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CUENTOS PARA NIÑOS NO TAN BUENOS, Jacques Prévert

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JACQUES PRÉVERT, Cuentos para niños no tan buenos, Libros del Zorro Rojo, 2011, 68 páginas.

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Con una nueva traducción de Juan Gabriel López Guix y diseño de Sebastián García Schenetzer, Libros del Zorro Rojo edita de nuevo este libro publicado por Gallimard en 1963. Las ilustraciones, que ya acompañaban al texto en la edición de Alfaguara, son obra de Elsa Henríquez.
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EL JOVEN LEÓN ENJAULADO

   Un joven león crecía en cautiverio, y cuanto más crecía más gruesos se hacían los barrotes de su jaula. Al menos eso creía el joven león. En realidad, lo cambiaban de jaula mientras dormía.
   A veces, venían unos hombres y le arrojaban polvo en los ojos; en otras ocasiones, le daban con el bastón en la cabeza. Él pensaba: «Son crueles y bestias, pero podrían serlo mucho más. Han matado a mi padre, han matado a mi madre, han matado a mis hermanos... Un día, seguramente, me matarán a mí, ¿a qué esperarán?».
   Y él también esperaba. Pero no ocurría nada.
   Un buen día hay novedades. Los muchachos de la casa de fieras colocan bancos delante de la jaula, entran unos visitantes y se instalan.
   Curioso, el león los contempla...
   Los visitantes están sentados y parecen esperar algo. En ese instante llega el revisor para ver si todos tienen su entrada. Un señor pequeño se ha sentado en la primera fila, pero no tiene la suya. Entonces el revisor lo echa dándole patadas en la barriga mientras todos los demás aplauden.
   Al león le parece muy divertido y cree que los hombres se han vuelto más amables y que acuden a verlo de pasada.
   «Hace ya diez minutos que están ahí —piensa— y nadie me ha hecho daño. Es excepcional, me vienen a visitar sin más, me gustaría hacer algo por ellos.»
   Sin embargo, la puerta de la jaula se abre bruscamente y aparece un hombre gritando:
   —¡Vamos, Sultán, salta, Sultán!
   Y el león se ve embargado por una legítima inquietud porque nunca ha visto a un domador.
   El domador tiene una silla en la mano, golpea con ella los barrotes de la jaula, la cabeza del león y un poco por todas partes; una pata de la silla se rompe, el hombre tira la silla y, tras sacar del bolsillo un gran revólver, se pone a disparar al aire.
   Pero ¿qué es esto? dice el león por una vez que tengo visitas, aparece un loco, un energúmeno que entra sin llamar, rompe los muebles y dispara sobre mis invitados, ¡menuda falta de educación!
   Y, saltando entonces sobre el domador, se dispone a devorarlo, más por deseo de poner un poco de orden que por pura gula.
   Algunos espectadores se desmayan, la mayoría huye, el resto se precipita hacia la jaula y saca al domador por los pies, no se sabe muy bien por qué, pero el pánico es el pánico, ¿verdad?
   El león no comprende nada, sus invitados lo golpean con los paraguas, hay un alboroto tremendo.
   Solo un inglés permanece sentado en su rincón y repite:
   —Lo había dicho, tenía que suceder, lo dije hace diez años...
   Entonces todos los demás se vuelven contra él y gritan:
   —¿Qué dice usted? ¡Todo lo que ocurre es por su culpa, sucio extranjero! A ver, ¿ha pagado su entrada?
   Etcétera, etcétera.
   Y el ingles también recibe golpes con los paraguas.
   «¡Mal día también para él!», piensa el león.


CUENTOS PARA NIÑOS TRAVIESOS, Jacques Prévert

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JACQUES PRÉVERT, Cuentos para niños traviesos, Alfaguara, Madrid, 1984, 69 páginas.

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Las ilustraciones son de Elisa Henríquez, la traducción de Jacqueline Conte.
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EL AVESTRUZ
 
   Mientras Pulgarcito, abandonado en el bosque, sembraba piedrecitas para volver a encontrar su camino, no sospechaba que un avestruz le seguía y se iba tragando las piedrecitas una tras otra.
   Esta es la verdadera historia, así fue como ocurrió...
   El niño Pulgarcito se vuelve: ¡Ya no hay piedrecitas!
   Ya está definitivamente perdido, ya no hay piedrecitas, ya no hay regreso; ya no hay regreso, ya no hay casa; ya no hay casa, ya no hay ni papá ni mamá.
   «¡Qué pena!», dice para sí.
   De repente oye una risa, y luego un repique de campanas y el ruido de un torrente, trompetas, una verdadera orquesta, una tempestad de ruidos, una música brutal, extraña pero nada desagradable y totalmente nueva para él. Entonces se Úsoma por entre las hojas y ve al avestruz bailando, que le mira y deja de bailar y le dice:
   El avestruz:
   —Soy yo el que hace este ruido, soy feliz, tengo un estómago formidable, puedo comer cualquier cosa. Esta mañana, ya me he comido dos campanas con sus badajos, dos trompetas, tres docenas de hueveras, me he comido una ensalada con su ensaladera y las piedrecitas blancas que ibas sembrando   también me las he comido. Súbete encima de mí, corro muy deprisa, vamos a viajar juntos.
   —Pero —dice el niño Pulgarcito— ¿ya no volveré a ver a mi padre y a mi madre?
   El avestruz:
   —Si te han abandonado es que ya no tienen ganas de volverte a ver tan pronto.
   Pulgarcito:
   —Quizá haya algo de verdad en lo que dice, señora Avestruz.
   El avestruz:
   —No me llames señora, me da dolor de alas, llámame avestruz, sin más.
   Pulgarcito:
   —Bueno, de acuerdo, avestruz, pero aun y todo, ¿qué pasa con mi madre?
   El avestruz (furiosa):
   —¿Cómo qué? No me pongas nerviosa: además, para que te enteres, no me gusta mucho tu madre, con esa manía que tiene de ponerse siempre plumas de  avestruz en el sombrero...
   Pulgarcito:
   —La verdad es que cuesta caro, pero siempre hace gastos para deslumbrar a los vecinos.
   El avestruz:
  —Más le valdría ocuparse de ti, en, lugar de deslumbrar a los vecinos; a veces te pegaba buenas bofetadas...
  Pulgarcito:
   —Mi padre también me pegaba.
   El avestruz:
   —¡Ah! El séñor Pulgarcito también te pegaba, eso sí que es inadmisible. Si los niños no pegan a sus padres, ¿por qué los padres han  de pegar a sus hijos? Además, tampoco el senor Pulgarcito es demasiado listo. ¿Sabes lo qué dijo cuando vio el primer huevo de avestruz?
   Pulgarcito:
   —No.
   El avestruz:
   —Pues dijo: «¡Qué tortilla tan buena haría!»
   Pulgarcito (soñador):
   —Recuerdo que la primera vez que vio el mar, se quedó pensativo unos momentos y luego dijo: <¡Qué barreño tan grande, lástima que no haya puentes!» Todos se echaron a reír, pero yo tenía ganas de llorar, y entonces mi madre me dio un tirón de orejas y me dijo: «¡No te puedes reír como los demás cuando tu padre gasta una broma!» No tengo la culpa, pero no me gustan las bromas de los mayores...
   El avestruz:
   —A mí tampoco: súbete encima de mí, ya no volverás a ver a tus padres, pero al menos verás otras tierras.
   —Bueno —dice Pulgarcito, y se encarama en el avestruz.
   Al triple galope, el pájaro y el niño arrancan en medio de una gran nube de polvo. En el umbral de las casas, los campesinos menean la cabeza y dicen:
   —¡Otra vez uno de esos horribles automóviles!
   Pero las campesinas oyen al avestruz que repica al galopar.
   —Oís las campanas —dicen, mientras se santiguan- será una iglesia que se escapa, seguro que el diablo va corriendo detrás.
   Y todos se atrincheran hasta la mañana siguiente, pero a la mañana siguiente el avestruz y el niño están ya muy lejos.