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TE VOY A HACER UNA AUTOCRÍTICA, Perroantonio

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PERROANTONIO (José Antonio Blanco), Te voy a hacer una autocrítica. Diccionario para entender a los humanos, Trama, Madrid, 2016, 120 páginas.

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Agnosticismo.-Apatía metafísica. Se manifiesta ocasionalmente como un ateísmo sin convicción y, más frecuentemente, como un teísmo abúlico, del modelo panteísmo gaseoso, que se caracteriza por ser confortable y no exigir compromiso litúrgico no económico. Como postura filosófica es el equivalente a reemplazar el queso por el tofu. A los agnósticos se les entierra siempre en terreno sagrado, por si acaso están equivocados y hay resurrección de los muertos.
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Amor.-Trastorno temporal de los sentidos que provoca alucinación sensorial, suspende el juicio y produce un sentimiento de afecto desmedido entre individuos extraños. Para los observadores ajenos es un fenómeno tan fascinante como la aurora boreal o una lluvia de estrellas. Nueve de cada diez veces se cura con un baño de realidad en forma de calzoncillos sucios, loción desmaquillante o conversación. Los casos graves se tratan con matrimonio.
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Aromaterapia.-Técnica místico terapéutica, que si bien no cura a los tontos, al menos hace que huelan bien.
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Conciencia.-Implante cerebral de código de comportamiento social que sólo reacciona en presencia de tres catalizadores: una cámara de vigilancia, una Biblia o una porra.
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Europarlamentario.-El concejal que sabía inglés.
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Vela.-Semáforo sexual femenino que indica predisposición al rollito. Si al cruzar el umbral el amante advierte que ella ha encendido velas aromáticas de colores, está de suerte. O eso, o ha cocinado pescado.

NO HAY TRES SIN DOS, Alejandra Díaz-Ortiz

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ALEJANDRA DÍAZ-ORTIZ, No hay tres sin dos, Trama, Madrid, 2014, 128 páginas.

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CARRUSEL

   Al amor no hay que darle muchas vueltas.
   Tan solo admite dos.
   Sí o no.

AL FONDO SE ESCUCHA EL RUMOR DEL OCÉANO, Guillermo Samperio

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GUILLERMO SAMPERIO, Al fondo se escucha el rumor del océano, Trama / Ediciones de Educación y Cultura, México, 2013.

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AL FONDO SE ESCUCHA EL RUMOR DEL OCÉANO

   Ella va atravesando la bruma. Supone que si alguien pudiera distinguirla en este vaho sombrío, diría que entre la estopa de bruma va pasando una viuda. Su lentitud atendería menos a las dificultades de abrirse paso en el velamen neblinoso por el que se interna vestida con sólo su suéter delgado de hace años, el amarillo. Los jeans que compró en la tienda de remates de ropa usada. Los tenis guindas de su último marido.
   Esta pausa apesadumbrada más bien podría atribuirse a los costales de basura que aún sostengo por tantos años de errores repetidos. Los tres hombres en mi vida han sido un eco del anterior y sus hijos, siempre dos varones, iguales a ellos. Nada más espejos del eco.
   La amargura se desfiguró años atrás. Si hay algo más fuerte que la amargura, también me la bebería como lo hice con las barcazas de whisky que me tomé. Botella a botella con los Daniels y Billies que pasaron por mi cuerpo como un viento arremolinado de ecos. El primero se ahorcó en la cárcel, otro —quien me regaló la .38— está ingresado en el manicomio del puerto. Al último lo acabo de matar a balazos. No recuerdo ya el motivo del altercado. Pero un día cualquiera lo iban a matar. Cuando lleguen a casa, si llegan, ninguno de sus dos hijos podrá reconocerle la cara. Casi no le quedó cabeza. Si estuviera vivo seguro que no me reclamaría nada. Lo conozco muy bien.
   Pero no me quejo, creo que nací para acostarme con esos hijos de puta que nadie quiere, ni sus madres ni los hospitales. Al ahorcado lo corrieron del hospital todavía en la congestión alcohólica. Acoso sexual a dos enfermeras fue lo que me dijeron cuando los policías le desataban del pescuezo el cinturón. Soy, en rigor, como me gritaba mi padre, una nómada de los colchones hogareños donde he hecho el juego de vivir una vida decente. Como las de mis vecinas que no me dirigen la palabra hace no sé cuánto tiempo. Y luego otro juego de vida decente, de un eco a otro. Aunque parí seis hijos de perra, soy desierto.
   Poco a poco se va atenuando la bruma. Al fondo hay luces rojas y azules. Cuando la mujer del delgado suéter amarillo deja atrás el último hilacho de niebla, advierte con claridad letras en azul y rojo. Mira hacia la enorme lata de Budweiser que gira en la azotea del paradero. Llega hasta la puerta de dos hojas, empuja una y entra. Sus ojos se hacen rendijas ante las luces desproporcionadas del sitio. Camina por un pasillo que ha recorrido un centenar de veces. Con clara habilidad, la mujer toma con una mano dos botellas de whisky. Regresa sobre sus pasos hasta donde está el hombre que lee un diario, acodado sobre el mostrador y levanta la cabeza. Con la otra mano, la mujer saca la .38 y apunta a la frente del hombre, quien se acomoda los lentecillos con el dedo índice.
   —Éstas me las llevo, Richie —dice ella—, por todo lo que has ganado conmigo.
   —Está bien, Evelyn —dice Richie—; te las has ganado a pulso, sí señor.
   La mujer de pelo rubio entrecano va hacia la salida.
   —Evelyn —escucha a sus espaldas—: llévate esta caja de cartuchos. No vaya a ser que los necesites. No puedes ir por la bruma con un arma vacía.
   Evelyn empuja con el codo una de las hojas de la puerta. Al fondo de la oscuridad escucha el rumor del océano.

PIZCA DE SAL, Alejandra Díaz-Ortiz

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ALEJANDRA DÍAZ-ORTIZ, Pizca de sal, Trama, Madrid, 2012, 128 páginas.

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VIENTO SURESTE

   Se licenció de físico con honores. Gracias a ello, se hizo con una excelsa beca en la mejor universidad del viejo continente. Destacó como el mejor estudiante extranjero en el doctorado de Ciencias de la Atmósfera.
   Trabajó duro hasta convertirse en el más reputado de todos los meteorólogos del país y países circunvecinos. En la televisión consiguió lo imposible: pasar de una simple intervención en el noticiero, de apenas treinta segundos, a tener su propio programa nocturno en horario prime time.
   Justo es decir que su sonrisa, belleza y buena voz, contribuían a mantener una generosa audiencia femenina. Eso sin contar con los hombres del campo que tenían mucha confianza en sus predicciones. No se le recordaba fallo alguno.
   Sin embargo, siempre hay un sin embargo, a pesar de su muy valorada precisión, el atinado hombre del tiempo era incapaz de prever lo que le esperaba en casa.
   Por la luz que traspasaba la ventana, sospechó que esa noche cenaría siroco.

CUENTOS CHINOS, Alejandra Díaz-Ortiz

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ALEJANDRA DÍAZ-ORTIZ, Cuentos chinos, Trama, Madrid, 2009, 92 páginas.

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Luis Eduardo Aute firma un breve prólogo (pp. 5-7) en el que relaciona este conjunto de hiperbreves con los "universos transgresores de Borges, Cortázar, Galeano...", a la vez que destaca su "escritura clara, directa, coloquial", que rezuma "un sentido del humor muy gratificante".

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BODAS DE PLATA

—Cariño, ¿y tú, todavía me quieres?
Su cariño le miró de soslayo. Terminó de poner la cadena para sacar a pasear al viejo y aburrido Blacki, el fox terrier que ladraba a sus soledades desde hacía años. Fue el regalo que Luis le dio a Pilar en su décimo aniversario de casados, cuando aún no era necesario hacer preguntas.