejo radio de la abuela Petra tenemos, mi mujer y yo, una parejita de muñecos de porcelana. No sé cómo llegarían hasta ahí, pero los muñequitos están vestidos a la usanza antigua: ella con un guardainfante color lila; él con una casaca sin chaleco y una gorra de cuartel.
   Sentados en una banca que tiene chapetones y palmetas en el respaldo, los muñequitos se miran con delectación. Él rodea con el brazo la cinturita de ella, y ella, con las mejillas ruborizadas, lee en voz baja las páginas de lo que parece La cartuja de Parma, de Stendhal.
   La última vez que nos cambiamos de casa —nos hemos mudado tantas veces ya—, al muñequito se le trozó la cabeza de raíz. Nos dimos cuenta cuando sacábamos de la caja los perifollos de la sala y del antecomedor. Triste, mi mujer se valió de todos los medios para lograr pegársela, pero en cada intento se volvía a caer.
   Muchos días y muchos meses estuvimos consternados, hasta que una mañana resolvimos colocar la cabeza del muñeco debajo de la banca, con la mirada en dirección a los ojos azules de la linda francesita, a quien una noche de insomnio sorprendimos intentando alcanzar con los labios la lejana frente del hombrecito.

CUENTOS DEL MUNDO DEL AGUA

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Cuentos del mundo del agua, Intermón Oxfam Ediciones, 2003, 120 páginas.

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En el Prefacio (pp. 9-10) Sascha de Graaf subraya la voluntad sensibilizadora de esta publicación que recopila anécdotas o experiencias vinculadas al agua. Las fotografías, de diversa autoría, aparecen intercaladas entre los textos.

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MICROBIOS DESNUCADOS

   En algunas zonas rurales de mi país, la gente cree que el agua que corre por los ríos tormentosos que arrastran muchas piedras es segura para beber. Dicen que las piedras matan a los microbios, porque el agua de río las lanza con tanta violencia que aplastan a los "bichos". Alguien me dijo: "No se preocupe, cuando los microbios caen al río ¡se desnucan en las piedras!".
Silena Vargas
 Dick Kanters