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VIAJES EN CASA
Para tener la sensación de que estoy cambiando de lugar, de que viajo, de que no me he quedado quieto como el agua estancada, suelo habitar por intervalos considerables de tiempo algunas partes de la casa. Me mudo, como quien dice, con todo lo que puedo. Esto es: con todo lo esencial. Es, de pronto, como preparar un viaje largo en el que sólo puede llevarse lo que llevas encima, y de esa forma preparo, por ejemplo, mi viaje de mi habitación a la habitación de mis hijos, de la habitación de mis hijos a la pequeña oficina donde escribo, de la pequeña oficina donde escribo a un rincón de la sala. Me llevo algunos libros, mi taza de café, un pequeño maletín con una grabadora de reportero, una agenda, tres libretas cuadriculadas, mis tenis deportivos, un pantalón corto y mi computadora. Me instalo en el lugar y todo el mundo cambia, como si en realidad hubiera llegado a otro país. Tengo a veces una ventana nueva, como la que da al patio cuando estoy en la sala. O una pared nueva decorada, como la de mi oficina. O un radio de onda corta, como el de mi habitación. O incluso un Play Station y una cama rodante, como en la habitación de mis hijos. Soy feliz viajando en casa, siendo otro sin salir del mismo sitio. He pretendido también utilizar el baño en esta empresa, pero me da la impresión de que las cosas terminarán, tarde o temprano, muy mal, tal como esos viajes de placer que planeamos con nuestra mujer y que, al regresar, terminan en un divorcio definitivo.
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PASAJERO EN TRÁNSITO
Palabras que dije y he olvidado. Papeles, borradores, deseos. Poemas que escribí en los aeropuertos. En las terminales de autobuses. En las estaciones de tren. Poemas que nunca fueron a ninguna parte o que volvieron de todas, sin destino. Gente que pasaba, niñas con los ojos pegados a un adiós, brazos que abrazaban lo imposible. Y luego las conversaciones. Hablando de mi país con esa mujer. Recordando cómo era su espalda antes de encontrarla. Los parques, las avenidas, los restaurantes cómo eran sin nosotros. Ganas de convertirme en el hombre que tuvo. Ganas de que ella vuelva a ser las palabras que olvidé.
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EL HOMBRE Y SU DESTINO
Las he estado observando desde el ángulo de la puerta toda esta mañana. Puedo alcanzar con la vista su destino final, el que muchas de ellas, por cierto, apenas conoce. Una detrás de la otra: avanzan. Algo les dicen las que regresan a las que van. O viceversa. Su lenguaje es intraducible, diáfano, como la gota de luz al interior del ojo. Sobre la espalda llevan un pedacito de madera, un trocito de hoja, una basurilla que, a veces, les arranca el viento. Como están hechas de futuro, ninguna –ni las que van ni las que vienen- miran hacia atrás. Han construido un solo camino para no extraviarse. Dios mismo lo aprendió de ellas: toda la vida se reduce a encontrar un ritmo.
ROGELIO GUEDEA,
La vida en el espejo retrovisor y otros cuentos portátiles,
Lectorum, México D.F., 2012, 176 páginas.
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LA VIDA EN EL ESPEJO RETROVISOR
Aquella tarde volvimos del centro comercial, a donde habíamos ido a comprar una bomba de aire para la bicicleta de mi hijo. De paso, aproveché para ataviarla también con un pequeño portaequipaje, un bote de agua, un cubre asiento y un espejo retrovisor. Era la tarde y caía una lluvia casi imperceptible cuando empecé a ponerle los perifollos. Primero el portaequipaje, luego el cubre asiento, después el bote de agua y por último el espejo retrovisor. Como no podía ajustarlo en la medida correcta, le llamé a mi hijo para que montara la bicicleta y lo colocara a su altura. Subió y dio una vuelta, intentando darle la posición exacta. Lo intentó de nuevo, y nada. Creo que le quedaba más bajo de lo normal, lo que lo hacía inclinarse más de la cuenta. Entonces le dije que viniera para reacomodar la bisagra. Como mi hijo me notó ya un poco desesperado (cosa que cada vez es más frecuente en mí), antes de bajarse de la bicicleta me dijo: papá, pero si el retrovisor no importa tanto. Lo que importa es ver bien hacia delante, ¿no? Apenas lo dijo, plac, sentí que una ráfaga de luz me atravesaba de orilla a orilla. No tuve más remedio que pensar en la vida y en cuánto a veces nos empeñamos en mirar sólo hacia atrás, esas desgracias que nos siguen como los perros falderos a sus dueños, y cuan poco nos enfocamos a ver el camino que se nos abre, límpido, a cada paso. Tienes razón, dije a mi hijo, y empecé a desmontar el retrovisor. Ahora verás hacia adelante y, sólo en los cruces de calle, girarás un poco la cabeza para cerciorarte de que no viene carro, ¿sale? Sale, me dijo mi hijo con una sonrisa que aún no sabía todo lo que, esa tarde de lluvia, me había enseñado.
ROGELIO GUEDEA,
Caída libre,
Colibrí, México D.F., 2005, 164 páginas.
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PASEO DE IDA Y VUELTA
He llegado a casa después de un paseo en bicicleta con mi hijo. Como cada tarde, anduvimos por las calles empedradas de la colonia, saludando aquí y allá a los árboles, los jardines, los perros y los niños que encontrábamos en el camino. Mi hijo goza como nadie los paseos en bicicleta, y más cuando subimos cuestas empinadas o entramos en terrenos escarpados. Mientras mi ser no resiste la tentación de pensar en el porvenir, las deudas de casa, los amigos perdidos, mis compromisos de trabajo, los pendientes de mañana, el suyo va colvado en el paisaje que va descubriendo a cada momento. Es curioso ver cómo nuestros pasos, tan distintos, tan distantes, se unen por un segundo en la misma senda, y cómo en un descuido el alma de mi hijo se funde y se confunde con la mía como si el destino no quisiera negarme la oportunidad irrepetible de vivir dos veces.
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UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR
Sobre el viejo radio de la abuela Petra tenemos, mi mujer y yo, una parejita de muñecos de porcelana. No sé cómo llegarían hasta ahí, pero los muñequitos están vestidos a la usanza antigua: ella con un guardainfante color lila; él con una casaca sin chaleco y una gorra de cuartel.
Sentados en una banca que tiene chapetones y palmetas en el respaldo, los muñequitos se miran con delectación. Él rodea con el brazo la cinturita de ella, y ella, con las mejillas ruborizadas, lee en voz baja las páginas de lo que parece La cartuja de Parma, de Stendhal.
La última vez que nos cambiamos de casa —nos hemos mudado tantas veces ya—, al muñequito se le trozó la cabeza de raíz. Nos dimos cuenta cuando sacábamos de la caja los perifollos de la sala y del antecomedor. Triste, mi mujer se valió de todos los medios para lograr pegársela, pero en cada intento se volvía a caer.
Muchos días y muchos meses estuvimos consternados, hasta que una mañana resolvimos colocar la cabeza del muñeco debajo de la banca, con la mirada en dirección a los ojos azules de la linda francesita, a quien una noche de insomnio sorprendimos intentando alcanzar con los labios la lejana frente del hombrecito.
ROGELIO GUEDEA,
Del aire al aire,
Thule, Barcelona, 2004, 96 páginas.
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CARRETERA
A diario, o casi a diario, salgo a carretera. Con el pensamiento abierto al pensamiento, y la mano fija en el volante, mis ojos miran hacia delante y hacia atrás, como en la vida. No hay una mejor manera de revivir a los muertos ni una peor forma de mantener viva la esperanza. Durante el trayecto, uno puede perdonarse o tal vez convencerse de que no es fácil saber si el destino lo vamos haciendo metro a metro, kilómetro a kilómetro, o si él, por el contrario, nos va entrando piel a piel, hueso a hueso. La velocidad, lo sabe uno desde que arranca, no es el factor esencial, por eso no hay que preocuparse por llegar a la ciudad próxima, no hay ciudad próxima, sólo acotamientos, retenes, puntos de fuga. El que va siempre vuelve, porque viajar es volver, quedarse quieto. Esto me lo enseñó el hombre que a diario, o casi a diario, veo caminando a la orilla de la cinta asfáltica, descalzo, perdido. Ese hombre que, cada vez que paso, me dice adiós desde el otro lado, fuera ya de la carretera de la vida, con ese gesto del que pretende decirte que, si no te sales, seguirás en el rumbo equivocado.
ROGELIO GUEDEA,
Cruce de vías,
Menoscuarto, Palencia, 2010, 96 páginas.
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Cruce de vías, a través de sus tres partes o "andenes", constituye un viaje en el que la palabra deja constancia de sus diferentes formas de reconstruir la realidad. El primer andén, "La literatura del guardagujas", abarca reflexiones sobre el mundo exterior, en un mimbre filosófico que da cobijo a la exaltación de la libertad o la condición del extranjero. En "Portaequipaje" llega el momento de cambiar el sentido de la marcha y adentrarse en el universo más íntimo del autor. Finalmente, ya con "Vía libre", no quedan obstáculos para que la vertiente más narrativa pueda fluir por cada uno de los textos, con un aderezo que oscila entre el toque lírico y la esencia directa de la prosa. Con este tercer andén se completa un trayecto que discurre por las diferentes estaciones que integran la experiencia vital, siempre desde una original perspectiva que, sin dejar ocasión a los despistes, en ningún tren ni transbordo llega a extraviarse.
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PARAÍSO AL REVÉS
Picando una cebolla la otra tarde me rebané un dedo, prácticamente me corté la yema. Entonces lo que hice fue pegarla otra vez. La dejé ahí creyendo que se adheriría de nuevo a la carne y sus fibras recobrarían la entereza de antes, fundiéndose y confundiéndose con sus fibras hermanas, brevemente ausentes. Pero no fue así. El trozo de piel quedó mal, pegado como por encima, endeble de uno a otro borde. Entonces pensé que eso pasaba un poco como cuando una mujer que amamos nos deja un buen día y, al siguiente, intentamos recuperarla, algo así de su carne ya no termina de adherirse bien a la nuestra, ni sus ojos nos miran como antes en el desayuno, ni sus manos nos acarician la espalda de la misma manera tierna al regresar del trabajo, y su alma como su amor queda colgando de un hilo, en las orillas del viento, a la deriva, y entrada la noche uno, quebrado en dos pedazos, termina andando por las calles peor que un fantasma.