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HECHOS INQUIETANTES, Juan Rodolfo Wilcock

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JUAN RODOLFO WILCOCK, Hechos inquietantes, Sudamericana, Buenos Aires, 1998, 242 páginas.

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TRADUCCIONES MODERNAS

   En ciertos ambientes universitarios de los Estados Unidos se ha puesto de moda y traducir los clásicos latinos como hizo Ezra Pound con Propercio, pero mucho más libremente. Un ejemplo reciente lo encontramos en las Poesías Completas de Cayo Valerio Catulo, traducidas por Frank O. Copley y publicadas por la Universidad de Michigan. Copley observa en su prefacio: “¿Quién fue Catulo? Un rebelde, un radical, un experimentador, un innovador, un pionero. En Roma, en aquellos tiempos, había muchos como él”. Según Copley, el rebelde Catulo escribía así:

Hay como te digo, viejo, viejo mío
Te vendrá bien una buena comida
?
qué
será
de MI
bien
bien, mira esta billetera
sí, ésas son telarañas
pero oye
yo también te diré algo
I CAN'T GIVE YOU ANYTHING BUT LOVE,  BABY

LA SINAGOGA DE LOS ICONOCLASTAS, Juan Rodolfo Wilcock

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JUAN RODOLFO WILCOCK, La sinagoga de los iconoclastas, Anagrama, Barcelona, 1981, 174 páginas.
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SÓCRATES SCHOLFIELD

   Su existencia siempre ha planteado duda. Del problema se han ocupado Santo Tomás, San Anselmo, Descartes, Kant, Hume, Alvin Plantinga. No ha sido el último Sócrates Scholfield, titular de la patente registrada en el U.S Patent Office en 1914 con el número 1.087.186. El aparato de su invención consiste en dos hélices de latón montadas de manera que, girando lentamente cada una en torno a la otra y dentro de la otra, demuestran la existencia de Dios. De las cinco pruebas clásicas, ésta es la llamada prueba mecánica.

EL ESTEREOSCOPIO DE LOS SOLITARIOS, Juan Rodolfo Wilcock

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JUAN RODOLFO WILCOCK, El estereoscopio de los solitarios, Edhasa, Barcelona, 2000, 185 páginas.

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EL VANIDOSO

   Fanil tiene la piel y los músculos transparentes, tanto que se pueden ver los distintos órganos de su cuerpo, como encerrados en una vitrina; algunos aparentemente en reposo, otros animados de un ritmo peculiar, pero en realidad todos en continua y secreta actividad; lo que, por una serie de motivos, lo vuelve extremadamente desagradable. Sobre todo porque Famil ama exhibirse, y exhibir sus vísceras: recibe a los amigos en traje de baño, se asoma a la ventana con el torso desnudo, se acuesta en el sillón, primero panza abajo, después panza arriba, para que todos puedan admirar el funcionamiento de sus órganos, el color rojo del corazón, el color violeta del hígado, el gris verdoso de los intestinos y el amarillo de ciertas glándulas que ni siquiera él sabe cómo se llaman. Los dos pulmones se inflan como un soplido, el corazón late, las tripas se contorsionan lentamente y la sangre, como un velo carmesí, corre y se vierte por doquier; él hace alarde de eso, y como al parecer goza de óptima salud, a sus amigos ni siquiera les queda el consuelo de descubrir en sus órganos los síntomas incipientes de alguna enfermedad atroz.
   Pero siempre es así: cuando una persona tiene una peculiaridad, en vez de esconderla, alardea y a veces llega a hacer de ella su razón de ser. Fanil bien podría vestirse como todos los demás: si se dejara crecer la barba, con un grueso par de anteojos oscuros, conseguiría quizá pasar inadvertido. Pero él tiene que exhibirse, como si después de todo no tuviésemos todos un corazón, un estómago y dos pulmones. Llegará el día, así al menos lo espenn sus amigos, en que alguien dirá: «Oye, ¿qué es esta mancha blanca que tienes aquí, debajo de la tetilla? Antes no estaba».Y entonces se verá adónde van a parar sus desagradables exhibiciones.