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CONFESIONES DE UNA MOSCA, Julia Otxoa

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JULIA OTXOA, Confesiones de una mosca, Menoscuarto, Palencia, 2018, 104 páginas.

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EL NOTARIO DE LOS NUEVOS TIEMPOS

   El notario de los nuevos tiempos buscaba una perla en las entrañas del cerdo y se encontró de pronto con su equivocación: confundir a las ostras con los puercos, pero no se dio por enterado y siguió adelante. Muchos de sus seguidores realmente llegaron a pensar que los equivocados eran los que defendían las perlas en el interior de las ostras. El error del notario se llevó a muchos cerdos por delante sin haber encontrado en su interior una sola perla, a pesar de todo sus seguidores siguen excavando en las entrañas del cerdo, posiblemente hasta que la comunidad porcina, harta de ser masacrada de forma tan gratuita, se organice y comience también a buscar perlas en el interior de los humanos.

JARDÍN DE ARENA, Julia Otxoa

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JULIA OTXOA, Jardín de arenaEdiciones La Palma, Madrid, 2014, 152 páginas.

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Nunca oraba en el interior de los templos, siempre lo hacía fuera, en el paisaje, junto a los árboles.
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Todavía en el fondo de las viejas cocinas olvidadas se oye cantar a las chocolateras pequeños poemas de maíz.
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Contrapunto en esta tarde gris, un petirrojo sobre el alero.
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Suave, dulcemente vuela el canto de la tórtola
sobre los párpados de la fatiga,
fecundando nuestro sueño de levedad y olvido.
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Humilde reflexión de vuelo: la sombra del pájaro dibujada en la tierra.
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Memoria de hierba y desierto de olvido.
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Toda la certeza que preciso en este instante es la de tu mano sobre mi pelo.
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Toda percepción es nueva escritura del mundo.
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Como conjuro ante lo que hiere, sostener en la mano una raíz, un esqueje, un poco de tierra.

ESCENA DE FAMILIA CON FANTASMA, Julia Otxoa

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JULIA OTXOA, Escena de familia con fantasma, Menoscuarto, Palencia, 2013, 144 páginas.

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LÁMPARA SUIZA

   Cada mañana el señor oscuro se ocupa de la disección del lenguaje sobre la gran mesa de madera de la cocina, bajo la potente luz de la  lámpara suiza. Desnudo, peinado y perfumado, cubriendo gran parte de su níveo cuerpo con el acostumbrado delantal azul ultramar, embutidas sus manos en guantes de látex hasta la mitad de sus brazos, armado de cuchillos, cinta métrica y báscula, y teniendo muy cerca de su mano derecha la bandeja con el instrumental de disección: bisturí, pinzas, tijeras... da comienzo al diario ritual de la metamorfosis, abriendo en canal los párrafos y las frases, deshuesando, con extrema delicadeza, nombres, verbos y adjetivos, desangrando los profundos cauces de su sentido hasta dejar los significados vacíos y pálidos como paisaje de venas  tras el paso de un vampiro. Viene luego el tiempo del limado, limpiado y abrillantado de cada fonema, con el mismo esmero y mesura con los que se maquilla a un muerto.
   Las palabras, entonces, ya anodina masa inerme, linaje de la morgue, pueden ser troceadas al gusto, sus minúsculas partes se unen luego con otras desconocidas surgiendo así sonidos turbadores, extraños, que nadie entiende  pero que engalanan a quien las pronuncia con una suerte de aureola de misterio y sabiduría.

UN LUGAR EN EL PARQUE, Julia Otxoa

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JULIA OTXOA, Un lugar en el parque, Alberdania, Irún, 2010, 140 páginas.

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OTO DE AQUISGRÁN

   Cuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan sumamente perfeccionista, que, acometiéndole una vez un agudo ataque de melancolía profundísima, y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su vida, tuvo tan extremado cuidado en dejar bien acabados y atados los asuntos de la corte, que antes de pasar a mejor vida pasó años y años despachando con sus consejeros, firmando tratados y recibiendo en mil audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden, el pobre empera- dor Oto, ya muy anciano y enfermo desde su lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño motivo que le había tenido toda su vida sumido en aquel delirante y frenético ritmo de trabajo, no conocido jamás en ninguna corte imperial.

UN LEÓN EN LA COCINA, Julia Otxoa

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JULIA OTXOA, Un león en la cocina, Las Tres Sorores, Zaragoza, 1999, 172 páginas.

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OTO DE AQUISGRÁN

   Cuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan sumamente perfeccionista, que acometiéndole una vez un ataque agudo de melancolía profundísima, y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su vida, tuvo tan extremado cuidado en dejar bien acabados y atados los asuntos de la Corte, que antes de suicidarse, pasó años y años despachando con sus consejeros, firmando tratados, y recibiendo en mil audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden, el pobre emperador Oto, ya muy anciano y enfermo desde su lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño motivo que le había tenido toda su vida sumido en aquel delirante y frenético ritmo de trabajo, no conocido jamás en ninguna corte imperial.

VARIACIONES SOBRE UN CUADRO DE PAUL KLEE, Julia Otxoa

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JULIA OTXOA, Variaciones sobre un cuadro de Paul Klee, Hiru, Hondarribia, 2002, 72 páginas.
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TIENDA DE BROMAS

Ante mi asombro ya que para nada estábamos en carnaval, aquel hombre alto y flaco vestido de negro con cara de funeral, entró en la famosa tienda de bromas "El rey de las fiestas", saliendo al poco tiempo transformado, luciendo una ostentosa nariz roja y unos grandes mostachos color naranja, su cabeza cubierta con uno de esos gorritos de chino mandarín. Sin embargo fijándose en él con detenimiento se observaba fácilmente que la seriedad de su rostro no había variado en absoluto, lo seguí durante unos minutos pero pronto lo perdí de vista entre las nubes de turistas que aquellos días abarrotaban la ciudad.
Volví a mi trabajo de portero y me olvidé del asunto hasta que meses más tarde, en la consulta de ingresos del hospital, reconocí las facciones de aquel hombre serio, tremendamente pálido, en el rostro del cirujano que iba a realizar con mi dañado corazón, una delicada operación a vida o muerte.

KÍSKILI-KÁSKALA, Julia Otxoa

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JULIA OTXOA, Kískili-Káskala, Vosa, Madrid, 1994, 72 páginas.
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39 microrrelatos suceden a un prólogo de Javier Tomeo (pp. 7-9) y una justificación del título de su autora (p. 11): Kískili-Káskala es el nombre de un camino que lleva a este "paisaje de perplejidades".

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INTRANSIGENCIA

Realmente aquel hombre se obstinaba en no querer entender. Mientras enfurecido me daba puntapiés en las costillas y riñones, me insultaba y me perseguía por toda la casa, incapaz de soportar la idea de esposo abandonado.
Yo no me defendía, sabía perfectamente que hubiera podido cortarle la yugular con la velocidad de un rayo. Pero en el fondo me daba lástima, ya que en cuanto se cansara y dejara de golpearme, yo también me iría dejándole totalmente solo.
Porque ningún perro de mi categoría, soportaría vivir con un dueño que no le permite contemplar escondido tras las cortinas del dormitorio, como su mujer se desnuda todos los días.