FERNANDO MARTÍNEZ ÁLVAREZ,
Historias somalíes,
KRK, Oviedo, 1998, 132 páginas.
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Escribe Jordi Doce en Madura en el subsuelo (pp. 15-22): «Historias somalíes es el libro de un poeta que desconfía profundamente de la poesía, o de lo que ésta tiene de artificio o de uso de materiales prestigiados por el tiempo o los antepasados».
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PARPADERO
Aquellos barcos de nuez y miga. Una vela de papel cuadriculado. En algún viaje las ventanillas del tren no pueden abrirse.
Mientras se vuelve hay pocas ganas de hablar, las miradas parecen concretas pero no se posan en ninguna rama, en ningún atardecer.
El barco de papel que dejaste en la taza y las citas en las carpetas de invierno. Regresar como desenterrar canciones que dolieron. Abrir otra vez los ojos como si sólo hubiese pasado un parpadeo.
MARGARET ATWOOD,
Asesinato en la oscuridad, KRK, Oviedo, 1999, 168 páginas.
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ELLA
sabe muy bien lo que hace. Bueno, ¿y por qué no? Por la calle, a la vuelta de la esquina, ese trozo suyo que desaparece ya mismo. Si así funciona, así lo haré. A veces en pantalón corto, los muslos bronceados, o luciendo mangas que parecen coles, o el cuerpo entero cayéndose, líquido, desde los hombros: no importa lo que esté a punto de ocurrir. Encajes al cuello, en los tobillos, rozando los pechos, donde les dé por colocar los encajes este año, y una risa, o no, donde late el pulso. ¿Qué le hará conseguir? Algo. Tienes que saber cuándo correr y adónde, cómo cerrar una puerta, con suavidad. Enseñando sólo un poco, algo que parezca carne, ellos la siguen, unas piedrecitas blancas sembradas en el bosque, bajo los árboles, brillando a la luz de la luna, pistas, un rastro. Para ir de un punto al siguiente y entonces ver otro, y otro más allá. Trafica con el deseo, la enfermedad del alma, el tartamudeo de las arterias, ¿lo llamarías sufrimiento, adónde conduce? A adentrarse más en el bosque, en la luz de la luna. Ellos creen que saldrán de entre los árboles y ella estará allí, por fin esperándolos, toda luz serena y blanca.

VII Concurso de microrrelatos mineros Manuel Nevado Madrid, KRK Ediciones, Oviedo, 2011, 85 páginas.
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LA ÚLTIMA PUERTA ABIERTA
Cuando llegó al pueblo esperaba encontrar una vida un poco más fácil. Separarse de su familia fue un amargo trance, pero albergaba la esperanza de empezar de nuevo. El tiempo transcurría y una tras otra las puertas en las que conseguir un trabajo se cerraban ante sus problemas. Sólo permanecía abierta una, tan negra y oscura como el carbón que procedía de sus entrañas. Ante el temor a una nueva negativa, decidió esta vez hacer las cosas de manera diferente. Una buena imagen sería de gran ayuda, así que frente al espejo del baño de la pensión, cortó uno tras otro aquellos mechones rebeldes que caían sobre su frente. Necesitaría un traje de pana, uno de segunda o tercera mano que estuviera en buen uso, un calzado y una boina que cubriese el miedo de sus ojos. Cuando lo tubo todo se armó de valor y se presentó a pedir un puesto en la mina.
Quizá fue la suerte, quizá el destino, el caso es que en su primer día de trabajo nadie se percató de su presencia, una sombra más entre los que acudían a arrancar carbón. La oscuridad solo rota por la lámpara acoplada a su casco, y el polvo que impregnaba su piel, sus pulmones y su ánimo, se convirtieron pronto en sus únicos amigos. El miedo a un derrumbe, a perder un brazo en un desprendimiento se paseaba por su mente mientras recorría de rodillas la distancia que se le antojaba enorme hasta la veta. Su escasa fuerza fisica quedaba compensada con las ganas de sacar adelante a su hijo. Tras una jornada extenuante, al sentirle entre sus brazos de nuevo, pensó que su sacrificio valía la pena y decidió continuar, curó las ampollas de sus manos y las cicatrices de su alma y puntual cada mañana se presentó al tajo.
Más de un mes, ya habían pasado cuarenta días cuando sus compañeros decidieron apodarle «el mudo», quizá si hubieran buscado en su mirada de cielo de verano, habrían encontrado todas las palabras que por miedo a ser descubierta no pronunciaba. Pero los tiznajos del carbón sobre su rostro aún aniñado le proporcionaban un maquillaje perfecto, el pecho comprimido tras una venda y los trasquilones que dejaron los bucles de su hermosa melena tirados al suelo, completaban el camuflaje necesario para que una madre soltera como ella pudiera sacar adelante a su hijo.
Paloma Hidalgo Diez
[Relato ganador]