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RELATOS VERTIGINOSOS, Lauro Zavala

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LAURO ZAVALA, Relatos vertiginosos, Alfaguara, México, 2009 (2000), 182 páginas.

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Subtitulado Antología de cuentos mínimos contiene microrrelatos de Felipe Garrido, Manuel Mejía Varela, Luis Britto García, entre otros.
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INVENTARIO


   Mi vecino tenía un gato imaginario. Todas las mañanas lo sacaba a la calle, abría la puerta y le gritaba: “Anda, ve a hacer tus necesidades”. El gato se paseaba imaginariamente por el jardín y al cabo de de un rato regresaba a la casa, donde le esperaba un tazón de leche. Bebía imaginariamente el líquido, se lamía los bigotes, se relamía una mano y luego otra y se echaba a dormir en el tapete de la entrada. De vez en cuando perseguía un ratón o se subía a lo alto de un árbol. Mi vecino se iba todo el día, pero cuando volvía a casa el gato ronroneaba y se le pegaba a las piernas imaginariamente. Mi vecino le acariciaba la cabeza y sonreía. El gato lo miraba con cierta ternura imaginaria y mi vecino se sentía acompañado. Me imagino que es negro (el gato), porque algunas personas se asustan cuando imaginan que lo ven pasar.
   Una vez el gato se perdió y mi vecino estuvo una semana buscándolo; cuanto gato atropellado veía se imaginaba que era el suyo, hasta que imaginó que lo encontraba y todo volvió a ser como antes, por un tiempo, el suficiente para que mi vecino se imaginara que el gato lo había arañado. Lo castigó dejándolo sin leche. Yo me imaginaba al gato maullando de hambre. Entonces lo llamé: “minino, minino”, y me imaginé que vino corriendo a mi casa. Desde ese día mi vecino no me habla, porque se imagina que yo me robé a su gato.


Martha Cerda

GUINDAS EN AGUARDIENTE, Francisco Sosa Wagner

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FRANCISCO SOSA WAGER, Guindas en aguardiente, Uned, Valencia, 2000, 80 páginas.

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En Teoría de la guinda en aguardiente (pp. 9-11), el autor declara que las guindas de este libro "no pretenden ser aforismos ni sentencias". Elige para estos Dichos para quedar bien en las reuniones, la estela de las greguerías de Ramón, los aerolitos de Ory o los pensamientos despeinados de Lec.
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Las vidrieras de algunas catedrales son las calcomanías del Cielo.
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Las revoluciones son los despertadores de la Historia.
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Debería haber neveras donde poner a enfriar los desengaños amorosos.
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Las notas a pie de página son la ortopedia de los libros.
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La conferencia es la misa del ilustrado.
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Las palabras en español que tanto se emplean en el idioma español deberáin ser tiradas por el water.
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Cuando roncamos asustamos a los sueños.

EL LIBRO DEL ESCARNIO, El Descosío

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EL DESCOSÍO, El libro del escarnio, Ma Non Troppo, Barcelona, 2000, 224 páginas.

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"La risa [...] equivaldría a una liberación de nuestras tendencias antisociales", leemos en el Prólogo de esta antología que recoge perlas de ingenio malévolo.
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Lo malo de los cristiano renacidos es que todavía son más pelmazos la segunda vez.
[Herb Caen]
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Debe de haber algo de cierto en eso de la acupuntura, al fin y al cabo, nunca he visto a un puercoespín enfermo.
[Bob Goddard]
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Lo de las Falkland fue una disputa por un peine entre dos calvos.
[Jorge Luis Borges]
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Me gustaría llegar a ser tan conocido uno de estos días, tan celebrado, tan popular, tan famoso, que pudiera yo echarme un pedo en público y que el público lo considerase la cosa más natural del mundo.
[Honoré de Balzac]
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Es un libro para que maten el tiempo aquellos que lo prefieren muerto.
[Rose Macauly]
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Me gusta la música de Wagner más que ninguna otra. Es tan ruidosa que uno puede hablar todo el rato sin que la gente oiga lo que uno está diciendo. Lo cual es una ventaja.
[Oscar Wilde]
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Como las mujeres no saben hacer nada excepto amar, le atribuyen a eso una importancia ridícula.
[W. Somerset Maugham]
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Triunfar no es suficiente, es menester que los amigos fracasen.
[Gore Vidal]
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Hoy día los niños son unos déspotas. Contradicen a sus padres, se atiborran de comer y tiranizan a sus profesores.
[Sócrates, hacia 425 a.C.]
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Los críticos son como los eunucos de un harén: saben exactamente cómo hay que hacerlo, y todas las noches ven cómo se hace, pero ellos no lo consiguen.
[Brendan Brehan]
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Ser actor o actriz es como dibujar sobre un papel higiénico. Diez minutos más tarde todo se tora y adiós a la gran creación.
[Shelley Winters]
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La televisión es un invento mediante el cual usted se distrae en su sala de estar con la conversación de unos individuos a los que normalmente no dejaría pasar de su recibidor.
[David Frost]
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El cisne canta antes de morir: no sería malo que algunas personas muriesen antes de haber cantado.
[S.T. Coleridge, 1772-1834, poeta inglés]

EL SABOR DEL TIEMPO, Nana Rodríguez Romero

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NANA RODRÍGUEZ ROMERO, El sabor del tiempo, Colibrí Ediciones, Lima, 2000, 58 páginas. 

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POESÍA Y CIENCIA

   Mientras el emperador Adriano mira con dolor cómo su favorito Antínoo, fulgura como una estrella en el firmamento, en otro lugar, un astrónomo observa la misma estrella como el pasado remoto de una supernova. 

SOBRE LA FELICIDAD, Epicuro

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EPICURO, Sobre la felicidad, Debate, Barcelona, 2000, 128 páginas.

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En El arte de vivir o la búsqueda de la felicidad (pp. 7-20) Carlos García Gual sintetiza: "La doctrina de Epicuro se caracteriza por su reivindicación del placer como el fundamento natural, fácil y firme de la felicidad". A esta introducción sucede un ensayo firmado por Emilio Lledó Sobre el epicureísmo  (pp. 21-36).
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Con amor a la verdadera filosofía se desvanece cualquier deseo desordenado y penoso.
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Téngase presente sólo el cuadrifármaco: dios no se ha de temer, la muerte es insensible, el bien es fácil de procurar, el mal, fácil de soportar.
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Frente a las demás cosas es posible procurarse seguridad, pero frente a la muerte todos los hombres habitamos una ciudad sin murallas.
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El acordarse de los bienes pasados es muy importante para la vida feliz.
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Cada cual deja la vida como si acabara de nacer ahora.

CUENTOS DE VERDAD, Medardo Fraile

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MEDARDO FRAILE, Cuentos de verdad, Cátedra, Madrid, 2000, 360 páginas.

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EL ÁLBUM

   Entraron aprisa en el café y se sentaron. La impaciencia les encendía los ojos al dejar el paquete sobre la mesa. Ella, apenas sentada, comenzó a abrirlo, mirando con amor, alternativamente, la cinta roja sobre el papel y el rostro de él con ligero orgullo protector y expectante.
   —¿Qué van a tomar?
   —Café con leche. ¿Y tú?
   —Lo mismo.
   En la mesa apareció con pastas de color azul marino, como el traje de los días señalados, el álbum de las chocolatinas. Era un gran día. Habían hablado de él como se habla de cuando llegará un niño. Aquel álbum representaba el tesón del novio en su niñez, que había reunido una estampita tras otra hasta cubrir todas las ventanillas sin paisaje de aquel libro difícil.
   Sus compañeros de colegio —él lo recordaba— habían dejado en el álbum huecos de desamor y desidia. Y el álbum, ahora flamante sobre la mesa, mostraba la solicitud en el tiempo de un hombre cuidadoso, fiel toda su vida a sus más inocentes alegrías, al objeto de su ilusión más nimia. Para la novia, aquel álbum implicaba tesón y constancia. Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no.
   —No: hoy "Las Mariposas", no —decía ella con tremendo gozo—. Hemos visto ya "Los Grandes Inventos".
   Cada hoja les aproximaba, día tras día, un poco más. El día de "Las Mariposas", ella balanceó sus pestañas en el aire hacia un hombre joven que estaba enfrente sentado, y él —el novio— tuvo celos. Pero ella ni había mirado siquiera a aquel hombre: quería simplemente mariposear con sus finas pestañas. El día de "Las Aves Domésticas" proyectaron un canario naranja transparentándose en el hogar que tendrían, en la ventana con sol: "Mejor, blanco", insinuaba él. "No, tiene que ser naranja", decía resuelta ella, entornando los ojos como si le dañara el agridulce color del pájaro. En "Las Aves Exóticas" pusieron sobre el pelo de ella, suave, un sombrerito atrevido de vistosas plumas en una tarde con risa en el mundo, y champaña y "confetti". En "Flores para Regalo" él la obsequió con doce tulipanes para que no olvidara alguna cosa. Al llegar a "Animales Prehistóricos", tuvo ella miedo y se acercaron más. Él quiso continuar más días viendo "Los Animales Prehistóricos", pero ella se negó y entró en la hoja rutilante de"Las Piedras Preciosas". Ante "Las Piedras Preciosas" él anduvo receloso por sentimiento atávico. Veía en los ojos de ella cierta cortesana desfachatez, ciertas desmesuradas pretensiones, que le tuvieron en desazón toda la tarde y que interpuso entre ellos una pastosa frialdad anfibia. En "Las Algas" enredaron sus dedos, manos, brazos, miradas y palabras. Con "La Evolución del Automóvil" lo pasaron bien, dieron saltos y frenazos bamboleantes sobre sus sillas. Con "Las Fieras" se identificó ella de tal forma, que los ojos se le llenaron de instinto y él se encontró como un domador trágico que de un instante a otro podía perecer. Con "La Fauna del Mar" cruzaron una y otra vez por los ojos de él y de ella los peces cariñosos, perezosos, suaves, del amor, y estuvieron pasando toda la tarde mansa, humildemente. Al llegar a "Las Frutas", ella, con un rubor, posó su mano sobre las manzanas para que él no tuviera ningún pensamiento avanzado, para que no pensara como Adán.
   Terminaron el álbum, y estaban tostados y palpitantes como después de un largo viaje. Era como si volvieran con los mismos recuerdos de una luna de miel respetuosa. Ella esperó todos los días -sobre todo el último- a que él dijera: "El álbum para ti, te lo regalo." Pero no lo hizo. Llenar aquel libro de cromos había sido la gracia de su niñez, le había proporcionado entrada de honor en todas las visitas. Y cogió su álbum y se lo guardó. Ella, de haberlo tenido, le habría devuelto su regalo en palabras llenas de entendimiento y colores, en experiencia del mundo, en primores de planta y honduras de mar. Pero así las tardes fueron enfriándose, se aburrían y hacían tos de las palabras rotas. Y un día ella -que se había enamorado de aquel álbum- le dijo adiós a él. Y él tendrá que sacarlo de nuevo en su vida, cuando llegue la hora, sin atreverse a regalarlo nunca.

FORMAS BREVES, Ricardo Piglia

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RICARDO PIGLIA, Formas Breves, Anagrama, Barcelona, 2000, 144 páginas.

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 En el Epílogo (pp. 141-142) escribe Piglia: "Los textos de este volumen [...] pueden ser leídos como páginas perdidas en el diario de un escritor y también como los primeros ensayos y tentativas de una autobiografía futura". Formas breves es un libro misceláneo en el que compiten por la excelencia microrrelatos, narraciones vivenciales y ensayos. En este último apartado conviene destacar Tesis sobre el cuento (pp. 103-111) y Nuevas tesis sobre el cuento (pp. 113-136).   
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HOTEL ALMAGRO

   Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.
   Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de “tener” una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes.
   La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita.
   Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata.
   Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce.
   La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.

JUGADOR DE VENTAJA, Juan Varo Zafra

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JUAN VARO ZAFRA, Jugador de ventaja, Diputación de Granada, Granada, 2000, 130 páginas.

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Hay poetas con vértigo que no pueden subir a lo alto de las cosas para descubrir su hondura.
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No es tan importante, ni tan difícil, que lleguen a quererte como que te sigan queriendo.
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No es que las cosas sean efímeras, es que no han empezado a durar.
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Nunca fuimos lo que éramos.
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A todos se nos debe morir algún día el joven; a ninguno se nos debe morir el niño.
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Las cosas no pasan, se amontonan.
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Y tal vez al final, la memoria se convertirá en una gran sala con relojes parados en las distintas horas en que hemos sido felices.

COSMOLOGÍA ESENCIAL, Rafael Pérez Estrada

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RAFAEL PÉREZ ESTRADA, Cosmología esencial, DVD, Barcelona, 2000, 208 páginas.

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José Ángel Cilleruelo subraya en un extenso y documentado Prólogo (pp. 7-19) la singularidad de Pérez Estrada. Cosmología esencial en sus cuatro libros (Libro del cielo, Libro de los seres naturales, Libro de la ciudad y Libro del mar) es una buena carta de presentación del polimorfismo poliédrico del autor malagueño.
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OFERTA

   Como una novedad, como un producto de gran lujo, vendía su pobreza. Una pobreza de verdad, paupérrima, de 22 quilates. Y la gente acudía curiosa al lugar de la venta.
   Nunca —me dijo una señora experta en estos asuntos—he visto una pobreza tan rotunda, con tantas llagas y escondites, con tantas posibilidades de consuelo.
   ¡Una pobreza envidiable! —exclamó otro.

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AVE SÁLMICA

   Cuenta una leyenda hebraica que en la boca atronadora de los profetas se cría un pájaro cuyo plumaje es de oro y poder. Esta ave prodigiosa se alimenta de salmos y anatemas. Es un animal enteco que no gusta de emparejarse, una ave solitaria que irá adelgazando su existencia hasta convertirse en un junco vertical en una laguna, un atardecer cualquiera, laguna que el ave secará con su canto hasta dejarla en páramo de polvo y miedo. Con el dedo, una niña pide su cabeza.

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  El cuerpo adolescente es una cosa, el pensamiento joven un equilibrio inestable. Amar lo inmaduro, es suplicar la inmortalidad.

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Nace el pájaro de la llama
y, encendio,
se evade en la pavesa.
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Hay palabras que tratadas convencionalmente acaban por adquirir el brillo de esos cristales que son como luces abandonadas a la orilla del mar.




EL QUE ESPERA, Andrés Neuman

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ANDRÉS NEUMAN, El que espera, Anagrama, Barcelona, 2000, 152 páginas.

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Frente a "Brevedades", integrado por cuentos más extensos, en el primer bloque del volumen, y bajo el nombre "Miniaturas", Neuman incluye 18 microrrelatos.

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LA ÚNICA VENTANA

   Entre todas las ventanas del edificio, a Julio le interesaba sólo una. No se trataba de la ventana de cristales más brillantes, ni de la más próxima o la menos carcomida. Era como cualquier otra. Sin embargo Julio no dormía pensando en la ventana.
   Sucedía que por aquel rectángulo se dejaba ver de tarde en tarde la morena Carlota, fatal depositaria de todas las bellezas.
   Cada mañana Julio se sentaba en la cocina, único lugar desde donde podía verse bien la ventana, y aguardaba con la mirada fija. Cuando el blanco de la persiana empezaba a mudar en agresivo destello, Julio sabía que estaba sobrepasando el mediodía y comprendía que era necesario comer algo. Las más de las veces, no obstante, era su estómago el que acababa comprendiendo que Julio no podía interrumpir su tarea por motivos tan prosaicos. La persiana se volvía vagamente amarilla y ya debían ser más de las cinco; la atención no era la misma, pero sí la voluntad. Más tarde, por fin, era un tamiz grisáceo, y Julio empezaba a sentir desasosiego. Cuando no podía ya distinguirse la ventana, complacía sin entusiasmo a su estómago. Mientras tanto él se alimentaba del recuerdo de Carlota.
   Las noches habían sido un lento calvario hasta que a Julio se le ocurriera fotografiar la ventana en su hora de más esplendor. Desde entonces trasnochaba sin angustias, e incluso a veces se le colaba algún breve descanso. A las ocho en punto, como cada mañana, desayunaba un poco de aire fresco y se sentaba en la cocina a esperar a Carlota.
   Hubo un tiempo en que Julio cayó enfermo, y no fue la enfermedad lo que estuvo a punto de llevárselo, sino el despiadado ayuno de ventana. Pudo recuperarse, sin embargo, cuando dejó los medicamentos y volvió, cuidadosa y gradualmente, a su disciplina de antaño. Su estómago pareció terminar aceptando el desdeño y se encogió hasta dejar de sufrir. Este fenómeno coincidió con la definitiva desaparición de Carlota de su lejano marco.
   Julio, de todos modos, permanece en la cocina, sentado. Se dedica a aguardar frente al cristal, todavía, al margen de pasiones tales como la esperanza. 

TRAVESÍAS, Fernando Aínsa

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FERNANDO AÍNSA, Travesías, Litoral, Málaga, 2000, 128 páginas.

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El mundo es redondo.
Pero nunca es más redondo que cuando uno se aleja y, al seguir alejándose, empieza a volver.
De insistir, nos encontramos sorprendidos en el punto de partida.
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Todo ha cambiado de golpe al haber perdido pie. La geografía natal quedó recortada en un recuerdo que se guardó para siempre en el momento de partir.
(Los árboles lejanos que no dejaban ver el bosque se convierten, sin querer, en objeto de un tratado de botánica exótica)
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Los amigos de antes no siempre serán los amigos de después.
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Mónica está aterrada de cómo pasa el tiempo y de cómo estamos obligados a vivir proyectados hacia delante.
Argumento al paso: las fechas límite para el consumo de los potes de yogur que la obligan a pensar desde hoy en el mes que viene.
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Vuelves y te sientes extraño.
Pasada la primera emoción te das cuenta de que ya no eres el que se fue, sino otro diferente, a mitad de camino entre los que se quedaron y los que han nacido lejos.

OJOS DE AGUJA, José Díaz (editor)

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JOSÉ DÍAZ, Ojos de aguja, Círculo de Lectores, Barcelona, 2000, 175 páginas.

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José Díaz preparó ya en el 2000 para el Círculo de Lectores esta edición no venal subtitulada Antología de microcuentos, un magnífico anticipo de su labor de divulgación posterior como editor de Thule. Cierra el volumen una desbrozadora Bibliografía  (pp. 169-175); lo abre un Preludio (pp. 5-6) en el que defiende, con su relectura del dinosaurio de Monterroso, el poder sugerente de estas narraciones condensadas.

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SADISMO Y MASOQUISMO

   Escena en el infierno. Sacher-Masoch se acerca al marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:
   —¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!
   El marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:
   —No.

ENRIQUE ANDERSON IMBERT

MENTA, Angélica Gorodischer

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ANGÉLICA GORODISCHER, Menta, Emecé, Buenos Aires, 2000, 184 páginas.

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AYYYY


   Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era su marido.
   —¡Ayyyy!—gritó ella— ¡pero si vos estás muerto!
   Él sonrió, entró y cerró la puerta. Se la llevó al dormitorio mientras ella seguía gritando, la puso en la cama, le sacó la ropa e hicieron el amor. Una vez. Dos veces. Tres. Una semana entera, mañana, tarde y noche haciendo el amor divina, maravillosa, estupendamente.
   Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era la vecina.
   —¡Ayyyy!— gritó la vecina—, ¡pero si vos estás muerta!— y se desmayó.
   Ella se dio cuenta de que hacía una semana que no se levantaba de la cama para nada, ni para comer ni para ir al baño. Se dio vuelta y ahí estaba su marido, en la puerta del dormitorio:
   —¿Vamos yendo, querida? —dijo y sonreía. 

CUENTOS DE LA CÁBILA, Antonio Pereira

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ANTONIO PEREIRA, Cuentos de la Cábila, Edilesa, León, 2000, 152 páginas.

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Antón Díez es el ilustrador de esta notable colección de relatos sustentada en recuerdos de la infancia del autor.
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ALCALDE DE BARRIO

   A los siete años de mi edad vino la República y en mi casa vi la preocupación porque mi padre era monárquico y, además, alcalde de barrio. Él se quejaba de la indiferencia del ejército y de la Guardia Civil:
   —¡Si el general Cavalcanti hubiera querido!
   Yo estaba encantado de que todo fuera a cambiar, y si era para ver revoluciones, mejor.
   Pero todas las mañanas había que levantarse para ir a la escuela, todos los días lavarse y enseñar que te habías lavado bien las orejas, y lo único que cambiaba eran los símbolos.
   Los sellos de correos los estampillaban sobre la cara del Rey. En la escuela quitaron el retrato de Alfonso XIII y pusieron el de don Niceto Alcalá Zamora. En casa, cuando ya se vio que no nos fusilaban ni nada, se entró en la angustia por los colores de la bandera. Cuando el Cristo y otras fiestas religiosas, se adornaba el balcón con las colgaduras rojo y gualda, y ahora mi madre decidió que no íbamos a entrar por aquel horrible color morado, mejor una colcha bordada, que hasta había señoras de la plaza que ponían un mantón de Manila.
   Pero la tienda era un establecimiento públioc, no cabían alternativas. Los fabricantes de palas (La Basconia, Patricio Echevarría) tenían un consorcio y les ponían a esas herramientas la marca Nacional, con los colores oficiales en el mango. Había existencias antiguas con sólo el rojo y el amarillo, y mi padre tuvo que pasar el trago de ir enmendando con tinta morada la franja que antes fuera legal y ahora se consideraba sediciosa: una pala, otra pala, todas las palas de la marca Nacional.
   Un día volvía yo tan campante del colegio y noté una cosa rara al acercarem a casa, tardé algo en caer, como cuando ves a uno que siempre ha gastado bigote y se lo quita. Sobre el revoque de la fachada, junto a la puerta, estaba la señal que deja una placa cuando lleva allí muchos años y de pronto la arrancan. La placa desaparecida, rectangular, pequeña, decía ALCALDE DE BARRIO.
   Era el símbolo de un cargo gratuito que no daba más que pejigueras, quizá levantarse de noche para dirimir una pelea entre borrachos.
   La placa se la llevaron a un republicano que vivía cerca, en el Portazgo. Entré en la tienda y no vi que mi padre estuviera disgustado, sólo más viejo.

99 CUARTETOS DE WANG WEI Y SU CÍRCULO, Wang Wei

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WANG WEI, 99 cuartetos de Wang Wei y su círculo, Pre-Textos, Valencia, 2000, 248 páginas.
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En la extensa y documentada Presentación (pp. 11-28) de esta edición bilingüe, Anne-Hélène Suaréz, editora y traductora, no solo sitúa a Wang Wei en su época (Siglo VIII), sino también describe pormenorizadamente la retórica y poética de los juejus de los que dice que "es posible que el género inspirara más tarde los rubayat persas o el haiku japonés". 
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EL PARQUE DE LOS MAGNOLIOS

Otoñal, el monte recoge la última luz.
Fugaz, la bandada sigue al primer pájaro.
Un instante se muestra el brillante verdor.
La neblina del ocaso no tiene donde morar.




ESCRITOS, Luis Buñuel

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LUIS BUÑUEL, Escritos de Luis Buñuel, Páginas de Espuma, Madrid, 2000, 296 páginas.

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La edición de Manuel López Villegas presenta una magnífica colección de los "fragmentos de un escritor que habría podido ser, un escritor perdido, un escritor fantasma oculto tras un cineasta inmenso", interpreta Jean-Claude Carrière para el lector en sus palabras prologales.

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MÉNAGE À TROIS

   Por mucho que lo intenté no pude ver el rostro del chófer, algo así como un cosaco que conducía nuestro auto. Junto a mí viajaba una mujer enlutada de una distinción de diosa, de una palidez de alba. No la conocía. Pero sentía despertarse mi piel empapada de lujuria. Atravesábamos un paisaje sin cielo, sin cielo hasta perderse de vista. La tierra se hallaba cubierta de flores negras que exhalaban un penetrante aroma a alcoba de mujer.
   Mi desconocida mandó detener al chófer junto a un gran lago repleto, un lagrimal repleto de angustia. «Éste es —me dijo— el lagrimal repleto lago de angustia». No le hice caso, ocupado como me hallaba ahora en besarle el pecho entre los senos que ella ocultaba con las manos, llorando sin consuelo, sin fuerzas casi para defenderse de mi lascivia.
   Hasta nosotros llegó el chófer con la gorra en la mano no sé a qué. Creí reconocer su rostro y ya no me cupo duda sobre su personalidad cuando con una sonrisa exclamó: «Lago, amigo mío». Loco de contento repuse: «Eres tú, mío lago amigo viejo lagrimal». Con que alborozo nos acogimos, abrazándonos con una alegría de resurrección de los muertos.
   Junto a nosotros acababa de detenerse un entierro. Amortajada en el ataúd yacía la dama desconocida de momentos antes. ¡Pálida flor de carne sin saber cantar! Aún resbalaba por su mejilla la última lágrima detenida milagrosamente en el pómulo como un pájaro en la rama.
   Mi amigo se precipitó a ella y la besó frenéticamente en los labios, en los labios que de lívidos fueron insensiblemente transformándose en verdes, luego en rojos, luego en fuego, luego en infierno.
   Comencé a sentir un odio mortal por el chófer que ya no era mi amigo. Comencé a sentir una repugnancia sin límites por aquel gusto de limón en llamas que debían dejar en sus labios los labios insepultos de la desconocida.

HISTORIAS Y RELATOS, Walter Benjamin

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WALTER BENJAMIN, Historias y relatos, Muchnik, Barcelona, 2000, 128 páginas.

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Flanqueada por relatos más extensos, la microficción se presenta concentrada en dos bloques: Historias desde la soledad y Cuatro historias.
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LA LUZ

   Estaba por primera vez a solas con mi amada en una aldea desconocida. La esperaba frente a mi alojamiento —que no era el suyo—, pues queríamos dar un paseo nocturno. Mientras aguardábamos, paseé por la calle arriba y abajo, y fue entonces cuando a lo lejos, entre los árboles, vi una luz. «Esta luz —pensé— no les dice nada a quienes la tienen delante de los ojos todas las noches, pero a mí, forastero en este lugar, me dice muchas cosas.» Seguidamente di la vuelta para recorrer de nuevo la calle de la aldea, lo que continué haciendo durante cierto tiempo, y siempre pasados unos minutos, regresaba al mismo punto: la luz entre los árboles atraía mi mirada. Fue entonces cuando me obligó a detener la marcha, unos instantes antes de que me reencontrase con mi amada. Me volví una vez más y lo comprendí todo: la luz que antes había divisado al nivel del suelo, era la luz de la luna, que ya se alzaba lentamente sobre las colinas lejanas.

PATÍBULO INTERIOR, Javier Tomeo

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 JAVIER TOMEO, Patíbulo interior, Destino, Barcelona, 2000, 168 páginas.

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Componen este libro una serie de "reflexiones gráficas": a cada una de las viñetas dibujadas por el propio autor, acompañan unos microtextos en los que cabe el microrrelato y el aforismo.
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   Utilicemos debidamente las palabras y pongamos mucho cuidado al utilizar determinados conceptos. Una cosa es perder nuestro otro yo (es decir, ese misterioso alter ego que viene a ser como un par de zapatos que guardamos en un armario secreto para las grandes ocasiones), y otra muy distinta perder la mitad de nuestro yo, que en la mayoría de los casos viene a ser un simple zapato con la suela a punto de agujerearse y el tacón desgastado.
   Digámoslo, pues, claramente: el medio individuo que comparece ante el psiquiatra no tiene una idea muy clara de lo que significa realmente el tan cacareado yo, que no es más que el sujeto indiscutible de todo lo volitivo e intelectivo.

MÚSICA DE CAÑERÍAS, Charles Bukowski

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CHARLES BUKOWSKI, Música de cañerías, Anagrama, Barcelona, 2000 (1987), 240 páginas.

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MANTIS RELIGIOSA

   Hotel Vista del Angel. Marty pagó al empleado, cogió la llave y subió las escaleras. Lo era todo menos una noche agradable. Habitación 222. ¿El número tendría algún significado? Entró, encendió la luz, y toda una docena de cucarachas salieron del empapelado, masticando y correteando sin tregua. Había teléfono de monedas. Metió una moneda y marcó. Ella contestó.
   —¿Toni? —preguntó.
   —Sí, soy yo —dijo ella.
   —Toni, me estoy volviendo loco.
   —Te dije que iría a verte. ¿Dónde estás?
   —En el Vista del Ángel, Seis y Coronado, habitación 222.
   —Iré a verte dentro de un par de horas.
   —¿No puedes venir ahora mismo?
   —Mira, tengo que llevar a los niños a casa de Carl, luego tengo que ir a ver a Jeff y a Helen, hace años que no les veo...
   —Toni, te quiero, por amor de Dios, ¡necesito verte ahora! 
   —Si te libraras de tu mujer, Marty...
   —Esas cosas requieren tiempo.
   —Dentro de dos horas estaré ahí, Marty.
   —Escucha, Toni...
   Pero ella ya había colgado. Marty se sentó al borde de la cama. Aquélla sería su última aventura. Le desbordaba. Las mujeres eran más fuertes que los hombres. Conocían todas las jugadas. Él no conocía ninguna.
   Llamaron a la puerta. Fue a abrir. Era una rubia de treinta y tantos años, con una bata azul rota. Llevaba un maquillaje morado y los labios pintados a todo pintar. Desprendía un lejano aroma a ginebra.
   —Oye, no te importa que ponga la tele, ¿verdad?
   —No hay problema, ponla si quieres.
  —Es que el último tipo que tenía esta habitación estaba medio chiflado. En cuanto yo ponía la tele empezaba a aporrear las paredes.
   —No hay problema. Puedes poner la tele.
   Marty cerró la puerta. Sacó el penúltimo cigarrillo de la cajetilla y lo encendió. Toni se le había metido en la sangre y tenía que quitársela de encima. Llamaron otra vez a la puerta. La rubia otra vez. El maquillaje casi hacía juego con las negras ojeras. Era imposible, por supuesto, pero parecía que se hubiera dado otra capa de carmín en los labios.
   —¿Sí? —preguntó Marty.
  —Oye —dijo ella—. ¿Sabes qué hace la hembra de la mantis religiosa mientras le da al asunto? 
   —¿Qué asunto?
   —Joder.
   —¿Qué?
   —Le come la cabeza al macho. Mientras le da al asunto, le come la cabeza: En fin, supongo que hay formas peores de morir, ¿no crees?
   —Sí —dijo Marty—. El cáncer.
   La rubia entró en la habitación y cerró la puerta. Se sentó en la única silla. Marty se sentó en la cama.
   —¿Te calentaste cuando dije «joder»? —preguntó ella.
   —Sí, un poco.
   La rubia se levantó de la silla y se acercó a la cama; puso la cabeza muy cerca de la de Marty. Le miró a los ojos; puso los labios muy cerca de los suyos. Luego dijo: «¡Joder, joder, joder!» Se acercó más, y repitió: «¡JODER!» Entonces se levantó del borde de la cama y regresó a la silla.
   —¿Cómo te llamas? —preguntó Marty.
   —Lilly. Lilly LaVell. Hacía estriptis en Butbank.
   —Yo soy Marty Evans. Encantado de conocerte, Lilly.
   —Joder —dijo Lilly muy despacio, entreabriendo los labios y enseñando la lengua. 
   —Puedes poner la tele cuando quieras —dijo Marty.
   —¿Has oído hablar de una araña que se llama la viuda negra? —preguntó ella. 
   —No.
   —Bueno, te lo contaré. Después de darle al asunto, joder, se come vivo al macho. 
   —Ah —dijo Marty.
   —Pero hay formas peores de morir, ¿no crees?
   —Claro, la lepra, quizá.
   La rubia se levantó y empezó a pasearse por el cuarto.
   —La otra noche me emborraché, conduje por la autopista e iba escuchando un concierto de Mozart para trompa y aquella maldita trompa me atravesaba de pies a cabeza. Iba a más de ciento veinte sosteniendo el volante con los codos y escuchando el concierto, ¿me crees?
   —Claro que te creo.
   Lilly dejó de pasear y miró a Marty.
   —¿Y crees que puedo meterme tu chisme en la boca y hacerte cosas que jamás ha experimentado antes ningún ser humano?
   —Bueno, no sé qué pensar.
   —Pues puedo, vaya si puedo...
   —Eres muy simpática, Lilly, pero estoy esperando a mi novia, más o menos para dentro de una hora.
   —Bueno, voy a ponerte a punto para ella.
   Lilly se le acercó, le bajó la cremallera y le sacó el pene al aire.
   —¡Oh, qué cosa más guapa!
   Entonces se humedeció el índice de la mano derecha y empezó a frotar el capullo, en un masaje por debajo de la cabeza.
   —¡Qué amoratado está!
   —Como tu maquillaje...
   —¡Oh, se está poniendo muy GRANDE!
   Marty se echó a reír. Una cucaracha salió del empapelado a contemplar el espectáculo. Luego salió otra. Movieron las antenas. De pronto la boca de Lilly se cerró sobre el pene. Lo sujetó por el borde del capullo y chupó. Tenía la lengua casi como papel de lija. Parecía conocer los puntos sensibles. Marty la contemplo allí abajo y se excitó muchísimo. Empezó a acariciarle el pelo a gemir dulcemente. De pronto, ella mordió con fuerza Le mordía casi por la mitad. Luego, sin soltar la presa, arrancó con los dientes un trozo de capullo. Marty lanzó un alarido, se tiró a la cama y empezó a dar vueltas sobre sí mismo. La rubia se levanto y escupió. Por la alfombra quedaron esparcidos salivazos y pellejos sanguinolentos. Luego, se dirigió a la puerta, la abrió salió, la cerro.
   Marty sacó la funda de la almohada y se sujetó el pene con ella. Le daba miedo mirar. Sentía sus latidos palpitándole por todo el cuerpo, sobre todo allá abajo. La sangre empezó a empapar la funda de la almohada. Sonó el teléfono. Logró levantarse llegar hasta el, contestar. «¿Sí?» «¿Marty?» «¿Sí?» «Soy Toni » «¿Si, Toni...?» «Te noto raro...» «Sí, Toni...» «¿No puedes decir otra cosa? Estoy en casa de Jeff y de Helen. Estaré ahí dentro de una hora.» «Bien.» «Oye, ¿qué demonios te pasa? Creí que me querías.» «Ya no lo sé, Toni...» «Está bien», dijo ella furiosa, y colgó.
   Marty logró encontrar una moneda y meterla en el teléfono.
   —Telefonista, quiero una ambulancia. Localícemela, rápido Creo que me estoy muriendo...
   —¿Ha hablado usted con su médico, señor?
   —Telefonista, por favor. ¡Llame una ambulancia!
   En la habitación contigua la rubia estaba sentada frente al te levisor. Se inclinó hacia adelante y lo encendió. Llegaba justo a tiempo para el programa de Dick Cavett.

POEMAS JAPONESES A LA MUERTE, Yoel Hoffmann (editor)

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YOEL HOFFMANN (ed.), Poemas japoneses a la muerte (escritos por monjes zen y poetas de haiku en el umbral de la muerte), DVD, Barcelona, 2000, 318 páginas.

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El volumen, preparado por Yoel Hoffmann y traducido por Eduardo Moga, se estructura en tres partes: una amplia Introducción (pp. 15-80) que repasa la historia de la poesía en Japón y cómo se incrustra en sus versos el tema de la muerte, Poemas a la muerte de monjes zen y Poemas a la muerte escritos por poetas de haiku. Destacan los comentarios que iluminan la interpretación de los poemas, presentados en rômaji al lado de la versión en español.

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Una noche corta
me despierta de un sueño
que parecía largo.
Mijikayo ya
ware ni wa nagaki
yume samenu





Yayu