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NO AMANECE EL CANTOR, José Ángel Valente

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JOSÉ ÁNGEL VALENTE, No amanece el cantor, Tusquets, Barcelona, 1992, 122 páginas.

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Un hombre lleva las cenizas de un muerto en su pequeño atadijo bajo el brazo. Llueve. No hay nadie. Anda como si pudiera llevar su paquete a algún destino. Se ve andar. Se ve en una paramera sin fin. Al término, el ingreso devorador lo aguarda del ciego laberinto.

BREVIARIO, Ángel Guinda

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ÁNGEL GUINDA, Breviario, Lola Editorial, Zaragoza, 1992.

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La sola claridad está en lo oscuro.
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Familia: primera célula de represión.
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Uno se mata de querer vivir, de neutralizar todo lo que va muriendo contra su deseo. El suicida ejecuta un acto de crepúsculo esplendor.
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Si no escribes como vives, vive al menos lo que escribes.
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No me esperéis. He quedado conmigo y tengo prisa por llegarme.
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Solitario: necesita compañía y es incapaz de acompañar a nadie.
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La poesía es una pregunta a todas las respuestas.
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¿Cómo apuntalar la luz con vigas de tiniebla?
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Estilo: ese hilo de voz que con la vida enhebro.
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Sombras en llamas, así son las ideas.

LÉÉRERE, Dante Medina

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DANTE MEDINA, Léérere, UNAM, México D.F., 1992, 66 páginas.

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HISTORIA DE Z
A Dolce allegro candoroso

   A mí eso siempre me dio mala esquina claro que de ti se puede esperar eso y más para él era casi igual aunque con ella no se cuenta jamás ante nosotros es declarable pero mejor no olvidar que desde nosotras se perdió la confianza en ustedes porque según ellos eso fue hecho por ellas.
   Falta que me lo aclaren a mí: de ti es vano esperar respuesta: para él es lo mismo: con ella es poder más: ante nosotros está confuso: en ustedes hay el mismo problema: según ellos quién sabe: por ellas es como si nada.V
   Espero que salga de ti eso que según ellos me pasó a mí, no quiero encararme con ella porque eso me obligaría a confiar en ustedes, lo que sería fatal y me harta recomenzar desde nosotras; eso nos llevaría ante nosotros y es verdad que en lo hondo se es capaz de todo por ellas. 

SEGUNDO ABECEDARIO, José Jiménez Lozano

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JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Segundo abecedario, Anthropos, Barcelona, 1992, 272 páginas.

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Según los periódicos, en el entierro de Cortázar, alguien dijo que «habría que hacer una manifestación contra la muerte»; y hay un verso de Guillén, que también ha muerto un día de estos, que dice:

Muerte, para ti no existo.

Pero estas protestas ya van siendo raras: los hombres de esta civilización nuestra aceptan, cada vez de modo más resignado e incluso más tranquilo, la muerte y su señorío universal: como algo obvio y trivial. Esta es la hora del memento mori científico o de salón: el hombre acepta su fin como si se tratase del final del verano, pero sin siquiera su melancolía.

Es terrible esta gran sumisión al imperio de la muerte de esta nuestra cultura. Hay como una extraña alegría democrática de que todos vayamos al hoyo. Debe de ser la pasión por la igualdad, como a fines de la Edad Media o en el Barroco: un trompe l’oeil del peor conservadurismo.

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El filme original o master o banda original de la Juana de Arco de Dreyer acaba de encontrarse, cuando se creía perdida... en un asilo psiquiátrico danés.

Es todo un símbolo. ¿Dónde podría haber quedado de mejor manera a salvo? ¿Dónde podrían también esconder mejor Juana y el propio Dreyer su mundo interior que entre los totalmente marginales y marginados?

MANUAL DE CRONOPIOS, Julio Cortázar & José Luis Largo

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JULIO CORTÁZAR, Manual de cronopios, Ediciones de la Torre, Madrid, 1992, 126 páginas.

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Las ilustraciones de José Luis Largo aparecen sutilmente entre cada uno de los relatos elegidos por Francisco J. Uriz, procedentes de Un tal Lucas, Último round, La vuelta al día en ochenta mundos, Nicaragua tan violentamente dulce, Bestiario, Final del juego y, por supuesto, de Historias de cronopios y famas. En la emotiva Introducción  (pp. 9-28) Uriz traza la semblanza de su amistad con un gran literato del que destaca su mayor humanidad. Varias fotografías y una carta manuscrita completan esta antología.
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FILANTROPÍA

   Los famas son capaces de gestos de una gran generosidad, como por ejemplo cuando este fama encuentra a una pobre esperanza caída al pie de un cocotero, y alzándola en su automóvil la lleva a su casa y se ocupa de nutrirla y ofrecerle esparcimiento hasta que la esperanza tiene fuerza y se atreve a subir otra vez al cocotero. El fama se siente muy bueno después de este gesto, y en realidad es muy bueno, solamente que no se le ocurre pensar que dentro de pocos días la esperanza va a caerse otra vez del cocotero. Entonces mientras la esperanza está de nuevo caída al pie del cocotero, este fama en su club se siente muy bueno y piensa en la forma en que ayudó a la pobre esperanza cuando la encontró caída.
   Los cronopios no son generosos por principio. Pasan al lado de las cosas más conmovedoras, como ser una pobre esperanza que no sabe atarse el zapato y gime, sentada en el cordón de la vereda. Estos cronopios ni miran a la esperanza, ocupadísimos en seguir con la vista una baba del diablo. Con seres así no se puede practicar coherentemente la beneficiencia, por eso en las sociedades filantrópicas las autoridades son todas famas, y la bibliotecaria es una esperanza. Desde sus puestos los famas ayudan muchísimo a los cronopios, que se ne fregan. 


ZOOPATÍAS Y ZOOFILIAS, Javier Tomeo

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JAVIER TOMEO, Zoopatías y zoofilias, Mondadori, Madrid, 1992, 145 páginas.

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Estas cincuenta y una narraciones están precedidas por pequeñas ilustraciones alusivas.
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EL HOMBRE RATÓN

   Aquel hombrecito de mirada asustadiza y largos bigotes hirsutos tenía la pretensión de ser un ratoncito. Cada tarde entraba en el bar, se sentaba en una mesa del rincón, cerca de la puerta, y se nos quedaba mirando con ojos brillantes y saltones sin dejar de imprimir a su mandíbula superior el característico movimiento que podemos observar en los auténticos roedores.
   Todos los del barrio conocíamos su verdadera historia y podíamos imaginar lo mal que lo estaba pasando desde que su mujer se escapó con el cartero. ¿Cómo convencer a un hombre, sin embargo, de que no es el ratoncito indefenso que piensa ser, sin más armas para defenderse que un par de pequeños incisivos de crecimiento continuo? ¿Cómo convencerle de que, a pesar de todo, vale la pena continuar viviendo? ¿Cómo ayudarle a recuperar la confianza?
   —Vamos a ver —le dije un día, dispuesto a devolverle la sensatez— Hábleme usted de quesos. Si realmente es ese ratoncito que pretende ser, sabrá distinguirlos sin el menor problema, pues todos sabemos que los ratones se pirran por e! queso.
   Le pregunté en que se distinguía el queso de bola del queso gruyere y el hombre pensó que quería tomarle el pelo y se me quedó mirando a los ojos, sin saber que responder. Le repetí la pregunta y me contestó por fin que los quesos de bola son los que tienen forma esférica y que el queso gruyere era el de los agujeros.
   —Ni siquiera es necesario probar esos dos tipos de quesos para distinguirlos —me dijo con una vocecita agguda que trataba de imitar el chillido prolongado de un ratón—. Pueden reconocerse a simple vista.
   —¿Qué me dice entonces del queso manchego? —le pregunté, sin dar mi brazo a torcer.
  —Es un queso elaborado con leche de oveja, de pasta firme y aroma y sabor muy característico. Puede consumirse fresco, seco o curado en aceite. Yo, personalmente, lo prefiero muy seco.
   —Déme una razón que justifique esa preferencia —le pedí.
   —Si el queso esta muy duro —respondió, abriendo la boca y señalándose los dientes con el índice— estos dos incisivos, que usted ve tan desarrollados, cobran todo su sentido.
   —¿Y el emmenthal? —le pregunté—. ¿Qué me dice del emmenthal?
   —Es un queso de vaca —respondió. Duro, compacto, con grandes ojos. No es fácil de encontrar en las despensas de este barrio.
   Reconocí que a juzgar por aquellas respuestas —que me dio sin ninguna vacilación— podría ser realmente un hombre ratón, pero no quise rendirme a las primeras de cambio y se me ocurrió otro sistema para devolverle a la realidad. Una mañana le sujetamos entre unos cuantos clientes del bar y le afeitamos el bigote en seco. Fui precisamente yo quien empuñó la navaja barbera. Le puse luego un espejo a un palmo de la nariz y le pregunte si todavía continuaba reconociéndose hombre ratón.
   —Así, sin bigote, me resulta muy difícil —reconoció tristemente, pasándose la yema del índice por encima del labio superior.
   Y aquel día señaló el principio de su recuperación. Continuó acudiendo cada tarde albar y sentándose en la mesa del rincón, pero poco a poco fue dejando de mover las mandíbulas y hace un par de días se decidió a jugar con nosotros una partida de dominó.

        

ÉRASE UN HOMBRE, ÉRASE UNA MUJER, Sandra Cisneros

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SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, 244 páginas.

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Titulada originalmente Women Hollering Creek esta colección de relatos que contiene algunos microrrelatos conoce dos traducciones: la publicada en Vintage Books en 1996, con el título de El arroyo de la Llorona y otros cuentos (traducción de Liliana Valenzuela) y ésta anterior de Ediciones B, Érase un hombre, érase una mujer, de la que es responsable Enrique de Hériz.
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ONCE

   Lo que no entienden los cumpleaños, y lo que nunca te dice nadie, es que cuando cumples once también tienes diez, y nueve y ocho y siete y seis y cinco y cuatro y tres y dos y uno. Y cuando te despiertas el día en que cumples once años, esperas sentirte como si tuvieras once, pero resulta que no. Abres los ojos y todo es como ayer, sólo que es hoy. Y no te sientes de once años para nada. Te parece como si todavía tuvieras diez. Y los tienes, por debajo de ese año que te hace tener once.
   Por ejemplo, algún día puedes decir una estupidez y ésa es la parte de ti que todavía tiene diez años. O quizá necesites sentarte a veces en el regazo de tu madre porque tienes miedo, y ésa es la parte de ti que tiene cinco.
   Y acaso algún día, cuando seas mayor, necesites llorar como si tuvieras tres años, y no pasa nada. Eso le digo a mamá cuando está triste y necesita llorar. A lo mejor se siente como si tuviera tres años.
   Porque crecer es como una cebolla, o como las anillas del interior del tronco de un árbol o como mis muñequitas de madera, que caben una dentro de la otra, cada año dentro del siguiente. Eso significa tener once años.
   No te sientes de once años. Todavía no. Cuesta unos cuantos días, incluso semanas, a veces hasta meses antes de que digas Once cuando te lo preguntan. Y no te sientes como una chica lista de once años hasta que casi tienes doce. Así son las cosas.
   Pero hoy quisiera no tener sólo once años sonando en mi interior como monedas dentro de una caja de latón. Hoy me gustaría tener ciento dos años en vez de once, porque si tuviera ciento dos hubiera sabido qué decir cuando la señora Price me dejó el jersey rojo encima del pupitre. Hubiera sabido decirle que no era mío, en vez de quedarme allí sentada con aquella expresión en la cara y sin saber qué decir.
   —¿De quién es esto? —dice la señora Price, y levanta el jersey rojo para que toda la clase pueda verlo—. ¿De quién? Hace un mes que está en el vestuario.
   —No es mío —contesta todo el mundo—. No es mío.
   —De alguien tiene que ser —insiste la señora Price.
   Pero nadie lo recuerda. Es un jersey feo con botones rojos de plástico y el cuello y las mangas tan cedidos que podría usarse como cuerda para saltar. Por lo menos tiene mil años y aunque fuera mío no lo diría.
   Quizá porque soy delgaducha, quizá porque no le gusto, la estúpida de Sylvia Saldívar dice:
   —Creo que es de Raquel.
   Un jersey feo como ése, andrajoso y tan viejo... Pero la señora Price se lo cree. Coge el jersey, lo pone sobre mi pupitre, y cuando abro la boca las palabras no me salen.
   —No es, yo no, usted no... No es mío —consigo decir con una vocecita que quizá fue la mía cuando tenía cuatro años.
   —Claro que es tuyo — dice la señora Price. Recuerdo que una vez lo llevabas.
   Como es mayor y es la profesora, ella tiene razón y yo no.
   No es mío, no es mío, no es mío, pero la señora Price ya ha pasado a la página treinta y dos y al problema de matemáticas número cuatro. No sé por qué, pero de repente me siento mareada, como si la parte de mí que tiene tres años quisiera salirme por los ojos; pero los cierro con todas mis fuerzas y aprieto los dientes con rabia y trato de recordar que hoy tengo once años, once. Mamá me está haciendo un pastel para esta noche y cuando papá llegue a casa todo el mundo cantará cumpleaños feliz, cumpleaños feliz.
   Pero cuando se me pasa el mareo y abro los ojos, el jersey rojo sigue plantado allí como una gran montaña roja. Aparto el jersey rojo hasta el rincón del pupitre con la regla. Coloco el lápiz, los libros y la goma lo más lejos posible. Incluso corro la silla un poquito a la derecha. No es mío, no es mío, no es mío.
   Voy calculando por dentro cuánto falta para la hora de comer, cuánto queda hasta que pueda coger el jersey rojo y tirarlo por encima de la valla del patio del colegio, o dejarlo colgado en un parquímetro, o hacer una pelota con él y soltarlo en un callejón.
   Pero al acabar la clase de matemáticas, la señora Price dice en voz alta y delante de todo el mundo:
   —Bueno, Raquel, ya basta.
   Porque ha visto que he empujado el jersey rojo justo hasta el mismísimo rincón del pupitre y asoma por el borde como una cascada, pero a mí no me importa.
   —Raquel —dice la señora Price. Lo dice como si se estuviera enfadando—. Ponte ese jersey ahora mismo y déjate de tonterías.
   —Pero si no es...
   —¡Ahora mismo! —dice la señora Price.
   Entonces es cuando deseo no tener once años, porque todos los años que hay dentro de mí —diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno— empujan desde el interior de mis ojos mientras meto el brazo por una manga del jersey y huele a queso fresco y luego el otro brazo por la otra y me quedo allí de pie con los brazos abiertos como si me doliera el jersey y es verdad que me duele, lleno de picazones y de gérmenes que ni siquiera son míos.
   Entonces es cuando por fin suelto todo lo que he estado aguantando desde esta mañana, desde que la señora Price ha dejado el jersey en mi pupitre, y de repente rompo a llorar delante de todo el mundo. Desearía ser invisible pero no lo soy. Tengo once años y hoy es mi cumpleaños y estoy llorando delante de todo el mundo como si tuviera tres. Reclino la cabeza en el pupitre y entierro la cara en mi estúpido jersey de mangas de payaso; la cara me arde mientras suelto saliva por la boca porque no consigo acallar los ruidos de animal que se me escapan hasta que no me quedan lágrimas y ya es sólo mi cuerpo el que se agita como cuando tienes hipo, y me duele toda la cabeza como cuando bebes leche demasiado deprisa.
   Pero lo peor viene inmediatamente antes de que suene la campana de la comida. La estúpida de Phyllis López, que aun es más idiota que Sylvia Saldívar, dice que se acuerda de que el jersey rojo es suyo. Me lo quito enseguida y se lo doy pero la señora Price aparenta no haberse enterado.
   Hoy cumplo once años. Mamá prepara un pastel para esta noche, y cuando papá vuelva de trabajar nos lo comeremos. Habrá velas y regalos y todo el mundo cantará cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, sólo que será demasiado tarde.
   Hoy cumplo once años. Hoy tengo once, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno, pero deseo tener ciento dos. Deseo tener cualquier edad menos once años, porque quiero que el día de hoy esté ya muy lejos, tan lejos como un globo que escapa, como una minúscula o en el cielo, tan pequeña tan pequeña que has de cerrar los ojos para verla.

CÓMO SE SALVÓ EL MUNDO Y OTROS CUENTOS INDIOS, Edward S. Curtis (editor)

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EDWARD S. CURTIS (editor), Cómo se salvó el mundo y otros cuentos indios, José J. de Olañeta, Palma de Mallorca, 1992, 112 páginas.

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Edward K. Flagler advierte en su prólogo cómo "a través de esta selección el lector podrá penetrar en el mundo del indio americano y apreciar su enorme belleza y poesía".

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ZORRO Y LOS OSOS

   Había dos osos que eran hermanos y vivían en un lugar no lejos de aquí. Uno de ellos estaba enfermo, y el otro hacía todo cuanto podía para salvarlo. Cantaba, hacía medicina, pero su pobre hermano, en vez de mejorar, estaba cada vez peor. Aullaba de dolor. Pues bien, Zorro se enteró del hecho y se presentó para ver qué podía hacer. Dio tratamiento tras tratamiento al enfermo, pero, a pesar de todo, Oso murió.
   Cuando se disponían a enterrar el cuerpo, Zorro dijo: «No lo enterréis en el suelo. Sería mejor... arrojarlo simplemente al agua.»
   Después Zorro se fue a su casa y dijo a sus hijos que fueran río abajo y que, cuando vieran a Oso flotando, lo sacaran del agua y lo llevaran a casa. Así lo hicieron, y no pasó mucho tiempo antes de que Zorro y su familia celebraran un magnífico banquete.
   Mientras comían, un pajarito se posó y pidió un poco de comida. Pero no quisieron darle nada. El pájaro dijo: «Sé a quién os estáis comiendo. Y, si no me me dais un poco, iré a decir al otro oso lo que habéis hecho con el cuerpo de su hermano.»
   «Vete de aquí. Di lo que quieras.»
   El pájaro se alejó volando, y Zorro empezó a tener miedo. Escondió toda la carne. Luego miró a sus hijos y reflexionó unos minutos. Pues bien, esto es lo que hizo: les cortó todo el pelo, se cubrió a sí mismo de cenizas, y todos empezaron a lamentarse.
   Pronto apareció el otro oso. Se detuvo y observó. Estuvo mirando durante mucho, mucho tiempo. Luego se dijo a sí mismo: «Su corazón es leal. Están llorando la muerte de mi pobre hermano.»
   Y el oso se fue. Tan pronto como desapareció de su vista, Zorro y sus hijos se dirigieron al lugar donde habían enterrado la carne y la desenterraron. Tenía muy buen aspecto, y siguieron comiendo hasta que se terminó por completo.

POEMAS PARA LA PUPILA, Juan Cruz Iguerabide

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JUAN CRUZ IGUERABIDE, Poemas para la pupila, Hiperión, Madrid, 1995, 72 páginas.

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Esta versión corregida y aumentada de Beni-niniaren poemak (Erein, Donostia, 1992) cuenta con las ilustraciones de Asun Balzola.

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PINTANDO ESPEJOS

Alguien pintó
nubes en el lago:
pronto lloverá.
 
ARTISTA

Hodeiak pintatu ditu
norbaitek errekan:
euria dator hurrean.

UNA CASA EN MANGO STREET, Sandra Cisneros

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SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, 164 páginas.

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CUATRO ÁRBOLES DELGADUCHOS

   Son los únicos que me entienden. Yo soy la única que los entiende. Cuatro árboles delgaduchos con cuellos delgaduchos y codos puntiagudos como los míos. Cuatro que no pertenecen a este mundo pero están en él. Cuatro excusas raquíticas plantadas por el Ayuntamiento. Desde nuestra habitación se los puede oír, pero Nenny duerme y no aprecia estas cosas.
   Su fuerza es secreta. Envían raíces feroces bajo tierra. Crecen por arriba y por abajo y agarran la tierra con los peludos dedos de sus pies y muerden el cielo con dientes violentos y nunca pierden su rabia.
   Así resisten.
   Bastaría que uno olvidara la razón de su existencia para que se inclinaran todos como los tulipanes en un jarrón, cada uno rodeando al otro con los brazos. Resistir, resistir, resistir, dicen los arboles mientras duermo. Es una lección.
   Cuando estoy demasiado triste y demasiado débil para seguir resistiendo, cuando soy una menudencia contra tantos ladrillos, entonces miro a los árboles. Cuando ya no queda nada más que mirar en esta calle. Cuatro que crecen a pesar del cemento. Cuatro que llegan y no se olvidan de llegar. Cuatro cuya única razón es ser y ser.

LUNARIO DE GREGUERÍAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Lunario de greguerías, Pre-Textos, Valencia, 142 páginas.

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Como Mario Hernández señala con acierto en su prólogo, a través de esta selección temática "el lector persiste más fácilmente en el asombro, como ante un único poema ante la luna", que con su "luz inexacta" duerme "en el papel carbón del tiempo y de la poesía". Las ilustraciones de Agustín Hernández, Rafael Pérez Estrada, Carmen Ramírez y José Miguel Ullán giran alrededor de las greguerías sobre el satélite subrayando la sensación de "caleidoscopio infinito" que desprende el volumen, en el que la "Oda a Ramón Gómez de la Serna" de Pablo Neruda luce en las coordenadas del epílogo. 

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Luna nueva: cambio de sábanas en el paisaje.
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La luna: actriz japonesa en un monólogo de silencio.
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La luna está llena de objetos perdidos.
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La media luna mete la noche entre paréntesis.
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En la luna no hay viento: sólo tormentas de pasiones antiguas.
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La luna por el lado nuestro ve, pero por el otro sueña.
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Quieren ir a la luna para grabar su nombre y el de su novia en sus bancos de piedra.
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La luna está llena de catedrales heladas.
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La luna es un Banco de metáforas arruinado.
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Damos la vuelta a la almohada como si así variásemos la luna de nuestro sueño.


Ilustración: José Miguel Ullán

CON LAS PALABRAS, Manuel Arranz

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MANUEL ARRANZ, Con las palabras, Pre-Textos, Valencia, 1992, 38 páginas.

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105 aforismos que reflexionan sobre el pensamiento y la literatura.

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El aforismo es como el dardo, que no siempre acierta.
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Hay autores que cuando por fin encuentran su estilo, pierden su inspiración.
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Hay escritores que deciden dejar de escribir antes de haber comenzado.
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Pero el hombre siempre tendrá algo que decir; algo también que callar. De esta encrucijada surge la literatura.
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La contradicción es la espuela del pensamiento.
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Elegir un camino equivocado a sabiendas, es la forma más segura de alcanzar una meta cierta.
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La verdad también es perecedera.

AFORISMOS, Francisco Bengochea

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FRANCISCO BENGOCHEA, Aforismos, Papelería de Mingo, Guadalajara, 1992, 56 páginas.

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Estar vivo es siempre un riesgo que hay que asumir.
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Para vivir se necesita de la necesidad o de la esperanza.
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El que quiere comérselo todo, acaba mordiendo las piedras.
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El mayor problema que puede enfrentarse es el de dilucidar qué hay tras la muerte, pues vivimos unos años, pocos o muchos, pero la muerte es para siempre.
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Si el tiempo ha de darte la razón, espera en silencio.
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Acostumbrarse no es aprender a no quejarse, sino aprender a no sufrir.
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Un mundo hecho sólo de palabras es siempre algo frágil.

MISTERIOS DE LAS NOCHES Y LOS DÍAS, Juan Eduardo Zúñiga

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JUAN EDUARDO ZÚÑIGA, Misterios de las noches y los días, Alfaguara, Madrid, 1992, 184 páginas.

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EL ÁNGEL

La mujer cruzaba la gran plaza en cuyo centro se alzaba la columna rematada por una enorme estatua, un ángel con alas desplegadas que parecía a punto de volar.
La mujer solitaria cada mañana ponía en él sus ojos admirados, temiendo que en las ráfagas de otoño o en las nieblas de frío, desapareciera y no le viese más, y aunque sabía que para el ángel ella tan sólo era un punto negro en la inmensidad, de la plaza desierta, le rogaba la acompañase en el largo trayecto cotidiano.
Y fue tal su vehemencia que el ángel la escuchó y entendió su insistente llamada y un día descendió de la columna y fue hacia ella con pasos vacilantes. Ante aquella figura gigantesca con las alas abiertas, la mujer sintió nacer la esperanza de ser correspondida pero al acercarse  el ángel, vio que tenía los ojos vacíos.
Aun así, ella le preguntó: —¿Vienes conmigo?—, pero el ángel titubeaba, no respondió y poco después volvió a su lugar en lo alto de la columna.
Se quebró el fugaz proyecto de amor: ella sintió que terminaba su vida y estuvo a punto de hundirse en la tierra al comprender que no había sido mirada, que el ángel no vio nunca su gesto enamorado. Pero pensó en el deber del trabajo y en el camino que la esperaba recorrer como cada día y se resignó a seguir adelante. Ya nunca más buscaría el amor, ni el ángel bajaría al suelo.
Los solitarios cruzan la inmensa plaza pero ninguno hacia él levanta su mirada; saben que el ángel que está allí es ciego, un ángel solitario como ellos.

EL AMIGO DE LAS MUJERES, Gustavo Martín Garzo

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GUSTAVO MARTÍN GARZO, El amigo de las mujeres, Plaza & Janés-DeBols!llo, 2002 (1992), 144 páginas.

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El transparente título incide en el carácter temático de un libro en el que las mujeres son retratadas con los trazos que el narrador masculino dibuja a través de su conjunto de microrrelatos.

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EL BAÑO DE DIANA

La falda se hincha, se eleva, y la chica trata divertida de impedirlo. Es una chica muy joven, y va acompañada de un amigo. Su falda es plisada, cortísima, de tela muy leve, y el viento se la levanta como si estuviera jugando con un papel. La chica se ríe nerviosa, y finalmente tiene que detenerse, que apoyarse contra la pared, junto al escaparate de la confitería. Sus ojos brillan de vergüenza y malicia, y el chico, que se ha detenido con ella, la mira maravillado. No se atreve a moverse, a hacer o a decir nada; asiste a la escena con el temor y la fascinación con que lo habría hecho al baño de la diosa en lo más escondido del bosque, a la visita del ángel a la más reservada de las doncellas.

SELECCIÓN DE JAIKUS, Yosa Buson

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YOSA BUSON, Selección de jaikus, Hiperión, Madrid, 1992, 128 páginas. Traducción de Justino Rodríguez, Kimi Nishio y Seiko Ota. Edición bilingüe.

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Carta de presentación de uno de los maestros en el arte del haiku, con cien poemas que, en su recorrido a través de las estaciones del año, se acompañan del correspondiente original japonés y su transcripción en rômaji.

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kogarashi ia
iua ni sakeiuku
mizu no koe
木枯らしや
岩に裂け行く
水の声



Ráfaga de invierno
El quejido del agua
En la roca se quiebra