Mostrando entradas con la etiqueta JUAN RIVERA SAAVEDRA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JUAN RIVERA SAAVEDRA. Mostrar todas las entradas

PUNTO, Juan Rivera Saavedra

0


JUAN RIVERA SAAVEDRA, Punto, Arte Futureo, Lima, 1964, 56 páginas.

**********
ROBOT 2

   José Santiago se aburría de todo en su casa hasta que le llegó equivocadamente un juego de Mecano. Se puso a armar y construyó un robot.
   Un día le agregó una pieza, y el robot se puso a cocinar. Entonces, entusiasmado por el descubrimiento, ajustó un tornillo por aquí y el robot se dirigió al patio, recogió toda la ropa arrugada y la planchó como una perfecta ama de casa.
   Le ajustó otra pieza por allá, y el robot se puso a pintar.
   Le añadió una pieza, y se puso a cantar.
   Le agregó otra y se puso a hablar de política.
   Confección unas piezas absurdas y se puso a tocar el violín.
   Feliz de su valor electrónico, salió a dar unas vueltas con el fin de descansar de tantos meses de encierro, pero cuando regresó a la casa, no encontró rastro alguno del robot.
   Desesperado, corrió al cuarto de su mujer, pero sólo halló sobre su cama una nota en que le decía: "Le agregué una pieza al robot, se volvió romántico y me fugué con él..."

CUENTOS SOCIALES DE CIENCIA-FICCIÓN, Juan Rivera Saavedra

0


JUAN RIVERA SAAVEDRA, Cuentos sociales de ciencia-ficción, Horizonte, Lima, 1976, 48 páginas.

**********
EL PRIMER AMANECER

   Después de seis meses de su llegada a aquel planeta, de seis meses de noches interminables, empezó a amanecer.
   Surgió el sol, se agigantó en el firmamento y se fue encendiendo lentamente de un intenso color rojo.
   Era el primer amanecer.
   Abajo, el calor era insoportable. Las pistas empezaron a deshacerse, a correr como agua, y ya nadie pudo caminar sobre ellas. Las casas parecían verdaderos hornos, pero sus ocupantes no se atrevieron a salir por temor a morir quemados.
   El pueblo, entonces, en un arranque de impotencia, maldijo la bomba atómica y la de hidrógeno, por cuya causa se encontraban en otro planeta sufriendo aquel calor inesperado. Mas el sol siguió ardiendo.
   Las casas adquirieron primero un tono amarillo, luego un anaranjado y por último un rojo escarlata.
   El planeta invadido no tardó en convertirse en un infierno dantesco, y los hombres de plástico —que lo habitaban— se desintegraron.