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ESCRITO CON LA LENGUA, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Escrito con la lengua, Huacanamo, Barcelona, 2012, 232 páginas.

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Esta edición permite disfrutar, en un único volumen, las tres primeras obras de ensayo-ficción de Roger Wolfe: Todos los monos del mundo (1995), Hay una guerra (1997) y Oigo girar los motores de la muerte (2002).

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La grandeza de Beethoven, la sublime grandeza de Beethoven (de quien conviene recordar que sudaba sangre a la hora de componer), no superada jamás por artista alguno, reside en el profundo sentimiento y la brutal fuerza que consigue expresar sin abandonar nunca del todo la forma clásica.
En eso —contenidos que rompen el molde sin desfigurarlo— consiste la esencia de cualquier auténtica innovación.
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Me merece más respeto, bastante más respeto, un torturador o un terrorista convencido de lo que hace que un intelectual mentiroso. No puede haber peor iniquidad que poseer la llave de la iluminación y guardársela en el bolsillo. El verdadero terrorista no es el que vuela un coche por los aires, sino el que a sabiendas de que a un coche no le funcionan los frenos se niega a advertírselo al conductor.
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Todo sentido surge de la contradicción (tesis, antítesis y síntesis y bla bla bla). Toda dicha surge en la estela del dolor. Toda esperanza surge de la desesperación. La vida es como dos cuerpos que se aman: es difícil saber si están intentando matarse o jodiendo.
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Escribir quizá sea el arte de adaptar la ficción de las palabras a la realidad de las emociones. O sea: mentir para decir la verdad.
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No hay viejos nostálgicos, es mentira. Los viejos ya se han resignado, ya han dicho su último adiós. Son los adolescentes y los adultos jóvenes quienes sufren el mal de la nostalgia; están diciendo adiós todos los días. 
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Influencia y confluencia.— Con los autores que de verdad nos importan no se establece tanto una relación de influencia como de confluencia. Es el misterio de las almas gemelas. De ahí que también podamos estar aparentemente influidos por autores que no hemos leído; se trata de coincidencias fundamentales de visión de mundo. Un gran creador, por otra parte, se parece a todos los demás grandes creadores; en lo esencial, los grandes creadores se parecen hasta cuando son distintos. [223]

LUZ EN LA ARENA, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Luz en la arena, Zut Ediciones, Málaga, 2013, 400 páginas.

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Mediante episodios narrados a modo de breves pinceladas, Roger Wolfe compone un agradable lienzo a partir de los recuerdos de su infancia en Alicante, en las décadas de 1960 y 1970.

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ALAS DE MARIPOSA

   Una mañana de verano, cuando aún vivíamos en la urbanización Niza, mi padre entró muy temprano en nuestra habitación y nos despertó.
   —Venga, levantaros. Vuestra madre ya está preparándose.
   Fuera gorjeaban los pájaros, escurriéndose con inquietos revuelos de plumas agitadas entre las hojas de los árboles. Tímidos haces de ingrávida luz, tiritantes como alas de mariposa, se filtraban por las rendijas de las persianas de madera. El silencio era tan profundo que uno no se atrevía a alzar la voz.
   —¿Qué pasa? —susurramos.
   No estábamos asustados. Era imposible que nada raro sucediera en una mañana así. Y además mi padre iba enfundado en una chaqueta de playa, reversible, de tela de cuadros por un lado y de felpa naranja por el otro, que era el que llevaba vuelto hacia fuera en ese momento. Iba en bañador, y calzaba zapatos de trapo, de suela de cordel, sin calcetines.
   —Nada. Vamos a desayunar.
   Mis padres estaban gozosos esa mañana. No hablaban, pero en sus gestos y ademanes había una dicha muda y tranquila, profundamente terapéutica, que irradiaba contagiosa serenidad. Era una de esas infrecuentes ocasiones en que se diría que todas las piezas del mundo encajan por volición propia, sin el más mínimo roce ni estridencias, fluyendo en suave armonía predeterminada, y todo parece gobernado espontáneamente por la gracia.
   El desayuno resultó especialmente suculento: grandes rebanadas de pan tostado con mantequilla, espolvoreadas de canela, y enormes tazones de leche con chocolate en polvo. En la cocina ya empezaba a notarse algo de calor, tocado aún de suave y traslúcido frescor matinal.
   Bajamos por las escaleras dando mal reprimidos botes de alegría contenida, con los bañadores ya puestos bajo los faldones de la camisa, cargando cada cual con alguno de los diversos elementos de nuestra más bien exigua parafernalia playera: la sombrilla y las toallas, un par de sillas plegables, y una bolsa de la compra, de lona listada de rayas rojas y azules, que contenía sabrosos bocadillos de jamón, de queso con tomate y de huevo cocido y picado, mezclado con mayonesa (y que si por nosotros hubiera sido, y a pesar de que acabábamos de desayunar, hubiéramos devorado allí mismo sin pensárnoslo dos veces).
   Nos montamos todos en el 4L y salimos de la urbanización. Mi padre conducía con su chaqueta de felpa naranja y unas gafas de sol de las de entonces, de ésas que parecían gafas ordinarias pero llevaban los cristales ahumados. Junto a él iba mi madre, con las rodillas ligeramente ladeadas en su asiento y las manos serenamente recogidas en el regazo, mirando a su alrededor con vagas sonrisas apenas esbozadas y una expresión de íntima satisfacción. De vez en cuando se volvía hacia nosotros y la sonrisa le afloraba más intensamente en el rostro, recorriéndole el semblante con una leve ondulación de intensa felicidad.
   —¡Cuidado con esa pequeña! —nos decía.
  La pequeña era mi hermana menor, que debía de ir sujeta entre los brazos de mi hermano.
   La mayor iba contemplando el mundo por la ventanilla, con ensimismado gesto ausente que de pronto se mudó en sorpresa:
   —¡Mirad! ¡Un burro en ese campo!
   —¡Sí! ¡Es verdad! —dijo riéndose mi madre—. ¡Nos está mirando! Debe de estar preguntando que a dónde vamos tan temprano.
   —¿Y por qué lo tienen ahí? —pregunté yo, tras descorrer una de las hojas deslizables de la ventanilla para ver mejor al animal.
   —Pues ahí es donde duerme —me respondió mi madre. Ahora en verano está más fresco. Será de los gitanos que andan recogiendo cartones.
   El burro se quedó mirándonos un momento, con tristes ojos fijos de quien ya lo ha visto todo, y luego se alejó dando mansos pasos entre los matojos y agitando indolentemente la cola.
   En el cruce nos desviamos a la izquierda y cogimos la general de Valencia. En la fachada lateral del modesto bloque de pisos del otro lado de la carretera, el anuncio de Cafés Jurado resplandecía con fulgores dorados, reflejando de lleno los primeros rayos del sol.
   Aquella mágica mañana es una de las que más nítidamente recuerdo de mi más remota infancia; regresa una y otra vez al álbum virtual de mi memoria, disolviendo las décadas como quien hace estallar una pompa de jabón, y cada vez que vuelve es como si hubiera tenido lugar ayer.
   El resto del día, que pasamos excepcionalmente en Benidorm, no lo recuerdo, salvo por otra fulgurante instantánea, panorámica esta vez, en que nos veo a todos en la playa de Levante de la localidad, sentados en la arena, mientras mi padre, que está de pie, gira la cabeza al cielo y se deja despeinar por un golpe de viento, quién sabe si siguiendo el vuelo de un lejano avión por las alturas.
   Misteriosos e insondables enigmas del tiempo.

MI CORAZÓN ES UNA CASA HELADA EN EL FONDO DEL INFIERNO, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Mi corazón es una casa helada en el fondo del infierno, Aguaclara, Alicante, 1996, 160 páginas.
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GODOT ES DIOS

   Hoy he comido en casa de Benito, que además de ser una excelente persona es un escritor con muy buenas ideas y un gran amigo mío.
   Que es lo que importa.
   Lubina, creo que al vapor o algo por el estilo, y papas cocidas que luego se supone que había que machacar en el plato, mezcladas con aceite.
   Apareció también un actor de teatro, y en la sobremesa acabamos bebiéndonos botella y media de litro de ron venezolano entre mi amigo Benito, el histrión y yo.
   Eso, sin contar las cervezas que me había bebido antes de llegar a su casa, los dos litros de vino que nos bajamos comiendo y las dos resacas consecutivas que llevaba ya encima.
   Pero creo que la culpa la tuvo el actor.
   Se pasó dos horas y media largando anécdotas equinocciales con un acento canario forzado que al principio hacía bastante gracia, pero que como los chistes, cuando alguien se empeña en soltar dos docenas seguidos, acabó produciéndome la incómoda sensación de estar sepultado bajo tierra.
   Os juro que me faltaba hasta el aliento. Así que recurrí a mi sistema habitual en estos casos.
   Me emborraché como un cerdo y acabé faltando al respeto a mi propia sombra.
   Los jodí con la única arma que se me ocurrió, teniendo en cuenta que había gente menuda flotando por ahí: la obscenidad.
   Y acabé contando chistes yo también.
   De mi propia cosecha, eso sí. Como aquel que dice:
   ¿Sabéis cuál es la diferencia entre dar po'l culo a un tío y dar po'l culo a una tía?
   No.
   Pues que un tío te da las gracias y una tía te dice que te has equivocado de agujero.
   Ja.
   Que se jodan. No soporto la estupidez.
   Contra la estupidez, la obscenidad. Por ejemplo.
   En fin. Se había hecho de noche, y no habíamos querido encender la luz de la cocina, y el tipo seguía largando entre las sombras.
   De modo que cuando alguien sugirió salir a tomar unas cervezas, no me lo pensé dos veces. Creo que hasta él lo agradeció.
   Y además: una vez borracho, qué cojones más te da.
   Sin embargo, la cosa se disparató más de la cuenta. Acabamos en un bar hablando inglés con dos finlandeses con cara de entrenadores de rugby, y casi nos echan. Del bar. Yo llevaba tres novelas de Juan Madrid debajo del brazo y quise regalárselas al camarero.
   Quizá por eso se puso chungo.
   No se lo puedo reprochar.
   El otro siguió poniéndose cada vez peor, y se cayó al suelo en cuanto salimos a la calle y no quería o no podía levantarse. Luego nos metimos en un taxi y cuando llegamos a donde íbamos, sabe Dios dónde, no quería salir del taxi, y luego salió y nos faltaban cuarenta duros para pagar, y el taxista nos dijo que total no pasaba nada y se largó, aunque yo creo que lo que tenía era miedo. (¿Miedo?)
   Y bueno. Yo acabé en otro bar a las tres de la mañana hablando con un chaval de veinte años que dice que es pintor que me contó que estaba enamorado de una tía pero que no conseguía ligársela porque cada vez que la veía estaba borracho y lo que acababa era haciendo el ridículo.
   Yo asentía con la cabeza y abría de vez en cuando la boca, pero en vez de voz me salía un pedazo de trapo sucio y lleno de saliva rancia.
   No pagamos las últimas cervezas, y cuando llegué a casa me eché en la cama y todo daba vueltas, cosa que nunca me ocurre, y oía risas en la habitación a pesar de estar solo. Eso tampoco me ocurre nunca. Pero supongo que para el delirium tremens, como para cualquier otra cosa, también tiene que haber una primera vez.
   Como para asustarse. ¿O no?
   Por cierto, al actor no sé ni dónde lo perdí. Lo que sí recuerdo es que Benito le había regalado un libro mío y que se lo metí por el cuello de la camisa en un bar llamado Montana para evitar que lo perdiera.
   Que perdiera la cabeza, vale; pero si quería andar perdiendo libros míos que los comprara en la jodida librería.
   No lo he vuelto a ver desde ese día.
   Pero, por si os interesa, os puedo decir que estaban representando Esperando a Godot en un teatro de Avilés.
   Me dijo que Godot era Dios.
   Y debe de seguir esperándole.

SIÉNTATE Y ESCRIBE, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Siéntate y escribe, Huacanamo, Barcelona, 2011, 176 páginas.

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Tras Todos los monos del mundo (1995), Hay una guerra (1997) y Oigo girar los motores de la muerte (2002), Siéntate y escribe constituye la cuarta entrega de un género acuñado por el propio Wolfe como "ensayo-ficción". Estos fragmentos son la cosecha de siete años de reflexiones (2002-2008) en los que el autor desgrana con una mordaz lucidez, desde el odio arraigado hasta la resignada compasión, a través de una mirada asesina que no olvida la media vuelta para reírse de sí misma, el lado más amargo de estos tiempos que apenas permiten escuchar una voz tan heterodoxa como la de este escritor, quizás incómoda en ocasiones, pero más imprescindible que nunca.

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Una obra de arte no existe hasta que llega al lector, el oyente o el espectador. Dicho de otro modo: no hay creación sin recreación.
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La tarea del creador: tocar fondo en su propio corazón.
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Si la vida es el crimen, el arte es mi coartada.
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Alguien dijo en cierta ocasión que escribir un poema era «marcar la piel del agua». Bueno, lo mío tiene que ver con pieles y con marcas, pero no es exactamente lo mismo: a mí el mundo me marca la piel, y luego a veces escribo un poema.
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Si hay tantas obras de arte ininteligibles es porque siempre será más fácil fabricar un rompecabezas que hacer un hallazgo verdadero.
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Lo que llamamos madurez es el resultado de un proceso mediante el cual la vida nos reduce literal y metafóricamente de tamaño. Nuestro cuerpo encoge; nuestra convicciones, también.
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Descartes en el siglo XXI: «Salgo en los medios, luego existo».
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Todo lo bueno acaba mal, aunque sólo sea porque se acaba. Y se acaba siempre.
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El «momento»: esa cosa que nunca llega si la esperas y nunca encuentras si la buscas. ¿El momento? El momento es éste; otro no hay.
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¿Palinodia? La vida misma es palinodia.
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Ya no tengo fuerzas ni para darles vueltas a mis problemas, pero da igual; siguen girando solos.

OIGO GIRAR LOS MOTORES DE LA MUERTE, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Oigo girar los motores de la muerte, DVD, Barcelona, 2002, 128 páginas.

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Madurar es aprender a fingir.
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Subir y bajar como una palangana de agua sucia en un burdel. Lo llaman ciclotimia.
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El reconocimiento nunca llega cuando lo necesitas. Y cuando llega, si es que llega, ni lo necesitas ni te importa.
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Con la gente me pasa como con la ropa: nunca acabo de encontrar lo que busco; y cuando lo encuentro, no es de mi talla.
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Conviene no fiarse de los artistas o «intelectuales» que afirman luchar por un mundo mejor; ellos saben mejor que nadie que si el mundo mejorara se quedarían sin empleo.
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Un mandamiento nuevo os doy: amaos a vosotros mismos, porque ni dios más lo hará.
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La pregunta fundamental no es si se puede conocer algo, sino si algo merece ser conocido.
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A veces pienso que la libertad real de una persona es inversamente proporcional a sus posibilidades de elección.
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Cuántos presumen de haber ganado carreras. Y qué pocos aclaran que ellos eran los únicos que corrían en ellas.

HAY UNA GUERRA, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Hay una guerra, Huerga y Fierro, Madrid, 1997, 192 páginas.

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Quien mejor conoce la diferencia entre un autor maldito y un maldito autor es la persona que tenga que aguantar al jodido susodicho en la intimidad.
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¿Indeciso? Mi problema es que sólo soy capaz de ver todos los aspectos de una determinada cuestión.
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Cuando la gente dice "perdono pero no olvido", ¿qué está diciendo? Que no perdona.
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Casi todo en este mundo tiene una explicación, pero raras veces te dejan darla.
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Es verdad: la única etapa de nuestra vida en la que somos relativamente felices es la infancia. Pero en el momento no nos damos cuenta de ello; y después, claro, es demasiado tarde.
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Es precisamente el perfeccionismo lo que nos impide muchas veces hacer las cosas bien. Posible es mejor que perfecto.
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Los abogados archivan sus errores; los médicos los entierran. ¿Qué haces cuando tu mayor error eres tú mismo?
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Si quieres saber lo que es el amor, cómprate un perro.
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"Venga, que ya queda menos..." Irónica frase de aliento que me repito para ir sobrellevando la vida.
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La vida, una enfermedad terminal: primero te asustas, luego te rebelas, y finalmente te resignas.

TODOS LOS MONOS DEL MUNDO, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Todos los monos del mundo, Renacimiento, Sevilla, 1995, 128 páginas.
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El pensamiento de Roger Wolfe oscila en este volumen entre reflexiones de varias páginas de extensión y el encapsulamiento aforístico de algunas de sus ideas.

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Cuando alguien me habla de lecturas absolutamente imprescindibles, como el Ulises de Joyce, me permito recordarle que Cervantes no leyó a Joyce.
Y de buena se libró, por cierto.
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La fama, como la muerte, es esa cosa que les ocurre siempre a los demás.
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El problema de muchos escritores que si quisieran hasta podrían ser medianamente decentes es que andan al perpetuo acecho de ese fatuo espejismo que ellos mismos han denominado «inmortalidad».
Se escribe como si la inmortalidad pendiera del extremo de cada palabra, cuando lo único que pende, el único verdadero apéndice que nos iguala, es la muerte.
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Con dinero cualquiera puede permitirse ser buena persona.
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No hay peor especie de ignorante que el ignorante culto.
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Nada es bueno ni malo, porque todo es defendible. Sólo hace falta labia y un buen surtido de diccionarios. Y en la mayor parte de los casos, la labia basta.
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La consciencia del absurdo es el único pasaporte a la serenidad.