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50 C0NSEJOS PARA SER ESCRITOR, Colum McCann

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COLUM MCCANN, 50 consejos para ser escritor, Seix Barral, Barcelona, 2018, 222 páginas.

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Escribe McCan en Los éxtasis indecibles (pp. 9-17): «Uno de los mejores lugares en donde podrá encontrase el joven escritor será delante de una pared en llamas, sólo provisto de las virtudes del vigor, el deseo y la perseverancia para catapultarse hasta el otro lado».
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LEE EN VOZ ALTA

Para mí, el mayor placer de la escritura reside no tanto en lo que se escribe como en la música de las palabras. 
Truman Capote

   Conversa con lo que has escrito. Lee tu trabajo en voz alta. Pasea por tu casa y ábrete paso a través del techo. De todos modos, el cielo siempre sera más interesante que cualquier techumbre. Así que no te limites a susurrarlo: proclámalo en voz ALTA. Arriésgate a avergonzarte. Acepta que te machaquen. Déjate la garganta en tu trabajo.
   Puede que tu pareja, tu compañera de piso, tu amiga o tu hijo piensen que has perdido la chaveta, pero eso es estupendo —al fin y al cabo, la cordura esta sobrevalorada.
   Necesitarás escuchar la cadencia de tus palabras. Las repeticiones. Su asonancia. Las aliteraciones. Las onomatopeyas. La musicalidad de todo ello. Sé John Coltrane. Toni Morrison. Gérard Manley Hopkins. Encuentra la naturaleza de tu lenguaje. Crea palabras nuevas. Encuentra el jazz infinito. Descubre los amaneceres moteados.
   Cuando lees en voz alta, escuchas la intención original. Ves dónde funciona la musicalidad y dónde se pierde. Descubres el ritmo, o su ausencia. Y destapas rimas. Y también te topas con muchos errores. Que descubrirlos te haga feliz. Somételos al bolígrafo rojo. Táchalos. Encuentra una nueva palabra o una serie de palabras nuevas. Y entonces vuelve a leer en voz, una vez, hasta que funcione. Conviértete en el actor que siempre has querido ser. Da con la música adecuada: rap, funk o foxtrot, es lo de menos. Registra tu voz con una grabadora si tienes que hacerlo. Escúchala de nuevo. Deja que tus frases formen un paisaje. Puede que la sensación de júbilo exija una larga frase loca y agramatical que discurra irreflexivamente y sin aliento sobre yeahs sin cuidado ni medida simplemente por el puro arrebato de desplazarse como si hubiese un caballo galopando por debajo de las palabras. La tristeza, por otro lado, necesitará ser brusca. Afilada. Oscura. Estar sola.
   Leer en voz alta también te llevará a lugares nuevos. De repente estás fuera de casa. Te diriges a un sitio nuevo. No tengas miedo de perderte. Viaja tan lejos como te sea posible. Encuentra el crepúsculo y las tinieblas. Llénate los pulmones de ellos. Es la única manera de negociar con la luz. Preocúpate. No pasa nada. Lo oscuro también es algo que habrá que sondear.
   Brecht se preguntaba si alguien cantaría durante las épocas de oscuridad y se respondió que sí, que habría quien cantaría sobre las épocas de oscuridad.
   Ciertamente, las épocas oscuras existen: sé agradecido. Cántalas.

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, Francisco Ayala

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FRANCISCO AYALA, El jardín de las delicias, Seix Barral, Barcelona, 1973 (1971), 185 páginas.
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ESCASEZ DE LA VIVIENDA EN EL JAPÓN

   Un pintoresco suceso ocurrido en Tokio pone de relieve la gravedad que en aquel país ha alcanzado el problema de la vivienda. La policía detuvo días atrás en un parque céntrico a una pareja que, al abrigo de un seto, estaba entregándose a las efusiones más íntimas. Conducidos a la comisaría los fogosos amantes, su identificación dio a conocer que los detenidos eran marido y mujer. Ante circunstancia tan insólita, quiso saber el comisario qué motivo había impulsado a la pareja a ejercer en lugar público sus actividades genéricas en vez de reservarlas para el sagrado del domicilio conyugal; y entonces el esposo, no sin orientales circunloquios y embarazadas sonrisas, hubo de explicarle que dicho domicilio consistía en una sola habitación donde se alojaban, con el matrimonio y tres hijitos, su suegra y dos cuñadas, cuya presencia continua ofrecía más penoso impedimento a las naturales expansiones que el eventual paso de algún extraño por los arriates del parque.

UN ANDAR SOLITARIO ENTRE LA GENTE, Antonio MUñoz Molina

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ANTONIO MUÑOZ MOLINA, Un andar solitario entre la gente, Seix Barral, Barcelona, 2018, 496 páginas.

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El paseante no agota su perplejidad ante una urbe que usa el lenguaje para propiciar la sensación de libertad en unos individuos fatalmente enjaulados en su egoísta yo. El narrador se sirve del collage para reflejar la falta de piedad y empatía que domina este mundo urbano. Cada una de las secuencias que componen este libro pueden ser leídas independientemente.     
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VUELVE LA NOCHE DE LOS MUERTOS VIVIENTES

   Gordo, grandullón, con colorete en la cara para disimular un eczema, lento ahora de movimientos, sin dinero, Oscar Wilde camina por los bulevares de París y por las calles estrechas de Saint-Germain-des-Prés donde están los hoteles baratos en los que se aloja. Se registra en ellos con el mismo nombre que hay ahora en sus tarjetas de visita: Sebastian Melmoth. Cuando se quita un guante para dar una tarjeta o estrechar una mano se ve que las suyas ahora son grandes y toscas, enrojecidas, como manos de cargador o de obrero. Es la Sombra y es el Hombre Invisible. Es el heredero apócrifo de ese John Melmoth que en una novela gótica vive errante y proscrito durante siglos, y se aparece de vez en cuando “en lugares inesperados, y hasta imposibles: en una serranía cercana a Valencia, una noche de tormenta; en un calabozo de la Inquisición; en la celda de un condenado a muerte; en el dormitorio de un moribundo. Las farolas de gas proyectan una sombra agigantada y oscilante de Oscar Wilde, que regresa a su hotel borracho de absenta y murmurando cosas en voz baja. Como a Melmoth, algunos conocidos antiguos que se encuentran con él lo confunden con una aparición, un regresado del reino de los muertos. Otros que lo distinguen desde lejos cambian de acera, o ni siquiera eso: apartan la mirada y se cruzan con él como si fuera invisible. Wilde Melmoth es un Golem en ruinas: hinchado de alcohol, la cara enorme floja, el pelo sucio, las botas torcidas, un olor a falta de higiene y a alcohol que lo envuelve, quizás también un rastro perdurado del olor de la cárcel. “Ha vuelto a París después de una ausencia de unos pocos años, pero es igual que si hubiera vuelto o llegado desde un siglo atrás, desde otro mundo. Vino cuando era una celebridad y lo halagaba todo el mundo y estrenaba en los mejores teatros y ahora es un proscrito y casi un muerto en vida. Tiene costumbres de vampiro. Duerme durante las horas diurnas y sale a la ciudad cuando anochece. Alguien lo vio una noche sentado bajo la lluvia en la mesa de un café donde los camareros habían plegado ya el toldo y apagado las luces. Al doblar una esquina, una amiga de otra época se encontró de golpe con él, su corpulencia lenta en una acera estrecha. Lo saludó con pena, con piedad, y él extendió una mano y le pidió unas monedas.

HORAS EN UNA BIBLIOTECA, Virginia Woolf

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VIRGINIA WOOLF, Horas en una biblioteca, Seix Barral, Barcelona, 2005, 368 páginas.

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El traductor y editor Manuel Martínez-Lage recuerda que Woolf sólo editó en vida dos libros de ensayos. Esta recopilación completa esa tarea.
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SHELLEY Y ELIZABETH HITCHENER

   Los amantes de la literatura una vez más han de dar las gracias al señor Dobell por el cumplimiento de uno de esos servicios humildes y llenos de paciencia que solo con auténtica devoción puede alguien tomarse la infinita molestia de llevar a buen fin. Las cartas de Shelley a Miss Hitchener ya estaban impresas, desde luego, pero en una edición privada. Ahora las encontramos publicadas con una hechura deliciosa y enriquecidas con una introducción y abundantes notas del propio Dobell, con todo lo cual otro capítulo más en la vida de Shelley resulta más sencillo de conocer y con más enjundia que paladear. Tampoco cabe objetar que la piedad en este ejemplo sea excesiva, pues si bien las cartas son notables sobre todo porque ilustran la naturaleza de un muchacho que, cinco o seis años después de serlo, iba a escribir una poesía requintada, el carácter de Shelley siempre es asombroso. Y a pesar de la verbosidad y de las perogrulladas de su estilo en 1811, es imposible leer esta colección de cartas sin que al punto se tenga una exquisita percepción de escenas difusas, pero revividas de nuevo, y de personajes más o menos tediosos que vuelven a conversar, y de todas las casas de campo y las muy respetables vicarías de Sussex, que vuelven a cobrar vida y a llenarse de damas y caballeros que exclaman «¡Cómo, si un Shelley es ateo!», y que añaden su peso a la intensa comedia, a la intensa tragedia de su vida.
   Elizabeth Hitchener era una maestra de escuela de Hurstpierpoint. Shelley la conoció en 1811, cuando tenía diecinueve años y ella veintiocho. Era hija de un hombre que regentaba una taberna y que era o había sido contrabandista. Toda su educación se la debía a una tal Mrs. Adams, a la que, en el lenguaje de las cartas, llama «la madre de mi alma». Miss Hitchener era delgada, alta, morena, una mujer austera e intelectual, imbuida por el deseo de que las cosas fuesen mejores que las que la sociedad de una provincia pudo proporcionarle, si bien no era, como Shelley se interesó en asegurarle, ni una deísta ni una republicana. Pero probablemente sí era la primera mujer inteligente a la que conoció el poeta; era una mujer oprimida, solitaria, incomprendida y necesitada de alguien con quien pudiera hablar de las placenteras agitaciones de su alma. Shelley entró en la correspondencia con verdadero entusiasmo; ella, no cabe duda, aunque un tanto perpleja y desmañada en su huida, se sintió conmovida y ansiosa por resultar tan apasionada, tan filantrópica y casi tan revolucionaria como él. La primera carta de Shelley es buen indicio de la naturaleza de la amistad; le habla de ciertos libros que, como era natural en los jóvenes ardientes de su calibre, le había prestado: La maldición de Kehama, de Locke, y Sobre la educación nacional, de Ensor. Pasa a atacar su fe cristiana, exclama que «La verdad es mi único Dios» y termina por decir «Pero vea lo que dice Ensor sobre la poesía». Sería delicioso que tuviéramos además las respuestas de Miss Hitchener, ya que algunas alusiones en las réplicas de Shelley muestran de qué modo, en algunas ocasiones, trató ella de poner coto a sus especulaciones. «Toda la naturaleza, salvo la de los caballos —escribió ella—, es armónica, y nace en la desdicha quien ha nacido siendo caballo.» Una «Oda a los derechos de las mujeres» comenzaba diciendo:
   
   ¡Todos, todos somos hombres, las mujeres y todos!
   
   Pero parece que está bastante claro, sin las réplicas de ella, que Shelley no estaba particularmente preocupado por el estado de ánimo que ella tuviera. Dio por sentado con toda tranquilidad que era de un temperameto más exaltado que él, de modo que no iba a ser necesario investigar los detalles, pues podría destinarle a ella, como si se tratara de una deidad impersonal, todos los descubrimientos sorprendentes, todas las ardientes conlvicciones que se le ocurriesen con extraordinaria, asombrosa rapidez, cuando por vez primera el mundo formulase una pregunta concreta y la literatura aportara un gran variedad de respuestas. La pobre maestra de escuela cabe deducir, se alarmó un tanto cuando descubrió con qué corresponsal se había vinculado, a qué especulaciones iba a llevarla, qué opiniones tendría que respaldar con todo y con eso, en todo ello no pudo dejar de percibir un extraño, si no risible alborozo, que le servía de acicate. Por si fuera poco, la relación pronto quedó justificada a raíz del matrimonio de Shelley con Harriet Westbrook. quien dio su visto bueno a la correspondencia. Iba a tratarse de un compañerismo espiritual, de ningún modo inspirado en el amor carnal de ese «bulto de materia organizada que hace de relicario de tu alma». Para colmo, preciso es tener en cuenta el cebo insidioso que tendió Shelley, con su curiosa falta de humanidad, en la carta en la que le explicó el porqué de su boda con Harriet. Rogaba a su «hermana del alma» que le ayudase a educar a su esposa. «Cúlpame [por el matrimonio] si así lo deseas, mi queridísima amiga, pues todavía sigues siéndome mucho más querida; apiádate si quieres de este error, caso de que de él hayas de culparme.» Miss Hitchener, es evidente, era sumamente susceptible a todo elogio de su intelecto, que sutilmente entrañaba un vínculo más estrecho. Sus cartas se fueron tornando más voluminosas, además de mostrar, según declaración de Shelley, «el embrión de un poderoso intelecto». Ahora bien, la profetisa no dejó de tener muy en cuenta la tierra que pisaba, y lo hizo con un ojo astuto, sensato y, debe añadirse, honorable. Era muy consciente de que Harriet podría ponerse celosa, y tampoco quiso pasar por alto las maliciosas chácharas de Cuckfield y atender solamente, como le pidiera Shelley, a la majestuosa aprobación de su propia conciencia. La tragedia, de un tipo tan sórdido como sustancioso, a la fuerza tenía que producirse tarde o temprano, para disolver esta incongruente alianza entre el poeta tempestuoso, cuyas alas eran más fuertes a cada día que pasaba, y la mujer meticulosa pero estrechamente maniatada. La ilusión se sostuvo solo mientras Shelley estuvo en Gales o en Cumbria o en Irlanda, mientras la dama permaneciera en Hurstpierpoint ganándose la vida con sus clases, lo cual ya era noble de por sí, enseñando a los niños chicos, lo cual era más noble si cabe, no en vano enseñar es «propagar el intelecto... domeñar todo error, esclarecer toda mentalidad, y así es mucho lo que se aporta al progreso de la perfectibilidad humana». Así quedó terriblemente destruida la primera de las ilusiones del poeta; se descubrió la traición de Hogg, y el pobre Shelley, más necesitado que nunca de comprensión, recurrió por completo «a quien es prácticamente mi única amiga», como la llama en la que le refiere el duro golpe sufrido.
   Su deseo, reiterado con un énfasis machacón, era que Elizabeth se sumara sin más dilación a su errante grupo doméstico. Harriet, en algunas de las cartas más interesantes del volumen, añadió su encarecida petición a la de su esposo, en un tono que trata, no sin cierto patetismo de imitar su entusiasmo y su generosidad, pero que fácilmente recae, como era de esperar, en mero sentido común más bien quejumbroso tan pronto él deja de oírla. Miss Hitchener rechazó el ofrecimiento durante mucho tiempo, amparándose en variadas razones. Tendría que abandonar la escuela, que era su único medio de subsistencia; pasaría a depender por entero de Shelley; tendría que desafiar a su padre y, además, la gente hablaría mucho y mal. Pero todos estos argumentos, añadidos a la apasionada y nutrida retórica, iban a ser inadmisibles. «El odio del mundo —declara Shelley— es para ti despreciable. Ven, ven y comparte con nosotros el más noble de 1os éxitos, o bien el más glorioso de los martirios. Reafirma tu libertad... Tu pluma... debiera trazar los caracteres que traza para que la nación entera pueda examinarlos.» Fuera cual fuese la razón, ella terminó por ceder, y en julio de 1812 emprendió una desastrosa expedición al condado de Devon. Durante un tiempo todos actuaron a la altura de sus encumbradas misiones. Portia (pues «Elizabeth» ya era un nombre consagrado a la hermana de Harriet) hablaba con Shelley de «pasiones innatas, de Dios, del cristianismo, etc.»; salía a pasear con él, y condescendió hasta el extremo de cambiarse el nombre de Portia, que a Harrier no le gustaba —«pensé que habría resultado más corriente y más plácido de oír»—, por Bessy. El profesor Dowden nos ofrece un singular retrato de época. Shelley y la mujer alta y morena, que no pocos toman por una sirvienta, caminan juntos por la orilla del mar, y lanzan botellas y arquetas llenas de panfletos revolucionarios con la esperanza de que lleguen a una orilla acogedora, pronunciando extáticas profecías en ese ritual. De puertas adentro, ella escribía al dictado de él y leía lo que él indicaba. Pero el declive de esta artificiosa virtud era ineludible; las mujeres fueron las primeras en descubrir que todos los demás eran unos impostores; el propio Shelley no tardó en virar en redondo, presa de una pasión infantil. La hermana espiritual, la profetisa, pasó a ser simplemente «el demonio moreno», «una mujer de planteamientos desesperados y de pasiones horribles», de la que era preciso deshacerse a toda costa, incluso si costara una pensión anual de un centenar de libras. No se sabe si alguna vez llegó a recibir el estipendio; hay una tradición muy verosímil en el sentido de que recobró la cordura tras su asombrosa caída en desgracia, y de que llevó una vida respetable y laboriosa en Edmonton, endulzada por la lectura de los poetas y el recuerdo de sus románticas indiscreciones con el más poeta de todos ellos.

AUTOAYÚDATE QUE DIOS TE AYUDARÁ, Carlos Monsiváis

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CARLOS MONSIVÁIS, Autoayúdate que Dios te ayudará. Aforismos de Carlos Monsiváis, Seix Barral, México D.F., 2011, 154 páginas. Prólogo, investigación y selección de Francisco León.
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El Metro es la imagen del mundo felizmente suspendido entre la estación Génesis y la estación Apocalipsis.
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Con la explosión demográfica toda escritura deviene en taquigrafía.
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Somos el lenguaje de quienes nos gobiernan.
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Sólo renunciaré al voyeurismo si me permiten tocar.
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El instante del triunfador dura más que el día del fracasado.
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Lo que interesa es salir en pantalla, no decir genialidades.
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Babel fracasó no por la intención sino por la falta de fondos. 
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El tigre es nuestra única oportunidad de ser devorados por el gato.
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Hay que seguir creyendo mientras no consigamos otra fuente institucional de estímulos.

NOCHES SIN DORMIR, Elvira Lindo

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ELVIRA LINDO, Noches sin dormir: último invierno en Nueva York, Seix Barral, Barcelona, 2015, 224 páginas.

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   He aquí una mujer mentalmente anclada en los treinta y siete. Ni uno más ni uno menos. Como dijo Jaime de Armiñán las Navidades pasadas, cuando su mujer, Elena Santonja, me preguntó de pronto cuántos años tenía: «¡Eso no se pregunta: Elvira está en la edad perfecta para no decirlos!». De acuerdísimo con Jaime. No es que desee ser más joven, en todo caso me gustaría porque cumplir años es acercarse al final de una vida que se me está haciendo breve, pero no estoy dispuesta a sufrir por la inconveniencia que supone superar los cincuenta. La otra alternativa es la muerte y eso lo dejo para los escritores malditos. Que se suiciden. Aunque los contumaces coqueteadores de la muerte no suelen ser valientes a la hora de quitarse de en medio. Yo, al contrario: ¡A vivir, a vivir!, que es lo que venían a exclamar las tres hermanas de Chéjov cuando decían aquello de «¡A Moscú, a Moscú!». Recuerdo que el año pasado un periodista comenzó presentándome en una entrevista como la escritora «de más de medio siglo». ¡De más de medio siglo! Menos mal que no se refirió a mí como «la escritora del siglo pasado», que en parte también lo soy.
   Antonio dice que debemos celebrar mi cumpleaños en el Four Seasons; sostiene que hay que ser fieles a la tradición inaugurada ahora hace cuatro años. Y vamos. Como inevitablemente suele ocurñr en las celebraciones, hacemos recuento de la vida, decimos que parece que fue ayer, que todo parece que fue ayer, y yo le digo que mi único deseo es que en nuestro entorno no muera nadie más joven que yo. Ya sabe él a quiénes me refiero: que nunca les ocurra nada a los chicos. En el apartado «chicos» entran hijos, hija, sobrinos, sobrinas. Y él está de acuerdo. Tras esta nube de pensamiento mórbido al que yo tengo tendencia en cuanto se hace de noche y que Antonio está acostumbrado a disipar, tratamos de imaginar cómo será nuestra vida cuando ya no pasemos los inviernos aquí, el año que viene, sin ir más lejos.
   Por más que queramos tener tradiciones y sentar la cabeza, compartimos una ansiedad por el cambio que nos hace estar siempre de mudanza. Tal vez sea la necesidad de vivir más de una vida dentro de esta vida tan corta que tenemos.

DESAPRENDIZAJES, José Manuel Caballero Bonald

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JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD, Desaprendizajes, Seix Barral, Barcelona, 2015, 128 páginas.

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TODAS LAS BELLEZAS

   Labra la luz sus orlas en el reverso germinal del aire. No existe una armonía capaz de suplantar esa armo­nía. Hacia adentro está el mundo, hacia fuera ¿qué queda?, un pobre cerco terroso alrededor de una lu­minaria estética universal. Todo lo sensitivo se suma y yuxtapone en los espacios primordiales del placer. Ver las aguas, oírlas, tocar las poéticas caligrafías pa­latinas, gustar de los alcázares que en la secreta pe­numbra comparecen, oler la prodigiosa nutrición de las incandescencias florales. El reino vegetal se asocia al mineral para contribuir ya juntos a las barakas su­cesivas. La arquitectura es el jardín; el patio, el paisa­je; el columnario, la floresta; la fuente, el concertado esplendor. De ese modo el poder del estuco se incor­pora al poder soberano de lo pétreo, entrelazando para siempre sus hermosísimos emblemas iluminan­tes. Y con esa presunción llegas al recinto sacral, te integras en lo absoluto, asumes lo plenario, compu­tas las distancias que separan tu vida de la vida. Los ríos del paraíso pavimentan el derredor de esos pala­cios. Todas las bellezas posibles están implícitas en la suya.

EL BARRIO, Gonçalo M. Tavares

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GONÇALO M. TAVARES, El barrio, Seix Barral, Barcelona, 2015, 552 páginas.

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En La ciudad de las letras (pp. 11-14) Alberto Manguel cartografía la titánica tarea de Tavares: otorgar a los escritores "una casa propia". "El barrio de Tavares —señala Manguel— es multicultural, multilingüístico, y lo habitan escritores de todas las épocas y nacionalidades". Seix Barral edita en este tomo las diez entregas publicadas por Tavares hasta la fecha, en traducción de Florencia Garramuño: El señor Valéry y la lógica, El señor Henri y la enciclopedia, El señor Brecht y el éxito, El señor Juarroz y el pensamiento, El señor Walser y el bosque, El señor Calvino y el paseo, El señor Breton y la entrevista, El señor Kraus y la política, El señor Swedenborg y las investigaciones geométricas y El señor Eliot y las conferencias. Mondadori había publicado entre 2006 y 2008 El señor ValéryEl señor Henri y El señor Brecht.

 
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LA OSCURIDAD

   —¡Luz! ¡Luz!
   Si existiera una electricidad para hacer aparecer la oscuridad como existe una electricidad para hacer aparecer la luz, el número de posibilidades se duplicaría, pero también se duplicaría la factura del mes.
   —Sin embargo, me parece desagradable —pensaba el señor Juarroz— que baste quitar la luz para que aparezca la oscuridad.
   Para que le demos la debida importancia a la oscuridad —tanta, por lo menos, como damos a la claridad—debería ser necesario el acto de encender la oscuridad.
   Así, cuando se apagara la luz, no surgiría enseguida la oscuridad, sino algún estado intermedio.
   —Sólo se da importancia a lo que tiene un coste: encender la oscuridad y pagar por ella me parece urgente —pensaba el señor Juarroz, un segundo antes de golpearse la rodilla contra una mesa.
   ¡¿Quién ha apagado esa porquería de luz?!—gritó, irritado, el señor Juarroz.

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APÓLOGOS, Luis Martín Santos

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LUIS MARTÍN SANTOS, Apólogos, Seix Barral, Barcelona, 1970, 160 páginas.

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Salvador Clotas en el Prólogo (pp. 8-19) señala la relevancia de la obra de Martín Santos en la transformación de la literatura española de posguerra. Además de estos apólogos (emparentados certeramente por Clotas con los microrrelatos de Kafka), el libro contiene diversos artículos y ensayos y el prólogo a Tiempo de destrucción.
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EL CEMENTERIO CONSIDERADO COMO LUGAR DE MEDITACIÓN

   El hombre es un animal meditativo. Para sus fines utiliza complacido los bosques, las montañas, las llanuras; en ocasiones también la soledad del gabinete o hasta el tráfago violento de un café. Pero lugar especialmente apto para la meditación, resulta ser el cementerio.
   El porqué no ha dejado de intrigarme. Bajo el verde césped o bajo las losas blancas —según el sistema empleado— no que­da ya nada de la maravillosa estructura orgánica a la que dimos nuestro afecto. El recuerdo es puro producto de nuestra me­moria y no parece necesario, para suscitarlo, recurrir a la visión directa de la tumba. Por otra parte, la violencia de la pena no favorece, sino que más bien impide la meditación. ¿Medita realmente esta joven viuda que —oculto el rostro por el velo—deposita cada día un ramillete de flores en la tumba del difun­to? No medita; recuerda. Y al recordar, imagina escenas, las revive cálidamente y acaso, por un breve instante, logra ignorar la evidencia de la ausencia. En tal momento vive como si el muerto viviera y el recuerdo revivido —que es ya nueva vi­vencia, no recuerdo— llega a conmoverla físicamente. Sorpren­dida de este modo por la vida se sienta sobre la losa —ignora que está fría— descubre el rostro oculto retirando el velo y mira.
   Su atención se fija en el verde tierno de una yerba, en el pájaro que picotea un invisible alimento entre la grava.
   Yo me aproximo, la saludo con una respetuosa inclinación de mi cabeza y alcanzo apenas a ver cómo, sobre el rostro vivo, coloca apresuradamente la máscara del dolor.
   —Aprecié a su esposo —digo—. Era un hombre estimable.
   —Era un ser odioso —me contesta—. Arruinó mi vida.
   Cubre de nuevo su mirada con el velo —no sin que sus ojos oscuros me hayan herido gravemente— y sin despedirse, camina con paso rápido hacia la salida.

UNIDAD, Juan Ramón Jiménez

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Unidad, Seix Barral, Barcelona, 1999, 130 páginas.

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En los 78 poemas que componen Unidad se puede descubrir, por su contenida sencillez y un lirismo que integra, con sutileza armónica, a la voz poética como un elemento más en la naturaleza, un puente tendido hacia la orilla de la práctica del haiku.

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¡Ojos que se miran tanto, vivos,
dejen de mirarse a un tiempo, muertos!

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¡Quién pudiera ser alma de tu cuerpo,
casa del tiempo y del silencio!

CLAROS DEL BOSQUE, María Zambrano

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MARÍA ZAMBRANO, Claros del bosque, Seix Barral, Barcelona, 1990, 160 páginas.

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Con fragmentos que discurren entre el ensayo y la poesía, María Zambrano compone unas bellas reflexiones marcadas por su intimismo existencial.

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EL SOL QUE SIGUE

   Y parece imposible todo proseguirse ante la muerte, dentro de la muerte, en la muerte misma, sin morir. Impenetrable, absoluta, la muerte ha tomado posesión del que queda aquí de este lado, mas dejándole sin lugar, sin cabida en hueco alguno. Y así la pálida certeza de que aquél que se ha ido, sin dar señal desde su allá, vaya a ser en ese allá concebido nuevamente, arroja como su sombra a éste que aquí ha quedado que sea él, el inconcebible. La muerte, como todo lo inconcebible, hace así con el que la contempla. ¿Y cómo puede dejar de contemplarla el que ha perdido el uso de los sentidos que han ido a reunirse todos en la sordera ciega, refractaria a toda voz, al llanto mismo? Nada fluye. Todo está ahí, el todo amorfo de la acumulación del tiempo inconcebible a su vez.
   Pues que no puede concebirse lo que no puede ser soñado, reconducido a través de una galería de sueños entreverados de despertares, al sueño originario de la creación, aquél donde la vida fue despertada por la luz primera, sin ojos aún. Ya que antes de que las formas y las figuras aparezcan hay ojos que las aguardan. La oscuridad y la niebla se hacen ojos, derrotando a las tinieblas con eso sólo una y otra vez. Y cada vez es el comienzo, que anuncia al par vida y visión. Todo se irá concibiendo.
   En la tiniebla de la inconcebible muerte, los ojos no se dan a ver. Es el sol del día siguiente el que hace abrirse a los ojos, unos ojos que pueden mirarlo de frente, cara a cara, como alojo inconcebible de una visión sin aurora. Un sol que no alumbra, que despierta simplemente. El escudo de la muerte que da la señal de la vida.

LIBRO DEL DESASOSIEGO, Fernando Pessoa

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FERNANDO PESSOA, Libro del desasosiego, Seix Barral, Barcelona, 2010 (2008), 432 páginas.

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Dietario inédito hasta 1982, el Libro del desasosiego constituye uno de los mayores legados de Pessoa. En la nota preliminar a esta edición, Pilar Gómez Bedate destaca la magnífica labor filológica de Ángel Crespo, quien "dejó fijado para siempre [el] Libro del desasosiego con la admirable prosa de la traducción en que le dio vida por primera vez en español y que —junto con la estructura dada a los textos—lo ha convertido en un clásico moderno."

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He construido, mientras me paseaba, frases perfectas de las que después no me acuerdo en casa. La poesía inefable de esas frases no sé si será parte de lo que fueron, si parte de no haber sido nunca (escritos).
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Las cosas claras consuelan, y las cosas al sol consuelan. Ver pasar a la vida bajo un día azul me compensa de muchas cosas. Olvido indefinidamente, olvido más de lo que podía recordar. Mi corazón translúcido y aéreo se penetra de la suficiencia de las cosas, y me basta mirar cariñosamente. Nunca he sido yo otra cosa que una visión incorpórea, desnuda de toda el alma salvo un vago aire que pasó y veía.
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…la tristeza solemne que habita en todas las cosas grandes —en las cimas como en las grandes vidas, en las noches profundas como en los poemas eternos.
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LETANÍA
Nosotros no nos realizamos nunca.
Somos un abismo que va hacia otro abismo —un pozo que mira al Cielo.

LA CASA DE MANGO STREET, Sandra Cisneros

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SANDRA CISNEROS, La casa de Mango Street, Seix Barral, Barcelona, 2004, 143 páginas.

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Seix Barral edita en España la traducción de Elena Poniatowska en Random House Mondadori (1994).
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MINERVA ESCRIBE POEMAS

   Minerva es apenas un poco mayor que yo y ya tiene dos hijos y un marido que se fue. Su madre sacó adelante a sus hijos solita y, por lo que se ve, sus hijas también van por ese camino. Minerva llora porque su suerte es mala suerte. Cada noche y cada día. Y reza. Pero cuando sus niños duermen después de que les ha dado de cenar hot cakes escribe poemas en papelitos que dobla y dobla y retiene en sus manos un largo tiempo, pedacitos de papel que huelen a dime.
   Me permite leer sus poemas. Yo la dejo que lea los míos. Siempre está triste como una casa que arde —siempre hay algo que está mal. Tiene muchos problemas, pero el más grande es su marido que se fue y sigue yéndose.
   Un día se harta y le dice que ya basta y basta. Allá va él patas pa’rriba. Ropa, discos, zapatos. Afuera por la ventana, y cierra la puerta con candado. Pero esa noche regresa y avienta una piedrota por la ventana. Luego lo lamenta y ella le abre la puerta de nuevo. La misma historia.
   A la siguiente semana llega azul y negra y pregunta qué puede hacer. Minerva. Yo no sé qué camino tomará. No hay nada que yo pueda hacer.

BICHOGRAFÍAS, Fernando Krahn

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FERNANDO KRAHN, Bichografías, Seix Barral, Barcelona, 2010, 144 páginas.

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En Los bichos de mi vida (pp. XV-XXII) Krahn confiesa: "A principio de los años sesenta, viviendo en Nueva York, leí La metamorfosis de Kafka y pensé en cómo haría yo las ilustraciones. Al intentar unos bocetos noté que me distanciaba de Kafka y que surgían unos insectos algo barrocos, con muchas patas y antenas. Inicié así una serie de dibujos minuciosos e inquietantes con insectos de mi total invención". En El bicho interior (pp. XI-XIII) Rosa Montero advierte al lector: "...entras en Bichografías y te parece estar asomándote a otra dimensión, a una especie de fabuloso bestiario medieval, a un mundo de fantasía; hasta que te das cuenta de que estás mirando dentro de ti mismo", 
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Mis antepasados cavaron dentro de un busto de madera un espacio para poner huevos. Éstos, dentro de cápsulas líquidas, caen por un orificio y concluyen su gestación. Cada Abril llegan los peregrinos al monasterio de Gratusek a ver las lágrimas de Santa Pristina, hermosa figura policromada del s. XIV. Los monjes no admiten el análisis biológico de las lágrimas.


EL ELEFANTE, Sławomir Mrożek

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SŁAWOMIR MROŻEK, El elefante, Seix Barral, Barcelona, 1962, 210 páginas.

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Seix Barral encargó a Margarita Fontseré la primera traducción al español de una obra de Mrozek que cuenta con ilustraciones de Daniel Mroz.
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POR EL CAMINO

   Inmediatamente después de salir de N., atravesamos unos prados inundados en los que algunos rastrojos brillaban como cabezas rapadas de jóvenes reclutas. A pesar de los baches y del barro, el coche avanzaba con alegre traqueteo. Lejos, a la altura de las orejas de los caballos, se extendía una franja de bosque. A nuestro alrededor reinaba la soledad, como siempre en esa época. Hasta al cabo de un rato no me di cuenta de que, frente a nosotros, tanto más destacada cuanto más nos acercábamos, se divisaba la figura de un hombre. Vestía uniforme de cartero y su cara no tenía nada que llamara la atención. Estaba inmóvil junto al camino y cuando pasamos por su lado nos dirigió una mirada indiferente. Apenas le había perdido de vista, cuando apareció otro vestido con uniforme parecido; también este permanecía inmóvil. Le observé atentamente, pero pronto descubrí a un tercero y luego a un cuarto. Todos estaban de cara a la carretera, miraban al frente con apatía y llevaban un uniforme raído. Asombrado me incorporé en mi asiento para poder ver mejor el camino detrás de la espalda del cochero. En efecto, a lo lejos vi aparecer la figura siguiente. Después de pasar junto a dos mas, me entró una curiosidad incontenible. Estaban colocados a distancias relativamente considerables, de manera que no se podían ver unos a otros. Todos se mantenían en la misma actitud y no demostraban sentir por el coche mayor interés que el que puedan sentir los postes de telégrafo por los viajeros. Me restregué los ojos, pero en cuanto dejábamos atrás a uno de aquellos hombres, ya aparecía el otro. Me disponía a abrir la boca para preguntar al cochero que significaba aquello, cuando éste, señalando con el látigo a uno de ellos, dijo sin volverse:
   —Estan de servicio.
   Y volvió a aparecer ante nosotros una figura inmóvil, indiferente y con la vista fija hacia adelante.
   —¿Qué pasa? —pregunté.
   —¿Cómo, qué pasa? Están de servicio. ¡Arre, Castaño, arre!
   El cochero no parecía tener ganas de dar más explicaciones, o lo consideraba superfluo. De vez en cuando, animaba a los caballos, haciendo chasquear mecánicamente el látigo. Zarzas, capillas junto al camino, prados solitarios, venían a nuestro encuentro y desaparecían luego detrás de nosotros; y entre ellos fui descubriendo una tras otra de aquellas figuras, ahora ya familiares.
   —¿Qué servicio prestan? —pregunté.
   —¿Cual habría de ser? Servicio del Estado. Línea de telégrafos.
   —¿Cómo? —exclamé yo—. Para el telégrafo se necesitan cables y postes.
   El cochero me miró, se encogió de hombros y me explicó:
   —Se ve que no es usted de aquí. Todo el mundo sabe que para un telégrafo normal se necesitan cables y postes. Pero éste es un telégrafo sin hilos. En el plan se había previsto uno con cables, pero robaron los postes y ya no se puede obtener cable.
   —¿Cómo que no se puede obtener?
   —Pues por lo de siempre: porque no lo hay. ¡Arre, Castaño!
   Me callé asombrado, pero no estaba dispuesto a dejarlo así.
   —Pero ¿qué quiere decir sin hilos?
   —Pues muy fácil. El primero grita al segundo lo necesario, éste al tercero, éste al cuarto y así sucesivamente hasta que el telegrama llega a su destino. Ahora no dan ninguna noticia, pero si la hubiera, usted mismo la podría oír.
   —¿Y esta clase de telégrafo funciona?
   —¿Por qué no había de funcionar? Claro que funciona. Sólo que a veces equivocan el contenido de de los telegramas. Lo peor es cuando uno de ellos tiene una idea propia. Entonces se complace en añadir cosas de su propia cosecha y la noticia se va dando tal como él la dejó. Pero, por lo demás, incluso es mejor que un telégrafo normal. Ya se comprende, los hombres vivos siempre son más inteligentes. Las tempestades no afectan a este teIégrafo. Se ahorra madera, que no es poco, porque aquí en Polonia, los bosques están ya muy diezmados. Sólo en inviernos, a veces, los lobos ocasionan algunas averías. ¡Arre!
   —Y, ¿esta gente está contenta? ——pregunté yo asombrado.
   —¿Por qué no lo había de estar? No es un trabajo pesado. Sólo hay que saber palabras extranjeras. Ahora nuestro cartero incluso ha ido a Varsovia a perfeccionarse. Dicen que les darán unos cañutos modernos, para que no tengan que gastarse los pulmones gritando. ¡Arre!
   —Y  ¿si uno es sordo?
   —A los sordos no se les da este empleo. A los remellados tampoco. Una vez se coló un tartamudo que tenía influencia, pero pronto le despidieron, porque bloqueaba toda la línea. Dicen que en el poste quilométrico veinte hay uno que estudió en la escuela dramática y que es el que tiene una dicción más clara.
   Aturdido por estos argumentos, me callé. Dejé de fijarme en los que había junto al camino. El coche saltaba por encima de los baches en dirección al bosque.
   —Pero ¿no preferirían ustedes tener un telégrafo nuevo con postes y cables? —pregunté con prudencia.
   —¡Dios nos libre! —el cochero se estremeció—. Gracias al telégrafo, ahora es muy fácil conseguir trabajo, en nuestro distrito. Además, siempre puede ganarse algún dinero suplementario. Porque cuando alguien quiere que un telegrama llegue íntegro a su destino, toma el coche y se acerca al quilómetro diez, al quince, etc., y va dando algo a cada uno. Un telégrafo sin hilos siempre es otra cosa que uno con cable. Es mas avanzado. ¡Arre!
   Entre el ruido de las ruedas llegó hasta nosotros algo así como un tenue grito. No era el silbar del viento ni un gemido lejano. Sonaba. algo así como:
   —Aaaeeuuueoeiiiioooieeeoooee.
   El cochero se irguió en el pescante y aguzó el oído.
   —Ahora comunican —dijo—. Parémonos y lo oiremos mejor. ¡So!
   Cuando cesó el ruido monótono del coche, se produjo un gran silencio y pudimos oír mas claramente los sonidos que parecían gritos de grullas. El hombre-poste que había más cerca de notros se llevó la mano a la oreja.
    —Enseguida llegará aquí —murmuró el cochero.
   Y efectivamente, apenas se extinguió el último "eee" oímos un grito prolongado procedente de la arboleda que acabábamos de cruzar:
   —Paadre muueerto, entiiieerrooo miércooolees.
   —Dios le tenga en su gloria —murmuró el cochero tiró de las riendas. Al poco rato penetramos en el bosque.

AQUÍ YACEN DRAGONES, Fernando León de Aranoa

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FERNANDO LEÓN DE ARANOA, Aquí yacen dragones, Seix Barral, Barcelona, 2013, 200 páginas.

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Afirma el propio autor en Aviso a lectores (pp. 9-11): "Es allí, donde el conocimiento no alcanza, donde la ficción se hace más necesaria. Porque ofrece explicaciones, y ayuda a construir un modelo, una réplica efica, coherente".
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LA MELODÍA


   Apoyado en la pared de adobe llena de agujeros, el soldado silba una melodía sencilla mientras el pelotón que va a ejecutarle carga, apunta y dispara sus armas.
   El capitán al mando se sorprende esa misma noche en la cantina, tarareando la melodía. Evita a las soldaderas, le incomoda su risa.
   Rechaza el alcohol y la euforia con la que sus oficiales celebran la victoria de hoy y conjuran el miedo a la derrota de mañana.
   Pasa la guerra, se olvida. Si se ganó o se perdió, pocos lo recuerdan ya.
   El capitán se hace brigada y el brigada, general, sin que la melodía se borre de donde sea que haya quedado grabada. Pueden pasar meses sin que vuelva a su cabeza, pero sabe que en el instante en el que lo desee podrá tararearla otra vez y, sin saber por qué, lo percibe como una amenaza.
   Así sucede el día de la comunión de Andrés, su hijo; una tarde en los caballos, en la que apostaron cuarenta pesos a Veloz y perdieron; la mañana que a su mujer le dieron la terrible noticia y tres meses después, justo después de su entierro, en una cafetería del centro de la ciudad a la que no había regresado desde que se fueron a vivir al barrio alto, en los años setenta.
   La silbará por última vez ausente, en su lecho de muerte. Su hijo, ya un joven cadete de la escuela de oficiales Baltasar Luengo, pregunta por su origen, pero el anciano militar le miente.
   Años más tarde la tararea él también en un bar, una noche, sin darse cuenta. Una joven, que le escucha, se enamora de él dos mesas más allá. La melodía le es familiar. Su padre la silbaba cuando ella era niña, cuando el mundo comenzaba y terminaba en el caballo imaginario de sus rodillas. Pero eso fue hace mucho, antes incluso de la guerra, en la que había muerto fusilado.
   La joven tiene una mirada hermosa: hay tanta vida en sus ojos que asusta. Y sin embargo, sin que pueda comprender por qué, al joven cadete le cuesta sostenérsela.
   Siente que le debe una explicación, pero no sabe cuál.


FLORES DEL AÑO MIL Y PICO DE AVE, Álvaro Cunqueiro

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ÁLVARO CUNQUEIRO, Flores del año mil y pico de ave, Seix Barral, 1990, 242 páginas.
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Editado originalmente por Taber en 1968, contiene además de los Siete cuentos de otoño, otros microrrelatos.
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EL BARQUERO
       
   Felipe de Amancia, cuando yo lo conocí, pasaba ya de los sesenta. Tenía con él, para ayudarle en el oficio, a un nieto que no llegaba a los doce años, y se llamaba Joselín. Amancia, la madre de Felipe, había sido barquera, y se tiene como seguro que no sabía quién fuese el padre de su Felipe, aunque hemos de pensar que fue un señor, por las maneras y fantasías que quitó Felipe en su viaje por este mundo. Felipe, calvo y huesudo, tenía negros ojos, burladores. Todo él era reidor y campechano, aunque le gustase aparentar sequedad, y, por veces, melancolía. Quizás algún seminarista de Mondoñedo que por allí pasó de los de ropón corto y banda colorada, recordando un verso de Horacio le dijo aquello de Caronte melancólico, y como Felipe era muy dado a creer en imaginaciones, tomó ésta para componer su figura. Aún me parece verlo sentado en el padrón con los pies descalzos descansando en la popa de la chalana, liando cigarro y mirando sin ver para el río. Yo era muy rapaz y me tenía por su amigo.
   —¡Tarde llegas! —me decía—. Aún no hace una hora pasé en la barca al obispo de París, tuve que hacer dos viajes; uno para Su Señoría y su camarero, y otro para una sombrilla que traían, amarilla con vueltas coloradas.
   Lo creía todo. Un día vino a pintarle la barca un pintor de Lugo.
   —Pinto la lancha —me dijo— porque pasó hoy por aquí la infanta Catalina con seis caballeros negros, y cada uno de los caballeros me dio un carolus del rey, que es moneda que sólo corre entre reyes y príncipes. He de ir a cambiarlos por tres onzas a Compostela. La infanta llevaba en la mano un malvis cantador, y en el medio del río pare la barca para que ella tirara una rosa a las aguas, que es costumbre de la Casa Real saludar los ríos que pasan. Agradeció que yo estuviese al tanto de tal cortesía.
   Felipe de Amancia sonreía y me daba palmaditas en la espalda. Yo me ponía a caballo de la proa de la barca y allí me estaba viendo correr el agua, alanceándola con la pértiga.
   Felipe de Amancia amaneció muerto un día de San Froilán en el patio de la posada. Todos sus ahorros los tenía en oro, en una bolsa de seda carmesí, en la que había mandado bordar una barca con su barquero, navegando unas aguas azules. Debajo de las aguas, un letrero decía: «Oro secreto». Allí estarían el tornés del Delfín, los carolus de los caballeros de doña Catalina, el luis del obispo de París, la libra del príncipe de Gales y las monedas bizantinas de don Leonís. Y también la más hermosa moneda que poseyó nunca Felipe de Amancia: su fantasía, un florín de ley. Lo gastaba cada día.

EXORCISMOS DE ESTI(L)O, Guillermo Cabrera Infante

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GUILLERMO CABRERA INFANTE, Exorcismos de esti(l)o, Seix Barral, Barcelona, 1976, 304 páginas.

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Esta colección de piezas breves termina conjurando siempre al humor en sus continuos e ingeniosos juegos con el lenguaje.

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DOLORES ZEUGMÁTICOS

   Salió por la puerta y de mi vida, llevándose con ella mi amor y su larga cabellera negra.

ARTICUENTOS COMPLETOS, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Articuentos completos, Seix Barral, Barcelona, 2012, 960 páginas.

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El autor explica en el Prólogo que, a pesar de las dos cribas impuestas para la selección de sus textos, que no guarden relación con "un tipo de realidad perecedera" y que ya no le parezcan "conmovedores", el volumen ha quedado "algo incómodo" y "apto para ser utilizado como almohada": casi un millar de páginas que nos recuerdan la llave hacia la reflexión a la vez que perfilan la puerta a nuestros sueños.

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LA CONCIENCIA

   En la antigüedad teníamos más metros cuadrados que cosas. Ahora, en cambio, tenemos más cosas que metros cuadrados. Hace años, podías recorrer un pasillo de 15 metros sin tropezar con un solo mueble. Ahora no puedes dar dos pasos sin estrellarte contra una bicicleta estática, una vajilla de Chillida o la armadura de una tienda de campaña. Mucha gente cambiaría los objetos por metros cuadrados; el problema es que la mayoría de esos trastos sólo tienen un valor romántico, que no cotiza ni en los mercadillos de pueblo. Ya me dirán para que sirve la maleta de madera con la que papá se fue a Alemania, el televisor en blanco y negro que conservamos absurdamente debajo de una cama o la impresora portátil que compramos hace 15 años por si acaso (¿por si acaso qué?).
   Lo bueno, ahora lo comprendemos, eran los metros cuadrados. No hay cosa mejor que cien o doscientos metros cuadrados, todos juntos, sin más objetos que la foto del abuelo en la pared del pasillo y una alacena en el comedor. Construir viviendas pequeñas por sistema es como escribir frases cortas por obligación. La frase corta funciona bien como desván, como cuarto trastero, como altillo en el que introducir una o dos ideas pequeñas (las que caben en una columna, por ejemplo). Pero para vivir, para respirar, para estar a gusto, nada como un piso de seis o siete habitaciones, cuatro exteriores y tres interiores, además de la cocina, el baño y los aseos. Ahora, dada la escasez de metros cuadrados y la abundancia de cosas, ha aparecido un negocio nuevo, el de los trasteros que guardan toda esa basura doméstica. Hemos vendido el alma (o los metros cuadrados) a cambio de cosas que brillaban, de espejuelos con los que no sabemos qué hacer. Deberíamos regresar a la frase larga, a la oración compuesta, al pasillo de 15 metros de largo. A la conciencia.

CUENTOS FANTÁSTICOS CHINOS

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YAO MING & GABRIEL GARCÍA-NOBLEJAS (editores), Cuentos fantásticos chinos, Seix Barral, Barcelona, 2000, 192 páginas.

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   Estando un mandarín de poco mando en la prefectura de Yangxian llamado Wu a la orilla de un arroyo, vio flotando en él unas cuantas piedras fu de muchos colores. Las cogió. Las dejó en la cabecera de la cama y, por la noche, se habían transformado en una mujer.


Liu Jingshu, dinastía Nan Chao (420-589)