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CUADERNO DE NOTAS, Anton Chéjov

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ANTON CHÉJOV, Cuaderno de notas, La Compañía / Páginas de Espuma, Madrid, 2010, 186 páginas.

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En el Posfacio, Leopoldo Brizuela destaca cómo en la idea de literatura para Chéjov subyace "la búsqueda de una manera distinta de entender el mundo", de ahí que esta colección de anotaciones, "con su aparente levedad, su falta de pretensión y ese humor que es sólo suyo, tierno y cáustico a la vez, sea uno de los más extraordinarios y conmovedores reflejos de su época".

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La muerte nos causa espanto. Pero sería aun más espantoso saber que viviremos eternamente, sin morir una vez sola.
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La universidad desarrolla todas nuestras capacidades, incluso la idiotez.
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Todo es mejor allí donde no estamos; el pasado sólo puede parecernos maravilloso cuando lo dejamos atrás.
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Se dice: al final del final la verdad triunfará. Pero no es cierto.
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La vida nos parece grande, inmensa, y la pasamos siempre ahí, sobre el mismo pequeño mendrugo de tierra.
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¿Por qué esperar a que la fosa sea invadida por las plantas o se llene de agua? Más vale saltarla o construir un puente.
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No había sido feliz más que una vez: bajo un paraguas.
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Si la humanidad ha llegado a concebir la historia como una serie de batallas, es porque antes consideró que la lucha es esencial para la vida.

CATÁLOGO DE JUGUETES, Sandra Petrignani

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SANDRA PETRIGNANI, Catálogo de juguetes, La Compañía, Buenos Aires, 2009, 162 páginas.

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Giorgio Manganelli apunta en su posfacio Donde resiste lo que no existe: "la hora de los juguetes es tan larga como una era geológica, cuando se está dentro de ella no termina nunca (...). Después termina, tal vez muere". Este Catálogo aspira a que no se pierda lo único que puede conservarse: el recuerdo de aquella ilusión.

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CONSTRUCCIONES

Paralelepípedos, cubos, columnitas, fachadas de colores de casas nórdicas, la torre con el reloj dibujado. Las piezas eran de madera, livianas. Las combinaciones, pocas. Después llegó el Lego, la idea del ladrillo y del encastre. Pero antes se nos adiestraba en el equilibrio de una pieza sobre otra, se pensaban las ciudades todas enteras, no los edificios individuales, mucho menos el detalle de las puertas y ventanas. Ciudades en las que nadie vivía al aire libre, nadie atravesaba las calles. Ciudades invernales donde los niños jugaban en casa y se iban a la cama temprano. Los padres eran presencias domingueras y afectuosas, las madres siempre estaban jadeando, preocupadas por modistas y peluqueros, trituradas entre deberes familiares, trabajos de media jornada, instrucciones a las empleadas domésticas. Afuera estaba la niebla, y había nieve, y un río largo de nombre corto. Y en la niebla los faros inesperados de las bicicletas. Y se esperaba el verano. Y no se veía la hora de crecer.