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SOBRE EL AMOR, Carl Gustav Jung

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CARL GUSTAV JUNG, Sobre el amorTrotta, Madrid, 2018, 96 páginas. Traducción de Luciano Elizaincín.
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Mientras se sienta el contacto, la atmósfera de confianza natural, no habrá peligro; e incluso si hay que mirar a los ojos al terror de la locura o a la sombra del suicidio, subsiste esa esfera de fe humana, esa certeza de comprender y ser comprendido, por más negra que sea la noche.
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La situación psíquica del individuo en nuestros días está tan amenazada por la publicidad, la propaganda y otros consejos y sugestiones más o menos bienintencionados, que debe ofrecérsele al paciente, por lo menos una vez en su vida, una relación en la que no aparezcan los tan repetidos «se debería, se tendría que» (y otras confesiones de impotencia por el estilo).
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En el sentido más profundo todos nosotros no soñamos desde nosotros, sino desde aquello que se encuentra entre nosotros y los demás.
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Si usted no desea arruinarse moralmente, solamente existe una pregunta, a saber: ¿qué carga tiene que soportar usted mismo para tomarse a pecho la necesidad del prójimo?
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Para ser consciente de mí mismo debo poder diferenciarme de los otros. Únicamente donde existe esta diferenciación puede tener lugar una relación.

LUZ SOBRE LUZ, Luce López Baralt

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LUCE LÓPEZ-BARALT, Luz sobre Luz, Trotta, Madrid, 2014, 140 páginas.

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Seyyed Hossein Nasr señala en el Prefacio (pp. 9-12) las huellas del sufismo en la poesía mística española. Cuando leemos los poemas de Luce López-Baralt, dice, «parecería que escuchamos la música de la guitarra y el cante flamenco clásico», pero a la vez es evidente «la presencia soterrada de un universo espiritual islámico». En las Palabras preliminares (pp. 13-14) la autora recoge la opinión de José Ángel Valente sobre el umbral del místico, situado entre «la imposibilidad de decir y la imposibilidad de no decir», para acabar confesando que este libro es el resultado de «la imposibilidad de no callar».
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Aspiré a ser Tu espejo
pero me convertiste
         en Tu propio rostro.

MICROLITOS, Paul Celan

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PAUL CELAN, Microlitos. Aforismos y textos en prosa, Trotta, Madrid, 2015, 424 páginas.

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La asociación de los expulsados de su pais. Habría que fundar sin duda la asociación de los expulsados del mundo.
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Construir casas, por encima de la desesperación. Un techo. Para eso.
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Sobre las propias ruinas se alza y tiene su esperanza el poema.
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La camisa de fuerza de la comodidad.
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Quien verdaderamente aprende a ver, se acerca a lo invisible.
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Solo el incomprendido comprende a los otros.
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Enseña a los peces el lenguaje de los anzuelos.
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En la poesía no se espera la señal cuando se telefonea.

RUBAYAT, Abusaíd Abuljair

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ABUSAÍD ABULJAIR, Rubayat, Trotta, Madrid, 2003, 96 páginas.

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En Sobre el Sheij Abusaíd Abuljair Que la pad divini esté con él (pp. 17-33), Farid ud-Din Attar escribe: "En la pobreza, anodadamiento y sufrimiento alcanzó un altísismo grado". En el Preliminar (pp. 11-16) Clara Janés y Ahmad Taherí, traductores de los poemas seleccionados por Mohsén Emadí, trazan la biografía de Abusaíd Abuljair (967-1043), fascinado ya desde niño por la espiritualidad sufí. 
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La mitad de tu rostros: "¿Lejos he partido?"
La otra mitad: "Existe un castigo."
Escrito alrededor: "la vida doy, la vida quito."
"Quien muere de amor, muere en el martirio."

KOJIKI. CRÓNICAS DE ANTIGUOS HECHOS DE JAPÓN

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Kojiki. Crónicas de antiguos hechos de Japón, Trotta, Madrid, 2008, 288 páginas.

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Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla son los encargados de la traducción e introducción (pp. 13-40) de la que no sólo es "la obra conservada más antigua de Japón", sino también "el primer exponente de [su] conciencia histórica (..), de su despertar como pueblo". En sus páginas se narran "las tradiciones nacionales desde la edad mítica de los dioses hasta el reinado de la emperatriz Suiko (593-628)".

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EN EL PAÍS DE LAS TINIEBLAS

   El dios Izanagi añoraba tanto a su fallecida esposa que decidió partir en su busca. Se dirigió, por tanto, al País de las Tinieblas llamado Yomi. Cuando llegó, al ver que su esposa le abría las puertas del palacio de ese país, le dijo:
   —¡Ah, mi bella y amada esposa! El país que construimos juntos todavía no está del todo terminado. Vamos, regresa conmigo al mundo de los vivos.
   Su esposa, Izanami, le respondió:
   —¡Qué pena que no hubieras podido venir antes...! Pero ya he probado la comida de esta regió tenebrosa. Aun así, me siento agradecida de que mi amado esposo haya venido a visitarme hasta aquí. Por eso, aunque mi deseo es regresar contigo, voy a consultar a los dioses de este mundo de las tinieblas. Mientras vuelvo, no se te ocurra mirarme.
   Con estas palabras, la diosa desapareció tras las puertas. Pero tardaba tanto en volver que el dios Izanagi no pudo esperar más. Rompió un diente grueso de la peineta con que se sujetaba su augusta coleta izquierda y le prendió fuego para alumbrarse. Cuando entró en el palacio, vio el cuerpo putrefacto de la diosa que rezumaba gusanos y despedía truenos.
   De su cabeza había nacido el Gran Trueno.
   De sus pechos, el Trueno del Fuego.
   De su vientre, el Trueno Negro.
   De sus genitales, el Trueno Hendidor.
   De su mano izquierda, el Trueno Joven.
   De su mano derecha, el Trueno de Tierra.
   De su pie izquierdo, el Trueno Retumbante.
   De su pie derecho, el Trueno Doblegador.
   En total, pues, habían nacido, ocho deidades de truenos.
   Cuando Izanagi vio a su esposa en tal estado, tuvo mucho miedo y emprendió la huida. Por su parte, Izanami le dijo:
   —¿Cómo te has atrevido a avergonzarme?
   E, inmediatamente, ordenó a las furias del País de las Tinieblas que lo persiguieran. Al verse perseguido, Izanagi se quitó la cinta negra, hecha de sarmientos, con que se sujetaba su augusto cabello, y la tiró. La cinta se transformó en racimos de uvas silvestres ante las cuales las furias se detuvieron para devorarlas. Así, el dios pudo seguir huyendo. Pero no tardaron sus perseguidoras en continuar tras él. Entonces, el dios rompió un diente de la pequeña peineta que llevaba en la coleta derecha de su augusto cabello, y lo tiró. El diente se transformó en un tallo de raíz de brotes de bambú ante los cuales las furias se detuvieron para devorarlos. Así, el dios pudo seguir huyendo.
   Tras eso, la diosa Izanami ordenó también a las Ocho Deidades de los Truenos y a los Mil Quinientos Guerreros del País de las Tinieblas que persiguieran a Izanagi. Éste, entonces, desenvainó la espada de diez palmos de larga que llevaba y siguió huyendo mientras la blandía con el brazo extendido hacia atrás. Pero como los seres tenebrosos no cejaban en la persecución, al llegar a la cuesta de Yomo-tsu-hira, situada en la frontera entre el mundo de los vivos y el País de las Tinieblas, tomó tres melocotones que había por allí y, cuando se acercaron sus perseguidores, se los lanzó. El ejército del País de las Tinieblas se retiró y huyó.
   Izanagi dijo entonces a los melocotones:
   —Así como vosotros me habéis salvado la vida, así yo os pido que cuando los mortales moradores del País Central de Ashihara sufran adversidades y conozcan momentos de dolor, los ayudéis del mismo modo.
   Y concedió a los melocotones el nombre de Oo-kamu-zu-mi-no-mikoto.
   Finalmente, la misma diosa Izanami en persona emprendió la persecución de Izanagi. El dios, al ver cómo se le acercaba, colocó una enorme roca, que sólo podían mover mil hombres, en medio de la cuesta de Yomo-tsu-hira, tapando así la entrada al País de las Tinieblas. Los dos dioses se quedaron, por lo tanto, uno a cada lado de la roca. Ahí intercambiaron las palabras de disolución del vínculo matrimonial. La diosa dijo:
   —¡Mi amado esposo! Si tú me haces esto, yo me encargaré de acabar cada día con mil personas del mundo de los vivos.
   —¡Mi amada esposa! Si tú me haces esto, yo me encargaré de construir cada día mil quinientas cabañas de parto.
   Fue así como por cada mil personas que mueren a diario, nacen el mismo día mil quinientas más.
   A Izanami se la llama también diosa Yomo-tsu. Es, además, conocida como [la diosa] Chi-shiki-no-o-kami, por haber perseguido al dios Izanagi. En cuanto a la gran roca que tapaba la entrada al País de las Tinieblas, recibió el nombre de [dios] Chi-gahesi-no-o-kami o también el de [dios] Yomi-do-no-o-kami. En cuanto a la cuesta de Yomo-tsu-hira, es la actual cuesta Ifuya situada en el país de Izumo.

POESÍA CLÁSICA JAPONESA [KOKINWAKASHŪ]

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Poesía clásica japonesa [Kokinwakashū], Trotta, Madrid, 2008 (2005), 180 páginas. Edición y traducción de Torquil Duthie.

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"El Kokinwakashū, usualmente abreviado a Kokinshū, es una colección de 1111 poemas, compilada por orden imperial en la capital Heian (Heiankyô, en tiempos modernos, Kioto) (...) a principios del siglo X". Así arranca una detallada introducción (pp. 9-41) que desgrana el contexto y las características de esta selección de 100 poemas inscritos en el molde del tanka que se presentan según criterios temáticos. El "prefacio en kana" que acompaña al original aparece aquí tras la traducción (pp. 153-166) "porque resulta más fácil de entender después de haber leído los poemas". A continuación, dos apéndices, el "Índice de poetas y biografías" y el "Índice de tópicos estacionales", sumados a una bibliografía, se encargan de configurar el cierre del libro.

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Compuesto antes de morir

¿Por qué pensé
que las gotas de rocío
eran efímeras?
Sólo porque yo
no yazco sobre la hierba.

(Fujiwara no Koremoto)

tsuyu o nado / ada naru mono to / omoikemu / waga mi mo kusa ni / okanu bakari o