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LA SUAVE PIEL DE LA ANACONDA, Raúl Ariza

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RAÚL ARIZA, La suave piel de la anaconda, Talentura, Madrid, 2012, 164 páginas.

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"Si Elefantiasis fue un libro de anunciación y contundente llegada, La suave piel de la anaconda lo es de refuerzo vibrante e identidad". Con este sólida afirmación comienza Ángel Olgoso un prólogo en el que destaca, entre las numerosas virtudes de estos relatos, el estilo propio y la sencillez dentro de la eficacia que en poco tiempo ha logrado Ariza. Carmen Puchol ilustra algunos de estos cuentos que, al modo silencioso y acechante de la anaconda, muerden el interior del lector mientras se deslizan por los distintos paisajes de la soledad humana.

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LA HABITACIÓN AZUL

   La habitación nació pensada de este color. Alguien, en su inmensa sabiduría, debió de imaginarla así en un tiempo imposible, anterior o por llegar, y desde un lugar que a buen seguro no existe.
   Todo en ella respira azul. De azul suave, casi transparente, son los visillos que filtran una luz vespertina que sin duda anuncia lluvia. Son azules la colcha que reposa en el suelo, y las sábanas sudorosas que se enredan entre los sueños fatigados de la mujer.
   De predominante azul son casi todos los cachivaches y recuerdos que ha ido acumulando desde que de niña vio por primera vez reflejados sus ojos en el espejo grande del armario de su madre, también sola. El marco de una foto en la que se la ve con trenzas y vistiendo de colores marineros. El jarrón de cristal teselado que reposa en el alféizar de la ventana y que se trajo de Ibiza en su único viaje en pareja. La lámpara de pie que compró para aquel rincón de aquella casa que nunca llegó a habitar. Y el tapizado del sillón de orejas que restauró cuando decidió irse a vivir con aquel tipo, al que más tarde descubrió compartiendo esas mismas intenciones pero con una mujer de ojos ligeramente lapislazulados.
   Ella es rubia, de mejillas sonrosadas y tan dulce como tímida. Y le encantaría tener los ojos azules infinitos, y del color de la tierra húmeda.
   Acaba de masturbarse en esta tarde de domingo tediosa y calma. Todavía le tiemblan los muslos empapados. Tendida en ese colchón demasiado ancho, mira absorta cómo unas cuantas nubes estivales van invadiendo de un amenazante azul oscuro su ventana. A su lado, un libro de relatos de tacto áspero y tono cáustico cuya lectura no le hace ningún bien, uno de sus varios consoladores, y un vacío por llenar.
   Se ve un relámpago y luego se escucha un espantoso trueno.

ELEFANTIASIS, Raúl Ariza

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RAÚL ARIZA, Elefantiasis, Editores Policarbonados, Madrid, 2010, 124 páginas.

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Flanqueados por las ilustraciones de Carmen Puchol, los 50 microrrelatos de Elefantiasis se erigen, en palabras de Francisco Machuca en el Prólogo: Crepúsculo cotidiano (pp. 9-13), como "una estupenda colección de cuentos sobre un retrato cáustico de una sociedad decadente", a través de la "verdad amarga del desencanto en donde se percibe el silencio que hay en todas las soledades".

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EL LADRIDO DE LOS PERROS

   «Cuando estoy contigo, los perros dejan de ladrar.»
   Se lo ha dicho tan despacio, que como ella andaba buscando afanosamente el sueño tras los suspiros hambrientos del sexo, no ha llegado a oírlo. No ha llegado a oírlo pero, sin embargo, le ha contestado con un símiamor que ha sonado a una sonrisa.
   Cuando la ha sabido dormida, se ha levantado de la cama con mucho cuidado y se ha sentado frente a la ventana del dormitorio, tratando de hacerse amigo de esa estúpida felicidad que se empeña en mantenerle despierto. A través de los jirones de luz que filtra la persiana, ha mirado a Lucía y ha admirado incrédulo su contorno desnudo, sin ni siquiera atreverse a sentirse agradecido. Cómo se pudo fijar en un tipo tan mediocre y descreído como él, sigue siendo un maravilloso misterio. No acaba de creerse del todo cómo un haz de luz tan hermoso como ella, ha podido entra en su vida iluminando sus míseras y remotas oquedades.
   Un rato más tarde se ha metido en el baño tratando de nuevo de no despertarla. Ha abierto el agua del grifo, se ha quedado un instante absorto viéndola caer, y se ha dado una ducha ligera. Más tarde, empapado y desnudo, mientras espera sentado en el retrete a que el agua se le seque por sí sola, repasa una vez más las marcas que el fracaso acumulado le ha ido dejando en su cuerpo. Lo hace, al igual que todas las noches en las que la sencilla hermosura de Lucía le discute su condición de desgraciado, siguiendo fielmente las pautas de una flagelante letanía. Primero se toca la cicatriz del hombro, y recuerda a un padre violento. Después se mira en el espejo la tristeza de los ojos y adivina a una madre sumisa. Y por último, observando el temblor de sus manos, recuerda una infancia repletita de noches encerrado en su habitación, mientras oye allá afuera el aterrador ladrido de los perros.