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CUENTECILLOS Y OTRAS ALTERACIONES, Jorge Timossi

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JORGE TIMOSSI, Cuentecillos y otras alteraciones, Ediciones de la Torre, 1997, 78 páginas.

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En El relato, si breve, dos veces breve (pp. 9-15) Timossi recuerda la definición del género que hace Orkény, para quien "este tipo de cuentos son ecuaciones en las que un factor es la mínima comunicación del autor y el otro es la máxima fantasía del lector".
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INMIGRACIÓN
  A Miguel Barnet
        
   El aduanero abrió la maleta de cuero gastado, comprobó que ese inmigrante portaba en ella únicamente su pesada tragedia personal, la cerró con mucho cuidado, y murmuró, como si no se refiriera a alguien en particular: «Pase, total no creo que le vaya a servir para nada».

HÁGASE UD. INMORTAL, Gabriel Cid

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GABRIEL CID, Hágase Ud. inmortal, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997, 180 páginas.

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DESENAMORAMIENTO DE UNA LAGARTIJA

   Las paredes, paredes. Las rendijas, rendijas. Las grietas, grietas.
   Ni islas, ni cocoteros ni veranos eternos. Fenómenos ópticos que nunca habían figurado en los mapas.
   Como la otra criaturita esperando instintivamente que el sol terminara de meterse en la gran casaca roja del horizonte.

CUENTOS POPULARES GITANOS, Diane Tong

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DIANE TONG, Cuentos populares gitanos, Siruela, Madrid, 1997, 232 páginas.

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En la Introducción (pp. 15-27) la editora Diane Tong explicita la finalidad de su recopilación: "dar a conocer a un público más amplio voces gitanas muy diferentes y preservar su tradición en forma escrita". La procedencia de los 80 relatos recogidos es diversa: Grecia, España, Hungría, EE.UU., México, Siria... 
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DE POR QUÉ LOS GITANOS VIVEN DISPERSOS POR TODO EL MUNDO
                                                    Rusia

   Hace mucho, mucho tiempo, un gitano viajaba con su familia. Su caballo era flaco y de patas endebles, y a medida que la familia iba creciendo, le resultaba más difícil tirar de la pesada carreta. Ésta pronto se llenó tanto de niños que el pobre caballo apenas podía avanzar a trompicones por el camino sembrado de baches.
   A medida que la carreta daba tumbos, oscilando primero a la izquierda, balanceándose después a la derecha, las cacerolas y las sartenes se iban cayendo, y de vez en cuando algún niño descalzo daba con la cabeza en el suelo.
   Lo peor no era durante el día (cuando se podían recoger las cacerolas y a los niños), sino por la noche, cuando no se veía nada. En cualquier caso, ¿quién podía llevar la cuenta de una tribu como ésa? Y el caballo seguía recorriendo a duras penas su camino.
   El gitano viajó por toda la Tierra, y allí donde iba dejaba un niño tras de sí: un niño, otro, otro más...
   Y así es como los gitanos se dispersaron por toda la Tierra.

CUENTOS POPULARES DEL MEDITERRÁNEO, Ana Cristina Herreros (editora)

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ANA CRISTINA HERREROS, Cuentos populares del Mediterráneo, Siruela, Madrid, 2007, 236 páginas.

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En la Introducción (pp. 11-14), Ana Cristina Herreros señala la procedencia de los textos ("repertorios de cuentos tomados de directamente de la tradición oral de finales del siglo XIX o comienzos de XX"), que "han sido sometidos a una labor de recreación". Cierra el volumen una interesante sección titulada Fuentes y comentarios (pp. 217-230).
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EL DIABLO QUE IBA A MISA
(sardo)
                 
   Yo sé la historia de un diablo que iba a misa.
   Una vez, un diablo que iba a misa se encontró por el camino un haba, la cogió y se fue a la primera casa que se encontró.
   —Buena mujer —le dijo—, ¿puedes guardarme esta haba una hora que yo tengo que ir a misa?
   Nunca se había visto un diablo que fuera a misa, así que la mujer en seguida le dijo que sí.
   El diablo dejó el haba en el alféizar de la ventana y se fue a la iglesia. Una hora más tarde volvió y pidió que le devolvieran el haba. Pero la mujer le respondió apenada:
   —No puedo devolverte el haba, porque una gallina se subió al alféizar de la ventana y se la comió.
   —O me das el haba o me das la gallina —exclamó el diablo con mirada torva. Y la mujer tuvo que darle la gallina.
   El diablo cogió la gallina y se fue a la casa de otra vecina.
   —Buena mujer, ¿me puedes guardar esta gallina un rato que yo tengo que ir a misa?
   Nunca se había visto un diablo que fuera a dos misas seguidas, así que la segunda mujer le dijo que sí.
   —Déjala en el huerto —le respondió.
   El diablo dejó a la gallina en el huerto y se fue a misa. Cuando volvió, la gallina ya no estaba.
   —Se la ha comido el cerdo —le dijo la mujer apenada.
   —O me das la gallina o me das el cerdo —exclamó el diablo, decidido. Y la mujer tuvo que darle el cerdo.
   El diablo ató al cerdo y se fue a otra casa.
   —Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este cerdo, que tengo que ir a misa.
   —Pues claro, buen diablo, mételo en la cuadra.
   Y el diablo metió el cerdo en la cuadra y se fue a escuchar su tercera misa. Cuando volvió, la mujer le dijo apenada:
   —No puedo devolverte el cerdo porque el caballo le ha dado una coz y lo ha matado.
   —O me das el cerdo o me das el caballo replicó el diablo con los ojos de fuego.
   Y la mujer tuvo que darle el caballo.
   El diablo se fue a otra casa.
   —Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este caballo, que yo tengo que ir a misa?
   —Y el diablo se fue otra vez a misa, pero cuando volvió el caballo había desaparecido.
   —¡Qué desgracia! —le dijo la mujer—. Mi hija se ha llevado tu caballo a pastar, pero un moscón no le dejaba en paz y el caballo se ha escapado.
   —O me das el caballo o me das a tu hija —rugió el diablo con los ojos llameantes.
   Y la pobre mujer tuvo que darle a su hija. El diablo la metió dentro de un saco, se lo echó a la espalda y se fue otra vez a la iglesia. Cuando llegó, apoyó el saco en la pila de agua bendita y se puso a escuchar devotatamente la misa.
   Pero un diablo que va tantas veces a misa siempre despierta sospechas. Su comportamiento llamó la atención de una mujer que vivía cerca de la iglesia. La mujer, curiosa, se acercó en silencio al saco y miró dentro a través de un agujero.
   —Pero bueno —murmuró sorprendida cuando vio el contenido del saco—. Esta es mi ahijada.
   Entonces, sin decir una palabra, llevó el saco fuera de la iglesia, lo abrió y dejó salir a su ahijada.
   —Madrina, qué miedo, el diablo quería llevarme.
    —Calla, que esto lo arreglo yo —respondió la madrina. Y dicho y hecho, volvió a su casa, desató dos perros muy feroces que tenía y los metió dentro del saco. Luego lo dejó apoyado en la pila del agua bendita.
   Cuando terminó la misa, el diablo devoto se echó el saco a la espalda y salió de la iglesia.
   —Pues sí que pesas —se quejó el diablo, mientras se disponía a irse del pueblo.
   —Guau, guau— ladraron los dos perros, agitándose dentro del saco. El diablo, extrañado de la respuesta, abrió el saco y se encontró con dos perros rabiosos que salieron como dos furias desbocadas. Al pobre diablo no le quedó otra que escapar a toda prisa para huir de los mordiscos feroces de aquellas bestias. Y hay quien dice que todavía sigue corriendo.

APUNTES 1992-1993, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, Apuntes 1992-1993, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997 (1996), 132 páginas.

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Demasiado recuerdo. Empezado lo más, sucedido lo menos. Un libro de recuerdos de cosas empezadas.
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En el pasado todo el mundo se vuelve tierno.
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Nadie que nos haya abierto su corazón tolera que se olvide algo de lo dicho.
Sin embargo, se dice que los confesores deben olvidar en seguida.
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El recuerdo engaña, y precisamente este engaño es importante.
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Uno juega con las ideas para que no se ensamblen.
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Mientras respiro, escribo. Pero, ¿escucho todavía?
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Las máquinas no son lo suficiente enigmáticas como para creer en ellas.
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Callar la boca y no enmudecer. La cuadratura del espíritu.
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Él sabe que todo está escrito en el viento. Pero escribimos para respirar.
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De quien mucho dice se olvida incluso lo poco que podría quedar.

AFORISMOS, Ángel Crespo

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ÁNGEL CRESPO, Aforismos, Huerga y Fierro, Madrid, 1997, 82 páginas.

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De sus anteriores libros Con el tiempo, contra el tiempo (1978), La invisible luz (1981) y El ave en su aire (1985) se extrae para este volumen la obra aforística completa del autor, que presenta el fenómeno poético o la actitud ante la vida como algunos de sus temas más recurrentes.

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Lo evidente no hay que escribirlo.
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Antes de mirar, aprende a cerrar bien los ojos.
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El más trabajador de los críticos literarios es el olvido.
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Odio deprisa para quemar el odio; amo despacio para conservar el amor.
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La rectitud del árbol, no la del poste.
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Ninguno de nuestros actos, ni de nuestros pensamientos, tiene principio ni fin conocidos.
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Cuando todos los caminos confluyen en uno, van a dar al infierno.
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La poesía contemporánea empezó cuando el poeta sustituyó el ubi sunt por el ubi sum.
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Cuando la verdad huye, hay que mentir para atraparla.

HAY UNA GUERRA, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Hay una guerra, Huerga y Fierro, Madrid, 1997, 192 páginas.

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Quien mejor conoce la diferencia entre un autor maldito y un maldito autor es la persona que tenga que aguantar al jodido susodicho en la intimidad.
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¿Indeciso? Mi problema es que sólo soy capaz de ver todos los aspectos de una determinada cuestión.
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Cuando la gente dice "perdono pero no olvido", ¿qué está diciendo? Que no perdona.
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Casi todo en este mundo tiene una explicación, pero raras veces te dejan darla.
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Es verdad: la única etapa de nuestra vida en la que somos relativamente felices es la infancia. Pero en el momento no nos damos cuenta de ello; y después, claro, es demasiado tarde.
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Es precisamente el perfeccionismo lo que nos impide muchas veces hacer las cosas bien. Posible es mejor que perfecto.
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Los abogados archivan sus errores; los médicos los entierran. ¿Qué haces cuando tu mayor error eres tú mismo?
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Si quieres saber lo que es el amor, cómprate un perro.
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"Venga, que ya queda menos..." Irónica frase de aliento que me repito para ir sobrellevando la vida.
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La vida, una enfermedad terminal: primero te asustas, luego te rebelas, y finalmente te resignas.

EL GRAN CRIMINAL, Dionisio Cañas

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DIONISIO CAÑAS, El gran criminal, Ave del Paraíso, Madrid, 1997, 80 páginas.

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DADOS NEGROS
 
   Cuando no importa ya lanzar los dados, porque todas sus caras son oscuras superficies semejantes a sí mismas; cuando las sombras son iguales a los cuerpos, y la unica perspectiva es un horizonte ciego; cuando llegamos con nuestra roca a una cumbre sin cielo y sin mentiras, y no queremos bajar de ella; cuando andamos cabeza abajo y el cielo es el abismo; cuando el silencio devora el silbido, como si nos hubieran cortado la lengua; cuando sentimos que la vida es ya un dado negro, lanzado en la oscura página del tiempo; cuando somos lo negro... entonces es cuando empezamos a vivir de nuevo.

CUENTOS A LA INTEMPERIE, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Cuentos a la intemperie, Acento Editorial, Madrid, 1997, 207 páginas.

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CONFUSIÓN
 
   Antes de que hubiera terminado de desenvolver el regalo de cumpleaños, sonó dentro del paquete un timbre, así que adiviné que era un móvil. Lo cogí y oí que mi mujer me felicitaba con una carcajada desde el teléfono del dormitorio. Esa noche, ella quiso que habláramos de la vida: los años que llevábamos juntos y todo eso. Pero se empeñó en que lo hiciéramos por teléfono, de manera que se fue al dormitorio y me llamó desde allí al cuarto de estar, donde permanecía yo con el móvil colocado en la cintura. Cuando acabamos la conversación, fui al dormitorio y la vi sentada en la cama, pensativa. Me dijo que acababa de hablar con su marido por teléfono y que estaba dudando si volver con él. Lo nuestro le producía culpa. Yo soy su único marido, así que interpreté aquello como una provocación sexual e hicimos el amor con la desesperación de dos adúlteros.
   Al día siguiente, estaba en la oficina, tomándome el bocadillo de media mañana, cuando sonó el móvil. Era ella, claro. Dijo que prefería confesarme que tenía un amante. Yo le seguí la corriente porque me pareció que aquel juego nos venía bien a los dos, así que le contesté que no se preocupara: habíamos resuelto otras crisis y resolveríamos ésta también. Por la noche, volvimos a hablar por teléfono, como el día anterior, y me contó que dentro de un rato iba a encontrarse con su amante.
   Aquello me excitó mucho, así que colgué en seguida, fui al dormitorio e hicimos el amor hasta el amanecer.
   Toda la semana fue igual. El sábado, por fin, cuando nos encontramos en el dormitorio después de la conversación telefónica habitual, me dijo que me quería pero que tenía que dejarme porque su marido la necesitaba más que yo. Dicho esto, cogió la puerta, se fue, y desde entonces, el móvil no ha vuelto a sonar. Estoy confundido.

CUENTOS DE X, Y, Y Z, F.M.

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F.M., Cuentos de X, Y, y Z, Lengua de Trapo, Madrid, 1997, 125 páginas. 

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MODOS DE TRANSPORTE

Es imprescindible que Y decida coger el automóvil para que su pelo se refleje en la ventanilla de Z, que va en autobús, ese día ha tomado el transporte público para desplazarse al trabajo. Un día después ocurrirá otro tanto, porque mientras Z está encabronado en el atasco, Y pasa debajo de él, a gran velocidad, apretada entre los viajeros anónimos del metro.
En este tipo de conexiones o desconexiones están los dos cuando llega el verano. Z planifica sus vacaciones en avión, por lo que sobrevuela el barco de Y, que miles de metros más abajo navega hacia una isla.
La isla resulta ser la misma para Y y Z, por lo que no es del todo extraño que casi se estrellen en un cruce, en el que la lentitud del burro de Z contrasta con la apresurada bicicleta de Y, que esquiva a Z con unos reflejos formidables. Ha bajado la cuesta sin tocar los frenos.
Tiempo más tarde, otra vez con el mismo país por destino, resulta que Z ruge en motocicleta por la costa, y cuando desvía la vista hacia el mar está mirando sin verla a Y, convertida en un punto, que se mece en una barca pesquera.
Así pasan los años hasta que un día, en el que la ausencia de horarios tolera coquetear con la pereza, los dos salen de paseo, a dar una vuelta. Entonces sí: se ven, se hablan, se tocan, se besan, se aman.

EL HACEDOR, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, El hacedor, Alianza Editorial, Madrid, 1997 (1972), 134 páginas.

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El propio Borges en el epílogo (pp. 128-129) califica como la más personal de sus obras a esta "colecticia y desordenada silva de varia lección". Las referencias históricas, filosóficas, oníricas o literarias se entrecruzan en los diferentes relatos, ensayos y poemas, erigiendo así una miscelánea en forma de universo que el hacedor argentino dispone para disfrute del lector.

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DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO

A. —Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón). —Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística). —Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.