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MÍNIMAS MINIFICCIONES MÍNIMAS, Agustín Monsreal

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AGUSTÍN MONSREAL, Mínimas minificciones mínimas, Universidad de Puebla, Puebla, 2016.

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RUBOR AMOROSO

   Sus pechos se sonrojaron nomás de mirarme la boca.

¡NOCAUTS! MICRORRELATO INTERNACIONAL DE BOXEO, Aldo Flores Escobar

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ALDO FLORES ESCOBAR, ¡Nocauts! Microrrelato internacional de boxeo, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2015.

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Aldo Flores Escobar recoge en este feliz combate ochenta y cuatro textos (escritos en este nuestro siglo XXI) divididos en doce rounds. En el cumplido estudio que precede a la antología, El minicuento como el mejor libra por libra en la división de los pesos breves (pp. 9-21), partiendo de Algunos aspectos del cuento, trabajo en el que Julio Cortázar establecía la diferencia entre las estrategias del novelista (ganar a los puntos) y el cuentista (vencer al KO), señala que la pretensión del microrrelatista es lograr el nocaut desde el primer tañido de la campana.
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EPISODIOS ENTRE UN BOXEADOR Y UNA BELLA PROSTITUTA

   Anselmo, un boxeador frustrado, bebe café mientras busca un trabajo en el “Aviso oportuno”; cada mañana observa bañarse a su compañera de cuarto Miriam, a quien le gusta dejar abierta la puerta de la regadera, bella prostituta dueña del departamento y que aloja a Anselmo a cambio de protección. El joven atleta le prepara el café y la comida; Miriam acostumbra andar desnuda por el inmueble, también prefiere dormir desnuda por las tardes y se viste llegada la noche con ropas sensuales, a veces Anselmo quisiera amarla pero se conforma con brindarle cuidado. Los clientes buscan a Miriam a partir de las 22:00 horas, entonces el departamento se convierte en un hotel de paso; si algún abusador quiere sobrepasarse con ella el púgil le parte la cara.
   Esta tarde Anselmo recibió una carta que le ofrece una pelea para la función del sábado; él la acepta porque sabe que de ahí llegará a la cima.
   —Quisiera acompañarte, pero soy una puta —le dice Miriam la noche del combate—. Hay más clientes los fines de semana, tú sabes.
   Anselmo no la contradice y acude a la arena feliz, porque sabe que la victoria será suya y así lo es. Entonces quiere compartir el triunfo con su prostituta amada, pero el olor de su perfume está ausente, el departamento luce vacío, ella no está en casa... algún infame la arrojó por la ventana del noveno piso.

Benjamín Cruz

CUATRO CAMINOS, José Manuel Ortiz Soto

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JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO, Cuatro caminos, Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, 2014.

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PARA MORIR IGUALES

   Por generaciones, crecimos fantaseando con la casa abandonada. En nuestra mente infantil a veces era un castillo cuidado por dragones; otras, la choza de una bruja come-niños. Por eso, cuando un temblor la derrumbó, todos los habitantes del pueblo corrimos a rescatar de entre sus escombros un pedazo de nuestra imaginación.

ALEBRIJE DE PALABRAS, José Manuel Ortiz Soto & Fernando Sánchez Clelo

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JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO & FERNANDO SÁNCHEZ CLELO, Alebrije de palabras. Escritores mexicanos en breve, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2013, 202 páginas.

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Recoge esta antología un muestrario de microrrelatos de la fecunda comunidad literaria mexicana. Junto a los de Agustín  Monsreal, Alberto Chimal, Guillermo Samperio, José de la Colina o Javier Perucho, aparecen textos de una cincuentena de autores que merecen ser reconocidos en España. En la portada, un alebrije: ese animal imaginario que es feliz compendio de lo diverso.

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CRISTINA POR LA MAÑANA

   Llegamos  a  la  carrera  y  nos  aventamos  y  nos  acomodamos para  espiar  a  Cristina  mientras  se  bañaba.  No  la  fisgoneábamos por la grieta de la puerta del baño como lo hace el abuelo de la vecindad. Subíamos a la azotea para verla desde ahí, ya que la ventana era larga y ancha y ella no la cerraba. A veces yo suponía que ella nos veía de reojo, como para enterarse de quién subía, quién miraba y quién estaba. Seguramente se  divertía  mirándonos  cómo  se  nos  caía  la  baba  cuando  se enjabonaba los senos, para mí unos perales, jugosos y azucarados —así me supieron la única vez que me dejó embrocarme con la boca a ellos, pero entonces desconocía que había que succionar, lamber, barrerlos con los labios y hablarles en susurros—. Aquella tarde me enseñó. Con nadie más se dejó tocar. Sí nos permitió que la contempláramos durante su baño matutino.
   Todos tumbados sobre el piso, la mano en la barbilla, en silencio, arrobados por su cuerpo húmedo, en cuyas cordilleras  soñábamos  cada  noche.  Nada  me  perturbaba  más  que verla  enjuagar  su  cabello,  que  se  entallaba  a  la  silueta  de  su cuerpo de tan largo, negro y liso. Como serpiente se le enrollaba desde la nuca, los senos y hasta el vientre y ahí se fundía en la abertura de sus piernas, donde resplandecía de tan negro.
   Al terminar de bañarse, se barría el agua de su cuerpo con las palmas de las manos, luego se secaba con una toalla, que enredaba  a  su  cabellera,  con  cuyo  extremo  después  se  limpiaba la cara. A punto de vestirse, se dirigía a la ventana para cerrarla,  desde  ahí  miraba  hacia  nosotros  por  un  segundo. Más tarde salía en bata, con sus útiles de baño en una cubetita.  Y  en  lo  que  trazaba  el  siguiente  paso  —sus  sandalias  repetían plas, plas a cada paso— miraba de nuevo a la azotea, hacia esos niños que le mendigaban una sonrisa. Ahí nos dejaba  pellizcándonos  entre  nosotros,  respirando  agitadamente, la cara al sol y la mano en la bragueta.