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DIECINUEVE O VEINTE LÍNEAS, Nieves Viesca

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NIEVES VIESCA, Diecinueve o veinte líneas, Septem Ediciones, Oviedo, 2009, 68 páginas.

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LA RED SIN PESCADOR

Mis hilos son la muestra del cansancio que destila la pesca del atún. Yo era una más, dentro del maremagno de redes empleadas en la almadraba. Al amanecer, si habían entrado los atunes, la flota se ponía en marcha desde el puerto. El capitán dirigía el laberinto de las faenas, destinadas a acumular a los comestibles peces en el copo. Tras esta ardua labor, todos los brazos eran requeridos para jalar las redes desde los barcos que cercaban a los copos. En cuestión de segundos, ochenta, cien, doscientos atunes, enloquecidos por la levantada, se revolvían sobre sí mismos. Dando aletazos, las víctimas hambrientas de vida luchaban creando un universo de espuma mezclado con el patetismo de un estruendo ensordecedor. Algunos marineros bajaban entonces de los barcos y caminando sobre tirantes redes, enganchaban los atunes con un bichero. Era el momento en que las hebras de mi malla y el agua se teñían de sangre. Atuneros como Boliche o Camarote permanecían pensativos. Semejando la conjunción del mar y las rocas, el horizonte de sus caras se tornaba en pendientes calles con pasadizos en zig-zag. Una quisiera, que las capturas y los pescadores relacionados con nuestros recuerdos fueran igual que yo; una trama hecha de anudados hilos formando un tejido fino y a la vez resistente. Pero desgarra el peso del vacío. Mi existencia, encallada en la arena de Candás, no representa nada sin el vendaje de unas manos como las de Boliche o Camarote. Sin el sustento de esta banda de gasa soy herida por cubrir, miembro, hueso roto. Tejido de sueltas filas transversales escurriéndose en un momento de desmayo.

EL DÍA MÁS FELIZ DE MI VIDA FUE CUANDO SE ESTRELLÓ EL CAMIÓN DE FOSKITOS, Antonio Valle

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ANTONIO VALLE, El día más feliz de mi vida fue cuando se estrelló el camión de Foskitos, Septem, Oviedo, 2006, 78 páginas.

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EL DÍA MÁS FELIZ DE MI VIDA

   El día más feliz de mi vida fue cuando se estrelló el camión de Foskitos. Casi sin darnos cuenta, chocolateados hasta los carrillos, lo importante ya no era atiborrarse de aquellos pastelitos que sólo probabas algún domingo de buen comportamiento, lo necesario era completar la colección de cromos de Spiderman que venía en el envoltorio. El conductor había ido hasta el pueblo para llamar desde el teléfono del bar: No podía imaginar que aquel día no había escuela y todos los niños correteábamos por la calle con los ojos abiertos como platos ante cualquier novedad.
   Corrí con toda mi alma, pero no llegué el primero. Comí más que nadie, como todos los demás. Cambié todos los cromos repes que pude, pero todos coincidíamos al final, con los mismos. Nadie completó la colección. Muchos llegaron a maldecir el camión de Foskitos, porque sus vidas se habían complicado más desde aquel día y habían conocido la dependencia y la frustración.
   Ahora, adultos en el bar, nos dividimos entre los que reniegan de los Foskitos, los ausentes por otras esclavitudes y los que aún tenemos un buen recuerdo de aquel maravilloso naufragio.