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EL VIAJERO IMPERTINENTE, Percy Hopewell

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PERCY HOPEWELL, El viajero impertinente, Reino de Cordelia, Madrid, 2010, 168 páginas.

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Tomás Gracía Yerba recuerda la envidia que suscitó el encargo de Juan Fernado Dorrego a Hopewell de recorrer España para compartir su mirada foránea en El Semanal. Ilustra Anthony Garner.
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EL CARNAVAL DE LAZA

   Me habían hablado tanto del carnaval de Laza —«esos días el pueblo es un caos de periodistas, antropólogos, fumadores y curiosos»— que decidí acercarme a esta localidad orensana para ver lo que allí ocurría.
   Y lo primero que vi, nada más llegar, es que la gente bebe mucho y duerme poco, pero quitando este impulso, muy común a todos los festejos, lo que ocurre en Laza es distinto.
   Normalmente, en los carnavales, uno se divierte si participa. En Laza, aunque te sientes en una silla, no hay momento ni ocasión para el bostezo.
   La figura central, sobre la que rotan todas las miradas, es el peliqueiro. La vestimenta de este fantoche, compuesta por una máscara de gesto sarcástico, una mitra napoleónica, una piel en la nuca, unos pantalones abullonados y unos cencerros en la cintura, cuesta alrededor de las doscientas mil pesetas. De peliqueiro se puede vestir cualquiera siempre que sea de Laza (no es obligatorio, pero sí aconsejable) y tenga el dinero suficiente para hacerse el traje o alquilarlo.
   Este personaje es intocable. En sus manos lleva una fusta con la que flagela a los transeúntes que se meten con él (la gracia está en meterse con él), pero la gente no le puede responder con un empujón o un mamporro. Tampoco participa en las batallas callejeras de barro y hormigas. Él es un ser sagrado que corre y trota y cuyo comportamiento está perfectamente ritualizado.
   ¿Qué simboliza el peliqueiro? Cada lugareño sostiene una teoría diferente. Hay una historia muy bonita que lo asocia con los antiguos recaudadores de impuestos. El recaudador, para no ser reconocido, se ponía una careta y al que no quería pagar le propinaba una paliza. Esta hipótesis, sin embargo, ha sido descartada, pues hay antecedentes del disfraz y actitudes del personaje que se remontan a la noche de los tiempos.
   Así, en las Lupercales romanas ya había actores ataviados con pieles de animales que golpeaban con un látigo a la multitud. Y bastantes años más atrás, en Mesopotamia, aparecen máscaras con bichos dibujados a los que se otorga una variada gama de atributos.
   Si en vez de rastrear el ovillo del jeroglífico con eruditas divagaciones, uno observa con atención el comportamiento del peliqueiro, se llega a una serie de conclusiones. En primer lugar, la vistosidad, la pulcritud y lo costoso del traje están marcando las diferencias entre el señorito y la plebe. A todo el mundo le gusta ser jefe, aunque sólo sea por unos días, y el peliqueiro ofrece esa posibilidad. Por otro lado, ese protagonismo, acompañado del anonimato y unos cuantos tragos de vino, ayuda a ligar, deporte del que nadie se cansa.
   En Laza hay una regla de oro: está prohibido enfadarse. Advertencia importante para todos aquellos botarates y mosqueones que siempre encuentran disculpa para la camorra.
   El domingo, con las carreras de los peliqueiros y el reparto de la bica (una torta de dimensiones gigantescas), la fiesta transcurre por cauces más o menos pacíficos. El lunes, día de los maragatos, las calles viven una auténtica batalla campal. Luz verde para arrojarse de todo: trapos mojados, harina, agua sucia, barro apestoso y, sobre todo, un arma que no falta en ningún carnaval de Laza: las hormigas carniceras. Son rojas, con la cabeza muy grande, y se las rocía de vinagre para que se enfurezcan y muerdan con más ganas.
   Un grupo de jóvenes me tomó por intruso y, en un abrir y cerrar de ojos, me pusieron perdida la chaqueta de tweed y el sombrero de fieltro. Luego me arrojaron hormigas. Me dejé hacer. Les dije: «Más, por favor». Al instante cambiaron de actitud. Me obligaron a que les acompañara a un bar. Les invité a una ronda, ellos me invitaron a diez y acabamos abrazados, en un corro, cantando La Virgen de Guadalupe.
   Me contaron que hace veinte años salía por las calles una máscara zarrapastrosa que representaba al maragato y a la que se podía vejar, golpear e insultar sin descanso. Solía representarlo el hombre más fuerte del pueblo, pero la posibilidad, admitida por todos, de encerrarle y abandonarle en una cuadra a su suerte, dejó la plaza vacante.
   Otra figura que no falta a la cita es La Morena, una vaca loca y lujuriosa que arremete contra las mozas y les levanta las faldas. La Morena se compone de un individuo tapado con un saco —que hace de armazón—, una máscara con cuernos y una rama por rabo. El personaje intenta ser simpático, pero sus evoluciones resultan sosas y reiterativas. A mí me parece que el señor-armazón debe de acabar un poco harto de tanto hacer el ganso. Harto y, seguramente, con tortícolis.
   El carnaval muere con la quema del muñeco de paja —símbolo de estas fiestas—, que se pasea en un carro. Antes tiene lugar el Testamento del burro, donde se recitan coplas burlescas y satíricas que aluden a los acontecimientos o cotillerías de la localidad.
   Cuando se acaba el carnaval, Laza no parece un pueblo, parece el último reducto de una campaña militar, como si allí se hubiera encontrado el general Custer con un contingente de indios. No importa. Las manchas se quitan y la porquería se barre. El pueblo ha sido feliz y la diversión permanece en el recuerdo.

LONDRES, Julio Camba

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JULIO CAMBA, Playas, ciudades y montañas, Reino de Cordelia, Madrid, 2012, 344 páginas.

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Francisco Fuster García en La ciudad de la niebla (pp. 13-18) destaca: «Más que un asunto de modales o una diferencia de formas, lo que este cronista percibe es una incompatibilidad de fondo entre su españolismo y el carácter inglés, entre su espíritu aristocratizante y el pragmatismo acérrimo de un pueblo que trata de absorberlo, de asimilarlo».
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LA MORAL

   Un gentleman es un hombre bien vestido y que no tiene deudas. En cuanto un inglés deja de pagar la casa, ya no es un gentleman. Si un día se presenta con el traje estropeado, tampoco. ¡Qué diferencia tan grande entre el gentleman inglés y el caballero español! Porque el dinero no es condición indispensable de la caballerosidad española, y si lo fuera, España no hubiera pasado nunca por un pueblo caballeresco. El caballero español es caballero siempre, aunque no tenga dos reales. ¿Por qué? Por el alma, por el gesto. Un caballero español puede hacer todas las cosas que hace un pícaro español, sin llegar jamás a confundirse con él, y es que el caballero las hará de un modo caballeresco. No creo que en ningún otro país que España haya una manera caballeresca, de pedirle dos duros a un amigo o de marcharse de la fonda sin liquidar la cuenta. No. No la hay. Esa manera es la misma con que aquellos hidalgos de Toledo, de Burgos, de Ávila, caían desfallecidos sobre los mendrugos que el criado había pedido a las almas caritativas y se los comían todos con una admirable indignación. 
   —No me gusta que implores limosna, Juan, porque alguien podrá creer que la imploras para tu amo....
   Esta caballerosidad no será jamás comprendida de los ingleses, a quienes yo felicito por su incomprensión. «La moral —decía Taine—, buena o mala, es una moneda que todo el mundo debe poseer en Inglaterra». No. La moneda, mala o buena, es una moral que en Inglaterra debe poseer todo el mundo.
   Yo conozco aquí a una pareja de estudiantes rusos que el otro día se vieron obligados a hacer lo que en Pans se llama un déménagement à la cloche de bois — una mudanza a la campana de madera—, es decir, una mudanza silenciosa, a la chita callando. Estas mudanzas son pintorescas en todas partes, menos aquí. Aquí el quedarse sin casa es una cosa muy desagradable. Los rusos pasaron las de Caín. 
   —En medio de todo —decía él— esto no deja de ser divertido.
  —No se lo cuente usted a ningún inglés —le contesté yo—. En el Barrio Latino, sus aventuras harían mucha gracia; pero no aquí. Aquí, al oírle a usted, todo el mundo se pondría muy serio y muy triste. Decirles a los ingleses: «No he pagado la casa. He tenido que mudarme por e1 aire» y contarles todos los episodios subsiguientes; es hacerles pasar mal rato. Para un inglés, lo más gracioso es que le digan: «Ayer ha vencido mi alquiler, y yo lo pagué en el acto».
   Es admirable, no cabe duda, esta moral inglesa. Es lógica, es práctica. Cuando yo tengo dinero la comprendo perfectamente. Entonces pienso que toda nuestra hidalguía es ridícula e inmoral, y probablemente en estos contados momentos es cuando tengo razón.

CUENTOS COMPLETOS Y RELATOS RESCATADOS, Edgar Neville

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EDGAR NEVILLE, Cuentos completos y relatos rescatados, Reino de Cordelia, Madrid, 2018, 700 páginas.

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Esta edición de José María Goicoechea rescata dieciséis relatos, publicados en distintas revistas, que se añaden a los sesenta y seis que habían sido publicados en Eva y Adán (1926), Música de fondo (1936), Frente de Madrid (1941), Torito bravo (1955), El día más largo de Monsieur Marcel (1965) y Dos cuentos crueles (1966).
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CUENTO DE AMOR 

   La señorita Carmen Moncloa acababa de sufrir un pinchazo y por eso yacía en el borde de la calle de Leganitos, apoyada indolentemente sobre su rueda averiada, mientras que de su interior salía una colección de individuos que se desgranaban por la calle.
   Dos hombres se acercaron a ella y la observaron por debajo con la mayor desvergüenza; después el número de curiosos fue engrosando y la señorita Carmen Moncloa fue el objeto de la curiosidad pública.
   Los dos audaces del principio comenzaron a cosquillearla sin la menor consideración y sin importarles un bledo la gente que la observaba, lo cual hizo crecer el azoramiento de Carmen Moncloa.
   Toda colorada, del capot al piloto, veía pasar a sus compañeras que, al verla en esa situación, se limitaban a guiñarle un faro y seguían preparando sin duda chismes que contar por la noche en las reuniones de la cochera.
   —¡Hemos visto a Carmen Moncloa rodeada de gente en la calle de Leganitos, estaba dando el espectáculo!
   En realidad, solo le importaban estos líos de las envidiosas por el efecto que pudieran hacer en el espíritu del señor Especial, pues hora es ya que lo digamos todo: Carmen Moncloa estaba perdidamente enamorada del señor Especial.
   Había de qué. Por de pronto Especial era de último modelo, sus faros relucían más que los de cualquier otro roche, sus ballestas le daban una flexibilidad de movimientos que hacía que atravesase las calles peor empedradas con una gracia en el paso rodado, que partía corazones. Además, aunque joven, se había hecho una sólida reputación, pasaban de treinta los atropellos que había realizado, entre los que se podía contar como más hermoso el de un colegio entero de niños, sobre los cuales había pasado desde el primero hasta el sexto año de bachillerato.
   Esto le había valido venir retratado en todos los periódicos y revistas de la ciudad y que largos artículos se hubiesen escrito ocupándose de él. Se comprenderá, pues, cómo con estas circunstancias eran naturales las pasiones que había despertado en los tiernos cilindros de sus compañeras de cochera.
   Lista Rosales, Atocha Callao y Sol Guindalera bebían los vientos por él. Y se lo demostraban lo mejor que podían a la gran desesperación de Carmen, que como era una muchacha honesta se limitaba a lanzarle miradas de lejos y a enrojecer en su presencia. Mientras que las otras... las otras pasaban y repasaban a su lado y le rozaban con sus aletas y más cosas...
   Carmen Moncloa era lo que se llama una señorita, modosita, discreta, tratando siempre de pasar desapercibida y por eso su desesperación de verse rodeada de gente y expuesta a que pasase Especial y sorprendiese a esos hombres hurgándola en los bajos...
   Y de repente se oyó por la plaza de España la voz de Especial, una voz alegre, cascabelera, que denunciaba su juventud y buen humor. Y Carmen lo vio venir hacia ella haciendo eses, llegaba de la Bombilla y se conoce que había habido juerga.
   No empleemos paliativos. Especial venía armando un escandalosa bocina, la segunda puesta y el cárter colgando. Corría de un lado a otro de la calle persiguiendo a los transeúntes.
   Al pasar junto a Carmen le dio una palmada con una aleta y se alejó alegremente detrás de una vieja que coma calle arriba. 
   La muchacha se quedó helada, se le paralizó la magneto. Aquella presentación del amado y aquella palmada confianzada le habían producido muy mal efecto. ¿Por quién le había tomado? Pero poco a poco el malestar moral fue esfumándose y hasta llegó a sentir un cierto bienestar al recordar la palmada. Mujeres... Mujeres... que dicen los cronistas cuando no saben qué decir.
   El caso es que poco a poco fue disculpando a Especial de su estado de embriaguez. La Bombilla, el carburador, los amigos...,  qué sé yo... 
   Mientras tanto el neumático había sido reparado, pero los hombres, al intentar poner en marcha, no habían conseguido su objeto; la magneto se negaba a dar la chispa, para lo que es requerida, y Carmen se vio condenada a la inmovilidad.
   Y el caso es que la expectación no cesaba, los peatones iban relevándose y siempre había un grupo nutrido observando estúpidamente la inmovilidad de la señorita Moncloa. Claro que su curiosidad era la misma que hubieran sentido ante un árbol que hubiera echado a andar.
   Aquella situación duró varias horas, durante las cuales la desdichada fue imaginándose el resto de la jornada de su amado Especial.
   Se lo figuraba zigzagueante por las calles, expuesto a cualquier atropello, o a ser detenido por la autoridad. Y las suposiciones no terminaban ahí sino que lo veía rodando junto a Lista Rosales por los bulevares, o también conduciendo a una colección de niñas de las colonias escolares.
   Los celos le mordían las bujías, cuando de repente oyó una voz conocida a su espalda. No, no se equivocaba, era el señor Especial que llegaba; se detenía junto a ella y le echaba una cuerda con un elegante gesto de galantería. Carmen Moncloa no cabía en sí de gozo, era él, él, ya sano y bueno que venía a buscarla; la palmada había producido también su efecto en el juerguista, en el delicioso juerguista.
   Así entraron en la cochera ante la mirada atónita y desesperada de Lista Rosales, Sol Guindalera y Atocha Callao, y desde entonces comenzó el idilio que al cabo de unos meses había de dar como tierno fruto de amor un pequeño Citroën...

INSERT COIN, José Luis Gracía

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JOSÉ LUIS GARCI, Insert coin, Reino de Cordelia, Madrid, 2018,192 páginas.

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Agradece el cineasta en Déjate de cuentos (pp. 9-12) al editor, Jesús Egido, que «estas veinticinco narraciones desperdigadas por mi vida, vean otra vez la luz.»
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CIEGOS

   Lo escribo tal y como me lo contaron. Luis es ciego de nacimiento. Trabaja en la ONCE. Desgraciadamente, los padres de Luis sufrieron un accidente mortal en la M-30. Un autocar —le fallaron los frenos— arrolló por detrás el Seat en el que iba el matrimonio. Desde entonces, Luis vivió con sus abuelos maternos. Cuando Luis cumplió dieciocho años, sus abuelos, preocupados porque sabían que, más pronto que tarde, ellos también se irían de este mundo, le compraron al chico un magnífico pastor alemán, «Barry», para que cuidara de él. Y eso hizo Barry durante una década. Hace un par de días, Barry agonizó en la clínica Cerbero, en la Avenida del Mediterráneo. Lo que Luis nunca supo, hasta ayer, cuando la veterinaria Luisa Villarejo se lo comunicó, es que Barry también era ciego.

MI ESPAÑA PARTICULAR, Edgar Neville

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EDGAR NEVILLE, Mi España particular, Reino de Cordelia, Madrid, 2011,196 páginas.


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Fernando R. Lafuente en Un lujo de otro tiempo (pp. 9-17) glosa la figura de uno de los miembros más importantes de la llamada otra generación del 27. Reino de Cordelia reedita esta Guía arbitraria de los caminos turísticos y gastronómicos de España publicada por Taurus en 1957, en la que el lector hallará "un magistral tratado del viaje, no sólo como modelo de vida contemporánea, sino como ética del saber vivir".

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GALICIA


   Galicia es una especie de Irlanda que tenemos en España. Fronteriza con la pálida meseta central, de pron­to, y a la revuelta de varios montes, se nos aparece una frondosísima pradera verde, que aumenta de tono a medi­da que nos acercamos al mar. Lo más notable de Galicia son las profundas rías por las que penetra, tierra aden­tro, el Atlántico, y que son un espectáculo verdadera­mente grato de ver.
   Las ciudades, salvo Santiago de Compostela, que es una joya, no tienen mayor interés arquitectónico, pero gastronómicamente sí porque nos hallamos en el paraí­so de los mariscos y de los pescados. En toda la costa gallega hay infinidad de lugares donde encontraremos, con profusión y frescura ejemplares, las ostras, las ciga­las, los langostinos, los percebes, las almejas, los cangrejos, los changurros y los centollos. Todo el país es emi­nentemente pesquero y la riqueza y la variedad de su pesca es superior a todo lo que se puede imaginar. En Vigo, hay un hotel nuevo importante, el Gran Hotel, y el mejor restaurante típico se llama El Mosquito.
   Después una carretera excelente, que va por la cos­ta, nos lleva a Pontevedra y por allí, y por el borde de la Ría de Marín, vayamos a la isla de La Toja, que es un lugar agradabilísimo en verano, con un buen Hotel, con su piscina, y unas vistas marítimas encantadoras. Si no tenemos muchas ganas de ir a islas, desde Pontevedra seguiremos por Padrón a Santiago de Compostela, capi­tal del Reino de Galicia. Aquí el turista debe volver a sacar su guía formal para estudiar bien todos los monu­mentos que ha de admiran Yo, como siempre, le pido que se pasee por las callos, bajo los soportales, y vaya a ver la Universidad y, sobre todo, la Catedral, que es magní­fica y se extasíe frente a la puerta del Obradoiro, ante la fachada churrigueresca y la escalera monumental.
   Desde Santiago el viajero puede ir a La Coruña, que es una población muy alegre y muy simpática, con el hotel Embajador, y muchos sitios donde comer mariscos. Luego se sale de Galicia por Lugo, Ponferrada y Astor­ga. Pero ya que estamos en Astorga no hay más remedio que ir a León, para admirar la más bella catedral que tie­ne España, una verdadera joya del arte gótico. En León hay un buen Hotel, el Oliden.

EL OMBLIGO DEL MAR, Luís Pousa

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LUÍS POUSA, El ombligo del mar, Reino de Cordelia, Madrid, 2015, 96 páginas.

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En su prólogo, Eduardo Lago comenta que este libro, escrito desde la perspectiva homérica del viaje, despliega distintas "unidades textuales que alternan entre el poema entendido como forma sin ataduras y el párrafo en prosa, [...] dos manifestaciones a una manera única de sentir, a un intento único que busca llegar al alma del lenguaje y describir su lucha por atrapar algo que, a falta de mejor nombre, describimos como «realidad» [...]".

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Nubes barrocas.
Huele a estrellas de mar muertas.
Océano ebrio.
El mar y el cielo fornican sobre el horizonte.

PLAYAS, CIUDADES Y MONTAÑAS, Julio Camba

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JULIO CAMBA, Playas, ciudades y montañas, Reino de Cordelia, Madrid, 2012, 280 páginas.

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Reino de Cordelia reedita esta colección de artículos  centrada en los espacios de Galicia, París y Suiza. En Un escritor todoterreno (pp. 13-15) Francisco Fuster García alaba la capacidad de Camba para comprimir cualquier realidad a "una superficie literaria de 150 centímetros cuadrados".
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LOS RECIÉN CASADOS

   Suiza es el país de elección de los recién casados. ¡Las his­torias que deben de saber estos camareros de hotel y estos controleurs de ferrocarril! Todos los recién casados de todo el mundo vienen a Suiza a hacerse la ilusión de que el matri­monio es un idilio, y de que tiene una relación directa con los blandos lagos, con las montañas azules, con la nieve vir­ginal, con el cielo puro y con lo arroyos cristalinos. Las pare­jas más innobles y más desproporcionadas, los matrimonios más interesados, se poetizan aquí. Aquí los recién casados parece que se quieren como si no se hubieran casado toda­vía. Es una mezcla de amor, de facturas de hotel y de guías ferroviarias. Es más poético que París y menos peligroso. Aquí no hay riesgo de que el novio se pierda a la tercera o cuarta noche ni de que la novia se enamore de nada en un escapa­rate de la rue de la Paix. Novio y novia se regalan mutuamen­te un reloj, un auténtico reloj suizo, marcha garantizada, y en paz. Durante quince días es la luna de miel complicada con el Mont-Blanc, la mer de glace y el lago Leman; la luna de miel y el Baedeker y la Agencia Cook. La novia se entera de quiénes fueron Rousseau y Guillermo Tell, y luego dice:
   —¡Cuántas cosas aprende una durante la luna de miel!
   Sí. Aquí se viene de recién casado como se va a París de recién divorciado o de recién viudo, ya que por ahora la viu­dez es la única forma de divorcio posible en España. Para muchas gentes, venir a Suiza es una cosa tan propia del acto de contraer matrimonio como el ir al Registro Civil. Hay muchachas que se casan únicamente por el viaje a Suiza. Diez, quince, veinte años después de casados, el recuerdo de Suiza dura todavía en muchos matrimonios, y en los buenos momentos conyugales este recuerdo es evocado con delicia:
   —¿Te acuerdas de Chamonix? ¿Y de Guillermo Tell? Tú decías que le habías visto en un circo disparándole a una patata sobre la cabeza de su hijo...
   Los amores libres, así como los amores adúlteros y mis­teriosos, se refugian a orillas del lago de Como. Allí dice Barrés que van los grandes enamorados a morir de “volup­tuosidad y de indolencia”. Aquí no hay amor; no hay más que matrimonio. La poesía del lago Leman, con respecto a la ver­dadera poesía, es lo que el matrimonio con respecto al amor.
   El lago Leman tiene un alma burguesa y un romanti­cismo burgués.
   ¡Cuánto siento no estar recién casado! ¡Si uno pudiera reciéncasarse en vez de casarse completamente! Porque así, soltero, está uno en Suiza de una manera desairada, como un veraneante de segundo orden.

AIRE DEL TIEMPO, Alicia Mariño Espuelas

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ALICIA MARIÑO ESPUELAS, Aire del TiempoReino de Cordelia, Madrid, 2013, 128 páginas.
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Las ilustraciones de Miguel Ángel Martín funcionan como la ráfaga que sopla el último detalle de belleza a esta lograda colección de noventa haikus.

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EL PIANISTA

De un lado a otro,
como algas en el mar,
bailan tus ojos.

LIBROS CONTRA EL ABURRIMIENTO, Luis Alberto de Cuenca

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LUIS ALBERTO DE CUENCA, Libros contra el aburrimiento, Reino de Cordelia, Madrid, 2011, 720 páginas.
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En el Prólogo (pp. 21-22) explica Luis Miguel Suárez el origen de estos amenos microensayos aparecidos a partir del 2004 en el suplemento cultural del ABC. Acierta el editor al agruparlos en once bloques: Oriente, Religión y folklore, Mundo clásico, Edad Media, Del Renacimiento a la Ilustración, Del Romanticismo a Foxa, Contemporáneos, Cómics y libros ilustrados, Cine, Varia, y En cursiva.
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FARENHEIT 451

   La temperatura en que arde el papel de los libros se cifra en 451 grados Fahrenheit, que viene a equivaler a algo menos de 233 grados Celsius o centígrados. Todos los que hemos leído Fahrenheit 451, la maravillosa novela de Ray Bradbury, o visto la película homónima de François Truffaut, conocemos ese dato y lo consideramos familiar. Desde siempre ha existido la manía de quemar libros, tal vez porque con ellos se eliminaban las ideas aborrecibles del enemigo, y al enemigo no hay que  darle agua, sino fuego, y a discreción. Como los libros se han guardado en bibliotecas al menos desde el tiempo de los asirios (cuyos libros eran tablillas de barro cocido puestas a secar al sol), también las bibliotecas han sido objeto de esa piromanía, la misma locura incendiaria que animó a los inquisidores en siglos pretéritos o a las turbas anticatólicas que dieron fuego a tantas iglesias al comienzo de nuestra segunda República. Me produce un rechazo visceral cualquier tipo de hoguera presuntamente purificadora, y, mucho más, aquella pira destinada a que ardan libros en ella, que es para mí, en mi condición de bibliófilo militante, la más odiosa y lamentable de todas.
   El francés Lucien X. Polastron nos cuenta la historia de esos procesos incendiarios contra los libros desde el viejo Creciente Fértil hasta el Iraq de 2003, que vio saqueadas o incendiadas sus bibliotecas después de la invasión norteamericana. A Lucien X. Polastron le fascinan dos temas sobre todos en la historia de la cultura: los «bibliocidios» y la caligrafía oriental. Estudioso de la lengua china y de su plasmación gráfica en el papel, se ha interesado también desde antiguo en la historia de este último, dedicándole una importante monografía, titulada Le papier. 2000 ans d’histoire et de savoir-faire (1999), aún sin traducir al español.
   Todo lo que usted pudo llegar a preguntarse en algún momento de su vida sobre destrucción de bibliotecas queda cumplidamente respondido en el documentadísimo ensayo de Lucien X. Polastron. Allí está, cómo no, la destrucción de la gran biblioteca grecorromana de Alejandría por las hordas del califa Umar en octubre de 640, las infames hogueras nazis y estalinistas, la barbarie bibliocida de la Revolución Cultural china o el incendio de la biblioteca de Sarajevo en 1992. Cualquier cosa, con tal que tenga que ver con la muy nefasta vocación de los seres humanos para silenciar obras que sin ninguna duda hablan con sus lectores desde el papel.



LUCIEN X. POLASTRON
Libros en llamas : historia de la interminable destrucción de bibliotecas
Traducción de Hilda H. García y Lucila Fernández Suárez
México, Fondo de Cultura Económica, 2008.