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EFIGIES, Cristóbal Serra

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CRISTÓBAL SERRA, Efigies, Tusquets, Barcelona, 2002, 248 páginas.

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En Notas para un prefacio (pp. 9-11) Serra proclama su concepto de aforismo: "la poesía, que el verso ofrece en estado líquido, se solidifica al pasar a ser aforismo. Según entiendo el aforismo, su carácter específico consiste en la solidez poética. Para emplear un símil, yo diría que se trata de un monolito poético". Preceden a la antología de cada autor unas muy meditadas notas que presentan su obra. 
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Soy impreciso como el mar, semejante a aquel que no tiene donde asirse.
Lao-Tsé
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La dicha es leve como pluma y no llegas a sentirla. La desdicha es más pesada que la Tierra y librarse de ella no es fácil.
Chuang-Tsé
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Por mucho que andes, y aunque paso a paso recorras todos los caminos, no hallarás los límites del alma.
Heráclito
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Lo que no beneficia al enjambre, tampoco beneficia a la abeja.

Marco Aurelio
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El desvanecimiento es un mensajero de la muerte.
Ramón Llull
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Los halagos
La sirena canta con tanta dulzura, que invita a los marinero al sueño. Después se sube a los barcos y mata a los marineros dormidos.
Leonardo da Vinci
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El necio no ve el mismo árbol que ve el hombre sabio.
William Blake
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Si quieres que resuene en tu interior la palabra eterna, es preciso ante todo purgarte de toda inquietud.
Angelus Silesius
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La imaginación no hace sabios a los locos, pero los hace felices, todo lo contrario que la razón que no arranca a nadie de su miserable condición.
Pascal
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La verdad es un error abandonado, al igual que la salud es una enfermedad superada.
Novalis
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La crítica es la tasa que el público impone a los hombres eminentes.
Johnathan Swift
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Crees que persigo lo raro porque no conozco lo bello. Pero no es así, si aparezco persiguiendo lo raro es porque tú no conoces lo que es bello.
Lichtemberg
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Cabe esperarlo todo y temerlo todo del tiempo y de los hombres.
Vauvenargues
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La muerte te llenará de tierra la boca.
Joseph Joubert
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Vivir es una enfermedad de la cual el sueño nos alivia cada dieciséis horas.
Chamfort
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La crueldad es uno de los placeres más antiguos de la humanidad.
Friedrich Nietzsche
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La historia es una petrificación.
Charles Péguy
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La miseria es como el Diablo. Cuando hace un cautivo, lo rodea de excremento.
Léon Bloy
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El ojo escucha, pero la voz ve.
Paul Claudel
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El olor de una concha putrefacta basta para acusar a todo el mar.
Jules Renard 
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Debemos leer a grandes sorbos en la copa de la Quimera.
Giovanni Papini
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La música pasa: el silencio queda.
José Bergamín
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Saber es ir llenando de cajas vacías el desván de la ilusión.
Juan Ramón Jiménez
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Su conciencia estaba limpia. Nunca la había utilizado.
Stanislaw Jerzy Lecz
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La holganza es un alimento, lo mismo que el sueño.
Chesterton
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Las sábanas de un libro. Las páginas de una cama.
Carlos Edmundo de Ory

EL DINOSAURIO ANOTADO, Lauro Zavala

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LAURO ZAVALA, El dinosaurio anotado, Alfaguara Juvenil, México, 2002, 136 páginas.

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En Retrato de dinosaurio sin moscas, Lauro Zavala explicita su intención de "mostrar la diversidad de aproximaciones que este texto ha suscitado durante los años recientes, ya sea como motivo literario, o bien como motivo de estudio, e incluso como motivo de reflexión política". Siguen al prólogo catorce secciones (y un apéndice) cuyos contenidos Monterrosianos convierten este tomo en una obra de capital referencia.
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LA HISTORIA DE DIOS

   Y cuando se despertó, soñaba al mundo todavía.
Francisco Nájera

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LA CULTA DAMA

   Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado El dinosaurio.
   —Ah, es una delicia —me respondió—, ya estoy leyéndolo.

José de la Colina
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EL DINOSAURIO

   Vivo con un dinosaurio entre las piernas…
Niña Yhared

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MONTERROSIANA II

   Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí. Otra posibilidad. Cuando el dinosaurio despertó el escritor aún estaba allí. Sólo un ligero temblor en la página delataba que estaba vivo. El dinosaurio lo atrapó y lo devoró de un mordisco. Los restos de la tinta que oscurecían aún más la sangre quedaron regados por todas partes. Luego agradeció al cielo que lo proveyera de suculentos escritores, todos los días, cuando despertaba.

Wilfredo Machado

ZETA, Manuel Vilas

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MANUEL VILAS, Zeta, DVD Ediciones, Barcelona, 2002, 176 páginas.

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BARCELONA

   Salí de la habitación del hotel pensando que en cualquier momento me caería muerto. Pero qué bonita estaba Barcelona. Y yo no tenía nada que hacer en toda la mañana. Sólo los pobres, los emigrantes, los vagabundos, los fantasmas, los viudos, y yo, no tenemos absolutamente nada que hacer. Es un paro perpetuo. Pero la vida es un paro perpetuo. Y comencé a dar vueltas por las calles como una bestia enamorada del aire. Del aire y del espíritu de las cosas, de la pereza y de la luz que alumbra este mundo y entra en mis ojos. Me tomé un café con leche y un bollo, y había una chica a mi lado que enseñaba la pierna casi hasta la nalga. Luego paseé por las Ramblas. Llevaba sus piernas en la cabeza. Qué llevan las malas bestias en la cabeza, sino oscuros cofres con mísera ceniza humana.
   Miraba tiendas. Tiendas con relojes antiguos, de segunda mano, pero muy caros. Tiendas de discos de vinilo. Viejos discos que yo recordaba perfectamente. Y todo cuanto veía era falso. Portadas de álbumes de los setenta. Un disco de Joe Cocker, que me trajo el pasado y me lo puso delante de los ojos. La falsedad bailaba en mi cabeza, esa cabeza mía tan enferma, tan necesitada de drogas, y tan víctima de las drogas, ese enorme dolor de cabeza que acaba en sufrimiento, en dolor grande y vencedor. Dolor que hace de mí una víctima, que me reduce a esclavo, a remolinos sofocantes de fracasos enracimados, abrazados. Como si llevase encima la nada de las cosas, la soledad de todas mis arterias y de todos mis malos nervios. La ciudad entera ha muerto ya, o más bien nunca estuvo viva. Todas las ciudades son una broma de Dios. Una broma de suciedad y viento. Sucias estaban las calles, y sucias estaban mis manos. Entré en el lavabo para lavarme las manos con ese jabón barato y pegajoso de los bares y allí un negro me clavó un cuchillo en la garganta. Me senté a desangrarme, y noté humedad en el culo. Me había sentado en un charco. Y seguía sangrando. Pero aún quise salir a la calle otra vez. Pero me dolía tanto el cuello y el negro no hacía más que reír, monstruosamente. Era mi ángel de la guarda aquel enorme negro de casi dos metros de altura. Me acarició el pelo y no dejó que entrase nadie en el lavabo. “Es bonita Barcelona”, dijo. Y añadió “unos antepasados tuyos, ya sabes que yo lo sé todo, eran de aquí, vivían en la calle del Hospital, en un cuarto piso, hace ciento cincuenta años, vivían mal y pasaban hambre, les gustaba el mar, ir al mar los domingos, pero se murieron y luego tiraron la casa, ya veo que sigues sangrando mucho”. Fue a buscar una croqueta a la barra y luego vino otra vez. Tenía hambre, dijo. Y se comió la croqueta con mucho gusto.

CIRCO DE TRES PISTAS Y OTROS MUNDOS MÍNIMOS, Luis Felipe Hernández

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LUIS FELIPE HERNÁNDEZ, Circo de tres pistas y otros mundos mínimos, Ficticia, México D.F., 2002, 120 páginas.

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VICTORIA

   Disputadísima, sólo uno disfrutará jactancioso la última cerveza del estadio.

ANTOLOGÍA DEL INGENIO, Luis T. Melgar

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LUIS T. MELGAR, Antología del ingenio, Libsa, Madrid, 2002, 314 páginas.

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Dividido en siete bloques temáticos (Ingenio clásico. Filósofos, cónsules y senadores; Ingenio Medieval y Moderno. Monjes, soldados, privados y reyes; Ingenio político y Parlamentario. Ministros. Diplomáticos y Diputados; Ingenio en el mundo del espectáculo. teatros. Cines y Plazas de toros; Ingenio artístico. Músicos. Pintores y escritores; Ingenio en la Literatura. Comedias, artículos y epigramas; Ingenio popular. Chistes, coplillas y burlas modernas), constituye un completísimo catálogo de anécdotas. 
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BALZAC

   El genial naturalista alemán del siglo XIX, von Humboldt, sentía una pro­funda curiosidad por el fenómeno de la locura, de modo que en una ocasión en que viajaba a París le rogó a su amigo el doctor Blanche, que era psiquiatra, que le organizara una cena con un loco.
   El médico aceptó encantado y, cuando llegó el momento de la reu­nión, avisó a su invitado:
   —Comerá también con nosotros un invitado muy especial.
   Comenzó la cena. Aparte de Blanche y von Humboldt había otros dos comensales Uno de ellos era un caballero impecablemente vestido con traje negro y corbata blanca. De mediana edad, era extremadamente silencioso, comía con mucha educación y hacía ademán de brindar cada vez que se llevaba la copa a los labios. El otro tenía un aspecto desaliñado, iba mal peinado y no hacía más que hablar, contando un sinfín de anécdo­tas mientras se llevaba atropelladamente la comida a la boca.
   En un momento en que Blanche y von Humboldt se habían levan­tado de la mesa, el naturalista alemán le preguntó al psiquiatra si aquel hombre que hablaba tanto era el loco, ya que estaba fascinado con su con­ducta totalmente anormal.
   —¡Pero hombre, qué dice usted! Ese señor es el famoso escritor Ho­noré de Balzac; el loco es el otro, el que no habla.

RITMOS, Eliseo Borrás & Antoni Albalat

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ELISEO BORRÁS, Ritmos, Nivola, Madrid, 2002, 330 páginas.


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Este sigular proyecto subtitulado Matemáticas e imágenes parte de una fotografía a propósito de la cual Antoni Albalat escribirá un haiku. Posteriormente a los matemáticos les corresponde deducir el modelo matemático que explicaría la repetición: simetrías, proyecciones, enrollamientos y fractales. 
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¡Ah las espigas!
¿duerme el sol enrollado
en las esteras?



LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA CUENTOS, Albert Jané

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ALBERT JANÉ, La vuelta al mundo en ochenta cuentos, Edebé, 2002, 145 páginas.

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Albert Jané reescribe ochenta narraciones representativas de los cinco continentes. Las ilustraciones que acompañan a los textos son obra de Judit Morales y Adriá Gòdia.
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EL PEZ ROJO

   Un gran señor encomendó la educación de su hijo a un maestro muy sabio. Pero aquel chico se reveló pronto como un discípulo muy distraído; su maestro no conseguía que fijara su atención en nada de lo que le proponía. Un día, el maestro mandó que encerraran a su discípulo en una sala vacía, un aposento en donde no había más que una pecera llena de agua con un pez rojo.
   —Te dejaré a solas, durante una hora, en esta sala —le explicó el maestro—. Fíjate bien en este pez, porque cuando vuelva tendrás que explicarme lo que hayas visto.
   Al cabo de una hora el maestro volvió y le preguntó qué había observado. El chico. enfurruñado, le dijo:
   —Nada: un pez dentro de una pecera.
   —¿Eso es lo único que has visto? Pues ahora te encerraré tres horas más, para que observes con toda atención.
   Al cabo de tres horas el maestro volvió a entrar y preguntó de nuevo a su discípulo qué había observado. El chico, todavía más enfurruñado que antes, dijo otra vez, en resumidas cuentas, lo mismo: un pez dentro de una pecera.
   —¿Sólo eso? —dijo el maestro—. Ahora estarás seis horas más. Y a ver si te fijas más. Pensando en que si no era capaz de decir nada que hubiera observado, su maestro era capaz de tenerlo todo un día entero encerrado en aquella sala, el chico se puso a observar detenidamente, con toda la atención, los movimientos y las evoluciones del pez dentro del agua, cómo iba hacia una esquina y hacia otra, cómo se detenía, cómo movía las aletas o la cola, o cómo, de pronto, hacía un movimiento repentino, imprevisto, impulsado por no sé qué fuerza. Al cabo de seis horas, cuando el maestro volvió a entrar en la sala y le preguntó qué había observado, el discípulo, llevándose un dedo a los labios, le dijo, en voz baja:
   —¡Pst! ¡Esperad, no hagáis ruido, que todavía no he terminado!

DESAFORADO, Juan Varo Zafra

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JUAN VARO ZAFRA, Desaforado, Alhulia, Salobreña, 2002, 138 páginas.

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Matas el tiempo para no matarte tú.
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¡Qué pocos son los que consiguen brillar por su ausencia!
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Contra Kierkegaard: el instante no es la pausa; es el abismo.
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Los que te quieren tal y como eres quizá no quieran tu mejora.
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No necesitas subir altísimo para caer bajísimo.
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Cuando nadie te entienda pregúntate si es que quizá no hay nada que entender.
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Si nadas entre dos aguas corres el peligro de ahogarte dos veces.
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Rechazo delator de los que son como fuimos.

TODA LA LUZ DEL MUNDO, Ángel Guinda

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ÁNGEL GUINDA, Toda la luz del mundo, Olifante, Zaragoza, 2002, 64 páginas.

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Subtitulado Minimal love poems contiene 34 poemas de un solo verso presentados en castellano, aragonés, asturiano, catalá, euskera y gallego.
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Para saber qué es la lejanía he llegado a este mar.
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Lo inalcanzable me hace señales desde el horizonte.
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Una casa nos llama con su abrazo de puertas.
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Mancha la luz tu luz.

LA VIDA IMPOSIBLE, Eduardo Berti

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EDUARDO BERTI, La vida imposible, Emecé, Buenos Aires, 2002, 178 páginas.

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DOBLE VIDA

   En cuanto supe que mi padre había llevado en sus últimos treinta años una doble vida, sucumbí a la curiosidad y averigüé el nombre de su otra mujer y la dirección del otro hogar. Llamé a la puerta con una excusa cualquiera -una inspección de la compañía de seguros, o algo así– y una mujer alta y equina me invitó a entrar. Entonces, no pude dar crédito a lo que veía: el interior de aquel hogar era una réplica perfecta del que habíamos compartido mi padre, mi madre y yo; los mismos muebles, los mismos sillones con el mismo tapizado distribuidos exactamente igual, y hasta los mismos cuadros, los mismos platos de porcelana y las mismas esculturas de yeso.
   De vuelta en casa, esa noche me dediqué con malévolo placer a desordenar los muebles y a revolver las cosas en los estantes. Mi madre seguía perpleja mis movimientos, pero no le dije nada de mi visita a la casa y cenamos en silencio.
   De pronto recordé la vez que, siendo un niño, había roto el jarrón chino que flanqueaba el diván. El enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido, en aquel momento, desproporcionado. Ahora podía entenderlo. Podía incluso imaginarlo al día siguiente, destruyendo a conciencia el jarrón igual, sólo para conservar la simetría con su otro hogar.

UN VASTO Y DESIERTO PAISAJE, Kjell Askildsen

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KJELL ASKILDSEN, Un vasto y desierto paisaje, Lengua de Trapo, Madrid, 2002, 112 páginas.

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LA COLISIÓN

   Llevaba un rato junto a la ventana abierta mirando la acera. Estaba vacía, era domingo a primera hora de la tarde, y también él se sentía vacío por dentro, como si lo desierto de la acera hubiese penetrado en él, y cuando su mujer, desde el sillón al fondo de la habitación, le preguntó algo que sólo requería un sí o un no por respuesta, él no contestó. No contestó, él mismo era una acera completamente vacía. Salió de la habitación sin mirarla, y al cerrar la puerta le oyó decir: «Anton, Anton, ¿qué te pasa?». Él salió a la entrada, bajó los cuarenta y ocho desgastados escalones de la escalera y se adentró en el terrible domingo. Me he marchado, pensó, así de fácil. Entonces se percató del calor y de la intensa luz solar. Cruzó la calle en busca de la sombra de la acera de enfrente. Allí se detuvo. Levantó la vista y miró hacia las ventanas, no la vio. Echó a andar, a la sombra de los edificios de cuatro plantas. Tras unos cien metros, se detuvo en un cruce para dejar pasar un coche blanco. En dirección contraria se acercaba un coche gris; por lo demás, apenas había tráfico. Los dos coches iban muy despacio. Será porque es domingo, pensó. Y porque hace mucho calor. Al llegar los dos coches al cruce, chocaron. El coche gris giró hacia la derecha, y el blanco, al girar hacia la izquierda, golpeó la puerta trasera izquierda del coche gris. Resultó cómico. El conductor del coche gris empezó a soltar improperios por la ventanilla bajada.
   —¡Me cago en Dios, hombre! ¿No sabes mirar o qué, joder?
   —No te he visto.
   —¿Que no me has visto? ¿Pero cómo coño has hecho para no verme? —No lo sé. No me he fijado. ¿No puedes abrir la puerta?
   —No, joder, se ha bloqueado.
   —Inténtalo con la otra.
   —Pero, por Dios, ¿crees que soy tan idiota como tú o qué?
   —Te he dicho que no te he visto. Ni siquiera he frenado. Sal y compruébalo. No hay rastro de huellas de frenos. Reconozco que soy culpable, pero no he podido remediarlo.
   —¡No he podido remediarlo! ¿No has podido remediarlo? Pues no estarás bien de la cabeza, joder.
   Se desplazó al otro asiento y logró salir del coche. Fue a contemplar los desperfectos. Se golpeó la cabeza con el puño. El otro conductor se le acercó. Anton Hellmann ya no podía oír lo que decían. Se puso a desandar el camino por el que había venido. Sudaba. Le parecía que tenía polvo en la cara. Tendré que darme una ducha, pensó. Vio a su mujer asomada a la ventana mirando. Hizo como si no la viera. No me ha hecho nada, pensó. Pero que no grite. Miró la acera bajo sus pies. La pobre no puede remediarlo. Pero que no diga nada hasta que me haya duchado. Cruzó la calle y se metió en el portal, luego subió por la escalera.
   Ella estaba en la entrada. 
   —¿Qué pasa, Anton?
   —Nada.
   —Sí, Anton, algo tiene que pasar. No me contestaste cuando te hablé antes, te marchaste sin más. Dime lo que pasa, por favor.
   —No es nada. Vaya darme una ducha.
   —Por favor, Anton. Me preocupas, no sé qué pensar.
   —Pues no pienses nada. Voy a ducharme.
   Se metió en el baño. Se desnudó. No hay nada que decir, pensó, ella no lo entendería, no tiene ningún abismo dentro. Abrió los grifos y los reguló hasta que el agua salió casi fría. Se quedó de pie bajo el chorro hasta que tuvo tanto frío que fue incapaz de pensar en otra cosa que en aguantar un poco más. Luego ya no pudo aguantar más. Cerró los grifos y se sentó sobre la tapa del váter. Puedo poner como pretexto que es domingo, pensó. Permaneció sentado inmóvil durante unos minutos, luego se secó el pelo y se vistió. Su mujer había hecho café y se había puesto pinzas en el pelo. Lo miró y le sonrió infeliz. Él recapacitó.
   —Me ha venido bien —dijo, y se sentó.
   Ella echaba el café en las tazas mientras decía:
   —¿Te has cansado de mí?
   —Pero, Vera, qué susceptible eres. No tiene nada que ver contigo. 
   —¿Hay otra?
   —No, en ese caso sí tendría que ver contigo.
   —Tiene que ver conmigo. Fue a mí a quien no contestaste dos veces, y de mí te marchaste sin una palabra.
   —Sólo tiene que ver conmigo, conmigo y con estos jodidos domingos. 
   —No digas palabrotas, por favor.
   —Sabes muy bien cómo me siento algunos domingos.
   —Son los únicos días en que estamos solos.
   Él no contestó. Sí, pensó. La miró. Ella lo miró a él.
   —No contestas —dijo ella.
   —No sirve de nada. Gracias por el café.
   Y se levantó.
   —Pero si no te lo has tomado.
   —Sí, lo he hecho —dijo él.
   —Pero Anton, no seas infantil. No te lo has tomado.
   —Sí que me lo he tomado.

EL OTRO AFUERA, Lilian Elphick

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LILIAN ELPHICK, El otro afuera, Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2002, 152 páginas.

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PIEZA CUATRO

Somos capaces de esperar que las palabras nos duelan...
Enrique Lihn

   Jesús Jiménez, alto, ojos nostálgicos por el trópico, de huesos firmes y largos, de oficio caracolero, deja el billete en la mesita del velador. Es sólo agradecer con realidades, una continuación del cariño feroz que ella, pieza cuatro, puede otorgarle.
   La muchacha dormita con la seducción añeja entre las sábanas, mueve un brazo y murmura las palabras de un sueño. Jesús la observa en la oscuridad asfixiante. Se viste.
   Ella pronto se despereza, canturrea algo hasta que le gritan desde afuera:
   —¡Pieza cuatro, desocúpate!
   Jesús no sabe su nombre. No le importa demasiado. No recuerda que la tristeza es el deseo concluido. Ella tampoco. Mientras se acomoda el vestido vuelve a cantar. Un mambo heredado de otro hombre, alguien que le cantó jadeando encima de su sonrisa.
   Afuera la apuran. Un puño enérgico golpea la puerta. Jesús saca de su bolsillo un caracol pequeño, un hijo de los gigantes que vende a los turistas que llegan a la isla.
   —Tome.
   Ella lo recibe y se sonroja.
   —Hace tiempo que no llegaban regalos —dice, alegre.
   Abre sus manos y lo hace rodar de un lado a otro. Lo acerca a su oído:
   —Para escucharlo a usted también.
   Jesús se acerca a ella y desliza un dedo por sus labios. Nuevamente ella siente la sal y el romper de olas azotando sus caderas.
   —Volveré —responde él dándole la espalda al oír los golpetazos.
   —No abra todavía. Déjela.
   Ella cubre el pestillo con su cuerpo.
   —Usted no va a volver, ¿verdad?
   Jesús Jiménez no le responde y la aparta con suavidad, sin mirarla.
   Al salir, una bocanada de aire caliente le indica la salida. Ella corre detrás de él.
   Una vieja la encara, agarra su hombro con fuerza hasta detenerla.
   —Cámbieme de pieza, Doña Octavia, no quiero la pieza cuatro —dice ella, molesta.
   Un hombrecillo le hace señas.
   —Ahí te quedas, muchacha —le contesta la vieja, haciendo pasar al siguiente.
   Antes de perderlo de vista, ella dice: No volverá.
   Él se aleja, atraviesa el jardín descuidado, elige el camino más corto para llegar a la playa y embarcar. De su bolsillo saca otro caracol diminuto, luego otro más, hasta tener muchos. Los tira a la arena para que se hundan en un naufragio seco y sin memoria.

OCNOS, Luis Cernuda

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LUIS CERNUDA, Ocnos, Huerga y Fierro, Madrid, 2002, 166 páginas.

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De este conjunto de prosas escrito por Cernuda "desde la nostalgia de su tierra", dice lo siguiente Francisco Brines en su Prólogo (pp. 9-16), donde rebosa un cálido lirismo próximo al de las páginas que lo suceden: "Es un libro de recobrado amor; un libro de resurrección, por la palabra, de la edad borrada, el tiempo mítico en el que tiempo del existir se transforma en espacio y la eternidad acostumbra a encarnar en el tiempo".

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EL MAESTRO

   Lo fue mío en clase de retórica, y era bajo, rechoncho, con gafas idénticas a las que lleva Schubert en sus retratos, avanzando por los claustros a un paso corto y pausado, breviario en mano o descansada ésta en los bolsillos del manteo, el bonete derribado bien atrás sobre la cabeza grande, de pelo gris y fuerte. Casi siempre silencioso, o si emparejado con otro profesor acompasando la voz, que tenía un tanto recia y campanuda, las más de las veces solo en su celda, donde había algunos libros profanos mezclados a los religiosos, y desde la cual veía en primavera cubrirse de hoja verde y fruto oscuro un moral que escalaba la pared del patinillo lóbrego adonde abría su ventana.
   Un día intentó en clase leernos unos versos, trasluciendo su voz el entusiasmo emocionado, y debió serle duro comprender las burlas, veladas primero, descubiertas y malignas después, de los alumnos —porque admiraba la poesía y su arte, con resabio académico como es natural. Fue él quien intentó hacerme recitar alguna vez, aunque un pudor más fuerte que mi complacencia enfriaba mi elocución; él quien me hizo escribir mis primeros versos, corrigiéndolos luego y dándome como precepto estético el que en mis temas literarios hubiera siempre un asidero plástico.
   Me puso a la cabeza de la clase, distinción que ya tempranamente comencé a pagar con cierta impopularidad entre mis compañeros, y antes de los exámenes, como comprendiese mi timidez y desconfianza en mí mismo, me dijo: «Ve a la capilla y reza. Eso te dará valor».
   Ya en la universidad, egoístamente, dejé de frecuentarlo. Una mañana de otoño áureo y hondo, en mi camino hacia la temprana clase primera, vi un pobre entierro solitario doblar la esquina, el muro de ladrillos rojos, por mí olvidado, del colegio: era el suyo. Fue el corazón quien sin aprenderlo de otros me lo dijo. Debió morir solo. No sé si pudo sostener en algo los últimos días de su vida.

CUENTOS DE LOS SABIOS DE LA INDIA, Martine Quentric-Sèguy

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MARTINE QUENTRIC-SÈGUY, Cuentos de los sabios de la India, Sígueme, Salamanca, 2002, 224 páginas.
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En la Introducción (pp. 11-13) a estos cuarenta y tres relatos "A orillas del Ganges"  se puede leer: "A los hindúes se les proponen diversos caminos [...] para alcanzar la sabiduría. Uno de ellos recibe el nombre de Vedanta. Los cuentos de este libro reflejan la sabiduría de las cuatro cualificaciones preliminares para incorporarse a este camino".
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EL PAPAGAYO

     En una jaula grande y hermosa vivía un magnífico papagayo.
   Fue comprado en un mercado persa por su dueño, un comerciante de Cachemira. Toda la familia estaba orgullosa del papagayo, que hablaba admirablemente bien. El amo, su esposa y sus hijos lo querían y lo apreciaban mucho, presumían de él y siempre estaba presente en sus fiestas.
   El papagayo, sin embargo, desconocía la felicidad. Estaba prisionero en su jaula de oro, lejos de los suyos. Trató de explicar lo desgraciado que era, pero le respondieron llevándole manjares excelentes y esos extraños juguetes que les gustan a los humanos. Le atendieron con caricias y palabras bonitas, pero nadie le abrió la jaula.  Él no pensaba más que en liberarse pero no sabía cómo. Se había hecho amigo de un adolescente, esclavo y desgraciado como él ya que el amo lo había comprado a sus padres.
   El comerciante tenía que hacer un viaje a Persia y unos días antes el secretario del amo cayó enfermo y decidieron a toda prisa que el adolescente acompañara a su patrón. Entonces el papagayo llamó su atención y le pidió que se acercara a la jaula todo lo posible y con gran sigilo murmuró:
   —Cuando estés allí, en Persia, ve, te lo ruego, al bosque y cuéntales a los míos dónde vivo. Háblales de mi tristeza, descríbeles mi jaula y pídeles consejo y auxilio. A la vuelta, prométeme que me dirás su respuesta, cualquiera que sea, tú que sufres una suerte parecida a la mía, sabrás comprenderme.
   El adolescente asintió con la cabeza.
   —Sí, iré, te lo prometo. ¡A mí me gustaría tanto poder enviar noticias y recibirlas de los míos!
   El viaje fue largo. El joven, que desconocía el mundo, se emocionó y se apasionó al descubrir sus bellezas. Sin embargo, no olvidó la promesa que había hecho al papagayo. En cuanto pudo, fue a un bosque, levantó la cabeza hacia la copa de los árboles y el arco iris de plumas, y contó las desgracias del hermano lejano e intentó comprender los consejos que los suyos podrían darle. Tres papagayos cayeron muertos a sus pies. Él se sobresaltó.
   —La emoción —se dijo— y sin duda, la pena han matado a estos tres ancianos papagayos.
   Pero no recibió ningún consejo que transmitir, nada más que noticias del bosque.
   A su regreso a Persia, el adolescente fue a contarle al papagayo su visita a los grandes árboles y le comunicó las noticias oídas.
   —Temo entristecerte —añadió—, pero debo decirte que, en cuanto hablé de ti, murieron tres ancianos papagayos.
   —¿Murieron? ¿Cómo ocurrió?— Dijo el papagayo.
   —Les hablé de ti, les di noticias tuyas, les pregunté si tenían algún consejo que darte, y los tres papagayos cayeron muertos al suelo al instante. Probablemente por la conmoción del duelo, nadie ofreció consejos. Los tuyos no supieron confiarme más ninguna noticia.
   —¡Muchísimas gracias! Veo que has cumplido escrupulosamente tu misión. ¡No te desanimes, ama la libertad y la libertad te amará!
   En cuanto se marchó el adolescente, el papagayo cayó de su percha en la jaula con el pico abierto, los ojos cerrados y las patas replegadas sobre su vientre multicolor boca arriba.
   Un sirviente que lo descubrió en este estado llamó al amo, el cual acudió corriendo, tomó al papagayo entre sus manos, sopló sobre sus plumas y vertió algunas gotas de agua en su pico. No consiguió nada, el papagayo no dio ningún signo de vida. Entonces el amo llorando, lo depositó en un montón de hojas dispuestas para ser quemadas junto con el papagayo con grandes honores, mientras murmuraba una oración fúnebre.
   Apenas había tocado el papagayo las hojas cuando, en el mismo instante en que las manos de su amo se abrieron, batió las alas y salió volando, llevado por el viento que soplaba hacia Persia.

ANTES, CUANDO VENECIA NO EXISTÍA, Victoria Pérez Escrivá

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VICTORIA PÉREZ ESCRIVÁ, Antes, cuando Venecia no existía, Anaya, Madrid, 2002, 183 páginas.
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CIELO

   Algunos creen que cuando la gente muere va al cielo. El cielo es como la tierra, solo que no tiene suelo y además es azul. La gente del cielo es transparente y nadie se abraza o se besa. Los recién llegados no lo saben y corren a abrazar a sus familiares muertos, pero los atraviesan como si fueran una ola. Inmediatamente se dan cuenta de que allí todo es diferente. No es que no se quieran. No, no es eso. Es algo parecido a un recuerdo. Lo aprenden nada más llegar. Se sientan y se miran. Nadie toca a nadie. Se miran con los ojos entornados., Como quien mira un recuerdo de hace mucho tiempo.
        
   Lo que más se parece al cielo es hundirse en el agua. Lo que más se parece a la tierra es morder un pedazo de madera.

BILIS NEGRA, Francisco de Quevedo

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FRANCISCO DE QUEVEDO, Bilis negra, Gredos, Madrid, 2002, 138 páginas.

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Antonio Martínez Sarrión selecciona fragmentos de obras de Quevedo, dándoles disposición de entradas de diccionario. Los grabados son obra de Julio Zachrisson.
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BIZCOS
Los bizcos son tuertos en duda, que no se sabe de que ojo lo son.
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CLÁSICOS
Conviene señalar premios a las letras, pues por ellas, habiendo fallecido los monarcas y las monarquías, hoy viven triunfantes las lenguas griega y latina, y en ella florecen a pesar de la muerte sus hazañas y virtudes y nombres, rescatándose del olvido de los sepulcros por el estudio que los enriqueció de noticias y sacó de bárbaras a sus gentes.
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CORRUPCIÓN
El cadáver no se queja de los gusanos que le comen, porque él los cría; cada uno mire que no se corrompa, porque será padre de los gusanos.
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ENVIDIA (Y DESPRECIO)
No hay dichoso sin envidia de muchos; ni hay desdichado sin desprecio de todos.
FUERZA
Los bienes del mundo son de los solícitos; su fortuna de los disimulados y violentos. Los señoríos y los reinos antes se arrebatan y usurpan que se heredan y merecen.
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PARADOJAS
Pocas veces quien recibe lo que no merece agradece lo que recibe. Muchas veces castiga Dios con lo que da y premia con lo que niega.
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VERDAD
La verdad es una y sola y clara; pocas palabras la pronuncian, muchas la confunden; ella rompe poco silencio y la mentira deja poco por romper.


CUENTOS PERVERSOS, Javier Tomeo

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JAVIER TOMEO, Cuentos perversos, Anagrama, Barcelona, 2002, 146 páginas.

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LA MUÑECA HINCHABLE

   Cuando le abandonó su muneca hinchable, mi amigo pensó que su soledad ya no tenía remedio y se sintió el hombre más infeliz del mundo.
   —Fue hermoso mientras duró —me confiesa esta mañana, con los ojos llorosos—. Ni una sola recriminación, ni una sola palabra más alta que otra. Lo nuestro fue, sobre todo, un dulce monólogo.
   —Dime —le pregunto—, ¿quién fue, en ese monólogo, el único que hablaba?
   —Ella —reconozco.
   —Pues no me extraña que al final se fuese con otro —le digo—. El silencio acaba aburriendo a cualquiera.
   Continuamos paseando por el parque de Z. y al cabo de un rato nos sentamos en un banco recién pintado de verde limón. De un tiempo a esta parte no resulta fácil encontrar un banco en esas condiciones.
   —Lo que más me fastidia —sigue confesándome— es que cuando me vaya al otro barrio, no dejaré en este mundo una esposa que me llore. No habrá nadie que se tome la molestia de incinerarme para conservar mis cenizas en un jarrón de porcelana checoslovaco.
   Y después de decirme esas tonterías no añade nada más. Le conozco bastante bien, puede que no vuelva a despegar los labios en todo el día. A partir de este instante tendré que adivinar sus pensamientos por su forma de resoplar por la nariz.

MIS PRIMERAS 80.000 PALABRAS, Vicente Ferrer (editor)

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VICENTE FERRER, Mis primeras ochenta mil palabras, Media Vaca, Valencia, 2002, 275 páginas.
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   Este Diccionario ilustrado ("que contiene las palabras favoritas de 231 artistas de 20 países oportunamente definidas y explicadas para lección y regocijo de todas las edades") está dedicado a Raymond Quenau (cuya Enciclopedia de las ciencias exactas no quiso editar nadie) y a Saul Steinberg (autor de The labyrinth, libro que compila sus ilusiones ópticas).
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Palabra árabe que da origen a la española "naranja", que a su vez proviene del persa "narandj" (y ésta del sánscrito "naranga"). La naranja es, como todas las frutas de pepitas, un símbolo de fecundidad. Por esta razón, en la antigua China, ofrecer naranjas a chicas jóvenes significaba una petición de matrimonio.

Hassan Musa

EL FABULOSO LIBRO DE LAS LEYENDAS URBANAS, Jan Harold Brunvand

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JAN HAROLD BRUNVAND, El fabuloso libro de las leyendas urbanas, Alba Editorial, Barcelona, 2002, 344 páginas.
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   A los doce bloques temáticos del volumen II (Negocios raros, El trabajo dignifica, Analfabetos tecnológicos, Inteligencia criminal, Naturaleza humana, Vagabundos del reino animal, Malditas mascotas, Comedia disparatada, Falsas alarmas, Identificación errónea, Píldoras universitarias y Leyendas urbanas verdaderas) les sucede Epílogo: parodias de leyendas urbanas.
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MEAS PILLADO

   Un catedrático les dice a sus alumnos de medicina durante una clase que es posible detectar la presencia de un exceso de azúcar en la orina degustándola. Para demostrarlo, moja un dedo en una muestra de orina y luego se lo mete en la boca. Declara que la muestra es demasiado dulce y les pide a los alumnos que lo comprueben ellos mismos.
   Todos los estudiantes repiten la prueba, algunos se muestran de acuerdo con el diagnóstico y otros no acaban de percibirlo. Pero ninguno descubre, hasta que se lo explica el profesor, que él ha metido el dedo corazón en la muestra y el índice en la boca. Lo que quería probar era la atención de sus alumnos, no la capacidad de estos para descubrir el azúcar en la orina.

CREÍA QUE MI PADRE ERA DIOS, Paul Auster

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PAUL AUSTER, Creía que mi padre era Dios, Anagrama, Barcelona, 2002, 521 páginas.

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Subtitulado Relatos verídicos de la vida americana, es el resultado de un proyecto radiofónico comandado por Paul Auster: "Los relatos tenían que ser verídicos y breves, pero no había restricciones en cuanto al tema y el estilo"  anuncia en el Prólogo (pp. 9-18). "Si tuviese que definir estos relatos, los llamaría crónicas desde el frente de la experiencia personal". Organizado en diez bloques temáticos (Animales, Objetos, Familias, Disparates, Extraños, Guerra, Amor, Muerte, Sueños y Meditaciones), contiene 179 relatos, fruto de una selección de un total de 4000 historias.

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 CONFESIONES DE UN RATÓN MOSQUETERO
        
   Cuando tenía doce años entré a formar parte del primer grupo de Ratones Mosqueteros. Walt Disney me dijo: «Doreen, pertenecer a los Ratones Mosqueteros será probablemente lo más importante que hagas en tu vida.»
   Años más tarde, durante la guerra del Vietnam, trabajé como animadora del Servicio Norteamericano en Ultramar actuando en las bases norteamericanas que había en todo el mundo. Con el tiempo acabé aterrizando en el «campo de batalla». Llegué a Saigón en plena ofensiva del Tet de 1968. Trabajaba con una banda de músicos filipinos que se llamaban Los Invasores y cuando nos enviaron a actuar para los Caballos Negros del Séptimo de Caballería ya llevábamos un mes trabajando a diario y estábamos exhaustos.
   Al aterrizar divisamos desde el helicóptero un enjambre de uniformes verdes situados frente a un camión con plataforma que hace las veces de escenario. Antes de que los rotores se detengan ya hemos descargado todo el equipo. Una enfermera me acompaña a su barracón, donde me cambio de ropa para la función y me retoco el maquillaje. Unos minutos más tarde hago mi aparición vestida con una minifalda, una camiseta ajustada, botas blancas altas hasta la rodilla y el pelo largo y suelto de color platino.
   A cada paso que doy, mis botas blancas de chica gogó se clavan en el barro rojo. Subo la escalera hasta la plataforma del camión, dejando un rastro de pegotes de barro tras de mí. La gente enloquece, cojo el micrófono, lo saco de su soporte y lo lanzo al aire agarrando el cable a tiempo para recuperarlo mientras grito: «¡Callaos, o me voy corriendo!» El público se vuelve loco de entusiasmo. Algunos soldados de la primera fila se ponen a bailar con algunas enfermeras. Mientras suena la música, la realidad de la guerra se olvida.
   Al cabo de un rato algunos chicos ya están bastante borrachos. Abren latas de cerveza con los dientes dando risotadas histéricas entre trago y trago. Un tipo se ha cortado el labio con una lata de cerveza y la sangre mana mientras trata de parar la hemorragia a base de tragos.  Sonríe hacia el escenario mostrándome sus dientes ensangrentados.
   Nuestro último número, «Tenemos que largamos de aquí», les vuelve locos. La banda y yo saludamos y el aplauso se vuelve ensordecedor. En ese momento veo por el rabillo del ojo que están pasando entre el público un par de orejas de Los Ratones Mosqueteros. Un tipo bien parecido que está en el centro de una fila se pone las orejas del Ratón Mickey y entonces sobreviene un «momento mágico». Sólo pasa cuando estás en sintonía con el público. Llamadlo energía eléctrica o la excitación del momento. El soldado que lleva puestas las orejas se levanta y comienza a cantar la canción del Club del Ratón Mickey. Uno a uno los soldados comienzan a ponerse en pie hasta que todo el público se queda en posición de firme. «Ha llegado el momento de decir adiós a todos nuestros amigos, M-I-C, eme- i-ce... CE-lebro que hayas estado con nosotros, K-E-Y, ka-e-y... Y todo porque te queremos, ¡R-A-T-Ó-N! Se me saltan las lágrimas mientras miro a aquellos hombres hechos y derechos cantar con tanto fervor. Había viajado al otro lado del mundo y, aun así, no podía escapar del pasado.
   El Ratón Mickey estaba en todas partes.
        
DOREEN TRACEY
Burbank, California