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CRUZANDO EL PARAÍSO, Sam Shepard

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SAM SHEPARD, Cruzando el paraíso, Anagrama, Barcelona, 1997, 272 páginas.

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CONTIGO CAREZCO DE PERSPECTIVA

   No recuerdo cómo me iban las cosas antes de conocerte. ¿Siempre he estado en esta situación? Recuerdo que me sentía perdido. De eso estoy seguro. Iba sin rumbo. Pasaba de una mujer brava a la siguiente. En ocasiones permanecía junto a ellas el tiempo suficiente para darme cuenta de que su desconcierto era todavía mayor que el mío. O al menos eso era lo que sacaba en claro de lo que me decían. Pero no recuerdo que antes estuviese tan nervioso, tan hecho polvo. Las contemplaba a distancia: lavándose con una esponja en el fregadero, completamente colocadas; desmenuzando negras bolas de hachís con cuchillas de afeitar; moviéndose como reinas a cámara lenta. Después se vestían como las chicas pueblerinas de épocas pasadas, se reían tontamente y trataban de no enseñar sus largas piernas; ¡con qué garbo caminaban sobre sus tacones de goma agitando sus cabelleras igual que los caballos agitan la cola!
   Pero contigo carezco de perspectiva. Cada vez que te mueves, siento como si viajase por tu piel; cada vez que miras por la ventana, siento como si estuvieses muy sola y soñases con tiempos mejores. De nada sirve que te salude agitando los brazos. Ahora todo se ha vuelto del revés.

15/5/95 (Scottsville, Virginia)

LUNA HALCÓN, Sam Shepard

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SAM SHEPARD, Luna Halcón, Anagrama, Barcelona, 1981, 115 páginas.

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Subtitulado Relatos, poemas y monólogos, contiene numerosos microrrelatos.
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EL SEXO DE LOS PECES
        
   Estaban hablando de lo cachonda que es la palabra «lonja». Luego ella dijo que todavía era más cachonda la palabra «porción». ¿Qué clase de gente utiliza la palabra «porción»? Entonces estuvieron un buen rato riéndose de eso. Esperaban visita. Entre tanto él cargó el rifle de calibre 22 y salió a hacer puntería con los cuervos. Falló cinco veces, pero de todos modos no. quedó ninguno en el jardín. A la cabra no le gustaron mucho los disparos y empezó a bailar sobre las patas traseras, y las ubres se le bamboleaban de un lado para otro. Cuando le sacó el cerrojo al arma y lo dejó en el armario estaba pensando en su madre. Estaba a punto de llegar y seguo que el pelo del crío le parecería demasiado largo.«Chico o chica? ¿Chico o chica?» Mientras cargaba cinco cartuchos más, estuvo mirando a su mujer. Estaba lavando platos y parecía un muchacho. Las manos de él eran alargadas y delgadas como las de una mujer. El rifle parecía  completamente macho. Los ciervos eran hembras, incluidos los machos. Los puercoespines eran niños gordos. Los patos, tías. Los alces, hombres. Las zorras, hembras. Los lobos, mitad y mitad. Los conejos, chochitos. ¿Los peces? No supo clasificarlos. No hay nada tan difícil de clasificar como un pez. Los peces son verdaderamente misteriosos. Y con esto lo dejó por aquella noche.