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MICROGRAMAS II (1926-1927), Robert Walser

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ROBERT WALSER, Microgramas II (1926-1927), Siruela, Madrid, 2006, 256 páginas.

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HAY GENIOS BORRACHOS

   Hay genios borrachos capaces de ser cargantes, cosa que no sucedía con el mío, pues estaba totalmente compuesto de hierro y la bebida no le perjudicaba en nada. Puede hablarse de una total ausencia de influencia de la bebida, que no causaba absolutamente ningún efecto en el genio, del que cabría anunciar o afirmar que en la borrachera mostraba un comportamiento tan impecable que las personas honradas le estrechaban la mano. Al abordar estas líneas en prosa sobre un alcohólico, éstas brillan de aguardiente y cerveza, de forma que me veo obligado a rogar, respetuoso, a las damas que acudieron amables para conocer su contenido que es preferible que no lo lean. Sólo hombres rebosantes de arrojo y con miembros hercúleos y poderosos son capaces de soportar y asimilar algo semejante a una Viñeta ahogada en bebidas espirituosas de todo tipo. Después de empezar con una jarra de cerveza, la borrachera prosiguió su terrorífica carrera con asombrosa tranquilidad hasta que finalmente a los señores posaderos, convertidos en testigos de un inaudito conocimiento en el ámbito del vicio de la bebida, se les pusieron los pelos de punta y el aguardiente le esperó al borrachín desde la copa: «Te he vencido», a lo que el indomable replicó: «Ni por asomo». ¿No se sentaba o acuclillaba allí majestuoso y tieso como una vela, con la mirada, radiante de celestial alegría, dirigida hacia el infinito? Algún que otro ebrio ha sido agarrado por el cuello de tela para ser despachado fuera, al aire libre. Pero esto nunca sucedió con el genio borracho, pues cualquier medida de esa índole parecía de lo más superfina, dado que el genio, que en medio de la embriaguez sentaba bases firmes, permanecía por entero imperturbable frente al monstruo del alcohol. Llevar continuamente el borde de los vasos a sus labios arqueados y dedicarse a los encadenamientos lentos pero frecuentes del trasiego provocaba un indecible brillo del arte de vivir en sus ojos, los cuales, viendo lo más feo que existe, concretamente la bebida, cobraban maravillosa hermosura. De vez en cuando las mujeres regalaban flores al genio borrachísimo, sobre todo porque portaba un magnífico sombrero sobre su cabeza rodeada de pelo, que él aceptaba con la más gentil gratitud. Una noche cayó de rodillas ante el pórtico de la iglesia del Salvador, pues el copioso consumo que se acaba de describir prolija y alegremente le provocó una especie de remordimiento, de lo que cabe colegir lo sensible que era.

LA GRAN BONANZA DE LAS ANTILLAS, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, La gran bonanza de las Antillas, Siruela, Madrid, 2012, 288 páginas.

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PASARLO BIEN

   Érase un país donde todo estaba prohibido.
   Como lo único que no estaba prohibido era el juego de la billarda, los súbditos se reunían en unos prados que quedaban detrás del pueblo y allí, jugando a la billarda, pasaban los días.
   Y como las prohibiciones habían empezado con poco, siempre por motivos justificados, no había nadie que encontrara nada que decir o no supiera adaptarse.
   Pasaron los años. Un día los condestables vieron que ya no había razón para que todo estuviera prohibido y mandaron mensajeros a anunciar a los súbditos que podían hacer lo que quisieran.
   Los mensajeros fueron a los lugares donde solían reunirse los súbditos.
   —Sabed —anunciaron— que ya no hay nada prohibido.
   Los súbditos seguían jugando a la billarda.
   —¿Habéis comprendido? —insistieron los mensajeros—. Sois libres de hacer lo que queráis.
   —Está bien —respondieron los súbditos—. Nosotros jugamos a la billarda.
   Los mensajeros se afanaron en recordarles cuántas ocupaciones bellas y útiles existían a las que se habían dedicado en el pasado y a las que podían dedicarse nuevamente de ahora en adelante. Pero los súbditos no hacían caso y seguían jugando, un golpe tras otro, casi sin respirar.
   Comprobando la inutilidad de sus intentos, los mensajeros fueron a comunicarlo a los condestables.
   —Muy sencillo —dijeron los condestables—. Prohibamos el juego de la billarda.
   Fue la vez que el pueblo hizo la revolución y los mató a todos.
   Después, sin perder tiempo, volvió a jugar a la billarda.

LA GRAN BONANZA DE LAS ANTILLAS, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, La gran bonanza de las Antillas, Siruela, Madrid, 1993, 288 páginas.

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LA OVEJA NEGRA

   Érase un país donde todos eran ladrones.
   Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna sorda, para ir a saquear la casa del vecino. Al regresar, al alba, encontraba su casa desvalijada.
   Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto de parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.
   Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.
   Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.
   Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente.
   Frente a estas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada.
   En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque era culpa suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robaba a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta: la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.
   Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres. Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
   Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casa, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.
   De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba más de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo todos seguían siendo ladrones.
   Honrado sólo había habido aquel fulano, y no tardó en morirse de hambre.

533 DÍAS, Cees Nooteboom

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CEES NOOTEBOOM, 533 días, Siruela, Madrid, 2018, 216 páginas.

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80 secuencias, relativamente cortas, en las que aparecen intercaladas fotografías de Simone Sassen: cápsulas que contienen las reflexiones surgidas a lo largo de esos 533 días vividos en Menorca. 
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   A veces sucede, de pronto, de forma inesperada. Oigo un sonido al fondo del ruido, me detengo y escucho. Entre el exceso del mundo encuentro en la música un refugio donde detenerme y respirar, aunque solo sea brevemente.
   Un violonchelo acompañado de voces, instrumentos. Movimientos cortos, un sonido extático, prolongado, seguido de otras voces, más bajas, que forman un patrón sibilante; el violonchelo cuyos tonos entrecortados desean elevarse; silencio; el mismo violonchelo, profundo, luego de nuevo las voces lejanas. Un inmenso templo de aire envuelve esta música. El coro, infinitamente lejano, dialoga con el violonchelo. No necesito saber qué cantan —todo está en armonía con el paisaje de fuera—. Algo está pasando en donde las palabras no tienen cabida, unos sonidos agudos, como de campana, de un instrumento que no conozco; una música que no se deja calificar, un santuario de sonidos al que apenas tengo acceso o quizá ni eso; una radiación, un mensaje de fuera del tiempo que alguien ha escrito. Una música que quiere desaparecer una y otra vez conmigo, transparente, intocable e imposible de describir. Sofía Gubaidulina, The Canticle of the Sun, interpretado por Pieter Wispelwey.

TUMBAS DE POETAS Y PENSADORES, Cees Nooteboom

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CEES NOOTEBOOM, Tumbas de poetas y pensadores, Siruela, Madrid, 2007, 264 páginas.

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«La mayoría de los muertos callan. Ya no dicen nada. Literalmente, ya lo han dicho todo. Pero no sucede así con los poetas. Los poetas siguen hablando», leemos en la Introducción (pp. 17-35) a este viaje en el que Nooteboom se acompaña de la mirada de Simone Sassen.
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SAMUEL BECKETT
[1906-1989]


   Yo ya no sé cuándo he muerto. Siempre me ha parecido haber muerto viejo, hacia los ochenta años, y qué años, y que mi cuerpo daba fe de ello, de la cabeza a los pies. Pero esta noche, solo en mi cama helada, siento que voy a ser más viejo que el día, la noche, en que el cielo con todas sus luces cayó sobre mí, el mismo cielo que tanto había mirado, desde que erraba sobre la tierra lejana. Porque tengo demasiado miedo esta noche para observar cómo me pudro, para esperar los grandes descensos rojos del corazón, las torsiones del intestino sin salida y para que se cumplan en mi cabeza los largos asesinatos, el asalto a pilares inquebrantables, el amor con los cadáveres. Voy, pues, a contarme una historia, voy, pues, a intentar contarme una vez mas una historia, para intentar calmarme, y es ahí dentro donde siento que seré viejo, viejo, más viejo aún que el día en que me derrumbé, pidiendo socorro, y el socorro vino. O es posible que en esta historia haya vuelto sobre la tierra, después de mi muerte. No, no parece probable, volver a la tierra después de mi  muerte.
 Samuel Beckett, El calmante.

Cementerio de Montparnasse, París, 2003.

ANTE LA PINTURA, Robert Walser

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ROBERT WALSER, Ante la pintura. Narraciones y poemas, Siruela, Madrid, 2009, 136 páginas. Traducción de Rosa Pilar Blanco.
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EL HAYEDO DE HOLDER

   Desayuné opíparamente, pero no debería decirlo tan alto en una época en la que las naturalezas delicadas portan la más brutal cantidad de preocupaciones sobre sus hombros. Después dirigí mis pasos, los pasos de una persona que parece estar en la cima de su época, hacia el monumento de Oskar Bider, caminé a su alrededor y capté su belleza. Mi discreta opinión es que uno hace bien en respetar una obra de arte encargada por el municipio o el Estado a un artista y erigida en tal o cual plaza. La mayoría de nuestros conciudadanos se creen capaces de soltar en público su retahila, quiero decir su opinión, como si comprendieran al momento cualquier otra obra, arrogándose el derecho a lanzar comentarios despectivos cuando no ocurre así.
   Vi entonces la reproducción de un cuadro expuesta en el escaparate de una librería. Me detuve allí satisfecho, rejuvenecido. Aún reía disimuladamente por la crítica descargada ante el monumento de Bider. Allí se habían manifestado opiniones tremendamente cómicas. En ese momento recordé que en su día vi el original de este cuadro en casa de su propietaria. Colgaba en una de esas habitaciones para lacayos, valga la expresión. En fin, en algún sitio han de emplazarse los cuadros, porque la casa estaba repleta de pinturas exquisitas, y la mujer que consideraba suyo todo eso se asemejaba a una figurita, y yo tomé el té en su compañía, y mi comportamiento impecable fue digno de verse. También ofrecieron emparedados, y mientras los saboreaba conduje la conversación a Spitteler, y cuando salimos de la villa mi amigo se creyó obligado a confesar que nunca habría imaginado que pudiera comportarme con semejante corrección; miré, pues, la reproducción y algo gritó en mi interior: «¡Maravilloso estudio!».
   En efecto, uno contemplaba un hayedo desnudo en invierno, reproducido con absoluta fidelidad. El cuadro es obra de Hodler pero, al margen de ese detalle, ser de otro autor más desconocido no menguaría su valor y placer. De los troncos esbeltos, claros y finos penden aquí y allá algunas hojas rumorosas. Uno oye formalmente su susurro invernal, que juzga alegre. A lo mejor el cuadro no representa mucho. No se puede hacer alarde de un pequeño hayedo, razón por la cual subió quizá a la pequeña buhardilla, desde donde, dicho sea de paso, se disfruta de una vista deliciosa. Abajo se extiende un lago parecido a la seda, a un vestido de señora de la más decentísima transparencia, y aquí ante el comercio de arte volví a encontrar ahora el cuadro en el que un gélido viento invernal, no muy fuerte, azota el bosque. Pero lo que es grandioso es que usted no ve cómo están pintados en el cuadro el frío y el aire gélido, y la oscilación de esas pocas hojas también está pintada, y sobre el bosque se despliega un cielo de un azul frío, que pasa del azul invernal al verde, convirtiéndose en un trasunto tan fiel de lo realmente vivido que pocos ejemplos hay tan convincentes.
   Si este cuadro fuera mío, a lo mejor también lo subiría a una buhardilla, porque no es un cuadro de salón. Al contemplar una reproducción tan maravillosa del invierno, uno se mete sin querer las manos en los bolsillos. En el bosque trajina un hombre, y entonces te percatas, lo sientes: el suelo está helado y puedes ver mucho más allá del bosque, sales del bosque a la más lejana lejanía, y con estas líneas quizá no haya dicho aún todo lo que cabría decir del cuadro, pero usted, lector, tal vez deduzca cuánto lo admiro.

Ferdinand Hodler, El hayedo (1885)

VIDA DE POETA, Robert Walser

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ROBERT WALSER, Vida de poeta, Siruela, Madrid, 2010, 144 páginas.
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La traducción de Juan José del Solar permite leer en español algunas de las piezas más destacadas de la narrativa breve de Walser.
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DISCURSO A UNA ESTUFA

   Una vez pronuncié un discurso a una estufa y quisiera transcribirlo aquí hasta donde lo recuerdo de memoria.
   Asaltado por toda suerte de pensamientos iba un día de un extremo a otro de mi habitación. En cierto modo me había extraviado, perdido, y hacía grandes esfuerzos por orientarme de nuevo, lo cual me costaba numerosos suspiros; era, eso sí, absolutamente incapaz de disimular que estaba angustiado.
   Y entonces vi a la estufa sonreír sarcásticamente desde su imperturbable quietud estufesca.
   «A ti no te afecta nada», le grité furioso y con sincera indignación, «no estás sometida a ningún tipo de excitación. La inquietud no te atormenta ni te afligen las calamidades.
   »¿No es acaso cierto, so pasmona e insensible majadera, que al no tener capacidad ni, por lo tanto, necesidad alguna de moverte, te imaginas que vales una enormidad?
   »Como eres una pasmona burda e insensible, te crees grande.
   »¡Vaya grandeza!
   »Como desconoces cualquier tipo de tentación, te crees una mujer modelo.
   »¡Vaya feminidad!
   »No sentir nada, contonearse como una osa gruñona o una elefanta parece ser tu concepto de feminidad.
   »Como nunca en tu vida has pensado en algo más profundo, tienes el descaro de burlarte insensatamente de quienes deben enfrentarse a toda suerte de dudas y escrúpulos.
   »¡Valiente amiga eres tú!
   »Es muy evidente que, hasta ahora, el mundo te ha echado en falta. En ti y en tus semejantes bien puede confiar el mundo.
   »Como no necesitas luchar ni combatir, te consideras perfecta.
   »Como nunca has condescendido en nada ni te has dejado ver allí donde hombres y corazones son puestos a prueba, te figuras estar libre de toda flaqueza, por lo que te permites señalar con el dedo a quienes, arriesgándose a entrar en el campo de batalla, sacan a la luz sus flaquezas y errores.
   »Cobarde rebosante de energías que no se atreve a moverse para no tener que revelar dónde están sus defectos: avergüénzate de no haber tenido que avergonzarte jamás ni un poquito; quien no sabe lo que es dedicarse a una causa justa tiene el corazón cubierto de grasa y la buena voluntad asfixiada.
   »Quiero que sepas que más que cualquier buena reputación me importa mi tarea, para mí más importante que la necia fama de no haberse equivocado nunca.
   »Quien nunca se equivoca es probable que jamás haya hecho nada bueno».

VIAJE ESENCIAL, Alejandro Jodorowosky

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ALEJANDRO JODOROWSKY, Viaje esencial, Siruela, Madrid, 2016, 240 páginas.

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Cierra este volumen el Epílogo (pp. 243-245) en el que Antonio Bertoli recuerda el concepto de «poesofía» que anida en la poética de Jodorowsky: «La poesía solicita y transforma la fuerza indgadora del pensamiento en una forma particular, que no es digital sino analógica». En dos de las secciones del libro, Piedras (pp. 9-73) y Nubes (pp. 99-160) predominan los poemas mínimos. Las ilustraciones las aporta Pascale Montandon.
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Este dolor no es mío
es del niño
que reina en mi memoria



INVENCIONES, Tommaso Landolfi

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TOMMASO LANDOLFI, Invenciones, Siruela, Madrid, 1991, 414 páginas.
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LA MALETA

   El muchacho fue confiado a un joven tío y, durante un tiempo, mientras se buscaba un alojamiento conveniente, los dos se conformaron con dormir en la misma habitación (de alquiler, y que era la habitación de soltero del tío). Por la mañana salían juntos para dirigirse el uno a la escuela y el otro a la oficina. Se citaban en algún sitio para comer y volvían a separarse, y, finalmente, volvían a encontrarse para la cena y el sueño.
   Cuando se quedaba solo en aquellas largas y gélidas tardes, el muchacho, en primer lugar, hacía sus deberes escolares y luego escribía poesías carduccianas en las que ponían gran cuidado en escindir las preposiciones articuladas y en mostrar una cierta suficiencia hacia algunas reverendas autoridades pero en las que también, a veces, transmitía algo de sus genuinas, inermes melancolías (y entonces la pluma parecía moverse por su propia virtud y la lengua se depuraba mágicamente). Por último, cuando la sombra se espesaba en la habitación y la lámpara empañada no lograba ponerla en fuga del todo, ya no hacía nada más. Miraba inmóvil el rectángulo de cielo cada vez más sombrío, se dejaba invadir por el frío y, con todo y con eso, de vez en cuando su frente ardía y sudaba. Vagaba en un extravío sin límites y, sin embargo, aquel mismo cielo sombrío tenía el poder de hacerle imaginar destinos radiantes, prodigiosas aventuras, misterios nunca resueltos y, por tanto, eternamente provocadores y halagüeños…
   Resumiendo, el muchacho había alcanzado la edad de las ansiedades y de las languideces que, por otra parte, aún no se concentraban ni fijaban en ningún objeto visible. Naturalmente, en sus fantasías y melancolías el lugar de honor estaba reservado a las figuritas femeninas vistas, entrevistas, rozadas en la escuela o por la calle. Pero de ello a una completa clarificación y justificación de sentimientos tan inseguros y hasta desconocidos el paso era largo, por lo que se quedaba turbado e impotente, ávido y desilusionado.
   ¿O tal vez su tío habría debido proporcionarle una clave? Éste era un guapo joven moreno y de pelo rizado, seguro de sí, por lo menos en apariencia. Cuando iban juntos por la calle el muchacho acostumbraba a defenderse de la tramontana caminando detrás de su robusta persona, de cuya física protección se podía solicitar o esperar ayuda en las actuales volcar la plenitud de su ánimo cuanto la búsqueda de sí mismo y del cauce que habría de dar a sus propias y tumultuosas facultades. Búsqueda que, por otra parte —era lícito pensarlo y el muchacho lo pensó—, no podía no resultar favorecida por estas recientes adquisiciones o logros de la consciencia.
   No fue así: la ciencia, o consciencia, se reveló singularmente severa, no sólo para la paz del corazón sino también para la posibilidad misma de reconocerse en alguna criatura o cosa. Y, tal vez, sea efecto inevitable: si una imagen suprema resplandece dentro de nosotros, ¿podríamos resignarnos a una pálida falsificación?
   El muchacho creció, envejeció y su búsqueda no dio fruto. Hasta que debió convencerse de que aquella lejana revelación había al mismo tiempo inaugurado la verdadera y gran melancolía, en la que, perdidos, y en una causa perdida, estamos obligados a hacernos pasar por los demás para atribuirles sentimientos definidos o vivificantes. Que al menos ellos, los homúnculos de la pesadilla, del terror y de la delirante fantasía, obtengan algún beneficio de ello.

MANUAL DE REMEDIOS LITERARIOS, Ella Berthoud & Susan Elderkin

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ELLA BERTHOUD & SUSAN ELDERKIN, Manual de remedios literarios, Siruela, Madrid, 2017, 430 páginas.
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En la Introducción (pp. 11-12) las autoras señalan que este libro subtitulado Cómo curarnos con libros «contiene bálsamos beckettianos, torniquetes tolstianos, los calmantes de Calvino y las purgas de Proust y Perec». El lector puede frecuentar este libro como un vademecum en el que encontrará tratamiento para cada «dolencia».
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ADOLESCENCIA

J. D. SALINGER, El guardián entre el centeno
LORRIE MOORE, El hospital de ranas
DENTON WELCH, En la juventud está el placer

   Tienes las hormonas revolucionadas. Te está saliendo pelo en partes del cuerpo donde antes no había nada. Te está cambiando la voz y se te está marcando la nuez. Tienes acné. Te están creciendo los pechos. Y el corazón —y las entrañas— se te encienden a la mínima provocación.
   Lo primero, deja de pensar que eres la única persona a la que le pasa todo eso. Sea lo que sea lo que estés atravesando, Holden Caulfield ya lo pasó antes que tú. Si todo te parece «asqueroso»; si pasas de hablar del tema; si a tus padres les darían «dos ataques por cabeza» si supieran lo que estás haciendo en este momento; si alguna vez te han expulsado del colegio; si crees que todos los adultos son unos falsos; si bebes/fumas/intentas ligar con gente mucho mayor que tú; si tus supuestos amigos siempre te están dando de lado; si tus profesores te dicen que te estás fallando a ti mismo; si te proteges del mundo con tu aire arrogante, tus tacos, tu aparente indiferencia hacia lo que te pueda ocurrir en el futuro; si la única persona que te entiende es tu hermana de diez años, Phoebe...: si te pasan una o más de estas cosas, El guardián entre el centeno te ayudará a sobrellevarlas.
   La adolescencia no tiene cura, pero hay formas de llevarla de la mejor mañera posible. El hospital de ranas, de Lorrie Moore, relata muchos de los horrores habituales de la adolescencia. La narradora, Berie, se desarrolla muy tarde y disimula su vergüenza riéndose de sus «huevos fritos» y «latas aplastadas por un coche» además de desternillarse de risa con su mejor amiga recordando el día que Sils intentó afeitarse las espinillas con una cuchilla. De hecho, reírse es algo que Berie y Sils hacen muchísimo juntas, y lo hacen «con violencia, con convulsiones», sin emitir sonido alguno. También cantan juntas; lo que sea, desde villancicos hasta música de la tele, pasando por canciones de Dionne Warwick. Y aplaudimos que lo hagan. Porque si no cantas a voz en grito y desafinando con tus amigos a los catorce o quince años, dejando que la música prepare tu corazón para «algo torrencial e importante», ¿cuándo vas a hacerlo?
   Un adolescente que no hace amigos y que sin embargo tiene una vida enormemente intensa es Orvil Pyni en En la juventud está el placer, de Dentón Welch. Esta novela de 1945, escrita con un hermoso detallismo, se desarrolla a lo largo de un lánguido verano con cl telón de fondo de un hotel de la campiña inglesa en el que Orvil, en un estado de confusión pubescente, está pasando las vacaciones con su padre y sus hermanos. Distante y solitario, Orvil observa los defectos de los demás a través de una lente despiadada. Sale a explorar la roña, prueba el vino de la comunión en una iglesia desierta con sentimientos de culpa y después se cae de la bici y llora con amargura «por todas las torturas y atrocidades del mundo». Toma prestada una barca y va remando por un río, donde alcanza a ver a dos chicos cuyos cuerpos brillan «como la seda» a la luz del atardecer. Se siente atraído por nuevos mundos, que casi puede tocar pero que están fuera de su alcance, y, al borde de una revelación, durante un tiempo se plantea fingir que está loco para no tener que enfrentarse a los horrores que le esperan al volver al colegio. Poco a poco se da cuenta de que no puede saltarse los siguientes diez años y de que tendrá que sobrevivir a esta etapa de confusión y comportarse «según la manera acostumbrada», sonriendo y ocultando sus impulsos más desenfrenados para respetar la jerarquía establecida por sus hermanos.
   La adolescencia no tiene por qué ser un infierno. Recuerda que la gente de tu edad está pasando por las mismas dificultades y, si es posible, comparte el trance con ellos. Con amigos o sin ellos, asegúrate de hacer las tonterías y las locuras que solo se hacen en la adolescencia. Más adelante, cuando seas adulto, al menos podrás recordar esos años de excesos, espinillas y experiencias y echarte a reír.


LAS DIEZ MEJORES NOVELAS PARA ADOLESCENTES

SHERMAN ALEXIE, El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial
TRUMAN CAPOTE, Otras voces, otros ámbitos
ORSON SCOTT CARD, El juego de Ender
STEPHEN CHBOSKY, Las ventajas de ser un marginado
ALAIN-FOURNIER, El gran Meaulnes
JOHN GREEN, Buscando a Alaska
MURIEL SPARK, La plenitud de la señorita Brodie  
ALICE WALKER, El color púrpura
EDMUND WHITE, La historia particular de un muchacho
MARKUS ZUSAK, La ladrona de libros

LOS REINOS DE PAPEL, Jesús Marchamalo

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JESÚS MARCHAMALO, Los reinos de papel, Siruela, Madrid, 2016, 222 páginas.

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Relata Marchamalo en En Vivir los libros (pp. 13-15) el origen de estas visitas a las bibliotecas de veinte autores, (de la A de Bernardo Atxaga a la V de Manuel Vicent pasando por la L de Elvira Lindo o la S de Marta Sanz) propiciadas por la Fundación Miguel Delibes y publicadas en El Norte de Castilla. Gustavo Martín Garzo en La biblioteca de Sherezade  (pp. 17-19) nos recuerda que la historia de la biblioteca personal se confunde con la «propia vida».
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Ignacio Martínez de Pisón: Libros y ventanales

   Recuerda, no sin cierta añoranza, que durante años imperó en su biblioteca un cierto caos apacible y desorganizado en el que los libros campaban a sus anchas y encajaban al azar en los estantes, sin más orden que ese imprevisible, caprichoso y accidental dictado por la sucesión de las lecturas.
   Cada libro quedaba así al lado del que se había leído antes, mezclados el ensayo y la novela, la poesía y la historia, en una suerte de escaparate, de biografía lectora expuesta al escrutinio —curioso, indagador— de las visitas.
   Pero un día, su mujer, María José, hizo un curso de biblioteconomía y decidió someter a aquellos libros, un poco cimarrones, al rigor del orden alfabético. Y fue cuando sobrevino la catástrofe, cuenta.
Porque los libros, es sabido, se resisten empecinadamente a ser clasificados con esa laxitud desesperante, y a cada uno que llega hay que buscarle un hueco que no existe, en su sitio preciso, moviendo los demás como se mueven, infructuosamente, las seis caras de los cubos de Rubik.
   Así, hay ahora en su biblioteca una zona ordenada, impoluta, intachable. Y otra que anda un poco todavía sin hacer, diríase que en construcción, deconstruida, esperando un turno que no llega.
   Junto a la pared, unas cajas. Porque en una obra reciente se recuperaron dos amplios ventanales, luminosos como una revelación, justo en el mismo sitio que ocupaban sendas estanterías: los libros de la o, la pe y la ese —Shakespeare y Saramago, por ejemplo, Orwell y Saint-Exupéry, los pobres—, que andan hoy expatriados y están ahí en las cajas, pacientes, a la espera.
   Comenta, y es verdad, la artística belleza, casi decorativa, de las casas con libros. Un telón de lomos coloristas alineados con esa estética apacible de los estancos.
   Y allí, a la vista, dibujada con rastros de papel y de pintura, la frontera precisa entre ambos mundos: las estanterías nuevas, modelo Billy, de Ikea, regulables, de un blanco nuclear casi arrogante, justo al lado de los viejos estantes de pino, que han ido oscureciendo con el tiempo y en los que ha encontrado refugio, siquiera provisional, ese ejército sutil de cachivaches —fundas de gafas, mecheros, cables de ordenador, inhaladores— que van posándose, al acaso, delante de los libros.
   Cuenta Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), y es cierto, que las estanterías, al menos esas Billy, regulables, tienen mucho más fondo del que precisa el lomo de los libros y se acaban llenando de una quincallería emocional indefinible: piedras, fotos, postales y pequeños objetos que llegan de los viajes, o regalos, y que andan por allí como en suspenso. Porque prevalece en la casa, confiesa, la voluntad tal vez inexpresada de preservar las cosas, mantenerlas, dejarlas que encuentren su acomodo. «El problema, cuando decides deshacerte de algo, es que es irremediable», comenta. «De modo que muchas veces dilatar la decisión, aplazarla, te permite quedarte con cosas que, de otro modo, ya no estarían en casa».
   Así, quedan en esta biblioteca rastros de eso que denomina, muy gráfico, «el testimonio de la época analógica»: viejas enciclopedias —la Británica, la del cine, heredada de casa de sus padres— y los coleccionables de los Beatles, el de la Transición, o los atlas que regalaban en fascículos los periódicos, y que guarda desde hace años sin encuadernar siquiera, esperando el momento de tirarlos.
   Algún número desparejado de Cuadernos Americanos comprado en el mercado de Sant Antoni, donde los fue encontrando semana tras semana, y que le hicieron concebir la idea insólita de recuperarlos todos y conseguir recomponer la colección; y ahí, también, algunos de la revista Poesía, un libro de Botero, otro sobre los sitios de Zaragoza y un catálogo de Eugeni Forcano, el fotógrafo, del que ha ido sacando las imágenes de cubierta de sus últimos libros: un chaval, traje, corbata y calcetines blancos, con un limpiabotas junto a una boca de metro, para El día de mañana; o esa joven con algo de belleza recatada, devota y luminosa, observada por un rostro perturbador, para El tiempo de las mujeres. España, dice, dejó de ser fotogénica con el desarrollo, y se pregunta mirando la foto: ¿qué habrá sido de esta mujer?, que es la pregunta de la que surge, siempre, la literatura.
   Y recuerda lo que llama «el comunismo cristiano» que imperaba en casa de sus padres; segundo de cinco hermanos, allí solo estrenaban el mayor y la pequeña, Natalia, que al ser la única chica disfrutaba también del privilegio. El resto heredaba los libros que, como la ropa, pasaban de un hermano al siguiente: Verne, Tintín, los Cinco, y también Pulgarcito y DDT y Tiovivo. Y ese salto, de repente, sin red, a la literatura de mayores que le arrojó, prácticamente, en brazos de Martín Vigil. «De adolescente piensas mucho en si lo que estás leyendo es o no de mayores y es curioso, La isla del tesoro te parece lectura para niños, y Martín Vigil, por ejemplo, piensas que forma parte de ese vasto mundo de la literatura de adultos. Así que lo leí mucho y me parecía un buen escritor. Luego leí a Valle-Inclán, un libro que me llevé de casa de mi abuelo con el que empecé a vivir la convicción, con catorce o quince años, de que en la literatura de adultos había libros que eran mejores y peores».
   Y llegamos a la parte ordenada. Así, en la A, Amis —Martin y Kingsley— y Ajar, Émile, el seudónimo que ideó Romain Gary, por supuesto en la G, y con el que ganó dos veces el Goncourt. En la C, Chandler y Cortázar; en la D, Dos Passos, Doctorow, Durruti, y en la B, Baroja, en esas ediciones, exquisitas, de Caro Raggio, al lado de Barral; dos ejemplares de Figuración y fuga de la misma edición, pero que por esos caprichos editoriales tienen dos camisas distintas. Me cuenta que estaba estudiando y por la radio leyeron un poema de ese libro. Ese que comienza:

   Porque conocía el nombre de los peces,
   aun de los más raros,
   y el de los caladeros, y las señas
   de las lejanas rocas submarinas...

   
Lo aprendió de memoria y tuvo ese deslumbramiento, la impresión prodigiosa de descubrir en las palabras de siempre nuevos significados, nuevas maneras de nombrar, de decir.
   En la A, también, su amigo Atxaga, tapado por una vieja foto que salió en El Periódico en la que Pisón posa junto a su hijo Diego y que a lo largo del tiempo se ha ido poniendo reiterada y fatalmente azul.
   Y también Vila-Matas y Mendoza y Melville, y la pila de libros de lecturas urgentes, inmediatas, escondida detrás de la puerta, donde están, no se puede decir desde cuándo, James Salter, Némirovsky, Harpo Marx y Mi infancia y juventud, de Ramón y Cajal, en Austral, y dos tomos, en inglés, arriba, tal vez recién llegados, de Alice Munro.
   Faltan sus propios libros. Apenas media balda en una pequeña estantería en su cuarto. «Al final ocupas un huequecito así», afirma. «Tanto trabajo y tanto darle vueltas pan escribir este puñadito de libros, no mucho más de una esquina», dice con esa lúcida, tal vez inevitable melancolía, mientras Charly, el perro con el que casi no se habla, y que es única y exclusivamente de su hijo (recalca), le mira a medias con indiferencia, a medias también un poco con desdén. Ese de los perros que han decidido que tampoco quieren hablar con uno.

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JOHN LANCHESTER, Novela familiar, Anagrama.

«Es uno de los libros que más me ha impresionado, la historia de una mujer que cambia su biografía por la de una de sus hermanas; una familia cuya historia se sustenta en la mentira».
IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN, Carreteras secundarias, Anagrama.

«Carreteras secundarias es el libro con el que me hago mayor. Después de madurar como escritor en público con otros libros, esta es la primera novela en la que sabía qué escritor quería ser».

MIGUEL DELIBES, Viejas historias y cuentos completos, Menoscuarto.

«Hay un cuento suyo que siempre me gustó y que recogí en la antología Partes de guerra. Se titula El refugio y aporta la mirada de unos niños que bajan a un refugio durante un bombardeo, y cómo ven la guerra desde su singular, infantil, punto de vista».

LA VERDAD SOBRE EL AMOR, Philip Ardagh

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PHILIP ARDAGH, La verdad sobre el amor, Siruela, Barcelona, 2014, 104 páginas

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Subtitulado Hechos, supersticiones, cosas graciosa y mitos, permite un refrescante paseo por los lugares comunes que explican muchísimos comportamientos risibles acerca de los prejuicios sobre el enamoramiento y los rituales del amor.
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LA LIEBRE

   ¡Si engañas a tu novia, ten cuidado con la liebre!
   Al lego en la materia, las liebres le parecen conejos grandes, pero en Gran Bretaña llevan mucho más tiempo que sus rivales pequeños importados por los normandos). Hay muchas viejas historias sobre brujas que se transforman en liebres, y de liebres que hacen la obra del demonio, pero las que nos interesan aquí son las liebres blancas.
   En las regiones del sudoeste de Inglaterra se creía que las liebres eran los fantasmas de las muchachas que se quitaban la vida tras ser traicionadas por sus enamorados. Volvían para rondarles y en algunos casos trataban de vengarse.
   Una de estas historias habla de una muchacha a la cual su novio había dejado plantada; se convirtió en una liebre blanca y asustó al caballo de su seductor, que lo tiró al suelo; el hombre se rompió el cuello.
   Los corazones de las liebres se usaban en hechizos para llevar al altar a un amante reacio y, una vez más, para la venganza. En estos ejemplos no importaba de qué color fuera la pobre liebre.

   Fuerte como la muerte es el amor; duros como el sepulcro son los celos.
En Cantar de los Cantares,
La Biblia

365 TUIST DE AMOR, Alejandro Jodorowsky

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ALEJANDRO JODOROWSKY, 365 tuits de amor, Siruela, Madrid, 2014, 120 páginas.

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En la introducción a esta colección de aforismos escribe Jodorowsky: «El amor es el comienzo y el fin, la esencia de todo lo que nos anima, sus raíces se extienden en nosotros hasta el infinito».
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Si soy infinitas puertas, te abriré aquella en la que llames.
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La dulzura de tu piel resucita mi tacto.
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No desees tanto que no puedas recibir por estar lleno de deseos.
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Solo se puede amar lo que se ama desde antes.
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El amor es un cofre precioso, en él encuentras solo lo que le aportas.
***
¿Quieres que vuele? No me amarres a tus fracasos.
***
Te acariciaré con la delicadeza de una mariposa que teme quebrar la rama donde se posa.
***
La mayor felicidad que puedes tener es la felicidad que le das al otro.
***
No busques, permite que te encuentren. No pidas ser amada, ama sin límites.
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Si solo tú me ves tal cual, ¿cuál de mis cuales veo yo?
***
De nada te sirve darte razones: la pasión es un tren que no lleva conductor ni tiene rieles.
***
Has nacido infinitas veces, nacerás infinitas veces, pero en mí naces todos los días, eres mi felicidad.

TUBERÍAS, Etgar Keret

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ETGAR KERET, Tuberías, Siruela, Madrid, 2016, 220 páginas.

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FELIZ CUMPLEAÑOS

   El autobús se para, el conductor te sonríe, los cristales de las ventanillas brillan y el dinero es calderilla.
   El único asiento individual libre del lado izquierdo es el último, como si te lo hubieran reservado, el que tú prefieres, con el cristal detrás. El autobús circula, los semáforos se ponen en verde y el chico que come pipas guarda las cáscaras en una bolsita.
   Hoy, el viejo revisor no quiere el billete; solo se toca el borde de la gorra y amablemente te desea un buen día.
   Y lo será. Porque es tu cumpleaños. Eres inteligente, guapa y tienes toda la vida por delante. Faltan cuatro paradas. Tocarás la campanilla y el conductor parará especialmente para ti.

   Bajarás del autobús, nadie te apremiará y la puerta no se cerrará hasta que estés lejos. El autobús arrancará, la gente se alegrará por ti y el chico de las pipas te saludará con la mano hasta que el bus desaparezca, sin pretexto ni motivo.
   No hace falta ningún motivo: es tu cumpleaños, un día en el que pasan cosas agradables. El cachorro que corre hacia ti moverá la cola cuando lo acaricies, incluso los perros saben distinguir los días de fiesta.

   En vuestra casa la gente esperará a oscuras detrás de los preciosos muebles que tú misma elegiste. Cuando abras la puerta, darán un salto de sorpresa. Exactamente como debe ser en las fiestas sorpresa.
   Estarán todos, los que has amado, los más queridos, los más importantes. Te traerán regalos que han comprado o inventado. Regalos imaginativos y también objetos prácticos.
   Los graciosos entretendrán, los inteligentes ilustrarán, hasta los melancólicos sonreirán de verdad. La comida será fantástica; después servirán fresas y, por último, un batido de vainilla de la mejor heladería de la ciudad.
   Pondrán un disco de Keith Jarrett, y todos lo escucharán; luego otro de Satie, y nadie se sentirá triste. Esta tarde, los que están solos se sentirán acompañados, y nadie preguntará «¿Cuánto azúcar?», porque todos se conocerán.
   Al final se marcharán. Los que quieras te besarán, y los que no... te estrecharán la mano. Solo quedará él, el hombre con el que vives, más apuesto y comprensivo que nunca.
   Si lo deseas, haréis el amor, o te masajeará el cuerpo con un aceite preparado según una fórmula especial. Si se lo pides, atenuará la luz de la lámpara, y os quedaréis sentados y abrazados en silencio, esperando el amanecer.
   Esta tarde mágica, yo también estaré allí, tomaré un batido de vainilla, sonreiré de verdad, probaré la fantástica comida. Y antes de irme, si quieres, te besaré, o tal vez simplemente te estreche la mano.

365 TUITS DE SABIDURÍA, Alejandro Jodorowsky

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ALEJANDRO JODOROWSKY, 365 tiuts de sabiduría, Siruela, Madrid, 2014, 120 páginas.

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 En la Introducción  Jodorowsky subraya las singularidades que aportan las nuevas tecnologías: «Ahora la literatura, especialmente la poesía, surge de una colaboración estrecha entre el escritor y sus lectores: juntos, crean la obra. Se conectan contigo, te siguen, te responden, pero si lo que dices no es lo que ellos desean oír, te cortan la lengua con un unfollow, te abandonan. Te los tienes que ganar cada día, sorprenderlos, convencerlos, remecerlos, acariciarlos». He aquí una docena de sus «metaforismos.»
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Todo lo que hacemos, incluso morir, es un comienzo. 
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Llegas a la madurez humana cuando aprendes a aceptar y a exaltar los valores del otro.  
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Lo que no te gusta en mí, mejóralo en ti. 
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Esa carga que llevas encima es todo lo que no quisiste dar. 
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Serás fuerte si entre los débiles no olvidas tu debilidad. 
***Cuando dudes entre «hacer» y «no hacer», escoge hacer. Si te equivocas, tendrás al menos la experiencia. 
***
No te pido, te entrego. Decir «te entrego» es decir «me entrego». 
***La espada del sabio no corta ni atraviesa, refleja la luz. 
***Es imposible conocer la totalidad de lo que acontece. Pensar es al mismo tiempo excluir. 
***Si odias los muros, aprende a construir puertas. 
***No sé lo que seré, pero sé que lo seré. 
***La felicidad no depende de tener o no tener. Si en un cáliz de oro pones una rata, el cáliz sigue siendo de oro.         


TENÍA MIL VIDAS Y ELEGÍ UNA SOLA, Cees Nooteboom & Rüdiger Safranski

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CEES NOOTEBOOM & RÜDIGER SAFRANSKI, Tenía mil vidas y elegí una sola, Siruela, Madrid, 2012, 144 páginas.
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El filósofo Safranski bucea en la obra de Nooteboom, de quien dice: «Quien utiliza las ficciones como lo hace Nooteboom habita en lugares reales e imaginarios, es contemporáneo del presente y del pasado y percibe el futuro que comienza en cada instante».
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SANTIAGO

   Ritos de reflexión. Noto que digo para mis adentros estas ridículas palabras anticuadas. A veces las palabras existen antes que la idea, o en todo caso eso es lo que parece. Y, naturalmente, todo se confabula para convocar esa idea, el lugar en donde estoy, el paisaje en la profundidad debajo de mí, el monasterio cisterciense abandonado que ahora contemplo, el frío glacial del viento de febrero que rasga mi ropa, el herraje secular en la puerta por donde entraré. Cataluña, monasterio de Santes Creus, por enésima vez me he dejado desviar del camino planeado por un nombre, una palabra. ¿No había pensado ir al monasterio de Veruela, donde una vez, hace unos diez años, empecé todo este vagabundeo? Yo quería ir a Santiago, pero los caminos se escindían como cuerda, los años se amontonaban, cada vez me apartaba más de mi meta, cada vez me enredaba más en una España que cambiaba y en un paisaje que no cambiaba.
   Reflexión ¿podría ser también que cada vez te estás adentrando más, que —aunque los caminos vayan hacia el sur o el oeste— tienes la sensación de que vas penetrando más en el alma de un país, y que en este país hay algo que no pudiste encontrar jamás en ningún otro, con todo lo que has viajado? Cuarenta años dura esta historia, es la línea más constante de mi vida junto con la escritura. Y es físico, un año sin el vacío de este país, sin los colores de la tierra y las rocas, es un año perdido.
   Hace diez años quise ir a Santiago y estuve allí, naturalmente, no una vez sólo, sino muchas, y al mismo tiempo nunca he estado allí porque no escribí sobre ello. Siempre había algo diferente que debía pensar o escribir, un escritor o un pintor, un paisaje, un camino, un monasterio y, sin embargo, parecía como si todos esos paisajes, todas esas historias de moros y de reyes y de peregrinos, o todos los recuerdos propios y los recuerdos escritos de otros, siguieran señalando hacia un mismo lugar, hacia la región en donde se unen España y el occidente oceánico, y donde yace la ciudad que, en todo su aislamiento gallego, es la auténtica capital de España.
   Quiero hacer otra vez ese viaje, y también sé que ahora tampoco mantendré la línea recta, que la palabra camino en mi caso nunca podrá significar otra cosa más que desvío, el laberinto eterno hecho por el propio viajero que siempre se deja tentar por un camino lateral, y por el camino lateral de ese camino lateral, por el misterio del nombre desconocido en el cartel indicador de la carretera, por la silueta del castillo en la lejanía hacia el que apenas se dirige un camino, por lo que tal vez podrá ver detrás de la próxima colina o cumbre de montaña.
   Quizá sea lo que más se parezca a una historia de amor, con todo lo inexplicable e indescifrable que forma parte de ellas. Y esta amada nunca te abandona, tal es la diferencia. ¿Qué hago cuando estoy aquí? Busco las mismas sensaciones de hace treinta, de hace diez años, y sé que las encontraré. Lo que ha cambiado lo ves la mayoría de las veces en las ciudades: éstas se hallan más pobladas, son más modernas, el campo se ha quedado más vacío. Naturalmente, allí también ves los signos de la nueva época, pero fuera de los pueblos están las llanuras, las mesetas, los valles sin cambios. Ahora estoy todavía en Cataluña, esta noche en Aragón, y conforme vaya separándome de la costa el paisaje irá extendiéndose más amplio y abierto, será más seco, cada vez más intolerable consigo mismo, hasta que el viajero se convierta en un solitario nadador en un océano de tierra que se extiende hasta el horizonte, y esa tierra tendrá los colores de huesos, de arena, de conchas pulverizadas, de hierro oxidado, de madera carcomida, pero incluso sobre los colores más oscuros colgará un brillo luminoso que se vela en la lejanía, como si debiera protegerse contra tanta amplitud y luz. Y en lontananza hay iglesias y monasterios que se corresponden con la invisible infinitud, que quieren contar algo de un pasado impensable que los aires fríos y cálidos de un clima extremo han conservado para aquel que lo busque. Una vez, cuando yo aún no era consciente de esas cosas, debieron de penetrar estos paisajes en mí, una respuesta a una exigencia de eternidad que fuera del océano o del auténtico desierto ya no se encuentra en ningún lugar. Sé que la terminología ya no es de este tiempo, pero no me importa, en este punto me gustaría que se me entendiera al revés. Porque ¿a quién tendrías que hablar de consumación o iluminación?

animaLhito, Luis Eduardo Aute

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LUIS EDUARDO AUTE, aninaLhito, Siruela, Madrid, 2007, 190 páginas.

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En Para ver y leer a Luis Eduardo (pp. 11-17) Alfonso López Gradolí señala que "aninaLhito es un auténtico logro en el dominio de la expresividad poética y necesaria, sin grandilocuencia". Subtitulado aninaLcuatro (poemigas, dibujos y canciones, 2005-2006) contiene un CD con treinta canciones y dibujos del autor.  
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RE-QUIÉREME

Detrás de un "te quiero"
casi siempre se oculta
un desolado y desesperado
"quiero que me quieras".

LAS PASIONES, Giacomo Leopardi

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GIACOMO LEOPARDI, Las pasiones, Siruela, Madrid, 2013, 200 páginas.

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Fabiana Cacciapuoti en la Introducción (pp. 9-18) anota: "Son necesarias las pasiones para vivir y para saber aceptar la muerte como parte integrante de la vida, sin miedo, simplemente". En el Épilogo (pp. 175-177) el poeta Antonio Colinas, responsable también de la traducción, advierte que el lector hallará en "una prosa escrita a vuelapluma, provisional", ideas expresadas "sintéticamente", pendientes de ser expresadas "en plenitud".   
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El sentimiento de la venganza es tan grato que, con frecuencia, uno desea ser injuriado para poderse vengar; y ya no me refiero solamente de un enemigo habitual, sino de uno indiferente, o incluso (especialmente en ciertos momentos de humor negro) de un amigo.
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La gloria no es una pasión propia, en absoluto, del hombre primitivo y solitario. Sin embargo, la primera vez que un grupo de hombres se unió para matar a alguna fiera o por cualquier otro motivo en el que hubiese sido necesario un intercambio  de ayuda, aquel que mostró más valor se sintió llamado valiente de manera sincera, y sin adulación por parte de aquella gente que aún no conocía este defecto. Dicha palabra le complació, y así él, como cualquier otro espíritu magnánimo que hubiese estado presente, sintió por vez primera el deseo de alabanza. Y así nació el amor por la gloria.
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Sé de una mujer, deseosa de concebir, que apaleaba furiosamente a una yegua preñada, al tiempo que le decía: «Tú has logrado estar embarazada y yo no». La envidia y el odio por la felicidad que los otros poseen se proyecta comúnmente sobre aquellos bienes que nosotros deseamos poseer y que no poseemos, y de los cuales quisiéramos ser los únicos o principales dueños a modo de ejemplo. En lo que se refiere a otros bienes, la envidia no es algo común, aunque sean bienes grandísimos. Por lo demás, por más que la envidia se refiera mayormente a nuestros semejantes, con los cuales únicamente solemos competir, en no menor medida se observa que el furor de esta pasión también puede conducir a la envidia y al odio de las demás cosas.

APRENDIENDO A VIVIR Y OTRAS CRÓNICAS, Clarice Lispector

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CLARICE LISPECTOR, Aprendiendo a vivir y otras crónicas, Siruela, Madrid, 2007, 240 páginas.

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Elena Losada, traductora, señala en la Nota Previa que estas crónicas fueron publicadas en el Jornal de Brasil entre septiembre de 1967 y diciembre de 1973. 
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EL NACIMIENTO DEL PLACER

(Fragmento)

   El placer, cuando nace, duele tanto en el pecho que pre­ferimos sentir el habitual dolor al insólito placer. La alegría verdadera no tiene explicación posible, no tiene la posibilidad de ser comprendida y se parece al inicio de una pérdi­da irrecuperable. Esa fusión total es insoportablemente buena, como si la muerte fuese nuestro bien mayor y final, pero no es la muerte, es la vida inconmensurable que llega a parecerse a la grandeza de la muerte. Hay que dejarse inundar poco a poco por la alegría, porque es la vida que nace. Y quien no tenga fuerza, que cubra antes cada nervio con una película protectora, como una película de muerte para poder tolerar la vida. Esa película puede consistir en cualquier acto formal protector, en cualquier silencio o en varias palabras sin sentido. Porque con el placer no se jue­ga. Él es nosotros.

UN LIBRO CARGADO DE CUENTOS CORTOS, Etgar Keret

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ETGAR KERET, Un libro cargado de cuentos cortos, Siruela, 2016, Madrid, 560 páginas.

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Feliz edición de Siruela que permite al lector reunir La chica de la nevera..., Pizzería Kamikaze..., Un hombre sin cabeza... y De repente llaman a la puerta. En el Prólogo (pp. 11-12) el autor acepta que ver reunidos todos sus cuentos le hace sentir "viejo de inmediato".
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HEMORROIDE

   Esta es la historia de un hombre que sufrió de una almorrana. No de hemorroides, sino de una sola y triste almorrana. La almorrana empezó siendo pequeña y molesta, enseguida se hizo mediana e irritante, y a los dos meses ya era grande y dolorosa. El hombre siguió viviendo su vida con normalidad: trabajaba todos los días hasta bien tarde, se divertía los fines de semana y, cuando se le terciaba, echaba una canita al aire. Pero la almorrana esa, que tenía colgando de la vena, le recordaba en todas las reuniones largas o cuando estaba estreñido que la vida es un jodido sufrimiento, que la vida es bien molesta y puñetera. Y así, antes de tomar cualquier decisión importante, el hombre escuchaba a su almorrana lo mismo que hay otros que escuchan su conciencia. Y la almorrana, como almorrana que era, le daba unos consejos para el culo. Le aconsejaba despedir a este o al otro, no ceder, enfadarse y quejarse. Y la verdad es que funcionaba, porque el hombre cada día cosechaba más y más éxitos. Las ganancias de la empresa que presidía no hacían más que aumentar, y con ellas la almorrana. Hasta que llegado un momento la almorrana ya era más grande que el hombre. Aunque ni siquiera entonces dejó de crecer. Finalmente, la tal almorrana acabó por encabezar el directorio de la empresa. Y a veces, cuando la almorrana se sentaba en la butaca de la sala de reuniones, el hombre que tenía debajo le molestaba un poco.
   Esta es la historia de una almorrana que sufrió de un hombre. La almorrana siguió viviendo su vida con normalidad: trabajaba todos los días hasta bien tarde, se divertía los fines de semana y, cuando se le terciaba, echaba una canita al aire. Pero el hombre que tenía colgando de la vena le recordaba en todas la reuniones largas o cuando estaba estreñida que la vida es amar, que la vida es dolor, que la vida es un jodido sufrimiento, pero que también se puede ir a mejor. Y la almorrana escuchaba al hombre lo mismo que las personas, muchas veces, escuchan los retortijones del vientre cuando este exige alimento, sin demasiadas ganas pero con resignación. Y gracias a ese hombre la almorrana se esforzó por creer que podía perdonar, y lo intentó. Por mantener su honor y el de los demás. Y si alguna vez todavía maldecía, ponía cuidado en no mentarle la madre a nadie. De manera que gracias a aquel pequeño y molesto hombre que tenía en el trasero, la almorrana se convirtió en una almorrana querida por todos: por las almorranas, las personas y, por supuesto, por los accionistas de su compañía, desperdigados por todos los rincones del mundo.