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EL SILENCIO EN LA ERA DEL RUIDO, Erling Kagge

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ERLING KAGGE, El silencio en la era del ruido. El placer de evadirse del mundo, Taurus, Barcelona, 2017, 176 páginas.

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Erling Kagge, aventurero y editor noruego, comparte breves reflexiones para acercarse a responder, desde la indagación y la sugerencia, preguntas fundamentales que él mismo se plantea sobre el silencio: “¿Qué es el silencio? ¿Dónde está? ¿Por qué es más importante que nunca?”
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III

   Cuando iba camino del Polo Sur me imaginaba que «el hombre» cuya cara vemos en la luna estaba mirando la Tierra. Ninguno de los ruidos de nuestro planeta puede recorrer los trescientos noventa mil kilómetros que nos separan de él, pero él sí que podía ver nuestro planeta y dirigir la vista hacia el sur. Allí observó a un tipo con un anorak azul que se iba adentrando cada vez más en el hielo, hasta que llegaba la noche y montaba una tienda. Al día siguiente, se repetía la operación. Veía al esquiador caminar en la misma dirección semana tras semana. El hombre de allá arriba debía de pensar que estaba loco. La idea me desanimó un poco mientras caminaba en medio de aquella soledad.
   Un día, ya entrada la tarde, un poco antes de parar de esquiar para montar la tienda levanté la vista al cielo e imaginé que ese hombre de la luna desviaba la mirada hacia el norte. Allí descubría miles, por no decir millones de personas que salían de sus casas diminutas por la mañana para meterse en un atasco que podía durar unos minutos o una hora. Como una película muda. Luego llegaban a un gran edificio. Permanecían allí ocho horas, o diez o doce, delante de unas pantallas, antes de volver por el mismo atasco a la misma casa diminuta. Una vez allí, cenaban y veían las noticias en la tele, cada noche a la misma hora. Año tras año.
   De pronto pensé que, con el tiempo, la única diferencia sería que los más afanosos podrían volver a una casa un poco más grande que las de los demás. Cuando me quité los esquís para acampar por la noche, me sentía más sereno y más satisfecho.

LA PROVINCIA DEL HOMBRE, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972, Taurus, Madrid, 1982, 336 páginas.
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Los días se distinguen, pero la noche tiene un solo nombre.
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En la oscuridad las palabras pesan doble.
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Algunas frases no empiezan a soltar su veneno hasta al cabo de años.
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La maldición del tener que morir debe ser transformada en bendición: que uno pueda morir cuando vivir es insoportable.
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Ya no hay grandes palabras. La gente, de vez en cuando, dice «Dios», simplemente para pronunciar una palabra que una vez fue grande.
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Las almas de los muertos están en los otros, los que han quedado, y allí se van muriendo del todo, lentamente.
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Una idea que me tortura: que todos los dramas hubieran tenido lugar ya y que lo único que cambiaran fueran las máscaras.
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Sólo es bueno odiarse de vez en cuando, no demasiado a menudo; si no, uno se encuentra con que vuelve a necesitar mucho odio contra los demás para equilibrar el odio que se tiene a sí mismo.
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Las ciudades en las que uno ha vivido se convierten en barrios de la ciudad en la que uno muere.
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Un dolor tan grande que uno ya no lo relaciona consigo mismo.
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Siempre estamos diciendo lo mismo, pero lo terrible es que tengamos que decirlo.
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Palabras, llenas de sangre como chinches.

LA TENTACIÓN DE EXISTIR, E. M. Cioran

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E. M. CIORAN, La tentación de existir, Taurus, Barcelona, 2000, 208 páginas.
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El volumen, traducido por Fernando Savater, se compone de once capítulos; el penúltimo, que lleva por título Furores y resignaciones, lo integran breves reflexiones.
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CONTAGIO DE LA TRAGEDIA

   No es piedad, es envidia lo que nos inspira el héroe trágico, suertudo, cuyos sufrimientos devoramos, como si fuesen nuestros de derecho y él nos los hubiese sustraído. ¿Por qué no intentar volver a cogérselos? De cualquier forma, estaban destinados a nosotros... Para asegurarnos mejor, los declaramos nuestros, los engrandecemos y les damos proporciones desmesuradas; él, por mucho que se agite o gima ante nosotros, no conseguirá conmovernos, pues no somos sus espectadores, sino sus competidores, sus rivales en el patio de butacas, capaces de soportar sus desdichas mejor que él: tomándolas por nuestra cuenta, las exageramos más allá de sus posibilidades en escena. Provistos de su suerte y corriendo hacia la derrota más rápidamente que él, le dedicamos todo lo más una sonrisa superior, mientras que nos reservamos para nosotros solos, los méritos de la falta o del asesinato, del remordimiento o de la expiación. ¡Qué poca cosa es a nuestro lado y cuán vulgar nos parece su agonía! ¿Acaso no estamos cargados con todos sus dolores, no representamos la víctima que él quería encarnar sin lograrlo? Pero, ¡oh, irrisión!, finalmente ¡es él quien muere!

REPERTORIO DE VITUPERIOS MUSICALES, Nicolas Slonimsky

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NICOLAS SLONIMSKY, Repertorio de vituperios musicales, Taurus, Barcelona, 2016, 304 páginas.

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Si no se te ocurre nada agradable qué decir, ven a sentarte a mi lado. En esta introducción (pp. 9-15) que firma Peter Schickele queda claro lo que el lector encontrará en este «recorrido venenoso por la música clásica»: críticas agresivas y despiadadas sobre músicos de 1800 a 1950.  
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Descubrimos que la Novena sinfonía de Beethoven dura exactamente una hora y cinco minutos; una cantidad de tiempo aterradora desde luego, que somete a una dura prueba tanto a los músculos y los pulmones de los músicos como a la paciencia del público [...]. El último movimiento, una coral, es heterogéneo. La relación que guarda con la sinfonía es algo que no pudimos percibir; y aquí, así como en otras partes, la fata de una forma inteligible es demasiado evidente.
 The Harmonicon, Londres, abril de 1825
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El único personaje de Carmen que despierta cierto interés es don José, pero dicho interés se viene abajo tras el crimen brutal y estúpido que supone el clímax y el final de la obra. Hemos visto que, en algunas reseñas anteriores, se hace hincapié en que el compositor de esta ópera es el yerno de Halévy. Pero más allá del hecho fisiológico de que el genio no se transmite a los yernos, ¿habría tenido alguna importancia que le relación entre Bizet y el compositor de La judía hubiera sido más directa? [...] En cualquier caso, Carmen debe juzgarse por sus propios méritos, que son muy escasos. No es más que una compilación de coplas y canciones [...] y desde el punto de vista musical, lo cierto es que no es muy superior a las obras de Offenbach. Como obra de arte, es inexistente.
 The New York Times, 24 de octubre de 1878
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El Réquiem de Brahms no porporciona el verdadero palcer que ofrecen los funerales; es tan execrable y pesadamente aburrido que incluso el funeral más soso que pueda concebirse parecería un ballet, o al menos una danza macabra, a su lado.
George Bernard Shaw, The World, Londres, 21 de junio de 1893.
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Tannhäuser no es una pieza meramente polifónica, sino policacofónica.
Musical World, Londres, 13 de octubre de 1855.


DE LA SABIDURÍA EGOÍSTA, Francis Bacon

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FRANCIS BACON, De la sabiduría egoísta, Taurus, Madrid, 2012, 112 páginas.

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DE LA DEFORMIDAD

   Las personas deformes generalmente están niveladas con la naturaleza; porque si la naturaleza ha obrado mal debido a ellas, eso hacen ellas debido a la naturaleza, siendo en la mayoría (como dicen las Escrituras): carentes de todo afecto natural; y así se vengan de la naturaleza. Verdad es que hay cierta armonía entre el cuerpo y el espíritu; y cuando la naturaleza se equivoca en uno se arriesga en el otro: Ubi peccat in uno, periclitatur in altero. Pero debido a que el hombre tiene elección tocante al armazón de su espíritu, y necesidad en el armazón de su cuerpo, las estrellas de la inclinación natural están algunas veces oscurecidas por el sol de la disciplina y la virtud; por tanto es conveniente considerar la deformidad no como un signo que es más engañoso, sino como una causa que con frecuencia fracasa en el efecto. Quienquiera que tenga en su persona algo permanente que induzca a desprecio, tiene también en sí un acicate constante para hurtarse y librarse del menosprecio; por tanto, todas las personas deformes son extremadamente osadas; primero como en propia defensa al estar expuestas al desprecio pero, con el trascurso del tiempo, por sienten envidia hacia todos son más humildes y serviles; no obstante, la confianza en ellos depositada es más bien como espías y soplones que como buenos magistrados y funcionarios; y muy semejante a eso es la explicación de algunas personas deformes. No obstante, la base es que desean, si poseen cierta espiritualidad, verse libres del menosprecio, ya sea por medio de la virtud o de la malicia; y, por tanto, no hay que asombrarse si algunas veces demuestran ser personas excelentes; como fueron Agesilao, Zanger, el hijo de Solimán, Esopo, La Gasca, presidente de la Audiencia del Perú, y Sócrates, los cuales pueden contarse entre ellos juntamente con otros.

LA DISPERSIÓN, Eugenio Trías

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EUGENIO TRÍAS, La dispersión, Taurus, Madrid, 1971, 206 páginas.


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Escribir, pintar, crear o producir formas, máscaras: eso es vivir otra vez y a más altura... 
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El hombre inocente nunca escarmienta. Por eso no "madura" jamás.
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LA MUERTE. Un espacio en blanco, ese que separa, por ejemplo, un aforismo de otro.
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Escribir es aventurarse en la tundra, esa tundra del papel recién estrenado, nieve virgen a punto de salvarse.
¿Ved cómo avanza, ella, la pluma! 
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El espacio que separa un aforismo de otro es una invitación a olvidar.
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Una odisea en el espacio es mi vida, un dardo lanzado más allá del infinito.
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El hombre de teatro sabe acerca del cambio de papeles; a veces su profesión le devora y uno se pregunta. ¿Qué hay detrás...? 
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El pensamiento utópico se alimenta de la nostalgia de una "unidad perdida" que el futuro rescatará.

DEL INCONVENIENTE DE HABER NACIDO, E. M. Cioran

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E. M. CIORAN, Del inconveniente de haber nacido, Taurus, Madrid, 1981, 192 páginas.

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Se puede soportar cualquier verdad, por muy destructiva que sea, a condición de que sea total, que lleve en sí tanta vitalidad como la esperanza a la que ha sustituido.
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Las obras mueren; los fragmentos, como no han vivido, no pueden morir.
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A medida que los años pasan, decrece el número de seres con quienes puede uno entenderse. Cuando no haya ya nadie a quien dirigirse, seremos al fin tal y como se era antes de sucumbir en un nombre.
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La única confesión sincera es aquella que hacemos, indirectamente, al hablar de los otros.
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Cuando, furiosos por habernos habituado a nosotros mismos, empezamos a destetarnos, pronto nos damos cuenta que es peor, que odiarse refuerza aún más los lazos con uno mismo.
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Ser objetivo es tratar al prójimo como se trata a un objeto, a un muerto, es comportarse con él como un sepulturero.
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Hubo un tiempo en el que el tiempo no existía... El rechazo del nacimiento no es otra cosa que la nostalgia de ese tiempo anterior al tiempo.