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EL ARTE DEL INGENIO, Oscar Wilde

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OSCAR WILDE, El arte del ingenio, Valdemar, Madrid, 2009, 228 páginas.

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Leemos en Wilde o el arte del ingenio: el efecto que causaba Wilde «nunca deja de ser la fascinación, la sorpresa, el desconcierto, el asombro, la diversión». El volumen, que recoge citas de sus obras, reproduce en La estulticia contra el genio: los juicios a Oscar Wilde (pp. 9-34) dos de los tres juicios a los que fue sometido.
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Todos nacemos dioses, y la mayoría de nosotros muere en el exilio, como casi todos los dioses.
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La razón de que a todos nos guste pensar bien de los demás es que todos tenemos miedo de nosotros mismos. La base del optimismo es el puro temor.
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Una idea que no sea peligrosa no merece recibir ese nombre.
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Siempre hay algo ridículo en los sentimientos de las personas que uno ha dejado de amar.
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Ningún hombre es lo bastante rico para recuperar su pasado.
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Creer es muy aburrido; dudar, completamente obsesivo; estar alerta es vivir; adormecerse en la seguridad significa la muerte.
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El único pecado que existe es la estupidez.
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...Mentir, decir bellas falsedades: ese es el fin propio del Arte.

KWAIDAN Y OTRAS LEYENDAS Y CUENTOS FANTÁSTICOS DEL JAPÓN, Lafcadio Hearn

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LAFCADIO HEARN, Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón, Valdemar, Madrid, 2015, 368 páginas.
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En Los espectros de Lafcadio Hearn, Jesús Palacios, señala que «Lafcadio Hearn era un ejemplar canónico de literato excéntrico finisecular, escritor bohemio y tardo-romántico, próximo al Simbolismo, devoto de la religión del Arte por amor al Arte». Ello explica su predilección por «el cuento fantástico y de horror, aunque refugiado habitualmente bajo el manto de la recreación de viejas historias y leyendas folklóricas».
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UNA LEYENDA DE FUGEN-BOSATSU

   Érase una vez un sacerdote muy piadoso y erudito, llamado Shōku Shōnin, que vivía en la provincia de Harima. Durante años había meditado diariamente sobre el capítulo de Fugen-Bosatsu [el Bodhisattva Samantabhadra] incluido en el sūtra del Loto de la Buena Ley, y solía rezar, todas las mañanas y todas la noches, rogando que se le permitiera poder contemplar a Fugen-Bosatsu como presencia animada, en la forma en que lo describe el texto sagrado.
   Una noche, mientras recitaba el sūtra, el sopor se apoderó de él y se quedó dormido sobre su kyōsoku. Y tuvo un sueño; en él, una voz le decía que, para poder ver a Fugen-Bosatsu, debería acudir a la casa de cierta cortesana conocida como Yujō-no-Chōja, que vivía en la ciudad de Kanzaki. Nada más despertarse, el sacerdote decidió ir a Kanzaki de inmediato y, dándose toda la prisa de la que fue capaz, llegó a la ciudad al atardecer del día siguiente.
   Cuando entró en la casa de la yujō, se encontró con numerosas personas allí reunidas; en su gran mayoría eran hombres jóvenes de la capital que habían viajado a Kanzaki intrigados por la fama de la belleza de la mujer. Allí, festejaban y bebían mientras la yujō tocaba un pequeño tambor de mano (tsuzumi), que manejaba con gran habilidad, y cantaba una canción. La melodía que entonaba era una antigua canción japonesa sobre un célebre santuario de la ciudad de Murozumi; las palabras decían así:

En la sagrada pila de Murozumi en Suwō,
aunque no sople el viento,
la superficie del agua siempre tiembla.

   La dulzura de su voz impregnaba a los presentes de sorpresa y placer. Mientras el sacerdote, que había ocupado un lugar apartado, escuchaba y se maravillaba, la muchacha posó sus ojos en él fijamente y, en ese mismo instante, el sacerdote vio cómo la joven se transformaba en Fugen-Bosatsu: de su frente emanaba un rayo de luz que parecía penetrar más allá de los límites del universo mientras cabalgaba un níveo elefante de seis colmillos. Y continuaba cantando, pero la canción también se había transformado, y estas fueron las palabras que escucharon los oídos del sacerdote:

En el vasto Mar de la Cesación,
aunque los vientos de los seis Deseos y
las Cinco Corrupciones nunca soplan,
la superficie de sus profundidades está siempre cubierta
por las olas de la Consecución de la Realidad en sí misma.

   El sacerdote cerró los ojos deslumbrado por el rayo divino pero, a través de los párpados, aún podía contemplar la visión. Cuando los volvió a abrir, esta se esfumó: sólo pudo ver a la joven con su tambor y sólo pudo escuchar la canción sobre el agua de Murozumi. Sin embargo, si los volvía a cerrar, veía de nuevo a Fugen-Bosatsu a lomos del elefante de seis colmillos y escuchaba la canción mística sobre el Mar de la Cesación. Las personas allí presentes veían sólo a la yujō: no podían contemplar la aparición.
   De repente, la cantante desapareció de la sala de banquetes, nadie pudo decir cuándo ni cómo. Desde aquel instante, cesó la algarabía y la tristeza ocupó el lugar de la alegría. Tras haber esperado y haber buscado a la muchacha sin éxito, la compañía se dispersó con gran pesar. El sacerdote fue el último en partir conmocionado por las emociones de la noche. Apenas había cruzado el umbral de la puerta cuando la yujō apareció nuevamente ante él y le dijo:
   —Amigo mío, no le cuentes a nadie lo que has visto esta noche.
   Y, tras pronunciar estas palabras, se desvaneció, llenando el aire con una deliciosa fragancia.

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   El monje que puso por escrito esta leyenda comenta lo siguiente sobre la misma: «La condición de una yujō es baja y miserable, pues está condenada a ser esclava de la lujuria de los hombres. ¿Quién podría, por tanto, imaginar que semejante mujer podía ser el nirmanakaya o encarnación de un Bodhisattva? Debemos recordar que los Budas y los Bodhisattvas pueden aparecer en este mundo bajo incontables y diversas apariencias; movidos por su divina compasión, algunas veces eligen las formas más humildes o las más despreciables si esas formas pueden ser las más despreciables si esas formas pueden servirles para guiar a los hombres por el camino recto y para salvarlos de los peligros de la ilusión».

LATÍN Y MENTIRAS, Jaime Fernández Martín

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JAIME FERNÁNDEZ MARTÍN, Latín y mentiras, Valdemar, Madrid, 1999, 238 páginas.

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Le sirve al compilador Fernández Martín la Introducción (pp. 9-32) de este libro subtitulado Selección de pensamientos sobre el arte de educar para explicar cómo se ha transformado a lo largo de la historia la idea de autoridad.
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Desde mi niñez fui criado en el estudio de las letras, y como me aseguraban que por medio de ellas se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo cuanto es útil para la vida, sentía yo un vivísimo deseo de aprenderlas. Pero tan pronto como hube terminado el curso de los estudios, cuyo remate suele dar ingreso en el número de los hombres doctos, cambié por completo de opinión. Pues me embargaban tantas dudas y errores, que me parecía que, procurando instruirme, no había conseguido más provecho que el de descubrir cada vez más mi ignorancia.
René Descartes
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Todos los padres sienten el deseo de realizar en sus hijos lo que ellos no pudieron lograr; parece como si quisieran vivir una segunda vida, aprovechando la experiencia de la primera. Mi padre, confiado en sus conocimientos, en su tenacidad inquebrantable, se propuso enseñarnos por sí mismo, no dejando más que algunas lecciones necesarias al cuidado de profesores particulares. Comenzaba a extenderse ya entonces un diletantismo pedagógico; acaso la primera iniciación para él fuese la pedantería de los profesores oficiales y lo monótono de sus enseñanzas. Las gentes querían algo mejor; pero olvidaban que toda enseñanza no encomendada profesionales tiene que ser defectuosa. 

Johann Wolfgang Goethe
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Todo lo que aprendía de viva voz por boca de los profesores, conservaba el semblante de quien lo decía y así quedaba fijado para siempre en mi recuerdo. Pero aunque de ciertos profesores no aprendía nada, me impresionaban no obstante por sí mismos, por su aspecto peculiar, sus movimientos, su manera de hablar, y especialmente por sus simpatías o antipatías hacia nosotros, según cómo uno lo sintiera. Se daban todos los grados de calor y afecto, y no recuerdo a un profesor que no se esforzara por ser justo. Pero no a todos les era igualmente sencillo ser justos, esconder sus preferencias.
Elías Canetti

AFORISMOS, OCURRENCIAS Y OPINIONES, Lichtenberg

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GEORG CHRISTOPH LICHTENBERG, Aforismos, ocurrencias y opiniones, Valdemar, Madrid, 2000, 176 páginas.

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José Rafael Hernández Arias recuerda al lector en el Prólogo (pp. 7-10) que fue la publicación póstuma de sus cuadernos de anotaciones (Sudelbücher) la que convirtió a Lichtenberg en el reputado aforista que pretende "despertar las facultades intelectuales del lector [...] para que piense por sí mismo".
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Creo que el origen de la mayor parte de las miserias humanas se halla en la indolencia y la molicie. La nación que ha tenido más energía ha sido siempre la más libre y feliz. La indolencia no es vengativa, pero soporta peores humuillaciones y la más terrible opresión.
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Se habla mucho de Ilustración y se desea más luz. Dios mío, ¿de qué sirve más luz, si las personas no tienen ojos o, si los tienen, los mantienen intencionadamente certrados?
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La duda no puede ser sino un estado de vigilancia, de lo contrario puede ser peligrosa.
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En más de una obra de algún hombre famoso preferiría leer lo que tachó que lo que dejó.
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En el sistema de la zoología, después del hombre viene el mono, y entre ellos hay un vacío inconmensurable. Pero si un Linneo quisiera clasificar a los animales en función de su felicidad o de la placidez de sus estad, algunos hombres vendrían, con toda seguridad, después del asno de molino y del perro de caza.

EL DICCIONARIO DE MARK TWAIN, Mark Twain

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MARK TWAIN, El diccionario de Mark Twain, Valdemar, Madrid, 2003, 268 páginas.

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BIBLIOTECAS

Los libros son los espíritus liberados de los hombres y deberían presentarse en un cielo de luz y de gracia, en colores armoniosos y suntuosa comodi­dad... en lugar de la forma acostumbrada en la biblioteca pública, con sus deprimentes austeridades y gra­vedad en la forma, el mobiliario y la decoración. Una biblioteca pública es el más perdurable de los cemen­terios, el monumento más fiable para la preservación de un suceso o un nombre o un afecto, porque ella, y sólo ella, es respetada por las guerras y las revoluciones y las sobrevive.
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EDUCACIÓN

Los conocimientos suavizan el corazón y en­gendran amabilidad y caridad.
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La perfección más alta de la educación es sólo un hermoso edificio construido, de los cimientos ala bóveda, con formas gráciles y doradas de mentiras caritativas y no egoístas.
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El autodidacta rara vez sabe algo con preci­sión, y no sabe ni la décima parte de lo que podría saber si hubiera trabajado con profesores, y, además, se jacta de ello y sirve para embaucar a gente irreflexiva a ir y hacer lo mismo que ha hecho él.
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NECROLÓGICAS

Una necrológica es algo que no puede ser re­dactado de manera tan juiciosa por nadie que no sea el propio sujeto. En semejante trabajo no son los hechos lo más importante, sino la luz que el que escribe arroje so­bre ellos, los significados de los que les dotará, las con­clusiones que saque de ellos y los juicios que le merez­can. El veredicto, comprendes, ésa es la línea de peligro.
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TONTOS

El problema no está en que haya demasiados tontos, sino en que las luces no están distribuidas co­rrectamente.
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VERDAD

La mejor parte de una historia, o realmen­te de cualquier otra cosa. Hasta los mentirosos tienen que admitirlo, si son mentirosos inteligentes.
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Di la verdad o inventa.., pero aprende a hacerlo.
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Cuando dices la verdad no necesitas recor­dar nada.
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Cuando dudes, di la verdad.
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La verdad es lo más valioso que tenemos. Economicémosla.
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La verdad es más rara que la ficción... para algunos, pero yo estoy apreciablemente familiarizado con ella. La verdad es más rara que la ficción, pero es porque la Ficción está obligada a atenerse a las posibilidades. La verdad no.

ESTUPIDIARIO. DICCIONARIO DE PREJUICIOS, Gustave Flaubert

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GUSTAVE FLAUBERT, Estupidiario. Diccionario de prejuicios, Valdemar, Madrid, 1995, 234 páginas.

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En el Prólogo (pp. 9-15) el también traductor, Agustín Izquierdo, acredita cómo Flaubert compuso esta obra con la pretensión de desacreditar aquellos comportamientos humanos que sustentan la estupidez. Completa el volumen el Diccionario de prejuicios.
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"La Revolución francesa es un milagro tan maravilloso en su género como la fructificación de un árbol en el mes de enero"
De Maistre, Considérations sur la France, cap. I.
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"Aristóteles y Platón y los sabios del mundo no son de ninguna utilidad por su espíritu; pues no piensan ni en el paraíso ni en el infierno".
A. Frank, Réformateurs et Publicistes de l'Europe, Moyen Age, Renaissence, p. 256.
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"La medicina admite que un muerto, durante bastante tiempo después del deceso, puede tener conciencia de lo que pasa a su alrededor".
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"El número de mamas en cada especie es relativo al número de pequeños que hay que amamantar. ¿pero por qué el macho tiene tantas como las hembras? ¿Por qué la marrana, que a veces produce hasta dieciocho pequeños, no tiene más que doce?".
Buffon, Histoire naturelle des animaux.
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"Hemos visto fetos perfectamente acéfalos que han vivido varias horas, y que tentados por la introducción de la nodriza en sus labios, ¡han ejercido los movimientos de succión y de la deglución!"
Buchez, Introduction à l'ètude des sciences médicales, p. 121.

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AJEDREZ (el juego del). Imagen de la táctica militar. Todos los grandes capitanes eran buenos jugadores. Demasiado serio para ser un juego, demasiado fútil para ser una ciencia.
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DAGUERROTIPO. Sustituirá a la pintura.
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EGOÍSMO. Quejarse del de los demás y no percibir el propio.
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LITERATURA. Ocupación de los ociosos.
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SUICIDIO. Prueba de cobardía.
  

NOCTUNARIO, Thomas Ligotti

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THOMAS LIGOTTI, Noctuario, Valdemar, Madrid, 2012, 240 páginas.

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Abre el libro Paseos en la oscuridad. Un atisbo al horror según Ligotti (pp. 9-18), el prólogo escrito por Jesús Palacios en el que se puede leer: "Si Poe creó el horror psicológico y Lovecraft el cósmico, Ligotti, [...] ha creado el horror ontológico". En Cuaderno de la noche, la tercera sección de esta antología, predominan las narraciones breves.  
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OTOÑAL



   Cuando el paisaje muere, descendiendo fragrante hasta la tierra, sólo nosotros nos alzamos. Después de que la luz y el calor hayan desaparecido del mundo, cuando todos sufren melancolía junto a la tumba de la naturaleza, sólo nosotros regresamos para hacerles compañía. Esta es la estación en la que renacemos. El suave susurro de los árboles de verano se ha transformado en un seco chirrido en el gélido viento, y sentimos un hormigueo en nuestros oídos mientras yacemos en las oscuras profundidades de nuestros lechos. Hojas secas arañan nuestras puertas, llamándonos para que salgamos de nuestros solitarios hogares.
   Vamos atontados a la deriva alejándonos de las sombras: acomodados en el olvido, no disfrutamos especialmente de que nos saquen al abrasador aire para la distracción de algún desconocido y travieso creador, un bromista cósmico, maestro de los trucos. Pero puede que haya una vieja granja donde campos en otro tiempo abundantes y perfectamente arados, ahora se extienden en barbecho y abandonados por todo a excepción de unas cuantas cañas desgreñadas. Somos testigos de la escena y, con lo que nos queda de nuestros labios, sonreímos. Bajo una afilada luna guadaña, ahora ansiamos saciarnos.
  No odiamos a los vivos, o al menos no más que la noche odia al día; como ellos, se nos ha asignado una tarea que debemos realizar lo mejor que podemos. Por muy asqueados que nos sintamos, somos irremediablemente supersticiosos acerca de rehuir ciertas obligaciones, y es que hay algunas obligaciones que ni tan siquiera la fuerza de un letargo póstumo puede eludir.
   Así pues, las noches en las que una lluvia gélida gotea de los aleros, cuando todas las barreras de luz y exuberancia caen, nuestras imágenes aparecen para acechar y atormentar. Siluetas marchitas en las entradas, bultos agazapados en rincones, formas descarnadas en sótanos y áticos... ¡repentinamente encendidos por un relámpago! O quizás iluminados por la llama pasajera de una vela, o el suave fulgor azul de la luz de la luna. Pero no se produce realmente ninguna conmoción, ninguna sorpresa. Los desafortunados testigos de nuestra demente verdad ya están medio idiotizados por la aterradora espera. Nuestro horror es esperado, dadas las antinaturales propensiones de la estación del año.
   Cuando el mundo se torna gris de camino al blanco, todos los corazones vivos nos invocan con su miedo, y si las circunstancias son favorables respondemos. Nos llevamos a tantos como podemos a la tumba con nosotros, porque esa es nuestra tarea. Nuestro ciclo inconsciente va a destiempo de las estaciones de la naturaleza: nosotros vamos por nuestro propio camino, divagaciones de materia que ansían acabar con la farsa de todas las estaciones, naturales o sobrenaturales.
   Y siempre soñamos con el día en el que todos los fuegos del verano se apagan, cuando todo el mundo, como una hoja marchita, se hunde en la fría tierra de un mundo sin sol, y cuando incluso los colores del otoño se marchitan por última vez, disolviéndose en la desolada blancura de un invierno eterno.

DIÁLOGOS DE CORTESANAS. MANUAL DE URBANIDAD PARA JOVENCITAS, Pierre Louÿs

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PIERRE LOUŸS, Diálogos de cortesanas. Manual de urbanidad para jovencitas, Valdemar, Madrid, 2005, 192 páginas. Traducción de Elena Fernández. Ilustraciones de Alonso Santiago.
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LA PERFECTA DONCELLA

   —Señora, soy la doncella de la que le han hablado.
   —¡Ah!...— ¿Tiene referencias?
   —Las tengo de mis primeras colocaciones; pero la Señora tendrá a bien comprender que para adquirir mis pequeñas habilidades estuve desde entonces en una casa donde no se dan papeles.
   —¿Está cerrada la puerta?
   —No tema... Además hablo muy bajo... Ya me han contado los gustos de la Señora. Estoy al corriente del servicio... Y, con lo guapa que es la Señora, puede estar segura de que para mí será un placer.
   —¿No tiene usted amante?
   —¡Oh, Señora!
   —¿Ni amiga?
   —Eso es otra cosa.
   —Entonces tendría que dejarla. ¿Lo sabe?
   —Sí, Señora. Y vivir en el piso, es lo que me han dicho. Y ser amable todas las noches hasta las tres de la mañana... El señor acaba de salir. Si la Señora quiere aprovecharlo para tener una muestra de mis habilidades, me quitaré el sombrero.

[De Diálogos de cortesanas]

¿PUEDEN SUCEDER TALES COSAS?, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, ¿Pueden suceder tales cosas? Cuentos fantásticos completos, Valdemar, Madrid, 2005, 448 páginas.

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UNA NOCHE DE VERANO


   —El hecho de que Henry Armstrong fuese enterrado no significa ni probaba, en su opinión, que estuviera muerto: siempre fue un hombre difícil de convencer. 
   Sólo admitía estar enterrado, cosa de la que le ofrecían testimonio sus sentidos. Su posición —yaciente de espaldas, con las manos cruzadas a la altura del estómago y atadas con algo que podía haber roto facilmente sin que se alterase su situación—, así como el estricto confinamiento de su persona, la absoluta oscuridad y el profundo silencio, todo eso era lo propio de un cadáver, una evidencia imposible de rebatir que él aceptaba sin cavilar. 
   Pero la muerte, no, eso no lo aceptaba, sólo que estaba enfermo. Tenía, a fin de cuentas, esa apatía propia del inválido, algo que no le hacía sentir bien por cuanto era para él una especie de mala suerte, una cosa que le había tocado en un infausto reparto. No era un filósofo, sólo un hombre común hecho a los lugares comunes, por lo que esa su apatía venía a resultar en una especie de indiferencia patológica: el órgano que, según lo que se temía, lo había dejado postrado. Así que, sin aprensiones especiales ni temores a propósito de su futuro inmediato, se creía dormido y todo era paz para Henry Armstrong. 
   Pero había de acontecer algo. Era una oscura noche de verano en la que de repente apareció en el cielo, a baja altura, una nube luminosa que venía cargada de tormenta. Esa breve pero intensa iluminación se había dejado ver con una distinción rara, desvelando bajo su luz los monumentos funerarios y las tumbas con sus lápidas, que parecían tremolar, y hasta bailar, bajo aquella luminosidad extraordinaria y elegante. No era una de esas noches en las que cualquier suceso extraordinario puede asombrar a quienes son testigos del mismo, por lo que aquellos tres hombres que estaban allí, empleándose en la profanación de la sepultura de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros. 
   Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que estaba a varias millas de distancia; el otro era un negro gigantesco al que llamaban Jess. Jess trabajaba en el cementerio desde hacía muchos años, en calidad de algo así como un chico para todo, y se complacía muy especialmente pensando y diciendo que conocía a todas las almas allí enterradas. De lo que hacía allí en aquel momento puede dar cuenta el hecho de que a esas horas nadie acudiría a visitarle al cementerio, por lo que Jess podría entregarse a tratos difícles de hacer ante testigos. 
   Extramuros del cementerio había un caballo con un furgón, a la espera. 
   Excavar no era un trabajo muy duro para ellos; la tierra que pocas horas antes había caído sobre el ataúd de Henry Armstrong ofrecía poca resistencia y resultaba fácil removerla. Remover el ataúd, o lo que es igual, abrirlo, fue un poco más difícil, pero allí estaba Jess, quien se empleó con todas sus fuerzas, que eran muchas, para hacer eso, y para después sacar el cuerpo vestido con un pantalón negro y una camisa blanca. Mas justo en ese momento el aire se llenó de algo parecido a una llamarada, se dejó sentir un gran trueno que parecía ir a reducir a cenizas el mundo, y Henry Armstrong se puso en pie por sí mismo, tranquilamente. Aquellos tres hombres, incapaces de articular un grito, experimentaron no obstante un terror absoluto y echaron a correr, cada uno en una dirección. Dos de ellos, por nada del mundo hubieran sido capaces de volver sobre sus pasos. Pero Jess estaba hecho de otra pasta. 
   A la mañana siguiente, a hora temprana, los dos jóvenes estudiantes se reunieron en la Facultad de Medicina, pálidos, con los rostros deformados por la ansiedad y el miedo, con el terror sufrido durante su aventura corriéndoles aún por la sangre. 
   —¿Te fijaste en aquello? —dijo uno. 
   —¡Dios, claro que sí! ¿Qué vamos ha hacer ahora?
   Después salieron a pasear alrededor del edifico de la Facultad, donde un poco más allá vieron un caballo que tiraba de un furgón, detenido frente a la sala de disección. 
   Entraron allí mecánicamente. A pesar de la oscuridad de la sala distinguieron al negro Jess, que estaba sentado en una silla. Jess se levantó con gesto agrio, todo ojos y todo dientes. 
   —Estoy esperando a que me paguéis —dijo. 
   Un poco más allá, desnudo sobre una gran mesa, yacía el cuerpo de Henry Armstrong, con la cabeza ensangrentada y llena de barro, a consecuencia de los golpes recibidos con una pala. 

UN HABITANTE DE CARCOSA Y OTROS RELATOS DE TERROR, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, Un habitante de Carcosa y otros relatos de terror, Valdemar, Madrid, 2004 (1994), 208 páginas.

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EL FUNERAL DE JOHN MORTONSON1

   John Mortonson había muerto: había recitado su parlamento en la tragedia titulada «Hombre» y había abandonado el escenario.
   Su cuerpo descansaba en un rico ataúd de caoba cubierto con una lámina de vidrio. Todos los preparativos para el funeral habían sido tan bien ejecutados que si el difunto los hubiera conocido, sin duda los habría aprobado. Su rostro, tal y como aparecía bajo el cristal, no resultaba desagradable a la vista: mostraba una ligera sonrisa y, como la muerte no había sido dolorosa, no parecía desfigurado después de la tarea reparadora llevada a cabo por la funeraria. A las dos en punto de la tarde, sus amigos iban a reunirse para ofrecer el último tributo de respeto a un hombre que ya no tenía necesidad de amigos ni de respeto. Los miembros que quedaban de la familia se fueron acercando uno tras otro al ataúd con aspecto serio para derramar sus lágrimas sobre los plácidos rasgos que reposaban tras el cristal. Esto no les servía de nada; ni tampoco a John Mortonson. Pero en presencia de la muerte, la filosofía y la razón tienen poco que decir.
   Cuando eran casi las dos, los amigos empezaron a llegar y, después de ofrecer consuelo a los afligidos familiares tal y como mandan los cánones, tomaron solemnemente asiento en la habitación con una elevada consciencia de su importancia dentro del esquema fúnebre. Entonces llegó el ministro y, ante su ensombrecida presencia, las más pequeñas luces comenzaron a eclipsarse. Su entrada fue seguida por la de la viuda, cuyos lamentos inundaron la habitación. Se acercó al ataúd y, después de apoyar su rostro contra el frío cristal durante un rato, fue conducida gentilmente a un asiento junto a su hija. Tristemente, y en voz baja, el hombre de Dios comenzó a hacer el elogio de los muertos y su tono lúgubre, mezclado con los sollozos que pretendía estimular y mantener, se elevaba y descendía, iba y venía, como el murmullo de un mar pesaroso. El lúgubre día se oscurecía aún más a medida que hablaba; una cortina de nubes cubrió el cielo y unas sonoras gotas de lluvia empezaron a caer. Era como si la naturaleza llorara por John Mortonson.
   Cuando el reverendo concluyó su elogio con una oración, se cantó un himno, y los que iban a llevar el féretro a hombros ocuparon su sitio junto al mismo. Mientras se extinguían las últimas notas del himno, la viuda corrió hacia el féretro, se arrojó sobre él y empezó a llorar de un modo histérico. Poco a poco, sin embargo, cedió a la disuasión y adquirió una cierta compostura. Mientras el ministro la conducía a su asiento, los ojos de la mujer buscaron la cara del muerto bajo el cristal. Entonces estiró los brazos y, dando un grito, cayó hacia atrás y perdió el conocimiento.
   Los dolientes se precipitaron hacia adelante, sobre el féretro, y los amigos tras ellos. Entonces el reloj que había sobre la repisa de la chimenea dio ceremoniosamente las tres y todos se quedaron observando el rostro de John Mortonson, difunto. Cuando se dieron la vuelta, todos los presentes parecían enfermos y pálidos. Uno de ellos, intentando escapar aterrorizado de aquella horrible visión, tropezó con el ataúd con tal fuerza que derribó uno de sus frágiles soportes. El féretro se fue al suelo y el cristal se hizo añicos por el golpe. Por la abertura salió arrastrándose el gato de John Mortonson; saltó al suelo con pereza, se sentó, se atusó con calma su hocico color carmesí con una zarpa y abandonó dignamente la habitación.

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1 Entre los papeles del difunto Leigh Bierce se encontró un esbozo preliminar de este relato. Aparece aquí sólo con las revisiones que el propio autor podría haber hecho al transcribirlo. (N. de A. Bierce)

ANIMALES Y MÁS QUE ANIMALES, Saki

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SAKI, Animales y más que animales, Valdemar, Madrid, 1994, 192 páginas.

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CLOVIS Y LAS RESPONSABILIDADES DE LOS PADRES

   Marion Eggelby estaba sentada junto a Clovis hablando del único tema del que le gustaba conversar: sus hijos y sus diversas perfecciones y logros. El estado de ánimo en el que se encontraba Clovis no podría describirse como receptivo; la generación juvenil de Eggelby, representada con los improbables colores brillantes del impresionismo maternal, no despertaba en él entusiasmo alguno. Pero la señora Eggelby tenía entusiasmo suficiente para los dos.
    —Le gustaría Eric —dijo en un tono que, más que la esperanza, expresaba su disponibilidad a la discusión. Clovis ya le había dado a entender de manera absolutamente inequívoca que era muy improbable que se interesara demasiado por Amy o por Willie—. Sí, estoy convencida de que Eric le gustaría. Le cae bien a todo el mundo enseguida. ¿Sabe?, siempre me recuerda ese famoso cuadro del joven David... he olvidado quién lo pintó, pero es muy conocido.
    —Eso bastaría para ponerme en su contra, si le veo demasiado —intervino Clovis—. Imagínenos, por ejemplo, en un bridge subastado, cuando uno trata de concentrarse en cuál ha sido la afirmación primera de su compañero, y recodar qué palos rechazaron en principio susoponentes... piense lo que sería tener a alguien que persistentemente te recuerda un cuadro del joven David. Sería simplemente enloquecedor. Si me pasara eso con Eric, le detestaría.
    —Eric no juega al bridge —afirmó con dignidad la señora Eggelby.
    —¿Que no juega? —preguntó Clovis—. ¿Por qué no?
    —He educado a mis hijos para que no jueguen a las cartas. Les estimulo para que jueguen a las damas, al salto de fichas, a ese tipo decosas. A Eric se le considera como un jugador de damas maravilloso.
    —Está usted sembrando de terribles riesgos el camino de su familia—afirmó Clovis—. Un capellán de presidio que es amigo mío me contó que entre los peores casos criminales que ha conocido, de hombres condenados a muerte o a prolongados períodos de pena, no había ni un solo jugador de bridge. En cambio conoció entre ellos a por lo menos dos expertos jugadores de damas.
    —Realmente no veo qué relación pueden tener mis chicos con la clase criminal —replicó con resentimiento la señora Eggelby—. Han sido cuidadosísimamente educados, eso se lo puedo asegurar.
    —Eso demuestra que dudaba usted cómo podrían salir. En cambio, mi madre nunca se preocupó por educarme. Sólo se interesaba porque me azotaran a intervalos decentes y me enseñaran la diferencia entre el bien y el mal; existe alguna diferencia, ya sabe usted; aunque he olvidado cuál es.
    —¡Olvidar la diferencia entre el bien y el mal! —exclamó la señora Eggelby.
    —Entiéndame, aprendí historia natural y toda una serie de temas al mismo tiempo, y uno no puede recordarlo todo. Solía acordarme de la diferencia entre el lirón de Cerdeña y el de tipo común, también sabía si el tuercecuello llega a nuestras costas antes que el cuclillo, o cuál de ellos se iba primero, y el tiempo que tardan las morsas en alcanzar la madurez; me atrevo a decir que usted supo alguna vez todas esas cosas, pero apuesto a que las ha olvidado.
    —Esas cosas no son importantes —contestó la señora Eggelby—, pero...
    —El hecho de que ambos las hayamos olvidado demuestra que son importantes —dijo Clovis interrumpiéndola—. Ya se habrá dado cuenta de que lo que uno olvida es siempre las cosas importantes, mientras que los hechos de la vida triviales e innecesarios se mantienen en nuestra memoria. Por ejemplo, mi prima, Editha Clubberly; nunca me olvido de que su cumpleaños es el doce de octubre. En realidad me es absolutamente indiferente la fecha de su cumpleaños, o incluso si nació o no; cualquiera de esos hechos me resultan absolutamente triviales o innecesarios... tengo montones más de primas. En cambio, cuando me alojo en casa de Hildegarde Shrubley, jamás puedo recordar la importante circunstancia de si su primer marido consiguió su nada envidiable reputación en las carreras de caballos o en la bolsa, incertidumbre que me obliga a eliminar inmediatamente como tema de conversación los deportes y las finanzas. Uno tampoco puede mencionar nunca los viajes, porque su segundo esposo tenía que vivir permanentemente en el extranjero.
    —La señora Shrubley y yo nos movemos en círculos diferentes —contestó muy envarada la señora Eggelby.
    —Nadie que conozca a Hildegarde podría acusarla de moverse en un círculo —contestó Clovis—. Su visión de la vida parece la de una marcha incesante con un inagotable suministro de gasolina. Si consigue que algún otro le pague la gasolina, tanto mejor. No me importa confesarle que me ha enseñado más que cualquier otra mujer en la que pueda pensar.
    —¿Qué tipo de conocimientos? —preguntó la señora Eggelby con la actitud que podría tener colectivamente un jurado que encuentra el veredicto sin necesidad de abandonar la sala.
    —Bien, entre otras cosas, me enseñó al menos cuatro maneras diferentes de cocinar la langosta —contestó Clovis con voz agradecida—. Aunque eso, desde luego, a usted no debe interesarle; quienes se abstienen de los placeres de la mesa de juego nunca llegan a apreciar realmente las posibilidades más sutiles de la mesa de comedor. Supongo que su capacidad de un placer animado se atrofia por la falta de uso.
    —Una tía mía se puso muy enferma después de comer langosta —dijo la señora Eggelby.
    —Me atrevería a decir, si conociéramos más su historia, que descubriríamos que a menudo había estado enferma antes de comer langosta. ¿Está usted ocultando el hecho de que había tenido sarampión, gripe, dolores de cabeza nerviosos e histeria, y todas esas cosas que tienen las tías, mucho antes de comer la langosta? Las tías que nunca en su vida han estado enfermas son realmente raras; de hecho, personalmente no conozco a ninguna. Aunque claro, si la comió cuando tenía dos semanas de edad, pudo ser su primera enfermedad... y la última. Pero si fue ése el caso no creo que usted lo hubiera mencionado.
    —Debo marcharme —afirmó la señora Eggelby con un tono totalmente desprovisto hasta de la pena más superficial.
    Clovis se levantó con actitud de graciosa desgana.
    —He disfrutado tanto con nuestra pequeña charla sobre Eric —dijo—. Ardo en deseos de conocerle algún día.
    —Adiós —contestó glacialmente la señora Eggelby; añadiendo en voz muy baja un comentario suplementario—: ¡Ya me ocuparé yo de que eso no suceda nunca!

EL CLAN DE LOS PARRICIDAS Y OTRAS HISTORIAS MACABRAS, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, El Clan de los Parricidas y otras historias macabras, Valdemar, Madrid, 1994, 192 páginas.

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UNA CARRERA INACABADA

   James Burne Worson era un zapatero que vivía en Leamington, en el condado de Warwickshire, Inglaterra. Tenía un pequeño taller en uno de los caminos poco transitados que confluían en la carretera que llevaba a Warwick. En su humilde actividad se le consideraba un hombre honrado, aunque como muchos otros de su clase en los pueblos ingleses era muy aficionado a la bebida. Cuando estaba ebrio era capaz de hacer las apuestas más alocadas. En una de aquellas ocasiones, demasiado frecuentes, hizo alarde de su habilidad como caminante y atleta, y el resultado fue una prueba contra la naturaleza. Por un soberano se comprometió a ir corriendo hasta Coventry y volver, una distancia de algo más de cuarenta millas. Esto ocurrió el tres de septiembre de 1873. Se puso en camino enseguida; el hombre con el que había hecho la apuesta, cuyo nombre no se recuerda, acompañado de Barham Wise, comerciante de paños, y Hamerson Burns, fotógrafo, le siguieron en una carreta.
   Durante varias millas Worson marchó muy bien, con paso suelto y sin fatiga aparente, pues verdaderamente tenía una gran resistencia y no iba lo suficientemente ebrio como para menoscabarla. Los tres individuos de la carreta se mantenían a corta distancia detrás de él, tomándole el pelo o animándole de vez en cuando, según el humor del momento. De repente, en medio de la carretera, a menos de doce yardas de donde ellos se encontraban con los ojos fijos en él, Worson dio un traspié y, desplomándose hacia delante, emitió un tremendo grito y desapareció. No llegó a caer al suelo; desapareció antes de rozarlo. Nunca se encontró ni rastro de él.
   Después de dar vueltas por el lugar durante un tiempo sin saber qué hacer, los tres hombres regresaron a Leamington, donde contaron la asombrosa historia y fueron posteriormente arrestados. Pero tenían buena reputación, siempre se les había considerado sinceros, estaban sobrios en el momento del suceso y nunca se descubrió nada que desacreditara la exposición que hicieron bajo juramento de su extraordinaria aventura, en relación a cuya verdad, sin embargo, la opinión pública apareció dividida a lo largo del Reino Unido. Si tenían algo que ocultar, su elección de los métodos es, con toda seguridad, una de las más sorprendentes jamás realizadas por hombres cuerdos.

FÁBULAS FANTÁSTICAS, Ambrose Bierce

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AMBROSE BIERCE, Fábulas fantásticas, Valdemar, Madrid, 1999, 160 páginas.

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EL GATO Y LOS PÁJAROS

   Al oír que los pájaros de una pajarería estaban enfermos, un Gato fue a verlos, les dijo que era médico, y que los curaría si le dejaban entrar.
   —¿A qué escuela de medicina perteneces? —preguntaron los Pájaros.
   —A la de Miaulopatía —dijo el Gato.
   —¿Has practicado alguna vez la Largodeaquilogía? —inquirieron los pájaros, parpadeando débilmente.
   El Gato captó la indirecta y se fue.