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SEGÚN LA COSTUMBRE DE LAS OLAS, Jenaro Talens & Clara Janés

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JENARO TALENS & CLARA JANÉS, Según la costumbre de las olas, Salto de Página, Madrid, 2013, 82 páginas.

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He aquí el resultado del diálogo creativo de los poetas Jenaro Talens y Clara Janés: «Clara se decantó por continuar expresando su desconcierto mediante fotomontajes. Yo respondía a sus sugerencias visuales con poemas en prosa».
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UTILIDAD DEL DISCURSO VERDADERO

   De noche, cuando los amantes bajo la influencia sólo intercambian su respiración, las palabras no dicen ni conocen. Puro sonido sin significado, son apenas escombros de otros balbuceos donde el anciano antaño quiso reconocerse al despertar. Toda lección se aprende de las ruinas. ¿Podrá la luz un día señalarle un camino? Vagamente se escuchan en el horizonte voces que claman la intemperie del animal que fue. 
 

LOS PELIGROS DE PAULINA, Salvador Garmendia

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SALVADOR GARMENDIA, Los peligros de Paulina y otros cuentos selectos, Salto de Página, Madrid, 2014, 352 páginas.

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Viviana Paletta traza en Salvador Garmendia: ficciones para "una conciencia rodeada de sombras" (pp. 5-14) la semblanza vital y literaria del autor venezolano, quien, según Óscar Rodríguez Ortiz, explora en sus relatos "los límites entre la vigilia y la ensoñación, la pesadilla, en medio del alienante tráfago de las ciudades".
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TIGRE

Para David Alizo

   Un tigre salta del papel y queda parado encima de mi mesa. Sus poderosos cuartos, juiciosamente articulados, están protegidos exteriormente por verdaderas capas de silencio; y esto le permite desplazarse de manera que cada movimiento que realiza parece que hiciera el vacío alrededor.
   Sus zarpas no quebrantan la hierba. Su respiración uniforme es la de un niño.
   Lo estoy viendo ahora parado en la alfombra, convertido en la réplica viviente de un tigre de peluche. Hasta su tamaño  ha lle­gado a ser, más o menos, el de un gato corriente de almohadón; y así me mira desde abajo con ojos redondos y aburridos.
   Pero otras veces lo veo saltar por la ventana, recuperando toda su magnitud elástica; y en esos momentos llega a atemori­zarme, aunque sea sólo por unos segundos, ya que su imagen se transparenta y desaparece apenas toca con la luz exterior.
   Siempre que se echa a dormir a mis pies, bajo la mesa donde leo o escribo, y mis pantuflas le tropiezan casualmente en el vientre transmitiéndome el movimiento de su respiración, no dejo de bajar la cabeza y echarle una mirada.

EL VIENTO Y LA HOJA, Abbas Kiarostami

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ABBAS KIAROSTAMI, El viento y la hoja, Salto de Página, Madrid, 2015, 148 páginas.

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Santos Zunzunegui en Todo (es) mirada (pp. 5-9) señala que Kiarostami, tanto en su cine como en estos josravaní (poemas breves de tradición iraní), pretende "desanestesiar nuestra percepción del mundo, limpiar de telarañas la realidad". Firman la traducción Ahmad Taherí y Clara Janés. 
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Un esqueje recién plantado
crecía y se dirigía
al cielo
inconsciente del hacha.

ZETA, Manuel Vilas

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MANUEL VILAS, Zeta, Salto de Página, Madrid, 2014, 160 páginas.

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Doce años después de ser publicado en la desaparecida editorial DVD, Zeta reaparece acompañado por un breve prólogo del propio autor que, con su característico estilo, firma la que casi podría considerarse una pieza narrativa más del volumen, además de una carta de presentación de atractivo difícilmente superable: «Yo quería el caos, la muerte, el dolor inconmensurable, la exaltación de la pobreza, la distorsión, la degeneración, la demencia, la ficción asesina, la fantasmagoría, el humor que quema, yo deseaba que Franz Kafka viviese en Teruel, y todo eso quería que se fundiese con la ciudad en la que estaba viviendo, con Zaragoza. Y eso es Zeta
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PETRARCA Y LA LUNA

   Esto va a ser una fiesta perpetua. He decidido que mi vida va a ser una fiesta, y voy a invitar a todo el mundo. Ya no voy a ser un tipo sombrío. Voy a ser el tipo que no puede faltar en ninguna celebración. Eh, dónde está Petrarca, esto sin Pet no funciona. Sí, me llamo Petrarca, pero puedes llamarme Pet. Soy un tipo formidable para bailar con las mujeres, canciones lentas, mujeres de cuarenta años. Les susurro cosas bonitas al oído. Eh, soy yo, Petrarca, el tipo que no puede faltar en ninguna fiesta. El teléfono no deja de sonar. Todo el mundo me necesita. Todo el mundo quiere quedar conmigo. Me voy a tener que comprar ropa nueva. Esto es demasiado, hasta quieren nombrarme presidente de la comunidad. Hasta Juliette Binoche me telefoneó el otro día. Quedamos a cenar. Se está enamorando de mí, esta Juliette me tiene loco. El teléfono no deja de sonar. Cuando fui a pagar me di cuenta de que estaba cenando solo y que encima no tenía un duro. Cuando salí a la calle, un cortejo de vampiros estaba esperándome. «Eh, Pet, tío positivo, así que tu vida va a ser una fiesta», y se reían y querían morderme. No me quedó más remedio que irme con ellos, de copas por allí.
   —A veces, pasa —dijo uno— pasa que la luna nos devora, parece como si nos diese una segunda oportunidad, pobre Pet. Es muy ridículo el nombre que te has buscado. Pero la luna es una víbora y tú, Petrarca, un inocente. Puede que incluso esté bien ese nombrecito que te has buscado. Se nota que lo tuyo era la literatura. Eres un sinvergüenza. Así que ibas a ser un tipo positivo. Una fiesta perpetua. Deberíamos morderte el cuello todos nosotros hasta desangrarte. Seguro que no nos ibas a echar en falta en esa nueva vida tuya. Mira tu piso, desgraciado, mira tu piso y dime lo que ves. Conque ibas a cenar con Juliette Binoche, joder, qué majara estás. Cómo una mujer así iba a ponerse a cenar con un vampiro, mártir, lagarto, llamado Pet, como tú. Además no sabes francés. En realidad, no sabes ninguna lengua conocida. Sólo sabes indoeuropeo, porque eres una bestia cavernaria. Bah, no sabes ni indoeuropeo, porque nunca lograste aprenderte las declinaciones, eras el último de la clase. Siempre te quedabas sin cenar, y sin dormir, y sin vivir. Así que tu vida iba a ser una fiesta. Así que el teléfono no paraba de sonar, y dime quién coño te llamaba, pobre Pet, si tu número de teléfono hace treinta años que no lo marca nadie. No sé qué hacer contigo, no sé si pegarte o seguir riéndome. Yo fui el último que marqué tu número de teléfono, o es que no te acuerdas.
   Los puentes de Zeta brillaban bajo la luna. Los vampiros cantaban sus canciones. Las rosas se ahogaban bajo el agua. Los ahorcados llamaban por teléfono a sus viudas y les decían suciedades. «Aún me sangra el cuello y es por tu culpa, léeme un poema de Petrarca; aquí, en la noche eterna, me he vuelto un tipo culto», decían los ahorcados a sus viudas, que ya se acostaban con otros hombres, parecidos a los vivos. ¿Tú crees
que ese tipo que duerme a tu lado está vivo? Dime a qué hora se ha puesto el despertador. Es sólo curiosidad. Quiero saber si madruga más de lo que madrugaba yo cuando dormía a tu lado.

TODO IRÁ BIEN, Matías Candeira

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MATÍAS CANDEIRA, Todo irá bien, Salto de Página, Madrid, 2013, 160 páginas.

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ALGUIEN AL OTRO LADO

   El cuarto de matrimonio tenía una lámpara tubular que emitía luz en intermitencias, como estallidos de sangre. Ella y yo nos quedamos mirando  el ventilador en la espesa oscuridad. Apenas avanzaba ni retrocedía. Ah, lo cierto es que suelo arreglárselos a algunas mujeres de este vecindario apartado. Casi todo el mundo se ha marchado de aquí. Llevo años haciendo lo mismo. Con la excusa de que necesito encontrarme solo para hallar la víscera rota de la máquina, si puedo les robo —siempre cantidades pequeñas que esconden en lugares mullidos— y después husmeo en los cajones de su ropa interior. Huroneo con mi nariz allí dentro, salvajemente, lo juro, como si no hubiera días. Es mi momento especial. Sé muy bien que soy un ingrato con la educación recta que recibí de niño.
   —Hay que hacer algo —le aseguré a esta mujer.
   La luz submarina de la lámpara estalló de nuevo y me acerqué más a la pared, donde me había parecido ver la sombra de otra persona. Justo en aquel instante, es cierto, imaginé algo horrible que se había larvado en aquella casa. Lo único que ella me había dicho era que le aterrorizaba escuchar el ventilador en la oscuridad, mientras dormía. Pero también me dije que aquel ventilador majestuoso no podría deprimir a alguien como yo. Era igual que un niño gordo que acaban de sacar entre una marea negra, intentando vivir. Algo tristísimo. Pronto noté que ella me acercaba una escalera por detrás. Me obligo a decir idioteces cuando estoy nervioso. Mi mente sustituye indebidamente algunas palabras. Casa. Bonita casa.
   —Tiene un ejemplar muy atractivo.
   Hurgué durante unos minutos en el corazón del aparato, pero no encontré aquel error que lo obstruía, quizás una uña enorme o una bola de pelo húmeda. A veces me he imaginado a dos amantes que, en cada uno de sus arrebatos, segundo a segundo, van perdiendo hebras del cabello que ascienden hacia los ventiladores hasta obstruirlos y matarlos silenciosamente.
   Decidí insistir un poco más y, por fin, tiré de algo. Era un pequeño trozo de cuerda blanca muy resistente. Ella se la guardó en el bolsillo con rapidez, como si, por alguna razón, no quisiera que la examinara. El ventilador seguía sin girar y el temblor, me temo, era todavía peor que antes.
   Dije hasta dos veces qué casa tan bonita y su ventilador, lo siento, no creo que se pueda hacer nada.
   De pronto, cuando me disponía a marcharme, la mujer se recogió el pelo —tenía una dignidad desconcertante— y dejó un billete sobre la cómoda. ¿Puede uno notar el definitivo temblor de otra persona sin mirarla? Estoy seguro de que no era una gran cantidad de dinero, pero a mí, por primera vez en muchos años, no me apeteció escarbar a mi manera en sus secretos diminutos.
   —Podría quedarse aquí un rato —dijo ella, y me miró a los ojos—. Está lloviendo bastante.
   Fuera cierto o no, tampoco es que yo tratase de buscar una ventana. No me parecía bien dejar de mirarla en ese momento. Entonces ella sacó aquella botella de vino. O debería decir, más bien, que la extrajo del estómago de un mueble y que, allí dentro, aquella botella estaba esperándola. Era una botella medio vacía y llena de polvo. Alguien había pintado, con la angustia de un niño, a un hombre y una mujer en la etiqueta, sentados muy juntos en el banco de un parque.
   Estaba espeso y con el sabor picado, a encía.
   Tampoco dije nada ni me opuse, porque aunque desconociera sus motivos, ese gesto —llevarnos los vasos lentamente a la boca, acabar aquel rito— era importante para ella. Arreglar un ventilador y arreglar la vida. Eso pensé. Iba a marcharme, claro que iba hacerlo. Pero en ese momento ella se quedó quieta junto a la puerta del cuarto, dejando que la luz rojiza y distante le iluminara las piernas, y yo, bueno, pues la verdad es que no medité bien lo que dije. Otra vez.  ¿Es que eran demasiadas?
   —Vamos a mirarlo de nuevo. Tal vez así funcione. No aparte la vista.
   Y, muy despacio, nos fuimos introduciendo vestidos en la cama. Me detuve a quitarme los zapatos. El izquierdo el primero, dejándolo caer. Fue extraño, porque noté que la forma de hacerlo no era exactamente mía. Ella se asustó mucho. Quizás había reconocido algo en mí.
   No sé cuánto tiempo pasó. Allí tumbados, en completo silencio, vimos de pronto que el ventilador arrancaba un gemido y las aspas se aceleraban desesperadamente, como si alguien muy lejano elevara una queja desde la oscuridad. Y pensé tontamente: ¿quién me iba a mirar a mí, o a ella? Desconozco cuántas veces giró, pero mirábamos la misma aspa, el mismo punto infinito y blanco.
   Ella y yo.
   Era como cazar.
   Estaba seguro de que iba a marcharme, y también, por qué no, que algo me detendría.

SIETE, Alberto Chimal

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ALBERTO CHIMAL, Siete, Salto de Página, Madrid, 2012, 304 páginas.

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Salto de Página publica esta antología que da a conocer en España al mexicano Alberto Chimal. Subtitulada Los mejores relatos de Alberto Chimal, contiene un erudito y extenso prólogo del editor del volumen, Antonio Jiménez Morato, Tusitala (pp. 5-26) en el que se lee: "Los relatos aquí recogidos son un muestrario inapelable de que el relato clásico, construido sobre unos parámetros sólidos y reconocibles (historias entretenidas, paradojas sugerentes, diálogos vivaces y verosímiles y, sobre todo, intención de comunicar y de hacer sentir emociones al lector), sigue siendo válido cuando está trabajado con honestidad". De los 26 relatos, sólo 4 pueden considerarse microficciones.

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LAS FLORES

   Los llevaron con un juez, que allá en esa ciudad son todos muy imparciales y sensatos, y ante el juez repitieron su historia:
   Que la mujer, a quien todos sabían una loca sin hogar ni provecho, se había metido, sin permiso, en los prados alrededor de la finca del hombre, un comerciante rico y respetado; que allí se había complacido en oler las flores y observar la belleza de los pétalos, que como todos ustedes saben son de colores y texturas innumerables; que hallada por el rico, cuya finca, por cierto, es propiedad suya y no está abierta sino a quien él decide, escuchó, la mujer, el justo reclamo del hombre, quien le exigió que se retirara o que pagara por el privilegio de hacer lo que hacía...
   Que gritos, que forcejeos, que el rico insiste en el pago y la loca se niega, que él trata de sacarla a viva fuerza y que llegan los demás, y todos discuten y se enredan y de allí al juez, pues quiero lo justo, dice el rico, y ayúdela, señor, dicen por la loca, que, amables oyentes, se limitaba por su parte a hablar de los lindos pétalos, de los olores, de las corolas abiertas al sol como, decía, grandes caras sonrientes.
   Una señora humilde que la conocía, y que procuraba defenderla, repetía en cambio que no se puede tocar el aroma ni la belleza de las flores, no se puede llevar y  traer, no se puede ocultar a quien está ante ellas ni venderlo por ningún precio, y esta pobre mujer, decía, no arrancó una hoja, no tronchó ni el tallo más frágil. ¿Cómo pagar por ver y por oler? Y el rico decía que no, que las flores eran de su propiedad, y todo en ellas, hasta el aroma y la belleza, y si esa loca se empeñaba en tomar la propiedad del rico debía compensarlo debidamente o purgar en la cárcel su atrevimiento y su pobreza.
   El juez, señoras y señores, lo piensa un poco.
   Y al fin saca de su propia bolsa una moneda de oro, redonda, bien pulida, brillante. Y no dice palabra. Y el rico, después de un tiempo, pues el juez sigue sin hablar, se pregunta si el magistrado no estará loco también, y por qué no habla, y si acaso será capaz de pagar de su propio peculio, y en beneficio de la loca, tan en todos sentidos despreciable, la justa retribución exigida.
   —¿Cómo puedes ser tan bruto? —exclama el juez de pronto—. ¡Esto ya ha pasado, en el juicio famoso de una fábula...! ¡La visión de la moneda es tu pago, señor, igual de intangible que el aroma y la belleza!
   Y así fue, pero el corazón del rico se llenó de rencor, y la loca ni se enteró del veredicto que la favorecía con tanta elegancia, pues seguía, en su delirio, gozando el recuerdo de las flores.