Mostrando entradas con la etiqueta LA PARTE MALDITA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LA PARTE MALDITA. Mostrar todas las entradas

EL LUGAR DE LAS DESPEDIDAS, Mauricio Koch

0


MAURICIO KOCH, El lugar de las despedidas, La Parte Maldita, Buenos Aires, 2014, 136 páginas.

**********
LA VISITA

   La abuela ha dejado de quejarse y respira tranquila. Parece que por fin se ha dormido, piensa él, y aprovecha entonces para ir hasta el pozo a buscar agua. El calor no se aguanta: ni las cortinas oscuras, ni la paja del techo, ni la sombra de los paraísos sirven de nada contra tamaño sol. Sólo el agua fresca del pozo puede dar algo de alivio.
   Llena el balde y camina hasta la galería. Busca un vaso, se sienta y se lo toma de un trago. Ve la tierra rajada del patio, los hormigueros que revientan; más allá el campo, igual de pelado, seco. Después mira el cielo. Sabe que no va a llover, no hay viento, aunque le parece raro no escuchar a las chicharras. Ni a las palomas.
   Todavía tiene sed, así que toma otro vaso. El resto lo usa para mojarse la cabeza, el cuello, el pecho. Deja que el agua corra por su cuerpo y recuerda, mientras tanto, que la abuela le machaca siempre sobre el peligro de mojarse con agua fría cuando hace mucho calor.
   Ahora se siente bien. Cierra los ojos; el calor y el silencio lo adormecen.

   Lo despierta un alboroto en el gallinero. Y Chispa, su perro, que empieza a gruñir.
   Se levanta y va hasta el final del corredor. Ve acercarse a una mujer que camina apoyándose en un bastón: la cabeza cubierta con un pañuelo oscuro, un vestido gris largo hasta los pies. Él, instintivamente, se arregla el pelo, busca su camisa. Buenas, le parece escuchar mientras le ordena a Chispa que no moleste, aunque no es fácil convencerlo. Cuando lo consigue, mira en dirección a la recién llegada para verle la cara. No la reconoce. Sabe que nunca la ha visto. La mujer mira en dirección al balde, que está casi vacío:
   —¿Me darías un poco de agua?
   —Enseguida busco —dice él y le acerca una silla—; siéntese, por favor.
   Ella adelanta el bastón y se esfuerza para moverse. Él reacciona y la agarra del brazo. Gracias —dice ella, y lo mira. Él también la mira, y los ojos de la mujer lo inquietan: un blanco apagado, lechoso, los párpados hinchados. Por un instante, él piensa que en realidad la mujer no puede verlo. En ese momento llega la voz de la abuela, tan clara y enérgica, que lo sorprende: echala, dice. Él se detiene a prestar atención: echala, repiten. Es mi abuela —explica él—, está enferma, disculpe. La mujer no parece sorprendida, sólo cansada.
   Enseguida vuelvo —dice él, y entra en la casa. Minutos después, reaparece con un plato con rebanadas de pan y pedazos de queso. Se lo alcanza a la mujer, agarra el balde y va a buscar más agua. Mientras bombea, mira hacia la galería y ve que ella está comiendo. Se acerca, llena un vaso y se lo da. Ella agradece. Él va a buscar una silla. La mujer come despacio; sin levantar la vista del plato, dice:
   —En todas partes igual; la gente se hace cruces, tocan madera o escupen si me ven venir; se esconden para no atenderme. ¿Vos no me tenés miedo?
   —Lo que pasa es que mi abuela y yo estamos siempre solos —dice él, mientras se sienta—, no es habitual ver extraños por acá...
   Entonces la mujer vuelve a mirarlo. Él nota que esta vez sus ojos brillan: está llorando, piensa. Le alcanza un pañuelo y decide que es mejor dejarla sola, no preguntar; se levanta y camina hasta el final de la galería: el vuelo bajo de un halcón peregrino lo cautiva, no es común verlos por el lugar. Lo sigue hasta que la reverberación del sol en las piedras de la loma lo envuelve y se lo traga. Cuando se da vuelta, ve que la mujer se ha parado:
   —Quédese otro rato, señora —dice—, es una locura andar por ahí con este sol.
   Ella iba a hablar, pero la voz de la abuela se le adelantó; esta vez un grito.
   —Ya vengo —dice él, pero ella levanta apenas el brazo y lo detiene.
   —Tengo que seguir, hijo, no puedo atrasarme en mis tareas. Un día volveremos a vernos y habrá tiempo de charlar. Lo que hiciste hoy por mí no se olvida; yo jamás olvido —dice, y empieza a caminar.
   Él ya no intenta detenerla, nada más la mira alejarse bajo el sol. Después piensa en la abuela, abuela, dice, y antes de girar para entrar en la casa, se hace la señal de la cruz.

LAS VISITAS, Elizabeth Lerner

0


ELIZABETH LERNER, Las visitasLa Parte Maldita, Buenos Aires, 2013, 80 páginas.

**********
CUESTIONARIO

   Miranda había dormido el sueño placentero de la tarde. Los primeros sonidos del jardín avanzaban sobre su habitación azul. Una de sus muñecas tenía el pelo quemado y parecía mirarla. El párpado rubio se abría y se cerraba hasta acostumbrar su cadencia a la luz veraniega de las cinco de la tarde. Afuera, la naturaleza se alborotaba: estaban todos tomando el té, con los buñuelos de manzana, el mate de leche que le provocaba náuseas y el pino, ¿o era un cedro? que habitaba justo en frente de su ventana y la acechaba todas las mañanas con su sombra salpicada.
   La abuela, pensó. Nació en 1906, en Génova. La capital de Cuba es La Habana. Esperaba que ese día no le preguntaran sobre fracciones y estrellas. En general, eso sucedía después de la comida, cuando todos se sentaban en el porche y miraban a Raffo, el perro de los Cuperini, asustar a los pocos autos que se dejaban ver a esas horas en el bosque. Si había luna, las piedritas de la calle fosforecían y si había sólo estrellas y la noche era más oscura, las piedras relucían como tumultos grasosos que le recordaban a Miranda la controvertida superficie de la nariz del abuelo.
   Quiso despertarse con lentitud pero en seguida los gorjeos de afuera la sacaron de un tirón del sopor de las sábanas y de los vestigios del libro que había estado leyendo. Esta vez era Los hombrecitos de Jo y era en secreto. En secreto eran los números de Las aventuras del Pato Donald que compraba en el quiosco de Los Holandeses, cuando los demás salían a caminar hacia el lado del pueblo y ella se demoraba con alguna excusa.
   ¿Quién era que había inventado la lamparita? Se desperezó. Las olas de carcajadas ya inundaban su habitación azul. La risa de su padre avanzaba sobre las piedras negras del piso, cubría los sillones bajos, viejos y cómodos, trepaba por la chimenea sin uso y chocaba contra las puertas de vidrio que daban al patio de atrás. Ellos, todos, estaban adelante, en el porche.
   Miranda dejó su cuarto en la penumbra y salió. Afuera, las cuatro personas sentadas en la mesa de mimbre del jardín tomaban mate. Raffo le ladraba a un colibrí pesado que apenas podía mantenerse en el aire y todos estaban iluminados por el amarillo alimonado de esa tarde de verano que más bien tenía la fuerza de arranque de una mañana. Tal era la intensidad de la luz que la cabeza morena y tirante de su madre no se veía, y en su lugar había una bola de luz con insectos revoloteando a su alrededor. Miranda casi no podía distinguir los rasgos de la abuela porque un haz iridiscente le atravesaba el ojo verde, y la nariz se fundía sobre el lienzo lechoso del rostro.
   ¿Hay habitantes en la Isla de Pascua? Tal vez largaran con una pregunta tramposa. Empezaba a sentir el hambre de las cinco y media. La cocina, como siempre, estaba cerrada con llave. Con una ráfaga de viento recuperó sus sentidos, se hizo una visera con la mano derecha y saludó de lejos, sacudiendo la izquierda. En ese instante de espera en el que se preguntaba si alguien le devolvería el saludo o esbozaría alguna seña que convalidara su presencia en el jardín, repasó en silencio los ríos de Europa Central.
   Miranda, clamó el abuelo y mostró fauces profundas, negras, abismales. ¿Cómo era el nombre del hermano de ese famoso pintor que se cortó la oreja? Miranda no esperaba que comenzaran tan rápido. Por lo general le daban un tiempo para prepararse. Ella, entonces, se acomodaba entre las raíces de la acacia y el canterito de las hortensias. Hasta tenía unos minutos para acariciar a Raffo, que pasaba más tiempo con ellos que con los Cuperini y luego, con sigilo, como serpientes de agua, ellos empezaban el juego. Pero aquel día no hubo prolegómenos. Sintió que su estómago se poblaba con una plaga de colibríes excedidos de peso, que la raspaban por dentro con sus aleteos.
   Carola, la chica de los Cuperini, era de la misma edad que Miranda. Las dos empezarían sexto grado después de aquel verano. En el momento en que Miranda comenzaba a meditar su respuesta, mientras rozaba con la punta de sus dedos la praderita de tréboles junto a las hortensias, Carola pasó por la calle en su bicicleta y por una décima de segundo pobló el desesperante aire de la tarde con un saludo que era, claramente, una autoinvitación. Miranda le devolvió el saludo, levantó el brazo casi transparente y le hizo señas. Al rato, las dos estaban acariciando esa pradera de tréboles bajo la mirada estupefacta de todos. ¿Cómo organizar el cuestionario con otra?
   Miranda preguntó: ¿Podemos hacerlo de a dos? Ella y Carola habían ido solas a la playa, un día de lluvia en el que ellos dormían la siesta. Las dos chicas habían caminado hasta el pueblo y se habían robado unos cigarrillos sueltos en Los Holandeses. Los probaron a escondidas, detrás del monumento de la plaza central. Pero nunca, jamás, habían respondido juntas el cuestionario de la tarde, ése que le daba a Miranda el derecho a la leche y los scones o a veces, a las vainillas caseras.
   Abuelo, repetí la pregunta, así Carola también la escucha.
   Cuando llegó el momento de cenar, por primera vez en mucho tiempo, Miranda ya no tenía hambre. En general, las preguntas de Geografía y Ciencia le garantizaban, como mínimo, un café con leche pero si le tocaba Arte, apenas una galletita de agua. Y de libros, ellos se las arreglaban para preguntarle sobre esos que ella no leía. Pero Carola tenía un sorprendente conocimiento de estrellas de cine del momento (tema fijo en las preguntas de la abuela) y, como su papá había trabajado mucho tiempo en la Municipalidad, sabía de memoria todos los intendentes que habían pasado por el pueblo (tópica preferida por su madre).
   Aquella fue la última vacación en el pueblo sobre el mar. La tarde con Carola había sido inolvidable: budín de naranja, los scones con pasas de uva y leche chocolatada. A todos los había tomado desprevenidos y el reglamento, revisado una y otra vez esa noche por los abuelos, no establecía nada acerca de responder en equipo. Y ellos jamás se apartaban del reglamento.
   En los veranos que siguieron, ya en la montaña, Miranda adelgazó mucho. Las reglas del juego se iban modificando según las tretas que ella iba encontrando para ganar puntos y así, víveres. El experimento fallido de aquel último enero en el pueblo sobre el mar, finalmente dio sus frutos en la sureña aldea de montaña. Era el año que cumpliría los quince, así que juguetes ya no tenía. En la casa del mar había tratado de iniciar el fuego acercando el encendedor dorado del abuelo al pelo de su muñeca preferida. Pero no había dado resultado: solamente había logrado chamuscar la cabellera rubia y apenas si había generado una lumbre. Pero en la montaña todo era diferente. Tantas tardes de preguntas, tanto conocimiento, la habían llevado finalmente a entender la lógica de la flora, de la sequía, del fuego, de la madera, de la expansión exponencial del fuego, de ese fuego que podía llegar a tragar entero, como esa boa del cuento, un sombrero, un elefante, un chalet de troncos en el bosque seco. Miranda respiró una vez más el viento inconfundible de la montaña, tan distinto al aire húmedo del mar.