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RAROS, TORPES Y HERMOSOS, Raúl Jiménez

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RAÚL JIMÉNEZ, Raros, torpes y hermosos, Sala Veintiocho, Alicante, 2018, 296 páginas.

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TRABAJO

   Decir que uno disfruta con su trabajo, cuando se dedica a lo que yo me dedico, puede parecer atroz. Pero todos los oficios ¿desarrollan ciertas destrezas, y me parece lógico, y hasta deseable, que un profesional se sienta satisfecho de sus logros y su pericia. Además, hacemos una labor necesaria, aunque esté un mal vista, y sería absurdo que nos avergonzáramos. En este asunto, como en muchos otros, hay una gran hipocresía. La gente nos tacha de asesinos, pero a la vez nos paga el sueldo. Yo no podría hacerlo, me dijo una chavala, pero, luego, en la cama, le ponía que me pusiera el mono. Lo mejor, si quieres caer bien, es decir que eres funcionario, que, por otro lado, es también cierto, y no entrar en detalles. Para cuando atreven a pedirlos, ya sé yo si van a entenderlo y decido entonces si debo confesarles la verdad o despacharlos con un embuste. Conozco a gente, desde hace más de quince años, que piensa que soy contable. Alguna vez me he visto en un apuro porque me han pedido que les echara una mano con declaración de la Renta. Quizá es por esto que los compañeros somos como una piña. Formamos una gran familia. Solemos quedar los fines de semana. Organizamos partidos de fútbol y barbacoas. Es raro, pasado un tiempo, conservar amistades que no estén relacionadas con el oficio. También es raro encontrar algún empleado que tenga mascota. No se debe intimar con el enemigo, decimos algunas veces. Es tan solo una broma, claro, pero algo de eso hay. Cuando entra alguien nuevo, es lo primero que le pregunta el jefe. Si responde que sí, sabemos ya que no durará. Aunque hay otros que pese a no haber tenido nunca un animal en casa, no son capaces de soportarlo. Hay que tener estómago, supongo. Algunos días tienen su miga. Los señoritos, que digo yo, duran muy poco, o se vuelven apáticos y susceptibles. Un chaval que estuvo con nosotros el verano pasado perdió quince kilos y le salieron unas ronchas naranjas por la cara. Pensamos que había pillado un parásito por haberse saltado alguna vacuna. Pero era cosa de nervios. Al final, los sacrificaba siempre de lado, para no tener que mirarlos, y se ponía unos cascos, con la música a toda hostia. Daba pena verlo trabajar. Resultaba de verdad ridículo. Algunos compañeros se reían. Pero a mí me tocaba la moral, porque, en el fondo, lo que pasaba era que despreciaba nuestro oficio. Le parecía que hacíamos algo sucio. Algo malo. Y nosotros, joder, somos buenas personas. Esto es solo trabajo. Alguien tiene que hacerlo. Por otro lado, recuerdo que al empezar también yo tuve una crisis. Así que en realidad lo entiendo. Hay que pasarla. Es como un sarampión. Reconozco que cuesta algo al principio. Luego ve uno que no es para tanto. Y una mañana, una mañana cualquiera, te descubres riendo el chiste de algún compañero mientras le das fuelle a la máquina y ellos caen derribados. Después te fijas en los veteranos, y descubres que hay muchas maneras de hacer lo mismo, así que las pruebas todas. Y es ahí, sin darte cuenta, cuando te enamoras de verdad de la profesión. Empiezas a marcarte retos. Encuentras tu propia manera, o te la inventas. En el fondo es un arte. Si te esfuerzas vas mejorando, entendiendo cómo funciona y controlando mejor la máquina. Aunque las maquinas también fallan. Eso es inevitable. Hasta la Harper se atasca a veces y hay que usar el machete. Los nuevos se quedan rígidos, incapaces de mover un músculo. Pero no se puede dejar la faena a medias, eso lo retrasaría todo. Es, además, lo más compasivo. A veces, la cuchilla ha seccionado ya las extremidades, pero se queda atrapada en el tronco, serrándoles el hueso de la cadera. Los ves entonces colgando del gancho, como uno de esos cilindros de carne que hay girando en los turcos. Solo que estos chillan además y se retuercen. Los chillidos son terribles. Aunque a eso también te acostumbras. Al final dejas de oírlos, y solo te das cuenta cuando sales de la nave. Algunos dicen echarlo de menos al jubilarse. Aunque lo más frecuente es añorar la máquina. Ocurre en todos los trabajos. Se desarrolla un vínculo con las herramientas más habituales. Tiende uno a humanizarlas. Hay un abuelo que se pasa por aquí todos los meses. Le gusta bajar al foso y acariciar los rodamientos y el gancho. Les da golpecitos suaves y les susurra algunas ternuras. Dicen que tiene el récord. Trescientos dieciocho en solo turno. Nadie ha hecho nunca tantos. Ni siquiera con la nueva máquina de arrastre. En fin, tengo que volver ya adentro. ¿Los oye? Esos me esperan a mí. Chillan porque saben lo que ocurre. No sé cómo lo saben, se supone que vienen engañados, pero le juro que lo saben en cuanto entran. Quizá está en el aire y lo huelen. Cualquiera sabe. Los feos son impreciecibles.

SIN MANOS Y OTRAS PROEZAS DE LA INFANCIA, Raúl Jiménez & Rodrigo García

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RAÚL JIMÉNEZ & RODRIGO GARCÍA, Sin manos y otras proezas de la infancia, Bang Ediciones, Barcelona, 2015, 150 páginas.

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Rodrigo García Llorca ilustra las greguerías y los microrrelatos que idea Raúl Jiménez siempre con una inventiva hilarante que comienza ya por los retratos de los autores que ocupan una de las solapas. Un análisis del mundo de la infancia atravesado por la ironía y una cáustica desmitificación.
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   —Es normal —dijo el pediatra—. Le están saliendo los dientes. El pobre se alivia así. Cómpren­le un mordedor.
   —¿Un mordedor? Ni que fuera un perro —dijo mi marido, cuando ya en casa le recordé la su­gerencia del médico—. Lo que haremos será enseñarle. Es lo que se hace con los niños, ¿no?, enseñarles cosas. Pues bien, lo primero que va a aprender es que no se muerde.
   —Y ¿cómo piensas hacerlo? —le pregunté.
   —Bueno, ya sabes, ¡hablando! Parece que no, pero lo entiende todo perfectamente. Sobra decir que aquello no funcionó. Nuestro hijo continuó lanzando sus mordiscos a todos cuantos se le pusieron a tiro.
   En una ocasión, mordió a un niño en el parque, y cuando la madre del pequeño se acercó para pedir explicaciones, también la mordió a ella.
   A partir de aquello, la gente empezó a llamar a nuestro hijo el niño vampiro. Colaboró en la fama de este apodo el que nuestro bebé tuviera una piel casi transparente, y que en lugar de llorar y patalear al enfadarse, soltase un graznido largo y agudo, que recordaba al chillido de los murciélagos.
   Por lo demás, era un bebé completamente normal. Como todos los otros críos, volaba con cierta dificultad y, de vez en cuando, se daba un cabezazo contra la lámpara.



La cafetera es la más triste de las locomotoras.
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El cisne es un pato que se hace preguntas.