Mostrando entradas con la etiqueta SANDRA CISNEROS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SANDRA CISNEROS. Mostrar todas las entradas

EL ARROYO DE LA LLORONA Y OTROS CUENTOS, Sandra Cisneros

0


SANDRA CISNEROS, El arroyo de la llorona y otros cuentos, Vintage, Nueva York, 1996

**********
Liliana Valenzuela traduce al español estos cuentos publicados en Estados Unidos.
**********


EL HOMBRE MARLBORO

   Se llamaba Durango. No en la vida real. No me acuerdo de su verdadero nombre, pero ya me vendrá a la mente. Lo tengo en la libreta de teléfonos, en mi casa. Mi amiga Romelia vivía antes con él. Hasta la conoces. La muy bonita, la de los labiototes, que vino a la mesa en el Beauregard’s mientras tocaban los Number Two Dinners.
   ¿La de cola de caballo?
   No. Su amiga. Bueno, pues resulta que vivió con él un año, aunque ya estaba muy viejo para ella.
   ¿De veras? Pero yo creí que el hombre Marlboro era gay.
   ¿Gay? Romelia nunca me dijo eso.
   Sí. Estoy segurísima. Me acuerdo porque le traía unas ganas locas y un día que veo un anuncio para 60 Minutos, ¿no? PROGRAMA ESPECIAL. ¡ESTA NOCHE! EL HOMBRE MARLBORO. Me acuerdo que pensé, Chinelas, no me lo puedo perder.
   Tal vez Romelia sí me lo insinuó y yo ni me di cuenta.
   ¿Cómo se llama? El tipo de 60 Minutos.
   ¿Andy Rooney?
   Andy Rooney no, ¡girlfriend! El otro tipo. El que siempre se ve triste.
   Dan Rather.
   Ándale, él. Dan Rather lo entrevistó para 60 Minutos. Ya sabes, “Qué fue del hombre Marlboro” y toda esa mierda. Dan Rather lo entrevistó. El hombre Marlboro estaba trabajando como voluntario en una clínica para el SIDA y hasta murió de eso.
   No, cállate. Murió de cáncer. Demasiados cigarros, yo creo.
   ¿Estamos hablando del mismo hombre Marlboro?
   Él y Romelia vivían en un terreno fabuloso en las lomas, cerca de Fredericksburg. Una casa preciosa sobre un acantilado, junto a unos ranchos ganaderos. Haz de cuenta que estabas a millas de la civilización, entre venados y guajolotes silvestres y correcaminos y halcones y todo eso, pero estaba a sólo diez minutos en carro de la ciudad. Hicieron un party un Cuatro de Julio e invitaron a todas las personalidades. Willie Nelson, Esteban Jordán, Augie Meyers, toda esa gente.
   No me digas.
   Tenía la costumbre de quitarse la ropa en público. Me lo encontré una vez en el Liberty y traía puesto un traje exquisito. Como los de la revista GQ, ¿ya sabes, no? Très élégant. Bueno, le hice la seña a Romelia, como diciendo que luego iba a acercarme al bar y saludarla. Pero para cuando llegué a mi pay de nuez, él ya iba a salir a la calle sin más ropa que una servilleta de papel. Te juro que era algo serio.
   ¡Hijo Jesú! Me estás matando. Yo antes soñaba que iba a ser el padre de mis hijos.
   Bueno, sí. Eso si estamos hablando del mismo hombre Marlboro. Ha habido docenas de hombres Marlboro. Así como ha habido docenas de Lassies, docenas de ballenas Shamú y docenas de Ralph, el Puerquito Nadador. Bueno, ¿pues qué piensas, girlfriend? Tantos anuncios. ¡Tantos años!
   ¿Tenía bigote?
   Sí.
   ¿Y había tenido papeles insignificantes en las películas del oeste de Clint Eastwood?
   Creo que sí. Por lo menos actuó en unos anuncios del banco Wells Fargo, que yo sepa.
   ¿Y era del norte de California, tenía un hermano menor medio retrasado mental y había hecho algunas películas pornográficas antes de que los de Marlboro lo descubrieran?
   Bueno, yo sólo sé que se llamaba Durango. Y que tenía un rancho en las lomas que había sido antes de Lady Bird Johnson. Y que él y unos amigos del grupo los Texas Tornadoes perdieron un montón de lana al invertir en un estudio de grabación que se suponía iba a tener treinta y seis pistas en lugar de las típicas dieciséis, o algo así. Y le dio mucha lata a Romelia, siempre detrás de cualquier fulanita y…
   Pero Dan Rather dijo que aquél era el hombre Marlboro original.
  El original, ¿eh?… Bueno, a la mejor del que te estoy hablando, el que vivió con Romelia, no era el hombre Marlboro de verdad.… Pero que estaba viejo.

LA CASA DE MANGO STREET, Sandra Cisneros

0


SANDRA CISNEROS, La casa de Mango Street, Seix Barral, Barcelona, 2004, 143 páginas.

**********
Seix Barral edita en España la traducción de Elena Poniatowska en Random House Mondadori (1994).
**********

MINERVA ESCRIBE POEMAS

   Minerva es apenas un poco mayor que yo y ya tiene dos hijos y un marido que se fue. Su madre sacó adelante a sus hijos solita y, por lo que se ve, sus hijas también van por ese camino. Minerva llora porque su suerte es mala suerte. Cada noche y cada día. Y reza. Pero cuando sus niños duermen después de que les ha dado de cenar hot cakes escribe poemas en papelitos que dobla y dobla y retiene en sus manos un largo tiempo, pedacitos de papel que huelen a dime.
   Me permite leer sus poemas. Yo la dejo que lea los míos. Siempre está triste como una casa que arde —siempre hay algo que está mal. Tiene muchos problemas, pero el más grande es su marido que se fue y sigue yéndose.
   Un día se harta y le dice que ya basta y basta. Allá va él patas pa’rriba. Ropa, discos, zapatos. Afuera por la ventana, y cierra la puerta con candado. Pero esa noche regresa y avienta una piedrota por la ventana. Luego lo lamenta y ella le abre la puerta de nuevo. La misma historia.
   A la siguiente semana llega azul y negra y pregunta qué puede hacer. Minerva. Yo no sé qué camino tomará. No hay nada que yo pueda hacer.

ÉRASE UN HOMBRE, ÉRASE UNA MUJER, Sandra Cisneros

6


SANDRA CISNEROS, Érase un hombre, érase una mujer, Ediciones B, Barcelona, 1992, 244 páginas.

**********
Titulada originalmente Women Hollering Creek esta colección de relatos que contiene algunos microrrelatos conoce dos traducciones: la publicada en Vintage Books en 1996, con el título de El arroyo de la Llorona y otros cuentos (traducción de Liliana Valenzuela) y ésta anterior de Ediciones B, Érase un hombre, érase una mujer, de la que es responsable Enrique de Hériz.
**********

ONCE

   Lo que no entienden los cumpleaños, y lo que nunca te dice nadie, es que cuando cumples once también tienes diez, y nueve y ocho y siete y seis y cinco y cuatro y tres y dos y uno. Y cuando te despiertas el día en que cumples once años, esperas sentirte como si tuvieras once, pero resulta que no. Abres los ojos y todo es como ayer, sólo que es hoy. Y no te sientes de once años para nada. Te parece como si todavía tuvieras diez. Y los tienes, por debajo de ese año que te hace tener once.
   Por ejemplo, algún día puedes decir una estupidez y ésa es la parte de ti que todavía tiene diez años. O quizá necesites sentarte a veces en el regazo de tu madre porque tienes miedo, y ésa es la parte de ti que tiene cinco.
   Y acaso algún día, cuando seas mayor, necesites llorar como si tuvieras tres años, y no pasa nada. Eso le digo a mamá cuando está triste y necesita llorar. A lo mejor se siente como si tuviera tres años.
   Porque crecer es como una cebolla, o como las anillas del interior del tronco de un árbol o como mis muñequitas de madera, que caben una dentro de la otra, cada año dentro del siguiente. Eso significa tener once años.
   No te sientes de once años. Todavía no. Cuesta unos cuantos días, incluso semanas, a veces hasta meses antes de que digas Once cuando te lo preguntan. Y no te sientes como una chica lista de once años hasta que casi tienes doce. Así son las cosas.
   Pero hoy quisiera no tener sólo once años sonando en mi interior como monedas dentro de una caja de latón. Hoy me gustaría tener ciento dos años en vez de once, porque si tuviera ciento dos hubiera sabido qué decir cuando la señora Price me dejó el jersey rojo encima del pupitre. Hubiera sabido decirle que no era mío, en vez de quedarme allí sentada con aquella expresión en la cara y sin saber qué decir.
   —¿De quién es esto? —dice la señora Price, y levanta el jersey rojo para que toda la clase pueda verlo—. ¿De quién? Hace un mes que está en el vestuario.
   —No es mío —contesta todo el mundo—. No es mío.
   —De alguien tiene que ser —insiste la señora Price.
   Pero nadie lo recuerda. Es un jersey feo con botones rojos de plástico y el cuello y las mangas tan cedidos que podría usarse como cuerda para saltar. Por lo menos tiene mil años y aunque fuera mío no lo diría.
   Quizá porque soy delgaducha, quizá porque no le gusto, la estúpida de Sylvia Saldívar dice:
   —Creo que es de Raquel.
   Un jersey feo como ése, andrajoso y tan viejo... Pero la señora Price se lo cree. Coge el jersey, lo pone sobre mi pupitre, y cuando abro la boca las palabras no me salen.
   —No es, yo no, usted no... No es mío —consigo decir con una vocecita que quizá fue la mía cuando tenía cuatro años.
   —Claro que es tuyo — dice la señora Price. Recuerdo que una vez lo llevabas.
   Como es mayor y es la profesora, ella tiene razón y yo no.
   No es mío, no es mío, no es mío, pero la señora Price ya ha pasado a la página treinta y dos y al problema de matemáticas número cuatro. No sé por qué, pero de repente me siento mareada, como si la parte de mí que tiene tres años quisiera salirme por los ojos; pero los cierro con todas mis fuerzas y aprieto los dientes con rabia y trato de recordar que hoy tengo once años, once. Mamá me está haciendo un pastel para esta noche y cuando papá llegue a casa todo el mundo cantará cumpleaños feliz, cumpleaños feliz.
   Pero cuando se me pasa el mareo y abro los ojos, el jersey rojo sigue plantado allí como una gran montaña roja. Aparto el jersey rojo hasta el rincón del pupitre con la regla. Coloco el lápiz, los libros y la goma lo más lejos posible. Incluso corro la silla un poquito a la derecha. No es mío, no es mío, no es mío.
   Voy calculando por dentro cuánto falta para la hora de comer, cuánto queda hasta que pueda coger el jersey rojo y tirarlo por encima de la valla del patio del colegio, o dejarlo colgado en un parquímetro, o hacer una pelota con él y soltarlo en un callejón.
   Pero al acabar la clase de matemáticas, la señora Price dice en voz alta y delante de todo el mundo:
   —Bueno, Raquel, ya basta.
   Porque ha visto que he empujado el jersey rojo justo hasta el mismísimo rincón del pupitre y asoma por el borde como una cascada, pero a mí no me importa.
   —Raquel —dice la señora Price. Lo dice como si se estuviera enfadando—. Ponte ese jersey ahora mismo y déjate de tonterías.
   —Pero si no es...
   —¡Ahora mismo! —dice la señora Price.
   Entonces es cuando deseo no tener once años, porque todos los años que hay dentro de mí —diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno— empujan desde el interior de mis ojos mientras meto el brazo por una manga del jersey y huele a queso fresco y luego el otro brazo por la otra y me quedo allí de pie con los brazos abiertos como si me doliera el jersey y es verdad que me duele, lleno de picazones y de gérmenes que ni siquiera son míos.
   Entonces es cuando por fin suelto todo lo que he estado aguantando desde esta mañana, desde que la señora Price ha dejado el jersey en mi pupitre, y de repente rompo a llorar delante de todo el mundo. Desearía ser invisible pero no lo soy. Tengo once años y hoy es mi cumpleaños y estoy llorando delante de todo el mundo como si tuviera tres. Reclino la cabeza en el pupitre y entierro la cara en mi estúpido jersey de mangas de payaso; la cara me arde mientras suelto saliva por la boca porque no consigo acallar los ruidos de animal que se me escapan hasta que no me quedan lágrimas y ya es sólo mi cuerpo el que se agita como cuando tienes hipo, y me duele toda la cabeza como cuando bebes leche demasiado deprisa.
   Pero lo peor viene inmediatamente antes de que suene la campana de la comida. La estúpida de Phyllis López, que aun es más idiota que Sylvia Saldívar, dice que se acuerda de que el jersey rojo es suyo. Me lo quito enseguida y se lo doy pero la señora Price aparenta no haberse enterado.
   Hoy cumplo once años. Mamá prepara un pastel para esta noche, y cuando papá vuelva de trabajar nos lo comeremos. Habrá velas y regalos y todo el mundo cantará cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, sólo que será demasiado tarde.
   Hoy cumplo once años. Hoy tengo once, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno, pero deseo tener ciento dos. Deseo tener cualquier edad menos once años, porque quiero que el día de hoy esté ya muy lejos, tan lejos como un globo que escapa, como una minúscula o en el cielo, tan pequeña tan pequeña que has de cerrar los ojos para verla.

UNA CASA EN MANGO STREET, Sandra Cisneros

0


SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, 164 páginas.

**********

CUATRO ÁRBOLES DELGADUCHOS

   Son los únicos que me entienden. Yo soy la única que los entiende. Cuatro árboles delgaduchos con cuellos delgaduchos y codos puntiagudos como los míos. Cuatro que no pertenecen a este mundo pero están en él. Cuatro excusas raquíticas plantadas por el Ayuntamiento. Desde nuestra habitación se los puede oír, pero Nenny duerme y no aprecia estas cosas.
   Su fuerza es secreta. Envían raíces feroces bajo tierra. Crecen por arriba y por abajo y agarran la tierra con los peludos dedos de sus pies y muerden el cielo con dientes violentos y nunca pierden su rabia.
   Así resisten.
   Bastaría que uno olvidara la razón de su existencia para que se inclinaran todos como los tulipanes en un jarrón, cada uno rodeando al otro con los brazos. Resistir, resistir, resistir, dicen los arboles mientras duermo. Es una lección.
   Cuando estoy demasiado triste y demasiado débil para seguir resistiendo, cuando soy una menudencia contra tantos ladrillos, entonces miro a los árboles. Cuando ya no queda nada más que mirar en esta calle. Cuatro que crecen a pesar del cemento. Cuatro que llegan y no se olvidan de llegar. Cuatro cuya única razón es ser y ser.