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RELATOS DE YÁSMINA POLINA, Leon Tolstói

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LEON TOLSTÓI, Relatos de Yásmina Polina, Rey Lear, Madrid,  2010, 152 páginas.

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Sara Gutiérrez ofrece una nueva traducción de estos cuentos escritos por Tokstói entre 1871 y 1875, para enseñar a leer y a escribir a los niños de su escuela de Yásnaia Poliana.
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ALDEANO Y LOS PEPINOS [FÁBULA]

   Érase una vez un aldeano que fue a robar pepinos a un huerto. Se arrastró hasta los pepinos y pensó: «Veamos, me llevo un saco de pepinos y los vendo, y con el dinero me compro una gallina. La gallina me pone huevos, los empolla, y cría muchos pollitos. Alimento los pollitos, los vendo, y compro un lechón, y se convierte en una cerda; me pare la cerda lechones. Vendo los lechones y compro una yegua; me pare una potrada. Crío los potros, y los vendo; compro una casa y planto un huerto. Planto un huerto y siembro pepinos. Pero no dejaré que me los roben, mantendré firme la guardia. Contrataré vigilantes, los pondré a vigilar los pepinos, y yo mismo daré una vuelta por allí de vez en cuando y les gritaré: “¡Eh vosotros, ni se os ocurra bajar la guardia!”». De tal manera se ensimismó el aldeano, que se olvidó completamente de que estaba en un huerto ajeno y gritó con todas sus fuerzas. Los guardias que le oyeron, saltaron sobre él y le zurraron de lo lindo.

BREVIARIO DEL BUS, Luis Pousa

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LUIS POUSA, Breviario del bus, Rey Lear, Madrid, 2013, 120 páginas.

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Preceden a los 25 trayectos en el [auto] bus, las Siete notas breviarias (pp. 9-14) que firma Enrique Vila-Matas. En la cuarta, escribe: "Para Pousa el mejor vehículo para ver pasar el largometraje de lo cotidiano es el autobús porque el coche desbarata la visión del conductor".
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EL TRANVÍA DE LAS SEIS Y CUARTO

   Mario Benedetti, santo laico de las izquierdas latinoamericanas y europeas, dedicó uno de sus claros y hermosos poemas al tranvía de 1929, el vehículo en que cada mañana (a las seis y cuarto, hora extremadamente cruel si es de partida y no de regreso) se embarcaba para asistir a sus clases en la Deutsche Schule de la calle Soriano. Los versos de marras tienen, ya digo, esa claridad casi prosaica que exhiben los poemas de un Bukowski, por ejemplo. Benedetti, que habitaba en unas coordenadas vitales y mentales muy diferentes a las del gran bebedor (y follador) californiano, escribe unos versos limpios, nítidos, casi líquidos, en los que destila episodios de su vida sin mayores coheterías, trazando sobre el papel unas palabras diáfanas y rotundas con la misma (aparente) facilidad con que los grandes futbolistas dibujan sus quiebros con el balón cosido a la zurda. Así nos cuenta Benedetti que en aquel tranvía 36 rojo de la Comercial, a aquella hora “para gente estoica”, sólo viajaban el escolar de nueve años, rumbo a su Colegio Alemán, y “un viejo bajito y honorable siempre de traje oscuro y con barba canosa que leía su diario y jamás me miraba”. Mario descubre luego, gracias a su padre, que aquel señor bajito y honorable era el poeta nacional Juan Zorrilla de San Martín, con lo cual, deducimos con cierto pasmo y asombro que en el habitáculo se incumplían todas las leyes de la estadística (si es que la estadística tiene alguna ley, claro), porque en aquel tranvía colorado se daba la circunstancia de que viajaba prácticamente la historia entera de la poesía uruguaya.
   Pasados los años, el adolescente Benedetti, de visita en la casa museo Zorrilla siente “ganas retroactivas de hablarle/ de sentarme con él/ en el tranvía de las seis y cuarto”.
   Lo que quiere en el fondo Benedetti, claro, es subirse de nuevo a lomos de su infancia, aunque solo sea en forma de tranvía:

“el tranvía sigue galopando en la niebla
con él viejo y yo niño
con él solo y yo solo
pero nunca he sabido qué hacía tan temprano
en el tramo penúltimo de su cándida gloria”.

   Y se arrepiente, como nos sucede en el fondo a todos, por esas preguntas nunca hechas.



FÁBULAS, Robert Louis Stevenson

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ROBERT LOUIS STEVENSON, Fábulas, Rey Lear, Madrid, 2010, 128 páginas.

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En el Prólogo (pp, 13-15) Rodolfo Alifano señala que esta edición, traducida por Catalina Martínez Muñoz, añade dos relatos (El simio científico y El relojero) a la prologada por Borges (Editorial Universitaria, 2004).
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 EL DISTINGUIDO EXTRANJERO

   Una vez llegó a este mundo un visitante de un planeta vecino, y se encontró en el lugar de su descenso con un gran filósofo que iba a encargarse de enseñárselo todo.
   Primero cruzaron un bosque, y el extranjero se fijó en los árboles.
   —¿Quiénes son? —preguntó.
   —Son sólo vegetales. Están vivos, pero carecen de cualquier interés.
   —No sabría yo qué decirle. Parecen muy educados. ¿Nunca hablan?
   —No tienen ese don —dijo el filósofo.
   —Pues a mí me parece que los oigo cantar —dijo el otro.
   —Es sólo el viento entre el follaje —señaló el filósofo— Le explicaré la teoría de los vientos: es muy interesante.
   —Bueno —dijo el extranjero— me gustaría saber qué piensan.
   —No pueden pensar —repuso el filósofo.
   —No sabría yo qué decirle —respondió el extranjero. Posó una mano en un tronco y añadió—:
   —Me gusta esta gente.
   —No son gente —contestó el filósofo—. Sigamos.
   A continuación llegaron a un prado, donde había vacas.
   —Qué gente tan sucia —observó el extranjero.
   —No son gente —respondió el filósofo—. Y le explicó lo que era una vaca, en términos científicos que he olvidado.
   —Eso me da lo mismo —dijo el extranjero— pero ¿por qué no levantan la cabeza?
   —Porque son herbívoros —explicó el filósofo— , y vivir de la hierba, que no es un alimento muy nutritivo, requiere tanta concentración que no tienen tiempo ni de pensar, ni de hablar ni de contemplar el paisaje o asearse.
   —Bueno, supongo que es una forma de vida, aunque yo prefiero a la gente de cabezas verdes dijo el extranjero.
   Finalmente llegaron a una ciudad, llena de hombres y mujeres.
   —Qué gente tan extraña —observó el extranjero.
   —Son los habitantes de la nación más grande de este mundo —dijo el filósofo.
   —¿De verdad? —preguntó el extranjero—. No lo parecen.


DICCIONARIO DE MILAGROS, José María Eça de Queiroz

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JOSÉ MARÍA EÇA DE QUEIROZ, Diccionario de milagros, Rey Lear, Madrid, 2011, 200 páginas.
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¡Milagro, milagro! Presentación de una obra enigmática (pp. 11-15) es el ocurrente título elegido por Juan Lázaro para la descripción de este "diccionario de milagros inconcluso" (sólo contiene las dos primeras letras del abecedario) paradójicamente escrito por un escritor anticlerical de estética realista.
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   El espíritu de Apolinar se apareció a San Romualdo (907-1027 d. C.). Romualdo asistió a un duelo en el que su padre hirió de muerte a su contrincante; quedó de tal manera horrorizado que hizo promesa de retirarse del mundo durante cuarenta días e ir de penitencia al Monasterio de San Apolinar, en Rabean. Expirado ese tiempo, se disponía a dejar el convento cuando uno de los monjes, con quien le unía profunda amistad, intentó convencerlo de que entrase en la comunidad; pero Romualdo no quiso dar oídos a tal propuesta.
   —¿Qué dirías si el propio san Apolinar te insistiera? le preguntó.
   —En ese caso me sentiría obligado a obedecer.
   —Pues vela esta noche conmigo en la iglesia.
   Romualdo accedió al deseo del fraile; y no sólo aquella noche, sino también a la noche siguiente, con el cantar del gallo, se les apareció Apolinar rodeado de una vivísima luz, tras lo cual Romualdo decidió retirarse inmediatamente del siglo y consagrarse para siempre al servicio de Dios. Bollandus, Acta Sanctorum, feb., vol. II.

PALABRAS EN LA NIEVE [UN FILANDÓN], Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez & José Maria Merino

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JUAN PEDRO APARICIO, LUIS MATEO DÍEZ & JOSÉ MARÍA MERINO, Palabras en la nieve [Un filandón], Rey Lear, Madrid, 2007, 128 páginas.
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Sabino Ordás en el Prólogo (pp. 13-18) presenta, atinadamente, el "filandón" (de filum: "reuniones nocturnas en que las mujeres hilaban, mientras los asistentes contaban historias") como un feliz antecedente de las veladas literarias.

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CARTA SIN RESPUESTA

Una amiga había comentado ante el espejo: “Nadie me llama guapa, así que yo me lo digo muchas veces a mí misma para animarme”. A Sofía, que nunca había recibido una carta de amor, se le ocurrió enviarse una, escrita por ella misma, pero firmada por un inventado Roberto Sastre que vivía en Villalba. Para más verismo, tomó el tren de cercanías y echó la carta en un buzón de esa localidad. Y de esa manera recibió muchas cartas, casi una a la semana. Había que ver con qué ilusión abría el sobre y leía las dos o tres cuartillas manuscritas, con una letra recta, firme, que no se doblegaba a derecha ni a izquierda.
A veces, Roberto y ella tenían discusiones y hasta pequeños enfados, como pasa con todas las parejas de enamorados. Roberto se empeñaba en que fueran a Marbella una semana y ella le ponía excusas, por más que lo estuviera deseando. Le decía que no estaba segura de que compartir habitación durante siete días fuese una buena idea. Procuraba no obstante ser muy suave y persuasiva porque no quería perderle ni que se enfadara, pero Roberto tenía que comprender que llevaban muy poco tiempo de relaciones como para convivir así una semana.
En esas estaban cuando la última carta de Roberto no llegó. Esperó una semana, diez días, un mes, reclamó a Correos pero definitivamente la carta no llegó. Se sintió muy ofendida por el silencio. “¿Qué se habrá creído este?” –le llegó a decir a una amiga.
Y nunca más le volvió a escribir, que ella no se iba a rebajar.

JUAN PEDRO APARICIO

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LA MOSCA

Bajo la luz del flexo la mosca se quedó quieta.
Alargué con cuidado el dedo índice de la mano derecha.
Poco antes de aplastarla se oyó un grito, después el golpe del cuerpo que caía.
En seguida llamaron a la puerta de mi habitación.
—La he matado—dijo mi vecino.
—Yo también—musité para mí sin comprenderle.

LUIS MATEO DÍEZ

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AGUJERO NEGRO

El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.

JOSÉ MARÍA MERINO