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CUENTOS DEL LEJANO ORIENTE, Ramiro A. Calle

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RAMIRO A. CALLE, Cuentos del Lejano Oriente, Martínez Roca, 1999, 224 páginas.

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Estos alrededor de trescientos relatos originarios de Bhután, Birmania, Sri Lanka, Tailandia, Nepal, Indonesia..., conforman el cuarto volumen de cuentos orientales compilado por Ramiro A Calle.
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EL ESPEJO

   Había una vez un feliz matrimonio con una en­cantadora hija. Pero como la muerte ronda por do­quier, la madre enfermó de gravedad y días antes de fallecer le dijo a su hija:
   —Mi querida niña, aunque me voy, no te dejo sola. Mira este espejo que he guardado para ti. Cuando estés triste y necesites mi consuelo y apoyo, contém­plate en el espejo y me verás, así siempre tendrás mi amor.
   La buena mujer murió. Fueron días de enorme dolor para su esposo y su hija, pero desde aquella amarga jornada, siempre que la joven necesitaba consuelo, miraba el espejo y veía el rostro amable y lozano de su madre, lo que le proporcionaba alien­to y apoyo. No veía a su madre con la palidez mor­tecina de los últimos días de su vida, sino con el rostro sonrosado y bello. En la imagen de su madre re­flejada en el espejo, la joven encontraba el ánimo para vivir, ser feliz y hacer felices a los demás.
   Un día, el padre la vio contemplar durante largo rato el espejo.
   —¿Qué haces, hija? —preguntó.
   —Estoy viendo el dulce rostro de mamá, padre mío. Ella me da fuerzas y me alienta.
   El hombre, por supuesto, se dio cuenta de que la joven no veía más que el reflejo de su propio rostro, tan parecido al de aquella que les había abandona­do, pero no dijo nada. Su hija era cada día más ma­ravillosa y serena.

   Dice el Maestro: Halla inspiración en el amor, porque no hay inspiración más fecunda ni más sublime.

DICTADOS Y SENTENCIAS, María Zambrano

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MARÍA ZAMBRANO, Dictados y sentencias, Edahasa, Barcelona, 1999, 144 páginas.

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Antonio Marí, responsable de la edición, advierte: "Los aforismos recogidos en este libro son pensamientos extraídos de sus libros, escogidos por la verdad intrínseca presente en ellos y por la claridad y la belleza de su manifestación.
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Los dioses han sido, pueden haber sido inventados, pero no la matriz de donde han surgido.
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Filosófico es el preguntar y poético el hallazgo.
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En los tiempos modernos, la desolación ha venido de la filosofía y el consuelo de la poesía.
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El hombre ha de hacerse su propia vida a diferencia de la planta y del animal que la encuentran ya hecha y que sólo tienen que deslizarse por ella, al modo de como el astro recorre su órbita, dormido.
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Las utopías nacen solamente dentro de aquellas culturas donde se encuentra claramente diseñada una edad feliz que desapareció.
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La historia de la criatura humana [...] es una lucha entre el desengaño y la esperanza, entre realidades posibles y ensueños imposibles, entre medida y delirio.
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La soledad no es punto de partida, sino de llegada.

CALENDARIO DE LA SABIDURÍA, Leon Tolstoi

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LEON TOLSTOI, Calendario de la sabiduría, Martínez Roca, Barcelona, 1998, 382 páginas.

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Peter Sekirin en Tolstoi y la creación del Calendario de la sabiduría (pp. 7-11) considera éste como el último libro importante del autor ruso, dado que ocupó quince años de su vida en  compilar la sabituría de los siglos en un solo libro. Publicado en 1912, después de la Revolución, fue prohibido "debido a la orientación espiritual del libro y a sus numerosas citas religiosas".
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24 DE MAYO



El amor es una de las manifestaciones de Dios en el hombre.
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El propósito de la vida es expresar el amor en todas sus manifestaciones.
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Con el fin de ser feliz, deberías amar, amar con abnegación, a todos y a todo, y tender una red de amor por todas partes. No importa quién caiga en esta red. Atrápalos a todos y llénalos de amor.
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Todo el mundo puede recordar un momento, común a todas las personas, tal vez de la niñez, cuando quería amar a todo el mundo y a todo, a su padre, a su madre, a sus hermanos, a los malvados, a un perro, a un gato, a la hierba, y quería que todo el mundo se sintiera bien, se sintiera feliz. Y aún más, deseaba hacer algo especial para que todo el mundo fuera feliz, hasta el punto de sacrificarse, de dar la vida para que todo el mundo viviera feliz y contento. Este sentimiento es el sentimiento del amor, y ha de ser mutuo, porque es la vida de todas las personas.
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Todo cuanto hagas debería estar henchido de amor.

EL ESTUPIDIARIO DE LOS FILÓSOFOS, Jean-Jacques Barrère & Christian Roche

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JEAN-JACQUES BARRÈRE & CHRISTIAN ROCHE, El estupidiario de los filósofos, Cátedra, Madrid, 1999, 272 páginas.

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En el Prólogo (p. 9) queda dibujada la mecánica del proyecto que antologan Barrère y Roche: "Un filósofo no es siempre un espíritu profundo".
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El filósofo no sabe realmente más que su cocinera; y no desde luego en materia de cocina, en la que ella se entiende (realmente) mejore que él. Pero la cocinera (en general) no se plantea cuestiones universales. Más éstas son las cuestiones que hacen al filósofo. En cuanto a las respuestas... Por desgracia, hay en cada filósofo un genio maligno que responde, y responde a todo.
Paul Valéry
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El hombre, en su impaciencia por nacer y nutrirse él mismo, ha cortado el cordón umbilical lo más lejos de sí después de coser en él sus pies.
Maurice Clavel
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El más famoso de los idealistas, Berkeley, y uno de los más locos, era un obispo, a quien la cena le venía servida.
Alain
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Yo creo que la perra de Erostrato, habiendo encontrado al perro de Diógenes, le hizo perritos, de los que Juan-Jacobo ha descendido en línea directa.
Voltaire
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Las otras partes del mundo tienen los monos, Europa tiene a los franceses.
Schopenhauer
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Los planetas, que son andróginos igual que las plantas, copulan consigo mismos y los otros planetas. Así, la Tierra, por copulación consigo misma, por fusión de sus aromas típicos, el masculino que vierte el polo Norte y el femenino que vierte el polo Sur, engendrará el cerezo, fruto subpivotal de los frutos rojos.
Charles Fourier
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La vaca tiene cuatro ubres, aunque no porte más que un becerro y bien raramente dos, porque las dos ubres suprefluas estaban destinadas a ser nodrizas del género humano.
Bernardin de Saint-Pierre
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Un día, en el mercado, Diógenes se masturbaba diciendo: "¡Ah, si uno pudiera apagar su hambre frotándose así el estómago".
Diógenes Laercio
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Amor: sentimiento que ha sobrevivido al romanticismo y al bidé.
Cioran

LOS 120 MEJORES CUENTOS DE LAS TRADICIONES ESPIRITUALES DE ORIENTE, Ramiro Calle & Sebastián Vázquez

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RAMIRO CALLE & SEBASTIÁN VÁZQUEZ, Los 120 mejores cuentos de las tradiciones espirituales de Oriente, Edaf, Madrid, 1999, 192 páginas.

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 En la Introducción (pp. 15-18), Sebastián Vázquez subraya: "...el factor más importante en este tipo de cuentos es que tienen el poder de provocar en la conciencia un impacto capaz de situar al oyente o al lector en un estado de comprensión más elevado".
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   Unos hombres fueron a inspeccionar un manicomio famoso por el acertado tratamiento que allí se les daba a los pacientes. Entre los muchos enfermos encontraron a uno de ellos extremadamente sonrojado y que desprendía un gran calor. Preguntaron a los médicos encargados sobre aquel caso tan singular.
   —Es el enfermo más antiguo del hospital —contestaron aquellos sabios—. Ese hombre se cree un horno.
   —¿Y cómo con sus conocimientos no han podido curarlo aún?
  —Bueno..., verán —se excusaron los médicos—, lo que ocurre es que hace un pan excelente.

SEÑALES DE HUMO, Luis Alberto de Cuenca

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LUIS ALBERTO DE CUENCA, Señales de humo, Pre-Textos, Valencia, 1999, 281 páginas.


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En la Nota del autor (p. 281) éste advierte: "Estas Señales de humo fueron enviadas a través de los periódicos, fundamentalmente del diario ABC, entre 1990 y 1998".
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ME ACUERDO DE...

Me acuerdo de los chistes de Borges que me contaba Marcos Barnatán, sobre todo de uno que me contó una noche de junio de 1970 en Velázquez esquina a Goya y que trataba de los hermanos Machado.
Me acuerdo de una viñeta de Flash Gordon (etapa Alex Ravmond) en la que Dale,  embutida en un traje de noche alucinante, enseñaba la espalda más maravillosa que he visto nunca.
Me acuerdo de haber mojado un día las trenzas rubias de mi prima lejana María José en el chocolate caliente de la colección Araluce, mezclando el oro con la fantasía, el mito con la realidad.
Me acuerdo de la magdalena de Proust siempre que como magdalenas.
Me acuerdo de que mi novia, al contrario que Matilde y que la mayoría de sus amigas, no llevaba el Lacoste con el cuello levantado.
Me acuerdo de la tienda de tebeos que don César, estricto coetáneo de Franco, de quien fue compañero de colegio en Galicia, tenía en Hermanos Miralles, y de que allí completé hace treinta años mis colecciones de El Guerrero del AntifazRoberto Alcázar y Pedrín.
Me acuerdo de Jacqueline Sassard y (menos) de Antonella Lualdi en Los Titanes, una horrible película de 1962 que mis amigos y yo fuimos a ver tres o cuatro veces, provistos de prismáticos y de merienda.
Me acuerdo de que en el colegio nos decían que había que escribir como «Azorín» y no como Ricardo León, y de que un profesor de literatura nos dio en sexto de bachillerato una conferencia sobre Shakespeare que estaba copiada ad litteram del William Shakespeare de Víctor Hugo.
Me acuerdo de que a Álvaro, para que no llorase y se durmiese de una vez, le leía «La canción del pirata» en una vieja edición de las Poesías de Espronceda (Madrid, Imprenta de Yenes, 1840). 
Me acuerdo de que Inés, cuando era más pequeña (acaba de cumplir seis años), quería ser Dorita (o sea, Judy Garland), la de El mago de Oz, y tener un perro de verdad como Totó.
Me acuerdo con cariño, admiración y gratitud de uno de mis maestros, Miguel Dolç, que acaba de morir.
Me acuerdo a todas horas de Hedy Lamarr.

EL MUNDO HECHO PEDAZOS, Lorenzo Oliván

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LORENZO OLIVÁN, El mundo hecho pedazos, Pre-Textos, Valencia, 1999, 160 páginas.

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Qué gran paternidad la de los árboles, que saben darles a cada una de sus ramas un camino hacia la luz.
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Cuando los políticos hablan de preservar el orden público, en realidad lo que pretenden es preservar su orden privado.
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Conservo una muy buena impresión de él. Las demás, todas malas.
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Sólo quien vuela bien alto consigue darle esquinazo a su sombra.
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Por mi pupila mira el niño aquél que fui. Pero, desgraciadamente, por mi boca ya habla quien yo soy.
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Me gustaría ser otro. Aunque, en realidad, como no sé quién soy, quizás lo sea a veces sin que yo me dé cuenta.
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Hay un instante en el alba en que el día siente, como el hombre en su infancia, que no morirá nunca.

RUMOR EN EL CAMPUS, FOTOS INDECENTES Y ¡ASADA OTRA VEZ!, Jan Harold Brunvand

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JAN HAROLD BRUNVAND, Rumor en el campus, fotos indecentes y ¡asada otra vez!, Alba Editorial, Barcelona, 1999, 120 páginas.

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Según me contaron, una señora iba en tren. Y entró un tipo que llevaba puesta una gabardina. Se sentó, pero estaba como nervioso e inquieto. Ella se percató de que tenía sangre alrededor de uno de los bolsillos de la gabardina. Parecía que saliera del bolsillo, y el tipo llevaba la mano metida en él. Entonces, la señora se levantó y fue a buscar a un policía. Supongo que luego el policía le cachearía o le registraría o lo que fuera. Y se encontró con que tenía un dedo de mujer en el bolsillo y en el dedo un diamante.

CABALLERÍA ROJA. DIARIO DE 1920, Isaak Bábel

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ISAAK BÁBEL, Caballería roja. Diario de 1920, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1920, 256 páginas.
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En Bábel, el testigo (pp. 217-224), el epílogo del libro, escribe Antonio Muñoz Molina: "...la novela implica orden, designio coherente, y el material narrativo con que Bábel trabaja carece de él, su naturaleza peculiar es lo fragmentario y lo dudoso, el sinsentido, la discontinuidad, la inutilidad." En El derecho al silencio (pp. 11-29), el prólogo escrito por Galina Bélaya leemos: "Caballería roja era un acto de difamación contra el Ejército Rojo, que se veía despojado de toda su aura épica". El hombre que presenció ejecuciones y convirtió estos treinta y seis relatos en un documento sobre la crueldad de la revolución fue fusilado el 27 de enero de 1940.
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PRISCHEPA

   Me abro camino hacia Leshniuv, donde se ha instalado el Estado Mayor de la división. Mi acompañante sigue siendo Prischepa; un cosaco de Kubán, canalla incansable, comunista depurado, futuro quincallero, sifilítico impávido y mentiroso indolente. Lleva un caftán color frambuesa de paño fino y un capuchón de pluma que le cuelga a la espalda.
   Por el camino me cuenta su vida...
   Un año atrás había huido de los blancos. Éstos, en venganza, tomaron de rehenes a sus padres y los mataron por espías. Los vecinos saquearon sus bienes.
   Cuando echaron a los blancos de Kubán, Prischepa regresó a su pueblo natal.
   Era de mañana, amanecía, el sueño campesino suspiraba en el agriado bochorno. Prischepa se agenció un carro en la unidad y se puso a recorrer el pueblo para recoger sus gramófonos, las tinas para el levas y las toallas que su madre había bordado.  Salió a la calle cubierto de una capa negra, con un cuchillo curvo al cinto; el carro lo seguía. Prischepa iba de un vecino a otro, la huella ensangrentada de sus suelas se arrastraba tras sus pasos. En las casas en que el cosaco descubría objetos de su madre o la pipa del padre, dejaba viejas acuchilladas, perros colgados sobre el pozo, iconos embadurnados de estiércol.
   Los aldeanos, fumando sus pipas, seguían con mirada sombría el recorrido de Prischepa. Los cosacos jóvenes se habían dispersado por la estepa y llevaban la cuenta. La cuenta se iba hinchando, el pueblo callaba.
   Cuando hubo terminado, Prischepa regresó a la casa desierta de sus padres. Colocó los muebles rescatados en el orden que recordaba de su infancia y mandó por vodka. Encerrado en la casa, estuvo bebiendo dos días enteros; cantaba, lloraba y descargaba sablazos contra las mesas.
   A la tercera noche el pueblo vio humo sobre la casa de Prischepa. Chamuscado y hecho girones, tambaleándose, sacó del establo la vaca, le colocó el revólver en la boca y disparó. La tierra humeaba a sus pies, el anillo azul de las llamas salió volando de la chimenea y se evaporó; un becerro abandonado lanzó un sollozo en el establo. El incendio refulgía como un domingo. Prischepa desató el caballo, lanzó un mechón de su pelo al fuego y desapareció.

EL BREVE PASO, Nacho Fernández

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NACHO FERNÁNDEZ, El breve paso, Calambur, Madrid, 1999, 64 páginas.

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Una de las secciones de este poemario se titula inequívocamente Haikus del Estrecho.
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Por las espadañas
de la iglesia derruida
se enhebra el viento.

CUENTOS DEL MEDIODÍA, Luis del Val

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LUIS DEL VAL, Cuentos del mediodía, Algaida, Sevilla, 2008 (1999), 256 páginas.

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JORNADA LABORAL

   El despertador digital sonó puntualmente a la siete y media. El bip bip se extendió unos segundos por el dormitorio, tiempo suficiente para que su mujer se removiera inquieta hasta que él extendió el brazo para enmudecer el aparato. Entonces ella se arrebujó en la tenue sábana y siguió durmiendo.
   La ducha fría terminó de despertarle y, ya en el vestidor, eligió un traje azulado de verano, una camisa de seda de color verde muy claro, una corbata de dibujos azules y amarillos, y unos zapatos castaños, a juego con el cinturón.
   Por un momento, mientras pulsaba el control remoto de apertura de la puerta del chalé, y ponía en marcha el automóvil de gran cilindrada, cuyo suave ronroneo parecía la caricia de un animal salvaje que apaciguara su furia, llegó a sentir esa satisfacción familiar que experimentaba cada nuevo día, como si todo lo que le rodeaba —la urbanización, su chalé, el cielo, incluso el propio automóvil— formaran parte de un conjunto perfectamente armónico. Condujo despacio hasta la ciudad y aparcó el automóvil en un garaje de las afueras. Luego, después de comprar un par de periódicos, tomó un autobús que le llevó hasta uno de los parques céntricos, y una vez allí, eligió un banco que recibía los primeros rayos de sol de la mañana y se dedicó a leer las páginas de economía.
   Deambuló por los grandes almacenes sin comprar nada, desayunó un par de veces en dos cafeterías distintas y, hacia el mediodía, llamó a su mujer para decirle que tenía un almuerzo de trabajo. Comió solo en un restaurante modesto, donde su corte de traje llamó la atención del camarero que parecía atenderle con más deferencia que al resto de los clientes, y después de almorzar se metió en un cine de sesión continua.
   Al anochecer, cuando la obediente puerta del chalé volvió a abrirse, y las ruedas del lujoso automóvil apisonaban la grava del sendero entre los setos de arizónicas, se dijo que debía hablar con ella, que no podía ocultarle por más tiempo que ya no era el importante director general, y que se había quedado sin trabajo.
   Pero, acobardado, tras la cena y la velada frente al televisor volvió a poner el despertador a las siete y media, como todos los días.

VERDADES A MEDIAS, Pedro Casariego Córdoba

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PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA, Verdades a medias, Espasa Calpe, Madrid, 1999, 223 páginas.
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Esta selección de la obra de Pedro Casariego Córdoba, de la que es editor su hermano Antón, contiene en la sección Piezas cortas (pp. 89-108) catorce microrrelatos. 
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LOS ANIMALES IMPRUDENTES

   Cuando oigo la frase «el corazón es un artefacto silencioso técnicamente imposible», contengo la respiración y me pongo a buscar un animal imprudente. Los animales siempre estamos huyendo. Los animales imprudentes sólo huyen de los porcentajes y de las opiniones juiciosas y encarceladas. Son valientes y a veces deslenguados y maniáticos y pretenden vender sonajeros a los ancianos y sus piernas son las muletas del cielo quieto que quiere ver otras tierras. Cuando son pájaros ponen huevos como temblorosos aspirantes a mundos en llamas, y si no son pájaros ponen tiendas a todo plan y cazan contables a lazo y lanzan flechas a las bombillas de rostro pálido y ponen bombas en sus propios corazones y también en los de los otros. No preguntéis nunca a un animal imprudente cuánto cuesta una docena de huevos... Bueno, preguntádselo, se hará un lío enfadado y sonriente y luego dirá 29 X 2 y alzará la risa y el vuelo después de poner la última lavadora, y surcará un cielo sin erizos y con ardillas rayadas. Su piel blancucha tiene verdadera clase. ¡El animal es un avión falso, un espectáculo digno de verse! Sus alas son cheques en blanco y el animal imprudente despilfarra y se contonea gloriosamente forrado de dinero y de piel blancucha. Su piel es la piel celeste que perdió un rey de los bajos fondos. El animal imprudente se queda sin dinero y atraca a un ángel. ¡Bien!


Todos estos ojos buscan el genuino animal imprudente.

NÓTULAS, Cristóbal Serra

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CRISTÓBAL SERRA, Nótulas, Árdora, Madrid, 1999, 64 páginas.

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"La nótula se toca con la nota y linda con el aforismo". En La idea del fragmento, Serra no se limita a plasmar este poético retrato de su creación, sino que la definición se revela como un esbozo abierto para poder cederle el pincel a un lector al que "incumbe darle remate, comenzarla de nuevo o considerarla lograda..."
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Los hombres somos unas sombras que algunas veces nos mezclamos con la luz del crepúsculo. Nada más.
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La muerte es la hiedra de los huesos.
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El que contempla las aguas cenagosas, pierde de vista las aguas claras.
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Las frases felices son monedas de cuño indeleble.
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Nuestros días están contados: por el último sueño.
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Convivimos con la muerte, y no es el morir cosa de un instante. La muerte es perpetua, y se engaña quien cree que estuvo alguna vez fuera de sus garras.
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El hombre que sólo subsiste, no existe.

LA PALABRA ES EL FALO DEL ESPÍRITU, Gottfried Benn

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GOTTFRIED BENN, La palabra es el falo del espíritu. Aforismos, Verdehalago, México D.F., 2010 (1999), 86 páginas.
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Estos aforismos, vertidos originalmente en Das Gottfried Benn Brevier, un volumen preparado por Jürgen P. Wallmann, son obra de un escritor que, en palabras del traductor y prologuista, José Manuel Recillas, "ocupa un lugar privilegiado en la historia literaria de nuestro siglo (...) y es un ejemplo a no seguir —igual que Rimbaud— de quien, empero, muchas cosas se pueden aprender.

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El estilo es superior a la verdad; el estilo lleva en sí la prueba de la existencia. Forma: en ella está la distancia; en ella está la duración.
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En rigor, soy de la opinión que en el mundo intelectual han llegado más males de la bondad que de la crueldad.
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Ninguna frase, ninguna frase se pondrá realmente de pie;  en ella no está todo el pathos ni todo el sufrimiento interior de la personalidad.
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La humanidad entera se nutre de algunos auto-encuentros, pero ¿qué encuentra en ellos? Muy poca cosa y siempre en soledad.
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Sólo el momento vale, sólo el estado de ánimo cuenta, sólo la impresión tiene razón, sólo lo trágico perdura.

UN LEÓN EN LA COCINA, Julia Otxoa

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JULIA OTXOA, Un león en la cocina, Las Tres Sorores, Zaragoza, 1999, 172 páginas.

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OTO DE AQUISGRÁN

   Cuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan sumamente perfeccionista, que acometiéndole una vez un ataque agudo de melancolía profundísima, y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su vida, tuvo tan extremado cuidado en dejar bien acabados y atados los asuntos de la Corte, que antes de suicidarse, pasó años y años despachando con sus consejeros, firmando tratados, y recibiendo en mil audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden, el pobre emperador Oto, ya muy anciano y enfermo desde su lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño motivo que le había tenido toda su vida sumido en aquel delirante y frenético ritmo de trabajo, no conocido jamás en ninguna corte imperial.

ATLAS, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, Atlas, Lumen, Barcelona, 1999, 103 páginas.

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En el Prólogo (p. 5) escribe Borges: "María Kodama y yo hemos compartido con alegría y con asombro el hallazgo de sonidos, de idiomas, de crepúsculos, de ciudades, de jardines y de personas, siempre distintas y únicas. Estas páginas querrían ser monumentos de esa larga aventura que prosigue".
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UNA PESADILLA
  
   Cerré la puerta de mi departamento y me dirigí al ascensor. Iba a llamarlo cuando un personaje rarísimo ocupó toda mi atención. Era tan alto que yo debí haber comprendido que lo soñaba. Aumentaba su estatura un bonete cónico. Su rostro (que nunca vi de perfil) tenía algo de tártaro o de lo que yo imagino que es tártaro y terminaba en una barba negra, que también era cónica. Los ojos me miraban burlonamente. Usaba un largo sobretodo negro y lustroso, lleno de grandes discos blancos. Casi tocaba el suelo. Acaso sospechando que soñaba, me atreví a preguntarle no sé en que idioma por qué vestía de esa manera. Me sonrió con sorna y se desabrochó el sobretodo. Vi que debajo había un largo traje enterizo del mismo material y con los mismos discos blancos, y supe (como se saben las cosas en los sueños) que debajo había otro.
   En aquel preciso momento sentí el inconfundible sabor de la pesadilla y me desperté.

FÁBULAS FANTÁSTICAS, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, Fábulas fantásticas, Valdemar, Madrid, 1999, 160 páginas.

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EL GATO Y LOS PÁJAROS

   Al oír que los pájaros de una pajarería estaban enfermos, un Gato fue a verlos, les dijo que era médico, y que los curaría si le dejaban entrar.
   —¿A qué escuela de medicina perteneces? —preguntaron los Pájaros.
   —A la de Miaulopatía —dijo el Gato.
   —¿Has practicado alguna vez la Largodeaquilogía? —inquirieron los pájaros, parpadeando débilmente.
   El Gato captó la indirecta y se fue.

LA CIUDAD ROSA Y ROJA, Carlo Frabetti

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CARLO FRABETTI, La ciudad rosa y roja, Lengua de Trapo, Madrid, 1999, 136 páginas.

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LA PESADILLA DE ARISTÓTELES

   En cierta ocasión, le preguntaron a Aristóteles: “Si pudieras pedir un deseo en beneficio de la humanidad, ¿qué les pedirías a los dioses?”, y él contestó que les pediría que unificaran el significado de las palabras, de forma que todos las entendiéramos exactamente de la misma manera. Y se podría decir que los dioses complacieron parcialmente a Aristóteles, pues con las matemáticas disponemos de un lenguaje exento de ambigüedades e interpretaciones subjetivas. Y esta precisión, esta unificación de significados, se ha ido haciendo cada vez más extensiva (sobre todo a partir de Newton, nuestro invitado de la columna anterior) al discurso científico en general.
   Pero Aristóteles se refería al lenguaje común, y soñaba con eliminar los continuos malentendidos a los que su uso da lugar, la paradójica incomunicación verbal (precariamente suplida por la comunicación no verbal) que condena a los seres humanos a una juanramoniana “soledad sonora”. Y, por suerte, los dioses no escucharon la petición del filósofo. Porque para que dos hablantes se entendieran a la perfección, es decir, para que entendieran todas las palabras –con todos sus matices y connotaciones– de idéntica manera, tendrían que ser prácticamente la misma persona. En el plano denotativo del lenguaje podemos lograr niveles de acuerdo relativamente satisfactorios; de lo contrario, hablar no serviría de nada y las sociedades humanas no existirían como tales. Pero el plano connotativo es, en gran medida, un universo personal e intransferible (o de muy difícil transferencia: por eso existe la literatura, y muy especialmente la poesía). Eso nos causa numerosos problemas, así como una irreductible sensación de alteridad (que Kafka expresó magistralmente: “A mí me conozco, en los demás creo; esta contradicción me separa de todo”). Puede que sea muy alto, pero ese es el precio de la individualidad.
   El pensamiento es fundamentalmente (aunque no exclusivamente) lingüístico. Somos lenguaje, incluso cuando callamos. Continuamente nos recorre un río de palabras, y somos los ecos innumerables que esas palabras multiplican en el irrepetible laberinto de nuestra mente. Por eso el sueño de Aristóteles, como tantos otros sueños filantrópicos, se resuelve en pesadilla. Si las palabras significaran exactamente lo mismo para todos, solo habría un individuo repetido millones de veces, y entonces sí que su soledad, atrapada en un laberinto de espejos, sería terrible: tan absoluta y vertiginosa como la soledad de Dios.

CUENTOS DE ANTOLOJÍA, Juan Ramón Jiménez

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Cuentos de antolojía, Clan Editorial, Madrid, 1999, 304 páginas.

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Con prólogo (La belleza completa, pp. 7-24) y notas de Juan Casamayor Vizcaino e ilustraciones de Marina Arespacochaga, la editorial Clan, siempre interesada en la recuperación de textos y autores, presenta esta antología que aporta 47 cuentos inéditos.

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EL HOMBRE DOBLE
       
   Yo lo había conocido al piano, una tarde grata, de cerca, en la penumbra gris y dulce del crepúsculo de primavera, en su salón. Me había parecido dulce, bueno, sencillo, vibrante el corazón de la música de su piano, entre sus hijos, su mujer y sus flores.
   Luego, al otro día, en su despacho, de lejos, entrando yo por la puerta distante del banco grande, me pareció que lo había equivocado con otro. Estaba más enjuto, más oscuro, recostado entre legajo y hule, y con unos ojillos de pimienta que en nada se parecían a los azules del día antes, unos ojillos que me miraban, acercándose, como con desagrado.
   Llegando a un punto de la estancia, como en esos cambios de los árboles cuando nos acercamos a ellos, como si hubiera un escamoteo teatral, el hombre de hoy, el del escritorio, se transformaba otra vez, en el hombre de ayer, el del piano, y la sonrisa grande y blanda sucedía al mirar pequeño, duro y desagradable.
   Debió de notar mi confusión, y le dije lo que era: «Al pronto no lo había conocido a usted. Me parecía usted otro».
   Se rió con una risa fuerte, como si estuviera en el secreto de mi duda, una risa no sé si mala o buena, que no sé de cuál de los dos es, si del nombre dulce del piano, que se reía de mi sospecha, o del hombre molesto del banco, que se reía de mi infelicidad.
   ...La mujer leyó esta pájina, y, de pronto, sintió un escalofrío y dio un grito.
  No era sospecha suya sólo. El poeta también lo había visto. En su casa había dos hombres.

(1920)

EL CUADERNO DE CORTO MALTÉS, Tomás Pavón

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TOMÁS PAVÓN, El cuaderno de Corto Maltés, Los Libros del Oeste, Badajoz, 1999, 58 páginas.

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ÚLTIMA ESCALA

   Un viaje nunca concluye en las costas de la última escala. Prosigue en la memoria, y el trayecto recorrido viene a ser como el mapamundi que se consulta previamente, antes que el recuerdo suelte amarras. En realidad, el patrimonio del viajero no es más que eso: las vivencias y unos cuantos amigos junto a los que evocarlas tomando unos tragos.
   Un viaje tampoco se inicia en el momento de la partida. Se imagina mucho antes. Se va pensando en los días previos, lentamente, y luego esos días constituyen una parte esencial del viaje, aunque se perciban un tanto impropios, un tanto ajenos y desoladores.
   Al ordenar nuestros viejos mapas, ya estamos viajando. Al seleccionar los libros que irán en nuestra mochila, nos encontramos en pleno viaje. La geografía jamás delimita nuestro itinerario. El viaje comienza en el mismo punto que los sueños y acaba cuando acaba la vida.