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LAS CIUDADES DEL PONIENTE, Antonio Pereira

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ANTONIO PEREIRA, Las ciudades del Poniente, Anaya & Mario Muchnick, Madrid, 1994, 190 páginas.

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LA ENFERMEDAD        

   Una mañana indiferente en que el ambulatorio despachaba la retahíla cansina de diarreas de niño y alguna vejiga de viejo y catarros banales que las devotas del seguro llaman andancio, una mañana de esas llegó un hombre joven con su volante y se puso a esperar en el banco alargado como de estación de autobuses.
   Era delgado, bien parecido. No se le veía mala cara, si se descuenta el morado profundo de unas ojeras, nada a su edad, quizá la resaca del sábado. Al menos cualificado de los médicos del ambulatorio le correspondió el sobresalto disimulado de percibir un síntoma decisivo. A veces es una intuición. Mandó comprobar, analizar. “No es posible, secreteaban los médicos, "en un rincón del mundo como éste", pero ei nombre tenia ia enfermedad.
   Se trataba de un muchacho del centro de la ciudad, hijo de familia y de costumbres decentes. “Veamos la anamnesia”, qué palabreja, y sólo faltaba que lo interrogaran con una luz cegadora. “¿Las dolencias infantiles?”, querían saber. ¿Y vacunas? ¿Las amígdalas? ¿Transfusiones de sangre, alguna transfusión de sangre?” Casi le dio vergüenza decir que era virgen. Tuvo como un arranque de protesta cuando le preguntaron, aunque fuera con muchos rodeos, si se había acostado con hombres, pero se quedó en la negativa y el rubor. Lo pusieron en “sin causa conocida, porque había que informar para el ordenador de datos. Sólo las personas indispensables lo supieron y los médicos fueron como confesores, según los juramentos de su religión.
   El segundo caso vino rápido y fue algo diferente. Una mujer casada de los arrabales, también de vida honesta. Las conjeturas fueron hacia el marido, que viajaba por provincias un muestrario de bisutería fina. Ella era una casada joven y fiel. El marido tenía fama de honradez en los tratos, pero no era imposible que hubiera enredado con una camarera de hotel, la camarera sólo se acostaría con el gerente, siempre suponiendo, el gerente del hotel salvo esa mínima veleidad se dedicaba por entero a su señora que por perdonable inclinación había caído con un castrense y éste con una enfermera de confianza y la enfermera con un estudiante y el estudiante con su protector y nunca se puede saber. Los médicos tuvieron que hablar con el marido de la casadita de los arrabales y el hombre se dejó examinar y estaba muy sano. Pero no pudo aguantar lo de su mujer, cogió el muestrario y sus cosas y se marchó para siempre. Antes dijo que no le hubiera importado que su esposa se quedara coja, ciega, lo que fuera, pero él no podía sufrir que su esposa tuviera la enfermedad.
   Al fin terminó sabiéndolo toda la ciudad, que había dos casos entre los miles de habitantes, y la gente se entregó a la higiene y a las religiones temerosas. Lo que no se sabía es cómo llegaron a relacionarse, después de aquellas novedades, el joven que no había conocido mujer y la señora que se había quedado sin marido. Se pusieron a vivir en casa de ella para allá del río y fue un alivio para la población porque así quedaba el puente por medio.
   Pero acaso se han cansado de su lazareto. Ahora los amantes vienen al parque y a la plaza de las palomas y nos inquietan con su felicidad descuidada. Vienen algo pálidos y enlazados, se acarician, alguien los ha visto besarse tranquilamente en la boca como antes se acostumbraba, cuando el amor no estaba amenazado y era una pasión sin guantes.

HAMPSTEAD, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, Hampstead. Apuntes rescatados 1974-1971, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1996 (1994), 200 páginas.
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Necesitas un ejército de termitas que socaven desde dentro todas tus ataduras y costumbres.
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Con los años, incluso la desesperación devora y devora hasta hartarse. Luego pierde su nombre.
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Los relojes de la pareja: nunca la misma hora.
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Para que se le conserve, arroja lejos de sí lo que podría perder.
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Cuando se sabe todo sobre una persona, ¿qué queda de ella? Sólo aquello que se olvida.
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Él va eligiendo nuevas lenguas para callar.
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El impulso de decir algo cien veces; el deseo de silenciarlo.
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Las frases no están agotadas. Aún distan mucho de estar agotadas. Sólo están agotadas para quienes siempre tienen que romperlas.
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Condenó su sueño antes de que se hubieran desprendido de él todas las hojas.

APUNTES 1992-1993, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, Apuntes 1992-1993, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997 (1996), 132 páginas.

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Demasiado recuerdo. Empezado lo más, sucedido lo menos. Un libro de recuerdos de cosas empezadas.
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En el pasado todo el mundo se vuelve tierno.
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Nadie que nos haya abierto su corazón tolera que se olvide algo de lo dicho.
Sin embargo, se dice que los confesores deben olvidar en seguida.
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El recuerdo engaña, y precisamente este engaño es importante.
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Uno juega con las ideas para que no se ensamblen.
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Mientras respiro, escribo. Pero, ¿escucho todavía?
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Las máquinas no son lo suficiente enigmáticas como para creer en ellas.
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Callar la boca y no enmudecer. La cuadratura del espíritu.
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Él sabe que todo está escrito en el viento. Pero escribimos para respirar.
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De quien mucho dice se olvida incluso lo poco que podría quedar.

EL LIBRO DE LAS QUIMERAS, E. M. Cioran

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E. M. CIORAN, El libro de las quimeras, Tusquets, Barcelona, 1996 (1936), 256 páginas.

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El miedo a encontrarnos con nosotros mismos... (La fuente de todos los miedos.)
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Sólo mueren los pensamientos que brotan ocasionalmente. Los otros los llevamos con nosotros sin saberlo. Se abandonaron al olvido para acompañarnos siempre.
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La sexualidad no tiene otro sentido que vencer lo infinito desde el Eros.
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Sentir la muerte de forma retrospectiva significa tener miedo del propio pasado. Un día estuviste muerto a tus ojos, aunque no lo estuvieras para los demás. En la encrucijada de tu vida no has sido, te has coronado de nada. Los hombres te han visto y te han palpado, sin saber que sólo eras un fantasma.
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He aquí lo que me diferencia de los demás: que yo he muerto innumerables veces, mientras ellos no han muerto nunca.
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Epígrafe a una autobiografía: Soy un Raskólnikov sin la excusa del crimen.
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Que nadie olvide:
Que el Eros solo puede colmar una vida; el conocimiento nunca. Únicamente el Eros le da un contenido; el conocimiento es infinitud hueca; para pensar siempre hay tiempo; la vida tiene su tiempo; ningún pensamiento viene demasiado tarde; todo anhelo puede convertirse en pesar.
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¿Qué soy yo sino una ocasión en medio de las infinitas probabilidades de no haber sido?

HISTORIAS MÍNIMAS, Javier Tomeo

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JAVIER TOMEO, Historias mínimas, Anagrama, Barcelona, 2009 (1996), 128 páginas.

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   Los dos esqueletos, con los huesos blanqueados por el sol, conversan sentados al socaire de la pared del cementerio.

   ESQUELETO A. Oye.
   ESQUELETO B. Dime.
   ESQUELETO A. Lo peor que podemos hacer es desanimarnos.
   ESQUELETO B. Sí, eso sería lo peor.
   ESQUELETO A. Vendrán tiempos mejores, estoy seguro de eso.
   ESQUELETO B. ¡Oh, desde luego! ¡Vendrán tiempos mejores!
   ESQUELETO A. Se trata de saber esperar.
   ESQUELETO B. Sí, se trata de eso.
   ESQUELETO A. Los árboles volverán a ser verdes.
   ESQUELETO B. Eso es: verdes. Y cantarán otra vez los pájaros.
   ESQUELETO A. ¡Ah, qué agradable será entonces vernos regresados a la carne!
   ESQUELETO B. ¿Crees que regresaremos también a la carne?
   ESQUELETO A. ¿Quién lo duda?
   ESQUELETO B. (Nostálgico.) Eso sería estupendo.
   ESQUELETO A. (Tras una breve pausa.) ¿Cómo te llamabas antes?
   ESQUELETO B. Juanito.
   ESQUELETO A. ¡Anda pues, Juanito! ¡Levanta el corazón!
   ESQUELETO B. (Mirando a través de sus costillas.) ¿Qué corazón?
   ESQUELETO A. (Reconsiderando la situación, con acento súbitamente desesperanzado.) La verdad es que hicimos mal muriéndonos.
   ESQUELETO B. Sí, hicimos mal.
   ESQUELETO A. Perdimos el corazón.
   ESQUELETO B. Sí, lo perdimos.
   ESQUELETO A. Eso fue, sin duda, lo peor.
       
   Silencio. El ESQUELETO B sopla a través de su propia tibia y brota una suave melodía, que ondula apenas la cabeza de las ortigas. Al conjuro de la música, las serpientes de hace cien años —apenas un rosario de menudas placas óseas— tratan inútilmente de erguirse como en los viejos tiempos de la ponzoña fulminante.

SONRISAS, Antonio Carbonell Soler

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ANTONIO CARBONELL SOLER, Sonrisas: selección, Antinea, Vinaròs, 1996, 208 páginas.

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Entre estas frases, que oscilan entre la greguería y la ocurrencia cómica, se intercalan algunos chistes-viñeta del propio autor.

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Sólo a la barra de pan le permitiremos estar con los codos encima de la mesa.
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El viento es de los que nunca dejan los papeles donde estaban.
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Pitágoras se resfriaba cada dos por tres.
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Sobre la piscina erizada por los pellizcos de la lluvia, suena el pizzicato musical del agua.
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A pesar de todo, Venecia no se ve a gusto porque siempre has de estar cambiando de canal.
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El rombo es un cuadrado al que se le aflojaron los tornillos.
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La mar no tiene un día fijo semanal de plancha.
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La rosa blanca vive con el temor de pincharnos y que nuestra sangre la salpique.

LA RONDA / ANATOL / ENSAYOS Y AFORISMOS, Arthur Schnitzler

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ARTHUR SCHNITZLER, La ronda / Anatol / Ensayos y aforismos, Cátedra, Madrid, 1996 (1967), 384 páginas. Edición de Miguel Ángel Vega.

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Precedidos por una minuciosa Introducción (pp. 7-95), los ciclos de escenas La ronda y Anatol acompañan al bloque Ensayos y aforismos, en donde figura una selección de máximas publicadas originariamente en dos volúmenes: el Libro de los dichos y de la reflexión y Aforismos y reflexiones.

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El humorista deambula en el interior de lo infinito.
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Ser artista significa saber pulir las ásperas superficies de la realidad tan lisamente que puedan reflejar toda la infinitud, desde las alturas del cielo hasta las profundidades del infierno.
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Cuando el odio es cobarde, anda enmascarado en sociedad y se llama justicia.
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Dos espejos enfrentados: para el corto de vista significa confusión, para el de larga vista, infinitud.
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Es consustancial a la revolución ser malentendida por los pedantes, manipulada por los maliciosos y ser tomada por la masa como un destino.
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Las cosas en la noche del no ser vistas se aferran a la mirada humana en cuya luz se bañan.
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Para aquel que alguna vez haya comprendido totalmente que es mortal, la agonía ha comenzado ya.
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No hay verdades nuevas bajo el sol; y, ¿precisamente, en estas breves frases esperaste encontrarlas?

CIEN JAIKUS, Masaoka Shiki

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MASAOKA SHIKI, Cien jaikus, Hiperión, Madrid, 1996, 196 páginas. Traducción y presentación de Justino Rodríguez. Edición bilingüe.

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Contiene un prólogo (pp. 9-19) que desglosa la vida del autor, centrádose en el contexto político-social de la época y en su actividad literaria. Además de los poemas originales en japonés y su transcripción en rômaji, incluye comentarios interpretativos de corte biografista introducidos al pie de cada haiku.
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Ikutabi ka
Iuki no fukasa
Tazune keri
 いくたびか
雪の深さを
たづねけり 
Cuántas veces pregunté
Qué profunda era
La nieve

NEUTRAL CORNER, Ignacio Aldecoa

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IGNACIO ALDECOA, Neutral corner, Alfaguara, Madrid, 1996, 104 páginas. Fotografías de Ramón Masats.
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Publicado por primera vez en 1962 (Editorial Lumen, Barcelona), Neutral corner resurge en esta reedición de Alfaguara que permite acceder a la simbiosis entre los textos del autor y las fotografías de Ramón Masats. Estas historias, escritas con una coreografía de golpes que derriban los límites entre poema y relato (una "crónica lírica", determina Miguel García-Posada en el prólogo), aproximan al "ambiente que rodeó a los boxeadores españoles de la posguerra, cuando las cuatro cuerdas fueron una metáfora de las aspiraciones de las clases populares derrotadas en la guerra civil".

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LA LEY DEL PÉNDULO

Bajaban los sacos con un cabrestante. La escotilla portalaba un cielo azul de verano, inhóspito como una gran sala vacía. En la bodega los estibadores, formando corro, abrían cancha al redón descendente. Urgidos por el capataz se abalanzaban sobre los sacos y los apilaban ordenada y rápidamente.
—Saco... estribor... arriba... Iuú...
Sentían el polvillo del trigo en los pulmones y carraspeaban de vez en cuando. Las manos se endurecían en la faena, se musculaban y tomaban fuerza.
—Saco... babor... arriba... Iuú...
Al ocaso entraba el segundo turno. En el ocaso, antes de que las luces del barco feriaran el trabajo, los estibadores miraban al cielo acuario como si fueran a emerger hacia el infinito.
Los estibadores se prestaban los chalecos de cuero y andrajos. Se despedían.
—¿Te entrenas?
—¿Te parece poco entrenamiento éste?
—A ver lo que haces en el próximo...
—Lo que se pueda.
—A ver cuando empiezas a ganar dinero y dejas esto.
—En seguida.
En el gimnasio penduleaba el saco de entrenamiento. El boxeador obedecía la voz del capataz.
—Saco... izquierda... derecha... arriba... abajo... Sigue... Para...
En los barcos y en los gimnasios se iba aprendiendo a vivir: fuerza, velocidad, pegada... Un poco más lejos el dinero... y entretanto de saco a saco como única esperanza.

QUINCE LÍNEAS. RELATOS HIPERBREVES

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Quince líneas. Relatos hiperbreves., Tusquets, Barcelona, 1996, 182 páginas.

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Contiene un prólogo de Luis Landero (pp. 9-13) y un Manifiesto (pp. 179-181).


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BREVE ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA UNIVERSAL


Canta, oh diosa, no sólo la cólera de Aquiles sino cómo al principio creó Dios los cielos y la tierra y cómo luego, durante más de mil noches, alguien contó la historia abreviada del hombre, y así supimos que a mitad del andar de la vida, uno despertó una mañana convertido en un enorme insecto, otro probó una magdalena y recuperó de golpe el paraíso de la infancia, otro dudó ante la calavera, otro se proclamó melibeo, otro lloró las prendas mal halladas, otro quedó ciego tras las nupcias, otro soñó despierto y otro nació y murió en un lugar de cuyo nombre no me acuerdo. Y canta, oh diosa, con tu canto general, a la ballena blanca, a la noche oscura, al arpa en el rincón, a los cráneos privilegiados, al olmo seco, a la dulce Rita de los Andes, a las ilusiones perdidas, y al verde viento y a las sirenas y a mí mismo.
Faroni