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COSAS QUE A VECES PASAN, Kestutis Kasparavicius

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KESTUTIS KASPARAVICIUS, Cosas que a veces pasan, Thule Ediciones, Barcelona, 2009, 80 páginas.
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LA CITA

   Dos globos se conocieron. Uno era azul y el otro rosa. Para ser más exactos, un chico conoció a una chica, y cada uno llevaba un globo.
   Se habían conocido por teléfono y concertaron una cita. Para reconocerse habían acordado que cada uno llevaría un globo. El chico, uno azul, la chica, uno rosa. Se citaron en un parque, en un banco de madera. Al principio, se mostraban tímidos y en lugar de mirarse a los ojos, se miraban las puntas de los pies. Para los dos era la primera cita.
   Los globos eran más atrevidos. Se saludaron y se frotaron las narices. Entablaron una animada conversación. Los globos se gustaron. El azul era un chico y el rosa una chica, como sus dueños. El globo azul intentó besar en la mejilla al rosa. Pero el beso fue tan ardiente que estallaron.
   Los chicos se asustaron, pero luego les dio la risa. Y entablaron una animada conversación sentados en el banco.
   Al anochecer aún seguían en el banco, abrazados. Y aunque parezca extraño, no estallaron.

COSAS QUE PASAN CADA DÍA, Kestutis Kasparavicius

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KESTUTIS KASPARAVICIUS, Cosas que pasan cada día, Thule Ediciones, Barcelona, 2005, 80 páginas.

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LA VACA DE BIBLIOTECA

   La Vaca de Biblioteca no se alimentaba de pasto, como el resto de las vacas, sino de letras. Durante un día era capaz de comerse un poema y a veces hasta un cuento entero. Cada mañana su dueño la ataba junto a una página nueva. Era una vaca bien educada, de modo que antes de zamparse las letras leía lo que decían. Algunos libros le parecía que debían de ser importantes, ya que estaban cerrados bajo llave y la Vaca no podía entrar en ellos y darles un apetitoso bocado.
   Una vez encontró uno de estos libros sin cerrar y se puso manos a la obra. ¡Nunca había probado un libro más delicioso! Tragaba palabra tras palabra, frase tras frase y de repente se asustó. Al final de la página ponía:"¡No te atragantes!"
   La Vaquita se lo pensó y decidió que sería mejor mordisquear un geranio que crecía en el alféizar de la ventana.