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GATA NEGRA, Juan Naranjo García

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JUAN NARANJO GARCÍA, Gata negra, Talentura, Madrid, 2019, 88 páginas.

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Los 59 microrrelatos de Gata negra se presentan bien acompañados por el Microprólogo de Rosa Alonso y un epílogo, firmado por Manu Espada, en el que se destaca que "Juan Naranjo llega hasta nosotros como un autor que nos ofrece un punto de vista felino mirando al lector a los ojos, después de llegar hasta él sorteando obstáculos". 

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DEPARTAMENTO DE INFORMÁTICA

   Llamo a la puerta. Nadie responde pero aun así giro el picaporte. La iluminación es muy tenue, apenas entra luz salvo por dos ventanucos al fondo. Hay varias mesas y junto a cada ordenador uno de aquellos especímenes. Todos están pálidos e inmóviles. Les sonrío y les doy conversación, como hacía mi madre con las plantas de casa, pero aquí ninguno reacciona ante los estímulos. Comienzan a mecerse suavemente mientras paseo frente a ellos, gesticulo y cambio la entonación de mis palabras. Pero sigue sin haber respuesta. Apesadumbrado, me doy por vencido y salgo en busca de un remedio alternativo: una regadera y fertilizante. Al cerrar, puedo oír cómo vuelve a repiquetear en el ambiente el sonido de los teclados.

DISCORDANCIAS, Elena Casero

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ELENA CASERO, Discordancias, Talentura, Madrid, 2011, 158 páginas.

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EL PAÑUELO DE HILO

   Algunos lloran, sobre todo las señoras de buen corazón que se arrebujan en sus abrigos de pieles, tiritando de tristeza y enjugándose unas lagrimillas mientras observan la escena del mendigo destripado en medio de la calle, reteniendo el tráfico que lo rodea, atropellado frente a la puerta de la iglesia, protegido por un chucho desgreñado que no para de aullar.
   Tapándose la boca con un pañuelito de hilo dice una:
   —¡Qué lástima! Alguien debería llamar a la perrera.

MICROENCICLOPEDIA ILUSTRADA DEL AMOR Y EL DESAMOR, Ernesto Ortega

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ERNESTO ORTEGA, Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor, Talentura, Madrid, 2016, 172 páginas.

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Ordenados alfabéticamente por título, los más de cien relatos que componen las entradas de esta microenciclopedia se presentan acompañados por las ilustraciones de Nacho Gallego.

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BLANCO Y NEGRO

   El día que repusieron “Casablanca” en el cine de verano hacía tanto viento que a Humphrey Bogart se le voló el sombrero y fue a parar a la fila siete, justo en mis rodillas. No pude evitar ponérmelo. Cuando terminó la película el cielo se había vuelto gris. Un hombre que se ocultaba entre las sombras me sonrió. Llovía y por alguna ventana se escapaban las notas de un piano. Una chica me pidió fuego. Yo no fumaba, pero me entraron unas ganas irresistibles de encenderme un pitillo y llamarla muñeca. Desapareció en un Austin blanco. Paré un taxi y dije: “Rápido. ¡Siga a ese coche!”, pero la perdí. Al llegar a casa una mujer me esperaba sentada en el sofá con un vestido negro. Me quité el sombrero y lo dejé sobre la mesa. Cuando iba a besarla, me dijo: “Venga, cámbiate, que llegamos tarde a la cena”, y todo recuperó su aburrido color original.

VOCES PARA UN TÍMPANO MUERTO, Miguel Á. Zapata

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MIGUEL ÁNGEL ZAPATA, Voces para un tímpano muerto, Talentura, Madrid, 2016, 148 páginas.

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TIEMPO DE AGUA

   Tumbado sobre el colchón, oigo el primer borboteo del agua brotando desde puntos imprecisos en la unión de ciertas baldosas del suelo. Al inicial respingo (quién puede negar que los sonidos acuáticos generan siempre un movimiento de nuestras orejas, un átomo de memoria reptiliana) sucede siempre, al momento, un acomodo inmediato de mis músculos a la certeza de que nada se puede hacer ya.
   El nivel del agua sube, veloz en su bisbiseo. Hace flotar mis zapatillas como dos barquitos de tela, llega hasta el límite del colchón y anega pronto la mesita de noche. Deja naufragando un libro, mi reloj de cuarzo y la lamparita que se ahoga con una breve fiebre eléctrica. Asciende el agua con su urgencia incolora hasta mojar mi pijama, acariciar mi cuello y hacer flotar mis manos y mis pies. Yo no me resisto, entiendo que no se debe forzar lo que es inevitable, los bailes del azar.
   Mientras floto a ritmo pausado por la habitación inundada ya en una marea que se amista con el techo, siento la relajación propia del que no tiene responsabilidad alguna ante la fuerza irresistible de los fenómenos naturales. Nada puedo hacer, no, nada se me permite, anulado por este océano. Me dejo llevar por el tibio oleaje que desplaza como a medusas las sillas, una alfombra o las prendas de ropa que antes atestaban el perchero.
   Sólo cuando noto el límite de mis pulmones clamando oxígeno, advierto que no debo, no quiero morir: ahora tengo que preocuparme por algo más trascendente que cualquier problema cotidiano. Doy para ello un leve giro de pez (desganado casi, apenas una señal ligeramente convenida) y el paisaje marítimo de mi dormitorio comienza su rápida retirada hacia el suelo, recomponiéndose en un caos húmedo lo que antes flotaba amniótico, sonámbulo, hasta perderse nuevamente los últimos hilos de agua en su correspondiente resquicio de las baldosas.
   De nuevo sobre la cama, empapado y a merced de mi voluntad, siento otra vez el peso de las responsabilidades, esos deberes cotidianos que le hacen a uno temer tanto como desear un naufragio pequeño, una inundación de juguete.
   Algo irreversible, a fin de cuentas.

TODO ES MENTIRA, Xavier Blanco

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XAVIER BLANCO, Todo es mentira. Y sin embargo, Talentura, Madrid, 2015, 164 páginas.

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PAQUETES
A Susana Camps

   De la rutina insípida de su oficina se olvida pronto: el tiempo que tarda en llegar a casa. Con una sonrisa en los ojos apura las últimas zancadas, traspasa el umbral y abre el buzón. Nada. Hace meses que fantasea con ese último paquete. Meses construyendo, en el patio, la piscina, la isla y luego la palmera. Especula que, tal vez,  le han engañado. Que no importa. Que él ya es feliz. Que, acaso, solo necesite un poco de compañía. Que debería aceptar ese cachorro de dálmata que ofrece el vecino. Que, cualquier día, aparecerá el cartero con el paquete y, dentro, vendrá la sirena. Quizás mañana.

DE LO QUE QUISE SIN QUERER, Miguelángel Flores

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MIGUELÁNGEL FLORES, De lo que quise sin querer, Talentura, Madrid, 2014, 186 páginas.

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SOBRE VUELOS

   El día que el vendaval se llevó a Germán, la vida empezó a ser otra. Mamá se varó en el lamento de haberlo subido con ella a tender a la azotea. Y allí se quedó. Papá, que había salido a buscarlo, volvió con una grulla, dos palomas, una cometa y un racimo de globos descoloridos. Pero no era lo mismo. Germán había dejado un vacío muy grande difícil de llenar. A veces, asomados a la ventana, lo veíamos pasar volando. Lo llamábamos a gritos y él saludaba como si fuera en autocar.
   Una tarde otoñal el viento lo dejó en la puerta. Lo abrazamos todos. Menos papá, que se había ido de nuevo a buscar cosas que volaran. Germán había crecido un palmo y estaba despeinado. Nos contó cómo era el mundo, pero desde arriba. Altanero. Mamá seguía lamentándose de lo de la azotea. De nada servía que Germán diera saltos ante ella diciéndole que había aterrizado. No volvió a ser la misma. Él tampoco, se creía muy volátil. Y alardeaba de ello. Pero el que más cambió fue nuestro padre, que nunca regresó y nos conformamos con un señor que vivía enfrente. Y no se parecía en nada.

LA LLAVE DORADA, Carlos Almira Picazo

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CARLOS ALMIRA PICAZO, La llave dorada, Talentura, Madrid, 2014, 178 páginas.

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EL TESTIGO

   No me importa que no me saluden, incluso prefiero que no lo hagan. A fuerza de sigilo, he logrado volverme prácticamente invisible. Sólo el gato levanta las orejas y contiene un brillo inquieto y malévolo en los ojos. Él es el único testigo de mis andanzas. Por lo demás, no me preocupa lo que puedan pensar los otros. Es la palabra del gato contra la mía. Y el animal es listo, y sabe que si insiste en maullar, en erizarse de lomos, le darán una patada y lo echarán a la escalera. Y luego cerrarán la puerta que él no puede traspasar.   

PEQUEÑOS PIES INGLESES, Marcelo Luján

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MARCELO LUJÁN, Pequeños pies ingleses, Talentura, Madrid, 2013, 166 páginas.
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Escribe Carlos Salem, en un prólogo que lleva por sugerente título "El morse del amor": "Las rayas las ponen los dibujos de Aurora López, asombrosamente complejos en su sencillez. Y los puntos (...) marcan la sístole y la diástole de una relación agónica, vivificante, dolorosamente feliz".
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MERIDIANOS

   Deberíamos sentarnos, pacientes, una de estas tardes. Merodeando la razón. Para trazar una línea que divida la realidad. Que nos ayude mucho. A diferenciar. El odio la traición la muerte el barro. La pureza de lo impuro. El vidrio que corta entre la arena. Las historias que a nadie le importan y la mayoría acepta. Los hombres buenos. Y tantos hombres malos. Saberlo al primer golpe de piocha. Al primer soplido. Cuando cambiando las modas en tu barrio pasado por agua. Cuando es pronto todavía y sin embargo suena el despertador. Y te revolvés y nos destapamos. Y buscamos, a tientas, el caramelo ácido oculto entre las sábanas. Las historias que valen la pena. El reloj precioso que nos puso puntualmente ahí. Una vez, en el pasado. Y tu inexplicable militancia hacia eso que nos ciñe. Deberíamos hacerlo. Deberíamos trazar la línea. Tal vez. Cuando me das la espalda para cerrar, fuerte, las manos, y para pedirme, no tan fuerte pero sí, claro que sí, todo lo que importa.

PRECIPICIOS HABITADOS, Mar Horno

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MAR HORNO, Precipicios habitados, Talentura, Madrid, 2013, 134 páginas.

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ENVÉS

   Las cosas hubieran podido ser de otra manera. Supongamos el envés de la historia. Solo quizás, hipotéticamente, él habría llamado a la puerta con un ramo de rosas rojas, mis preferidas. Podría haberme dado un beso, haber bailado conmigo siguiendo una música invisible, haberme invitado a comer a La Boussole, haberme dicho que me quería. Yo, antes de salir a cenar, podría haber cogido las tijeras del cajón para cortar un pequeño hilo suelto de su chaqueta, señor inspector, en vez de clavárselas en el estómago, cuando me dijo sin sonrisa, sin flores, sin beso, sin compasión, que me abandonaba.

PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN, Lola Sanabria

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LOLA SANABRIA, Partículas en suspensión, Talentura, Madrid, 2013, 140 páginas.

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PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN
A Manu Espada

   La noche, esquinada y morosa, se va, remoloneando. Y entra la luz lenta, dividida. Tímida. Apenas empuja las sombras. Parpadeo varias veces. Recorro el lugar con la mirada. Alguien arañó la pared con la uña. Aún estoy aquí, dejó escrito. Me incorporo. Siento en el costado una llama de dolor. Recuerdo. Echo la cabeza atrás, sacudo el pelo. Ese mechón, niña, ese mechón rebelde te traerá problemas, decía mi madre. Y se ha quedado pegado, con las costras que sellaron la herida en mi frente, para que viera un nuevo amanecer. El sistema. Un buen sistema defensivo el del cuerpo. Restaña, cura, se ocupa de que sobrevivas. La luz entra rayada y se dobla en la tierra apelmazada. Afuera se escucha el gorjeo de los pájaros. Incorporándose a la vida. Como mi bebé, en mis brazos. Ese instante que no me podrán arrebatar. Mi bebé y yo en un tiempo detenido en la memoria. Casi no puedo abrir el ojo izquierdo. Hinchazón de golpes. Pero tengo el otro. El otro, sí. Puedo ver el día, ahora, entrar con fuerza. Me levanto y obligo a mis piernas abotargadas a moverse. Duele. La vida siempre duele. Pero no debería tanto. Tiro de la manta y la extiendo en el suelo. Me tumbo encima. La tibieza de los rayos en la piel reconforta y aleja la negritud de la noche. Levanto la mano y la luz ilumina el hueso descarnado por la magia del sol. El sol. Yo tenía siempre ganas de sol. Amanecía y ya estaba con mi bebé a la espalda caminando por la orilla de un mar calmo. Las olas lavándome los pies. La eternidad y la risa. Enlatadas en la memoria. Adila. Adila. Lejos de la cuchilla. Me duele sonreír. Pero sonrío. Mi niña. Y el mar deja la espuma entre mis dedos. Adila. Mi niña. El hiyad huele a ella, mi pequeña waris.
    El sol se come los barrotes, y si quisiera podría salir fuera. No hay nada que me lo impida. A no ser por ellos que siempre están de guardia, irritados porque no pudieron someterme, porque no consiguieron su propósito: mutilarla. Ella, lejos de sus brazos que aprisionan. De sus manos que atenazan. De la cuchilla de la arpía. Yo machaqué comida para ella, desdentada, para que no muriera. Y reía las gracias de la nieta. Tan preciosa con el brillo en sus ojos enormes como dos tizones calientes. Ríe, ríe, la animaba con sus palmas. Aprovecha este mar amable que te saluda y te lava. Coge las caracolas y sopla dentro para que quede tu aliento de niña, eterno, sin tiempo que lo vuelva agrio y raspe árido como la arena del desierto. Ese instante. Su abuela aplaudiendo el chapoteo en el agua azul y blanca, el giro de sus rizos en el aire, el grito de alegría porque estaba viva y su piel recogía toda la luz de la mañana y la hacía resplandecer en pequeñas gotas como lágrimas. Disfruta del momento, pequeña Adila. Reía con su boca desdentada. Como si de verdad la quisiera.
   Ahora siento el calor. Es lo único que importa. Sentir la vida derramándose en mi cara. ¿Qué me quedan, unos minutos, unas horas, días? No lo sé. Nadie lo sabe. Sólo temo el dolor. Esa piedra que no da en el sitio preciso. Mi fiel Farah lo hará si llega el momento. Pero ahora la vida fluye por mis venas. Ahora el sol calienta mi cuerpo. Y ella está fuera del alcance de la vieja y de su cuchilla. Los pájaros alborotan en el Khat cercano. O tal vez sean los hombres, preparándose. Ellos. Se creen grandes guerreros y tienen que encontrar el valor en sus hojas. Casi los oigo llegar. Sus cuchicheos. Mi marido. Su madre. Intrigando a mis espaldas. Preparándose para la mutilación. Cargados de razones. ¿Quién machacará la comida para ella? Eso no importa. El odio es tan grande. Todo lo arrasa. Pero mi niña no ha hecho nada. Cuando nació yo le conté los deditos uno a uno, cinco, no le faltaba nada. Y nada ha de faltarle. Si nacimos así, así debemos morir. Yo no tuve opción. Mi madre no supo negarse. Le temblaba la barbilla cuando me llevaron. Tragó amargura y levantó la cabeza. No es una tragedia, no dejaba de decirle otra vieja. Será una buena esposa. Y lo soy. Lo fui. Mi marido me ha repudiado y no quiere verme, ni traerme agua. Farah tira cubos por la ventana y yo me acerco con la boca abierta y es como si estuviera bajo unas cataratas. Trago y trago hasta que la tierra se la lleva toda a sus entrañas. Hace tiempo. No sé cuánto. Aquí eso no importa. Importa la sed. Importan esas partículas suspendidas en el aire que intento coger y no se dejan. Libres. Jugando al escondite con los pliegues de mi mano. Libres. Como yo, cuando abrazaba a mi bebé contra mi pecho; como Adila cuando jugaba con las caracolas; como mi hija paseando de la mano de Adela, esa mujer valiente, amiga, que la ha rescatado; como yo que me baño en la luz dorada de este inicio de la mañana y juego a ser otra vez niña que aún no conoce el dolor intenso al que te llevan los de tu propia sangre. Libre porque este instante es, será ya, para siempre imborrable y eterno.

DE ANTOLOGÍA, Rosana Alonso & Manuel Espada

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ROSANA ALONSO & MANUEL ESPADA, De antología, Talentura, Madrid, 2013, 308 páginas.


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En un imaginativo Prólogo (el post) (pp. 17-18) Anónimo said dice: "En la antología figuran los mejores escritores nacidos al calor de los blogs y los certámenes literarios [...]: «la generación blogger». Son los responsables de la seleción Rosana Alonso y Manuel Espada. No hay secreto. Estos 69 autores constituyen la logia del microrrelato: Ricardo Álamo, Pablo Gonz, Mar Horno, Marcos Vasconcellos, Alberto Corujo Corteguera, José Manuel Ortiz Soto, Beatriz Alonso Aranzabal, José Agustín Navarro, Javier Ximens, Rosa Martínez Famelgo, Xesc López, Rosa Yáñez Gómez, Marina de la Fuente, Raúl Sánchez Quiles, Manuel Rebollar Barro, Rocío Romero Peinado, Agustín Martínez Valderrama, Ana Vidal Pérez de la Ossa, Miguel Torija, Montaña Campón, Luisa Hurtado González, Pedro Sánchez Negreira, Lourdes Castro, Iván Teruel, Paloma Hidalgo Díez, Gabriel de Biurrun Baquedano, Patricia Nasello, Maite García de Vicuña, David Vivancos Allepuz, Miguel Ángel Molina, Susana Camps Peramau, Esteban Dublín, Rosario Raro, David Moreno Sanz, Elysa Brioa Escudero, Ernesto Ortega Garrido, Víctor Lorenzo Cinca, Araceli Esteves, Elisa de Armas, Pedro Peinado Galisteo, Victoria Trigo Bello, Eva Díaz Riobello, Fernando Sánchez Ortiz, Teresa Servan, Xavier Blanco Luque, Martín Gardella, Miguelángel Flores, Jesús Esnaola Moraza, lsabel Wagemann, Juan Naranjo García, Mei Morán, Sara Lew, Fernando Martínez, Nicolás Jarque Alegre, Mar González Mena, Alberto García Salido, Sara Nieto Yuste, Antonio Serrano Cueto, Esperanza Temprano Posada, Adrián San Juan, Isabel González, Gabriel Bevilaqua, Ángeles Sánchez Portero, Pedro Herrero, Miriam Márquez, Raúl Ariza, Lola Sanabria García, Elena Casero y Eduardo Rico.
Manuel Rebollar ejerce de egrégor, puesto que, cuando se superpone un seis a un nueve, algunas veces el resultado es quince.
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LA PERFECCIÓN

   El asesino múltiple y/o sistemático empieza a estar cansado. Lleva más de 10 años cometiendo crímenes y todavía no ha sido hallado por la policía. Debería estar satisfecho, pero no es así. Cuando empezó con sus  fechorías, lo hizo para demostrar que sí era posible el crimen perfecto. El hecho de que todavía no haya sido arrestado debería calmarlo y hacerle sentir mejor, puesto que lo que pretendía ha quedado demostrado. Pero no es así. Una duda se ha instalado en su cabeza. ¿Y si se debe más a los errores de los representantes de la ley que a sus propios aciertos?  Analiza sus sensaciones y se da cuenta de que la perfección es imposible. ¿Qué pasaría si existiera un policía perfecto y un criminal perfecto? Una opción invalidaría a la otra. ¿No será más bien que existe la doble imperfección? Esta paradoja le mantiene en vilo. Y ha tomado una decisión. Así que en su siguiente crimen deja una pista para que den con él. Si no le atrapan, nunca sabrá si el resto de crímenes supuestamente perfectos eran realmente perfectos. Y i si le atrapan, irá a la cárcel, sí, pero ¿que es una cadena perpetua cuando sabes que hay algo perfecto? Por eso, cuando la policía lo detiene, no puede dejar de sonreír, por más que el detective se jacte de que no existe el crimen perfecto.

Manuel Rebollar

VIAJE IMAGINARIO AL ARCHIPIÉLAGO DE LAS EXTINTA, Susana Camps Perarnau

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SUSANA CAMPS PERARNAU, Viaje imaginario al Archipiélago de las Extinta, Talentura, Madrid, 2013, 64 páginas.

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FINIS TERRAE

   Le acompaño en el sentimiento. Un abrazo, un par de besos. Ahora a seguir adelante. Besos, una mano. La vida sigue. Tenemos que ser fuertes. Una caricia en la cara, fuerza (pero no hay sentimiento que acompañe). Un abrazo, condolencias... La fila se va agotando. Un par de besos más y termino, llego al final de la cinta transportadora. No sé qué hay después, todos han ido cayendo al vacío: la cadena de montaje termina en cascada. ¿O tendrán razón los que creen en la esfericidad?..

SENTIDO SIN ALGUNO, Agustín Martínez Valderrama

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AGUSTÍN MARTÍNEZ VALDERRAMA, Sentido sin alguno, Talentura, Madrid, 2012.

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NÁUFRAGOS CON PIES DE PIEDRA

A Edward John Smith, capitán del Titanic

   ¿El mar o la mar? Los marineros y los poetas suelen decir la mar. Yo no soy marinero, ni poeta, pero siempre digo la mar. Dicen que en Southampton también hay mar. Y marineros. Y poetas. Pero allí se dice the sea. Sólo the sea. The sea a secas. Será la costumbre. Lo que no varía es la cadencia. La cadencia con la que la mar se traga a los náufragos con pies de piedra. Aquí y en Southampton. Aunque allí se empeñen en decir todo el rato the sea. Sólo the sea. The sea a secas. Pero eso ya se dijo antes. Mucho antes. Casi al principio. También que en Southampton hay mar. Y marineros. Y poetas. Lo que no se dijo es que apenas hay árboles. Será para que no se cuelguen los poetas. 

LA SUAVE PIEL DE LA ANACONDA, Raúl Ariza

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RAÚL ARIZA, La suave piel de la anaconda, Talentura, Madrid, 2012, 164 páginas.

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"Si Elefantiasis fue un libro de anunciación y contundente llegada, La suave piel de la anaconda lo es de refuerzo vibrante e identidad". Con este sólida afirmación comienza Ángel Olgoso un prólogo en el que destaca, entre las numerosas virtudes de estos relatos, el estilo propio y la sencillez dentro de la eficacia que en poco tiempo ha logrado Ariza. Carmen Puchol ilustra algunos de estos cuentos que, al modo silencioso y acechante de la anaconda, muerden el interior del lector mientras se deslizan por los distintos paisajes de la soledad humana.

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LA HABITACIÓN AZUL

   La habitación nació pensada de este color. Alguien, en su inmensa sabiduría, debió de imaginarla así en un tiempo imposible, anterior o por llegar, y desde un lugar que a buen seguro no existe.
   Todo en ella respira azul. De azul suave, casi transparente, son los visillos que filtran una luz vespertina que sin duda anuncia lluvia. Son azules la colcha que reposa en el suelo, y las sábanas sudorosas que se enredan entre los sueños fatigados de la mujer.
   De predominante azul son casi todos los cachivaches y recuerdos que ha ido acumulando desde que de niña vio por primera vez reflejados sus ojos en el espejo grande del armario de su madre, también sola. El marco de una foto en la que se la ve con trenzas y vistiendo de colores marineros. El jarrón de cristal teselado que reposa en el alféizar de la ventana y que se trajo de Ibiza en su único viaje en pareja. La lámpara de pie que compró para aquel rincón de aquella casa que nunca llegó a habitar. Y el tapizado del sillón de orejas que restauró cuando decidió irse a vivir con aquel tipo, al que más tarde descubrió compartiendo esas mismas intenciones pero con una mujer de ojos ligeramente lapislazulados.
   Ella es rubia, de mejillas sonrosadas y tan dulce como tímida. Y le encantaría tener los ojos azules infinitos, y del color de la tierra húmeda.
   Acaba de masturbarse en esta tarde de domingo tediosa y calma. Todavía le tiemblan los muslos empapados. Tendida en ese colchón demasiado ancho, mira absorta cómo unas cuantas nubes estivales van invadiendo de un amenazante azul oscuro su ventana. A su lado, un libro de relatos de tacto áspero y tono cáustico cuya lectura no le hace ningún bien, uno de sus varios consoladores, y un vacío por llenar.
   Se ve un relámpago y luego se escucha un espantoso trueno.

LOS OTROS MUNDOS, Rosana Alonso

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ROSANA ALONSO, Los otros mundos, Talentura, Madrid, 2012, 140 páginas.

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CARRUSEL

   Jefe decidió un día que Gordo debía bajarse, lo consideraba una carga no útil porque apenas se movía y no se ganaba el sustento, así lo dijo.
   Todos asentimos porque Jefe ya estaba en el autobús cuando llegamos. Conductor, como siempre, no opinó sobre el asunto, simplemente mantuvo la vista fija en la carretera y se puso a silbar esa melodía que se nos prende en el alma y la llena de nostalgia. Abandonamos a Gordo a pesar de sus protestas y continuamos la ruta. Hemos recorrido muchos lugares desde entonces, y sin embargo aún no llegamos a Destino.
   Hoy se ha subido un hombre flaco. En realidad era Gordo, pero no he dicho nada. Ahora sé con certeza que estamos dando vueltas en círculos desde hace años.