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PÁGINAS INMORTALES, Michel de Montaigne

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MICHEL DE MONTAIGNE, Páginas escogidas, Tusquets, Barcelona, 1992, 184 páginas.

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En Montaigne (pp. 11-35), el prólogo a estas antología, escribe André Gide : «En cada época de la historia hay una imagen convencional de la humanidad que intenta ocultar ese ser real. Montaigne apartará la máscara para alcanzar lo esencial; si lo logra es mediante el esfuerzo continuado de una singular perspicacia; oponiendo a la convención, a las creencias establecidas, a los conformismos, un espíritu crítico siempre despierto, a la vez muy ágil y tenso, juguetón, divertido con todo, sonriente, indulgente, pero sin complacencia, puesto que lo que él pretende es conocer, en absoluto moralizar».
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DE LA POESÍA

   ¡Oh! maravilla: tenemos muchos más poetas que jueces y críticos de poesía. Es más fácil hacerla que conocerla. En un nivel bajo, puede juzgársela a partir de los preceptos y la habilidad. Pero la buena, la suprema, la divina, está por encima de las reglas y la razón. Quien contemple su belleza con mirada firme y serena no la ve, como no se ve el resplandor de un rayo. No intenta seducir nuestro juicio; lo rapta y destroza. La pasión que aguijonea a quien sabe penetrarla hiere incluso a un tercero al oírsela evocar o recitar; como el imán atrae no sólo una aguja, sino que infunde también en ella la facultad de atraer a las otras. Y se ve más claramente en los teatros, que la inspiración sagrada de las Musas, habiendo excitado primero al poeta hasta la cólera, el dolor, el odio, habiéndole llevado fuera de sí hasta donde ellas han querido, golpea aun a través del poeta y el actor consecutivamente a todo un pueblo. Es el ensartar de nuestras agujas, suspendidas una de otra. Desde mi primera infancia, la poesía ha actuado así, traspasándome y transportándome. 

Libro I, XXXVII: «Del joven Catón».

ENTRE LÍNEAS: EL CUENTO O LA VIDA, Luis Landero

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LUIS LANDERO, Entre líneas: el cuento o la vida, Tusquets, Barcelona, 2001, 168 páginas.

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Las secuencias pares de esta narración admiten ser leídas como relatos independientes.
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SOBRE LA BREVEDAD

   Pero tampoco hay que fiarse mucho de la brevedad. Contra la brevedad convendría recordar que, en una guerra, un soldado encontró en la mochila de un cadáver dos libros, a saber: El viaje al centro de la fábula, de Augusto Monterroso, y El conde de Montecristo. Como llevarse los dos le pareció ya rapiña, y por no agravar la soledad del muerto, decidió apoderarse sólo de uno. Tras muchas dudas, y por ir más ligero de equipaje, eligió el de Monterroso. Lo acomodó bajo la guerrera y, andando que te andarás, continuó su camino. Y he aquí que, más allá, siente un golpe en el pecho. Da un traspiés, suspira, se desploma: una bala perdida lo ha acertado de lleno. En el último instante saca el libro y observa que la bala lo ha atravesado limpiamente desde el copyright hasta el código de barras, y que además le ha llegado hasta el centro mismo del corazón. Viaje al centro del corazón, es el sarcasmo que se le ocurre antes de morir, y aún alcanza a pensar que si hubiese elegido el de de Dumas a estas horas estaría vivo, y que su mala suerte se debe exclusivamente a la excesiva concisión del autor.
   He aquí uno de los peligros de la brevedad.
   Claro que, de haber tenido tiempo para más sarcasmos, también la víctima podría haber pensado que quizá casi todas las novelas extensas son en el fondo breves, e incluso brevísimas, por la sencilla razón de que casi nadie las lee. Allí donde las balas se equivocan, la sociología no yerra: si uno compra una novela de quinientas páginas y lee sólo treinta, para ese lector la novela constará exactamente de treinta páginas. Lo que ocurre es que, para muchos, los libros voluminosos ofrecen al menos dos ventajas: una, que al ser caros, el prestigio y el placer del consumo son también mayores; y otra, que al ser muy extensos, el comprador compra de paso una coartada para no leerlos. Pero con los libros breves no hay escapatoria. Quien adquiere un libro breve contrae de rebote el engorro de tener que leerlo.
   A mí, particularmente, hay muchos libros breves que me han engañado muchas veces, y así, por ejemplo, hubo un tiempo en que lograron convencerme de que tenían sólo por ejemplo cien páginas. A la cuarta vez que los leí, me di cuenta, sin embargo, de que encubrían cuatrocientas, y como todavía no he acabado releerlos, resulta que el autor me ha vendido como prosa breve lo que en realidad es un libro poco menos que interminable. Pero la verdadera brevedad es saber callar cuando no hay nada que decir. Esto es muy difícil ¡Con qué coraje escribía Kafka en sus Diarios el día 22 de septiembre de 1917: «Nada»! Y, sin embargo, Kafka, y en definitiva cualquiera, podía haber llenado una hoja de ocurrencias pasajeras. No es difícil escribir algo cuando se tiene oficio y un poquito de orgullo. Ese «nada» de Kafka, ¡qué extraña flor resulta!, ¡cuántas lluvias y soles habrá necesitado para florecer en el baldío! ¡Qué lección literaria! Porque detrás de «nada» esta la convicción de que no se puede decir cualquier cosa sino algo que se desea con una intensidad excluyente: algo esencial, y que no admite sucedáneos. Algo muy concreto y muy perseguido y anhelado, y por eso es tan difícil atreverse a esa última resignación de decir «nada».

WEIWEI-ISMOS, Ai Weiwei

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AI WEIWEI, Weiwei-ismos, Tusquets, Ciudad de México, 2014, 168 páginas. Edición de Larry Warsh.

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Todo es arte. Todo es política.
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“¿Por qué usted se preocupa tanto por la sociedad?” La pregunta siempre es esa. Y mi respuesta es sencilla: “Porque como artista tienes que asociarte con la libertad de expresión”.
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Si no hay libertad de expresión se pierde la belleza de la vida. Participar en la sociedad no es una elección artística, es una necesidad humana.
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Yo pienso que todos los juicios estéticos —que todas las decisiones estéticas que hacemos— son elecciones morales. No se escapan de la dimensión moral en el sentido más amplio. Se tiene que relacionar el entendimiento filosófico de quiénes somos y cómo las llamadas “arte y cultura” funcionan en el mundo actual.
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Ser artista es más una mentalidad, una manera de ver las cosas; ya no se trata tanto de producir algo.
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Me interesa muchísimo el llamado objeto inútil. Me refiero a que requiere un oficio cabal, un material hermoso medido y trabajado cuidadosamente, pero al mismo tiempo es verdaderamente inútil.
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Soy un artista siempre en busca de lo que es posible. Todo el tiempo procuro ampliar las fronteras.
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Yo creo que el arte es ciertamente nuestro vehículo para desarrollar cualquier idea nueva, para ser creativos, para ampliar nuestra imaginación, para cambiar nuestras actuales condiciones.
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El arte siempre se trata de la superación de los obstáculos entre la condición interna y la destreza expresiva.
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El arte siempre gana. A mí me puede pasar lo que sea, pero el arte permanecerá.

CUENTOS COMPLETOS, Evelio Rosero

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EVELIO ROSERO, Cuentos completos, Tusquets, Barcelona, 2019, 368 páginas.

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Desnudas, Bogotanos, Figuraciones y Cuentos cortos son los cuatro libros que contiene este tomo. El último de ellos, obviamente, contiene microrrelatos.
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CASA

He aquí una casa loca, cuyas escaleras no conducen a nada. Uno abre la puerta y cree entrar y en realidad ha salido. Pero cuando uno cree salir sucede lo contrario: uno ha entrado. Y la mayoría de las veces uno no se explica a dónde ha llegado, o qué ha sido del cuerpo de uno en esta casa. Las ventanas tienen la peculiaridad de no mirar hacia afuera sino hacia adentro. Todos los muebles cuelgan a medio metro del techo principal. De manera que para llegar a ellos es necesaria la imposibilidad de volar, o un salto largo y elástico que le permita a uno aferrarse de una silla, por ejemplo, y luego escalarla y sentarse en ella, como en un peligroso columpio. Y lo peor ocurre cuando cada uno de los movimientos oscilantes de los muebles tiende a vencer el equilibrio de los ocupantes, de manera que muchos se han despedazado intentando resistir más de una hora sentados en el mismo sitio. Todos los muebles confabulan sus movimientos para desbaratar a sus ocupantes, y ya se sabe que los muebles flotantes procuran sobre todo que los cuerpos sean derrotados de cabeza; nadie ha podido saltar incólume. Siempre, en la caída, hay otro mueble oscilante que se las arregla para que el cuerpo en condena se estrelle de cabeza contra el suelo. A pesar de estas aparentes incomodidades, se escuchan, en la casa, cuando cae la noche, muchas voces y risas, y chocar de copas (y muebles). Nadie ve llegar a los invitados, y tampoco salir, y eso se debe seguramente a la otra originalidad de la puerta, que da la sensación de permitir entrar y salir al mismo tiempo, sin que verdaderamente se haya salido o entrado. Nadie sabe, además, quién es el dueño o quiénes habitan la casa permanentemente. Alguien nos cuenta que vive una pareja de niños. Otros aseguran que no son niños, sino enanos: de lo contrario no se justificarían las fiestas de siempre, escandalizadas por las exclamaciones más obscenas que sea posible imaginar. Hay quienes afirman que nadie vive en la casa, y que en caso contrario no serían niños y tampoco enanos sus habitantes, sino dos jorobadas dementes. Ni unos ni otros dicen la verdad. No han acabado de entender que todos son en realidad mis habitantes, que están dentro de mí como también yo estoy dentro de ellos, que yo soy algo vivo, y que a pesar de todas las vueltas que puedan dar por el mundo quizá nunca les sea posible abandonar mi tiranía para siempre, porque también yo estoy dentro de mí.

ZIBALDONE DE PENSAMIENTOS, Giacomo Leopardi

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GIACOMO LEOPARDI, Zibaldone de pensamientos, Tusquets, Barcleona, 1990, 312 páginas.

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En Una lectura del Zibaldone (pp. 9-32) Rafael Argullol destaca el afán de Leopardi de evitar elementos autobiográficos: «La intimidad debe permanecer, en cierta manera, camuflada, enquistada en el organismo conceptual que quiere penetrar en el cuerpo universal de la existencia».
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Vida tranquila de los animales en los bosques, países desiertos y desconocidos, etc., donde no deja de cumplirse enteramente el curso de su vida, con sus vicisitudes, actos, muerte, sucesión de las generaciones, etc., porque ningún hombre lo contempla o lo perturba ni ellos se enteran de lo que sucede en el mundo, porque lo que creemos que existe en el mundo pertenece sólo a los hombres.
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   La naturaleza prohíbe el suicidio. ¿Qué naturaleza? ¿La que tenemos ahora? Nuestra naturaleza actual es totalmente distinta de la que teníamos. Comparémonos con las naciones naturales y veamos si puede considerar-se que esos hombres pertenecen a la misma raza que nosotros. Comparémonos con nosotros mismos cuando éramos niños y obtendremos el mismo resultado. El hábito es una segunda naturaleza, sobre todo un hábito tan arraigado, tan prolongado, e iniciado a tan tierna edad, como es el hábito (compuesto de otros infinitos, y muy variados, hábitos) que nos hace ser tan distintos de los hombres naturales, o conformes a la primitiva naturaleza del hombre, y a la naturaleza general de los seres terrestres. Baste con decir que por más esfuerzos que hiciéramos para volver al estado natural no lo lograríamos, ni en lo físico, que no lo toleraría en modo alguno, ni, suponiendo que en lo físico y externamente fuese posible, tampoco en lo moral e internamente; lo que equivale a lo mismo, puesto que ya no podemos participar de la felicidad reservada naturalmente al hombre porque nuestro interior, que es nuestra parte principal, no puede volver a ser como era, por ningún medio o arte. ¿Qué pinta, pues, en este asunto del suicidio, y en cualquier otra cosa relacionada con nosotros, la ley o la inclinación de una naturaleza que no sólo no es nuestra, sino que, aun cuando lo deseáramos y procurásemos por todos los medios, no podría serlo nunca? Lo importante, pues, es averiguar cuál es la inclinación y el deseo de esa segunda naturaleza, que es realmente nuestra y actual. Y ésta, en lugar de oponerse al suicidio, no puede dejar de aconsejarlo, y anhelarlo intensamente: porque también ella odia sobre todo la infelicidad, y siente que sólo puede huir de ella a través de la muerte, y no soporta que la demora de ésta prolongue sus sufrimientos. Por tanto, nuestra verdadera naturaleza, que difiere en todo de la de los hombres de la época de Adán, permite, e incluso exige, el suicidio. Si nuestra naturaleza fuese la primitiva naturaleza humana, no seríamos infelices, y eso en forma inevitable, irremediable; y en lugar de desear la muerte la aborreceríamos. 
(29 de abril de 1822)
   Nuestra naturaleza actual es prácticamente la razón. Que también detesta la infelicidad. Y no hay razonamiento humano capaz de disuadir del suicidio, es decir, de la idea de que más vale no ser que ser infeliz. Y en todo lo demás nos atenemos a la razón, y pensamos que si obrásemos de otra manera estaríamos faltando a nuestro deber de hombres.

CUADERNOS 1957-1972, E. M. Cioran

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E. M. CIORAN, Cuadernos (1957-1972)Tusquets, Barcelona, 2000, 272 páginas. Traducción de Carlos Manzano.
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Todas las imposibilidades se resumen en una: la de amar, la de salir de la tristeza propia.
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Cuando se quiere adoptar una decisión, lo más peligroso es consultar a otro. Aparte de dos o tres personas, no hay ninguna otra persona en el mundo que quiera nuestro bien.
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Sólo hay que escribir y sobre todo publicar cosas que hagan daño, es decir, que recordemos. Un libro debe hurgar en llagas, suscitarlas incluso. Debe ser la causa de un desasosiego fecundo, pero, por encima de todo, un libro debe constituir un peligro.
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Sólo Bach puede reconciliarme con la muerte.
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Escribir sobre el suicidio es haberlo superado.
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La libertad sólo tiene sentido para una persona sana; casi no la tiene para un enfermo.
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No encuentro nada más desolador que ver las mismas ilusiones surgir y resurgir, a veces con las mismas fórmulas.
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El tiempo que cada uno de nosotros habrá soportado es el único tiempo real. El otro, aquel en el que no hemos estado y aquel en el que no estaremos, corresponde a la lucubración y casi a la hipótesis.
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Sensualidad y desánimo combinan perfectamente. Cuando ya no se cree en nada, se puede aún creer en eso.
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La voluntad de destrucción es la expresión dinámica de la tristeza.
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Siempre que voy a un hospital para una consulta, tengo la impresión de que tomo una lección de entierro.

SÓLO SE PUEDE TENER FE EN LA DUDA, Jorge Wagensberg

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JORGE WAGENSBERG, Sólo se puede tener fe en la duda. Pensamiento concentrado para una realidad dispersa, Tusquets, Barcelona, 2018, 208 páginas.

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No se sabe quién da más miedo con un texto sagrado en la mano, si 
el que lee literalmente o el que lee entre líneas.
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Todo lo real es imaginable, pero no todo lo imaginable es realizable, por lo que la imaginación es más grande que la realidad entera.
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Antes de los diez años sólo vale la pena aprender lenguaje (música, idiomas, matemáticas...). 
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Dios sí juega a los dados, pero con dados trucados por las leyes de 
la naturaleza.
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No conozco a ningún fascista que hable más de tres idiomas. 
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La oscuridad de un lenguaje no añade profundidad a un contenido. 
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¿De qué región es el acento del canto de este pájaro? ¿De qué árbol? ¿De qué rama? ¿De qué nido? Mira que si soy yo mismo el que está piando... 
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La verdad absoluta y eterna existe, pero sólo en matemáticas, y nadie tiene el privilegio de su representación, de su autoridad o de su beneficio. 
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El mundo es inteligible porque no puede haber bosques con más árboles que ramas.

CONVERSACIONES ENTRE ALQUIMISTAS, Jorge Riechmann

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JORGE RIECHMANN, Conversaciones entre alquimistas, Tusquets, Barcelona, 2007, 126 páginas.


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APARICIONES

Doña Estética, apesta usted a autocomplacencia. Doña Dueña, ama de la enfermedad y enfermera de la melancolía: le huelen los bajos, si me permite esta grosería, o incluso cuando no me lo permita. Sólo cuando se dé cuenta de que sus inquisiciones no pueden apelar directamente a la belleza, sino que han de buscar el diálogo con los lienzos de la misericordia, o incluso —me atreveré a decirlo— tratar de restañar aquello que se pierde por entre los tabancos de la inmolación, sólo entonces, y desde ese otro lugar más difícil donde estar y donde no estar, desde aquella hemorragia, ámbar que se pierde hacia la resina, me avendré a hablar con usted de lo que realmente nos importa a ambos: la belleza.

OPINIONES Y PARADOJAS, Pío Baroja

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PÍO BAROJA, Opiniones y paradojas, Tusquets, Barcelona, 2000, 276 páginas.

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Advierte Miguel Sánchez-Ostiz en Por la fronda de Pío Baroja (pp. 9-16): «En estos tiempos de pensamiento único y pesebrismo descarado y convenientemente blindado por el aplauso de los bonzos del periodismo y la política [...], a Baroja igual le habrían llevado preso».
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[arte] Yo no sé si las obras de arte tienen algún objeto superior al artístico. Creo que no; detienen un momento, que ha existido en el mundo, lo hacen perenne y dan una ampliación de la vida.
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[dicha] La gente vive, si no feliz, contenta, con esa existencia cotidiana de ir y venir, de trabajar y de divertirse. Nosotros, ambiciosos, descontentos, inadaptados, que queremos una dicha pura y alta, nos equivocamos y no la alcanzamos nunca.
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[fraternidad] La gente ama a la humanidad en abstracto, quizá porque la odia en concreto. Se entusiasma con las grandes frases caritativas o filantrópicas, pero le importa poco el vecino miserable; se siente fraternal con los hombres; pero le basta una pequeña ofensa o una rivalidad para mostrarse como una fiera.
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[historia] La historia es traidora, la historia es reaccionaria, la historia trata de escarmentarnos con el ejemplo; pero, afortunadamente, los pueblos no tienen memoria y olvidan a los tiranos y olvidan a sus verdugos. Es la manera mejor de vengarse de ellos.
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[maldad] Cuando el hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es su cara y cuál es su careta.
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[olvido] Una de las primeras condiciones de la vida es el olvido.
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[soledad] El hombre que puede ser solitario de buen grado tiene una gran dosis de indiferencia y de sensibilidad y bastarse a sí mismo. 
 


 
 

MÁS ÁRBOLES QUE RAMAS, Jorge Wagensberg

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JORGE WAGENSBERG, Más árboles que ramas. 1116 aforismos para navegar por la realidad, Tusquets, Barcelona, 2012, 256 páginas.
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Ser se es siendo.
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El gozo intelectual es lo más parecido a una experiencia mística que puede disfrutar alguien negado para las experiencias místicas.
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Sólo se puede tener fe en la duda.
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Un aforismo es una conserva de comprensión.
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Si no fuera por la crisis, aún seríamos todos bacterias.
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La simbiosis es un buen negocio; el parasitismo mata.
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Cambiar de respuesta es evolución, cambiar de pregunta es revolución.
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Pregunta con garantía de respuesta negativa: ¿duermes?
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Todo el tiempo que el buen mediocre no emplea para intentar sustituir a alguien, lo emplea para evitar que le sustituyan a él.

EL OCASO DEL PENSAMIENTO, E. M. Cioran

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E. M. CIORAN, El ocaso del pensamiento, Tusquets, Barcelona, 2006, 352 páginas.

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Un hombre que practica toda su vida la lucidez, se convierte en un clásico de la desesperanza.
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Cuando durante la noche se abre la mente a alguna que otra verdad, la oscuridad se vuelve tenue como el diáfano espacio de una evidencia.
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 Una cascada en sordina conforma la imagen de lo que generalmente llamamos alma...
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Todas las lágrimas no derramadas se han vertido en mi sangre. Y yo no he nacido para tantos mares ni para tanta amargura.
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 «El corazón» se convierte en símbolo para el universo en la mística y en la infelicidad. La frecuencia con que aparece en el vocabulario de cualquier persona indica hasta dónde puede esta persona eximirse del mundo. Cuando todo te hiere, las heridas sustituyen a ese todo. Y así las heridas del corazón reemplazan al cielo y a la tierra.
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La vida del hombre se reduce a los ojos. No podemos esperar nada de él sin modificar la mirada.
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 ¿Qué amaneceres despertarán a mi razón, ebria de lo irreparable?
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 El único sentido de la tierra es absorber las lágrimas de los muertos.
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 El papel del corazón es convertirse en himno.
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 Si no hubiésemos tenido alma, nos la habría creado la música.

LOS ÚLTIMOS DE LA ESTIRPE, Fleur Jaeggy

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FLEUR JAEGGY, Los últimos de la estirpe, Tusquets, Barcelona, 2016, 188 páginas.

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Entre los veinte relatos que contiene este libro lleno de homenajes a Oliver Sacks, Joseph Brodsky o Ingeborg Bachmann, el lector hallará narraciones cortas. 
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LA SALA ASÉPTICA

   Una vez Ingeborg y yo hablamos de la vejez, ella sonreía al oír esa palabra, pero esa palabra no iba acompañada ni del corazón ni de una verdadera sonrisa. Yo imaginaba una longevidad sin muerte, una casa de campo, un muro, le describía la arquitectura exterior y la ataba con una cuerda. Y un jardín entre los muros y todavía le decía nosotras dos. Estaba terriblemente convencida. La soberbia convicción de lo que no se cumple. Imaginábamos las visitas, los huéspedes y hablábamos de los nombres de los huéspedes, bebiendo un gin-tonic. Ella sentada en el sofá Biedermeier, de madera rubia —la tapicería a rayas, la mesa redonda Biedermeier con un jarro de flores parecían escuchar. Sin embargo, no me convencía del todo su participación, estaba amable y algo distraída. «¿No quieres que vayamos a vivir juntas cuando seamos viejas?» Yo insistía. Entonces Ingeborg (creo que para complacerme) asentía. Pero lo hacía como si no previera un futuro. Yo no hablaba de vejez como futuro, más bien como de una premonición, un temor...
   La vejez, dijo, es horrible. Pero todo es horrible, le decía yo. Con una especie de alegría. Intentaba convencerla de que todo es realmente horrible (en aquel momento nuestras vidas no iban mal en absoluto) y no en broma. Entonces sus ojos irradiaban felicidad, y pasaron los años. Breves. Iba todos los días al Sant'Eugenio, unidad de grandes quemados. Dos veces entré en una sala que debía ser aséptica.

DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO DE LA VIEJA ESCUELA, Javier Pérez Andújar

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JAVIER PÉREZ ANDÚJAR, Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, Tusquets, Barcelona, 2016, 478 páginas.

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"El diccionario, como los piratas. es el mejor amigo de los niños" leemos en la Introducción (pp. 11-17) a este original libro compuesto por artículos ya publicados en prensa o en la web.
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RITZ

   Nada más antiguo que un pobre. Ninguna otra cosa más vieja, más humana, más milenios agarrada a nuestra piel como un parásito, que el hambre y el frío. La historia de la humani­dad es la historia de sus pobres, de su indigencia (pero se ha cambiado historia por relato, vivimos al día, con lo puesto). Y así, con una canción de mendigo, empezó a escribirse la his­toria. El primer personaje en la literatura castellana fue una vie­ja alcahueta. Siguió el lazarillo de un pedigüeño ciego. Una vieja y un niño pobres. La mano del pordiosero toma la forma del cuenco donde empezaron a comer nuestros ancestros a la orilla del fuego (cada hoguera es un río sin puentes). Para ser pobre no se necesita más que haya un rico. Lo sabe todo el mundo, sobre todo los pobres, y, por ejemplo, el pasado día de Reyes lo vimos aquí, en estas mismas páginas, dibujado en un mapa de los barrios de Barcelona, en el análisis que publicaba la com­pañera Clara Blanchar. En aquel gráfico, los índices de pobreza caían sobre los barrios dentro de bolitas como adornos navide­ños. Cuánta pasta hay en Pedralbes. Es una exclamación, pero también es una pregunta. Ahí, la renta familiar no ha dejado de subir con la crisis. ¿Os acordáis, apenas hace unos años, cuan­do se decía que la mendicidad era una mafia? Como si el poder no lo fuera. Pero los pobres de antes de la crisis no eran de los nuestros. Venían de donde viene siempre la pobreza, del otro lado del telón del dinero. Carne de maldición, se contaba tam­bién de ellos que alquilaban a sus recién nacidos, que los nar­cotizaban para exhibirlos en su queja lastimera, incomprensible. ¿En qué idioma piden, que hablan tanto con la "u"? Claro, es la última vocal, la letra de la gente que está en las últimas. Po­bres eternos, clásicos sin laureles, arrastrándose por el suelo de las Ramblas con sus muletas destartaladas y sus muñones como mondongos humanos, exactamente los mismos pobres que si­glos atrás ya había pintado Brueghel el Viejo en las nieves in­vernales del ducado de Brabante. Siempre vivos a través de los tiempos igual que esas plantas condenadas a la perpetuidad, a las heladas, al sol a destajo, perennemente tiesas donde nadie las quiere. Como aquel tipo gordo sin piernas que todos los días se ponía a pedir sentado bajo el escaparate de la zapatería más grande de la calle Pelai. Ahora vuelven otra vez los pobres a los semáforos (tiene más paso un semáforo que una iglesia), con el cubo de agua o con el puñado de mecheros. El otro día, también estas navidades, vi en una calle de Badalona a un hom­bre sin brazos que se había metido de medio cuerpo para arri­ba en un contenedor de la basura y sacaba un jersey con los dientes. La boca, la mano, son las dos maneras de pedir que tiene el pobre. Precisamente la boca y la mano, los órganos que nos elevaron a nuestra condición de primates de lujo hace más de dos millones y medio de años.
   Ser pobre en Barcelona es tener que defender un día la casa desde el balcón mientras por la puerta entran los Mossos d’Es­quadra para proceder al desahucio. O no poder continuar estu­diando, no tener dinero para hacer una carrera o un curso de formación necesario para conseguir un empleo. O dejar de op­tar a un trabajo por no tener pasta para el transporte. O ir con la familia a los comedores sociales en vez de ir a un merende­ro. O pasar tres, cuatro, cinco, seis, siete meses sentado al lado del teléfono esperando a que llamen del hospital, sin saber si eso de irse muriendo ya va en serio. Se es más pobre por no tener derechos que por no tener dinero. Un pobre sin derecho a voto está hundido en la pobreza absoluta. Y si existe pobreza absoluta es porque hay poder absoluto. Lo absoluto por defi­nición es excluyente. Una cosa es absoluta porque excluye toda comparación respecto a ella. Vivimos en tiempos de poder ab­soluto, de un poder sustentado en la exclusión. El mismo día de Reyes en que leí el reportaje sobre la distribución de la pobre­za en Barcelona (es decir, sobre el reparto de la riqueza), me fui a cenar al Ritz. Sí, de acuerdo, ya no se llama Ritz, pero es que los ricos se vuelven pobres de una manera muy rara. El motivo (sería una osadía llamarle razón a una cena con comida de co­lores) era la entrega de los premios Josep Pla y Nadal (en las noticias de TVE se les coló una foto del tenista). En la señorial puerta del edificio se había plantado un grupo de trabajadores en lucha, empleados del grupo Husa, la cadena hotelera. Querían que se les viera por televisión igual que se iba a ver también a las autoridades, pero la policía los arrinconó en un lateral como a la caseta del perro, y el personal entró tan ricamente (unos más ricos que otros) por el chaflán. Allí se quedaron los manifestantes con sus pitos, su pancarta y sus gritos, en el vi­llancico triste de la reforma laboral. Mientras, en la ceremonia, el presidente de la Generalitat, dos mesas de autoridades y altas esferas (se llaman esferas porque se les hace la pelota), y un montón más de invitados a los que les tocó, cenaron en un sa­lón apartados del resto de la concurrencia y siguieron por pan­talla la entrega de los premios. Así es como el poder vive la realidad, excluyéndose de ella. Sumido en su absolutismo. So­bre la adulteración de las relaciones humanas, sobre la hipocre­sía como sostén de la moralidad burguesa, escribió Marx cuan­do llegó a su exilio de Londres con su mujer y sus tres hijos y la criada, y en menos de un año les desahuciaban de su casa por no poder pagar la renta. Ser pobre en la vida da hasta para una novela, la literatura está llena de ellas; pero ser pobre en tu ciudad, eso sí que es una canallada.

DETRITUS, Samuel Beckett

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SAMUEL BECKETT, Detritus, Tusquets, Barcelona, 1978, 132 páginas.

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VERSE

   Lugar cerrado. Todo lo que hay que saber para decir sabido. No hay más que lo dicho. Aparte de lo dicho no hay nada. Lo que ocurre en la arena no está dicho. Si fuese preciso saberlo se sabría. No interesa. No imaginarlo. Tiempo valiéndose de la tierra obrar a disgusto. Lugar hecho de una arena y un foso. Entre los dos costeando éste una pista. Lugar cerrado. Más allá del foso no hay nada. Se sabe porque hay que decirlo. Arena negra extendida. Allí pueden caber millones. Errantes e inmóviles. Sin verse ni oírse jamás. Sin tocarse jamás. Es todo lo que se sabe. Profundidad del foso. Ver desde el borde todos los cuerpos colocados al fondo. Los millones que aún permanecen allí. Parecen seis veces más pequeños de lo normal. Fondo dividido en zonas. Zonas negras y zonas claras. Ocupan toda su anchura. Las zonas que permanecen claras son cuadradas. Un cuerpo mediano apenas cabe allí. Extendido en diagonal. Más grande tiene que acurrucarse. Se sabe así la anchura del foso. Se sabría sin eso. Hacer la suma de las zonas negras. De las zonas claras. Las primeras ganan con mucho. El lugar ya es viejo. El foso es viejo. Al principio no había más que claridad. Más que zonas claras. Tocándose casi. Ribeteadas de sombra apenas. El foso parece en línea recta. Luego reaparece un cuerpo ya visto. Se trata pues de una curva cerrada. Claridad muy brillante de las zonas claras. No penetra en las negras. Estas son de un negro no reducible. Tan denso en los bordes como en el centro. En compensación esta claridad sube todo seguido. A una altura por encima del nivel de la arena. Tan alta por arriba como es profundo el foso. Se levantan en el aire oscuro torres de pálida luz. Tantas zonas claras como torres. Como cuerpos visibles en el fondo. La pista sigue al foso en toda su longitud. En todo su contorno. Está sobrealzada con relación a la arena. Lo equivalente a un peldaño. Está hecha de hojas muertas. Evocación de la hermosa naturaleza. Están secas. El aire seco y el calor. Muertas pero no podridas. Darían más bien en polvo. Pista justo bastante ancha para un solo cuerpo. Nunca dos se cruzan en ella.

LA HERIDA EN LA LENGUA, Chantal Maillard

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CHANTAL MAILLARD, La herida en la lengua, Tusquets, Barcelona, 2015, 184 páginas.

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Algunas secciones de excelente poemario, como "Polvo de avispas", se componen íntegramente de poemas mínimos.

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Caminar aventando el miedo
sin apenas pasado entre las alas

NO AMANECE EL CANTOR, José Ángel Valente

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JOSÉ ÁNGEL VALENTE, No amanece el cantor, Tusquets, Barcelona, 1992, 122 páginas.

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Un hombre lleva las cenizas de un muerto en su pequeño atadijo bajo el brazo. Llueve. No hay nadie. Anda como si pudiera llevar su paquete a algún destino. Se ve andar. Se ve en una paramera sin fin. Al término, el ingreso devorador lo aguarda del ciego laberinto.

ARDEN LAS PÉRDIDAS, Antonio Gamoneda

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ANTONIO GAMONEDA, Arden las pérdidas, Tusquets, Barcelona, 2003, 128 páginas.

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Puse mis manos en un rostro y las retiré heridas por el amor.
Ahora,

el olvido acaricia mis manos.

CORNELIA FRENTE AL ESPEJO, Silvina Ocampo

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SILVINA OCAMPO, Cornelia frente al espejo, Tusquets, Barcelona, 1988, 232 páginas.

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EL ZORZAL

   A mi rey del bosque cordobés le gustaba comer carne cruda, le gustaba imitar el ruido que hace un trapo cuando limpia los vidrios de las ventanas: ése era su canto y por eso dejé que se fuera y adopté un zorzal cordobés, recién nacido, que no aceptó la libertad, por más que se la brindara con la jaula abierta. No quiso dejarme: fue su tiranía. En vano le enseñaba a volar, lanzándolo al aire. En su vuelo más prolongado se posó un día en el techo de la casa. Volvió y corrió a mis pies, buscando su cautiverio. Así vivió, como un perro con alas, que me seguía hasta el fondo de la casa y que salía al jardín cuando yo salía. A mí todo esto me perturbaba. Lo llevé a San Isidro. Me ocupaba de él. Le hablaba. Abría la jaula. El zorzal salía, pero nunca se escapaba. Y qué hubiera hecho, yo pensaba, entre pájaros desconocidos y extranjeros. ¿Cómo viviría entre árboles?. Siempre me preocupaba las vidas de los animales como si fuesen de mi especie. Mi padre se enfermó gravemente en mi casa, y yo pensé que era por culpa del zorzal. Por una semana dejé de verlo y me fui a San Isidro. Cuando lo visité quiso clavarme el pico en la mano. Tanta furia me espantó. No podía reconciliarme con él. Tres días después volví. Había abierto los barrotes de la jaula y se había ido. Miré al cielo y pensé que no volvería a tener un zorzal porque no volvería a recuperar la amistad de ese único zorzal, que me torturaría con su canto todos los veranos. 

EL PRIMER TRAGO DE CERVEZA Y OTROS PEQUEÑOS PLACERES DE LA VIDA, Phillipe Delerm

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PHILLIPE DELERM, El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, Tusquets, Barcelona, 2001, 104 páginas.

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IR A COGER MORAS

   Es un paseo que se da con viejos amigos, al final del verano. Se acerca la vuelta al trabajo, pocos días después todo volverá a empezar; así que resulta agradable ese último garbeo ya con efluvios de septiembre. No es menester invitarse, ni comer juntos. Basta una llamada, a primera hora de la tarde del domingo.
   —¿Os apetece venir a coger moras?
   —¡Hombre, precisamente os lo íbamos a pro­poner!
   El sitio es siempre el mismo, a lo largo del camino en la linde del bosque. Las zarzas cada año están más frondosas e impenetrables. Las ho­jas tienen ese verde mate, profundo; los tallos y espinas, esa tonalidad vinosa que se asemeja a los propios colores del papel vergé con el que se encuadernan libros y cuadernos.
   Cada cual va provisto de una caja de plástico especial para que no se chafen las bayas. Todos empiezan a coger sin demasiado frenesí, sin de­masiada disciplina. Bastarán dos o tres tarros de confitura, que no tardarán en saborearse en los desayunos de otoño. Pero el máximo placer es el del sorbete. Un sorbete de moras consumido la misma noche, un dulzor helado en el que duer­me el último sol relleno de frescor oscuro.
   Las moras son pequeñas, de un negro ruti­lante. Pero mientras se cogen prefiere uno probar las que todavía conservan algún grano rojo, un sabor acidulado. No tardan en manchársenos las manos de negro. Nos las restregamos mal que bien en las hierbas amarillentas. En la linde del bosque, los helechos se tiñen de rojo, y sus cur­vilíneas sumidades llueven sobre las perlas mal­vas de los brezos. La conversación discurre sobre cualquier cosa. Los críos se ponen serios, evocan su temor o su deseo de que les toque tal o cual profe. Porque el regreso al trabajo gira en torno a ellos, y el camino de las moras tiene un sabor a escuela. La carretera es suave, apenas ondulada: es una carretera hecha para conversar. Entre dos chaparrones, la luz reavivada se presenta aún cá­lida. Hemos cogido las moras, y con ellas nos hemos llevado el verano. En la pequeña curva de los avellanos, nos deslizamos hacia el otoño.

EFIGIES, Cristóbal Serra

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CRISTÓBAL SERRA, Efigies, Tusquets, Barcelona, 2002, 248 páginas.

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En Notas para un prefacio (pp. 9-11) Serra proclama su concepto de aforismo: "la poesía, que el verso ofrece en estado líquido, se solidifica al pasar a ser aforismo. Según entiendo el aforismo, su carácter específico consiste en la solidez poética. Para emplear un símil, yo diría que se trata de un monolito poético". Preceden a la antología de cada autor unas muy meditadas notas que presentan su obra. 
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Soy impreciso como el mar, semejante a aquel que no tiene donde asirse.
Lao-Tsé
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La dicha es leve como pluma y no llegas a sentirla. La desdicha es más pesada que la Tierra y librarse de ella no es fácil.
Chuang-Tsé
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Por mucho que andes, y aunque paso a paso recorras todos los caminos, no hallarás los límites del alma.
Heráclito
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Lo que no beneficia al enjambre, tampoco beneficia a la abeja.

Marco Aurelio
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El desvanecimiento es un mensajero de la muerte.
Ramón Llull
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Los halagos
La sirena canta con tanta dulzura, que invita a los marinero al sueño. Después se sube a los barcos y mata a los marineros dormidos.
Leonardo da Vinci
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El necio no ve el mismo árbol que ve el hombre sabio.
William Blake
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Si quieres que resuene en tu interior la palabra eterna, es preciso ante todo purgarte de toda inquietud.
Angelus Silesius
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La imaginación no hace sabios a los locos, pero los hace felices, todo lo contrario que la razón que no arranca a nadie de su miserable condición.
Pascal
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La verdad es un error abandonado, al igual que la salud es una enfermedad superada.
Novalis
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La crítica es la tasa que el público impone a los hombres eminentes.
Johnathan Swift
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Crees que persigo lo raro porque no conozco lo bello. Pero no es así, si aparezco persiguiendo lo raro es porque tú no conoces lo que es bello.
Lichtemberg
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Cabe esperarlo todo y temerlo todo del tiempo y de los hombres.
Vauvenargues
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La muerte te llenará de tierra la boca.
Joseph Joubert
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Vivir es una enfermedad de la cual el sueño nos alivia cada dieciséis horas.
Chamfort
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La crueldad es uno de los placeres más antiguos de la humanidad.
Friedrich Nietzsche
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La historia es una petrificación.
Charles Péguy
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La miseria es como el Diablo. Cuando hace un cautivo, lo rodea de excremento.
Léon Bloy
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El ojo escucha, pero la voz ve.
Paul Claudel
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El olor de una concha putrefacta basta para acusar a todo el mar.
Jules Renard 
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Debemos leer a grandes sorbos en la copa de la Quimera.
Giovanni Papini
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La música pasa: el silencio queda.
José Bergamín
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Saber es ir llenando de cajas vacías el desván de la ilusión.
Juan Ramón Jiménez
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Su conciencia estaba limpia. Nunca la había utilizado.
Stanislaw Jerzy Lecz
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La holganza es un alimento, lo mismo que el sueño.
Chesterton
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Las sábanas de un libro. Las páginas de una cama.
Carlos Edmundo de Ory