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UNA COCINA TODA DE CHOCOLATE, Alain Serres

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ALAIN SERRES, Una cocina toda de chocolate, Kókinos, Madrid, 2006, 60 páginas.

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Nathalie Novi ilustra este bello libro de gran formato que contiene 60 recetas y relatos en torno al mundo del chocolate.
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RELATO DE LA SIRENA DE LA ESPAÑOLA

   El capitán Dylan vuelve a interpretar sus cartas pero no consigue comprender lo que ha podido pasar. Por la noche hubo una marejada de las buenas y está seguro de que el barco perdió el rumbo justo después de haber sobrepasado La Española. Sin que pudiera evitarlo, el barco viró bruscamente. Por un instante vio con sus propios ojos una sirena emergiendo de un mar extrañamente chocolateado. Su piel parecía más suave que las olas. El barco estaba muy cerca. Por la mañana, en cuanto se levanta, Dylan corre a mirarse en el trozo de cristal que le sirve de espejo. Antes de hablar a su tripulación quiere asegurarse de que no tiene restos de cacao alrededor de los labios. Sigue sin entenderlo, y el capitán Dylan no soporta no entender. 

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VIEIRAS Y CREMA DE CACAO

INGREDIENTES

20 vieiras, 3 cucharadas soperas de cacao en polvo sin azúcar, 30 centilitros de nata, 20 gramos de mantequilla, vinagre de frambuesa, sal gorda, pimienta negro. 

PARA 4 PERSONAS PREPARACIÓN

15 minutos (cocción incluida).

COCCIÓN: 6 minutos

  1. Conjuntados de forma muy sencilla estos dos sabores se combinan de maravilla. Para empezar, partimos por la mitad las vieiras a lo ancho. Las pasamos por cacao con ayuda de un tenedor, rebozándolas bien, Luego las dejamos caer en una sartén con mantequilla fundida para dorarlas. 
  2. Damos la vuelta con cuidado a las vieiras a los dos minutos. Un minuto después las retiramos y las reservamos en un plato caliente dejando en la sartén el jugo de las vieiras. Añadimos la nata, una cucharada sopera de cacao en polvo, una cucharadita de vinagre y dos pellizcos de sal. Ligamos la salsa mezclándola bien con la espátula durante dos ó tres minutos. 
  3. Echamos un poco de esta crema de cacao en cada plato. sobre esta capa repartimos las vieiras, espolvoreadas con dos o tres vueltas de molinillo de pimienta y un pellizco de sal gorda, justo antes de servirse.

CUENTOS Y LEYENDAS DE LOS ARMENIOS, Reine Cioulachtjian

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REINE CIOULACHTJIAN, Cuentos y leyendas de los armenios, un pueblo del Cáucaso, Kókinos, Madrid, 2010, 72 páginas. Ilustraciones de Catherine Chardonnay.

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Reine Cioulachtjian, tras haber recogido centenares de historias de los ancianos que escaparon del genocidio de 1915, pretende "embellecer más aún esa materia intemporal, en la frontera de lo real y lo imaginario, perpetuando así la tradición de nuestros viejos narradores".
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EL LADRÓN DE ALBARICOQUES

   En las afueras de Van vivía una pobre viuda que tenía un solo hijo. Ella le había educado en el respeto a los ancianos y a las costumbres de su pueblo. Madre e hijo vivían de lo que producía un pequeño huerto, que cultivaban con sus propias manos con mucho cariño.
   En medio de aquel huerto había un hermosísimo albaricoquero muy viejo. Sus frutos tenían un sabor exquisito, con aromas de sol, de miel y de almizcle, y su tierna carne se deshacía al contacto con los dientes, liberando un delicado y fragante jugo que llenaba la boca de dulzor. Madre e hijo vendían dichos albaricoques, llamados «los senos de Semíramis», a clientes ricos que pagaba por ellos sus buenos dineros. Un vecino, envidioso, había propuesto en varias ocasiones a la viuda comprarle el huerto, pero ella siempre había rehusado.
   Despechado, el hombre se propuso obligarla al venderlo. Cada noche saltaba la tapia que les separaba, se subía al árbol y cogía gran cantidad de albaricoques, de tal manera que, al día siguiente, madre hijo eran incapaces de cumplir con los pedidos de sus ricos clientes. Así, poco a poco, éstos fueron desinteresándose y terminaron por comprarle a otro vendedor.
   En tan precaria situación económica quedaron que la madre fue a suplicar a su malvado vecino que no les arrebatase aquello que les daba de comer. La única respuesta que recibió fue:
   —Bueno, si lo que necesitáis es dinero, aceptad mi oferta y vendedme el huerto. Por momentos el hijo tuvo la terrible tentación de acabar con él, pero afortunadamente su buen juicio le ayudó a entrar en razón y se contuvo: «Bah, no quiero matar a nadie por un puñado de albaricoques», se dijo. «Es verdad que mi madre y yo vivimos gracias a ellos, pero, en fin, trabajaré en otra cosa. Mañana mismo iré a la ciudad a ofrecer mis servicios como porteador».
   Aquella misma noche, después de que madre e hijo hubiesen cenado muy frugalmente, cuando ya se disponían de acostarse, llamaron a la puerta. Fue a abrir el hijo y se encontró ante un joven de porte majestuoso, nimbado de luz.
   —Soy un viajero que se ha perdido —dijo el desconocido—. Tengo hambre y frío. ¿Podéis darme hospitalidad por esta noche? Partiré mañana por la mañana a primera hora.
   El hijo hizo entrar al misterioso desconocido con todos los honores. La madre, obedeciendo a las sagradas leyes de hospitalidad, le ofreció lo mejor que tenía y abrió para él su última botella de vino, único vestigio de un pasado más próspero.
   El hombre comió con apetito y después hizo saber a sus anfitriones que le agradaría comer alguna fruta, en especial albaricoques.
   —¡Ay! —respondió el hijo—, no podemos satisfacer vuestro deseo. Un malvado vecino nos ha privado del placer de complaceros. Y le contó el robo diario de los albaricoques, añadiendo:
   —Sólo conozco una forma de deshacerme de ese malvado: sorprenderle robándonos y acabar con él. Pero cuando reflexiono y tomo conciencia de que la vida es un bien sagrado, rehusó poner fin a la vida de un semejante por un simple cesto de albaricoques.
   —Tales sentimientos os honran —dijo el desconocido—. Pero, sin que tenga que pagar con su vida, yo castigaré a ese ladrón.
   Y el ángel —pues era un ángel— hizo que le llevaran junto al albaricoquero centenario, lo tocó con la mano y aseguró al muchacho que aquél que se subiera a aquel árbol sin autorización permanecería allí hasta el día del juicio final, a menos que el legítimo propietario accediese a dejarle bajar. Una vez dicho esto, el ángel desapareció.
   A la noche siguiente, como siempre, el ladrón se subió al albaricoquero y comenzó a coger los frutos más hermosos... Pero cuando quiso bajar, todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Quedó atrapado en el árbol sin poder cambiar de posición. A la mañana siguiente, madre e hijo oyeron grandes ruidos en el huerto, corrieron hacia él y ¿qué es lo que vieron? Las gentes de las casas vecinas rodeaban el albaricoquero y, allá arriba, el vecino ladrón, inmovilizado en el lugar del delito, permanecía en una postura totalmente ridícula. Cuanto más se agitaba más atrapado quedaba en el árbol, que lo retenía como una amante. Mientras todos reían y se mofaban de él mandaron a buscar al juez. El ladrón reconoció públicamente el delito y se ofreció a pagar el monto de los albaricoques robados. Madre e hijo escucharon sus ruegos y le permitieron, por fin, bajar del árbol.
   Tres flores blancas se han abierto: una para el que lee, la segunda para el que escribe, y la tercera para el que respeta las sagradas leyes de la hospitalidad.

CUENTOS Y LEYENDAS DE LOS MASAI, UN PUEBLO DE ÁFRICA ORIENTAL,

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ANNE W. FARAGGI, Cuentos y leyendas de los Masai, un pueblo de África Oriental, Kókinos, Madrid, 2009, 74 páginas.
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 En La vida actual de los Masai Anne W. Faraggi explica el significado de la palabra Maasai: "el que habla la lengua olmaa, lo que puede traducirse como "los que poseen un espíritu común". Las ilustraciones son de Anne-Lise Boutin. 

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RAMAT, LA VACA QUE HABLABA CON LOS HOMBRES

   Hace mucho tiempo, en la época en que el cielo la tierra se tocaban, las vacas sabían comunicarse con los hombres en el lenguaje de éstos, En aquel tiempo vivía una mujer que se llamaba Nariku OlarI. Tenía una vaca llamada Ramat que, como todas las vacas de aquellos tiempos, hablaba el lenguaje de los hombres.
   Un día, Nariku llamó a Ramat y le dijo:
   —Querida Ramat, necesito un poco de tu leche.
   —Toma mi leche, Nariku. Te la doy con mucho gusto —respondió Ramat.
   El día siguiente, Nariku llamó a Ramat:
   —Ramat, querida vaca, necesito un poco de nata.
   —Toma mi leche para hacer nata, querida Nariku. Ponla a hervir, déjala reposar y la nata flotará en la superficie... —le aconsejó Ramat.
   Al otro día, Nariku llamó a Ramat:
   —Ramat, querida Ramat, necesito un poco de tu sangre.
   —No hay nada más sencillo, mi querida Nariku. Coge una flecha bien afilada y pincha mi vena yugular. Recoge mi sangre en una calabaza y vuelve a cerrar bien la pequeña herida con un emplasto de hojas.
   Así se hizo, pues Ramat siempre deseaba contentar a Nariku.
   Pasaron unos días y Nariku llamó a Ramat:
   —Ramat, querida Ramat, necesito que me des algo.
   Ramat acudió enseguida.
   —Claro que sí, querida Nariku; dime qué necesitas de mí.
   —Dame un poco de tu médula espinal —le pidió Nariku.
   —No me es posible darte mi médula espinal sin darte también mi vida... —repuso Ramat.
   Pero Nariku insistía.
   —¿Tendré que irme de tu lado para que no me mates? ¿O debo darte mi vida por amor a ti y para satisfacer todos tus caprichos? —preguntó Ramat.
   Nariku no respondió y buscó un cuchillo para matar a Ramat.
   Ramat escapó hacia el llano corriendo con todas sus fuerzas. Mientras corría, gritó a Nariku:
   —Antes de que me vaya para siempre, voy a advertirte de tres cosas:
   La primera es que a partir de ahora las vacas saben que los hombres no respetan a las criaturas de Dios y están dispuestos a sacrificarlas. Por eso, las vacas se alejarán del hombre y no volverán a hablar en su lengua.
   La segunda es que a partir de ahora las vacas no vivirán con los hombres sino fuera de las casas y los hombres tendrán que llevarlas a caminar durante todo el día lejos de los poblados para que puedan alimentarse.
   Y, por último —dijo Ramat con una voz cada vez menos audible, mientras se alejaba de la casa de Nariku—, la tercera cosa es que tendréis que ordeñarnos todos los días y ya no nos comportaremos con tanta paciencia y amor. A veces os daremos una buena patada para recordaros que somos criaturas vivas que sufren. Los hombres tendréis que aceptar estas obligaciones, al igual que nosotras asumiremos que hemos sido creadas para vivir con los hombres y que dependeremos eternamente de su vanidad.
   Desde ese día, ninguna mujer puede sacrificar una vaca. Y, también desde ese día, los hombres tienen que cuidar de su rebaño en cada momento del día y de la noche.


CUENTOS Y LEYENDAS DE LOS JAWI, Pierre Le Roux & Claire Merleau

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CLAIRE MERLEAU & PIERRE LE ROUX, Cuentos y leyendas de los Jawi, un pueblo de Tailandia, Kókinos, Madrid, 2010, 66 páginas.

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El etnólogo Pierre Le Roux recopila los cuentos que ilustra Peggy Adam.
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UNA SEMILLA MUY EXTRAÑA

   Antiguamente, un sabio maestro había abierto una escuela para la enseñanza de la religión musulmana. Era muy famosa y tenía miles de alumnos. Un día se presentó en su escuela un estudiante muy extraño. El maestro lo acogió y éste siguió sus enseñanzas durante varios años.
   El maestro comía, dormía, se despertaba, iba al lavabo, pero el nuevo alumno ni comía ni dormía ni iba a jamás al servicio. ¡Qué raro era! Un día el maestro le preguntó delante de otros estudiantes:
   —¿Por qué tú no comes, no duermes y no vas a nunca al lavabo? ¿Por qué no eres como los demás, que tenemos que comer, dormir, despertarnos, ir al servicio...?
   El hombre no respondió.
   «¿Será este hombre un dios, un ángel, un espíritu?», se preguntaba el maestro.
   Para aclarar aquel misterio pidió a sus alumnos que no dejaran de vigilarle. No le ouitaron ojo durante días, semanas, meses. Era lo único que les preocupaba. Por fin, una noche un estudiante fue a buscar al maestro y le dijo:
   —¡Es un espíritu! ¡Ha venido para confundirnos, para tergiversar los libros sagrados! ¡Es Hibléh, el diablo...!
   El maestro ordenó a sus discípulos que le detuviesen, pero cuando intentaron agarrarle el espíritu huyó a toda velocidad. Corrió, corrió, corrió con sus perseguidores tras él, que corrían lo más rápido que daban sus piernas. Uno de ellos, por fin, consiguió alcanzarle y, metiendo la mano por debajo de su pareo, le agarró por los testículos.
   Como el espíritu quería escapar, tiró con tanta fuerza que se quedó con uno de ellos en la mano. Fue donde estaba el maestro y le dijo:
   —Maestro, ¿qué hacemos con este testículo que no tiene dueño?
   —Id a enterrarlo delante de la casa —respondió éste enseguida.
   Los discípulos hicieron un agujero y dejaron allí el testículo.
   El tiempo paso, los dias sucedieron a los días, las semanas a las semanas, los meses en los meses, y el testículo comenzó a echar brotes.
   El maestro, muy sorprendido fue a verlo.
   «Vaya si ha crecido», pensó.
   Pasaron las estaciones, pasaron los años, y aquel tallo siguió desarrollándose... ¡Un día apareció una hoja! El maestro fue a verlo de nuevo: «Vaya. Parece que están saliéndole hojas», se dijo.
   Pasaron cuatro, cinco, seis, siete años, y de aquel testículo creció un gran árbol.
   El maestro consideró:
   «Vaya, tiene un tronco verdaderamente hermoso. Voy a cortarlo.»
   Entonces lo golpeó con el hacha y el árbol comenzó a sangrar...caucho.
   ¡Había un árbol del caucho en la escuela!
   El maestro siguió enseñando año tras año. Un día el árbol dio un fruto.
   «¡Vaya, la criatura ha dado un fruto!», dijo el maestro.
   El tiempo pasó, el fruto maduró, cayó del árbol y se convirtió en semilla.
   «¡Vaya, ahora una semilla!», gritó el maestro.
   Se puso a pensar. Aquel arbol de caucho podía hacer que su escuela fuera famosa. Sólo tenía que difundir por el ancho mundo la noticia de que allí había un árbol de caucho.
   Envió semillas al extranjero. En aquellos países jamás habían visto nada semejante. Plantaron las semillas del maestro y las cultivaron. Luego, al sajar el tronco con la punta de un cuchillo curvo, comprobaron que, en efecto, de él salía caucho.
   «Con estos árboles de caucho se puede ganar mucho dinero», se dijeron. Y fueron a pedir al maestro más semillas. Todos querían ver el árbol y todos compraron semillas.
   Los días fueron pasando y el interés por la enseñanza fue decayendo. Cada vez había menos alumnos: un año hubo diez, al año siguiente ocho, al siguiente seis... Un día ya no quedó ningún alumno pues todos se dedicaban a comerciar.
   El maestro dejó de enseñar y también se hizo comerciante: abrió una tienda y se dedicó en exclusiva a vender semillas de árbol de caucho.
   Y esta es la historia de las semillas del árbol del caucho que nacieron de un testículo del diablo.


CUENTOS Y LEYENDAS DE LOS TRUMAI, Claire Merleau & Aurore Monod

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CLAIRE MERLEAU & AURORE MONOD, Cuentos y leyendas de los trumai, un pueblo del Amazonas, Kókinos, Madrid, 2009, 68 páginas. Ilustraciones de Hélène Georges.


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En 1966 la etnolingüista Aurore Monod contactó con estos indios que vivían en un poblado semioculto en las riberas del Xingú.
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UN JAGUAR MÁGICO Y SANGUINARIO


   Érase una vez una joven que no podía salir, porque estaba enclaustrada. Era hija del jefe y se llamaba Mahutsi. Era muy, muy bonita.
   Un día su padre talló para ella una pequeña hacha de piedra en forma de jaguar. Parecía realmente un jaguar.
   Mahutsi se hizo con ella un colgante, que llevaba siempre al cuello.
   Una noche le preguntó a su padre:
   —Padre, ¿por qué el jaguar de piedra ruge todas las noches?
   —¡Quítate ese diablo, deshazte de él! —le respondió el padre.
   Ella se lo quitó y lo dejó sobre una repisa que había hecho con arcilla del río. La talla cada vez parecía más un auténtico jaguar. Ya no parecía una escultura.
   ¡Y se convirtió en un jaguar de verdad! La joven lo crió, y el jaguar creció, creció y creció. Se hizo enorme.
   Mahutsi y el jaguar siempre estaban juntos.
   Ella le hacía cosquillas, él le lamía el Cuello...
   —¡Cuidado, hija mía! ¡Es un jaguar mágico!—le decía siempre su padre.
   Un día, muy de mañana, SUS padres se fueron a recolectar mandiocas.
   —Hija, barre la casa —le recomendó su madre.
   Ella barrió, fue a lavarse y luego se tumbó en la hamaca a comer algo de pescado asado. No le dio nada al jaguar, ni una simple espina. Este entonces comenzó a gruñir y a enseñar los dientes. La joven estaba sola en la casa. Terminó de comer y el jaguar gruñía Cada vez más. De repente, dio un Salto, cayó sobre ella, se lanzó a su cuello y la devoró. Después escapó corriendo y se Subió al tejado de la casa. La gente acudió y comenzó a lanzarle flechas.
   Devoró a Otras niñas, mujeres y jóvenes Las flechas no le hacían nada, pues era un jaguar mágico. Creció, siguió creciendo y se hizo mucho más grande.
   En el Poblado vecino se Supo la noticia.
   —¡El jaguar nos va a comer a todos! —se lamentó un joven.
   Todos estaban aterrorizados.
   El Joven y su compañero se dispusieron a Cazarlo pero, como era un jaguar mágico, tuvieron que tomar ciertos bebedizos y permanecer descansando durante todo un día. Se recluyeron en la cabaña del chamán para purificarse.
   Sus padres fueron a visitarles:
   —Hemos oído los rugidos del jaguar: no debe estar lejos—les advirtieron.
   —¿Has soñado algo? —le preguntó uno de los padres a su hijo.
   —Sí, algo muy extraño y que no comprendo: había una gran figura, un niño le lanzaba flechas y la derribaba —le contó el hijo.
   —Muy bien, magnífico —lo celebró el padre, pues le parecía un buen presagio.
   —¿Y tú qué has soñado? —preguntó otro padre a su hijo.
   —Algo raro e incomprensible: yo lanzaba una flecha a una puerta y ésta se derrumbaba—respondió el joven.
   —Muy bien —dijo su padre, pues era otro buen presagio.
   Uno de los padres fue a buscar una raíz, con la que les preparó la pócima del águila para que tuvieran muy buena vista.
   Al dia siguiente los hombres fabricaron numerosas flechas con espinas de pez raya. Después prepararon una trampa para el jaguar: cavaron un hoyo y en el fondo colocaron una parrilla de madera con el fin de poder sacarlo cuando el jaguar cayera dentro. Camuflaron el hoyo con ramajes. Atrancaron bien las puertas de las casas e hicieron un agujero en la pared para poder orinar fuera. Todo estaba preparado. Se encerraron en sus casas.
   Los valerosos jóvenes se sentaron sobre la rama de un árbol a esperar.
   —¡Atención! ¡Ya viene!
   Los cazadores le vieron llegar. El jaguar se sentó y encendió un puro. Luego echó a correr, pero enseguida se detuvo. Los jóvenes le lanzaron flechas. La primera le impactó debajo de una oreja. El monstruo se revolvió y una segunda flecha se le clavó debajo de la otra oreja. La tercera le perforó el bazo. Se debatió, rodó por el suelo y terminó cayendo en el agujero de la trampa.
   El orgullo de los jóvenes era enorme: habían demostrado tener una magnífica puntería.
   Las casas volvieron a abrirse y se organizó una fiesta. Los pájaros acudieron también para participar en la gran celebración: gavilanes, águilas, palomas, faisanes negros de cresta rizada, etc...
   El jaguar fue sacado del hoyo con pértigas y transportado al poblado. Los niños se fueron al río pues tenían prohibido escuchar los cantos de los porteadores. Le quitaron la piel al jaguar y la enterraron.
   Todos estaban felices. Jugaron al juego del murciélago, al del gusano, al de la abeja, al del sapo y al de los intercambios. Cantaron y bailaron durante todo el día.
   Así fue como los valientes jóvenes lograron matar al jaguar. Al ser un jaguar mágico, acabar con él era difícil y arriesgado.



CUENTOS Y LEYENDAS DE LOS MAORÍES, Claire Merleau-Ponty & Cécile Mozziconacci

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CLAIRE MERLEAU & CÉCILE MOZZICONACCI, Cuentos y leyendas de los Maoríes, un pueblo de Oceanía, Kókinos, 2009, 72 páginas. Ilustraciones de Hélène Georges.

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El gobernador inglés de Nueva Zelanda George Grey (1812-1898) fue el primer extranjero que se preocupó por estudiar la lengua y las tradiciones de los maoríes.
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LOS AMORES DE RANGI Y PAPA

   En aquellos tiempos, Rangi y Papa se amaban tiernamente en la más absoluta oscuridad. Se abrazaban tan estrechamente que ninguna luz lograba penetrar por entre sus cuerpos De su unión nacieron seis muchachos, seis dioses: Tané, el gran dios de los bosques y de los seres que los habitan; Tangaroa, el que reina sobre los habitantes de la mar; Rongo, el padre de las batatas y de todas las plantas cultivadas; Haumia, el dios de las raíces y las bayas silvestres; Tawhiri, el que manda sobre los vientos y las tempestades; Tu, el dios de la guerra y a la vez hombre.
   Estos seis dioses permanecieron largos años en la más completa oscuridad, ocultos entre sus padres. Pero un buen día, cansados de vivir así, decidieron asumir su destino y se preguntaron: «¿Qué podríamos hacer para vivir a la luz del día? ¿Matar a nuestros padres para que haya luz en el mundo? ¿Separarlos?»
   Tu, el feroz, propuso:
   —¿Matémosles!
  —¿No! ¿Tenemos que separarlos! Hagamos que el Cielo se extienda sobre nuestras cabezas y la Tierra bajo nuestros pies, muy cerca de nosotros, pues ella es nuestra madre nutricia —respondió Tané, el sabio-. Tras un período de reflexión que duró varios siglos, cinco de los seis dioses lograron ponerse de acuerdo en la idea de separarlos para que la luz del día pudiera iluminar el mundo. Únicamente Tawhiri, que no aprobaba aquella decisión, permanecía callado: no quería que muriesen de pena.
    —¿,Y cómo haremos para separar a nuestros padres, si están tan estrechamente unidos? —se preguntaron.
   Rongo, Tangaroa y Haumia se pusieron de acuerdo y empujaron con todas sus fuerzas para separarlos, pero sin éxito. Tu intentó cortar los lazos que unían al Cielo con la Tierra pero sólo consiguió hacerles sangre, por lo que desistió.
   De la sangre que manó de aquellas heridas nació el ocre rojizo, el color sagrado.
  Tané, por su parte, intentó separarlos empujando con los brazos, pero tampoco consiguió nada. Necesitó un descanso de varios siglos para reponerse del esfuerzo; pero después, apoyando los hombros en la Tierra y los pies en el Cielo, empujó con todas sus fuerzas. Poco a poco los lazos fueron cediendo. Rangi y Papa sufrían, gemían y reprochaban a sus hijos que no les dejasen seguir amándose... Mas la luz comenzó a iluminar al mundo y todos los seres que el Cielo y la Tierra habían procreado en la oscuridad, comenzaron a hacerse visibles... Tané colocó el Sol en lo más alto y en el cielo de la noche puso la Luna y las estrellas. La tarea estaba cumplida.
   Mientras Tané separaba a su padre Rangi de su madre Papa, Tawhiri había estado conteniéndose. Él no quería que los separasen y se puso furioso. Por eso, hostigado por Rangi, también muy contrariado, atacó a sus hermanos. Tawhiri desencadenó la tormenta y los furiosos vendavales, el viento frío, el viento ardiente, la lluvia torrencial y el granizo. El propio Tawhiri arremetió contra Tané, arrasando los bosques y arrancando de cuajo gigantescos árboles que luego acabarían pudriéndose. Después se enfrentó a Tangaroa y provocó una terrible tempestad. Los peces huyeron a esconderse en las profundidades del mar y las serpientes y los lagartos se ocultaron en lo más denso del bosque. Luego le tocó el turno a Rongo y Haumia, los dioses de las batatas y de las raíces de helecho.
   Pero Papa, la madre tierra, deseando proteger a sus hijos, los ocultó en un lugar seguro: en su propio seno. Tawhiri decidió entonces batirse con el terrible Tu, el dios de la guerra. Se lanzó sobre él, pero Tu tenía los pies firmemente asentados en el pecho de la Tierra, su madre, lo que le hacía invencible. Tawhiri, agotado, desanimado y sin la ayuda de Rangi, que había dejado de hostigarle, dio a los vientos la orden de que se calmasen. La paz reinó de nuevo sobre la tierra.
Desde aquel día Rangi, el cielo, permanece separado de Papa, la tierra, pero su amor
por ella sigue siendo inmenso. Rangi lloró tanto que sus lágrimas dieron origen a un gigantesco mar que cubrió una gran parte del país. Para que la inundación cesase, los hijos de Papa y Rangi decidieron colocar a la madre dando la espalda al padre, de manera que los esposos rio tuvieran que verse constantemente Desde entonces Rangi llora algo menos. Por la noche sus lágrimas caen en la espalda de Papa, formando el rocío de la mañana. Papa lanza sus suspiros hacia Rangi y por eso la bruma se extiende sobre la tierra.
 En aquellos tiempos, Tu, el dios de la guerra, era también hombre; pero sólo en
espíritu, puesto que los hombres todavía no existían. Fue Tané el que tuvo el privilegio de crearlos Tomó la tierra enrojecida por la sangre de Rangi y Papa, aquella que manó cuando Tu intentó separarlos, y formó la figura de una mujer. Para darle vida sopló por los agujeros de su nariz. Así fue como Vino al mundo, hecha de tierra, la primera mujer.
   La llamó Hiné. Ésta se casó con Tané y trajo al mundo una niña llamada Aurora que fue la que dio origen al linaje de los hombres.