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INFIELES Y ADULTERADOS, Juan José MIllás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Infieles y adulterados, Nórdica, Madrid, 2014, 96 páginas.

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Subtitulado Cuentos de adulterio, los microrrelatos cuentan con las ilustraciones de Pablo Auladell, Javier Olivares, Emilio Urberuaga... y hasta otros once artistas de igual prestigio que colaboraron en la exposición exhibida en el Museo ABC.
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LA MUELA DE HOLGADO

   Vicente Holgado coincidió al entrar en un prostíbulo de la calle de Die­go de León con un cuñado suyo que salía en ese momento, e hizo como que iba al dentista.
   —Me está matando esta muela —dijo—. A ver si me la quitan de una vez. ¿Y a ti qué te pasa?
   Su cuñado pareció aceptar el juego y dijo que se acababa de hacer una endodoncia. Vicente notó que la chica de la puerta los miraba de forma rara, pero sin duda estaba acostumbrada a toda clase de perversiones y no intervino.
   —Que no te hagan daño —dijo el cuñado bajando precipitadamente las escaleras.
   El domingo siguiente los dos matrimonios se encontraron en casa de Vicente para comer una paella. Las dos mujeres eran hermanas gemelas y habían impuesto esta tradición desde que se casaran. Ninguno de los hom­bres mencionó el asunto del dentista y la comida discurrió por los cauces habituales hasta que la mujer de Vicente comentó que el jueves anterior (el mismo en el que ellos se habían cruzado en el prostíbulo) ella y su hermana habían coincidido casualmente en el ginecólogo.
   El asunto habría carecido de importancia de no ser porque las ge­melas intercambiaron sonrisas de complicidad y sobrentendidos en torno a la consulta, Vicente empezó a molestarse, y en un aparte preguntó a su cuñado qué significaban aquellas risitas.
   —No sé. Será un ginecólogo guapo o algo así.
   —Eso no da risa —respondió Vicente—. Debe de tratarse de otra cosa. A lo mejor coincidieron en un prostíbulo y quedaron de acuerdo en decir que había sido en el ginecólogo.
   —¿Y a ti qué más te da, hombre?
   A otra persona le habría dado lo mismo, pero Vicente era un hombre muy obsesivo y empezó a martirizarse. La idea de que su mujer acudiera a un prostíbulo de hombres le ponía enfermo y no estaba dispuesto a acabar la comida sin aclarar las cosas.
   —¿Y ese ginecólogo del que habláis no será un prostituto? —pregun­tó a los postres, animado por el vino.
   Las gemelas se rieron de la ocurrencia y se pusieron a recoger los pla­tos, lo que a Vicente le pareció muy sospechoso.
   «Las he pillado», pensó, y fue detrás de ellas hasta la cocina insistiendo en el asunto sin sacar nada en claro.
   Tras el café, pusieron sobre la mesa el tapete verde y comenzaron una partida de cartas. Vicente jugaba de pareja con su cuñado, pero no daba pie con bola. Madrid era una ciudad llena de perversiones, lo sabía por ex­periencia, y no sería raro que su mujer llevara una vida secreta. Resultaba muy fácil llevar una vida secreta, sobre todo teniendo una hermana gemela; de hecho, él llevaba tres o cuatro vidas secretas, pese a ser hijo único.
   —¿Qué te pasa? —preguntó al fin su cuñada—. Te encuentro muy distraído hoy.
   —Es que estaba dándole vueltas a la coincidencia de que el mismo día que vosotras os encontrasteis en el ginecólogo, éste y yo también tropeza­mos en la consulta de un médico.
   El cuñado hizo una mueca extraña, aunque, como estaban jugando al mus, podría tratarse de una seña.
   —¿De qué médico? —preguntó la cuñada.
   —Del dentista. A tu marido le hicieron una endodoncia y a mí me sacaron una muela.
   Las hermanas se rieron de la gracia de Vicente y siguieron jugando.
   Vicente esperó unos minutos a que sucediera algo, pero sólo se suce­dían las cartas sobre el tapete verde y las ideas obsesivas por el interior de su cabeza. Jugaban con unos garbanzos que empezaron a parecerle verrugas. Perdió tres manos seguidas, y a la cuarta, mientras barajaba, dijo:
   —En realidad, no era el dentista. Era un prostíbulo. El salía y yo entraba.
   Su cuñado solió una carcajada que las hermanas acompañaron con grandes aspavientos, como si hubiera dicho algo graciosísimo. Nunca nadie se había reído de sus ocurrencias de ese modo, por lo que Vicente pensó que las mejores ocurrencias eran las que ocurrían y repartió las cartas.
Kike de la Rubia

ARTICUENTOS COMPLETOS, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Articuentos completos, Seix Barral, Barcelona, 2012, 960 páginas.

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El autor explica en el Prólogo que, a pesar de las dos cribas impuestas para la selección de sus textos, que no guarden relación con "un tipo de realidad perecedera" y que ya no le parezcan "conmovedores", el volumen ha quedado "algo incómodo" y "apto para ser utilizado como almohada": casi un millar de páginas que nos recuerdan la llave hacia la reflexión a la vez que perfilan la puerta a nuestros sueños.

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LA CONCIENCIA

   En la antigüedad teníamos más metros cuadrados que cosas. Ahora, en cambio, tenemos más cosas que metros cuadrados. Hace años, podías recorrer un pasillo de 15 metros sin tropezar con un solo mueble. Ahora no puedes dar dos pasos sin estrellarte contra una bicicleta estática, una vajilla de Chillida o la armadura de una tienda de campaña. Mucha gente cambiaría los objetos por metros cuadrados; el problema es que la mayoría de esos trastos sólo tienen un valor romántico, que no cotiza ni en los mercadillos de pueblo. Ya me dirán para que sirve la maleta de madera con la que papá se fue a Alemania, el televisor en blanco y negro que conservamos absurdamente debajo de una cama o la impresora portátil que compramos hace 15 años por si acaso (¿por si acaso qué?).
   Lo bueno, ahora lo comprendemos, eran los metros cuadrados. No hay cosa mejor que cien o doscientos metros cuadrados, todos juntos, sin más objetos que la foto del abuelo en la pared del pasillo y una alacena en el comedor. Construir viviendas pequeñas por sistema es como escribir frases cortas por obligación. La frase corta funciona bien como desván, como cuarto trastero, como altillo en el que introducir una o dos ideas pequeñas (las que caben en una columna, por ejemplo). Pero para vivir, para respirar, para estar a gusto, nada como un piso de seis o siete habitaciones, cuatro exteriores y tres interiores, además de la cocina, el baño y los aseos. Ahora, dada la escasez de metros cuadrados y la abundancia de cosas, ha aparecido un negocio nuevo, el de los trasteros que guardan toda esa basura doméstica. Hemos vendido el alma (o los metros cuadrados) a cambio de cosas que brillaban, de espejuelos con los que no sabemos qué hacer. Deberíamos regresar a la frase larga, a la oración compuesta, al pasillo de 15 metros de largo. A la conciencia.

ARTICUENTOS, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Articuentos, Alba, Barcelona, 2001, 296 páginas.

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En esta antología se reúnen algunos de los textos de Millás publicados entre 1993 y 2000 en la prensa. Fernando Valls, encargado de la edición, concreta las dos claves de su brillante escritura: por un lado, la "hibridez genérica" que enriquece el conjunto de su obra; por otro, cómo sus palabras nos han "enseñado a percibir la realidad de una manera distinta", "articulando lo real con lo irreal" y agrietando, en definitiva, los sinsentidos que cobijan la existencia humana.

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EL TIEMPO

   Entró en el dormitorio y vió a su mujer doblando el año 1997. «¿Qué haces?», preguntó. «Lo he rescatado de la basura», respondió ella, «por si nos hiciera falta más adelante». Dicho esto, lo introdujo en una bolsa y lo guardó en el armario. Él llevaba puesto el 98 desde hacía dos semanas, pero tenía manchas de aniversarios y de desastres coloniales, así que no acababa de encontrarse cómodo dentro de él. «Si te queda muy bien», aseguró su esposa, «con los rostros de la generación del 98 adornando las semanas igual que los dibujos de topos las corbatas de Aznar». «Pues no me gusta», contestó él; «saca otra vez el 97, por favor». 
   Se pusieron los dos el año viejo y durante la cena hablaron como si el tiempo no hubiera transcurrido. Los días tenían las mangas deshilachadas y brillos en los codos, pero eran familiares y suaves lo mismo que unas zapatillas de andar por casa. A los postres recordaron el accidente de la bañera que en septiembre les había obligado a pintar el techo de los vecinos. Pese a todo, habían sido muy felices, especialmente teniendo en consideración que el gato no se murió hasta agosto, y para eso faltaba más de medio año.
   Ya en la cama, ella dijo que habría que ir pensando en recoger el siglo, pues era enorme y si lo dejaban para última hora no serían capaces de doblarlo. Al hombre le pareció mejor desprenderse de él cuando se terminara. Pero la mujer insistió en que le había cogido cariño. Entonces lo repasaron juntos, y aunque tenía algunas partes destrozadas, había otras, como el psicoanálisis, las vanguardias o el movimiento obrero, prácticamente sin usar. Hicieron el amor igual que antes, y esa noche decidieron que el primer día del 2000 volverían a ponerse el siglo XX hasta que se les cayera a trozos. El XXI estaba nuevo, pero tenía un corte espeluznante.

CUERPO Y PRÓTESIS, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Cuerpo y prótesis, Santillana, Madrid, 2009 (2000), 432 páginas. 

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LA LLAMADA

   Telefoneó al supermercado para hacer el pedido, pero una mujer respondió que aquello era una casa particular. Colgó lleno de palpitaciones: la voz había abierto en su memoria sentimental una grieta por la que comenzó a salir en seguida una aguja de gas. Volvió a marcar confiando a los dedos la reproducción del error y respondió de nuevo la mujer. Él permaneció en silencio, absorbiendo con los sentidos la atmósfera de la habitación lejana. No se oía la televisión ni la radio: tampoco ruido de niños. Imaginó que vivía sola en un apartamento igual que el suyo y lo reprodujo sin dificultades. Ella, a su vez, callaba. Quizá su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginó con un libro en el sofá.
   Durante años había soñado que se encontraban en la calle, y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban sus voces, pero la de ella tenía la densidad de un cuerpo. «Diga», repitió al fin, y él paladeó ese diga con las membranas del oído, igual que en otro tiempo había saboreado sus muslos con los dedos. Era un «diga» mojado por la excitación. De manera que también ella vivía sola y los sábados por la tarde leía: tenía la voz de los que se refugian de las horas dentro de una novela. «¿Es el supermercado?», preguntó. «Sí», escuchó al otro lado, tras un titubeo: «¿qué desea?». Recitó el pedido y al final la mujer añadió que había yogures en oferta. Después de los yogures, no supo continuar. Ella, tampoco, así que dijo que se lo enviarían y colgó sin solicitar la dirección, lo que acabó de delatarla. Telefoneó de nuevo, lleno de remordimientos, pero sus dedos no se atrevieron a equivocarse una vez más. Se habían cruzado, pero después de unos instantes prefirieron simular que no se conocían. Él reprimió un sollozo y, ahora sí, llamó al supermercado. 

SOMBRAS SOBRE SOMBRAS, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Sombras sobre sombras, Península, Barcelona, 2007, 144 páginas.

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UNA CURVA ELEGANTE

   Cuando me disponía a entrar en el coche, advertí que tenía los dedos de la mano derecha pringados de alguna sustancia que no reconocí. Aunque iba con el tiempo justo, decidí volver a casa para lavarme. Ahora, mi casa era la de mis padres, pero vivíamos en ella una niña de seis años y yo. No sé que relación tenía con la niña. No era su padre, ni su hermano mayor. Con la mano derecha en alto, para no manchar nada, fui atravesando las habitaciones, pues se trataba de una casa enorme, mucho más grande por dentro que por fuera. Lógicamente, abría las puertas con la mano izquierda. De camino al cuarto de baño pasé por la habitación de la niña, que dormía plácidamente. Le di un beso y me reproché haber estado a punto de dejarla sola.
   Luego volví sobre mis pasos y atravesé el salón, siempre con la mano levantada y los dedos reunidos de este modo. En la pared del pasillo vi ese retrato de Freud que sostiene un puro en la mano derecha y observa al fotógrafo con las cejas fruncidas, como si fuera él el que está haciendo la foto. Se ha llevado la mano izquierda a la cadera y tiene la chaqueta un poco abierta, de forma que se le ve la leontina (quizá, de oro), que nace en un ojal del chaleco y muere en el bolsillo del lado izquierdo, tras trazar lo que llamamos una curva elegante. Recordé la frase de Freud según la cual un puro, a veces, es sólo un puro, lo que constituía un modo, deduje, de protegerse o de advertirnos acerca de los peligros de la sobreinterpretación. Calculé también que muy pronto se celebraría el 150º aniversario de su nacimiento y que debería escribir algo para el periódico. Estaría bien señalar que el puro simbolizaba al inconsciente. Sólo Freud podría sostener el inconsciente entre los dedos de la mano derecha sin mancharse (y sin abrasarse). Por lo general, el inconsciente, una vez encendido, te fuma a ti en lugar de tú a él.
   Pero, hablando de dedos, yo continuaba sin resolver el problema de los míos porque el cuarto de baño cambiaba de lugar, como si me evitara. Me los llevé a la nariz, para ver a qué olía la sustancia pegajosa, y me pareció que olía a puro barato, quizá a caca. En una de las vueltas, volví a pasar por la habitación de la niña, que se había convertido en un perro grande y blando, un perro que tenía algo de león. Recordé la cadena de Freud, la leontina, y me pregunté por el origen de esa palabra. La buscaría en el diccionario etimológico. Pero no podré consultarlo, reflexioné, si no logro limpiarme los dedos.
   En éstas, descubrí al final del pasillo la puerta del cuarto de baño. La abrí con violencia, para que no se me escapara, pero no era un cuarto de baño, era una cocina. No me parecía bien lavarme los dedos allí, aunque no me quedaba otro remedio. El problema es que al abrir el grifo con la izquierda, en vez de agua, salió una leontina, un chorro de leontina, cabría decir, que se colaba por el sumidero sin trazar ninguna curva elegante. Había al lado de la pila una banqueta en la que me senté y me puse a llorar porque sabía que el despertador sonaría de un momento a otro y la niña se despertaría con los dedos sucios. Entonces sonó, en efecto, y me desperté llorando, pero tenía los dedos limpios. Pensé que los habían limpiado las lágrimas, así que me arreglé y me fui a trabajar.


FOTOGRAFÍA: Freud, Associated Press

TODO SON PREGUNTAS, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Todo son preguntas, Península, Barcelona, 2005, 146 páginas.

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En el prólogo, Las fotografías nos leen (pp. 11-14), Millás reflexiona sobre la interrogación a la que nos somete una fotografía, su mirada pocas veces indiferente. Y si bien resulta "muy difícil no responder de algún modo a esa «intromisión»", también lo es superar el ingenio de este escritor en la búsqueda de esa respuesta.

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NECROLÓGICA RETROACTIVA

   Los mamíferos estamos sobrevalorados, y es lógico. Si Bush fuese gallo estarían sobrevaloradas las aves y la Estatua de la Libertad sería una gallina. Cada uno tiende a defender lo suyo. En los zoos ocupa un lugar privilegiado el gorila no ya por lo que tiene de mamífero, sino por lo que tiene de hombre. Si ser mamífero es un privilegio, ser mamífero y humano es la caraba (¿qué rayos significará caraba?). Esa sobrevaloración es la causante de que el 99 por 100 de las fotografías del periódico correspondan a hombres o a mujeres en diferentes poses o actitudes. Sólo muy de vez en cuando aparecen imágenes de ranas o de moscas, y no porque su vida sea menos interesante que la nuestra, sino porque a nosotros nos importan nuestras cosas.
   El caso de Copito de Nieve, que en paz descanse, fue especial. Lo veíamos en la prensa casi con la misma frecuencia que a un ministro del Interior y a su muerte consiguió más necrológicas que un escritor. A mí me pidieron una, pero luego no la publicaron porque les pareció poco elogiosa. Contaba en ella que un día fui a Barcelona a visitar al famoso mono y cuando estuve frente a él me ausenté de la realidad durante unos segundos y por un momento creí que yo era el encerrado y Copito de Nieve el visitante. Como el tiempo tiene una dimensión subjetiva, durante esos segundos fui capaz de comprender, en el sentido más profundo de la palabra, lo que significaba pasar toda una vida encerrado tras un cristal blindado, con un neumático de camión para columpiarme. Me dio un escalofrío tal que miré con odio a Copito de Nieve, y tomándolo, ya digo, por un visitante dominguero, le dije:
   —Sois unos hijos de puta.
   De súbito volví en mí y al contemplar la mirada cansada de Copito, dudé si no había dicho él esas palabras dirigidas a mí y a mi especie. El caso es que me llamó el redactor jefe y me dijo que Copito de Nieve, al que los niños adoraban, no decía palabrotas. Además, había sido muy feliz en el zoo, donde había creado una familia llena de hijos y de nietos. No toleraba, en fin, que yo alterara, en el momento de su muerte, la realidad de esa manera. Comprendí que la felicidad de Copito de Nieve era un asunto de Estado y me callé.
   La fotografía está sacada unos días antes de su muerte, cuando el Ayuntamiento de Barcelona decidió hacer pública su enfermedad (un cáncer de piel) para dar al público la oportunidad de que se despidiera de él. Mientras los niños y los adultos hacían cola para decirle adiós, Copito de Nieve bostezaba. A veces se rascaba el tumor que se había desarrollado en su axila derecha y luego se chupaba los dedos. El director del zoo, fiel al decreto de la felicidad, aseguró que Copito no sólo no sufría, sino que estaba pasando los momentos más dulces de su vida, disfrutando de la compañía de los suyos. Parecía que hablaba de un jefe de Estado retirado. Las autoridades aseguraron también que no prolongarían su vida artificialmente porque el objetivo era que el gorila tuviera una muerte digna que ya la quisiéramos para usted y para mí. Todos estos cuidados, de haber sido ovíparo, habrían resultado impensables. Además, ¿se habría atrevido un periódico a pedirme la necrológica de una gallina?


FOTOGRAFÍA: Carmen Secanella

LOS OBJETOS NOS LLAMAN, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Los objetos nos llaman, Seix Barral, Barcelona, 2008, 248 páginas.

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EL BRAZO DERECHO DE MI PADRE

   Mi padre no se dio cuenta de que apenas me había abrazado hasta que perdió el brazo derecho en un accidente laboral por el que estuvo cuarenta días hospitalizado. Cada vez que iba a verlo, yo le miraba el brazo que no tenía como si fuera más visible que el izquierdo. Pero la ausencia, claro, carecía de volumen. Era un brazo de aire. Aquel empeño en observar lo inexistente no me facilitó ninguna conclusión, pero sí una cantidad de extrañeza que por la noche, en la cama, intentaba digerir inútilmente. Quería preguntar a mi madre qué habían hecho con el brazo amputado de papá, pero una especie de instinto me decía que se trataba de una pregunta indecorosa.
   Cuando mi padre volvió a casa, el vacío de su brazo quedó cubierto por la manga de sus camisas o de sus chaquetas, que a veces se movían como si tuvieran vida propia. Yo no podía dejar de mirarlas porque me atraían fatalmente, igual que las cortinas que se ondulan por el paso del aire sugiriendo la existencia de alguien agazapado detrás de ellas. Mi madre me dijo en un aparte que debía controlar aquella forma de mirar porque a mi padre le hacía daño. Mi padre era diestro, por lo que tuvo que aprender a hacerlo todo de nuevo con el brazo izquierdo. Asistí, turbado, a su proceso de aprendizaje. Llevarse una cucharada de sopa a la boca le suponía un esfuerzo humillante y brutal. Durante esa época decidí ser ambidextro y me pasaba los días practicando con el brazo izquierdo para no padecer las penalidades de mi padre en el caso de que sufriera una desgracia como la de él.
   Lo que mi padre llevaba peor era el recuerdo de que apenas me había abrazado mientras había podido hacerlo. No sé en qué momento ni por qué cayó en la cuenta de que tenía esta deuda conmigo, pero se convirtió en una obsesión. Cuando estábamos solos, me pedía que me acercara a él, me rodeaba el cuerpo con el brazo izquierdo y colocaba la manga derecha de la chaqueta de tal modo que pareciera que tenía un brazo dentro.
   —Me arrepiento tanto de no haberte abrazado...—me decía al oído, mientras yo intentaba librarme de él.
   Pero no podía, no me era posible liberarme porque me sujetaba fuerte, fuerte, y no con el brazo izquierdo, como cabría suponer, sino con el que le faltaba, el derecho. Por ese brazo inexistente me sentía yo atrapado. Todavía lo estoy.

ALGO QUE TE CONCIERNE, Juan José MIllás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Algo que te concierne, El País Aguilar, Madrid, 1995, 510 páginas.

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HORÓSCOPO


  Detesto que el horóscopo lleve razón porque eso me hace vivir pendiente de él y no me gusta vivir pendiente de tonterías en las que no creo. Pero a veces acierta; el domingo pasado, por ejemplo, me dijo que controlara un poco el tabaco porque podía tener problemas con la garganta, y mientras lo leía carraspeé un par de veces: por sugestión, supongo, porque llevaba más de dos meses sin fumar. De manera que, en un ejercicio de racionalidad materialista, bajé al estanco, me compré un paquete de la marca que más daño me hace, que es también la que más me gusta, y regresé al vicio provisionalmente para reírme un poco de todas esas supercherías dominicales. Al día siguiente estaba hecho polvo, pero no sabía si atribuirlo al horóscopo o a los cigarrillos. Quizá fue una combinación de las dos cosas. Con el horóscopo me pasa lo mismo que con las encuestas, que no sé si describe la realidad o me da órdenes.

CUENTOS DE ADÚLTEROS DESORIENTADOS, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Cuentos de adúlteros desorientados, Lumen, Barcelona, 2003, 144 páginas.

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EL QUE JADEA

   Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo otro lado de la línea.
   —¿Quién es? –pregunté.
   —Yo soy el que jadea –respondió una voz neutra, quizá algo cansada.
   Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
   —¿Quién era?
   —El que jadea —dije.
   — Habérmelo pasado.
   —¿Para qué?
   —No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
   Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oí hablar con el psicópata.
   —No te importe —decía— todo lo que quieras, hijo. A mi no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como uno americano. Enhorabuena, hijo.
   A continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que llevo dentro.
   —No me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado, la verdad.
   Ella se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
   Me mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
   —Se lo voy a contar a tu mujer —respondió en tono de amenaza—. Le voy a decir cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un peine.
   —Tampoco es para ponerse así —dije dando marcha atrás, no tenía ganas de líos domésticos—. Es que me has cogido en un mal momento. Discúlpame.
   —Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
   —Se ha ido a misa.
   —Dile que luego la llamo.
   Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
   —¿Quién es? —preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
   —Soy el jadeador —dije con naturalidad.
   —Espere, que le paso a mi marido.
   El marido resultó ser mi padre, nos reconocimos enseguida: inconscientemente, había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
   —Jadear a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
   Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total, que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres creen que lo hago por vicio.

NÚMEROS PARES, IMPARES E IDIOTAS, Juan José Millás & Antonio Fraguas "Forges"

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JUAN JOSÉ MILLÁS & ANTONIO FRAGUAS "FORGES", Números pares, impares e idiotas, Alba Editorial, Barcelona, 2001, 241 páginas.

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EL 2 IGNORANTE  

   Un 2 algo ignorante se enteró un día de que era la mitad de 4 y le pareció mal. No soportaba ser la mitad de nada.  
   —No pienses que eres la mitad de 4, sino que eres el doble de 1—le aconsejó su padres.
   Como tenia un carácter pesimista, se fijaba más en lo malo que en lo bueno, y se puso a luchar y a luchar por ser un 4.
   Una vez que logró ser un 4, alguien le dijo con mala intención que el 4 era la mitad de 8, lo que le pareció fatal. No soportaba ser la mitad de nada ni de nadie.
   —Piensa que ahora eres el doble de le dijo su padre.
   Como tenía un carácter pesimista, se fijaba más en lo malo que en lo bueno y luchó y luchó por ser un 8.
   Una vez que logró ser un 8, alguien le dijo con mala intención que el 8 era la mitad de 16, lo que le pareció fatal. No soportaba ser la mitad de nada ni de nadie.
   —Piensa que ahora eres el doble de 4 —le dijo su padre.
   Esta historia comenzó hace mil años y aquel 2 ignorante todavía sigue duplicándose porque siempre en la vida se es la mitad de algo.
   Y el doble de otra cosa.

CUENTOS A LA INTEMPERIE, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Cuentos a la intemperie, Acento Editorial, Madrid, 1997, 207 páginas.

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CONFUSIÓN
 
   Antes de que hubiera terminado de desenvolver el regalo de cumpleaños, sonó dentro del paquete un timbre, así que adiviné que era un móvil. Lo cogí y oí que mi mujer me felicitaba con una carcajada desde el teléfono del dormitorio. Esa noche, ella quiso que habláramos de la vida: los años que llevábamos juntos y todo eso. Pero se empeñó en que lo hiciéramos por teléfono, de manera que se fue al dormitorio y me llamó desde allí al cuarto de estar, donde permanecía yo con el móvil colocado en la cintura. Cuando acabamos la conversación, fui al dormitorio y la vi sentada en la cama, pensativa. Me dijo que acababa de hablar con su marido por teléfono y que estaba dudando si volver con él. Lo nuestro le producía culpa. Yo soy su único marido, así que interpreté aquello como una provocación sexual e hicimos el amor con la desesperación de dos adúlteros.
   Al día siguiente, estaba en la oficina, tomándome el bocadillo de media mañana, cuando sonó el móvil. Era ella, claro. Dijo que prefería confesarme que tenía un amante. Yo le seguí la corriente porque me pareció que aquel juego nos venía bien a los dos, así que le contesté que no se preocupara: habíamos resuelto otras crisis y resolveríamos ésta también. Por la noche, volvimos a hablar por teléfono, como el día anterior, y me contó que dentro de un rato iba a encontrarse con su amante.
   Aquello me excitó mucho, así que colgué en seguida, fui al dormitorio e hicimos el amor hasta el amanecer.
   Toda la semana fue igual. El sábado, por fin, cuando nos encontramos en el dormitorio después de la conversación telefónica habitual, me dijo que me quería pero que tenía que dejarme porque su marido la necesitaba más que yo. Dicho esto, cogió la puerta, se fue, y desde entonces, el móvil no ha vuelto a sonar. Estoy confundido.