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CRÓNICAS DE LA BOHEMIA, Alejandro Sawa

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ALEJANDRO SAWA, Crónicas de la bohemia, Veintisiete letras, Madrid, 2008, 560 páginas.

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En el prolijo estudio preliminar El discurso de la bohemia (pp. VII-XLVIII) Iris M. Zavala sostiene que Sawa, como otros contemporáneos, actúa desde el convencimiento de que con su pluma está «socavando el fundamento de todas las instituciones establecidas».
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LA USURA

  Compadezcámoslo, es un animal que ejecuta sus actos en virtud de leyes superiores; es desgraciado. Miradlo ahí: su cadavérica faz le descubre: sus apagadas pupilas lo declaran: su todo lo proclama: es un ser abstracto que no pertenece a la sociedad en la que naciera, es una entidad negativa en los deberes que irremisiblemente tenemos que cumplir: goza de los fueros de ser humano porque nos presenta caracteres de tal; mas de cierto debe pertenecer a otra colectividad menos noble que la humana.
   Como el judío errante de la tradición su patria es el todo, es el lugar donde deposita sus riquezas; su vida está reconcentrada en la manera de atesorar dinero, sus únicos placeres son los de contarlo y recontarlo; su único deber el de custodiarlo; sus únicas meditaciones, las solas ideas que en el inmenso laboratorio do se funden las ideas, donde se confeccionan los juicios, consisten en procurar vivir sin necesitar para nada efectuar gasto alguno; su modo en fin de existir, puede resumir en esta frase dinero.
   ¡Miseria y siempre miseria!
   El hombre, el atleta de la creación; el rey del universo; el ser por excelencia; la más bendecida creación del gran artífice del universo; el más preciado arquetipo de la belleza; el más inspirado artista de la idea; el único de la creación a cuya suspicaz vista no se esconden los misterios que esta encierra, la más divina manifestación del poder omnipotente del Eterno; el hombre, ese ser mezcla de humano, mezcla de divino, que tan desinteresadas muestras de virtud a cada paso nos ofrece: el hombre en quien todo es bello y bueno, en el que el vicio constituye no carácter, no estigma, sino objeto excepcional de su nunca suficientemente preciada organización moral, también nos presenta como todas las cosas de la creación al lado de lo sublime, lo bajo, lo feo y lo asqueroso.
   Profano en los dulcísimos placeres de la inteligencia, la ignorancia le imprime por lo regular su denigrante carácter: ignorante de su elevadísima misión jamás se preocupa de si su modo de ser cumple o no las inmutables condiciones que Dios nos tiene señalado; aislado por completo del trato social, solo reconoce un solo compañero, el dinero; una sola aspiración, la riqueza; un solo Dios, la usura; una sola vida o modo de vivir, la vida del gusano de seda que teje el capullo que le ha de servir de sepulcro para que otros lo lucren.
   No se cuida para nada de su manutención: no encuentra goce alguno en el trato social, no emplea para nada el dinero fruto de sus constantes afanes; desconoce la bienhechora calma que en nuestro espíritu despierta los dulcísimos vínculos de la familia, y es por último el más miserable de todos los seres que llenan la escala animal.
   Lo mismo que dijimos en números anteriores respecto al ateo, podemos decir en este refiriéndonos al usurero: compadezcámoslo; no hace más que respetar las leyes que le rigen; dar satisfacción a sus instintos: obrar de acuerdo con su consigna: sus actos son ciegos, innatos, fatales y necesarios, pues al no ser así bien comprendería ese ser egoísta y estúpido que aquellos trozos de su existencia que reúne fruto de atroces vigilias y de constantes trabajos, a los cuales le rinde una adoración denigrante, para nada le ha de aprovechar y que a la finalización de su vida, si merece este nombre su fatigosa existencia, ha de pasar a manos del que ningún punto de apoyo le ha ofrecido para funcionar con la palanca de su constancia en la recolección de sus riquezas.
   Es indudablemente criminal, aunque no sea más que atendiendo cuan mal cumple los deberes que todo individuo de la gran familia humana tiene que cumplir, esos deberes encaminados al desarrollo del progreso: a añadir a la construcción de este un elemento aunque este sea tan sencillo como el de legar a la humanidad hijos que efectúan lo que a sus padres le fue vedado efectuar; mas el usurero tampoco puede ofrecer a la causa de la civilización este insignificante y natural elemento, puesto que desconoce los goces de la familia y no busca compañera; ¿para qué, en efecto, necesita compañera un ser aislado por completo de la esfera de nuestros actos, y cuya vida permanece consagrada a una sola causa, a la de amontonar riquezas?
   ¡Ah!, es un ser desgraciado: compadezcámoslo.

[El Siglo XIX, 20 de octubre de 1877]

CUENTOS COMPLETOS, Rodolfo Walsh

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RODOLFO WALSH, Cuentos completos, Veintisiete Letras, Madrid, 2010, 648 páginas.

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Walsh: el oficio de narrar es el prólogo de Viviana Paletta a una edición completa de los cuentos del intelectual argentino, que incluye, además de los títulos que publicó en vida, todos sus textos de compilaciones póstumas. En estas palabras introductorias se destaca que, a pesar de que su trágica desaparición le privó de concluir su búsqueda de "formas y actitudes narrativas", fue capaz de llegar a un "consumado manejo de la técnica de la composición del texto (…), así como a su maestría en el empleo de recursos estilísticos, del humor y la ironía, de los cambios de tono; en resumen, toda la batería de herramientas al alcance de un escritor."

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LA NOTICIA


Era una mujer rubia, de unos cuarenta años, probablemente alemana. Se llamaba Gertrudis. Lo que decía era esto:
   —A mí me han comido siete veces los dragones, pero siempre me tuvieron que vomitar.
   —¡Ah! —dijo el periodista cortésmente, cerrando su libreta de apuntes—. ¿Y por qué, señora?
   El estudiante de medicina que acompañaba al periodista sonrió al oír la palabra señora.
   —Porque soy una diosa —dijo la señora Gertrudis.
   —Una diosa —dijo el periodista.
   —Sí. Fíjese —confió la señora Gertrudis señalando con el brazo a su alrededor, en un movimiento muy delicado—. Por mí caen todas las hojas del otoño. Miren cómo caen.
   El periodista miró. El patio del manicomio estaba lleno de árboles, y de los árboles caían millares de hojas secas. Detrás de los muros había otros árboles y de ellos también caían las hojas, en una silenciosa, interminable, inundación. El periodista vio que caían por todas partes al mismo tiempo, acaso en todo el mundo, y se preguntó cómo iba a hacer para dar esa noticia.
   Dijo:
   —Por favor, señora, baje el brazo.
   La señora Gertrudis, con pena, bajó el brazo. El aire se volvió otra vez limpio y puro, y el periodista se alegró de no tener que pasar una noticia tan extraña.