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LA TRAYECTORIA DE LA LUZ, Diana Aradas

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DIANA ARADAS, La trayectoria de la luz, Torremozas, Madrid, 2017, 96 páginas.

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SILENCIO INVERNAL

Buscas la aguja de coser
que cierre la herida 
azul del frío.

GLORIERÍAS (PARA QUE OS ENTERÉIS), Gloria Fuertes

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GLORIA FUERTES, Glorierías (para que os enteréis), Torremozas, Madrid, 2001, 160 páginas.

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Presumid de no presumir.
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Hay que humanizar a la humanidad.
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La patria no es una bandera
ni una pistola.
La patria es un niño que nos mira.
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La vejez es la niñez de la muerte.
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Escribir poesía 
es una manera de rezar.
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Los pulmones 
de los fumadores
llevan vida de perros
y ladran por las noches.
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Para saber de mí
tenéis que ir a mis raíces
y mis raíces están arriba.
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Nunca nos morimos la víspera.

EL PIE DE KAFKA, Bibiana Candia

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BIBIANA CANDIA, El pie de Kafka, Torremozas, Madrid, 2015, 74 páginas.

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EL PIE DE KAFKA

   Iba a estudiar a la gran ciudad. Mi tía me esperaba en la estación. La había visto una, vez, estando de visita en la ciudad con mi padre. Ahora apenas la reconocía.
   Fue ella Ia que me salió al paso y se colgó de mi cuello, con la retórica habitual de un adulto familiar que encuentra a un joven preguntó atropelladamente por mi familia, me encontró altísimo, ¡hecho un hombre! y con los mismos ojos de mi madre. Nunca sé qué decir en estos casos, las palabras suenan tan vacías que no estimo que haya respuesta que se ajuste más que una fórmula sin significado, así que sólo sonreí y bese su mano.
   La acompañaba su criado Emil, un chico que no tendría más de catorce años, le ordenó que cogiese mi baúl y lo llevase al coche, se lo dijo en un tono radicalmente distinto al que acababa de utilizar para dirigirse a mí.
   Salimos de la estación y el coche estaba estacionado justo .en ffen, te, el chófer sujetaba la puerta, para ayudar a mi tía, y Emil ya estaba cerrando el portaequipajes. Durante el trayecto fue todo el tiempo repitiendo las preguntas de antes, sin dejarme espacio para colocar la respuesta, se contestaba ella misma o simplemente se reía como una soprano y me cogía por la barbilla.
   Mi tía era ese tipo de mujer que vive su vida como un teatro o una opereta. En el asiento delantero el chófer y Emil, eran como dos partes más del automówil, dos nucas inmóviles mirando al frente.
   Cuando llegamos mi tía me llevó a mi habitación, un cuarto sencillo que daba al jardín de invierno, un escritorio, una cama, una cómoda y un armario. Decepcionante para un chico que venía a la gran ciudad con expectativas puestas en la hermana de su padre, viuda de un terrateniente. Quedamos en que desharía mi equipaje, me daría un baño y luego los dos tomaríamos el té. Aún faltaba una semana para empezar las clases y ella quería presentarme a algunas familias que tenían hijos de mi edad, para que fuera haciendo mis primeras amistades. Me quedé solo con mi baúl, me senté en la cama mirando alrededor, es verdad que el cuarto no era gran cosa, parecía más bien la habitación de una vieja difunta, pero era para mí sólo. Una cama grande con un cuadro de la última cena en la cabecera y encima de la cómoda una estampa del martirio de San Esteban. 
   Asomó al cuarto una criada para decir que había un baño preparado para mí, que cuánto había crecido, que estaba hecho un hombre y que tenía los mismos ojos de mi madre. Sonreí. 
   Desnudándome pensaba cuántas veces aún tendría que escuchar los mismo comentarios durante los próximos días. Por fin, mi primer baño sin compartir el agua con mis dos hermanos, sin prisas y en privado. Es verdad que mi tía parecía un poco extravagante en sus formas, pero seguramente en cuanto empezasen las clases y todo se asentase encontraríamos un modo de adaptar nuestras propias rutinas. Supuse que era normal este entusiasmo los primero días. Me di cuenta mientras me secaba de que la ventana del cuarto de baño daba también al jardín de invierno, justo encima de la puerta por donde los criados entraban a la casa. 
   Sentados en el suelo, Emil y otro chico compartían un cigarrillo. 
   —Parece un tonto, le hablan y sólo sonríe. Fuimos a buscarlo a la estación, la señora le preguntaba por su familia, por sus cosas y él sólo sonreía, parecía un alelado.
   —¿Y dónde va a dormir? 
   —En el viejo cuarto de las criadas, la señora ya lo dijo, si lo pusiéramos en uno de los buenos en dos días olvidará de dónde viene y se pondrá insoportable. Seguí espiando las conversaciones de los criados desde la ventana del cuarto de baño, hasta el día, seis años más tarde, en que me marché de aquella casa. El desprecio, un insecto parásito que infectaba todo mi alrededor por aquellos días, me clavó su aguijón en el pecho de tal modo, que la cicatriz aún supura algunas veces.

LAS TRAPECISTAS NO TENEMOS NOVIO, Bibiana Candia

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BIBIANA CANDIA, Las trapecistas no tenemos novio, Torremozas, Madrid, 2016, 72 páginas.

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PASEN Y LEAN

   De las mujeres de mi familia he heredado las canas prematuras y una tendencia sádica a sentarme en el borde de las sillas. Puede parecer un gesto inocente de feminidad antigua, pero aparte de sobrecargar considerablemente las lumbares y los gemelos, oculta el placer siniestro de sentirse al borde del abismo, de no permitirse nunca descansar del todo.
   Mi abuela y sus hermanas pertenecen a esa generación en la cual ser limpia y servicial estaban en el máximo de las aspiraciones para una mujer de familia humilde. Vivir alerta de lo que los demás pudiesen necesitar era en cierto modo dignificarse, y ser pulcra, tanto en la casa como consigo mismas, significaba quitarse de encima la asociación perversa de pobreza y mugre.
   La memoria puede estar en cualquier parte y yo guardo su sentido de alerta en la base misma de la columna vertebral, así que cuando me sorprendo a mí misma sentada como todas ellas, recuerdo que yo no tengo que servir a nadie. De modo que aunque esté incómoda mantengo la postura, porque sólo así soy consciente hasta los huesos, de que no hubiese llegado hasta aquí si no me hubiese mantenido siempre en tensión. 

PUNTERÍAS, Irene G Punto

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IRENE G PUNTO, Punterías, Torremozas, Madrid, 2014, 94 páginas.

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Olvido brindar.
Mendigo querer.
Dudo de estar.
Disimulo ser.

Ilustración: Jeff Benefit

NEGATIVOS, Lorena Escudero

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LORENA ESCUDERO, Negativos, Torremozas, Madrid, 2015, 118 páginas.

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SÍNDROME DE ESTOCOLMO I

   Tras horas de intenso maquillaje, la princesa estaba lista para esperar en la ventana de la torre más alta del castillo. Solo habían pasado algunos minutos cuando apareció a caballo el primer príncipe que acudía en su rescate aquel día. Presurosa, se dispuso a afilar los cuchillos. Hoy el dragón había salido.

TERRESTRE OCÉANO, Tere Susmozas

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TERE SUSMOZAS: Terrestre océano, Ediciones Torremozas, Madrid, 2015, 124 páginas.

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LA PLENITUD DEL CÍCLOPE

   Esto es la ciudad de los cíclopes.
   Sin duda, un cíclope está siempre satisfecho. Allí donde posa su vista, eso es lo que llena todo su ser. Ni lo que sucede a su derecha, ni lo que acontece a su izquierda, inquieta su estado de ánimo.

IMPRESIONES DEL BIERZO, María Concepción Hernández

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MARÍA CONCEPCIÓN HERNÁNDEZ, Impresiones del Bierzo, Torremozas, Madrid, 2004, 96 páginas.


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"Captar o intentar captar con palabras la belleza de todo lo que nos rodea, desde la más insignificante brizna de hierba a la grandeza de un amanecer, es una empresa arduo difícil; y, sin embargo, nos atrevemos a intentarlo". Con esta premisa presenta la autora una colección de instantáneas que, vestidas con el traje del haiku, buscan ser representativas de la realidad paisajística del Bierzo. Además, Xosé Luís Martínez Allegue se encarga de volcar estos breves poemas al gallego, enriqueciendo así esta edición bilingüe.

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Ardiente 
es la piel del hombre. 
Noches de invierno.