Mostrando entradas con la etiqueta SALAMANDRA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SALAMANDRA. Mostrar todas las entradas
TODO EL MUNDO TIENE ENVIDIA DE MI MOCHILA VOLADORA, Tom Gauld
0
**********
Salamandra recoge una antología de viñetas publicadas en The Guardian. Bajo una capa de sutil erudición e inteligente humor, el lector hallará el demoledor espíritu crítico de Gauld.
**********
MUJERES, Andrea Camilleri
0
ANDREA CAMILLERI, Mujeres, Salamandra, Madrid, 2015, 208 páginas.
**********
Era el día de mi vigésimo octavo cumpleaños, y una amable pareja de mi edad había querido invitarme a cenar para celebrarlo juntamente con otros amigos.
Salí de su casa, un tanto achispado, algo pasadas las dos de la madrugada y me encaminé hacia la parada del tranvía. Pese a ser una noche espléndida de un tibio septiembre romano, las calles estaban desiertas.
En la parada había una chica sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el poste que sostenía el tablón de horarios y las rodillas a la altura del mentón, sujetas entre los brazos cruzados. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo y, por lo tanto, no era posible distinguir su rostro, tapado además por su largo cabello rubio. Me pareció que estaba dormida. No se movió ni siquiera cuando el tranvía anunció rechinando su llegada. Entonces me agaché y le toqué un hombro.
—Despierte, está llegando el tranvía.
Levantó la cabeza despacio. De sus enormes ojos azules se derramaban gruesas lágrimas silenciosas. No dijo nada ni hizo el menor intento de levantarse. Fui yo el que hincó una rodilla en el suelo.
—¿Se encuentra mal?
—No.
—Entonces, ¿por qué llora?
—¿Estoy llorando? —preguntó, sinceramente extrañada.
La muchacha se pasó las manos por la cara, se las miró y se las frotó en los vaqueros.
—Es verdad —dijo—, no me había dado cuenta.
A todo esto, el tranvía había llegado, se había parado y había vuelto a irse sin mí.
Volvió a adoptar la postura en la que estaba al principio. Dado que había perdido el tranvía, no me quedaba otra que caminar hasta la parada de taxis más cercana. No me sentía con fuerzas para esperar otra hora. Me levanté, pero ella me detuvo, dirigiéndose a mí sin moverse.
—No te vayas.
Me lo pidió como quien pide un cigarrillo. Sin ningún tono en particular. Me senté en el bordillo, delante de ella. Se quedó un rato en silencio; luego volvió a hablarme, replegada en sí misma como un erizo.
—Me llamo Carla, ¿y tú?
Le dije mi nombre. Levantó la cabeza de golpe y esta vez me miró fijamente.
—Mi primer novio se llamaba como tú. Lo quería mucho. Se murió.
—Verás, Carla —dije—, estoy un poco cansado y me gustaría irme a dormir. Si quieres, puedo acompañarte a casa.
—No recuerdo dónde vivo —dijo—, por eso estaba aquí sentada. Esperaba que me viniera a la cabeza.
—Pero ¿no llevas cartera, documentos, algo que…?
—No llevo nada encima. Lo he perdido todo, o quizá me lo han robado, no lo sé.
¿Lo decía en serio o estaba de guasa? Por su tono de voz, me convencí de que decía la verdad.
—Y si no consigues recordar dónde vives, ¿qué vas a hacer? ¿Te irás a un hotel?
—No tengo un céntimo.
—Entonces, ¿dónde piensas pasar la noche?
—Ni idea.
Rápidamente, tomé una decisión. Le propuse que se viniera a mi casa; le dije que vivía con un amigo que no volvería hasta última hora de la mañana, por lo que podía dormir en su cuarto.
—De acuerdo. Pero no quiero que pienses que… Vamos, que yo no…
—Ya lo sé —dije—, no te preocupes.
Se puso en pie y caminamos hacia la parada.
Era más alta que yo, tenía cuerpo de modelo. Debía de tener mi misma edad. A ratos aflojaba el paso, se detenía, arrugaba la frente y miraba a su alrededor, desorientada, perpleja. Luego echaba de nuevo a andar.
Aparecimos en una avenida bastante transitada; la parada de taxis estaba al otro lado. Por la derecha se acercaba un coche a gran velocidad. Nos paramos en la acera para dejarlo pasar. De pronto, Carla hizo algo que me extrañó: se puso a contar en voz alta.
—Uno… dos… ¡y tres!
Y a la de tres saltó a la calzada y se abalanzó contra el coche. Cerré los ojos, horrorizado. Sin embargo, lo que se oyó no fue un golpe terrible y un frenazo, que era lo que esperaba, sino un desesperado chirrido de neumáticos. Abrí los ojos a tiempo para ver que el conductor había logrado esquivarla por los pelos y proseguía su camino.
Carla se había quedado inmóvil en medio de la calle y empezaban a llegar más coches. Fui hacia ella, pero para conseguir que se subiera a la isleta tuve que agarrarla de los hombros y llevármela poco menos que a rastras.
—¿Estás loca?
—No.
—Entonces, ¿por qué lo has hecho?
—Me apetecía.
Yo temblaba del susto; ella estaba totalmente serena. En el taxi, en un momento dado, me miró como si no me hubiese visto nunca.
—¿Cómo has dicho que te llamas?
—Andrea.
—Eres la primera persona que conozco con ese nombre. Yo me llamo Stefania.
Pero ¿no había dicho que…? Lo dejé correr.
Lo primero que me dijo nada más llegar a casa fue:
—Quiero agua.
—¿Quieres beber?
—No, sobre mí.
—¿Quieres ducharte?
—Eso, no me salía la palabra.
Primero le mostré la que sería su habitación y luego el baño. Me fui a mi cuarto. Apareció al cabo de quince minutos, desnuda y chorreante. Quitaba el hipo.
—No sé cómo parar el agua.
Cerré los grifos. Ella no se secó, y se fue a la cama sin ni siquiera despedirse. Se había dejado la ropa en el baño. Registré con cuidado sus vaqueros de marca. Todos los bolsillos estaban vacíos, no llevaba más que un pañuelo.
Dormí profundamente. Cuando me desperté ya eran las diez de la mañana. Me acordé de Carla. ¿O era Stefania? Me levanté y fui a su cuarto. Sólo la cama deshecha. Fui al baño; la ropa no estaba allí. Se había ido.
Reparé en que mis pantalones, que la noche anterior había dejado colgados detrás de la puerta del lavabo, estaban en el suelo. Al recogerlos vi, debajo, mi billetera. Dentro, lo sabía muy bien, estaban las últimas cuatro mil miserables liras que
me quedaban. Ahora sólo había tres mil.
CARTAS MEMORABLES, Shaun Usher
0
SHAUN USHER, Cartas memorables, Salamandra, Barcelona, 2014, 384 páginas.
**********
Shaun Usher recopila 125 cartas singulares: de María Estuardo a Gandhi, pasando por Jack el Destripador.
**********[CARTA Nº 38]
SÍ, VIRGINIA SANTA CLAUS EXISTE
DE VIRGINIA O’RANLON AL DIRECTOR DE THE SUN [1897]
En 1897, siguiendo el consejo de su padre Virginia O’Hanton de ocho años, escribió una breve e inqusIrva carta el director del ya desaparecido periódico neoyorquino Tija Sun, en a que pedía confrmación de la existencia de Santa Claus. El director del diario, Francis P. Church, no tardó en responder a la carta de Virginia en un editorial titulado »¿Existe Santa Claus?», que acabó convirtiéndose en el editorial más reproducido de la historia en lengua inglesa —a día de hoy lo sigua siendo—, expandido desde entonces en numerosas adaptaciones.
La propia Virginia terminó siendo maestra y, como resultado de su inocente pregunta, recibió correspondencia de admiradores durante gran parte de su vida. Murió en 1971, a los ochenta y un años de edad.
Estimado director:
Tengo ocho años. Algunos de mis amiguitos dicen que Sarna Claus no existe. Mi papá dice: »Eso será verdad silo ves en el Sun.» Por favor, dígame la verdad, ¿existe Santa Claus?
Virginia O’Hanlon [115 W.9Sth St]
VIRGINIA, tus amiguitos se equivocan. Les afecta el escepticismo de una edad escéptica: necesitan ver para creer. Piensan que si sus cabecitas no comprenden algo es porque ese algo no existe. Todas las cabezas, Virginia, ya sean de hombres o de niños, son pequeñas, En este gran universo nuestro, un hombre, juzgado por su intelecto, es apenas un insecto, una hormiga, silo comparamos con el mundo sin límites que lo rodea, si se mide contra una inteligencia capaz de comprender toda la verdad y todo el conocimiento.
Sí, VIRGINIA, Santa Claus existe. Eso es tan cieno como que existen el amor y la generosidad y la devoción, y tú sabes que esas cosas abundan y le dan a tu vida la máxima belleza y dicha. ¡Ay, qué gris sería el mundo si no existiera Santa Claus! Tan gris como sino hubiese VIRGINIAS. Entonces no existiría la fe infantil, ni la poesía ni el romance, nada de lo que hace tolerable esta vida. Sólo disfrutaríamos con lo que se siente y se ve. La luz eterna con la que la infancia inunda el mundo se extinguiría.
¡No creer en Santa Claus! ¡Sería como dejar de creer en las hadas! Podrías pedirle a tu padre que contratara a unos hombres para vigilar todas las chimeneas en Nochebuena y sorprender a Santa Claus, pero aunque no lo viesen bajar por ellas, ¿qué demostraría eso? Nadie ve a Santa Claus, pero eso no demuestra que Santa Claus no exista. Las cosas más reales del mundo son aquellas que no ven ni los niños ni los hombres. ¿Alguna vez has visto bailar a las hadas en tu jardín? Por supuesto que no, pero eso no demuestra que no estén ahí. Nadie puede concebir o imaginar la cantidad de maravillas que no se ven ni se dejan ver en el mundo.
Puedes abrir el sonajero de un niño para ver qué es lo que genera el ruido en su interior, pero hay un velo que envuelve el mundo invisible que ni el hombre más fuerte, ni siquiera la fuerza conjunta de todos los hombres más fuertes de todos los tiempos, podría rasgar. Sólo la fe, la fantasía, la poesía, el amor, el romance pueden apartar esa cortina para ver e imaginar la belleza y la gloria supremas que hay al otro lado. ¿Y todo eso es real? Ay, VIRGINIA, en todo este mundo no hay nada más real y perdurable.
¡Que no existe Santa Claus! Gracias a DIOS vive, y vive para siempre. Dentro de mil años, Virginia, qué va, dentro de diez veces diez mil años, continuará alegrando el corazón de los niños.
AROMAS, Philippe Claudel
0
PHILIPPE CLAUDEL, Aromas, Salamandra, Barcelona, 2013, 160 páginas.
**********
Claudel compone un sutil catálogo de sesenta y tres narraciones que indagan en la memoria desde el olfato: comienza el camino en Abeto y, lamentablemente, halla término en Viaje.
**********
AJO
Primero, el cuchillo trocea el diente. Un cuchillo afilado tantas veces que su hoja recuerda una luna creciente muy fina. El mismo cuchillo que mi abuela —apodada la Pulga, aunque sea bastante corpulenta— hunde ante mis ojos con un movimiento preciso, sin piedad, en el cuello de los conejos para que se desangren. Y0 nunca aparto la vista, porque prefiero esa muerte limpia a la hipocresía del palo que utilizan algunos para acabar con el animal. Mi padre lo hace del mismo modo: No me pierdo ninguna ejecución. Me gusta especialmente el momento en que, tras hacer pequeños cortes alrededor de las patas, vuelve la piel de un tirón, como si fuera un calcetín, y la separa del cuerpo de azulado marfil. En los dientes de ajo, que desnudos parecen caninos de animales salvajes, el arma del crimen talla minúsculos cubos nacarados y un poco pegajosos, a los que no les da tiempo a despedir su olor, porque mi abuela los echa enseguida a la negra y abollada sartén, sobre el bistec que ya chisporrotea en ella. Explosión. Humareda de fragua. Picor de ojos. La cocina de la pequeña casa del número 18 de la rue des Champs Fleury desaparece en una nube. Salivo. Olor a ajo, mantequilla que hierve y carne, cuya sangre y cuyos jugos se transforman en delicioso caldo al contacto con la grasa fundida. Espero sentado a la mesa. Con un vacío en el estómago. Con un cubierto en cada mano. Con un paño blanco anudado al cuello. Los pies aún no me llegan al suelo. Soy Pulgarcito, pero me he convertido en el ogro del cuento. Tengo toda una vida por delante. Mi abuela hace salir la humareda de figón por la ventana que da al corral y pone en mi plato de vieja porcelana, que me encanta, con sus desconchaduras y sus imágenes de caza, el bistec que esa misma mañana hemos comprado en la carnicería del Petit Maire, en la me Carnot. Los cubos de ajo se han apergaminado. Unos se han vuelto rojizos, otros han adquirido un color sepia y algunos un tono caramelo, pero, sorprendentemente, los hay que han conservado su blancura nívea. Juntos, obran sobre el caliente y dorado filete un sutil milagro. Mi abuela remata la faena cortando con sus tijeras negras de coser un poco de perejil muy fino, que cae sobre la carne, dándole un aroma de hierba fresca. Luego me mira sonriendo.
—¿Tú no comes? —le pregunto.
—Verte comer a ti me alimenta —responde. Murió cuando yo tenía ocho años.
Primero, el cuchillo trocea el diente. Un cuchillo afilado tantas veces que su hoja recuerda una luna creciente muy fina. El mismo cuchillo que mi abuela —apodada la Pulga, aunque sea bastante corpulenta— hunde ante mis ojos con un movimiento preciso, sin piedad, en el cuello de los conejos para que se desangren. Y0 nunca aparto la vista, porque prefiero esa muerte limpia a la hipocresía del palo que utilizan algunos para acabar con el animal. Mi padre lo hace del mismo modo: No me pierdo ninguna ejecución. Me gusta especialmente el momento en que, tras hacer pequeños cortes alrededor de las patas, vuelve la piel de un tirón, como si fuera un calcetín, y la separa del cuerpo de azulado marfil. En los dientes de ajo, que desnudos parecen caninos de animales salvajes, el arma del crimen talla minúsculos cubos nacarados y un poco pegajosos, a los que no les da tiempo a despedir su olor, porque mi abuela los echa enseguida a la negra y abollada sartén, sobre el bistec que ya chisporrotea en ella. Explosión. Humareda de fragua. Picor de ojos. La cocina de la pequeña casa del número 18 de la rue des Champs Fleury desaparece en una nube. Salivo. Olor a ajo, mantequilla que hierve y carne, cuya sangre y cuyos jugos se transforman en delicioso caldo al contacto con la grasa fundida. Espero sentado a la mesa. Con un vacío en el estómago. Con un cubierto en cada mano. Con un paño blanco anudado al cuello. Los pies aún no me llegan al suelo. Soy Pulgarcito, pero me he convertido en el ogro del cuento. Tengo toda una vida por delante. Mi abuela hace salir la humareda de figón por la ventana que da al corral y pone en mi plato de vieja porcelana, que me encanta, con sus desconchaduras y sus imágenes de caza, el bistec que esa misma mañana hemos comprado en la carnicería del Petit Maire, en la me Carnot. Los cubos de ajo se han apergaminado. Unos se han vuelto rojizos, otros han adquirido un color sepia y algunos un tono caramelo, pero, sorprendentemente, los hay que han conservado su blancura nívea. Juntos, obran sobre el caliente y dorado filete un sutil milagro. Mi abuela remata la faena cortando con sus tijeras negras de coser un poco de perejil muy fino, que cae sobre la carne, dándole un aroma de hierba fresca. Luego me mira sonriendo.
—¿Tú no comes? —le pregunto.
—Verte comer a ti me alimenta —responde. Murió cuando yo tenía ocho años.
ANIMALES FANTÁSTICOS & DÓNDE ENCONTARLOS, Newt Scamander
1
NEWT SCAMANDER, Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Salamandra, Barcelona, 2001, 59 páginas.
**********
Éste es el resultado de años de trabajo "del señor Scamander en la Agencia para el Estudio y la Vigilancia de los Dragones". En el Prólogo (viii-x), Albus Dumbledore se muestra categórico: "Ningún hogar de mago está completo sin un ejemplar de Animales fantásticos... bien manoseado por las generaciones que lo hojearon intentando dar con la mejor manera de extirpar de césped una palga de horklumps, interpretar los gritos luctuosos del augurey o quitarle a la mascota puffskein la costumbre de beber en el inodoro".
**********
HÉBRIDO NEGRO
Este otro dragón nativo del Reino Unido es más agresivo que su homólogo galés. Cada ejemplar requiere un espacio de más de ciento sesenta kilómetros cuadrados para sí solo. De unos nueve metros de longitud, el hébrido negro tiene escamas rugosas, brillantes ojos púrpura y una cresta baja pero de puntas agudas a lo largo del lomo. La cola acaba en una púa con forma de flecha y tiene alas semejantes a las de los murciélagos. El hébrido negro se alimenta principalmente de ciervos, aunque se sabe que ha cazado perros grandes e incluso vacas. El clan de magos MacFusty, que ha vivido en las islas Hébridas durante siglos, se ha hecho cargo tradicionalmente del cuidado de los dragones autóctonos.
Este otro dragón nativo del Reino Unido es más agresivo que su homólogo galés. Cada ejemplar requiere un espacio de más de ciento sesenta kilómetros cuadrados para sí solo. De unos nueve metros de longitud, el hébrido negro tiene escamas rugosas, brillantes ojos púrpura y una cresta baja pero de puntas agudas a lo largo del lomo. La cola acaba en una púa con forma de flecha y tiene alas semejantes a las de los murciélagos. El hébrido negro se alimenta principalmente de ciervos, aunque se sabe que ha cazado perros grandes e incluso vacas. El clan de magos MacFusty, que ha vivido en las islas Hébridas durante siglos, se ha hecho cargo tradicionalmente del cuidado de los dragones autóctonos.
DIARIOS 1984-1989, Sándor Márai
0
SÁNDOR MÁRAI, Diarios 1984-1989, Salamandra, Barcelona, 2008, 224 páginas.
**********
La traducción de Eva Cserhati y A. M. Fuentes abre la puerta a los últimos diarios que el escritor húngaro completó antes de su suicidio. A veces en formato aforístico, a veces de modo más extenso, en ellos dibuja el conmovedor retrato de un hombre al que la vejez y la pérdida de sus seres queridos le empuja a respirar el abrazo de la muerte, afrontándolo con una lúcida serenidad, sintiendo su desgarro inevitable.
**********
«Muere, acéptame como hijo tuyo» (Kosztolányi). Sería mejor así: «Muerte, te acepto como padre».
***
Hoy en día, el escritor que intenta crear algo diferente de lo que la industria del consumo produce para alimentar a los lectores es como el cojo que anda con prótesis, pero de todas formas intenta presentarse a una carrera de cien metros.
***
La mala intención de la gente parece más tranquilizadora que aterradora: es bueno saber esa verdad inconmovible de que el hombre es capaz de todo tipo de maldades. En eso no hay sorpresas.
***
Ocurre en mi interior un movimiento absurdo: furia, incapacidad de perdonar. Es imposible perdonar (¿a quién?) cuando un ser querido muere.
***
Dos momentos míticos de la existencia: cuando en el óvulo fecundado empieza a manifestarse la vida, esa energía terrible e inabarcable, y cuando esa misma energía deja de activar las células, entregando el testigo a esa otra fuerza terrible e inabarcable, la muerte. Ésta es la realidad, todo lo demás son ilusiones triviales, repugnantes.
***
Pobre Gutenberg. Pensaba que los tipos móviles salvarían la literatura. Hoy en día las ideas se suceden infinitamente, como las gotas en una cascada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










